14 Jun 2013
Las víctimas abstractas de la crisis
Dado que esta crisis ha venido para quedarse es necesario pensarla una y otra vez para descifrar sus causas, sus estragos y sus salidas. No sólo en el Congreso de los diputados se debate sesudamente, también en los movimientos sociales y en los saludables paseos que las parejas dan todos los días. Todos convienen en que entre las víctimas de la crisis están las personas, pero también los conceptos. De las personas se están ocupando los medios de comunicación cada día mostrando la desesperación del que pierde su cobijo o la vergüenza, tan española, de hacer cola para un plato de comida. Pero, ahora, vamos a hablar de los conceptos que, como abstracciones aparentemente inútiles o inofensivas, condicionan nuestras creencias y orientas nuestras desnortadas acciones produciendo, tras su muerte, la desgracia de los seres humanos de carne y hueso.
Cuando el admirador de Cármide se batía con los conceptos en alguna apacible tarde ateniense de hace 2500 años no podía imaginar a qué lastimoso estado llevaríamos conceptos como belleza, valor o virtud. Su discípulo Platón dio carta de naturaleza a tres de ellos: verdad, bondad y belleza hasta convertirlos en la única realidad verdadera. Sin limitarnos a la célebre triada, que tanto dio que hablar y escribir hasta nuestros días, hagamos balance del estado de aquellos que más están sufriendo y, por tanto, aquellos cuyo deterioro más caro vamos a pagar por el carácter socialmente subversivo de su pérdida. Hablamos de la dignidad del individuo y las instituciones, la coherencia del comportamiento y la vergüenza o la culpa. Entre todos estos valores hay una relación pues todos están, en su versión positiva, ligados a la verdad y, en su versión negativa, anclados a la mentira.
Empezaremos por la verdad por su carácter globalizador. Naturalmente hablamos de la verdad en su sentido moral, aunque su sentido cognitivo o el lógico no están lejos. Al cabo, al hablar de verdad hablamos de dignidad, coherencia, vergüenza y responsabilidad. Emmanuel Kant, emulador de la claridad de la ciencia de su época, separó a la verdad, la moralidad y la belleza con tanto vigor que su genial síntesis posterior, en un requiebro intelectual del que todavía vivimos, no ha conseguido evitar la diáspora de valores. Su pretensión de separar la verdad de la moral, perseguía quitarle a la ciencia el abrazo asfixiante de la religión que le impedía volar libre para aceptar con Emily Dickinson, que “the brain is wider than the sky”. Pero, esa separación hace creer a la racionalidad neoliberal que no puede ser neutralizada por ninguna regla moral, pues cree estar tratando con una realidad que impone sus reglas objetiva, como la física de Newton se debía imponer a cualquier estudioso de buena fe. Por tanto, ningún obstáculo moral es pertinente.
La verdad es sobretodo coherencia entre dos polos, el subjetivo y el objetivo. Hay verdad cuando el testimonio y los hechos de corresponden. Hay verdad cuando una teoría explica todo lo que se experimenta, a la espera de una refutación. Se sabe qué es la verdad cuando el que falta a ella experimenta el sentimiento de vergüenza y culpa, ese trasunto del dolor físico que avisa del fallo moral. Las personas que no experimentan dolor físico acaban mutiladas, las que no experimentan culpa acaban perdiendo toda referencia interna y ya sólo atenderán a la coacción externa.
Una vida se entiende verdadera cuando hay conformidad entre lo que se piensa y lo que se dice (sinceridad) y entre lo que se dice y se hace (coherencia). La vida verdadera lleva a la dignidad como comportamiento decoroso y a la responsabilidad como capacidad de aceptar las consecuencias de los actos. Por tanto, cuando se comete una falta se siente turbación (vergüenza). De modo que dignidad, coherencia, responsabilidad y, en definitiva, verdad constituyen el conjunto de valores morales que suavizados por el humor dan soporte a una vida auténtica al servicio de la sociedad.
Sin embargo, en esta crisis nos encontramos con que en el comportamiento y el discurso de quienes debían haber cuidado de sus ciudadanos, sus afiliados, sus feligreses, sus empleados y sus depositantes sólo hay una total ausencia de verdad. Ausencia que ha alcanzado un grado tal de profundidad que está perturbando hasta el paroxismo el orden moral. Y al hacerlo, no sólo dan una clase perversa de cómo actuar que neutraliza cualquier pretensión de formación civilizada a los jóvenes en escuelas y universidades, sino que con su comportamiento protervo han minado los pilares de la civitas, de la polis. Veamos con detalle como ha ocurrido.
