02 Mar 2013

EL DIVORCIO DEL MULLAH

Escrito por: viestal el 02 Mar 2013 - URL Permanente

Pintura: Remzi Taşkıran

El Mullah Nasrudín, ofuscado, fue una tarde a ver a su abogado. El jurista, enterándose del por qué de la visita, le pregunta:

-Qué razones crees que tienes para un divorcio?

-Los modales de mi esposa -contesta el Mullah-. Ella tiene tan mal comportamiento en la mesa, que está deshonrando a toda la familia.

-Eso es malo -dijo el abogado-. Cuánto tiempo has estado casado?

-Nueve años -dijo Nasrudín-. Nueve años!

-Si has sido capaz de soportar su comportamiento en la mesa durante nueve años -dijo el abogado-, no puedo entender por qué quieres el divorcio ahora.

–Bueno -dijo el Mullah-, yo no lo sabía antes. Acabo de comprar un libro de modales esta mañana.

Pintura: Remzi Taşkıran

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01 Mar 2013

LOS PATOS MANDARINES Y EL SAMURÁI

Escrito por: viestal el 01 Mar 2013 - URL Permanente

Hace ya de eso muchos años, a orillas del lago Mimidoro, hoy llamado Mízoro, al nordeste de Kyoto, vivía apaciblemente una pareja de patos mandarines. Era digno de verse, en el esplendor de la estación veraniega, al macho saltar sobre el agua y alzar el vuelo, con sus bigotes naranja, su pico rojo oscuro y sus magníficas alas frisadas. Doña pata y los niños, vestidos de modesto gris, incluso el mayor, que todavía llevaba el plumaje juvenil, no apartaban los ojos de él. De noche, saciados y dormidos los patitos, don pato, con un tierno picotazo en la mejilla derecha y graciosa, daba las buenas noches a su esposa y, en el hueco de árbol que les servía de casa, toda la familia entraba en el país de los sueños.

Al año siguiente, con los primeros días de primavera, llegó un joven samurái que fue a instalar su cabaña a orillas del estanque. Su mujer estaba esperando su primer hijo. Eran pobres. El samurái había tenido que comprarse el equipo: los pantalones bombachos, las botas, los manguitos metálicos y la coraza de cuatro lienzos. Su mujer le había confeccionado la «venda de resolución» 4, su madre había ahorrado muchos años para ofrecerle las dos espadas tradicionales, la larga y la corta. Pero no tenía todavía la aterradora máscara destinada a atemorizar al enemigo. Esperaba que algún noble señor lo tomase a su servicio.
Aquella noche, su mujer lo despertó y le dijo:
«Tierno esposo mío, ya sé que somos pobres, y no quisiera importunaros, pero llevo un tiempo sintiendo un deseo irresistible de comer carne, y temo que vuestro hijo se resienta de ello». El joven samurái no dijo palabra. Tomó su arco y salió en la noche. Se apostó al borde del estanque, al acecho de alguna presa. Por casualidad, el pato mandarín estaba dando un paseo nocturno. A comienzos de primavera, el nido aún está vacío, y él pensaba en el duro trabajo de verano que le esperaba, cuando hubiera que alimentar a toda la familia. El samurái distinguió sus alas frisadas, que brillaban bajo la luna. Lanzó una flecha y lo mató. Se lo llevó en un saco y, llegado a casa, lo colgó de un palo, delante de la cabaña. Volvió luego a su lecho y se durmió.
Un ruido insólito lo sacó del sueño. Una especie de «¡tap, tap!», como un aleteo. «Eso es que el pato sólo está herido —pensó— y se debate colgado del palo al que lo he sujetado». Tomó un cuchillo y salió. El pato mandarín estaba bien muerto, colgando boca abajo. Pero había acudido su hembra y batía las alas sobre él. El samurái hizo brillar la lámina del cuchillo y lo levantó. La pata mandarina no se movió de allí. Entonces él hizo un fuego para asarlos a los dos, al macho y a la hembra. La pata seguía agitando las alas, indiferente a su suerte, llorando a su esposo muerto. El samurái quedó entonces embargado por un sentimiento desconocido. Fue a ver a su mujer, le mostró el espectáculo de aquel amor conyugal, y su esposa lloró.
«No comería de esa carne por nada del mundo», le dijo.
Cuentan las antiguas crónicas que el samurái se cortó el moño de guerrero y se hizo monje. Llevó una vida ejemplar, protegiendo a los animales, preocupándose por el menor insecto, y su nombre se venera desde entonces. Así nos lo han transmitido entre las cosas del pasado.
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4. La venda de resolución es un gorro de tela que rodea la cabeza y permite que pueda fijarse el casco. Forma parte del equipo del guerrero samurai preparado para el combate; simboliza su determinación.
HENRI BRUNEL. Los más bellos cuentos Zen

