27 Nov 2007

La muerte de las palabras

Escrito por: dolovatti el 27 Nov 2007 - URL Permanente

1.- Cuando Gonzalo Suárez era Martín Girard entrevistó a Bruce Marshall, y éste le dijo: "La palabra no muere. La palabra nieve, por ejemplo. No muere. Pero las frases sí. Un buen día, un salvaje tuvo la idea de decir de una mujer que tenía la cara tan blanca como la nieve. El salvaje en cuestión acababa de decir algo maravilloso. Muy bonito. Pero cuando, hoy en día, un periodista dice de una mujer que tiene la cara tan blanca como la nieve, ese tío es más salvaje que el primer salvaje.Y la frase ha muerto, una vez más, para siempre" (cfr. La suela de mis zapatos). Marshall, obviamente, exageraba. La comparación no muere, sólo pierde viveza, lozanía, como ocurre con las metáforas lexicalizadas. Cuando se inventó la expresión quedarse de piedra, sonaba magnífica, perfecta, pero a fuerza de repetirla se fue erosionando y hoy la encontramos desvaída y convencional. Tampoco los periodistas tienen toda la culpa de que las expresiones se desgasten (ahí están los políticos), aunque sí es verdad que tienen tendencia a repetir algunas hasta la extenuación ¿Cuántas veces habremos leído u oído hablar del amasijo de hierros? Tantas que esas tres palabras han quedado reducidas a pura chatarra verbal.

De modo que las imágenes, más que morir, se agostan. Como los refranes, que parecen descomponerse con el uso: "De casta le viene al galgo", perdió por el camino su continuación ("el ser rabilargo") como esos zombis a los que de repente se les cae un brazo. No obstante, metáforas y refranes pueden revitalizarse. Si repito el adjetivo blanca en el ejemplo de Marshall, la imagen recupera el color: "Tenía la cara tan blanca como la nieve blanca" . O si le añado un adjetivo, y juego con las acepciones: "Tenía la cara tan blanca como la nieve colombiana". Y lo mismo sucede con los refranes. Generalmente divididos en dos partes y a menudo reducidos a una por ser obvia la otra ( "A buen entendedor...", "Cría cuervos...", "De tal palo..."), podemos insuflarles vida con una resolución sorpresiva. Ejemplo: "Nunca es tarde...si el porno es bueno".

Tenía la cara tan blanca como la Nintendo DS
2."De igual modo que los caballos viejos van al matadero o los barcos destartalados al desguace, las palabras ajadas pasan a engrosar la larguísima lista de sinónimos de bueno o malo (...) Ésta es una de las formas en que mueren las palabras. Un hábil médico de palabras diagnosticaría que la enfermedad es ya mortal en el preciso instante en que el término en cuestión comience a alojar los adjetivos parásitos verdadero o auténtico". De acuerdo con esta observación de C.S. Lewis (cfr. De este y otros mundos), la palabra hijoputa o la expresión hijo de puta están en peligro de extinción, pues suelen arrojarse acompañadas de verdadero o auténtico ( o con un la grandísima intercalado), y, del mismo modo que caballero ( el ejemplo que pone Lewis), ya no se entienden al pie de la letra. En el Diccionario madrileño-español que Luis Carandell incluía como apéndice de Vivir en Madrid (una suerte de proto-tocho cheli o proto-Ramoncín), leemos: "Hijoputa: mala persona (no tiene sentido literal)". Lo mismo que aparece en el diccionario de la RAE para hijo de puta. Se han convertido en sinónimo de malo, y por tanto, corren el riesgo de desaparecer. Con razón Marlo, aquel emético personaje de La Hora Chanante, en la introducción a su célebre tema "Hijo de puta, hay que decirlo más", afirmaba: "!No permitáis que la palabra hijodeputa desaparezca de nuestras vidas, de nuestras calles, de nuestras escuelas!"

La impecable educación de Marlo, digna de una cumbre iberoamericana

3.- "Una palabra muere/ cuando se dice/ Dicen algunos/ Digo que justamente/ Ella empieza a vivir/ En ese día". Así reza el poema 1212 de Emily Dickinson ¿Estas palabras están vivas o están muertas? Hoy decimos que están vivas porque han llegado hasta nosotros a través de la escritura, y conservan un valor literario: nos hacen reflexionar sobre nuestra relación con el mundo, en este caso con aquella parte del mundo (el lenguaje) que determina el modo en que lo vemos. Pero antes del siglo X, nos hubieran dicho que estaban muertas porque estaban escritas. Entonces se leía en voz alta para hacer vivir a los vocablos. Sólo leída en alto vivía una palabra como muere ; sin realización verbal estaba muerta una palabra como vive . El verbo decir (que deliberadamente Dickinson escribe tres veces en distintas personas del presente) no decía nada si no sonaban sus formas. Como escribe Alberto Manguel en Una historia de la lectura: "La frase scripta manent, verba volant (las cosas escritas permanecen, las dichas vuelan) significaba antiguamente lo contrario que en la actualidad: se acuñó en alabanza de la palabra dicha que tiene alas y puede volar, comparándola con la palabra silenciosa sobre la página, inmóvil, muerta".


A lo largo de la historia, cambió la forma de leer

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