25 Oct 2009
"Hay días como hoy"
HAY DÍAS COMO HOY
Hay días como hoy que no pasan nunca.
Son días como una espesa niebla
en la garganta, al borde del abismo.
Esos días de Freud frente a la angustia
de no poder saber, exactamente
hasta más adelante.
Esos días inolvidables de César Vallejo
enfrentando a la muerte con el crujir del pan.
Esos días de la triste cerveza
donde algún poeta pobre, mediocre o muy sentimental,
se dio cuenta que en el siglo que viene
nadie lo leería.
Esos días donde se rompe el alma
para que las palabras alcancen el poema y, también,
esos días donde el poema nos abandona,
definitivamente,
para inventar el alma.
Hay días como hoy que no pasan nunca.
Son días como en la guerra
cuando la mujer del enemigo me enamora.
"Comencé a darme cuenta" de Miguel Oscar Menassa
COMENCÉ A DARME CUENTA
Comencé a darme cuenta de que no era libre.
Nadie toleraba que a los 61 años,
amara el amor en lugar de hacerlo.
Nadie toleraba que a los 61 años,
todavía amara la libertad
que nunca había conseguido.
Ni yo mismo a los 61 años
puedo amar mis deseos sexuales.
Y después, las tardes de domingo,
me dejaba caer como una flor marchita
para que ella me pisoteara y nunca, nadie,
ni siquiera ella misma en su temblor,
podía tolerar mi resurrección.
Y yo me alzaba como los que saben volar
y ya tenía 61 años y siempre me veía caer
pero la vida misma es una sola para todos
por eso hubo días que algo en mí no caía.
Ella, rezando arrodillada
y yo, alzándome en la frase
hasta tocar su alma,
su vientre
su canción.
Ahí estaban las luces y éramos todos ciegos.
Nadie podía ver más allá de su amor.
Nadie podía llorar por desgracias ajenas.
Nadie podía dar comida al hambriento,
nuestra desgracia se lo llevaba todo.
Nunca hubo justicia entre nosotros
y jamás conocimos la libertad,
somos un pueblo muerto,
desde el comienzo nunca hubo pan.
Así eran las frases que ella recitaba
cuando, valientes, hacíamos el amor.
Y nadie toleraba que nuestro amor
fuera ese suave galope cibernético
a los 61 años
casi sin piernas
sin ganas de volar
sin cabellos al aire
sin manos al unísono
grabando en tu cuerpo
las huellas del tiempo.
A los 61 años,
cuando hacíamos el amor
todo era alucinación
verbo y locura.
Y lo peor de todo
era que nadie podía soportar,
ni siquiera ella misma,
que yo la mirara a los ojos
durante las comidas,
en el baño,
un momento antes de parir,
hijo o poema,
y la miraba a los ojos
cuando hacíamos el amor
y eso, en verdad, la enloquecía
y su goce era magistral y nuevo
pero nunca pudo tolerarlo.
Un día me lo dijo claramente:
no soporto que a los 61 años
seas tan feliz.
16 Oct 2009
06 Oct 2009
22 Sep 2009
Autobiografía. Relato veintiocho
No podía saber cuánto tiempo había pasado porque no era con el tiempo del reloj como se medían esas escenas de amor que, con el tiempo, ellas decían, me iría acostumbrando y no sólo es eso sino que, también, terminaría deseando estar con dos de ellas, y a veces espectacularmente con tres o cuatro o bien el número que a ellas se les ocurriera, porque yo en definitiva terminaría siendo de ellas, su deseo.
Si se trataba de una guerra convencional, empezaba a quedar claro que yo perdería la guerra. Así que todas mis esperanzas en la entrega se reducían a pensar que la guerra debería ser otra cosa. A veces en claras noches de luna llegaba a sentir que ellas querían dominar con sus sexos, lo que el hombre no había podido dominar con armas poderosas, y con armas escandalosamente destructoras. Como esa última bomba que acaban de fabricar los estados poderosos. Esa que se te mete en los ojos y te hace ver la vida color de rosas aunque te estén torturando.
16 Sep 2009
10 Sep 2009
Autobiografía. Relato número treinta y dos
Tengo frío. Bajaré las persianas y encenderé un canuto. El frío debe ser combatido en el propio ser.
Mientras espero que ocurra, escucho flamenco, seguramente con el correr de las horas terminaré escuchando algún tango.
Nunca sé cuando va a comenzar el concierto. Nunca sé si la página que estoy escribiendo va a parar al cesto de los papeles, o a la historia del hombre.
Siento que no me van a alcanzar los cigarrillos.
Hay momentos del día en que todos es ilusión. Continuar la novela no estaría mal. Contar alguna historia, no estaría mal. Buscar en mis historias una historia. Algo de mi pasado que se transforme mediante la varita mágica de la escritura, en la actualidad del hombre.
Una especie de salto del cuerpo de la letra a la letra. De la idea a la palabra. De la vida a la poesía.
Tal vez esta noche, precisamente, por habérmelo propuesto, no escribiré nada. Si no puedo escribir nada escribiré alguna carta a mi madre.
Una novela donde poder desentrañar por qué soy tan útil, necesario, para tantas personas.
