30 Ene 2008
La violencia es más cruda en África
En junio, publiqué esta misma ENTRADA en este "blog". Pero los acontecimientos de Kenia me obligan a colgarla de nuevo, en especial la fotografía de ayer en la portada de El País. ¡Perdón!.
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En la orilla del lago Malawi había un hotelucho o casa de huéspedes que regentaba un australiano joven, rubio como la crema, porrero y, a veces, las más, borracho, huido de la justicia australiana o, al menos, así me dijo. Pero eso sí, desde la amplia terraza de su hotelucho, cargada de mesas y hamacas, se veía en todo su esplendor el inmenso lago por el que hacía unas horas yo había navegado. Las noches se convertían en un intercambio cultural e internacional en este refugio de turistas mochileros. Un sudafricano “partía la pana” con una suiza; un finlandés miraba embelesado a una jovencísima ruandesa, negra brillante como…..como todas las negras, y el australiano, esas noches que estuve, se entendía con dos inglesas, ambas gorditas pero con simpáticas caras. Y más relaciones, y más intercambios culturales…
Los agotadores días de “turisteo” y marchas por los alrededores con el sol abrasador (“un sol de justicia”. Qué poco me gusta esta expresión), terminaban habitualmente en una terracita en el centro de la pequeña ciudad ribereña del lago, donde la cerveza era el mejor regalo que uno podía obsequiarse. Desde la terraza, mientras apuntaba en mi diario las actividades de la jornada, presencié algo que me impactó. Un musculoso negro se acercaba corriendo por la calle, seguido de otro más raquítico pero que daba unos gritos que no podía entender. De pronto, un ladrillo (de esos artesanales que no tienen orificio alguno, sólidos y pesados) sale de la mano del raquítico con tal fuerza que impacta en el hombro del perseguido cuando éste pasaba a mi lado, lo que le hace tambalearse a punto de caer. Un segundo pedrusco en las piernas le derriba momentáneamente a pocos pasos delante de mí. Luego, sale corriendo. Todo ocurre en un segundo. El perseguidor desiste de su empeño de alcanzarle y nos mira satisfecho de su logro, como si su instinto depredador hubiera sido colmado. ¡Qué crudeza!. No pude reaccionar, pero tampoco lo hicieron sus congéneres que miraban impasibles la escena. Algunos ni eso, seguían con sus inútiles, pero necesarias labores. La cosa no iba con ellos. La violencia y el sufrimiento se convirtieron en rutina hace mucho tiempo en África y su crudeza les deja neutros, impasibles, críticos silenciosos ¿con quien?, ¿con el agresor o con el agredido?. Desconocía los orígenes de la reyerta, pero la imagen sigue en mi mente cada vez que me acuerdo de África. No he vuelto al negro continente, y aunque tengo ansia de pisarlo, me incomoda imaginar lo que me puedo encontrar. Esas escenas diarias, sin aparente valor e inestabilidad nacional, pero que hay que verlas, vivirlas y sentirlas pues no dejan de ser lejanas para la mente de cualquier europeo que ejerza de viajero insatisfecho.
20 Dic 2007
Cocodrilos adormilados
El interés por los viajes antropológicos de este patrañero-viajero siempre ha sido mayor que por las visitas arqueológicas. Ha disfrutado siempre más viendo a un niño jugar en un charco de agua, o a un adulto cultivar su pequeño terruño, que observando la más ingeniosa de las construcciones ancestrales de cualquier civilización ya extinta. ¡Y mira que tienen su interés!.
De manera general, después de andar mucho por un país, observar gente, palpar realidades, el próximo paso a dar suele ser el reencuentro con la naturaleza, lo más salvaje p
osible. En Malawi, después de pasar quince días de trotamundos por diversas poblaciones y paisajes, la mente del viajero necesitaba un contacto cercano con la naturaleza. Se encontraba en esos momentos en las inmediaciones del Parque Nacional de Liwonde y decidió ponerse en manos de un guía (no cree que lo fuera) para poder visitar la naturaleza salvaje. Una mañana completa de recorrido en un viejo y oxidado Land Rover no le permite descubrir gran variedad de animales. Eso tienen los animales que no siempre están cuando el ávido turista necesita retratar sus veloces carreras o las salvajes persecuciones tras una desgraciada presa.
Cerca del lago Malombe, a orillas del río Shire, se encontraba el Mvuu Lodge, uno de esos paradisíacos hoteles de 300 dólares la noche (actividades organizadas incluidas), en el lugar más relajante y emblemático del Parque Nacional, donde los insufribles jubilados ingleses o alemanes o, quizás, norteamericanos, retozan como hipos en un barrizal.
Sus alrededores cuentan con una gran colonia de cocodrilos (adormilados, y bien alimentados) que este viajero insatisfecho -aprovechando la cara infraestructura montada para el caro turista del Mvuu Lodge- visitó impresionado.
Un cocodrilo, adormilado, impresiona. Aún allí, en pleno reposo guerrero, no es difícil imaginarle siguiendo la estela de una asustada cebra en el agua, a punto de dar la mortal dentellada.
14 Oct 2007
Kaplan: el viajero en sentido anticuado
Al empezar a fraguar esta entrada, el viajero insatisfecho estaba leyendo al periodista judío Kaplan, Robert D. Kaplan, uno de sus inevitables personajes de ronda por el mundo mundial y conocedor de los entresijos de la persona y la naturaleza humanas. Y subscribió, al instante, una de sus afirmaciones que transcribe seguidamente:
“Quería verme como un viajero en el sentido anticuado de la palabra. Un viajero acepta a la gente que le rodea y las cosas que le pasan. Nunca exige ni se queja; se limita a escuchar y observar (…)”.
