10 Nov 2011

Paisajes de Granada (Playa de Carchuna)

Escrito por: adelfo el 10 Nov 2011 - URL Permanente

Antes de que tomar el sol tumbado sobre la arena fuera una moda en este país, a la que yo nunca le he prestado atención, Carchuna, era un páramo abandonado, una playa grande pero desarbolada, que en uno de sus extremos, dirección Almería, un puñado de casas chatas acurrucadas bajo un acantilado pétreo, daban cobijo a unos cuantos pescadores.

Con el paso de los años, entre el faro Sacratif y Calahonda, el poblado marino antes mencionado, unos arrojados campesinos, visionarios, dicen que de las Alpujarras, comenzaron a levantar huertos de plástico, a transformar el paisaje, a sacar rendimiento en lo que antaño era un erial y otro pequeño pueblo comenzó a gemir con penuria pero con esperanza, Carchuna.

Los primeros impulsos del turismo pasaron de largo por esta playa dura y abierta, no reunía condiciones, no tenía infraestructura y llegar a ella por carretera era toda una odisea. Los que desvirgaron este pedazo de costa virgen fueron los habitantes alpujarreños, tal vez porque la rudeza de sus arenas no los descomponía y el agua atemperaba su tensión montaraz.

Una especie de arco, con dos senos, se abre desde el faro hasta Calahonda, poco vistoso, y si el poliuretano blanco llega hasta su misma orilla, adorno no adecuado para atraer el turismo, es normal que haya permanecido durante mucho tiempo como playa de domingueros.

Cuando era moza, ya desvirgada, pero que aún conservaba modales toscos y poco finos, acudí muchas veces a pescar por las noches, en las rocas bajo el faro, en las playa abierta y solitaria frente al castillo de piedra y con mis hijos en las largas y cálidas tardes del verano para que gozaran del sol y el agua.

Y por fin llegó, también aquí, a este apartado lugar, el bullicio, el agobio y la prisa que arrastra consigo el turismo masificado y comenzó a romper riscos, a sembrar de cemento los únicos metros que el plástico no había cubierto antes. Donde había quietud, hoy, hay barullo y griterío; donde se caminaba en compañía de la soledad escuchando los lentos pasos de las olas en la quietud de la noche, hoy, es el rugir estridente de las motos el que se arrastra por la arena. Los únicos baluartes que tenía, la libertad y la soledad, ha tiempo fueron mancillados.

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09 Nov 2011

Paisajes de Granada (Mi cortijo)

Escrito por: adelfo el 09 Nov 2011 - URL Permanente

En un libro sobre pensamientos e impresiones que estoy escribiendo, que titulo, desde mi atalaya, describo todos los paisajes que sentado bajo su porche sombrío y verde observo cada vez que voy, que son todos los fines de semana; si alguna vez lo lees, tal vez percibas el sabor y el olor, la fuerza y las ganas de vivir que me inyecta este trozo de tierra al que me quiero retirar cuando acabe mi vida laborar y en el que, esto sirve de testamento, quiero que se esparzan mis cenizas cuando muera.

No quiero compararlo con ningún otro lugar, no pretendo hacer un concurso para ver cual reúne más cualidades, cual tiene más comodidades, desde cual se observan los mejores paisajes; no pretendo tal cosa; sólo quiero hacer constar su sencillez, la templanza que a mí me trasmite, la atmósfera de paz que en él encuentro.

Sobre un promontorio que cae a un barranco, seco todo el año, en estrechas paratas, se asienta un sencillo cortijo, rodeado de naranjos, parras y buganvillas. Tiene un porche amplio y diáfano, hecho de madera, cubierto de vegetación, desde el que se divisa el mar, tesos de antiguos almendrales claveteados de cortijos y una vega plana y verde que acaba donde los besos del mar se funden en la arena.

Un amplio salón con cuatro grandes ventanas que le dan luz a raudales y una chimenea de ladrillo visto, donde se hace la vida, digamos que es el alma, dos habitaciones pequeñas y un servicio son todo el cortijo.

Dos pueblos abarcan la vista, Motril y Salobreña, si miras de reojo también se ve Molvízar; del primero, es su puerto la estampa que se observa, del segundo su recio castillo árabe coronando un racimo de casas blancas, es lo que sobresale. A la espalda, una sierra escarpada y vejada por la mano del hombre, hace unos cuantos años fue arrasada por un brutal incendio, pero sigue teniendo carácter y trapío, a la izquierda un macizo orondo y templado, a la derecha una rambla seca y saqueada por la agonía de los campesinos.

No es un vergel, aunque tiene verde por los cuatro costados, tampoco una finca de recreo pero confieso que como aquí me siento, no hay lugar en esta tierra que me lo pueda igualar. El sol luce más claro, la luz embriaga con más intensidad, el silencio corona las sienes y te ayuda a encontrarte.

