Apuntes científicos desde el MIT

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Escrito por pestupinya

07 Feb 2009 - Enlace

"Pequeñas... y grandes miserias humanas", por Miriam Peláez


Me enorgullece presentaros la primera colaboración de la bióloga Miriam Peláez en este Blog.
Actualmente Miriam es la editora del programa
REDES de TVE, y una vez al mes irá compartiendo con nosotros sus principales reflexiones extraídas de este legendario espacio de divulgación científica.
Os dejo con la primera. Gracias, Miriam.

“Hoy en día, si no haces ciencia con una máquina de un millón de dólares, si no estás secuenciando el genoma de alguien, si no manejas células madre o no trasplantas algo, nadie se dirige a ti, ya que no eres un verdadero científico”.

La irónica frase la pronunció Robert Sapolsky , neurobiólogo de la Universidad de Stanford durante su charla en la Ciudad de las Ideas , jornadas celebradas en Puebla, México, a principios del mes de noviembre del pasado año, bajo el lema “No creas todo lo que piensas”.
Se trataba de un gran acontecimiento en América Latina, que reunió a unas cuarenta mentes pensantes entre científicos, filósofos, escritores, músicos y politólogos para abordar frente al gran público cuestiones básicas sobre el ser humano y su posición en el mundo; un festival de ideas para promover nuevas formas de pensar.
Uno de los debates que más éxito tuvo allí fue el de las religiones.

En un auténtico ring se enfrentaron dos grandes ateos, como Daniel Dennett y Michael Shermer , con un gran estudioso de la religión – John Esposito - y un acérrimo defensor del cristianismo –el investigador Dinesh D’Souza .

No hubo peleas ni grandes tensiones, pero los sucesivos rounds fueron de peso: cada uno expuso sus argumentos y todos tuvieron la ocasión de atacar los del contrincante. Ambos bandos se atribuían hitos como la democracia o la transmisión de la moral, y achacaban al otro tragedias humanas como las perversas guerras.
En este intenso debate quedaron patentes los miedos que todavía perduran en los religiosos hacia la ciencia y el progreso. Ya es hora de que caigan estos miedos; y este post es otro grano de arena para tumbar los prejuicios que vienen de ámbitos conservadores. Y, como dijo Dennett en Puebla: “Es demasiado tarde para la religión; la humanidad ha crecido”.

Volviendo a la intervención del neurobiólogo y amigo de los babuinos Robert Sapolsky, me alegra citarlo aquí por dos razones: una es el aprecio que nos despertó en el equipo de Redes las dos veces que fue entrevistado por Eduardo Punset , director y presentador del programa de La2 de TVE.
La otra razón es que su frase viene muy bien para introducir esta primera intervención en el presente blog, surgido de las estimulantes experiencias con la comunidad científica de mi excolega Pere.

Efectivamente, no hacen falta caras y sofisticadas tecnologías para hacer ciencia. Quizá son ese tipo de investigaciones las que han dado lugar a las más fervientes críticas, desde las religiones sobre todo, hacia la ambición del ser humano por tratar de jugar al creador.
La ciencia puede subir al hombre a un elevado pedestal de orgullo, pero también puede mostrar las miserias humanas, las más banales y las más abrumadoras.
Entre los varios centenares de científicos que han pasado por Redes, hay algunos que marcan, como lo hizo Sapolsky.

Otro, para muchos, fue Sir Michael Marmot, Profesor de Epidemiología y Salud pública en el University College de Londres, desde donde destapó una alarmante peculiaridad de nuestra vida en sociedad. Marmot dirigió un estudio , realizado entre los funcionarios de la administración pública británica, que acabó demostrando la importancia, no sólo de la pobreza, sino sobre todo de la posición en la jerarquía social en el riesgo de padecer determinadas enfermedades.
Las conclusiones del estudio, llevado a cabo durante varias décadas, mostraban el efecto en la salud de la sensación de control sobre el trabajo y la vida en general.

A partir de estudios científicos como este, se pueden poner en marcha políticas sociales que incluyan buscar la implicación de la gente en la organización de la comunidad en la que viven. Y perseguir así la mejora de las condiciones de vida y la salud de la población.
Redes ha sido a menudo la plataforma para dar a conocer otros estudios que, como el de Marmot, indagan en los defectos humanos.
La violencia, la discriminación y los patrones de segregación espacial fueron profundamente analizados por la antropóloga brasileña Teresa Caldeira , de la Universidad de California en Berkeley. Su investigación la llevó a buscar y medir el aumento de la violencia en ciudades de Brasil, averiguar las causas y consecuencias en el tejido social, y definir los cambios sociales en el seno de ciertas comunidades urbanas.

Gerd Gigerenzer , del Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano de Berlín, lleva más de veinte años examinando nuestros mecanismos de toma de decisión. En su paso por Redes dejó bien claro que el ser humano no acaba de confiar en su intuición y cree que sólo a través de la razón y el análisis minucioso se alcanzan los mejores resultados. A menudo, unos pocos factores pueden llevarnos a tomar una decisión más ventajosa que si evaluamos todos los pros y los contras.
Al empeñarse en creer lo contrario, es fácil caer en la insatisfacción y la frustración.

