21 Mar 2011

Los dos Juanes. Una historia real.

Escrito por: PASCUAL ROSSER LIMIÑANA el 21 Mar 2011 - URL Permanente

Al entrar en el vagón escuché unos gritos. Un hombre menudo le gritaba al revisor y gesticulaba moviendo las manos y los brazos. Me acerqué. Miré mi asiento. 3C era el mío. El que gritaba estaba sentado en el 3D. Antes de sentarme ya me había mirado de arriba a abajo. “¿Se va a sentar yaaaa?”. No le hice ningún caso, perdido en mis pensamientos. Me senté, abrí mi maletín y saqué un libro para distraerme durante las horas de viaje. El tren se puso en marcha.

Al rato mi compañero de viaje se puso a gritar. “¡Paren el tren, paren el trennnn!”. Sentado a mi lado, estaba fuera de sí, sudando, gritando, llorando. Me compadecí y le dí conversación. Tenía motivos para estar disgustado. Aunque no para ensañarse con el revisor. Estaba desesperado. Había dejado una actividad próspera en Colombia para venirse a trabajar a España. Antes lo habían hecho su suegra, su cuñado, su mujer y su hijo. Necesitaba reunirse con su mujer y ver crecer a su hijo. Pero llegó en el peor momento, con la crisis financiera mundial empezando a dejar sus heridas en la sociedad. Trabajó en varias empresas, la última en el sector de la construcción. Su promotora ya no existía. Todos sus empleados estaban en el paro. Y vivía su drama familiar particular. No quería estar ocioso en casa porque no encontraba trabajo. No quería deambular por la calles como un perdido. Necesitaba encontrar una ocupación.

En la barra de un bar, en su barrio, conoció a una persona con una historia desesperada. Otra vida rota. Había nacido en un pueblecito de Castilla. Su familia vivía del campo, del fruto que daba la tierra. Pero un día decidió ir a la ciudad buscando un mejor provenir. Después de muchos esfuerzos se quedó sin empleo. Y ahora se le revuelven las tripas porque no quiere volver a su terruño con las manos vacías. Allí que tenía de todo, que no le faltaba de nada. Sólo su ambición. No quiere volver porque le daría verguenza mirarle a la cara a su padre, a sus hermanos, a aquellos amigos que le vieron marchar con envidia. Y ahora se pasa horas apeado en la barra de un bar, como un coche viejo aparcado en un desguace. Juan se llama su amigo, Juan se llama él. Los dos Juanes, les llaman en el barrio porque se han hecho uña y carne.

Añora su tierra donde han quedado sus padres, sus recuerdos. Y hablando de ellos, le dije “¿Por qué no piensas en un negocio que tenga que ver con tu lugar de nacimiento, la experiencia de tu amigo y vuestros conocimientos?”. “¿Como qué?”. Hablamos de muchas cosas, de muchas posibilidades, de internet y de las oportunidades que dan las nuevas tecnologías, que da la vida. Llegó el tren a nuestro destino. Al despedirnos en la calle me dio un abrazo y nos deseamos buena suerte porque la suerte no existe si no la buscas.

Hoy, otra vez en el tren, me lo he vuelto a encontrar. Su cara es otra persona, su expresión nuevas ilusiones. Montaron la empresa y están teniendo éxito. A través de internet han unido la experiencia que da un próspero terruño de Castilla, combinándola con la que dan las amplias extensiones de los campos de caña de azúcar de su pueblo en Colombia, y de las suyas propias. Han emprendido, han unido horizontes y han hecho que su amistad sea su seña de identidad, su forma de vida, su presente y su futuro.

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