12 Oct 2008

El problema (cuidado con el lobo)

Escrito por: violeta- el 12 Oct 2008 - URL Permanente

El problema no es si nos gustan o no las fotos del "chico nuevo". El problema tampoco es si nos gusta o no el trato que ha recibido el "chico nuevo". Sobre esto, cada cual opine lo que quiera, bien libre es (o debería).

El problema es que no se nos permita opinar PUBLICAMENTE sobre lo que pensamos. En este caso porque son críticas a un "protegido" de la casa, primero, y contra la censura de la casa, después. Esto es VERGONZOSO. Cuando entras en una esfera pública como esta y abres la puerta al "feed-back", existe la posibilidad que no todas las opiniones sean complacientes y tienes que estar dispuesto a aceptarlo. Igual que yo estoy dispuesta a aceptar que a cualquiera le parezca una bazofia lo que yo escribo en mi blog.

Otro gallo cantaría si las críticas vertidas hubieran sido insultantes, descalificativas, injuriantes, vejatorias o cualquiera de los despropositos que chocan con la libertad de expresión. Cualquiera puede entender el choque, que está regulado por leyes, entre libertad de expresión y derecho a la intimidad y al honor. Pero no ha sido el caso. Todas las críticas han sido siempre respetuosas y educadas e, incluso, argumentadas.

En definitiva, el problema es el uso abusivo y arbitrario de las normas por parte de los administradores. El problema es el silencio, la falta de respuestas y argumentos por parte de la administración de la comunidad. El problema están siendo las represalias (por ejemplo, bloquear el aceso a la portada), porque una cosa es borrar algo que se considera "nocivo", pero bloquear accesos en "previsión", es castigar antes de que se haya cometido el delito.

Y el que crea que estamos defendiendo a Xarbet o a Deralte y atacando a RJ o a el "chico nuevo" se equivoca. Lo único que estamos haciendo es DEFENDER LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN. No sólo la nuestra, la de TODOS. Y si con nuestra "lucha" conseguimos algo, no sólo nos beneficiaremos nostros (los "apestados"), también se beneficiarán los que callan e, incluso, los que nos critican.

Porque, como dijo Voltaire, “No comparto sus ideas, pero moriría por su derecho a defenderlas”. En este caso, comparta o no las ideas con el resto de los miembros de la comunidad, moriría por defender el derecho de TODOS a expresar su opinión.

Salud y buen domingo.

11 Oct 2008

¡¡Que viene el lobo!!, dijo Pedro

Escrito por: violeta- el 11 Oct 2008 - URL Permanente

Mi abuelo perdió tres dedos en una explosión en la batalla del Ebro. Cruzó el rio nadando, herido por una explosión y cargando con un compañero medio muerto al que salvó la vida. Mi abuelo pasó varios años en una cárcel franquista. Mi abuelo pasó toda una vida de penúrias y humillaciones.

Mi abuelo padeció porque creía en la LIBERTAD. Y entre todas las libertades en las que creía mi abuelo y que defendió hasta que le "castraron el orgullo" estaba la LIBERTAD DE EXPRESIÓN.

Suelto esta sarta de tonterías porque cuando alguien pisotea la libertad de expresión no está pisotenado un derecho de los más básicos, está pisoteando el dolor de mi abuelo y el dolor de muchos padres, madres, abuelos, abuelas, tíos, hermanos y primos que lucharon y murieron por la libertad.

Me recuerdan unas normas ante el "escaso saber estar en La Comunidad". Y me pregunto cuándo y dónde las he infringido. Pero nadie me contesta y no puedo aprender de mis supuestos errores. Y me pregunto si el problema no habrá sido un "escaso saber estar CALLADO en La Comunidad".

Como periodista conozco los límites legales de la libertad de expresión y sigo preguntándome cuándo y dónde me he excedido en mis derechos. Pero el eco vuelve a ser la única respuesta que recibo.

No estoy aquí por el soporte técnico, ni por las posibilidades de alojamiento. Tampoco por la posible promoción de la portada. Ni siquiera estoy aquí por el posicionamiento que La Comunidad garantiza a mis post en los buscadores. Estoy aquí por LA GENTE, por mis vecinos de comunidad, único valor añadido a esta plataforma. No creo que deba estar agradecida por nada, igual que no lo estoy con Blogspot, Youtube, o Myspace. El tráfico de visitas que genero (y los ingresos en publicidad que se derivan) paga con creces el servicio que recibo.

Otros han hablado ya mucho mejor sobre la libertad de expresión

http://lacomunidad.elpais.com/danmacgill/2008/10/11/motivos-borrar-post

http://lacomunidad.elpais.com/rauxa/2008/10/10/la-santa-inquisicion-i-

y como no tengo nada mejor que decir, callo y otorgo.

Salud y suerte.