Primero, se ha actuado sin sentido de responsabilidad, es decir de las consecuencias de unos actos en los que se utilizaban los poderes de los responsables políticos al frente de las administraciones para beneficiar a terceros que cerraban el círculo compensando al político. Si la responsabilidad es aceptar las consecuencias de los actos propios, estos extraños representantes de los intereses generales, han actuado como si nunca tuvieran de rendir cuentas.
Segundo, para lograr sus fines, han convertido en norma de comportamiento la más descarada clase de incoherencia con un flagrante divorcio entre los que se prometía y lo que se ha acabado haciendo desde hace, al menos, treinta años, como si, contra toda razón, democracia y verdad fueran antagónicos. Es oportuno recordar aquí que en el contexto de judaísmo la verdad es sinónimo de cumplimiento de las promesas. Lo que a su vez es la fuente de la confianza. El Gal, Filesa, la apertura irresponsable al capital ajeno a partir de 1996 que sacó al país de su quicio, las negaciones lunáticas de las causas del atentado por antonomasia y las negaciones falsarias de la madre de todas las crisis han producido la sensación de pérdida de la razón en nombre de la razón misma.
Tercero, la reacción de los individuos pillados en falta negando sentir vergüenza, culpa o sufrimiento alguno por haber quedado en evidencia y su anuncio a voz de grito de que “duermen tranquilos” y que “tienen la conciencia tranquila” produce perplejidad. Declaraciones que ponen de manifiesto que la conciencia no es un testigo fiable para dirimir sobre la moralidad del comportamiento propio.
Cuarto, una vez encontradas las razones para no sufrir moralmente por la acción destructora de la culpa o la vergüenza, llega el momento del cinismo de la más absoluta desvergüenza y del más obsceno de los descaros. Es el momento de proclamar versiones delirantes y lunáticas de hechos sucedidos delante de toda la sorprendida ciudadanía. En ese estado moral se comprende que no se contemple la dimisión propia.
Todo este conjunto de valores negativos, este total desprecio puesto de manifiesto por nuestras élites, que, en ningún momento han merecido el carácter de aristos (los mejores), está destruyendo de forma devastadora los cimientos de nuestra sociedad. La escandalosa impunidad de este comportamiento produce desolación.
Entre las muchas razones que los especialistas han dado para explicar el cainismo del ser humano la más original que he leído nunca es el hartazgo. Esta tesis fue enunciada, con gran discreción y humildad en un libro para niños por un historiador del Arte, Ernst Gombrich. Un historiador del arte austríaco que declaró sentirse avergonzado de haber nacido en un siglo que consideró la fontaine de Duschamp una obra de arte y que en su biografía incluyó el testimonio de su hermana de que un condiscípulo suyo no tenía buen oído (se trataba de Schoenberg). Alguien, en definitiva, que no dudaba en ver al rey desnudo si realmente lo estaba. El hartazgo se da cuando la comunicación desaparece. La violencia siempre aparece cuando no hay palabras o cuando éstas han sido pervertidas hasta la corrupción aniquiladora. La hermenéutica moderna nos pone ante la dificultad de interpretar el mundo y, dentro de él, a todos y cada uno de los seres humanos. Pero una cosa es considerar la tarea de vertebrar de buena fe el significante y el significado como infinita y agotadora y otra, muy diferente y letal, proclamar que ha llegado la era de la desvergüenza, la ausencia de culpa, la irresponsabilidad vehiculadas por la sagrada palabra. La palabra en la que está basada la promesa y, por tanto, la verdad. Cuando esos rostros estólidos nos mienten con cinismo destruyen el tejido que nos cose y la osamenta que nos vertebra. Las comisuras de sus labios nos dicen de sus jesuíticas fintas mentales para conseguir el complejo fenómeno de no decir lo que es, no convencer a nadie y, sin embargo engañarse a sí mismo (a) forzándose a creer que eso es lo que hay que decir para cumplir con el doloroso deber de salvar a la sociedad contra la propia sociedad. Y, ello, cuando todas las evidencias apuntan a la misma basura de siempre: salvar el propio pellejo y el de la tribu a la que se pertenece.