Para los amigos que lo conocen lo mejor son sus vistas, para mi es el tiempo que le he dedicado, el sudor vertido, el silencio que me ha permitido encontrarme. No todo es perfecto, como toda obra humana tiene sus imperfecciones, pero esas cosas negativas no interfieren en la visión optimista que yo tengo de este pedazo de tierra. Así que si quieres pasar una jornada en el campo, sentir la brisa mañanera en tu frente, el cantar chillón de los grillos en la noche, ven y disfruta de todo lo que acabo de contarte.

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08 Nov 2011

Paisajes de Granada ("Jurite")

Escrito por: adelfo el 08 Nov 2011 - URL Permanente

La verdad que este es un viaje distinto a los relatados hasta ahora, porque no hay ciudad, ni gentes, solo paisaje y pensamientos; es más un recuerdo de juventud, una página imberbe pero en la medida que hay un desplazamiento, unas sugerencias que el camino te lanza a la cara, un olor a romero montaraz, lo podemos dar por válido.

Subí muchas veces, digo subí porque es una cima, la sierra que libra a este pueblo de los rigores más agrios del invierno, que requiere voluntad para ascender hasta su cumbre, esfuerzo y cariño si no lo haces por obligación.

En plena noche, había que estar allí antes que los primeros besos de la aurora acariciaran los pámpanos, con una somnolencia que en la juventud es perenne, acompañaba a mi padre para recolectar la uva, perla muy apreciada en la mesa de los restaurantes, de los pudientes de aquella época.

Siempre salíamos del pueblo por la vega alta, hasta el abarcoquillo, donde el animal bebía agua e iniciábamos la pendiente de los viñazos, una ladera de almendros añejos, que nos conducía, en un lento pero constante ascender, hasta las minas.

Oí muchas historias sobre este paraje, nunca entré en ellas, tal vez por irreales, quizás por estrambóticas, al pasar sólo contemplabas unos barracones derruidos por el paso de los años, montones de piedras de colores que, cuando eres niño, te llaman la atención pero que a medida que creces dejan de atraerte.

Contaban, nunca se mencionaron años, ni nombres, que un grupo de hombres, venidos de fuera, comenzaron a perforar la tierra, los lugareños los creyeron locos, algunos más interesados aceptaron sus promesas, en busca de piedras preciosas, de oro o vete tú a saber, porque la leyendas tienen eso, unos las cuentan como les ha llegado, en cambio otros, le añaden algo de su cosecha, y acaban como acaban, misteriosas.

En un pueblo donde la cultura no era precisamente el alma, más bien la incultura soplaba en todas las mentes, aquellos ilusos o locos que llegaron y se pusieron a horadar la sierra tenían que comer, engatusaron a algunos y pagaron con sacos de aquellas piedras de colores, que ellos prometían que era un mineral valioso a todo cauto que quiso ser listo. Algunos, avariciosos y crédulos, amasaron decenas de costales de aquella falsa moneda, que a la postre resultó ser y su prestigio perdió enteros, su economía perdió muchas pesetas.

Pasada aquella factoría de sueños fracasados, nos adentramos en el monte por un camino pedregoso, estrecho y de cuando en cuando pequeñas escalinatas en la pedriza. Siempre me llamó la atención la seguridad que los animales tienen cuando caminan por estos senderos, más de una vez sentí miedo, porque tengo que reconocer que mi padre me montaba en la puerta de casa y me bajaba una vez llegados a la finca.

Una vez allí, la ceremonia comenzaba con la elección del lugar donde mi padre se sentaría a preparar y envasar las uvas. Después la rebusca, de cada una de las cepas, el corte de los racimos y el acarreo hasta el lugar elegido para la tarea que sólo él podía realizar, envasarlas.

Comer un racimo prieto de uvas en la frescura y lozanía de las primeras horas del día, mientras mi padre concentrado, con mucho esmero, acababa de completar las cinco cajas, fueron de los momentos más mágicos y gloriosos que puedo recordar; si no has experimentado este placer, te aseguro, que te falta algo en tu vida. La fruta en el campo tiene otro sabor y a estas horas de la mañana mucho más.

Limpiar las uvas, taparlas con celo, con vinagreras, y encima la tapa de madera y recortar los sobrantes, era un ceremonial que para un profano puede parecer nimio, sin valor, pero para mí significaba, primero, que faltaba poco para irnos, segundo y más importante, el cuidado y la atención que los campesinos ponían en aquel trabajo por el que le pagaban dos reales.

Siempre se ha dicho que cuesta abajo hasta las piedras ruedan. Bajar era menos sufrido pero no menos arriesgado, sobre todo para el animal cargado, aproximadamente con 100 kilos, por un camino sobre pedriza, estrecho y muchas veces voladero.

La entrada al pueblo no la hacíamos por el mismo sitio por el que salíamos; bajábamos por el pozuelo, descargábamos las cajas en un lugar que ya he descrito en otras páginas, no voy a repetir aquí, y vuelta a casa a comer.

“Jurite”, en aquellos tiempos, era una sierra a la que se le sacaba cierto rendimiento, vid, almendros, más de la mitad es monte, que con el paso del tiempo sufrió desdén y abandono y que, en estos momentos, se está convirtiendo en un lugar de recreo, ya está lleno de cortijos, pero que por la desidia eterna y la falta de visión de este pueblo sigue siendo, su subir, penoso y costoso. No he vuelto a subir.