06 Oct 2008

El niño piedra V (versión 4.0)

Escrito por: violeta- el 06 Oct 2008 - URL Permanente

13 de julio, un día después de que Ernestina encontrara la mísera nota de despedida de Ani:

Los retortijones de Nil, el niño piedra, eran los peores que había padecido nunca. Estaba de muy mal humor, un humor de lava. Estaba todo pintarrajeado. De arriba abajo. Ni un solo milímetro de su superficie gris y porosa había quedado sin tapar por la asquerosa capa de pintura que ahora le recubría. Con todos esos colores por encima, Nil, el niño-piedra-ya-no-tan-niño, se sentía ridículo, como un payaso, una dragqueen de arroyo, forzado, casi violado. “¡¡¡Qué ultraje!!!”, se quejaba un enfurecido y espasmódico Nil. “¡¡Maldita zorra!!”, proseguía ya con menos finura el niño piedra.

Nil se vino abajo. Su rocosa dureza no le sirvió de nada y el niño-piedra-ya-no-tan-niño volvió a ser –por unos momentos- un niño otra vez. Sus palabrotas, reniegos, maldiciones, rudos lamentos e improperios dejaron paso a un mar de lágrimas, pucheros y sollozos típicos del más quejica y blando de los niños (piedra o humano). Había sido un largo y duro viaje para un niño piedra tan joven. Y ahora, los traspiés y tanta pose de impasible le pasaban factura.

Nil se sorbía los mocos con gran ímpetu mientras pensaba que la pintura no era el peor de sus males. El niño piedra, que empezaba a estar escarmentado de su espíritu aventurero y comenzaba a dudar del karma y de la buena fortuna que creía tan segura, viajaba a toda velocidad sobre el cenicero de un coche. Ahí lo había dejado ese tipo de mirada perdida que producía escalofríos al ¿pobre? Nil.

13 de julio en la carretera, a 300 Km al norte de un esperpéntico reencuentro:

Felipe, el antiguo marido de la vieja, voluminosa y acartonada mujer, conducía su vehículo a toda prisa. Tenía que llegar lo antes posible a su cita con su contacto. Mientras pisaba el acelerador, se miraba el chichón de la frente en el retrovisor y, de reojo, lanzaba miradas de incredulidad a la piedra que llevaba en el cenicero. La quinta simfonía de Mahler sonaba en el reproductor de música del coche.

Felipe había abandonado a su mujer 27 años atrás. Y después de haberla visto el día anterior, no se arrepentía.

El día antes, Felipe se había presentado en la pensión por sorpresa. No era por nada personal. De hecho, esperaba que la pensión estaría en manos de cualquier otro. Felipe pensaba que a estas alturas la amargura y dos paquetes diarios de Ducados ya habrían matado a Ernestina, que de joven había sido preciosa, muy ligera y camarera en un “club”.

Pero sus expectativas no coincidían en nada con la realidad.

12 de julio al anochecer, a las puertas de la pensión de Ernestina:

Felipe llegó a la pensión muy tarde por la tarde, casi de noche. Entró y, sin levantar la vista de la agenda en la que estaba anotando sus últimos pasos, preguntó por Germán.
“Se ha hospedado aquí recientemente”, añadió a la pregunta que había lanzado al mostrador mientras seguía con la mirada puesta en sus apuntes.

No recibió respuesta alguna. Lo único que recibió fue una pedrada en la cabeza y los insultos más gruesos que jamás había oído. Eran los insultos de 27 años de furia contenida. Sin mediar palabra alguna, Felipe –que se conservaba bastante bien para su edad- cogió la piedra que su ex mujer le había tirado a la cabeza y salió de la pensión corriendo. Los asuntos con Germán podían esperar y ya habría otros en el pueblo que le ayudarían a encontrarlo.

12 de julio al anochecer (otro punto de vista):

La crujiente mujer seguía pintando parsimoniosamente las piedras de Ani con un Ducados colgándole de los labios. Era como una especie de exorcismo. La rubia se había ido, había despreciado sus cuidados de madre adoptiva y Ernestina quería borrar cualquier rastro de Ani para siempre. En parte entendía a la chica, sus motivos, pero la amargura de un nuevo abandono era más fuerte. Las piedras y ese chico tan guapo, tan joven, tan amable y tan simpático que había llegado por sorpresa justo antes que Ani se marchara estaban ejerciendo milagrosos efectos balsámicos con su mal humor y su frustración. Mejor dicho, con su corazón roto de nuevo.

Alguien entró por la puerta y una voz conocida pero envejecida la arrancó de su laborioso ensimismamiento. Levantó la mirada y no podía creer lo que veía. “¡¡Sólo me faltaba esto!!”, pensó Ernestina. La furia, convertida en una bestia peluda y de largos y afilados dientes, se apoderó de ella. La historia de Ani, su madre y el lanzamiento de piedra contra un mal marido recorrió como un relámpago la poca cordura que le quedaba a Ernestina.

En ese momento y, sin pensarlo, Ernestina lanzó la piedra que tenía en las manos contra “¡¡¡¡el maldito cabrón que la abandonó 27 años atrás sin ni una nota de despedida, sin una explicación y dejándola sola con un hijo pequeño!!!”. La mujer acompañó el lanzamiento de piedra con una retahíla de las maldiciones más gore que se habían oído en toda la historia de ese desierto.

