Apuntes científicos desde el MIT

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Escrito por pestupinya

22 Nov 2009 - Enlace

Mis neuronas bailan como locas en New Orleans

No conocemos una sola cultura en la historia de la humanidad sin música. Entre los objetos más antiguos que encuentran los arqueólogos en sus excavaciones siempre hallan instrumentos musicales.

La música está en todos sitios, y desde siempre. No es sólo una herencia cultural; forma parte de nuestra naturaleza más básica.

Unos pocos psicólogos evolutivos dudan de su utilidad adaptativa y la consideran un simple subproducto del gran desarrollo de nuestro cerebro; un “auditory cheesecake” en expresión de Steven Pinker. Sin embargo, la gran mayoría le otorgan un papel vital en nuestra historia evolutiva. Marcan su aparición mucho antes que la del lenguaje hablado, y aseguran que nuestros ancestros ya comunicaban emociones utilizando una proto-música. De hecho, creen que ya nacemos con un instinto musical que nos predispone a que algunas melodías nos resulten agradables y otras tristes, a entender una cierta gramática musical, a distinguir el ruido de la combinación melódica de sonidos, y a que todos nos dejemos llevar disfrutando de algún tipo de música. Si no, tu cerebro tiene algún problema.

Oliver Sacks explica en su libro Musicophilia el caso de un paciente con el síndrome de “amusia”, que impide apreciar melodías y tonos musicales a sus afectados. Cuando de pequeño sus padres le preguntaron a qué le recordaba la canción que estaban escuchando dijo: “a ruido de cazuelas y sartenes”.

Los neurocientíficos están escaneando los cerebros de personas mientras escuchan música. Estos patrones ordenados de ondas sonoras viajando por el aire encienden primero el córtex auditivo, pero su efecto se extiende enseguida por casi todo el cerebro, inundando muchas más áreas que el propio lenguaje. Algunos científicos utilizan la música como herramienta para investigar cómo se conectan diferentes zonas del cerebro.

Incluso parece haber una área encargada de prever subconscientemente qué sonido debería seguir al que acabamos de escuchar, y nos indica que “algo falla” cuando no es el que nuestro subconsciente esperaba.

Las imágenes de resonancia magnética funcional revelan que los músicos profesionales tienen partes específicas del cerebro más grandes de lo normal. Y en los fMRI de voluntarios comunes se distingue claramente que la música activa los mismos circuitos del placer que el consumo de chocolate, las drogas o el sexo. Y además, aumenta la actividad general del cerebro estimulando nuestra mente, agilizando pensamientos, despertando recuerdos pasados, y evocando todo tipo de emociones.

Eso mismo me ocurrió anoche en los conciertos de Bourbon St. en el animadísimo barrio francés de Nueva Orlenas, donde la combinación de Hurricanes (es un cocktail típico, no una broma desafortunada), comida cajún, y música, muchísima música en la ciudad donde nació el Jazz, se entremezclaron para rellenar mi nucleus accumbens hasta los topes de dopamina, e inspirar a otras áreas del córtex frontal con las que escribí algunas de estas frases.

No sé si tendré tiempo de compartir más experiencias científicoplacenteras durante los próximos 7 días de viaje road trip que me llevarán por el Estados Unidos profundo de Mississipi, Alabama, Memphis (Tennessee), Nashville; y allí escoger una ruta de regreso a DC que me lleve por la belleza de las Smoky Mountains o el morbo del Museo del Creacionismo en Kentucky. Veremos. De momento, la escapada ha empezado con muy, pero que muy buen ritmo...

Escrito por pestupinya

19 Jun 2009 - Enlace

Efectos negativos del pensamiento positivo

Visualizad un saltador de altura en un estadio abarrotado de público instantes antes de intentar superar su mejor marca personal.
Escuchad las palabras que se repiten dentro de su mente: “venga! venga! yo puedo hacerlo!”, “soy el mejor!”, “estoy preparado! éste es mi momento!”…
Quién sabe cómo, pero estos mensajes harán que sus músculos y coordinación respondan mejor que si piensa: “uff! Qué alto está estooooo….”, o “a ver, sé racional… si nunca has superado esta altura, qué te hace pensar que vas a hacerlo ahora? Tú tranquilo, inténtalo, pero mejor no te hagas muchas ilusiones…”
Si fueras su entrenador, sin duda le gritarías mensajes positivos del primer estilo.

Ahora imaginemos un adolescente cuyo sueño es ser futbolista profesional y está dispuesto a entrenar lo que haga falta, e incluso sacrificar sus estudios si es necesario. Pero resulta que es un poco patata. ¿Le animaríais diciéndole que es el mejor, que querer es poder, y que algún día ganará un mundial con la selección española? Obvio que no le pondríais el listón tan alto.

Pongamos un ejemplo intermedio, y que puede ser extrapolado a nuestras ambiciones profesionales, búsqueda de pareja, conseguir un mejor aspecto físico, o cualquiera de los retos a los que nos enfrentamos en nuestra vida cotidiana:
Vuestro hijo va a jugar un partido de tenis contra un rival que es mucho mejor que él. Sus posibilidades de ganar son mínimas, pero sin duda existen. ¿qué le decís? ¿hacéis caso de los psicólogos defensores de “el poder del pensamiento positivo”, y le espoleáis diciéndole que puede ganar, que él es tan bueno como su contrincante, que va a conseguirlo… o cualquier otro mensaje positivo que aumente su estado de ánimo?
En serio, qué haríais? ¿pensáis que esta es la mejor estrategia para mejorar su confianza?