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07 Nov 2011

Paisajes de Granada (Fuente Pinos, Molvízar)

Escrito por: adelfo el 07 Nov 2011 - URL Permanente

Cantada, mejor dicho tocada, con mejor fortuna que lo pueda hacer yo con palabras, paseadas las notas de sus aromas por todos los pueblos limítrofes, de este paraje agreste, montaraz, dulcificado en una pequeña parte por una exigua vega abancalada a lomos de los dos torrentes que bajan de nuestra sierra, de "Jurite", pasan por delante del cementerio y a espaldas del pueblo, por Camilo, músico foráneo amante de este pueblo, en un alegre y pegadizo pasodoble, tocado hasta la saciedad en las fiestas de Santa Ana, quiero contar mis correrías por sus huertas, mis furtivos baños en su enorme alberca, mis numerosas tardes de verano vividas en su entorno adusto, serio, duro, mis juveniles hurtos de peras, manzanas y melocotones de viña.

Los recuerdos de este rincón molviceño, pequeños porque de mi infancia provienen, no por su tamaño, son distintos a las notas de este músico cordobés enamorado de mi pueblo; mis retinas evocan los baños en aquella alberca que para nosotros era la piscina más grande que pudiera existir en el mundo, en cuyas aguas nos zambullíamos, donde remojábamos nuestros pequeños cuerpos morenos; mis recuerdos están llenos de melocotones frondosos, de racimos de uvas jugosas, de correrías por las pequeñas bancaleras, arrasando las peras y las manzanas, huyendo del guarda, de subidas pegajosas por el barranquillo angosto que conduce a la alberca, de bajadas más plácidas, más relajadas, después de los baños.

En la Fuente Pinos, tierra seca, abrupta, a pie de la sierra que tapona Molvízar por el norte y que bascula lentamente, hacia la vega, sobre la horcaja labrada por el barranco del nacimiento, a la altura de la Vega Alta, que recorre la otra orilla del barranco y que se agarra al pequeño racimo de casas blancas, lo abraza, lo traspasa y va a morir al otro barranco al que viene de Ítrabo, emanaba, entonces, un hilito de agua, muy estimado por los lugareños, buena por sus condiciones culinarias, nuestra playa particular, punto de encuentro de los enamorados en aquellos años de resaca moral que paralizó la alegría de este país, lejos de las airadas miradas de las madres enlutadas, libres para pellizcar las rosadas mejillas de las mozas que en las tardes de verano, cuando el agareno que recorre la elíptica aparente se desdibuja y pierde toda su intensa potestad, subían con los cántaros apoyados en las caderas para llenarlos de agua, para adornar sus negras cabelleras con racimos de azahar, cortado, por los mozos, de los pequeños naranjos que allí aguantaban la tensa calina, la falta de agua, la aridez.

La Fuente Pinos era, lo es, pero en aquellos años más, paso obligado para otros derroteros del pueblo como Jurite, altozano de la uva moscatel tardía, allá en la cumbre de la serranía, para ir a las Cuevas paraje entre montes, donde la aceituna y la almendra tenían, en aquella época, su paraje poco usual, para llegar al barranco el Gato, bajo la amenazante mirada de la Caja, motaraz paraje, de evocaciones malignas y lugar de pocos amigos, donde el almendro y algunas paratas regables tenían su facturación primordial. Para llegar a todos estos lugares, si bien es cierto que a Roma se llega por todos los caminos, necesariamente se tenía que pasar por la Fuente Pinos, hoy tiene poco tránsito; era, además, punto obligado de abastecimiento de agua con la que saciar la sed en los lugares arriba mencionados.

Había otras albercas, unas cuantas más en el término municipal, en diversos parajes, casi todas más pequeñas, cada una con su atractivo, pero ninguna nos gustaba tanto como ésta. En todas podíamos calmar el calor que el tórrido Lorenzo vertía, todos los veranos, sobre nuestros cuerpos enjutos, endebles y mal nutridos, pero la de la Fuente Pinos era otra cosa, era una enorme lámina de agua, era una pileta profunda donde podíamos hacer piruetas, tirarnos de cabeza sin el peligro de darnos con el fondo, de bañarnos varios a la vez, donde gozábamos a lo grande porque grande era nuestra osadía, grande nuestro deseo de pasarlo bien, grande nuestras ansias de ser niños normales ya que nuestros padres no lo habían sido, según oíamos en las noches de frío invierno en torno a la chimenea, cuando las historias salen a borbotones de las gargantas y evocan las malas rachas pasadas, los duros tiempos de hambre transcurridos desde la guerra, de la enorme represión, de los tiempos de estraperlo, de toda una historia negra que no entendíamos entonces y que seguimos sin entender ahora a pesar de su estudio, a pesar del tiempo transcurrido; tenía esta alberca un encanto especial, teníamos predilección por ella, porque, además, nos daba la posibilidad de saciar nuestra hambre en los huertos del entorno, de permanecer toda una mañana si queríamos, aunque esto nos ocasionase más de una paliza, aunque más de una vez tuviésemos que salir por piernas, descalzos, desnudos con la ropa en hatillo, ante la erupción furibunda del guarda, por la inesperada venida del hortelano, dueño del agua, amo de la huerta.