13 de julio, en un coche plateado a 535 Km al este de las estupideces de Rod:

Con la radio del coche de fondo sintonizando una moderna canción de rock, Ani parloteaba animadamente con el chicho que la había recogido en la gasolinera, 150 quilómetros atrás. Mientras, se tocaba el pelo lacio, pajizo y claro a modo de coqueteo y, de vez en cuando, lanzaba horrorizadas miradas a la piedra de colores que descansaba sobre el cenicero del coche de Germán.

Germán conducía con prisa. Tan aprisa como para alejarse lo antes posible y, a la vez, no levantar sospechas. Acababa de pegarle un palo al tarugo de Rod, al imbécil de su jefe y a los cabrones de los hermanos Do Santos. Pero hasta que no estuviera fuera de su alcance no podía cantar victoria. Aún así, estaba pletórico. Por si eso fuera poco, el capullo de Rod –al que nunca había tragado- le había estado contando no se qué historias de una chica rubia, un poco taruga, pero que lo había dejado sin plan…

Blablabla... el mismo cuento de siempre, eso de que no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes. El tema aburrió a Germán hasta el borde de la muerte por sopor. “¿Se puede morir de tedio?”, se había estado preguntando Germán la tarde anterior mientras asentía y representaba una burlesca escenificación de consuelo y camaradería fingida para con Rod.

Mientras conducía, Germán pensaba en cómo le alegraba que al tarugo de Rod le fueran tan mal las cosas e intentaba imaginar cómo podría joderlo aún más –además del palo que acababa de pegarle, claro.

Los pensamientos de Germán pasaron de Rod a Ernestina. Al guaperas le había gustado la ajada mujer que regentaba la pensión de mala muerte en la que había pasado las dos noches anteriores. Tenía aires de una pin-up a la que los años no habieran perdonado. Ernestina despertó cierta ternura en él y se deshizo en halagos y agasajos con ella. La mujer, a cambio, le ofreció la mejor habitación y un desayuno de lujo, como preparado por una madre, y le regaló una de esas piedras que estaba pintando de colores.

En un momento, las meditaciones de Germán cambiaron de dirección. Había recogido a una rubia autoestopista en la última gasolinera, 157 quilómetros atrás, y se la estaba comiendo con el rabillo del ojo. “No estaba nada mal…”, pensaba mientras se le hacía cada vez más evidente que la chica estaba coqueteando con él. Entonces, Ani le puso la mano en el muslo. Demasiado arriba para que no fuera evidente lo que le estaba intentando decir.

Germán tenía prisa, pero ¿cuánto tiempo podía robarle la rubia? Tomó el primer desvío que encontró, aparcó el coche lo más escondido que pudo sin demasiada dedicación y pasó al asiento de atrás con avidez, a la vez que la rubia se abalanzaba sobre él. “Me ha dicho Ani, ¿no?”, intentó recordar torpemente Germán en un pensamiento fugaz mientras se desabrochaba el pantalón.

13 de julio, en un coche plateado a 540 Km al este de la lúgubre habitación abandonada:

Ani tenía ganas de borrar cualquier rastro de Rod y pensó que un polvo era lo más indicado. Germán, el chico que la había recogido en la gasolinera 168 quilómetros atrás, era el mejor candidato que había encontrado en lo que llevaba de éxodo.

Durante un buen rato, la piedra pintada de colores que descansaba sobre el cenicero del coche estuvo horrorizando a Ani, que le lanzaba miradas rápidas mientras seguía emborrachando a Germán con su verborrea.

Nil no podía creer lo que estaba viendo. La mugrienta rubia de tetas pequeñas que le había abandonado con la apestosa vieja de la pensión y a la que esperaba no volver a ver nunca más estaba ante él.

La chica aprovechó la excitación despreocupada de Germán para robar la piedra de colores que descansaba sobre el cenicero y guardársela en la caña de la bota izquierda. Su cleptomanía era superior a su odio hacia las piedras. Con el niño piedra en su poder, Ani no se hizo esperar y se abalanzó sobre un Germán con los pantalones desabrochados.

13 de julio, a 540 Km al este de un polvoriento camino del que siempre quiso escapar:

Nil no podía creer lo que estaba pasando. Esa “¡¡maldita zorra!!” –como la llamó el niño piedra-- lo cogió y se lo metió dentro de la bota. Justo cuando le parecía que las cosas no podían ir peor, empeoraban. “Menos karma y más Murphy”, pensó Nil que notó como el berrinche, los espasmos, los pucheros y las lágrimas volvían a arrancar. Esta vez, con más fuerza y desesperación.