Según una investigación reciente de científicos canadienses, depende. ¿y de qué depende?
Del color con que se mire todo.... No! Del nivel de autoestima de vuestro hijo.
A las personas con autoestima alta el pensamiento positivo efectivamente les refuerza y causa un efecto favorable. Pero a las que tienen baja autoestima, al contrario de lo que aseguran la mayoría de libros de autoayuda, puede hacer más mal que bien.

El experimento que sustenta esta hipótesis es muy sencillo (quizás demasiado), y aparece publicado en el artículo “Pensamiento positivo: poder para unos y peligro para otros ”:

Los psicólogos autores del estudio pasaron primero el test Rosenberg de autoestima a un grupo de voluntarios, y seleccionaron a los que puntuaron dentro del tercio más alto de la escala de autoestima, y a los que estaban en el tercio más bajo.
Luego, a los 68 hombres y mujeres elegidos les pidieron que estuvieran varios minutos escribiendo en un papel las reflexiones y sentimientos que les pasaran por la cabeza. A la mitad de todos ellos –tanto los de autoestima alta como baja- les solicitaron que cada vez que oyeran una campanilla, se concentraran y repitieran para sí mismos de manera bien convencidia: “soy una persona encantadora”.
Una vez terminada esta parte del experimento, a todos les hicieron preguntas tipo “valora de 1 a 35 cuál es la posibilidad de que alguien de 30 años tenga una relación romántica feliz”, con el objetivo de medir su estado de ánimo.

Los resultados dan que pensar:
Dentro del grupo con autoestima alta, aquellos que habían repetido varias veces el mensaje positivo “soy una persona encantadora” puntuaron de media 31, por 25 los que no habían repetido la frase. Su estado de ánimo mejoró.
Sin embargo, en las personas con autoestima baja, los que se veían forzados a autoanimarse puntuaron 10 en el indicador de estado de ánimo, por 17 los que no tuvieron que repetir algo que en el fondo no pensaban. La frase tuvo un efecto negativo.

La conclusión general es que el pensamiento positivo no tiene porqué resultar positivo para todo el mundo.
Si bien a algunos les ayuda, a otros puede crearlos un cierto tipo de conflicto, de sensación de autoengaño, de resistencia, de comparación odiosa con un ideal que saben no pueden alcanzar, y reforzar la percepción negativa sobre uno mismo.

Es decir, si tu hijo sabe bien que su rival es muchísimo mejor tenista que él, decirle “ánimo que vas a ganar! Tú eres más bueno que él!”, en algunos casos puede motivarle, pero en otros ser contraproducente. Mejor dejarle jugar tranquilo y sin presión.

Conclusión dos: Lo mismo ocurre en muchos aspectos de nuestras vidas. si eres un winner emprendedor, seguro de ti mismo, convencido que the sky is the limit, y ansioso de conseguir la felicidad siendo el number one o ganando millones de dólares al año, cómprate uno de esos libros que te ayudarán a conocerte peor (perdón… a sacar lo mejor de ti…) , pero si tu autoestima está por los suelos por el motivo que sea, el típico libro de autoayuda diciéndote lo maravilloso que en realidad eres, las metas profesionales que puedes conseguir, o que de ti depende tener la silueta de tal actriz fabulosa, cuidado que quizás te llegue a perjudicar...

Escrito por pestupinya

22 Abr 2009 - Enlace

Al cerebro le gustan los catálogos

- Texto redactado por Miriam Peláez, bióloga y editora de redes-tve -

A nuestro cerebro le gusta y necesita crear categorías, y lo hace para todo: cuando conoce a una persona nueva la clasifica en un grupo, bien sea racial, religioso, económico, cultural… Pero también necesita otorgar etiquetas a las situaciones y a los objetos. Eso no quiere decir que la manera de clasificar y ordenar haya de seguir una lógica coherente, no; muchas veces se trata de divisiones absurdas, pero que resultan útiles a nuestro cerebro para reconocer, aprender y reaccionar la próxima vez que se encuentre con otro elemento de la misma clase en el futuro.

Y no siempre sale a cuenta esa “manía” de catalogarlo todo, o por lo menos podríamos decir que puede llevar a confusión y errores. Afortunadamente, la experimentación y la verificación empírica pueden ayudar a escapar de esos errores.

Pongamos algunos ejemplos:

Genético / ambiental
Dentro del estudio de las características y propiedades de un individuo, se ha tendido a distribuirlas en las que vienen determinadas por el ambiente y las que son atribuidas a la herencia genética. El eterno debate nature vs nurturenature vs nurture. ¿Qué implicación tiene en la capacidad creativa de una persona su combinación de genes y cuánto intervino el entorno que vivió en su infancia? ¿Qué importancia tiene la genética en la tendencia a la adicción de un individuo?, ¿interviene más el ambiente que conoció el feto en el útero materno, o quizá influyó decisivamente el contexto vivido durante la adolescencia?
Durante muchos años, el debate permaneció en esa dicotomía. Ahora es difícil reducirlo a eso. Los genes no son nada sin la intervención del entorno y éste actúa sobre el genoma dejando sus marcas físicas, que pueden ser incluso heredables.
De eso nos habla en particular la epigenética, como pudisteis leer en la entrevista a Manel Esteller en un post anterior . Es el segundo código, el que liga nuestro código genético conocido hasta ahora -hecho de secuencias de bases en el ADN- al entorno. Nuestra alimentación, el aire que respiramos, las actividades que realizamos, los sentimientos que nos invaden, y un sinfín de vivencias alteran los genes sin afectar al ADN a nivel de su secuencia, pero sí interviniendo en la forma de expresarse.
Así que se acabó el dividir genes y ambiente. Están tan ligados y mezclados que no podemos trazar frontera clara entre ambos.

