17 Dic 2010

Carta a un Rehén - de Antoine de Saint-Exupéry

Escrito por: viestal el 17 Dic 2010 - URL Permanente

by eugenio
Gracias, Arty.

Sobre la Carta a un Rehén, de Antoine de Saint-Exupéry

Pocas veces me he topado con un texto tan bello como la “Carta a un rehén”, de Antoine de Saint-Exupéry, y creo que vale la pena discutirlo en esta época en que los fascistas de todos los colores absolutizan al otro y se empeñan en negar el hecho fundamental de que todos los seres humanos somos, más allá de nuestras diferencias, compañeros de viaje y destino.

En un principio, la Carta era el prólogo a un libro de Léon Werth, judío y amigo de Saint-Exupéry –el Principito, de hecho, está dedicado “a León Werth cuando era niño”. Por azares de la vida y de la guerra, el libro no se publicó, pero el prólogo sí, reconvertido en texto independiente y editado en 1943.

Lo que acabó publicándose, después de borradas las referencias a Werth y hechos los retoques pertinentes, es una reflexión sobre qué nos hace humanos; sobre cómo nos reconocemos en los otros, en un instante, sin mediaciones, apenas con un gesto que compartimos con el otro, con el diferente, que a partir de entonces se convierte en compañero de viaje o, en palabras de don Antoine, en otro peregrino.

Está construido a partir de tres anécdotas, de tres vivencias de la amistad instantánea, de la humanidad más honda. La primera es un encuentro con los emigrados franceses en Portugal. No se trata de un encuentro con refugiados. Tampoco de que Saint-Exupéry se topó con emigrantes empujados al exterior por el hambre. Quienes le salen al encuentro son más bien burgueses y pequeñoburgueses que tratan de poner a salvo las pocas riquezas que les quedan, aunque ya lo han perdido todo. Se trata de gente que en la huída huyó también de sí misma. Y aquí Saint-Exupéry presenta una de sus imágenes mejor logradas: “Todavía jugaban a ser alguien. Se estiraban con todas sus fuerzas para alcanzar alguna significación. ‘¿Sabes? Yo soy éste, el amigo de alguien, el vecino de tal pueblo.”

Saint-Exupéry concluye –y la conclusión me hizo verme ahí también, gracias a ustedes y a tantos otros– que él no quiere ser un emigrado como los que encontró en Lisboa: quiere ser un viajero, alguien con raíces; no quiere ser un hombre sin tierra, sino tener una tierra que agrupe su pasado, que agrupe sus enseñanzas; los viajeros tienen –gracias a ustedes puedo decir también “tenemos”– una tierra desde la que se viaja y que sirve de faro, de estrella para fijar el astrolabio: “Lo esencial es que aquello de lo que se ha vivido espere en algún lado”.

De Lisboa, don Antoine salta al Sahara, donde tantos años y vuelos pasó; al Sahara donde descubrió que los hombres valemos para la vida y para el desierto lo que valen nuestras divinidades –así, en minúsculas–, nuestros mitos, nuestras historias, nuestros compañeros y cómplices. Valemos lo que nuestros diez lugares, lo que nuestras canciones y borracheras, lo que nuestros pleitos, heridas y placeres compartidos.

Entonces es cuando Saint-Exupéry construye dos de los relatos más bellos que se puedan leer. El primero cuenta cómo un día, “sin saber qué celebrábamos, celebramos”: invitaron él y Werth –no lo menciona, pero es Werth sin duda– a dos marineros a la mesa de un bar en el que pararon. Los marineros aceptaron porque, bueno, pues porque sí. Uno de ellos había huido de Alemania por ser judío o comunista o católico o por alguna de esas etiquetas, “pero en ese instante, el marinero era muy distinto de una etiqueta. Era el contenido lo que contaba. La pasta humana. Era, sencillamente, un amigo. Y estábamos de acuerdo, entre amigos. (…) ¿Sobre qué? ¿Sobre el Pernod? ¿Sobre el significado de la vida? ¿Sobre la dulzura de ese día? No hubiéramos sabido decirlo. Pero el acuerdo era pleno.”

http://1.bp.blogspot.com/_hhX0xH2S2V4/Rjid13vvqhI/AAAAAAAAABc/WIgX7D3bPNE/s320/marinero.jpg

Un poco más adelante, cuenta cómo un grupo de anarquistas lo detuvo durante la Guerra Civil española y no sabía si lo dejarían vivir o no. Y entonces, al pedir un cigarrillo, descubrió en uno de sus captores una sonrisa, y vio cómo el captor descubría en él a alguien capaz de sonreír, de agradecer. Entonces, cuenta don Antoine, “nos regocijamos en una sonrisa que iba más allá de los lenguajes, de las castas y los partidos. Somos todos fieles de una misma Iglesia, con sus costumbres”, la Iglesia de los hombres, la de la humanidad que nos acoge a todos.

Por eso, concluye Saint-Exupéry, “somos el uno para el otro peregrinos que, a lo largo de caminos distintos, caminamos hacia la misma cita”. Estamos –todos los seres humanos– unidos por un futuro que construimos juntos: “la verdad de ayer está muerta, la de mañana está por construir”, y la estamos construyendo juntos, cada quien a su manera, cada quien según sus posibilidades, cada quien en su espacio y momento. Pero este futuro que nos acogerá a todos los hacemos todos.

¿Quiénes somos todos? Somos aquellos, dice don Antoine, que hacemos lo que hacen los amigos: “Por encima de mis torpes palabras, por encima de razonamientos que me puedan llevar a error, tú consideras en mí simplemente al Hombre. Honras en mí al embajador de creencias, de costumbres, de amores particulares. Si difiero de ti, lejos de quitarte algo, te engrandezco. Me interrogas como se interroga al viajero”.

Todos los seres humanos que saben sonreír y reconocer a sus semejantes en una sonrisa estamos viajando juntos, dice Saint-Exupéry, y vamos construyendo juntos este mundo. Y yo le creo.

(Mil disculpas a los lectores por las traducciones. No he encontrado la versión en español y traduje al vuelo. Si hay algún error, por favor comuníquelo para corregirlas.)

http://www.zurdasiniestra.org/2006/02/13/sobre-la-carta-a-un-rehen-de-antoine-de-saint-exupery/

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