Continuará… (ya queda menos, ya falta poco)

Ponte al día con El niño piedra I, II , III y IV

22 Sep 2008

EL NIÑO PIEDRA (V) -versión 2.3-

Escrito por: violeta- el 22 Sep 2008 - URL Permanente

13 de julio, un día después de que Ernestina encontrara la mísera nota de despedida de Ani:

Los retortijones de Nil, el niño piedra, eran los peores que había padecido nunca. Esta de muy mal humor, un humor de lava. Estaba todo pintarrajeado, de arriba abajo, ni un solo milímetro de su superficie gris y porosa había quedado sin cubrir por la asquerosa capa de pintura que ahora le recubría. Con todos esos colores por encima, Nil, el niño-piedra-ya-no-tan-niño, se sentía ridículo, como un payaso, una dragqueen de arroyo, forzado, casi violado. “¡¡¡Qué ultraje!!!”, se quejaba un enfurecido y espasmódico Nil. “¡¡Maldita zorra!!”, proseguía ya con menos finura el niño piedra.

Nil se vino abajo, su rocosa dureza no le sirvió de nada y el niño-piedra-ya-no-tan-niño volvió a ser –por unos momentos- un niño otra vez. Sus palabrotas, reniegos, maldiciones, rudos lamentos e improperios dejaron paso a un mar de lágrimas, pucheros y sollozos típicos del más quejica y blando de los niños (piedra o no). Aunque no lo parezca, había sido un largo y duro viaje para un niño piedra tan joven. Y ahora los traspiés y tanta pose de impasible le pasaban factura.

Nil se sorbía los mocos con gran ímpetu mientras pensaba que la pintura no era el peor de sus males. El niño piedra, que empezaba a estar escarmentado de su espíritu aventurero y comenzaba a dudar del karma y de la buena fortuna que creía tan segura, viajaba a toda velocidad sobre el cenicero de un coche. Ahí lo había dejado ese tipo de mirada perdida que producía escalofríos al ¿pobre? Nil.

13 de julio en la carretera, a 300 Km al norte de un esperpéntico reencuentro:

Felipe, el antiguo marido de la vieja, voluminosa y acartonada mujer, conducía su vehículo a toda prisa. Tenía que llegar lo antes posible a su cita. Mientras pisaba el acelerador, se miraba el chichón de la frente en el retrovisor y, de reojo, lanzaba miradas de incredulidad a la piedra que llevaba en el cenicero. La quinta simfonía de Mahler sonaba en su reproductor de música.

Felipe había abandonado a su mujer 27 años atrás. Y después de haberla visto el día anterior, no se arrepentía.

12 de julio al anochecer, a las puertas de la pensión de Ernestina:

Felipe se había presentado en la pensión por sorpresa. No era por nada personal. De hecho, pensaba que a estas alturas la amargura y dos paquetes diarios de Ducados ya habrían matado a Ernestina –que de joven había sido preciosa, muy ligera y camarera en un “club”- y esperaba que la pensión estaría en manos de cualquier otro.

Pero sus expectativas no coincidían en nada con la realidad.

El día antes, Felipe llegó a la pensión muy tarde por la tarde, casi de noche. Entró y, sin levantar la vista de la agenda en la que estaba anotando sus últimos pasos, preguntó por Germán. “Se ha hospedado aquí recientemente”, añadió a la pregunta que había lanzado al mostrador mientras seguía con la mirada puesta en sus apuntes.

No recibió respuesta alguna. Lo único que recibió fue una pedrada en la cabeza y los insultos más gruesos que jamás había oído. Eran los insultos de 27 años de furia contenida. Sin mediar palabra alguna, Felipe –que se conservaba bastante bien para su edad- cogió la piedra que su exmujer le había tirado a la cabeza y salió de la pensión corriendo. Los asuntos con Germán podían esperar y ya habría otros en el pueblo que le ayudarían a encontrarlo.


12 de julio al anochecer, otro punto de vista:

La crujiente mujer seguía pintando parsimoniosamente las piedras de Ani con un Ducados colgándole de los labios. Era como una especie de exorcismo. La rubia se había ido, había despreciado sus cuidados de madre adoptiva y Ernestina quería borrar cualquier rastro de Ani para siempre. En parte entendía a la chica, sus motivos, pero la amargura de un nuevo abandono era más fuerte. Las piedras y ese chico tan guapo, tan joven, tan amable y tan simpático que había llegado por sorpresa justo antes que Ani se marchara estaban ejerciendo milagrosos efectos balsámicos con su mal humor y su frustración. Mejor dicho, con su corazón roto de nuevo.

Alguien entró por la puerta y una voz conocida pero envejecida la arrancó de su laborioso ensimismamiento. Levantó la mirada y no podía creer lo que veía. “¡¡Sólo me faltaba esto!!”, pensó Ernestina. La furia, convertida en una bestia peluda y de largos y afilados dientes, se apoderó de ella. La historia de Ani, su madre y el lanzamiento de piedra contra un mal marido recorrió como un relámpago la poca lucidez que le quedaba a Ernestina en ese momento y, sin pensarlo, lanzó la piedra que estaba pintando en ese momento contra “¡¡¡¡el maldito cabrón que la abandonó 27 años atrás sin ni una nota de despedida, sin una explicación y dejándola sola con un hijo pequeño!!!”. Al mismo tiempo, le lanzaba las maldiciones más gore que se habían oído en toda la historia de ese desierto.