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14 Dic 2012

Natalia Demidova - Ilustradora

Escrito por: viestal el 14 Dic 2012 - URL Permanente


<UNA HISTORIA DE NAVIDAD>

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La última noche del año era dura y fría, las calles de la ciudad estaban cubiertas de nieve, y una niña descalza las recorría sin más consuelo que la idea de encender uno de los fósforos que llevaba en una cajita para vender, pero que nadie le había comprado.

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Sentada en el suelo y hecha un ovillo, se atrevió a sacar uno y encenderlo. El calor fue tan agradable que a éste siguieron otros mientras imaginaba lugares hermosos donde querría estar. Y así prendieron unos tras otros hasta que vio en el cielo caer una estrella; pensó que alguien se estaba muriendo, pues así se lo había dicho su abuela, que tanto la había querido: «Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios». Y mientras los fósforos ardían, vio venir a su abuelita. Juntas se fueron a los cielos, donde no hay frío, ni hambre, ni miedo. Al día siguiente encontraron a la cerillera muerta de frío.

Texto tomado de la wikipedia.

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04 Sep 2012

Ni tú ni yo somos los mismos

Escrito por: viestal el 04 Sep 2012 - URL Permanente

El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo. Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de los sucedido y permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios.
Días después, el Buda se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente. Muy sorprendido, Devadatta preguntó:

-No estás enfadado, señor?

-No, claro que no.

Sin salir de su asombro, inquirió:

-Por qué?

Y el Buda dijo:

-Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando fue arrojada.

FUENTE: Tomado de la dirección internet http://teleline.terra.es/personal/string/relatos.htm

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02 Ago 2012

EL MIRLO ALIRROJO - Mario Satz

Escrito por: viestal el 02 Ago 2012 - URL Permanente

Pintora: Carol Cavalaris

Solemos creer que la mayor parte de los pájaros cantores transcriben con más o menos fortuna las aventuras del sol a lo largo de su eclíptica, el ánimo de los arroyos y los devaneos del amor en la estación de los primeros brotes. Nos parece que si el búho deja oír su voz de noche es para hipnotizar a su presa con un ulular más tramposo que gentil. Pero algunos, como el mirlo alirrojo, se creen mensajeros de la luna y buscan los más desnudos cruces de ramas para cantar de espaldas a la señora de las lluvias y mareas. La luna, que todo lo mira y todo lo ve, halagada por el cantor, le envía entonces el haz de la inspiración y el mirlo siente ese privilegio a la altura de la nuca, fría caricia que la menta de los valles y lo lentos caracoles aprecian al unísono, porque no sólo las aves aman la música. También lo hacen las gramíneas y las hojuelas de mica entre las piedras, los más recónditos manantiales y las cascadas, los guardabosques y los hombres cuya solitaria labor es puntuada por silbos y soplos.

Un joven recogedor de jarabe de arce que recogía sus cazos repletos de savia al atardecer tras sangrar los árboles por la mañana, vio una vez la siguiente escena: un mirlo alirrojo, subido a lo alto de un ciprés herido por un rayo, cuya cola apuntaba a la luna de marzo y cuyo pico señalaba lo más profundo del bosque, hacía temblar con sus trinos las gotas de la última lluvia suspendidas de una gran telaraña, y de esos diminutos diamantes de agua partían tantos destellos como dardos de luz disparan las estrellas. Cuando una gota se desprendía o bajaba de nivel en el dibujo de la red, otra venía a reemplazarla procedente de la parte alta del árbol, de modo tan perfecto que el joven no sabía si estaba viendo una danza dirigida por el mirlo o la transcripción un rito arácnido que la noche recitaba por la simple felicidad de evocar uno de sus secretos. Los ojos del recogedor de jarabe de arce iban de la luna al bosque y de la tela de araña al mirlo.