Hay muchísimos otros buscadores de carencias o debilidades humanas que utilizan para ello el método científico. Sus objetivos no suelen requerir costosas máquinas, ni tecnología punta, pero sí una objetiva mirada sobre la realidad.
Y es que la ciencia no sólo se ocupa de montar estaciones espaciales, manipular genes, predecir el clima o construir máquinas átomo a átomo. Si todos estos logros en curso alzan al ser humano a la altura de un ambicioso creador, otros avances de la ciencia lo desnudan y le devuelven la humildad.
Así que no sólo las religiones dan motivos para ser mejores personas y buscar un futuro más agradable. Aquéllas han señalado las debilidades y defectos humanos, pero han dejado las soluciones en manos de la fe… tan frágil a veces.
La ciencia constata y mide esas miserias, trata de descubrir sus orígenes y de ayudarnos a ser mejores… pero creyendo en nosotros mismos.

Miriam Peláez

Escrito por pere-estupinya

16 Nov 2008 - Enlace

Del miedo al amor en sólo un parásito

Recuerdo estar charlando con un compañero sobre cómo algunos parásitos son capaces de manipular el comportamiento de sus huéspedes, y citar el ejemplo del toxoplasma, que cuando infecta a un ratón hace que pierda el miedo a los gatos.

“No me lo creo!” contestó tajantemente.
Le expliqué que unos investigadores ingleses pusieron varios ratones en un recinto donde había rincones con orín de gato, y comprobaron que los ratones no parasitados huían al notar el olor, mientras que los infectados por toxoplasma pasaban como si nada, incluso algunos se dirigían adrede hacia ese lugar.

“Esto es muy extraño…” continuaba replicando mi incrédulo amigo.
Resulta que el toxoplasma es un parásito que sólo se reproduce en el sistema digestivo de los gatos, pero para completar su ciclo de vida necesita crecer en el cuerpo de otros los animales. Cuando parasita a un ratón, viaja a su cerebro y transforma el miedo específico a los felinos en atracción. Hace que se dejen cazar, y así accede de nuevo a los intestigos del gato.

“¿pero cómo pueden perder el miedo, así de golpe? ¿qué pasa en el cerebro del ratón?”
Reconocí que no tenía ni idea, con lo que mi amigo se quedó pensando que eso era una patraña, y yo con ciertas dudas.
Entonces revisé el artículo donde se había publicado la investigación, y aunque parecía serio, efectivamente no proponía ningún mecanismo acerca de cómo el toxoplasma lograba convertir el temor de los ratones en una atracción suicida.
También releí el artículo de Scientific American escrito por Robert Sapolsky donde originalmente descubrí este comportamiento inverosímil. Y nada, tampoco indicaba qué ocurría en el cerebro de los roedores.

La respuesta ha llegado esta misma tarde, en una de las casualidades más inesperadas que he vivido últimamente:
Robert Sapolsky empezaba su artículo del 2003 diciendo que se encontraba en el congreso anual de la Sociedad de Neurociencia, y que de las 14000 presentaciones científicas que había, se cruzó con un poster que llamó su atención. Era justamente el de los investigadores ingleses y la pérdida de miedo de los ratones.
Yo hoy mismo estaba paseando por la sesión de pósters del congreso de la Sociedad de Neurociencia que este año se celebra en Washington DC (mucho más interesante que la cumbre del G-20), y de repente me he encontrado... un trabajo que explicaba el mecanismo fisiológico por el que actuaba el toxoplasma!
Pero lo más curioso: lo presentaba Patrick House, un investigador del laboratorio de Sapolsky en la Universidad de Stanford.

Le he contado la historia y sin vacilar ha reconocido que “Robert llegó impactado. Él trabaja en neurofisiología del estrés, y dijo que teníamos que entender qué hacía el toxoplasma en el cerebro de los ratones”.
5 años después, parece que se cierra el ciclo.
Patrick me ha explicado que el toxoplasma afecta a la segregación de una hormona relacionada con el estrés llamada corticosterona. Cuando exponían ratones sanos a orín de gato, sus niveles de corticosterona aumentaban generando una reacción de estrés y de miedo. Sin embargo, en los ratones parasitados no se apreciaba ningún cambio. Además, habían observado una mayor actividad cerebral en las áreas relacionadas con la atracción, una respuesta equivalente a cuando se les presentaba olor de ratón hembra.

Patrick House sugiere que la atracción y el miedo podrían estar mucho más relacionados fisiológicamente de lo que podemos pensar. Le he preguntado si el toxoplasma, un parásito que casi todos tenemos enquistado de manera inofensiva dentro de nuestro cuerpo, tenía algún efecto en los humanos. Me ha contestado que ciertos estudios lo relacionaban con la esquizofrenia, las conductas arriesgadas, el incremento de testosterona en hombres y la promiscuidad en mujeres, pero ha matizado que se trata de investigaciones con muestras muy pequeñas. Ni mucho menos hay nada confirmado.
Actualmente su equipo está analizando el genoma del toxoplasma, ya que han descubierto que posee genes que codifican moléculas análogas de neurotransmisores, hecho que explicaría su capacidad de manipular la mente de los ratones.
Hay muchos ejemplos de parásitos que modifican a conveniencia el comportamiento de sus huéspedes, pero todavía no se ha encontrado ninguno que afecte a los humanos. Patrick cree que es cuestión de tiempo…

Pere Estupinya

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Este Blog empezó gracias a una beca para periodistas científicos en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) en Boston, donde pasé un año aprendiendo ciencia con el objetivo de contarla después.
Ahora continúa desde Washington DC buscando reflexiones científicas en otras instituciones, laboratorios, conferencias, y conversando con cualquier investigador que se preste a compartir su conocimiento.
Soy químico, bioquímico, y un omnívoro de la ciencia, que ya lleva cierto tiempo contándola como excusa para poder aprenderla.

Pere Estupinya

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