Natural / artificial
Cuando el cerebro categoriza coloca además muy a menudo una valoración o connotación. En el caso de la separación de lo que nos rodea entre lo que sería natural y lo que denominamos artificial, hay un claro regocijo por lo que proviene de la naturaleza. Parece que tiene que ser necesariamente bueno. Lo artificial, y por lo tanto generado y creado por la mente y la acción humanas, no suele conllevar las alabanzas de sano o beneficioso.
Me vienen así a la memoria las palabras de David Barash, psicólogo de la Universidad de Washington que pasó por Redes hace unos meses junto a su mujer Judith Lipton, psiquiatra y coautora con su esposo de “El mito de la monogamia”.
El libro repasa las costumbres de la vida en pareja de numerosas especies animales, incluyendo la humana, claro está. De momento sólo podemos decir que no hay nada, según las últimas investigaciones, que lleve a la conclusión de que la monogamia es un comportamiento natural. Aquí, natural se refiere a algo que llevamos con nosotros, inscrito de alguna forma en nuestros genes de un modo bastante sólido como para que tendamos a ser monógamos.
Y según las palabras de Judith, “la monogamia es posible, como el arte, pero no es natural; es más natural un modelo sexual en el que la gente encuentre una pareja, haga promesas que luego rompa, se produzca un abandono, a alguien se le rompa el corazón, luego se hagan más promesas, haya más corazones rotos… lo natural es una retahíla de corazones rotos”.
En este caso una actitud no natural puede resultar más beneficiosa para la vida en una sociedad como la nuestra.
En ocasiones la gente se refugia en lo natural, bien sean terapias, alimentación o comportamientos. Y muy a menudo resulta absurdo; lo natural puede ser igual o más perjudicial que lo artificial, que lo adoptado o nuevo. Hay una tendencia a pensar que lo natural nos corresponde más, por formar parte de la naturaleza lo conocemos mejor y podemos controlarlo. Nada más lejos de la realidad. Y es esta una dicotomía, la de natural o artificial, que nos hace caer en decisiones sin fundamento.

Normal / anormal
Como el cerebro necesita etiquetar, también ha de tener referencias, para poder comparar, para poder orientarse. La referencia de lo normal es básica y es una gran norma a emplear para evitar riesgos y para vivir en sociedad. Es reconfortante estar en la normalidad, aunque de vez en cuando convenga salir de ella un rato.
Pero en ciencia, y sobre todo en lo que puede concernir a la investigación médica, hay que tener cautela para decidir qué es normal y qué no.
Una triste anécdota viene a demostrarlo. La separación entre normal y anormal llevó en el siglo XIX a una decisión dramática para miles de personas. Se empezaba a estudiar el misterioso SMIS (“síndrome de muerte infantil súbita”), que afectaba a algunos bebés: morían durante la noche sin razón aparente para desconsolada sorpresa de los padres. Una vez hecha la autopsia los médicos compararon con la anatomía de bebés normales. Y ahí estaba la trampa: quiénes eran los bebés normales. En aquel momento, a finales del XIX, los médicos disponían de cuerpos para autopsias que provenían de las esferas pobres y desfavorecidas de la sociedad.
Al analizar los bebés muertos de SMIS y compararlos con los bebés normales, algo destacaba: su timo -órgano implicado en la maduración de las células del sistema inmunitario- era significativamente mayor.
Pero lo que no se sabía en aquella época era que el estrés, como el que podía sufrir la gente pobre debido a sus condiciones de vida y alimentación, a las enfermedades que padecían, podía reducir el tamaño de su timo.
De esta forma, se concluyó que el síndrome de muerte súbita del lactante se debía al tamaño excesivo del timo y se optó por irradiar la zona de la garganta y el pecho de los recién nacidos para evitar el crecimiento del órgano por encima de lo normal. En consecuencia, fue irradiada también la tiroides, glándula reguladora del metabolismo y situada en la garganta, no muy lejos del timo.
Y así fue como miles de personas, que fueron irradiadas en los primeros meses de vida para prevenir el SMIS, murieron años más tarde de cáncer de tiroides.
Y todo por haber considerado como normal algo que no había sido suficientemente analizado.

No podemos evitar catalogar, desde nuestro vecino al chocolate que comemos o la última ley aprobada por el gobierno… pero quizá debamos hacerlo con algo más de fundamento y pensarlo dos veces antes de poner etiquetas. Así eliminaremos unas cuantas barreras de en medio a la hora de movernos en este complejo mundo.

Miriam Peláez

Escrito por pere-estupinya

11 Sep 2008 - Enlace

Libertad frustrante

Imagínate que acudes a una cita múltiple donde te presentarán varias parejas potenciales. ¿Prefieres poder “elegir” entre 8 o entre 20?
Vas al banco decidid@ a contratar un plan de pensiones. Mejor que te propongan bastantes y así encontrar el que mejor se adapte a tus necesidades, ¿verdad?
Tienes un comercio, ¿pondrías la mayor cantidad de chocolatinas posibles para que el cliente encuentre seguro una que le agrade?
Si tu profesor propone una serie de temas sobre los que hacer una redacción para subir nota ¿prefieres que la lista de temas sea larga o corta?