Aquel momento no dejaría nunca su memoria. Aunque intraducible en palabras, lo recordaría como un ramo de admiración en el que se abren las coincidencias. Que cada criatura tuviera su lugar y cada lugar formara parte de un milagro de extensión indefinida, era, quizá, algo que ocurría todo el tiempo. Visible a veces, oculto casi siempre, el milagro aparece y desaparece como una partícula en el centro de su onda. El joven cerró los ojos para albergar con más fuerza esa imagen en su mente y cuando volvió a abrirlos no vio ya al mirlo. La luna, nítida, comentaba con las gotas suspendidas de la tela de araña qué fugaz es el gozo de ser y qué recurrente el deseo de que vuelva a visitarnos.

Mario Satz: La parábola de los pájaros cantores

http://www.presidiacreative.com/wp-content/uploads/2009/12/05_LoveAmongTheTrumpets_Pic.jpg

Pintora: Carol Cavalaris

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19 Jul 2012

LUNA CAÍDA - Germán Machado

Escrito por: viestal el 19 Jul 2012 - URL Permanente

Una salva de cohetes atravesó el cielo.

A lo lejos se oyeron las explosiones. Después: el silencio; un silencio oscuro como el fondo del mar.

En la ciudad desierta las calles se tiñeron de rojo.

—¿Y la luna? ¿Dónde está la luna? —preguntó la niña, apoyando sus codos en el alféizar de la ventana.

—La luna se ha ido —le respondió el miedo.

Pintora: Catrin Arno

El miedo tiene ojos oscuros y una voz carrasposa. El miedo tiene cuerpo de cucaracha, hocico de rata y unas grandes alas de mosca. Hace tiempo que la niña lo conoce. Y si le habla, es para calmarlo, porque el miedo suele temblar y ponerse nervioso cuando oye zumbar los cohetes y caer las explosiones.

Pero esta vez es la niña quien tiembla, y el miedo quien habla y habla.

El miedo le cuenta a la niña que cuando todos los habitantes de la ciudad se tiraron al piso y se cubrieron la cabeza para evitar los daños que provocan las explosiones, él vio a la luna que se dejaba caer del cielo como una pluma blanca.

—¿Y adónde se habrá metido? —vuelve a preguntar la niña.

El miedo no lo sabe, pero dice que la vio vagando por las calles de la ciudad, y dice que a su paso, el pavimento de las calzadas parecía licuarse y era un cauce de aceite ennegrecido, una mancha de alquitrán a la orilla del mar.

—¿Y ahora cómo podremos dormirnos si la luna no viene a cantar sus nanas? ―pregunta la niña.

El miedo no responde.

Tras pensar un rato, la niña decide salir a buscar la luna. Recoge del piso su muñeca de trapo y salta desde el alféizar de la ventana a la calle. Camina las tinieblas de la ciudad esquina tras esquina. El miedo no la sigue. En las calles no hay nadie. La noche está vacía.

La niña avanza chapoteando por sobre un líquido viscoso y rojo. Rojo como la sangre. Viscoso como la tristeza.

Al llegar a la plaza donde solía ir a jugar con sus amigas antes de que empezara la guerra, la niña adivina una luz que se hamaca vacilante entre las sombras de los plátanos, las anacahuitas y las casuarinas. La niña se detiene y mira.

La luz es como un tímido albor. Se mueve de un lado al otro en puntas de pie. Se esconde detrás de los troncos de los árboles.

La niña reconoce esa luz, y la llama: «Luna, luna, vení» así le dice.

La luna se acerca dando saltos pequeños y difusos. Sube y baja, va y vuelve como un arrullo cantado por un cantor de rumbas.

Cuando llega al lado de la niña, se abrazan. Se hablan con susurros. Algo dice la luna. Algo dice la niña. Desde aquí sólo oímos un terso murmullo.

Las hojas de los árboles se arrastran por las calles de la ciudad hasta dejarlas limpias. Ese es el ruido que oímos: un barrido. Un murmullo suave. Una nana cantada por el viento. Una canción de cuna. Y el silencio del sueño como un blando gruñido.

La niña se despierta exaltada. Está en su cuarto. Ha soñado algo feo.

—¡Otra vez, una pesadilla! —rumia entre dientes.

Desde su cama mira por la ventana. En el cielo, una luna redonda blanquea la noche a su gusto.