Los conceptos y sus palabras asociadas son las víctimas abstractas de esta crisis. La traición a los conceptos en todos los ámbitos del Estado no produce efectos menores. El desgarro es ontológico y desune a la sociedad, que se vuelve peligrosa para todos, depredados y depredadores. La distorsión entre palabras y conceptos aceptados, la mentira en definitiva, favorece la llegada de la irracionalidad al producir la demencia general porque deja de proporcionar a la mente humana su alimento más preciado: el significado cognitivo y moral de su existencia. Una quimera, pero una quimera que hace posible la vida social a la espera del desvelamiento final para unos o la continuidad de la tarea de Sísifo para otros.
14 Jun 2013
Todo debe fluir (meno lo mío, que soy liberal)
Cuando todo fluye
Desde hace siglos los pensadores se ha debatido entre una concepción fija, rígida del mundo y otra dinámica y flexible. Desde la ciencia al Arte y desde el mundo de la vida al intelectual o económico esta dicotomía se ha reflejado de diversas formas. Baudelaire en el siglo XIX definía famosamente la modernidad como “lo transitorio, fugitivo y contingente, que es la mitad del arte, cuya otra mitad es lo eterno e inmutable” (por cierto, faltaría lo necesario como opuesto a contingente). Pero mucho antes (2500 años, quizá) Parménides porfió con la diversidad y dinámica de la realidad percibida confinándola en un ser único, eterno, infinito e inmutable. En definitiva, la apariencia inquietante e inexplicable se combatía con la serenidad de lo estable. Todavía hoy el clasicismo se presenta como cura del tráfago diario. La puesta de sol como el reposo del día agotador. Al límite, la muerte frente a la vida. Esta querencia del ser humano por el reposo en lo físico y la serenidad en lo anímico se equilibra por la búsqueda incesante de acción para buscar la novedad que dé respuesta a las necesidades y a los interrogantes más profundos del alma humana. Esta polaridad es, a su vez, un clásico como tema en psicología (Tánatos y Eros), en el Arte (Figurativo-Abstracto), en la ciencia (Física del absoluto-Física relativista) o, aún, en la filosofía (Metafísica-Postmodernidad) y si me apuran en la educación (Docencia pasiva-Docencia activa) y en el trabajo o el tráfico (Seguridad-Libertad).
Sin embargo, la física nos informa sobre la inexistencia del reposo metafísico. Cuando se dice que algo está en reposo, en realidad se quiere decir que se mueve con el observador. Nada descansa, ni nada debe descansar, pues existir es estar en proceso continuo. Pero ésta cansada condición de lo real no es compatible con el ser de la psique humana que requiere un ciclo equilibrado entre acción y descanso y su correlato igualmente equilibrado entre riesgo y seguridad.
Lo que justifica estas reflexiones es la constatación de que lo que emerge ahora con una potencia no advertida en el pasado, para pasmo de la mayoría, es esta misma dualidad pero ahora en el ámbito de la economía. La necesidad de tranquilidad de individuos y familias para trabajar y descansar de forma productiva y serena se ve amenazada por una versión del liberalismo económico que puede destruir las esperanzas de una sociedad avanzada. Esta ideología nos propone que actuemos como partículas físicas estadísticamente sustituibles sin consideración alguna a la condición específica, idiosincrática, de la humanidad. La propuesta es que todo fluya. En imitación de la naturaleza nada permanece, todo cambia en un infinito baile con el resto de variables económicas. Cada individuo, cada día debe tomar decisiones que lo pueden llevar a la ruina y al paro sin compasión o la riqueza, ambos provisionales. Intereses, acciones, inflación suben y bajan en una imprevisible evolución resultante de las decisiones de millones de personas en sus tabletas cada noche al regresar del trabajo. Ir y venir de valores y patrimonios en un juego vertiginoso y mortal para los perdedores. Perdedores que sólo dispondrán de su cuerpo como última recurso que hipotecar. Juego cuántico de partículas humanas que no descansan nada más que aparentemente entre el estrés y la euforia de la victoria sobre otro más débil o distraído. Desconfianza entre seres humanos que miran de soslayo a sus congéneres como potenciales rivales en la disputa de lo elemental. El capital va de unas manos a otras, no descansa en un irracional (nunca mejor dicho) vaivén cuyo residuo último es la productividad de mercancías para mantenerse vivo para la muerte diaria. Un mundo en el que los medicamentos más perseguidos serían los ansiolíticos. Un mundo neo hobbesiano.