Según explica Barry Schartz , sociólogo y autor del libro “La paradoja de la elección ”, estudios realizados sobre estos casos demuestran que al final se forman más parejas en las multicitas con menos candidatos, que si en el banco te muestran muchos fondos diferentes tienes más posibilidades de irte sin firmar ninguno, que cuando las tiendas reducían su oferta de snacks vendían más, y que cuanto más largo era el listado de posibles temas, menos alumnos se lanzaban a hacer la redacción.
Conclusión: Incrementar las opciones disponibles puede no generar libertad sino parálisis.

Quizás a alguien ya le suena este asunto delpost antiguo “la infelicidad del maximizador” . ¿Por qué lo repito entonces?
Porque me parece estupendo y seguro que muchos no lo habíais leído, porque también la información política, deportiva y del corazón se repite y no parece muy acomplejada, y por la ilusión que me hizo compartir mesa redonda ayer con el propio Barry Schartz en un evento organizado por el departamento de comunicación del NIH en Washington DC, y que durante la comida posterior me explicara de primera mano más detalles de sus estudios.

La idea básica de su planteamiento es:
El dogma oficial dice que “tener más opciones te da mayor libertad, y más libertad conduce a un aumento del bienestar”. En Estados Unidos esto parece una proposición inquebrantable, y la sociedad actual nos ofrece más posibilidades que nunca para elegir a nuestra conveniencia desde las cosas más sencillas a las más trascendentes. Pero ¿es esto bueno o malo? Como las ventajas son obvias, hablemos de los inconvenientes.
El primero es la parálisis mencionada al inicio del post. En muchas ocasiones enfrentarnos a elecciones complejas nos inhibe. Pero aun cuando logramos tomar una decisión, el segundo efecto negativo del incremento de opciones es la pérdida de satisfacción final. Barry Schwartz lo llama “opportunity costs”, y aparece al considerar lo que estás perdiendo de la opción no escogida.
Imagínate que te estás acicalando para ir a una fiesta, y te llama una amiga proponiéndote otra alternativa. Dudas… y al final decides aceptar el segundo plan. A no ser que resulte excelente, quizás recordar la fiesta a la que no has acudido te creará incertidumbre y te impedirá disfrutar al máximo de la velada. Pero además, otro efecto contraproducente es que para convencerte de haber escogido la opción correcta, durante el proceso de elección has aumentado inconscientemente las expectativas de la noche que te espera, aumentando también las posibilidades de salir defraudado al contrastarlas con la realidad. La paradoja es que aunque hayas ido a una fiesta un poco mejor, te has sentido un poco peor.
Pero todavía queda otro inconveniente de tener libertad absoluta para decidir: en caso de error no puedes culpar a nadie excepto a ti mism@, y desprenderse del peso de la responsabilidad es bastante más difícil.
Por tanto, considerando todos estos factores, Barry Schwartz concluye que el dogma de maximizar el bienestar a base de maximizar la libertad es falso. “Tener algunas opciones es mejor que ninguna, pero muchas es peor que algunas”

¿Siempre? Le pregunté ayer. No, me dijo. Y me explicó que están trabajando con diversas empresas para averiguar cuál es la mejor cantidad de opciones a ofrecer en cada caso concreto. Por ejemplo, en varias tiendas online cuando buscas un producto no te muestran todo lo que tienen, sino unas pocas opciones que irán cambiando a medida que perfecciones tu búsqueda.

¿Esto afecta igual a todo el mundo? También le pregunté. “Claro que no”, y me citó un artículo suyo publicado en el NY Times , según el cual la insatisfacción constante está relacionada con el nivel de educación y la clase social.
En un estudio reclutaron voluntarios y les regalaron un bolígrafo a escoger entre cinco diferentes, pero a la mitad de ellos les dijeron “lo siento, es el último que nos queda de este tipo. Toma este otro”. A continuación todos debían rellenar una lista de preguntas, algunas de las cuales hacían referencia a las características del bolígrafo. Entre los participantes con estudios universitarios, los que habían sido obligados a cambiar de boli lo valoraron menos que aquellos que mantuvieron el bolígrafo escogido. En cambio, entre los de nivel educativo inferior no se apreciaron diferencias.
En otro estudio solicitaron clasificar 10 CD’s musicales por orden de preferencia. Luego se les dio a escoger como regalo uno que estuviera en el rango medio, y se pidió que volvieran a hacer la lista. Los universitarios solían clasificar entonces el CD elegido en mejor posición, mientras que los no universitarios lo dejaban igual.
Otras encuestas concluyeron que los trabajadores de posiciones altas se molestaban cuando un vecino compraba un coche como el suyo porque les quitaba la exclusividad de su elección, mientras que en clases más bajas les parecía perfecto porque confirmaba que su elección era correcta. Una cita del artículo de Schwartz dice: “La sociedad americana ha dado a las élites lo que pedían, junto con un incremento del estrés, la ansiedad, y la insatisfacción”.

Seguro que recordáis situaciones en las que habéis sufrido parálisis, o insatisfacción, o arrepentimiento, por el mero hecho de tener “demasiadas” buenas opciones sobre las que escoger. Quizás sí se trata de un fenómeno relativamente nuevo, que hemos considerado positivo sin reparos, y no siempre está necesariamente asociado a una mejor calidad de vida.
No deja de ser curiosos que desde hace mucho tiempo la falta de control sobre la propia vida se haya asociado a la infelicidad y ahora, en el extremo contrario, la explosión de posibilidades a que estamos expuestos también resulte ser una causa de descontento.
Quizás cuando una causa externa nos cierre alguna opción, en lugar de quejarnos deberíamos agradecerlo, y no tomarlo como una restricción sino como una liberación frente a la tiranía de la toma de decisiones.