Era la alberca de la confirmación, de la alternativa en los baños, donde ya íbamos los que estábamos iniciados en el nadar, los que habíamos pasado la dura prueba de las primeras ahogadillas. Primero aprendíamos a nadar en las más cercanas, en las de menor calado, a veces de tierra, con lo que más que baños de agua eran baños de barro, pero que eran la cuna de nuestro aprendizaje, que una vez cumplido, ya nos atrevíamos a enfrentarnos con las profundidades, con las aguas mucho más limpias de esta playa artificial, que para nosotros representaba la alberca de la Fuente Pinos.

No he vuelto más por este espacio que recorrí en mi niñez tantas veces, no he visitado estos sueños amarillos de mi infancia por donde corrí con alegría, donde disfruté de la amistad ingenua de la niñez, después perdida, tal vez para no perder ese buen sabor de boca que aún me queda de aquellas estampas, o quizás para no arrugarme como una pasa si veo su deterioro, si contemplo su desaparición, o porque no quiero encontrarme frente a frente con mi realidad de hombre adulto chocando ostensiblemente con la ficción mantenida de mi infancia.

Los recuerdos, de niños, si son buenos, no deben desempolvarse y contrastarlos porque puede ocurrir que sus esencias ya no nos huelan bien, no nos gusten sus sabores y la acidez ponga sus reales en ellos, cosa que aborrezco.

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03 Nov 2011

Paisajes de Granada (De Vélez Málaga a Granada)

Escrito por: adelfo el 03 Nov 2011 - URL Permanente

De Vélez-Málaga a Granada

Entrar en Granada provincia, por Ventas de Zafarraya, desde la costa malagueña, es un gesto alpinista loable, una difícil pelea con la agreste naturaleza, un temerario intento por conocer tu tierra. Coronada la verticalidad marina de un pétreo y escarpado monolito de piedra, cuyo nombre desconozco, después de serpentear por su rala naturaleza, que se recrea espartana mirando las olas suaves de la mar cercana, esta figura fantasmal, árida, estéril, forma una barrera adusta que corta a un agazapado poblado, Ventas de Zafarraya, los flujos marinos y lo pone al solano del austero clima de la campiña. Es Ventas un pueblo fino, alargado, adosado a ambos lados de la carretera, que es su centro neurálgico, como los chopos están alineados en la ribera de los ríos, como los postes del telégrafo siguen a los rápidos raíles del tren, se extiende blanco, achatado, encogido a lo largo de la cinta asfáltica como si temiera perderse en su frío asentamiento, como si el apartarse de esta estrecha vía de comunicación que le sirve hacia el sur para ver el mar y hacia el norte para conectarse con la capital, le fuera en ello la existencia.

Una húmeda dehesa acompaña al viajero, desde la salida de este pueblo agrícola, hasta una pequeña elevación boscosa de encinares viejos, de pinos jóvenes, de matorral bajo ya lejos de su dominios. Las encinas son árboles serios, tímidos, reservados; se pegan al paisaje como queriendo fundirse en su hosca aridez, se agarran a la tierra sin estridencias, se confunde con el monte; su visión es casi cansina, solapada. La carretera se balancea en zig-zag por entre estos austeros testigos mediterráneos y tienes que ir muy pendiente de ella si no quieres empotrarte en la maraña de cambroneras, aulagas, tomillos, romeros que sobreviven bajo sus sombras decrépitas.

Desaparecida la adusta encina, la carretera comienza una bajada pronunciada entre almendros viejos, esparteras agostadas, se otea Alhama de Granada. El primer golpe de vista se centra en su sólida y portentosa iglesia arropada por un racimo de casas pardas. El pueblo cabalga a lomos de un brazo terroso, esculpido por dos gargantas torrenteras, que lo encumbra, que lo elevan en medio de una lenta ladera. A medida que bajas el apiñamiento blancuzco, entorno al templo, es más denso, más abigarrado; viven adosados, pegados unos con otros, en un esfuerzo supremo, tratando de evitar desprenderse por las cortadas del torrente que los precipitaría al vacío y se perderían entre las eses secas que otrora el barranco labrara.

La campiña que circunda a este pueblo por el norte es amplia, abierta, soleada; un agreste irreal desciende, lento, hacia él por el sur. Corre la carretera, a su salida, cortando los jugosos páramos, agachándose unas veces, intentando sortear los vientres lánguidos de los tesos otras, pero siempre bajando, buscando la llanura horizontal de la vega granadina.