13 de julio, a 535 Km al este de las estupideces de Rod y la lúgubre habitación abandonada:

Con la radio del coche de fondo sintonizando una moderna canción de rock, Ani parloteaba animadamente con el chicho que la había recogido en la gasolinera, 150 quilómetros atrás. Mientras, se tocaba el pelo lacio, pajizo y claro a modo de coqueteo y, de vez en cuando, lanzaba horrorizadas miradas a la piedra de colores que descansaba sobre el cenicero del coche de Germán.

Germán conducía con prisa. Tan aprisa como para alejarse lo antes posible y, a la vez, no levantar sospechas. Acababa de pegarle un palo al tarugo de Rod, al imbécil de su jefe y a los cabrones de los hermanos Do Santos, que no era poco. Pero hasta que no estuviera fuera de su alcance no podía cantar victoria. Aún así, estaba pletórico. Por si fuera poco, el capullo de Rod –al que nunca había tragado- le había estado contando no se qué historias de una chica rubia, un poco taruga, pero que lo había dejado sin plan… blablabla... el mismo cuento de siempre, eso de que no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes. El tema aburrió a Germán hasta el borde de la muerte por sopor. “¿Se puede morir de tedio?”, se había estado preguntando Germán la tarde anterior mientras asentía y representaba una burlesca escenificación de consuelo y camaradería fingida para con Rod.

Mientras conducía, Germán pensaba en cómo le alegraba que al tarugo de Rod le fueran tan mal las cosas e intentaba imaginar cómo podría joderlo aún más –a parte del palo que estaba a punto de pegarle, claro.

Los pensamientos de Germán pasaron de Rod a Ernestina. Al guaperas le gustó la ajada mujer que regentaba la pensión de mala muerte en la que había pasado la noche. Tenía aires de pin-up a la que los años no habían perdonado; pero despertó cierta ternura en él y se deshizo en halagos y agasajos con ella. Ernestina, a cambio, le ofreció la mejor habitación y un desayuno de lujo, como preparado por una madre, y le regaló una de esas piedras que estaba pintando de colores.

Pero ahora los pensamientos y meditaciones de Germán cambiaron de dirección. Había recogido a una rubia autoestopista en la última gasolinera, 157 quilómetros atrás, y se la estaba comiendo con el rabillo del ojo. “No estaba nada mal…” pensaba mientras se le hacía cada vez más evidente que la chica estaba coqueteando con él. Entonces Ani le puso la mano en el muslo, demasiado arriba para que no fuera evidente lo que le estaba intentando decir.

Germán tenía prisa, pero ¿cuánto tiempo podía robarle la rubia? Tomó el primer desvío que encontró, aparcó el coche lo más escondido que pudo sin demasiada dedicación y pasó al asiento de atrás con avidez, a la vez que la rubia se abalanzaba sobre él. “Me ha dicho Ani, ¿no?”, intentó recordar torpemente Germán en un pensamiento fugaz mientras se desabrochaba el pantalón.

Ani tenía ganas de borrar cualquier rastro de Rod y pensó que un polvo era lo más indicado. Y Germán, el chico que la había recogido en la gasolinera 168 quilómetros atrás, era el mejor candidato que había encontrado en lo que llevaba de éxodo.

Durante un buen rato, la piedra pintada de colores que descansaba sobre el cenicero del coche estuvo horrorizando a Ani, que le lanzaba miradas rápidas mientras seguía emborrachando a Germán con su verborrea. Si había algo que detestara más que una piedra, era una piedra pintada de colores. La chica aprovechó la excitación despreocupada de Germán para robar la piedra de colores que descansaba sobre el cenicero y guardársela en la caña de la bota izquierda. Su cleptomanía era superior a su odio hacia las piedras.

Continuará… (ya queda menos, ya falta poco)

Ponte al día con El niño piedra I, II , III y IV

14 Sep 2008

"Otro hombre pequeño" o "La mierda que podemos llegar a ser (segunda parte)"

Escrito por: violeta- el 14 Sep 2008 - URL Permanente

Cuando eres tan animal que le tienes que pegar a un animal para ser alguien.

Siempre me han repugnado aquellos que, por miserables y cobardes, NO tiene lo que hay que tener para enfrentarse a alguien de su mismo tamaño, edad, estado físico o mental, número o especie…

No me apasiona el boxeo ni el karate kid al uso, pero si tienes ganas de zurrar a alguien, al menos, ten los cojones/ovarios de hacerlo en igualdad de condiciones. Todos somos muy valientes cuando somos 10 contra 1, o cuando nuestro oponente no tiene ni media oportunidad de oponer resistencia o devolvernos el golpe (sea por el motivo que sea).

Dibujo de Dran

El mundo está lleno de matones y abusones y hoy nos ha tocado acordarnos de ello por enésima vez. Por lo visto, hay un gilipollas australiano que la única manera que tiene de ser el mejor en algo y, en este caso, de ganar una pelea es zurrando a un pobre canguro.