Y después resulta que terminas de escribir un texto como este, recibes un mail con el par de fotos que le habías pedido a Chris Gunn (el fotógrafo que cubría el evento)… y tu reacción inmediata es: “xxjfhs! Podría haberme enviado unas cuantas más... para poder escoger alguna en la que Barry Schwartz no pareciera dormido ni yo tuviera cara de empanado…”

Escrito por pere-estupinya

13 Abr 2008 - Enlace

Puertas, cabras, coches y sinsentido común

Muy bueno, muy bueno, muy bueno…
Ideal para la sección “Ciencia de fin de semana”!
Aunque aviso de posibles efectos secundarios: confusión inicial, aha moment desmesurado, y dudas sobre volver a utilizar el sentido común para la solución lógica de problemas.

Imaginaos que estáis en un concurso de televisión. El presentador os muestra 3 puertas cerradas, diciéndote que una esconde un coche, y detrás de las otras dos hay una cabra en cada una. Te llevarás el premio oculto en la puerta que elijas.
Escoges una al azar. Pero antes de desvelar su contenido, el presentador abre una de las dos puertas restantes y te muestra una cabra. A continuación te pregunta: ¿Quieres cambiar tu elección?
Congelemos el tiempo en ese preciso momento. ¿Importa realmente cambiar de puerta o no? La lógica te dice que es como si la elección empezara de cero otra vez. La puerta abierta ya no existe, tienes en frente dos puertas cerradas, una esconde un coche y la otra una cabra: 50% de posibilidades cada una. Correcto? No!!!!! Si cambias, tendrás más posibilidades de ganar. ¿¿¿Cómo??? ¿Por qué? Hay 2 puertas…, da igual cuál me quede… Noooooo!!!! Tienes que cambiar!!!
Antes de empezar a escribir comentarios diciendo que me he vuelto idiota, dejad que me explique.

El concurso descrito existía de verdad, se llamaba “Let’s make a Deal” (hagamos un trato). Su presentador era Monty Hall, y desde su emisión el dilema que os he citado se conoce como “Monty Hall Problem”
Leí un artículo sobre él en la sección de ciencia del New York Times el martes pasado. No me quedó muy claro, pero acabo de descubrir que en su web tienen una aplicación para tú mismo jugar todas las veces que quieras, cambiar o no cambiar puertas, y ver cómo afecta al resultado final.
Me he pasado más de 10 minutos repitiendo el experimento. Tras escoger una puerta, se abre una de las otras dos mostrándote una cabra. Entonces te dan la oportunidad de cambiar tu elección inicial. Lo he hecho en 70 ocasiones y me he llevado el coche el 68% de las veces. Las otras 70 que no he cambiado de puerta, sólo he ganado el 36% de ocasiones. Repetidlo vosotros si no os lo creéis.

A los que continuéis leyendo: La explicación es tremendamente lógica, y sorprende más, cuanto más escépticos seáis. Quizás por eso a mi me ha impactado. Ready?
Imaginaos que el coche se esconde en la puerta A, y analicemos qué ocurre cuando cambias de puerta, y cuando no cambias:

- No cambias: si inicialmente escoges A, ganas. Si escoges B o C, pierdes. La probabilidad de llevarte el coche es del 33%. Obvio.

- Cambias: Si inicialmente escoges A, pierdes. Si escoges B o C, ganas. La probabilidad de ganar es del 66%. Absolutamente irrefutable.

El truco que nos puede pasar desapercibido es que cuando el presentador tiene que abrir una puerta para mostrar una cabra, si no has acertado sólo tiene una opción. Está afectando a las posibilidades futuras. ¿No es sorprendente? Si yo hubiera participado en el concurso antes de leer esto, mi lógica me habría dicho que no importaba cambiar o no. Incluso hubiera argumentado que era un planteamiento absurdo! Ahora mi cerebro está completamente convencido de lo contrario. Fantástico…

Buscando información acabo de ver que el “Monty Hall Problem” es más viejo que ir a pie. Disculpad aquellos que ya lo conocíais, pero a mi me ha producido tanta sorpresa, que no quería dejar de citarlo como curiosidad de “ciencia de fin de semana”.
¿O no lo es?... porque si es algo ya tan visto, oído y leído…

¿Por qué aparece en el New York Times?
Resulta que según el estudio publicado por un economista de la universidad de Yale, el Monty Hall Problem sugiere que una de la asunciones básicas de las investigaciones en psicología sobre la toma de decisiones, la “disonancia cognitiva”, es errónea.
La disonancia cognitiva vendría a ser lo siguiente: Cuando escoges entre dos opciones, inconscientemente rebajas el valor del objeto rechazado. Es decir: te muestran tres regalos X, Y y Z sobre los que a priori no tienes ninguna preferencia. En principio para ti tienen el mismo valor y te da igual cuál quedarte. Entonces te piden que escojas entre X y Z. Aunque sea al tuntún, el que rechaces perderá un poco de interés. Si eliges X, cuando luego te hagan escoger entre Z o Y, es mucho más probable que te quedes Y, porque Z ya lo habías desestimado. Hace más de 50 años que los psicólogos tienen en cuenta esta disonancia cognitiva en los estudios sobre toma de decisiones. Pero según el artículo de Keith Chen , este efecto influye mucho menos de lo que se ha estado considerando. Algunos de sus estudios, y ejemplos de razonamiento con el Monty Hall Problem, demuestran que hay otros motivos por los que cambiar de elección.