Algunos caseríos, La Alcaicería es uno de ellos, quedan sumidos en esta fría tierra, perdida la esperanza, anclados en su soledad estéril. Santa Cruz del Comercio está atravesada por un barranco pobre, estrecho, desheredado, que ha mucho que no ejerce, que hace muchos lustros que no corre por su seno una mísera gota de agua. Aquí el caminante va despacio, recreándose en este paisaje lento, entre verde y ocre, entre alegre y cansino. El cielo es inmenso, extenso, acaparador.

Valenzuela y Buenavista quedan atrás varados en sus páramos despojados, a la espera de un soplo de vida y nos acercamos a Moraleda de Zafayona, que asentada ya en la vega, esparce, por sus débiles laderas, milimétricos verdes plomizos y entre sus escuálidas oquedades dibuja interminables formas orondas de verde aceituna.

Una vez en la autovía, lo bucólico es engullido por la frialdad del asfalto, las prisas te comen los pensamientos contemplativos y caes en los brazos de la velocidad. 3/2/93

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26 Oct 2011

Paisajes de Granada (Del Ejido a Granada)

Escrito por: adelfo el 26 Oct 2011 - URL Permanente

El mar plastificado que se extiende al pie de la sierra litoral, prolongación artificial del mar auténtico, de este mar nuestro, por el que antaño nos conquistaron los moradores del norte de África y en el que ahora mueren tantos tratando de huir del hambre, va perdiendo su fuerza, va dejando en oleadas lentas, sus dominios, a medida que se topa con el verde esparto, con la grotesca tierra árida del monte. Este mar, que no es eterno, que en sus aguas plásticas, contiene otra vida, pululan otros seres, sudan otros deseos, ha conseguido penetrar entre los horcajos de la sierra y ha configurado un lago acrílico, en medio de pétreas colinas, cercado por duras esparteras. Dalias, anclado en medio de este lago plateado, arranca de sus aguas artificiales, amasijo de alambre y plástico, frutos tempraneros, que son su sustento y su proyección internacional.

A medida que ascendemos se encajona el camino y serpentea la carretera en la ascensión agreste y serena de la Alpujarra almeriense; a lo lejos, allá, en lo alto, portentosa, vetusta, la atenta mirada del padre blanco, otea las áspera laderas y los escuálidos almendros en flor. En Picena, encajonada entre barrancos al pie de la inmensa mole, se inicia la ascensión, dando vueltas y más vueltas, subidas y llaneadas, descubriendo recovecos, bordeando precipicios, el coche va vomitando rojos suspiros. A media altura, en una balconada voladiza, Laroles, se mira en el espejo tibio del abismo, mientras se peina sus eternos rizos helados. Hoy está en fiestas, la alegría baja pendiente abajo a perderse en sus sombríos barrancos.

El puerto de la Ragua, a dos mil metros, está radiante, blanco, esplendoroso. Los pinos se han vestido de armiño, el tomillo y el romero se han tapado con finas sábanas de Holanda. Desde la cima, la hosca hoya del marquesado, anclada en las profundidades, se divisa difuminada, lejana, ausente.

La ostentosa figura roja del castillo de la Calahorra, que desde su colina apagada, domina todo el marquesado de Zenete, se nos abre a la vista nada más cruzar la línea divisoria de las aguas de esta pista helada que es la Ragua. Su bajada es complicada, su carretera estrecha y tortuosa y cuando ya estás bajo las sombras de las torres circulares de este castillo, primer edificio español que imprimió los aires del renacimiento, respiras tranquilo y te adentras, relajado, en la autovía que en pocos minutos te dejará en la ciudad de la Alhambra.

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25 Oct 2011

Paisajes de Granada (De Granada a Serón y viceversa)

Escrito por: adelfo el 25 Oct 2011 - URL Permanente

La mañana es fría, húmeda, indefensa. Entre los orondos olivos que acompañan a la autopista, pulula lentamente un fino velo, una frágil gasa mortecina que los empequeñece, que los anquilosa, que los deteriora. Este sopor etéreo está carpado en las vaguadas, corre evasivo entre sus carnes, juega esquivo con el alba.

El conducir de ahora es soso, gris, sin estridencias, es como poner el piloto automático y tragar millas y millas de asfalto; no es que esté en contra del progreso, de las autovías, las prefiero a las viejas carreteras de carros, pero, para aprender a conducir, para bregarse en este arte, antes, cuando las calzadas eran estrechas y cimbreantes, con miles y miles de rugosidades, con enormes socavones, cuando el adelantar era una operación milimétrica y calculada, si no querías quedarte en el intento, cuando el tomar las curvas era un sabio manejo del embrague y el freno, cuando el paisaje era consustancial con el recorrido, era un complemento necesario, hoy, al recorrer estas lenguas de grava negra, pierdes la visión de tu entorno y eres absorbido por la magia del tiempo y la velocidad.