—Eso ha sido, una pesadilla —susurra ahora la niña hablando para sí. Se tranquiliza y vuelve a dormirse en la profundidad de un sueño hondo y poroso.

Al día siguiente, cuando la niña se despierta, no encuentra su muñeca de trapo por ningún lado.

—¿Dónde se habrá metido? —piensa, mientras busca y busca.

Antes que la voz carrasposa del miedo le responda, la niña sale corriendo a la calle.

Corre hasta la plaza. Pasa entre el plátano y la anacahuita. Llega al pie de la casuarina. Allí ve su muñeca recostada en el tronco: blanca, suave, dormida sobre un colchón de hojas amarillentas y pinochas rojizas. La niña recoge su muñeca y le canta una canción.


Pintora: Catrin Arno

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14 Jul 2012

Te enseñaré metafísica - Nasrudin

Escrito por: viestal el 14 Jul 2012 - URL Permanente

Gracias, Arty

-Te enseñaré metafísica, -le dijo Nasrudín a un vecino en quien veía una chispa, aunque pequeña, de inteligencia-.

-Me encantaría -respondió el hombre-. Ven a mi casa cuando quieras y háblame de ello.

Nasrudín comprendió que este hombre tenía la idea de que el conocimiento místico podía ser totalmente trasmitido por la palabra hablada [o escrita], y no dijo nada.

Días más tarde, desde la terraza de su casa, el vecino le gritó al Mulá:

-Nasrudín, necesito tu ayuda para soplar el fuego; el carbón se está apagando.

-Desde luego -dijo Nasrudín-; mi aliento está a tu disposición. Ven aquí y te daré tanto como puedas llevarte.

FUENTE: SHAH, IDRIES: `Las Ocurrencias del Increíble Mulá Nasrudín'.

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09 Jul 2012

La leyenda del Halcón

Escrito por: viestal el 09 Jul 2012 - URL Permanente

Cuenta una fábula que un rey, en su cumpleaños recibió infinidad de regalos. Desde sus soberanos en la corte hasta el más humilde de los campesinos visitaron ese día el palacio ya que era muy grande el amor hacia ese hombre que reinaba con sabiduría.

Un campesino obsequió al monarca el único tesoro y lo más querido que poseía, 2 jóvenes halcones. Su majestad se sintió complacido por ese obsequio y como amante de las aves de inmediato encargó la educación de los halcones a su maestro en cetrería.
Transcurridos varios meses, el soberano, antes de ir de cacería fue a recoger sus halcones y el domador, compungido le indica que sólo uno es el que ha respondido al entrenamiento. El otro, por más intentos que él había hecho, no quería levantar vuelo permaneciendo aferrado a la rama de un frondoso árbol.


Pintura: Herman Smorenburg

Esto motivó la curiosidad del rey quien emitió un decreto por toda la comarca ofreciendo una jugosa recompensa para quien hiciera que su ave levantara vuelo. Gente de la corte se presentó para que mediante sus conocimientos académicos aprendidos lograran que el ave levantara vuelo. Y no lo lograron. Curanderos, prestidigitadores y religiosos trataron de hacer lo mismo sin resultado alguno. Y cierto día, en que el rey dormía plácidamente, lo despertó el canto del halcón que había volado hasta la ventana de su habitación.
De inmediato pidió que fuera llevado el encargado de ese milagro a palacio. Debería tratarse de un hombre muy sabio y gente así él necesitaba a su servicio para que le ayudara a gobernar.

Los guardias llevaron a presencia del rey a un humilde campesino quien ante la pregunta sobre lo que había hecho, venciendo su timidez respondió: “Señor, yo lo único que hice fue cortar la rama del árbol para que el ave se diera cuenta que con sus alas podía levantar vuelo”. El rey se sintió tan complacido que además de la jugosa recompensa le pidió que desde ese instante se mudara junto con su familia a vivir en el palacio para que fuera su más cercano consejero.

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04 Jul 2012

El hada del saúco - Hans Christian Andersen

Escrito por: viestal el 04 Jul 2012 - URL Permanente

Érase una vez un chiquillo que se había resfriado. Cuando estaba fuera de casa se había mojado los pies, nadie sabía cómo, pues el tiempo era completamente seco. Su madre lo desnudó y acostó, y, pidiendo la tetera, se dispuso a prepararle una taza de té de saúco, pues esto calienta. En esto vino aquel viejo señor tan divertido que vivía solo en el último piso de la casa. No tenía mujer ni hijos pero quería a los niños, y sabía tantos cuentos e historias que daba gusto oírlo.