No lo he leído en profundidad, pero la verdad es que el estudio de Yale no parece algo revolucionario que merezca aparecer en la versión impresa del NYT, más bien el autor del artículo lo utiliza como excusa para explicar algo tan curioso como el Monty Hall Problem… Pues si lo hace el NYT, yo también me lo permito.

Escrito por pere-estupinya

29 Ene 2008 - Enlace

Neurofilosofía moral

De vuelta al frío pero estimulante Boston recojo un tema que dejé pendiente justo antes del viaje a Costa Rica: la charla con Marc Hauser sobre el estudio científico de la moralidad.

Immanuel Kant postulaba que nuestros juicios morales dependían principalmente de la razón. En cambio para David Hume era la emoción la que guiaba cualquier decisión moral.
Hace poco, muy poco, que los científicos han sido capaces de escanear los cerebros de voluntarios mientras se les planteaba una serie de dilemas morales, para intentar comprender de forma empírica quien se aproximaba más a la supuesta realidad.

Las intuiciones morales están siendo diseccionadas en los laboratorios mediante tests, análisis de pacientes con lesiones cerebrales, estudios con primates, herramientas de biología evolutiva y aparatos de resonancia magnética (fMRI), en lo que para algunos representa un campo de estudio emergente: la Neurofilosofía. El estudio científico de aspectos de nuestra naturaleza humana que antes quedaban reservados sólo a los filósofos.

El instinto moral

Posiblemente el principal exponente de este acercamiento a la moralidad desde la metodología científica es Marc Hauser, profesor de psicología en la Universidad de Harvard y autor del libro “Moral Minds” (Mentes Morales: la naturaleza de lo correcto y lo incorrecto).
Su tesis principal queda clara desde la primera línea del prólogo de su libro: “Nacemos con un instinto moral, una capacidad que crece de forma natural en cada niño, desarrollada para generar juicios rápidos sobre lo que es correcto o incorrecto, y basada en unos procesos que actúan de forma inconsciente. Parte de este mecanismo fue diseñado por la mano ciega de la selección darwiniana millones de años antes que nuestra especie evolucionase. Otros aspectos fueron añadidos o actualizados durante la historia de nuestros antepasados, y son exclusivos de los humanos y su psicología moral.”

Según Hauser existen unos principios universales e inconscientes que subyacen a nuestros juicios sobre lo correcto y lo incorrecto. Las diferencias culturales afectan a cómo actuamos frente a dilemas morales concretos (pena de muerte), pero no tanto en cómo los valoramos de una forma abstracta (matar es malo). En esto todos los humanos compartimos una innata lógica común.

Aunque conocía las ideas de Hauser desde que visitó el CCCB de Barcelona y fue entrevistado en REDES , releer tales afirmaciones me produjo cierto estupor. Cuando le entrevisté en su despacho de Harvard tenía la intención de, sin que se notaran mis reparos, averiguar cuan científicamente sólido era el trasfondo de la contundente sentencia con la que abre su libro. ¿Se trataba de una de esas brillantes y contagiosas ideas que no necesitan ser del todo veraces para extenderse de forma descontrolada? ¿jugaba Hauser con ejemplos bien logrados, de esos que incitan un rápido y convincente “ah, claro!”? ¿Sería un caso más de pop-science? Con su prestigio, no lo creía… pero reconozco que tenía mis dudas.
Me resulta imposible describir en un formato blog lo que dieron de si los intensos 40 minutos que tengo grabados, ni exponer sus estudios y múltiples ejemplos en una longitud de texto que no aburra al que no sienta un especial interés por el tema. Para abordar este complejo asunto se necesita un libro como el de Hauser, o al menos un extenso artículo parecido al de Steven Pinker publicado por el NYT magazine hace un par de semanas.

Pero dejadme que a riesgo de parecer simplista os resuma al extremo algunos de los puntos más destacados de sus argumentaciones, y os confiese que terminé la entrevista un poco más convencido de que sus veredictos están inspirados no sólo en ideas, sino también en experimentos científicos de diversa índole.

Moral Sense Test

Un tranvía desbocado va a atropellar a 5 personas. Presionando una palanca puedes desviarlo a otra vía en la que sólo matará a una persona. ¿Es moralmente permisible esta acción? El 90 % de encuestados dice que sí. En la segunda situación, puedes hacer descarrilar el tren empujando a un desafortunado transeúnte que camina al lado de la vía. El resultado final es el mismo: sacrificas uno para salvar cinco. Pero la mayoría de personas, sin saber explicar muy bien por qué, de forma instintiva consideran la segunda acción menos aceptable moralmente. Luego la intentan racionalizar, pero la decisión ya ha sido tomada de forma inmediata, aunque nunca antes hayamos reflexionado sobre un dilema parecido. A la pregunta sobre si es lícito extraer los órganos de un individuo sano para salvar 5 pacientes que van a morir si no reciben 5 transplantes diferentes, el 97% responde que no. 150000 personas de 120 países diferentes han participado en un Moral Sense Test con cuestiones como estas, y lo importante según Hauser es que los juicios morales no varían en función de género, raza, edad, religión o bagaje cultural. Son universales.

