05 Dic 2007

El libro y el huevo

Escrito por: dolovatti el 05 Dic 2007 - URL Permanente

1. Una de las preguntas que solía hacerme como lector, en mi época voraz, era la siguiente: ¿ Cuántos libros duraría una ruta marcada por las propias lecturas? Es decir: ¿Cuántos libros seguidos podría leer, cada uno de los cuales me remitiera al siguiente por medio de una referencia explícita? Nunca me dio por averiguarlo, hasta que hace unos meses tropecé con una lista de los libros citados en Adios, luz de veranos: Las flores del mal, Paludes, Fenomenología del espíritu, La experiencia de la muerte y Belle de jour. Ni más ni menos. La novela de Semprún me ofrecía cinco caminos (al interior de mí mismo), pero ¿y si elegía uno sin bifurcaciones? Dicho y hecho: opté por Paludes de André Gide, y resultó que no mencionaba otro libro que no fuera el que el protagonista estaba escribiendo, también llamado Paludes o Diario de Títiro (había, sí, citas de Virgilio, pero sus obras no se nombraban). Sin embargo, sucedió un fenómeno curioso: al hablar el narrador de su obra, hablaba también de otras como la que al mismo tiempo que Paludes había sacado de la Biblioteca: Los niños terribles. Así, en una conversación con su amigo Hubert decía: "-Un libro...un libro está cerrado, lleno, liso como un huevo. No se podría meter ni un alfiler, sólo a la fuerza, y su forma se rompería. -¿Entonces tu huevo está lleno?-preguntó Hubert. -Pero querido amigo-grité-, los huevos no se llenan: los huevos nacen llenos...". Los niños terribles es un libro-huevo, como otro que ya comentamos aquí, Risa en la oscuridad, junto al que se mencionaba en una reseña del Times Literary Supplement:"Una pequeña obra maestra rebosante de crueldad, uno de esos libros-Les enfants terribles es otro- a los que no se puede quitar ni añadir nada sin causarles un daño irreparable". Un libro en el que no se puede meter un alfiler sin estropearlo; un libro que nació lleno, transcrito más que escrito por Cocteau: "Escribía 7 páginas al día, ni una más. Y en mitad del libro, cuando Elizabeth se casa con el joven americano, quise decir cosas que me interesaban acerca de América. Quise mezclarme en el libro, actuar por mi cuenta, y el mecanismo se rompió. Tuve que esperar 15 días para que volviera a ponerse en marcha". Pero, por ello, confeccionado siguiendo lo que Unamuno llamaba el procedimiento vivíparo. El escritor vivíparo es "el que gesta una obra por completo interiormente, y que así que se pone a redactarlas lo hace de un tirón, y salen como Minerva de Júpiter, acabadas y perfectas" Frente al escritor ovíparo, que empolla su obra, la gesta desde dentro pero también desde fuera, apoyándose en una documentación que la llena (Pérez-Reverte sería el típico escritor ovíparo), el vivíparo la vuelca entera desde dentro, la pare sin más: con mayor o menor rapidez la va dejando salir y lo que sale ya está acabado. "A menudo, escribe Cocteau, personas que creen apreciar Los niños terribles me dicen: Menos las últimas páginas. Pues bien, las últimas páginas se inscribieron una noche en mi cabeza, anticipadamente. Yo no respiraba, no me movía, no anotaba. Estaba dividido entre el miedo a perderlas y el de tener que hacer un libro que fuera digno de ellas".


Jean Cocteau, un talento tentacular

2. Otra de las cosas que pensé en hacer como lector fue anotar en una libreta todos aquellos conocimientos prácticos que encontrase en los libros de ficción. La idea me la sugirió un relato de Tobias Wolff en el que el narrador explicaba cómo colocar la leña en la chimenea para lograr un buen fuego, pero nunca la llevé a cabo. Como único rescoldo quedó esta nota perdida en un cuaderno donde anotaba de todo: "Huevo crudo-huevo cocido: se le da rápidas vueltas al huevo, por ejemplo encima de una mesa; si está cocido gira mucho tiempo, si está crudo se para enseguida". Procedía de La tregua de Primo Levi, segunda parte de la trilogía del Holocausto iniciada con Si esto es un hombre, libro escrito, en cierto modo, por el procedimiento vivíparo, es decir a la buena de Dios o a lo que salga, como decía Unamuno, sin pararse a considerar si lo que sale es un libro-huevo o si está crudo o cocido, tal y como en el prólogo confesaba el propio autor:" Me doy cuenta, y pido indulgencia por ellos, de los defectos estructurales del libro. Si no en acto, sí en la intención y en su concepción nació en los días del Lager. La necesidad de hablar a los demás, de hacer que los demás supiesen, había asumido entre nosotros, antes de nuestra liberación y después de ella, el carácter de un impulso inmediato y violento, hasta el punto de que rivalizaba con nuestras demás necesidades más elementales; este libro lo escribí para satisfacer esta necesidad, en primer lugar; por lo tanto, como una liberación interior. De aquí su carácter fragmentario: sus capítulos han sido escritos no en una sucesión lógica sino por orden de urgencia. El trabajo de empalmarlos y de fundirlos lo he hecho según un plan posterior". Todo lo contrario que, por ejemplo, Rebelión en la granja (novelita a la que ya aludimos aquí), libro-huevo minuciosamente elaborado. C.S. Lewis escribió a propósito de esta fábula: "Rebelión en la granja es formalmente casi perfecta. No hay ni una sola frase que no contribuya al conjunto" (cfr. De este y otros mundos) Y tenía razón. Tomemos por ejemplo las catorce frases en que comparecen los huevos de las gallinas de la granja: ninguna es gratuita. Una contribuye a describir la revolución inicial, otra la posterior conversión del comunismo en capitalismo, otra la campaña de descrédito contra Snowball-Trotsky, otra la glorificación de Napoleón-Stalin,etc." Rebelión en la granja, sentenció Lewis, es un objeto de arte tan perdurable como una Oda de Horacio o una silla Chippendale". Aunque también podía haber dicho: como un huevo Fabergé.


El libro-huevo perdura en el tiempo

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