La celeridad con que nos tomamos los viajes, impide recrear nuestro sentido de la vista, la rapidez que imprimimos a nuestra vida, también ha entrado en la conducción y ha nublado nuestra capacidad de recreo. Hoy conducir no es un acto lúdico, no es un salir a tomar el sol, ni subir a la montaña a respirar el aire puro, es arañar segundos al tiempo, se ha convertido en un acelerón de nuestra existencia. Los trazados de estas veloces trepadoras, no están ejecutados para el respeto y la bucólica contemplación de nuestro entorno, los diseños de estas vías de escape, no están concebidos para sosegar nuestro estrés, antes al contrario, lo refuerzan, lo exageran. Las pérfidas trotonas han hecho nuestro fluir rectilíneo, nuestro tiempo monótono, nuestra contemplación monocorde. Ya no hay magia en la conducción, ya no se necesita pericia, ahora todo es autómata: ¡pones la quinta y a esperar que llegue el destino!.

Unos montículos irregulares aventanados, unos ventanucos irreales, a lado y lado de la vía, me sacan de estas reflexiones. Lo ven, ¡ya estoy pasando Guadix! La autovía, en estos momentos, planea por una extensa y anodina altiplanicie, corre por planos campos agridulces, avanza altiva por una rectilínea campiña; la soledad, por estos parajes, es más angustiosa, la impotencia ante el medio más sórdida.

He llegado a Serón con mucho tiempo de antelación; la espera será larga, tediosa. Decido ir Tíjola, próximo ocho kilómetros, quiero conocer el entorno, siempre me gusta ojear los alrededores. A la vuelta, en la salida, unas adolescentes, estudiantes, hacen auto-stop. Mi primera reacción es seguir, continuar, no parar, pero mis recuerdos juveniles, brotan desafiantes y me recuerdan lo que yo pensaba entonces, cuando no me paraban y freno a unos cincuenta metros y las espero.

Serón, su nombre me evoca recuerdos infantiles, su fonética comparte significado con arreos de carga caballar en los pueblos labradores, coronado por un castillo a cuyos pies la cristiandad plantó una esbelta torre de iglesia, es un barco montañero del que el mascarón de proa se lanza al vacío entre dos barrancos traicioneros que serpentean por un altiplano irregular moteado de esparto y almendros en flor. Su entrada es encrespada, equilibrista, desafiante.

La tarde es gris, la temperatura fría, el ambiente osco. He subido sus empinadas pendientes hasta el castillo y me he perdido por entre sus estrechos y vericuetos callejones que se descuelgan, escalonados, desde el vetusto vestigio árabe hasta la cuenca esperpéntica de sus dos torrenteras. Desde la atalaya de sus almenas cuelgan racimos de tejados pardos, escurridizas azoteas que plantan cara, desafiantes, al cielo.

Me he tomado un café en el bar de su plaza mayor, un ensanchamiento de la calle que baja desde lo más lato del pueblo, abierta, pendiente y solitaria. El local es adusto, añejo y, en él, cuatro lugareños juegan al dominó. Al final no he podido resolver lo que me había traído a Cerón y como no es cuestión trascendente, no la voy a dejar reflejada.

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21 Oct 2011

Paisajes de Granada (De Granada a Motril)

Escrito por: adelfo el 21 Oct 2011 - URL Permanente

De Granada a Motril.

Mira que he bajado veces a Motril, que he recorrido esta carretera con asiduidad y sin embargo no se me había ocurrido nunca relatar mis impresiones, describir sus sinuosas curvas que serpentean y se arrastran por entre los tesos de esparteras despeinadas, laderas aletargadas, plasmar estos agrestes parajes secos que se miran en las profundas gargantas de las torrenteras que bajan desde las cumbres blancas y altivas de Sierra Nevada a la plana y exuberante vega de la cañaduz.

Salir de la vega de Granada, rica y abundante, pero abandonada y tremendamente dejada porque sus propietarios sólo piensan en la especulación del ladrillo y no en sacarle fruto a sus entrañas, por el puerto del suspiro del moro, donde Bohaddil, último rey nazarí, lloró amargamente, tras entregar las llaves de su amada ciudad, a los reyes católicos, te libera de la espesa capa de contaminación y te pone cara a una planicie, otrora mar de trigales, en camino de bajada hacia el mar, ante los llanos opacos y resecos, ahora, del Padul que te abren el cielo terso y luminoso que sueñas en las noches cálidas de Granada pero que la colcha espesa y dura que cuelgan los humos en el pretil del cielo no te dejan ver. Hoy este pueblo agrícola ha quedado aparcado, ensimismado en su propia grandeza rústica porque el ávido caminar de la comunicación ha trazado una tela asfáltica, rápida y veloz, fuera de sus calles, lejos de su sencilla convivencia. A veces es bueno vivir alejado de los progresos pero esta vez este pueblo campesino creo que ha equivocado su proceder, o a alguien le ha interesado que así sea. ¡Este mundo está tan lleno de especulación¡

Dúrcal también ha quedado relegado en un segundo plano, olvidado sobre la terraza de su embarrancado río, que unos metros más abajo embalsa sus cristalinas aguas a los pies de Béznar, en un pantano recogido, embriagado por el azahar de sus naranjos. La modernidad a partir de aquí no ha llegado aún, la ansiada autovía de la costa está cortada en el tajo profundo y lúgubre del río Tablate. ¡Qué abandonada está esta tierra! no, corrijo, ¡cuánta desidia corre por las venas de las gentes que vivimos en estos parajes!, no acierto a comprender qué nos pasa, qué nos hace proceder así.