Lesiones en el córtex

Quizás el 3% que quitaría los órganos de una persona sana para salvar a cinco son psicópatas que no poseen emociones sociales como la empatía, o tienen una lesión cerebral que les inhibe la emoción en la toma de decisiones.

Hay un experimento muy clásico en la teoría de juegos: “Ramón y David. Venid... Os voy a dar 10 dólares para que os los repartáis. Pero se los ofreceré sólo a uno de vosotros, que podrá decidir la cantidad que cada uno se lleva. Si el otro acepta, ambos os vais con vuestro dinero. Si no, me lo tendréis que devolver.” Por lo general, si Ramón ofrece una cantidad que David considera injusta (digamos darle sólo un dólar y quedarse él nueve), David no acepta el trato. Cuando la prueba se realizó a personas con lesiones en una zona del córtex frontal, aunque consideraran totalmente injusto el trato ofrecido, aceptaban cualquier cantidad. De forma racional pensaban que “algo es mejor nada”, y la sensación de enfado no intervenía en su decisión. En otras situaciones parecidas a las planteadas en el Moral Sense Test, también respondían sin considerar sus emociones, sólo calculando de forma fría el balance final.

La conclusión extraída es que algunos juicios morales tienen su sustrato neurobiológico.

Estudios de neuroimagen

Joshua Green de Harvard escaneó el cerebro de voluntarios mientras les planteaba el dilema del tranvía. Cuando se trataba de accionar una palanca, las zonas del cerebro que se activaban eran principalmente las del pensamiento racional. Cuando se pedía empujar a alguien a la vía, regiones relacionadas con la emoción empezaban a iluminarse.

Animales morales y la evolución

Marc Hauser ha realizado estudios con monos en los que observó actos que parecen morales, como evitar comer si eso implica que un compañero recibe una corriente eléctrica. También publicó un estudio en Science en el que los monos reaccionaban diferente al sufrir un incidente como fruto del azar, o de una acción intencionada. Hauser confiesa que todavía nadie ha podido investigar si un animal posee los conceptos de correcto o incorrecto, o hace juicios que se puedan llamar morales. Pero todas formas considera que el instinto moral tiene sentido evolutivamente. Para mantener las normas sociales y conseguir que el grupo sea efectivo, es positivo que inscritos en nuestros genes hayan unos principios universales de colaboración o penalización ante conductas perjudiciales para la comunidad.

He simplificado mucho, y he omitido muchos más ejemplos, estudios y aspectos a comentar: Implicaciones que tiene esta perspectiva científica de la moralidad en la religión, educación, políticas sociales y debates éticos actuales, desarrollo de la moralidad en niños, paralelismo con el análisis lingüístico y la gramática universal de Chomsky, futuros estudios que Marc Hauser piensa realizar…

De momento os quería presentar el concepto de neurofilosofía, que para mi refleja la gran aportación que está realizando la ciencia al pensamiento contemporáneo, y esta fantástica convergencia de disciplinas humanistas y científicas en un espacio común.

Y también introducir las investigaciones de Hauser sobre la condición innata y universal de un sentido moral que no es sólo fruto de la información transmitida por vía no genética (cultura), sino que tienen su historia evolutiva y fundamentos neurobiológicos. Sus reflexiones no son nuevas, pero las herramientas que utiliza para analizarlas sí.

Sin duda es un campo controvertido, del que se hablará en el futuro, y que si os estimula ya podemos empezar a discutir en este blog.

Escrito por pere-estupinya

14 Ene 2008 - Enlace

Sensores que imitan tu inconsciente

- Hola, ¿qué tal?
- Bien

Es casi una respuesta automática… Pero todos sabemos que el significado real de ese “bien” está en el tono de voz, la expresión de cara, posición del cuerpo, la mirada… y sin saber muy bien cómo, intuimos en seguida si quiere decir “mal”, “alegre”, “cansado”, “tenso”, o “enamorado de la vida”.

Es la comunicación no verbal.
Algunas de estas señales son fáciles de interpretar, cómo una sonrisa o un tono agresivo. Pero de manera inconsciente desciframos también gran cantidad de mensajes subliminales que nos indican si esa sonrisa es sincera o no, o si los gritos indicaban enfado o nerviosismo. En muchas ocasiones, cuando alguien nos pregunta “en qué lo has notado?”, o “por qué dices que esa pareja no tiene futuro?”, respondemos con un simple “no se, hay algo que…”. No sabemos identificar el rasgo concreto que nos ha dado esa información. Y sin embargo, nuestras predicciones suelen ser bastante acertadas.
¿Podría hacer lo mismo un aparato electrónico? Parece demasiado complejo, pero algo parecido es lo que intentan en el Grupo de Dinámica Humana del MIT - Media Lab, dirigido por Alex Pentland . Vayamos por partes…

La primera intención es la que cuenta
La psicología social lleva décadas estudiando el poder de las primeras impresiones, el trascendental papel que ejerce el lenguaje no verbal en cualquier acto comunicativo, cómo afectan a nuestras decisiones, y cómo nos permiten anticipar eventos futuros.

Se han realizado infinidad de estudios al respecto:
Tan sólo observando a un matrimonio conversando durante 15 minutos, psicólogos experimentados predijeron con un 90 % de aciertos si la pareja se divorciaría o no.
Mostrando videos silenciados de profesores dando clase, se podía predecir qué valoración les darían los alumnos.
Analizando entrevistas de trabajo averiguaban, sin necesidad de oír la conversación, si los candidatos serían elegidos. Además, se observó que los entrevistadores sacaban una primera conclusión en los primeros instantes, y tendían a mantenerla durante todo el proceso.
Incluso en algo tan aparentemente racional como las decisiones judiciales están influidas por el poder de las primeras impresiones.

