09 May 2008

40 mayos del 68

Escrito por: Bernat el 09 May 2008 - URL Permanente

Se cumplen cuatro décadas de la utopía frustrada y parece que todavía hay quien se resiste a admitir su existencia. Con el lema "seamos realistas, pidamos lo imposible", el mayo del 68 marca un antes y un después en el siglo XX, pues con las secuelas todavía al rojo vivo de la II Guerra Mundial, el desacato al sistema se hizo eco en medio mundo. En mi opinión, ni fue una revolución ni fue un movimiento radical; simplemente fue un grito de cambio y libertad que, aunque sin posibilidad a prosperar, dejó un fuerte impacto en nuestra sociedad.
En España aún hay quien se resiste a admitirlo. En parte, no nos debe sorprender, pues no fue precisamente en nuestro país donde más eco tuvo la sonada parisina. Y, sin perjuicio de Raimón, cuyos himnos de libertad no fueron sino un prólogo de la Transición que hasta medio lustro después no empezaría a nacer, en España el régimen bien se preocupó de eclipsar la noticia y, en su defecto, presentar el movimiento estudiantil francés como un ataque de locura del comunismo más radical.
Todavía continúa en España esa visión de lo que fue el mayo del 68, a tenor de lo publicado en los últimos días. Y, si de algo sirve, como muestra sin duda el increíble comunicado que el PP emitió el pasado lunes, tachando los ideales del mayo del 68 como "funestas e hipócritas", entre otras lindeces, y señalando a sus protagonistas como "esos personajes desactualizados y trasnochados [que] están en el poder político, cultural y pedagógico español". Las palabras del partido de Rajoy hablan, desde luego, por sí mismas.
A la derecha de este país siempre le ha molestado eso de las ideas y las utopías. Los antropólogos deberán estudiar algún día el porqué de tanta manía a todo aquello que no coincide con su ideal; con lo bonito que es poder contraponer ideas y dialogar y defender sobre ellas de un modo libre y plural. Percibo cierta coincidencia entre el trato que le dio el franquismo con el juicio que ahora emite el PP.
Desde el 68 hasta ahora, las cosas han cambiado, y mucho. Supongo que muchos de los protagonistas de las utopías universitarias del momento forman parte hoy de esa burguesía acomodada y sin más visión social que el de aprovecharse individualmente del sistema. Y, en realidad, este hecho demuestra que, sin perjuicio del ser social que es el hombre, éste también es un ser individual. A veces en exceso. Todos lo somos. Incluso el más social.

Y en pro de las utopías y en lucha contra lo individual, muchos han querido emular a esos utopistas del mayo del 68 en todo el mundo, desde entonces hasta en la actualidad. Ni que decir tiene que nadie nunca lo ha conseguido. Recuerdo que en mi época en la Universidad balear, desde el consejo estudiantil organizamos una serie de movimientos en protesta por ciertos aspectos de la época, y muchos éramos los que, ilusos de nosotros, queríamos y creíamos poder cambiar el mundo con una manifestación, con una pegada de carteles, con una charla o con una simple protesta. Evidentemente, nada de eso fue para tanto, y, como no podía ser de otra forma, la frustración y el cansancio, la decepción y el desengaño se apropiaron de todos nosotros; incluso del más utópico e idealista.
Hoy, visto ya con cierta perspectiva histórica, es sano admitir los errores que cometimos, y que no fueron pocos, causa de ese espíritu idealista y utópico que creíamos ser capaces de alcanzar; y, de esas utopías nacieron sus consecuentes frustraciones. Como en mi caso, estoy seguro que a muchos les pasó lo mismo: querer cambiar el mundo que nos rodea, por muy pequeño y diminuto que sea, no es tarea al alcance de todos; ni siquiera de los protagonistas del mayo del 68.
Aunque, cierto es, que la mera intención, el mero intento de cambiar el mundo, el mero hecho de pensar y tener la intención de mejorar tu alrededor, es ya de por sí una gran conquista. ¿Qué sería del ser humano sin ese afán de superación permanente sobre sí mismo? Claro que se cometen errores, no seríamos humanos si no los cometiéramos; pero eso debe ser precisamente el espíritu que debe impulsar el avance hacia un futuro que, si no lo afrontamos de forma optimista, tendrá un fracaso asegurado. Y aprendiendo de los errores es como más y mejor se aprende. Lo dije entonces, al final de mi propio proceso de utopías, y lo repito con insistencia ahora: quien no se arriesga, ni gana, ni pierde.
Solo siendo conscientes de nuestros errores y limitaciones, conseguiremos algo; habida cuenta de que la utopía no existe en el campo de lo real, pidamos lo que más se parezca a ella para poder avanzar en algo. Seamos, entonces, realistas y pidamos lo imposible.

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