Pintor: John Foster
-Ahora vas a tomarte el té -dijo la madre al pequeño- y a lo mejor te contarán un cuento, además.

-Lo haría si supiese alguno nuevo -dijo el viejo con un gesto amistoso-. Pero, ¿cómo se ha mojado los pies este rapaz? -preguntó. -¡Eso digo yo! -contestó la madre-. ¡Cualquiera lo entiende!

-¿Me contarás un cuento? -pidió el niño.

-¿Puedes decirme exactamente -pues debes saberlo- qué profundidad tiene el arroyo del callejón por donde vas a la escuela?

-Me llega justo a la caña de las botas -respondió el pequeño-, pero sólo si me meto en el agujero hondo.

-Conque así te mojaste los pies, ¿eh? -dijo el viejo-. Bueno, ahora tendría que contarte un cuento, pero el caso es que ya no sé más.

-Pues invéntese uno nuevo -replicó el chiquillo-. Dice mi madre que de todo lo que observa saca usted un cuento, y de todo lo que toca, una historia.

-Sí, pero esos cuentos e historias no sirven. Los de verdad, vienen por sí solos, llaman a la frente y dicen: ¡aquí estoy!

-¿Llamarán pronto? -preguntó el pequeño. La madre se echó a reír, puso té de saúco en la tetera y le vertió agua hirviendo.

-¡Cuente, cuente!

-Lo haré, si el cuento quiere venir por sí solo, pero son muy remilgados. Sólo se presentan cuando les viene en gana. ¡Espera! -añadió-. ¡Ya lo tenemos! Escucha, hay uno en la tetera.

El pequeño dirigió la mirada a la tetera; la tapa se levantaba, y las flores de saúco salían del cacharro, tiernas y blancas; proyectaron grandes ramas largas, y hasta del pitorro salían, esparciéndose en todas direcciones y creciendo sin cesar.

Era un espléndido saúco, un verdadero árbol, que llegó hasta la cama, apartando las cortinas. Era todo él un cuajo de flores olorosas, y en el centro había una anciana de bondadoso aspecto, extrañamente vestida. Todo su ropaje era verde, como las hojas del saúco, lleno de grandes flores blancas. A primera vista no se distinguía si aquello era tela o verdor y flores vivas.

-¿Cómo se llama esta mujer? -preguntó el niño.

«Verás: los romanos y griegos -respondió el viejo- la llamaban Dríada, pero esta palabra no la entendemos nosotros. Allá en Nyboder le damos otro nombre mejor; la llamamos "mamita saúco", y has de fijarte en esto. Escucha y contempla el espléndido saúco. Hay uno como él, florido también, allá abajo; crecía en un ángulo de una era pequeña y humilde. Un mediodía dos ancianos se habían sentado al sol, bajo aquel árbol. Eran un marino muy viejo y su mujer, que no lo era menos. Tenían ya bisnietos, y pronto celebrarían las bodas de oro, aunque apenas se acordaban ya del día de su boda; el hada, desde el árbol, parecía tan satisfecha como esta de aquí.

-Yo sé cuándo son sus bodas de oro -dijo; pero los viejos no la oyeron; hablaban de tiempos pasados.

-¿Te acuerdas? -decía el viejo marino-. ¿Te acuerdas de cuando éramos niños y corríamos y jugábamos en esta misma era? Plantábamos tallitos en el suelo y hacíamos un jardín.

-Sí -replicó la anciana-, lo recuerdo bien. Regábamos los tallos; uno e ellos era una rama de saúco, que echó raíces y sacó verdes brotes y se convirtió en un árbol grande y espléndido; este mismo bajo el cual estamos.

-Sí, esto es -dijo él-; y allí en la esquina había un gran barreño; en él flotaba mi barca. Yo mismo me la había tallado. ¡Qué bien navegaba! Pero pronto lo haría yo por otros mares.