Esta escena del inferno liberal, que los ingenuos consideran la vida social más natural, tiene en la práctica un fallo, el mismo que tiene la utopía simétrica, aquella del eterno descanso en la protección de un sistema estatal a ultranza. El fallo es que unas pocas unidades, aquellas que consiguen dominar los resortes del poder y que con la mayor energía y entrega postulaban la ideología de la acción y el riesgo, en realidad, sólo la piden para los demás. En cuanto consiguen acumular riqueza en forma económica o política, pierden todo interés en el riesgo propio y sólo siguen defendiendo el riesgo ajeno. Afianzan su posición y dónde antes rechazaban toda protección estatal, la exigen para sus capitales; donde antes proponían la competencia, practican el cartel; cuando consideraban la igualdad de oportunidades una piedra angular de la vida social, pasan a defender la herencia; donde consideraban el esfuerzo personal como fuente de todo derecho, defienden el nepotismo con su prole; cuando consideraban la transparencia el fundamento de la competencia leal, ahora corrompen a los auditores para alterar evaluaciones y parámetros básicos para valorar activos y patrimonios.
En definitiva, un liberalismo asimétrico que muestra su auténtica faz, la de siempre, la del dominio económico, financiero y político para protegerse con gruesas capas de bonus, dinero en efectivo y propiedades de su miedo a la incertidumbre y a la muerte. Irracionales premios a la más absoluta ineficacia en la gestión del capital mundial cuyo único fin legítimo, a pesar de todo, es la vida digna del mayor número posible de seres humanos. Los tiempos actuales han mostrado que la mano invisible de Smith no contribuye al interés general. Es hora de aceptar una nueva concepción de la dinámica social. Hay que aceptar una concepción de la naturaleza como proceso incesante. Pero un objeto familiar encima de nuestra mesa es un proceso incesante y, sin embargo, su presencia aparentemente inerte nos tranquiliza. Se puede afirmar la acción permanente sin negar el reposo. Esto es así concibiendo el reposo como movimiento simultáneo. Traducido a los social se trata de una vieja amiga: la justicia social. Cuanto mayor sea la diferencia social y peor funcione el ascensor social mayor sensación de movimiento se generará, pero hacia el desastre. El reposo es necesario porque la ansiedad como indicador de eficacia es un error que sólo residuos de formas arcaicas de ejercicio del poder del hombre sobre el hombre pueden explicar. El ser humano puede ser muy eficaz cuando percibe que el resultado de su esfuerzo tiene un propósito. Si la naturaleza no es teleológica el ser humano sí. Su fin es él mismo y, ahora lo sabemos, en armonía con la naturaleza de la que procedemos y formamos parte inexorablemente. Esta doble meta no es posible si se permite que los apóstoles de la ansiedad y el riesgo ajeno con el único propósito de vivir vidas serenas y seguras de forma exclusiva y excluyente impongan su parecer en nombre de una libertad de acción hipertrofiada.
Isaiah Berlin ya avisó del peligro de que unos valores prevalecieran respecto de otros. Enunció una especia de ley de la conservación del espacio axiológico, según la cual si uno de valores (como la libertad) se impone sin equilibrio sobre los demás (como la justicia o la compasión) el mundo irá mal. ¿Qué se puede hacer? 2500 años después de que Heráclito advirtiera el incesante flujo de la realidad y de que Parménides intentara congelar el flujo con el poder del concepto la solución no puede ser ya ingenua. Se ha sucedido todo tipo de propuestas políticas que ahora corren peligro de ineficacia por el poder desarrollado por los factores económicos a lomos de las tecnologías de comunicación. Tecnologías que han mostrado su cara deletérea al servicio de los movimientos del capital y su cara opiácea en forma de entretenimiento y como amortiguador de la frustración de la mayoría. Tecnologías a cuya brillantez tenemos que acostumbrarnos pronto para no ser deslumbrados y poder reorientarlas hacia los intereses de la gente. Tecnologías que nos han metido en el problema y han de sacarnos de él. Para ello, los líderes sociales han de aceptar jugar en el mismo campo impuesto por los hobbesianos. Es decir, a la continuidad del movimiento de los parámetros económicos, hay que oponer la continuidad de la voluntad de cambio del rumbo social. Se trata de comprender el mundo moderno y aplicar esa interpretación a los intereses generales.