ESPELUZNANTE

CITA: Toda crueldad nace de la debilidad. Séneca (4 a.C.- 65 d.C.)

Para el que quiera saber más... aunque advierto que hiere la sensibilidad:

Australia busca a un joven que se lía a puñetazos con un canguro en un vídeo Las autoridades australianas buscan a un joven que grabó un video en el que se pelea con un canguro. El vídeo muestra cómo el hombre propina varias patadas y puñetazos al animal hasta que este cae el suelo inconsciente.

Visto en: El Periódico de Catalunya.

11 Sep 2008

Un hombre pequeño

Escrito por: violeta- el 11 Sep 2008 - URL Permanente

Apareció de repente, en la pared del puente que cruzó por debajo. "Tu coche no eres tú" sentenciaba el graffiti. Un trazado negro, limpio y curvilíneo, como dibujado y escrito por un niño sobresaliente en caligrafía. Un dinosaurio de boca grande soltando verdades a los conductores de altas velocidades: "Tú no eres tu coche".

De repente estaba rígido, como una estátua, la frase que acababa de leer le había dejado congelado. No podía controlar el coche, ni girar el volante, ni soltar el acelerador, nada de nada. El pánico se expandió con rapidez por su carne lechosa y rígida y aumentó el rictus que dominaba su cuerpo. Un pánico acaparador un pesado terror dominaban todos y cada uno de sus músculos.

Al fondo, no muy lejos, se divisaba una pequeña curva, nada, unos pocos grados pero en su estado, en el shock en el que se encontraba no íba a poder hacer nada. También veía los pilares de otro puente que iba a cruzar en breve. El fín parecía cercano y un viscoso sudor frío le caía por la cara, le lubricaba las manos y le pegaba la espalda al asiento delcoche.

De repente, le vino a la mente la enorme casa que tiene y lo ostentosa que es. Aunque no sea más que un decorado de cartón piedra.

En el mismo instante en que su ostentosa casa apareció en sus pensamientos, recobró su habitual flacidez y su libertad de movimiento. Pudo virar con rapidez, evitar el asumido choque final contra la columna y todo sin molestar a los otros conductores, sin hacer nada raro a ojos de los demás, sin que nadie (ni dentro ni fuera del vehículo) se percatara de lo que había ocurrido.

¡Uf! Todo había vuelto a su sitio, todo estaba donde debía. Superado el susto, volvió la normalidad.

Érase una vez un hombre tan pequeño, tan pequeño, que tenía una casa enorme y ostentosa...

CITA: "Nadie es libre si no es dueño de sí mismo" (Epicteto) o "Dime de qué presumes y te diré de qué careces (sabiduría popular de la buena).

BSO: (Drive my car, Beatles.) Mejor el "Materialworld" de Madonna (gracias por la idea!).

07 Sep 2008

El niño piedra (IV)

Escrito por: violeta- el 07 Sep 2008 - URL Permanente

Ernestina, con un Ducados colgándole de los labios, corrió las cortinas y subió la persiana para que entrara el aire, corriera la luz y se saneara el ambiente. Una persiana de esas antiguas, de madera que se enrosca, roída por el tiempo y la dejadez, oscurecida por la suciedad. Las cortinas, de una especie de terciopelo granate-ya-no-tan-granate-casi-marrón, no andaban mucho mejor, casi de cartón piedra de tanto humo de cigarrillos y sudor evaporado que habían ido cogiendo con los años; años y años sin ver la lavadora, ni siquiera de lejos.

“¡Menuda zorra!”, pensó con ternura Ernestina y meneó la cabeza -como quien quiere escampar el humo de un cigarro molesto- para que desaparecieran sus pensamientos sobre Ani. La muchacha se había marchado de un día para otro, sin avisar, ¡pluf! desvanecida. Una mañana Ernestina se encontró unas llaves sobre el mostrador que hacía las veces de recepción de su andrajosa pensión de pueblo. Unas llaves y una nota con un “gracias”escrito con prisas. Una nota sepultada bajo una piedra del tamaño de una mandarina, gris y porosa.

Ani se había llevado todas sus cosas, excepto su colección de piedras, una foto y un cenicero a rebosar de colillas. Ernestina apagó su Ducados. Ani había dejado las piedras en la estantería, sin moverlas, sin mirarlas y por la capa de polvo que las cubría, las había dejado tal y como habían estado siempre desde que, una a una, Rod las había ido trayendo.

Ani no era ninguna taruga, pensó Ernestina otra vez con ternura, tampoco una chica de esas que te lo ponen fácil cuando no tienes a nadie mejor. Su único error fue, adivinaba la arrugada y pesada casera, enamorarse de Rod nada más llegar al pueblo con su maleta de cuero marrón y su pelo lacio, pajizo y claro. Pero, visto lo visto, Ani se había cansado de ser la taruga de Rodrigo y había hecho lo mejor que podía hacer.