-Sí, pero antes fuimos a la escuela y aprendimos unas cuantas cosas prosiguió ella- Y luego nos prometieron. Los dos llorábamos, pero aquella tarde fuimos, cogidos de la mano, a la Torre Redonda, para ver el ancho mundo que se extiende más allá de Copenhague y del océano. Después nos fuimos a Frederiksberg, donde el Rey y la Reina paseaban por los canales en su embarcación de gala.

-Pero pronto me tocó a mí navegar por otros lugares, durante muchos años. Fui lejos, muy lejos, en el curso de largos viajes.

-Sí, ¡cuántas lágrimas me costaste! -dijo ella-. Creí que habías muerto; te veía en el fondo del mar, sepultado en el fango. ¡Cuántas noches me levanté para ver si la veleta giraba! Sí, giraba, pero tú no volvías. Me acuerdo de un día que estaba lloviendo a cántaros, el basurero se paró frente a la puerta de la casa donde yo servía. ¡Era un tiempo espantoso! Yo salí con el cubo de basura y me quedé en la puerta, y mientras aguardaba allí se me acercó el cartero y me dio una carta, una carta tuya. ¡Dios mío, lo que había viajado aquel sobre! Lo abrí y leí la carta, llorando y riendo a la vez. ¡Estaba tan contenta! Decía el papel que te hallabas en tierras cálidas, donde crecía el café. ¡Qué país más maravilloso debe ser! ¡Me contabas tantas cosas! Y yo las estaba viendo mientras la lluvia caía sin cesar, de pie yo con mi cubo de basura. Alguien me cogió por el talle...

-Pero tú le propinaste un buen bofetón, muy sonoro por cierto.

-No sabía que fueses tú. Habías llegado junto con la carta y ¡estabas tan guapo! -y todavía lo eres-. Llevabas en el bolsillo un largo pañuelo de seda amarillo, y un sombrero nuevo. ¡Qué elegante ibas! ¡Dios mío y qué tiempo hacía, y cómo estaba la calle!

-Entonces nos casamos -dijo él-, ¿te acuerdas? ¿Y de cuándo vino el primer hijo, y después María y Niels, y Pedro, y Juan, y Cristián?

-Sí, y todos crecieron y se hicieron personas como Dios manda, a quienes todo el mundo aprecia.

-Y sus hijos han tenido ya hijos a su vez -dijo el viejo-. Nuestros bisnietos; hay buena semilla. ¿No fue en este tiempo del año cuando nos casamos?

-Sí, justamente es hoy el día de sus bodas de oro -intervino el hada del sabucal, metiendo la cabeza entre los dos viejos, los cuales pensaron que era la vecina que les hacía señas. Se miraron a los ojos y se cogieron de las manos.

Al poco rato se presentaron los hijos y los nietos; todos sabían muy bien que eran las bodas de oro; ya los habían felicitado, pero los viejos se habían olvidado, mientras se acordaban muy bien de lo ocurrido tantos años antes. El saúco exhalaba un intenso aroma, y el sol, cerca ya de la puerta, daba a la cara de los abuelos. Los dos tenían rojas las caras, y el más pequeño de sus nietos bailaba a su alrededor, gritando, alegre, que habría cena de fiesta: comerían patatas calientes. Y el hada asentía desde el árbol y se sumaba a los hurras de los demás».

-Pero esto no es un cuento -observó el chiquillo, que escuchaba la narración.

-Tú lo sabrás mejor -replicó el viejo señor que contaba-. Lo preguntaremos al hada del saúco.

-No fue un cuento -dijo ésta-; el cuento viene ahora. Las más bellas leyendas surgen de la realidad; de otro modo, mi hermoso saúco no podría haber salido de la tetera.

Y, sacando de la cama al chiquillo, lo estrechó contra su pecho, y las ramas cuajadas de flores se cerraron en torno a los dos. Quedaron ellos rodeados de espesísimo follaje, y el hada se echó a volar por los aires. ¡Qué indecible hermosura!

El hada se había transformado en una linda muchachita, pero su vestido seguía siendo de la misma tela verde, salpicada de flores blancas, que llevaba en el saúco. En el pecho lucía una flor de saúco de verdad, y alrededor de su rubia cabellera ensortijada, una guirnalda de las mismas flores. Sus ojos eran grandes y azules, y era maravilloso mirarlos. Ella y el chiquillo se besaron, y entonces quedaron de igual edad, sintiendo las mismas alegrías.