Esto supone combatir la economización de la vida que corrompe cada día con la mera presencia de datos macroeconómicos cuyo objetivo es el sometimiento a la fuerza de las cosas y con la imparable intromisión de la publicidad en los espacios sagrados de la información. No digamos con la grosería insoportable de la entrega a un poder corrupto de la intransferible capacidad de legislar para conseguir islotes de entretenimiento lúdico y pornográfico. La economía tiene que volver a su lugar natural de soporte de los fines sociales controlada por la voluntad política entendida como construcción de la polis, fuera de la cual no hay salvación. La ideología neoliberal pretende precisamente expulsarnos a la naturaleza, contradictoriamente, contra natura, pues el hombre es un ser social. Convertirnos en materia manejable llevándonos a todos (ellos, pobres incultos, incluidos) al desastre colectivo.
Desde este punto de vista, es ejemplar el caso de las tres jóvenes rusas que nos llaman a la acción sonriendo. Es necesario recobrar el espíritu del 15-M (en situación de cesante) y volverlo incesante, presente en cada rincón del poder, invitando a la lealtad a la ley y a los intereses generales, pero no permitiendo que la ley se pliegue a intereses bastardos como consecuencia de la abstención. La abstención es la peor forma de reposo. Es la muerte de la polis, es la muerte social. Los seres de Lovercraft emergerán de sus húmedas tumbas por lo orificios que deje nuestra discontinuidad, nuestra falta de flujo permanente para exigir justicia y ley. Acción pacífica pero incesante, para fatigar la resistencia de los que se empeñan en vano en construir un mundo eterno e inmutable de explotación sobre la realidad mutante de una sociedad sorprendida en su buena fe por un tropel de insaciables.
28 Abr 2013
Máster en economía
Los economistas siguen escribiendo libros que impúdicamente publicitan en los platós y en las tertulias radiofónicas. En ellos nos dicen lo que ya les dice la nómina a los que todavía la conservan y lo que saben los parados hasta cuando logran que no se les quiebre el sueño. Todos sabemos lo larga que se hace la noche por un problema nimio cuando alcanza el carácter de obsesión sin fundamento objetivo, cómo será si la causa es haber pasado en poco tiempo de una normalidad social a la exclusión. Los economistas viven de explicar lo sabido: que la contracción trae depresión o, si están a sueldo real o moral de los tenedores del capital, de contarnos extrañas historias de algoritmos en los que no entra el sufrimiento. Ya se decía en 2008, cuando nuestro lunático presidente a la sazón negaba como un creacionista inculto o se dice todavía, cuando el actual presidente se esconde porque la táctica de la negación ya ha sido arrumbada por inútil. Ahora la nueva herramienta es el discurso barroco. Un discurso que produce risa hasta a ellos. Siempre recordaré el "de qué se ríen ustedes" de la Manjón en el Congreso de los Diputados.
28 Abr 2013
El Moisés de la izquierda se ha perdido en el desierto
03 Feb 2013
Hombre columna y hombre caparazón
Un hombre columna es aquel que se sostiene por dentro, como un vertebrado que se ofrece blando pero bien estructurado con sus órganos a las caricias ajenas. Vive para los demás. Un hombre caparazón no tiene columna, como las cucarachas, por lo que para moverse necesita una estructura externa (el caparazón). En su interior sólo hay una repugnante pulpa protegida por una capa dura que lo hace insensible a lo que le rodea. Vive para sí. Los hombres columna crean las instituciones y los hombres caparazón las destruyen corrompiendo sus órganos por dentro. Apaguemos la tele y vayamos al encuentro con la historia.
03 Feb 2013
¿Qué os creéis pringados?
A la voz sincera de la diputada Fabra gritando aquello de ¡que se jodan! (frase que pasará con el ¡viva la muerte! o ¡que inventen ellos! a la historia de nuestra negra alma) se unirá con toda probabilidad pronto una nueva: ¿qué os creéis pringados? que soltará el primer político conocido que caiga a causa de los papeles del tesorero del PP. Porque él pensará, como tantos, que qué cara tiene la gente si esperaba que dedicaran sus desvelos al bien común gratis. Apaguemos la tele y vayamos al encuentro con la historia.
03 Feb 2013
La Red
Las democracias moderna se caracterizan por imponer mediante nómina la complicidad que, antes, se imponía mediante la fuerza. La red funciona del siguiente modo: en la cúpula se mantienen discurso sobre el bien común y se cobra bajo mano o en especies durante y después del mandato. Abajo, en los sistemas de control judicial o económico se paga un sueldo que provoque la duda en el sujeto afectado sobre a quién se ha de ser leal. Al lado, en el tejido económico y financiero, se distribuyen contratos y subvenciones de forma interesada ligando el éxito de las grandes empresas a la financiación ilegal de instituciones. De este modo se teje una red firme gruesa de la que nada escapa. ¿Nada? este tipo de cárteles olvidan siempre una cosa: cuando la paciencia de la gente se lleva al límite, explota. Apaguemos la tele y vayamos al encuentro con la historia.