A partir de aquí la carretera se arruga y se agarra a las faldas de unos montículos escurridizos hasta que se adentra en la cuenca de penumbra y agobio del río Guadalfeo que muere en un abrazo sencillo y espumoso, con el mar, entre Motril y Salobreña.

¿Alguno, por un momento, ha creído que me había olvidado de Vélez de Benaudalla, pueblo morisco y montaraz que, coronado por un torreón rojo y regular, testigo de su pasado mozárabe, vive embelesado sobre las aguas frías y ariscas de la sierra? ¿Cómo podría explicar entonces este relato?; pues ya ves que no es posible, lector preguntón, pasar por su lado y no fijarse en este puñado de casas blancas desparramadas sobre las faldas de la sierra de Lújar.

Tampoco quiero terminar sin hacer una somera mención, que no hice al principio, con intención, para ser un poco anárquico, genérica, sin nombre, a todos esos pueblos del entorno de Granada, que viven a su sombra, bajo la aureola blanca de la sierra, en la ola de su fama, y que han quedado a ambos lados de la tela asfáltica que une Granada con el mar. Puede que en otra ocasión vuelva a escribir sobre este recorrido pero seguro que le daré otro enfoque, otra orientación. Vaya al menos sus nombres por si esa buena intención mía de volver sobre ellos no se cumple. Armilla, plana como la artesa del amasador de pan, pujante y emprendedora, Ogíjares, aluvión de construcciones para saciar el ansia de los capitalinos de vivir a las afueras de la ciudad, lejos de sus ruidos, de sus humos, en el campo; Alhendín, alquería que fuera de los reyes nazaríes y que vive atada a su vega.

Salidos del cajón pétreo por el que discurre el río, pasado Vélez, se abre una llanura de un verde dulce, plana como el vientre de una doncella, que se sumerge tranquila en las olorosas arenas de un mar sereno, ese mar que los romanos llamaron “nostrum”. A la derecha queda, colgado en un montículo soso y pelado, Lobres, pedanía de Salobreña que domina altiva, su entorno, desde la atalaya de su castillo morisco. Antes de llegar al mar, giramos a la izquierda, avanzamos por entre las lanzas verdes y cortantes de este ejército de caña dulce que domina este valle y nos acercamos a Motril, referente comercial, punto neurálgico de la costa, destino final de este viaje.

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19 Oct 2011

Paisajes de Granada (De Granada a Almería)

Escrito por: adelfo el 19 Oct 2011 - URL Permanente

La modernidad, la velocidad, ha entrado, por la fuerza, porque nuestra prisa desbocada la ha impuesto, por entre los campos añejos de aceituna, a través de los tesos ralos, rasgando las laderas y ha roto su lento vivir, ha enloquecido su eterna quietud. La autovía ha descompuesto el equilibrio eterno, ha destrozado montículos orondos, anquilosados en el pasado, ha surcado vaguadas de verde grisáceo, llenando de vértigo veloz su quietud este mundo nostálgico, antaño, bucólico, hoy agobiante. También las esparteras, mudas, sorprendidas, se encogen, aún más, en su triste morada, en su lóbrega tierra, erizando despavoridas su pelo engominado de verde.

Montículos medio enteleridos, picachuelos desvencijados, no aciertan a comprender por qué le han talado sus faldas, por qué han horadado sus carnes y los han atado con esta cinta de azul velocidad. Al Parque Natural de la sierra de Huétor le han abierto sus entrañas, le han socavado su cuerpo para que penetre este hálito furibundo, esta plaga mecánica, este mundo automovilista; han roto su pulcra estampa, ya no habrá más silencio en sus parajes, ya no se oirá el eco del cabrero, los cantos nocturnos de las acampadas; sus atalayas escarpadas, cortadas por esta estela asfáltica, no podrán comunicarse, permanecerán para siempre separadas.

A la garganta de Las Mimbres y venta Molinillo le han extirpado los pólipos, han cercenado su barrancalidad, han desnaturalizado su profundidad. La extraña inquietud, la pesada umbría que absorbía al viajero por este paraje, ha desaparecido; aquel ventanuco de luz se ha convertido en una bocanada amplia de sol, en una explanada veloz y abierta.

Diezma, sentada en una falsa colina, mira perpleja el blanco manto de la sierra, a lo lejos, para calmar su ira, para templar su cólera. El río Fardes está envuelto, esta mañana, en una leve gasa color azucena, se ha vestido de un blanco jazmín perezoso como queriendo ocultarse; hasta él baja, electrizante, esta faja rodante que no para, que es insaciable.

Está amaneciendo; los dedos de Helios se agarran en las crestas de los cerros, se desparraman lentamente por las alturas seculares de los tesos milenarios, comienza a pintar destellos amarillos sobre el fondo oscuro del asfalto.