Cogidos de la mano salieron de entre el follaje, y de pronto se encontraron en el espléndido jardín de la casa paterna; en medio del verde césped, el bastón del padre aparecía atado a una estaquilla. Para los pequeñuelos había vida en aquel bastón; no bien se hubieron montado en él, el reluciente pomo se convirtió en una magnífica cabeza de caballo, con larga y negra melena ondulante, y de la caña salieron cuatro patas esbeltas y vigorosas; el animal era robusto y valiente. Se echaron a cabalgar a galope por el césped.

-¡Olé!, correremos muchas millas -dijo el muchacho-; iremos a la finca donde estuvimos el año pasado.

Y venga cabalgar alrededor del césped, mientras la muchacha, que, como sabemos, era el hada del saúco, gritaba:

-Ya estamos llegando. ¿Ves la casa de campo, con el gran horno que parece un gigantesco huevo que sale de la pared y da al camino? El saúco extiende sus ramas por encima, y el gallo va de un lado a otro, escarbando el suelo para sus gallinas. ¡Mira cómo se pavonea! Ahora estamos cerca de la iglesia, en la cumbre de la colina, entre corpulentos robles, uno de los cuales está medio muerto. Y ahora llegamos a la herrería, donde arde el fuego, y los hombres, medio desnudos, golpean con sus martillos esparciendo una lluvia de chispas. ¡Adelante, camino de la casa de los señores!

Y todo lo que iba nombrando la chiquilla montada en el bastón, lo veía el niño, a pesar de que no se movían del prado. Jugaron luego en el camino lateral y plantaron un jardincito en la tierra; ella se sacó una flor de saúco del cabello y la plantó; y creció como hiciera aquel que habían plantado los viejos cuando niños ya. Iban cogidos de la mano, como los abuelos hicieron de pequeños, pero no se encaminaron a la Torre Redonda ni al jardín de Frederiksberg, sino que la muchacha sujetó al niño por la cintura y se echaron a volar por toda Dinamarca; y llegó la primavera, y luego el verano, el tiempo de la cosecha y, finalmente, el invierno; y miles de imágenes se pintaban en los ojos y el corazón del niño, mientras la muchachita cantaba:

-¡Jamás olvidarás esto!

En todo el curso del vuelo, el saúco estuvo exhalando su aroma suave y delicioso. Bien observaba el niño las rosas y las hayas verdes, pero el sabucal olía con mayor intensidad aún, pues sus hojas pendían del corazón de la niña, y sobre él reclinaba el pequeño a menudo la cabeza durante el vuelo.

-¡Qué hermoso es esto en primavera! -exclamó la muchacha; y se encontraron en el bosque de hayas en pleno reverdecer, con olorosas asperillas al pie de los árboles y rosados anemones entre la hierba-. ¡Ah!, ¿por qué no será siempre primavera en los perfumados hayales de Dinamarca?

-¡Qué espléndido es aquí el verano! -exclamó ella, mientras pasaban por delante de viejos castillos del tiempo de los caballeros, cuyos rojos muros y recortados frontones se reflejaban en los canales donde nadaban cisnes, y a lo largo de los cuales se extendían antiguas y frescas avenidas. En los campos, las mieses ondeaban como el mar; en los ribazos crecían flores rojas y amarillas, y en los setos prosperaba el lúpulo silvestre y la florida enredadera. Al anochecer se remontó la luna, grande y redonda; los montones de heno de los prados esparcían su agradable fragancia.

-¡Esto no se olvida nunca!

-Es magnífico aquí el otoño -volvió a exclamar la muchachita. El aire era aún más alto y más azul, y el bosque presentaba una bellísima combinación de tonos rojos, amarillos y verdes. Pasaban corriendo perros de caza, grandes bandadas de aves salvajes volaban gritando por encima de los sepulcros megalíticos, recubiertos de zarzamoras, que proyectaban sus sarmientos en torno a las vetustas piedras. El mar era de un azul negruzco y aparecía salpicado de barcos de vela, y en la era mujeres maduras, doncellas y niños, recogían lúpulo y lo metían en un gran tonel; los jóvenes cantaban canciones, mientras los viejos narraban cuentos de duendes y gnomos. ¿Dónde podía estarse mejor?