03 Feb 2013
La voz del Rey
El estado de postración de la Nación, exigiría una voz que marcara las diferencias respecto a las instituciones delincuentes y las instituciones cómplices. Esa voz puede ser la de los ciudadanos, la de los llamados en otro tiempo intelectuales o la de una figura que la Constitución preserva de toda contaminación para que aparezca en estas ocasiones. Esa voz sería la del Rey, pero, para nuestra mala suerte, esa voz está contaminada por dos hechos: uno la corrupción en la habitación del al lado (Urdangarín) y dos la frivolidad de su comportamiento cinegético (el conocido) que ha dado lugar a que lo expulsen de la organización ecologísta y animalista de la que era presidente. Otra posibilidad es que abdicara y apareciera Felipe con una voz rotunda y no contaminada a señalar el camino a los políticos nuevos (no corruptos todavía) , pero eso es improbable. Si hay un sillón del que debe costar levantarse es el Trono. Conclusión: sólo queda la voz de la ciudadanía. Apaguemos la tele y acudamos a la cita con la historia.
20 Ene 2013
Individuo e institución; tele y twitter
Llevamos algún siglo porfiando con el dilema tipo huevo-gallina (yo creo que primero fue el huevo) de la relación entre individuo y sociedad. En este caso se trata del problema de mejorar la vida humana interviniendo sobre la sociedad, es decir, sus instituciones o esperando la mejora del individuo. A la mejora de la sociedad se han dedicado los reformadores y a la del individuo las religiones, aunque éstas tienen ahora la competencia de la neurología.
06 Ene 2013
Quién controla al controlador II
Cuando Skinner respondió a esta pregunta retórica diciendo que "el controlado" se equivocó. El desarrollo de lo que Loretta Napoleoni llama la "economía canalla" hace imposible tal fórmula. Si el controlado es una empresa pequeña intentará corruptelas como invitar a comer. Si es poderoso, directamente comprará al controlador. La primera noticia de este tipo que tuvimos los de mi generación fue Enron y la última Bankia. En medio, el propio Estado Español al poner sordina al Banco de España, a la CNMV, etc. Hay que probar otra cosa. Se me ocurre (este es un blog de ocurrencias, no un Think Tank) que establecer, en vez de dos polos, tres. La fórmula de Skinner incluye al controlado y al controlador. La que propongo incluye a dos tipos de controladores: el profesional (la audiotora) y el perjudicado potencial. Éste último sólo aparecía hasta ahora cuando de potencial pasaba a real y acudía a los tribunales. Esta fórmula ya está establecida de forma explícita, pues la auditorias son para general conocimiento, pero con un vicio oculto. El vicio es que a la auditora le paga el auditado y, ya se sabe, el que paga manda. ¿Cuál es la corrección a realizar? pues que el auditor sea pagado por el perjudicado potencial. Esta fórmula tiene un problema: que los potenciales perjudicados no quieren pagar en general. Un ejemplo de esta actitud es el fracaso de la televisión de pago, que ha provocado que cundan los programas destinados a una audiencia encantada de comer basura con tal de que sea gratis. En esta caso el perjudicado no se considera tal porque el daño psicológico y cultural no es apreciado. En el caso de la economía habría que ir a una fórmula más contundente como sería la de que no podría protestar por el daño sufrido aquel perjudicado potencial que no pudiera demostrar haber participado en el sostenimiento de la auditora, aunque fuera en forma cooperativa. En el caso del Estado, dado que los altos funcionarios y los políticos no parece que aprecien el daño al bien general, con tal de salir luego disparados hacia una canonjía empresarial, tendría que emerger el auténtico perjudicado potencial en forma de asociaciones de esto o aquello. En definitiva al controlado lo debe controlar el que esté en la trayectoria de daños posibles producida por una mala o dolosa gestión del controlado. Y el mejor modo de control es el pago de los honorarios. También se debe prever que el controlado tengan intereses superiores al cobro de honorarios con fuerte castigos penales e incompatibilidades añadidas. En este sentido, el caso de las agencias evaluadoras de riesgo es tan patentemente corrupto que hace sospechar de connivencias al máximo nivel. De modo que el que quiera control a pagar su cuota preventiva y a esforzarse en leer los informes de auditoria.
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