Las piedras abandonadas le robaron una sonrisa a Ernestina. “¡Y pensar que la pobre criatura las odiaba!”, exclamó y se acordó de la vez en la que Ani le contó que la única piedra que le gustaba era la que, en un día de furia, su madre le lanzó al alcoholizado de su padre y le saltó el ojo izquierdo, dejándolo tuerto para el resto de su vida y dándole el valor para coger a su hija de siete años y su maleta de cuero marrón, y abandonar una vida y un hombre (marido o padre, según) que las dos odiaban.

Ani aborrecía todas la piedras, excepto una. A ni les tenía una tirria inexplicable a las piedras y un buen día, al amanecer, cuando Rod se marchaba a hurtadillas por primera vez de la habitación que Ani le había alquilado a Ernestina, a la mujer se le ocurrió decirle al chico: “Si quieres tener a Ani en el bolsillo, comiendo de su mano, regálale piedras, cualquier tipo de piedra de río, de camino, de acantilado, de playa…” y le guiñó el ojo con complicidad fingida. Y el muy tarugo –por lo que estaba viendo ahora la gruesa y ajada mujer- le había hecho caso.

A Ernestina no le funcionó la triquiñuela. Ernestina detestaba a Rod, sabía lo que hacía en el pueblo, sabía para quien trabajaba y sabía lo que hacía con las chicas. Ernestina quiso alejarlo de Ani, pero no lo consiguió. Ernestina se sintió como la madre postiza de Ani desde el primer momento en que la muchacha rubia apareció por la puerta de su mugrienta pensión y la tomó bajo la protección de su ala de gallina vieja. Aunque, visto lo visto, no la protegió todo lo bien que le hubiera gustado.

Por fin, las pinturas que Emma se dejó olvidadas la última vez que visitó a su iaia Ernestina, cinco años atrás, iban a ser útiles. “Limpiaré las piedras, las pintaré de colores y las venderé a mis huéspedes como pisapapeles”, pensó la acartonada mujer que ya veía en su imaginación la cestita de mimbre sobre el mostrador, al lado del teléfono, con el cartelito de cartón rezando “1 euro. Pisapapeles hechos a mano por la población indígena. No puede irse sin lo más típico de …”. Ernestina volvió a menear la cabeza para escampar la imagen, como quien intenta despejar el vapor de una olla hirviendo y siguió limpiando la habitación número 7. “La vida continua, no se va a parar porque uno u otro hayan decidido marcharse y volverme a dejar sola”, pensó Ernestina que se acordó de Felipe, su marido; de Pedro, su hijo, y de Ani, “esa maldita zorra que no ha sabido despedirse”.

Nil se estremeció en el bolsillo de la bata en el que aquella vieja lo había metido después de que la rubia llorona lo dejara sobre el mostrador con un papelito en el culo. “Maldita zorra”, masticó Nil entre dientes odiando a la rubia llorona de tetas pequeñas a la que le gustaba pasearse por la habitación con poca ropa. “Maldita zorra”, se encogió el niño-piedra-ya-no-tan-niño en el bolsillo, “¡esta vieja está podrida!”, refunfuñó mientras intentaba no respirar el peo que Ernestina soltó sin darse cuenta.

continuará…

Ponte al día con El niño piedra I, II y III

CITA: El más difícil no es el primer beso, sino el último. Paul Géraldy
BSO: Me voy, Julieta Venegas.

06 Sep 2008

Besos y más besos

Escrito por: violeta- el 06 Sep 2008 - URL Permanente

Un día hablé del tiempo y se me colaron los besos. Un día hablé del fugitivo y se me colaron las anclas. Besos, besos y más besos... Den todos lo que puedan, dije, y lo mantengo.

Hoy quiero hablar de besos y se me escapa el tiempo. ¿Cuantas cosas no podré hacer mañana? Mejor las hago hoy...

Corto y cambio, les dejo con otro "rapidito" (post, beso o lo que quieran rapidito) que tengo mucho que hacer...

CITA: El más difícil no es el primer beso sino el último. Paul Géraldy

BSO: May way, Frank Sinatra

01 Sep 2008

Tempus fugit

Escrito por: violeta- el 01 Sep 2008 - URL Permanente

Hace poco, alguien me dijo "un beso, si me permites", o algo así. Y yo le contesté "Besos, te permito todos los que quieras, que no son nada malos".

Entonces me acordé de algo que me dijo mi madre siendo yo aún muy pequeña. No recuerdo a qué vino, si fue una respuesta a los típicos "ascos" que empezamos a hacer a ciertas edades a los besuqueos maternos... Lo que recuerdo es que no debía tener más de 6 o 7 años, así que por aquel entonces ya debía tener cara de listilla o de filósofa depacotilla para que mi madre me confesara una de las verdades más grandes de la vida.

Lo que me dijo mi madre fue: "Lo besos que No te dé hoy ya no te los podré dar nunca. Los que te dé mañana serán los de mañana, nunca los de hoy o los de ayer".

Me parece algo tan simple y la vez tan VERDAD, tan cierto, tan real, tan fuerte, tan gordo, tan impepinable, que me sorprendre lo a menudo que se nos olvida, lo a menudo que vivimos sin exprimir al máximo el día, convencidos y seguros de que podemos dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.