-¡Qué hermoso es aquí el invierno! -repitió la niña-. Todos los árboles estaban cubiertos de escarcha, como blancos corales; la nieve crepitaba bajo los pies, como si se llevasen siempre zapatos nuevos, y en el cielo se sucedían las lluvias de estrellas. En la sala estaba encendido el árbol de Navidad; había regalos y buen humor; en las casas de labranza resonaba el violín, y rebanadas de manzana caían a la sartén.

Hasta los niños más pobres decían:

-¡Qué hermoso es el invierno!

Y sí, era hermoso; y la muchachita enseñaba al niño todas las cosas; el saúco seguía exhalando su fragancia, y la bandera roja con la cruz blanca seguía ondeando; aquella bandera bajo la cual había navegado el viejo marino de Nyboder.

El niño se hizo un mozo y tuvo que salir al ancho mundo, lejos, a las tierras cálidas, donde crece el café. Pero al despedirse, la muchacha se desprendió del pecho una flor de saúco y se la dio como recuerdo. Él la puso cuidadosamente en su libro de cánticos, y siempre que lo abría en tierras extrañas, lo hacía en la página donde guardaba la flor; y cuanto más la contemplaba, más verde se ponía ella. Le parecía al mozo respirar el aroma de los bosques patrios, y veía claramente a la muchacha que lo miraba por entre los pétalos con aquellos ojos suyos azules y límpidos; y susurraba:

-¡Qué hermosos son aquí la primavera, el verano, el otoño y el invierno!

Y centenares de imágenes cruzaban su mente.

Así transcurrieron muchos años; el muchacho era ya un anciano, y estaba sentado con su anciana esposa bajo un árbol en flor. Se habían cogido de las manos, como el bisabuelo y la bisabuela de Nyboder, y, lo mismo que ellos, hablaban de los tiempos pretéritos y de las bodas de oro. La muchachita de ojos azules y de las flores de saúco en el pelo, desde lo alto del árbol, inclinaba la cabeza con gesto de aprobación y decía:

-Hoy celebran sus bodas de oro.

Sacándose luego dos flores de su corona, las besó, y ellas relucieron primero como plata y después como oro; y cuando las puso en las cabezas de los ancianos, cada flor se transformó en una áurea corona. Y allí seguían los dos, semejantes a un rey y una reina, bajo el árbol fragante; y él contaba a su anciana esposa la historia del hada del sabucal, igual que se la habían contado antes a él, cuando era un chiquillo; y los dos convinieron en que en aquella historia había muchas cosas que corrían parejas con la propia; y lo que más se parecía era lo que más les gustaba.

-Así es -dijo la muchachita del árbol-. Algunos me llaman hada, otros Dríada, pero en realidad mi nombre es Recuerdo. Yo soy la que vive en el árbol, que crece y crece continuamente. Puedo pensar en lo pasado y contarlo. Déjame ver si conservas aún tu flor.

El viejo abrió su libro de cánticos, y allí estaba la flor de saúco, fresca y lozana como si acabase de cogerla; y el Recuerdo hizo un gesto de aprobación, y los dos ancianos. Con las coronas de oro en la cabeza, siguieron sentados al sol poniente. Cerraron los ojos y... bueno, el cuento se ha terminado.

El chiquillo yacía en su cama; ¿había sido aquello un sueño, o realmente le habían contado un cuento? Sobre la mesa se veía la tetera, pero de ella no salía ningún saúco, y el anciano señor del piso alto se dirigía a la puerta para marcharse.

-¡Qué bonito ha sido! -dijo el pequeñuelo-. ¡Madre, he estado en las tierras cálidas!

-No me extraña -respondió la madre-. Cuando uno, se ha tomado un par de tazas de infusión de flor de saúco, no hay duda de que se encuentra en las tierras cálidas.

Y lo arropó bien, para que no se enfriara.

-Estuviste durmiendo mientras yo y él discutíamos sobre si era un cuento o una historia.

-¿Y dónde está el hada del saúco? -preguntó el niño.

-En la tetera -replicó la mujer-, y puede seguir en ella.

http://es.wikisource.org/wiki/El_hada_del_sa%C3%BAco

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02 Jul 2012

Rana - Adivinanza

Escrito por: viestal el 02 Jul 2012 - URL Permanente

A la orilla de los ríos,
croan sin meterse en líos,
saltos dan,
mas no son osos
sino animales verdosos.

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