Pero algunos psicólogos ya no se conforman con describir este fenómeno.
Ya está claro que nuestro inconsciente emite juicios instantáneos a partir de señales subliminales, y que muchas veces la razón simplemente se encarga de confirmarlos.

El siguiente paso es desgranar estas señales, medirlas utilizando sensores cuando sea posible, extraer información lo más objetiva posible, y mirar de sacarle provecho.

Medir señales subliminales
Durante la visita que hicimos al Media Lab del MIT, Alex Pentland nos mostró los sensores que su equipo ha diseñado para medir movimientos, detalles del lenguaje corporal, expresiones faciales, tonos de voz, y dinámicas de una conversación.

El año pasado el equipo de Pentland realizó un estudio con los operadores de una de las compañías de venta telefónica más importantes del mundo. Los aparatos no capturaban las palabras específicas de la conversación, sino sólo las señales físicas de voz, variaciones en el tono, y movimientos de cabeza. Sólo con eso, ya podían predecir con bastante acierto si la venta iba a ser fructífera o no. La compañía está pensando establecer un sistema que indique cuando un cliente debe ser redirigido a un nuevo operador.

En otra investigación siguieron a un buen número de estudiantes mientras jugaban al póquer apostando dinero real. Los sensores medían los movimientos del cuerpo, conductividad de la piel, ritmo cardiaco… y vieron que aunque los jugadores intentaban disimularlo, los sensores podían identificar sus momentos de estrés con un 80% de acierto. Se ve que detectaron el 70% de los faroles.

En uno de sus últimos estudios examinaron aspectos muy concretos de dinámicas de conversación durante los primeros 5 minutos de una negociación. Analizaron la actividad (tiempo que cada persona hablaba), implicación (pausas, interrupciones entre ellos…), énfasis (estrés, entonación, ritmo…), la empatía (expresiones faciales, mimetismo de la voz, movimientos corporales…). A pesar de ignorar el significado de las palabras y la estrategia, pudieron deducir con bastante acierto los resultados de la negociación. También concluyeron que quien más hablaba al principio lograba imponer su criterio al final, que una prosodia exagerada era contraproducente, mostrar empatía era positivo… datos con los que van afinando la capacidad predictiva de su metodología.

Curioso…. ¿y?
Según Pentland el principal beneficiado de estos sensores será el mundo de la empresa .
Con ellos se puede obtener una cantidad abismal de datos sobre ritmos de trabajo, tiempo que se invierte en ciertas tareas, patrones de comunicación dentro de la compañía, quien se reúne con quién, observar dinámicas de grupos… una información que generalmente permanece oculta, y que es de vital importancia para el gobierno de organizaciones.

Además Pentland asegura que podría representar una verdadera revolución en el mundo del management empresarial y la gestión de equipos, cuyas as teorías se suelen establecer a partir de opiniones de expertos en lugar de datos científicos. Siempre que aparece una gran cantidad de nueva información científica, descubrimos novedades y lo falible que es nuestro sentido común.

No se… yo no soy un gran apasionado de los gadgets. Pero sí que me interesó este tema cuando nos lo presentaron en el Media Lab. Por una parte, habla de un asunto tan apasionante como la toma de decisiones con información no consciente (lo he tratado muy por encima, si os interesa recomiendo el libro “blink: Inteligencia Intuitiva. ¿por qué sabemos la verdad en dos segundos?”, de Malcolm Gladwell ). Y por otra, me pareció visualizar, muy grosso modo, las diferentes etapas del proceso científico: Primero se observa un fenómeno, se intenta comprender, y se crean hipótesis. Luego, cuando la tecnología nos brinda la capacidad de medir, se ponen a prueba las hipótesis y se establecen teorías. Estas teorías pueden llegar a predecir hechos, que refinan la teoría. Después, la ciencia le devuelve el favor a la tecnología regalándole nuevas aplicaciones. Y al final, se buscan aplicaciones prácticas a partir de todo el conocimiento que se ha ido acumulando.
Y también es cierto que cuando la ciencia irrumpe en algún campo suele regalar conclusiones inesperadas. Quien sabe si realmente estos sensores llegarán a influir de alguna manera en cómo trabajamos…

Hoy tenía una segunda cita con Alex Pentland para hablar con más profundidad de estos temas, esclarecer algunas de mis dudas, saber en qué estado real se encuentran estos sensores, jugar con ellos, y completar este post. Pero lo que veis en la foto lo ha impedido. Me reuniré con él más adelante, si creéis que queda algún punto pendiente, tomo nota.

Sí, sí… muy bonita la nieve… pero me han dicho que ya no desaparece hasta marzo…

Pere Estupinya

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Este Blog empezó gracias a una beca para periodistas científicos en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) en Boston, donde pasé un año aprendiendo ciencia con el objetivo de contarla después.
Ahora continúa desde Washington DC buscando reflexiones científicas en otras instituciones, laboratorios, conferencias, y conversando con cualquier investigador que se preste a compartir su conocimiento.
Soy químico, bioquímico, y un omnívoro de la ciencia, que ya lleva cierto tiempo contándola como excusa para poder aprenderla.

Pere Estupinya

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