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No sé hasta qué punto serán ciertas las manifestaciones formuladas ayer por el líder del PP, Mariano Rajoy, y por la Vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. Pero, de ser sinceras y reales, creo que el día de ayer es digno para ser recordado por las generaciones futuras: por fin, el PSOE y el PP han coincidido en algo relacionado con la política antiterrorista. Una referencia, como mínimo, en la wikipedia, sí lo merece, desde luego.
Lo de ayer fue algo anormal: en los días previos, Zapatero había mostrado su pesimismo respecto al resultado de la reunión prevista para ayer; la actitud del PP tampoco invitaba a mucho optimismo; en los medios se esperaba la cita con cierto escepticismo: no olvidemos que, hasta horas antes del encuentro, algunos medios presuntamente liberales exigían a Rajoy que llegara a Moncloa con el cuchillo bien afilado. Políticamente, claro. Pero lo más preocupante es, en cierta manera, que el hecho de haber entendimiento, el hecho de que el líder de la oposición y el presidente del gobierno sean capaces de sentarse a hablar, sea lo anormal y no lo habitual en la vida política española.
No sé qué tendrá que ver la información aparecida en El País el domingo pasado, sobre los contactos ETA-PSOE, con el buen feeling de la reunión de ayer. Quizás el reportaje no hizo sino acercar a ambos líderes en lugar de profundizar en la brecha que los separaba... Quizás si la intención de El País era airear al PP y provocarle ese típico comportamiento de partido exaltado ante los acontecimientos políticos, el resultado fue todo lo contrario: hay que reconocer, pues, que Rajoy, cuando quiere y le dejan, sabe comportarse como un político normal, como un líder normal y como un estadista de verdad. El problema es que, en la mayoría de veces, no le dejan.
En este sentido, me da la sensación de que Rajoy sabe actuar como un líder de verdad cuando ciertos personajes de su partido no están por ahí. No sé si es porque era lunes, pero creo que el buen rollo desprendido de la reunión tiene algo que ver con que ciertas personalidades populares no andaban por ahí: Acebes, evidentemente, no estaba en Moncloa; Zaplana seguramente debía tener otros menesteres económicos a los que atender; Federico, estaba currando; y Aznar... ni idea, pero como era lunes por la mañana, quizás estaba durmiendo la resaca. Sea como fuere, una nueva muestra de que el gran problema de Rajoy no es otro que el de los personajillos que lo rodean en la cúpula del partido: el de ayer fue un Rajoy gallardonista, y no el acebista de los últimos tiempos. El Rajoy de ayer fue el Rajoy del entendimiento, no el de la crispación.
Con todo, habrá que ver hasta cuándo durará este buen rollo. Lo dice Victoria Prego en sus apuntes de El Mundo y se dijo ayer en la tertulia de la Brújula de Carlos Alsina, en Onda Cero. Mientras dure el buen rollo, todos contentos y "aplaudiendo detrás", pero otra cosa es que esto dure mucho. También lo dijo Rajoy: ahora no es momento de reproches. Ni de unos contra los otros ni de los otros contra los unos. Pero habrá que ver qué pasa con el tema de la petición del PP para que el Gobierno inste la ilegalización de ANV y del PCTV, con el Pacto Antierrorista y hasta qué punto el PP está dispuesto a modificar el Pacto para adaptarlo a los nuevos tiempos que corren (sin duda, muy distintos a los del año 2002, cuando se firmó) y así poder ampliarlo a otras fuerzas políticas, esenciales en esta empresa, como PNV, IU y CiU.
Vayan por donde vayan, pues, los acontecimientos futuros, lo que es de justicia es resaltar y alabar la reunión de ayer, el resultado del encuentro, el buen ambiente percibido y la responsabilidad de Rajoy y Zapatero ante un reto tan importante como es la lucha contra ETA. Cuando hay que darles un tirón de orejas, se les dá; y cuando hay que felicitarlos, se les debe felicitar. Porque lo de ayer no fue sino una muestra del sentido común de la que, en demasiadas ocasiones, carece nuestra vida política...
Quien lo hubiera pensado hace solo una semana: no ha sido ni más ni menos que ETA la causante de que la crispación y la tensión entre PP y PSOE haya desaparecido. Al menos por unos días. No hay mal que por bien no venga.




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