Así que, Señoras y Señores no esperen a que se lo permitan, den besos, todos los besos que puedan, con o sin permiso, porque los que no den ahora ya no los podrán dar...

Si no piden permiso para lo malo (no he oido nunca eso de ¿puedo matarle?), no lo hagan para lo bueno...

CITA: Tempus fugit
BSO: I was made for loving you, Kiss

* Carrer dels petons = Calle de los besos

26 Ago 2008

El niño piedra (III)

Escrito por: violeta- el 26 Ago 2008 - URL Permanente

Ani se despertó tarde. El sol entraba por la ventana, escupido por los agujeros y rasguños de la persiana. Una persiana de esas antiguas, de madera que se enrosca, roída por el tiempo y la dejadez, oscurecida por la suciedad. Las cortinas, de una especie de terciopelo granate-ya-no-tan-granate-sino-casi-marrón, no andaban mucho mejor, casi de cartón piedra de tanto humo de cigarrillos y sudor evaporado que habían ido cogiendo con los años; años y años sin ver la lavadora, ni siquiera de lejos.

Ani se despertó tarde, sola y desnuda entre las sábanas descoloridas y amarillentas. Le dolía la cabeza, tenía la cara sudada. El pelo lacio, pajizo y claro estaba aplastado, pegajoso y enganchado a la mejilla de un lado, y despeinado, enredado, encrespado y ahuecado por el otro. Le dolía la cabeza. Demasiado tequila.

Ani se despertó tarde y durante unos segundos le costó reconocer su habitación, a pesar de que era su habitación desde hacía más de tres años. Unos segundos más tardes ya estaba ubicada, pero aún no conseguía acordarse de cómo había empezado la noche anterior, de cómo había seguido ni de cómo había terminado.

Ani se despertó tarde y con su puño derecho cerrado con fuerza. Al abrir la mano lentamente, Ani descubrió en su interior una piedra del tamaño de una mandarina, gris y porosa.

Dos semanas después, Ani volvió a despertarse tarde. Esta vez no tenía ningua piedra escondida en sus puños.

Dos semanas después de haberse despertado tarde, Ani seguía esperando una llamada de Rod. Lo que aún no había aprendido Ani, con toda y cada una de las veces que había estado esperando inutilmente las llamadas prometidas de Rod, es que Rod no tenía niguna intención de llamarla.

Dos semanas después de haberse despertado tarde dentro de un puño sudoroso y cerrado con fuerza, Nil el niño-piedra-ya-no-tan-niño seguía cogiendo polvo en una estantería. Aunque el sol NO caía a plomo, pesado, ardiente, abrasante, asfixiante y secante bajo un cielo totalmente despejado, limpio y cegador, aquello no era mucho mejor que el camino desértico, destartalado, polvoriento y resqubrajado en el que Nil había dormitado hasta hace dos semanas. El sopor, el sofoco y el ambiente rancio iban a acabar matándolo fundiéndolo.

La oscuridad que solía reinar en la triste habitación con aires de motel de carretera de road movie apaciguaba el ahogamiento producido por el calor; pero el ventilador de palas, que a duras penas se mantenía colgado del techo, lo único que hacía era remover el polvo acumulado, cambiarlo de un lugar a otro. Junto a Ani, hasta el polvo viajaba más que una rolling stone y Nil volvía a cruzar los dedos con fuerza a la espera de otro tarugo que lo llevara a otro lugar.

continuará...

Ponte al día con El niño piedra (I) y (II)

CITA: Si todo parece estar yendo bien, obviamente has pasado algo por alto. Anónimo.

BSO: Call me, de Blondie.

Sobre este blog

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a tortas con la vida

Estas son las crónicas de lo que podría ser una agonía. Con 27 años he perdido mi empleo, mi casa y he acabado viviendo con mis suegros, que se empeñan en tratarme como a una adolescente. Una tragedia para alguien que se independizó a los 18 y que siempre ha hecho lo que le da la gana. (Ya sé que no es para tanto, que no me estoy muriendo de hambre en Somalia, pero...). ¿Diarios de un mileurista? Yo no llego ni a eso!! La palabras serán, pues, mi vía de escape. Con mucha ironía, humor y mala leche podréis saborear los traspiés de alguien que conoce de cerca a Murphy. Os vais a reir mucho. Al menos, que alguien saque algo bueno de todo esto. Porque si algo puede salir mal, saldrá mal. Sonríe... Cuando parece que ya nada puede ir peor, empeora.
He llegado a la conclusión de que soy una "natural born loser". No es que sea pesimista, derrotista o autocompasiva. Sólo soy realista. Nunca estoy en el lugar adecuado en el momento preciso. Al revés: Estoy cuando no toca y si es mi momento no encuentro el lugar. No me importa. Me encanta el lado oscuro. Aún así, siempre veo el lado positivo a las cosas.

Amigos, pasen, vean y disfruten de la tragicomedia del siglo XXI...

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¿ido-què? yo no gasto de eso...

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