Guadix, se atrapa ya en un suspiro; ya no es una peripecia arriesgada llegar hasta la curia interior, ya no es un atrevido rally acercarse a la hoya accitana, ya no cuesta trabajo pasar de la nieve al páramo. Antes de entrar, las montañas de plastilina de Purullena, se dibujan nítidas en un horizonte claro, reverberan anaranjadas en una mañana abierta. Dejadas atrás estas montañas de papel arrugado y atravesada la curia, una dura llanura se extiende, al pie de la sierra cubierta de armiño, radiante, pletórica de luz, abierta al ímpetu del viento, y cruzada, de parte a parte, por este fajín galopante e impasible.

Fiñana, primer pueblo almeriense, semeja un belén en medio de ásperos montículos de esparto, surcados por miles de estrechas torrenteras; algún almendro en flor, acurrucado, rompe el seco y agrio paisaje que comienza a descender hacia el flujo marino, hasta el mar.

Pasada doña María, las tres villas, la carretera se deja caer, no hace esfuerzo alguno y se inclina sumisa hasta las mismas puertas de la capital del plástico, de Almería dorada, como la nominara el poeta.



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18 Oct 2011

Paisajes de Granada (Cázulas)

Escrito por: adelfo el 18 Oct 2011 - URL Permanente

Corrían los años sesenta, este país seguía encerrado en sí mismo, lo que en argot histórico se denomina autarquía, yo estudiaba en el seminario de los redentoristas de Santa Fe que en los veranos nos recluían en la sierra de Cázulas y miles de españoles tuvieron que irse al extranjero para poder vivir. Algunos soplos de cambio, venidos de fuera, comenzaron a ventear algunas conciencias, a disipar los viejos temores que llevaban tiempo depositado sobre la piel de toro. El desarrollismo comenzaba a levantar cabeza en este país.

Esta alquería nazarí, por la que han pasado diferentes dueños, enclavada en plena sierra, fue el lugar elegido por los redentoristas para que los aspirantes al sacerdocio pasáramos los veranos, gracias a la benevolencia de la señora Marquesa. Mis recuerdos de aquellos días están cubiertos por un polvo blanquecino que los ha desnaturalizado y que me impide rescatarlos con la claridad que yo quisiera.

Recuerdo con nitidez la serrería cerca del río, dónde solíamos escondernos cuando no queríamos estar bajo la atenta mirada de los curas, las pozas de aguas frías del río donde solíamos bañarnos, los pinos centenarios y de altura gigantesca, las batidas de cada mañana por cada una de las laderas y los arroyuelos que vertebran esta sierra, las excursiones a la playa de Almuñécar, la soledad, la quietud y el silencio.

En este relieve abrupto y difícil de la falda oriental de la sierra de la Almijara, alejado de la civilización, el pueblo más cercano, Otívar, era un oasis de silencios, de vida austera y callada, nos recluían para inculcar en nuestras mentes moldeables y precarias que este mundo pecaminoso era el camino para llegar al más allá, donde la vida es todo sonrisas, manantiales de leche y miel, eternidad absoluta.

Cázulas era un encierro al aire libre, en toda regla; una mazmorra en medio de una naturaleza bravía y agreste, un edén controlado por mentes que se preocupaban más de lo que estaba por venir, del más allá, que por la vida real de unos jóvenes faltos de libertad y de anhelos.

Visto con el paso del tiempo, este lugar, el cortijo de la marquesa, era el paraje idóneo para llevar a cabo la misión de presentarnos el mundo como un horror, para apartarnos de sus pavuras, para lavarnos el pensamiento crítico, para amedrentarnos con el fuego del infierno. En unos barracones austeros, sobre unas camas de madera y en unos parajes duros y apartados no es difícil ablandar la natural rebeldía de unos jóvenes que la mayor parte no sabíamos por qué estábamos allí.

En la nebulosa de mis recuerdos queda aún la lozanía de aquellos parajes, el verdor de los pinares, el rápido fluir del agua entre piedras y breñales, la ruda cabra montés, el aire seco y estoico de la serranía, un cielo abierto y azul, paraíso perdido, que los ciudadanos de la gran ciudad buscan, hoy, para curar uno de los males de la civilización, el estrés.

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adelfo el viajero

Me gusta viajar, conocer mundos, paisajes, personas y me encanta conducir; estas dos pasiones mías no son antagónicas pero no siempre coinciden en el tiempo y en la forma.
Viajar es gozar con todos y cada uno de los rincones que encontramos a nuestro paso, es retener en las pupilas, no en las cámaras fotográficas, cada movimiento humano, el soplo del aire que nos acaricia el rostro, esas sombras chinescas en los recodos del camino, el sol colgado en las copas de los chopos, el vuelo leve de las frágiles torcaces y, todo esto, cuando vas al volante, con la velocidad inyectada en la sangre, es de difícil cumplimiento porque o haces lo primero, es decir, te recreas en lo que va saliendo a tu encuentro y te juegas la vida en un recodo de la carretera u optas por lo segundo, conduces con prudencia y moderación y tus sentidos sólo perciben asfalto, control y velocidad.

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