Autobiografía. Relato treinta y uno
La prueba de confianza que ellas me darían sería, sin lugar a dudas resucitar a los cinco muertos, esto me daría una posición en el sistema conveniente. Seguramente, después de la ceremonia de la resucitación, algunas relaciones a establecer, que ellas me indicarían, harían posible comenzar a pensar en una estrategia. Claro que todo esto era algo solitario ya que yo no había podido hablar con ellas y que todo esto era producto de mi imaginación. Ya que si bien ellas me hacían sentir el cuerpo, yo otras veces había soñado y había sentido mi cuerpo como cuando era vigilia.
Además se me complicaba la solución del problema, porque si ahora ellas después de lo que a mí se me aparecía como mucho tiempo en silencio, y seguiría dudando acerca de si ellas realmente me hablaron, o hablaron por mi boca, porque yo antes que ellas había hablado. La situación era la mar de complicada. Y yo todavía seguía siendo el niño asesino, y lo peor que cada día que pasaba, el niño que al no ser encontrado por la policía de ningún Estado, los diarios atribuían al pequeño, una capacidad más. Hasta llegaron a darme por muerto. A lo cual mi madre otra vez gritando por la calle decía que el niño no había muerto de ninguna manera porque si no, ella lo hubiese sentido en su corazón.
No cabían dudas mi madre y ellas estaban hechas de la misma materia. Las diferencias sólo se notaban, en la diferencia de moral.
Autobiografía. Relato número treinta
La amistad y el amor, me decían, son más universales que ciertas ideas, o mejor dicho que cualquier idea. Porque yo amaba a esos pequeños monstruos desesperados de libertad, con la misma intensidad con la que había amado a mi madre y a mis compañeritas del colegio primario. Estaba claro que el amor era un sentimiento que podía surgir en el hombre sin que éste pronunciara ninguna palabra. Ya había jurisprudencia sentada, de ciertos problemas que ciertos estados habían tenido durante las guerras ya que a veces sus mejores soldados se enamoraban del enemigo.
De golpe sentí que comenzaba a comprender el plan. Ellas tratarían después de aprender conmigo cómo tenían que vivir sobre la tierra para no ser descubiertas, enamorar a los poderosos como habían hecho conmigo, porque yo estaba enamorado. Ya prácticamente no dormía, y recordando ciertas prácticas con animales domésticos y pequeños niños, comencé a llamarlas a cada una por un nombre distinto, y a tantas llamaba, como me era posible recordar. Esto, si bien trajo aparejado un poco de orden, ya que ellas obedecían al nombre que yo les otorgaba, creó asimismo el problema que si yo no nombraba, ella no existía. La dependencia de mí era casi irracional. Comencé a imaginarme entonces ¿cuál sería mi dependencia?
Autobiografia. Relato veintinueve
El plan de cualquier manera no era un plan mío, sino más bien yo, esta vez, era parte de un plan, lo que tampoco entendía por qué me habían elegido a mí. O yo era parte de ellas desde antes. ¿Qué inteligencia, o qué anormalidad esencial hacían de mí la persona apta para semejante plan?
O sería simplemente y considerando que ellas ahora eran casi mudas, mi facilidad de palabra lo que había hecho que ellas me eligieran su rey, su único deseo. Un pedazo de carne semejante. Todo en mí servía, mis pies, mis manos, mis ojos. Todo era goce en mí en sus miradas. Ellas poseían algo en la manera de hacer el amor, que yo había comenzado a dudar del afán de destrucción, que mi fantasía les atribuía. Salvado ese nivel de desconfianza, sentí en mi sexo que había comenzado otro período de relación. Que como yo venía entendiendo la cosa, otro período más en la invasión de la tierra.
Últimos Comentarios
- "Hay días como hoy" 1 comentario ricard
- SIRENAS, ESCUCHO COMO SI SONARAN SIRENAS 18 comentarios desconosido Helena lisi miguelmenassa autobiografia09
- Vinieron de todas partes del mundo a ver al monstruo. Yo no entendía nada. 1 comentario YULIANA
- Autobiografía. Relato treinta y uno 2 comentarios Ale Turos
- Alejandra Menassa, Clémence Loonis y Cruz González durante el rodaje de "El hortelano" en Camarma de Esteruelas, Madrid 3 comentarios Alejandra autobiografia09 m.plaza
Tags
Enlaces
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
Archivos
- Mayo 2012
- Abril 2012
- Marzo 2012
- Febrero 2012
- Enero 2012
- Diciembre 2011
- Noviembre 2011
- Octubre 2011
- Septiembre 2011
- Agosto 2011
- Julio 2011
- Junio 2011
- Mayo 2011
- Abril 2011
- Marzo 2011
- Febrero 2011
- Enero 2011
- Diciembre 2010
- Noviembre 2010
- Octubre 2010
- Septiembre 2010
- Agosto 2010
- Julio 2010
- Junio 2010
- Mayo 2010
- Abril 2010
- Marzo 2010
- Febrero 2010
- Enero 2010
- Diciembre 2009
- Noviembre 2009
- Octubre 2009
- Septiembre 2009
- Agosto 2009
- Julio 2009
- Junio 2009
- Mayo 2009
- Abril 2009
- Marzo 2009
- Febrero 2009

