A este mochilero le viene a la cabeza cuando pretendía conocer un pequeño pueblo a orillas del lago Malawi y las posibilidades de hacerlo eran únicamente esperar a que un desvencijado Land Rover hiciera acopio de pasaje, con lugareños, para comenzar así el trayecto de 30 kilómetros hasta esa villa ribereña.
En África, ese conocido sistema puede llevar a uno a viajar entre sacos apilados y gente más apilada aún, sentada -amontonada- en la caja de uno de esos viejos vehículos todoterreno.
En África, la espera es una filosofía de vida.
Y esperó. Largas horas, y aún así esperó. Ahora ante la frase de Kaplan se limita a sentirse orgulloso pues el viajero, en el sentido anticuado de la palabra, “nunca exige ni se queja”. En este caso, espera.
Aún así, pagó un desorbitado “monto” de monedas -mucho más que los lugareños- por transitar por un peligroso camino entre montañas y ver, al girar una curva, el lago a lo lejos. Encontró un pueblo de pescadores, cuatro turistas mochileros emparejados a cuatro turistas mochileras y una playa de arena con secaderos de pescado en ella (ver fotografía).
Además, haciendo caso al autor judío, este solitario casi-trotamundos se limitó “a escuchar y observar”.
21 Sep 2007
Los taxistas de África

Los mochileros también tienen sus cosas extrañas. También se meten dentro del caparazón, como aterrados por una supuesta falta de seguridad que creo, en este caso, no existía. Y yo, también me metí dentro del caparazón.
Llevado por la psicosis de miedo, que me insufló en el cuerpo un taxista cualquiera de los muchos que esperan a la llegada del bus en un nuevo destino, acabé en una “guest-house” repleta de viajeros mochileros, ninguno de ellos español.
Era una especie de “resort” de mochileros (“centro turístico” cutre), a las afueras de la ciudad de Blantyre, al sur de Malawi, muy cerca de Mozambique. Habitaciones incómodas, jardín desastroso, hamacas sobre-utilizadas, bar, música constante, restaurante, parrilla, billar,….
Odio los “resort”.
Pero allí aparecí, como un alma en pena, después de pasar horas y horas muertas en un cargado y desvencijado autobús local. La ciudad tranquila no se merecía el apelativo de peligrosa, pero todo un día batallando en un transporte “de mil paradas” implica a veces llegar con las defensas bajas. Y ahí está el hábil taxista que te promete por poco dinero llevarte a un lugar tranquilo donde el descanso será seguro.
Rompo una lanza por ellos. Te ayudan en los peores momentos, no por altruismo, creedme, sino por dinero, pero su peso específico en un viaje alcanza, a veces, cotas impagables. Se alimentan de miedosos y cansados “corderos mochileros”, pero se ganan su pan con dignidad y simpatía. Cobran sus carreras mirándote a la cara, pero cumplen con los ojos cerrados cualquier extraña petición.
No bailan por dinero, pero hacen como si bailaran.
No sonríen al verte, pero sus simpáticos ojos desprenden alegría.
No vuelven a buscarte, pero al salir de tu refugio te los puedes encontrar….
Son los taxistas de África.
20 Jun 2007
La violencia es más cruda en África
En la orilla del lago Malawi había un hotelucho o casa de huéspedes que regentaba un australiano joven, rubio como la crema, porrero y, a veces, las más, borracho, huido de la justicia australiana o, al menos, así me dijo. Pero eso sí, desde la amplia terraza de su hotelucho, cargada de mesas y hamacas, se veía en todo su esplendor el inmenso lago por el que hacía unas horas yo había navegado. Las noches se convertían en un intercambio cultural e internacional en este refugio de turistas mochileros. Un sudafricano “partía la pana” con una suiza; un finlandés miraba embelesado a una jovencísima ruandesa, negra brillante como…..como todas las negras, y el australiano, esas noches que estuve, se entendía con dos inglesas, ambas gorditas pero con simpáticas caras. Y más relaciones, y más intercambios culturales…
Los agotadores días de “turisteo” y marchas por los alrededores con el sol abrasador (“un sol de justicia”. Qué poco me gusta esta expresión), terminaban habitualmente en una terracita en el centro de la pequeña ciudad ribereña del lago, donde la cerveza era el mejor regalo que uno podía obsequiarse. Desde la terraza, mientras apuntaba en mi diario las actividades de la jornada, presencié algo que me impactó. Un musculoso negro se acercaba corriendo por la calle, seguido de otro más raquítico pero que daba unos gritos que no podía entender. De pronto, un ladrillo (de esos artesanales no que tienen ningún orificio, sólidos y pesados) sale de la mano del raquítico con tal fuerza que impacta en el hombro del perseguido cuando éste pasaba a mi lado, lo que le hace tambalearse a punto de caer. Un segundo pedrusco en las piernas le derriba momentáneamente a pocos pasos delante de mí. Luego, sale corriendo. Todo ocurre en un segundo. El perseguidor desiste de su empeño de alcanzarle y nos mira satisfecho de su logro, como si su instinto depredador hubiera sido colmado. ¡Qué crudeza!. No pude reaccionar, pero tampoco lo hicieron sus congéneres que miraban impasibles la escena. Algunos ni eso, seguían con sus inútiles, pero necesarias labores. La cosa no iba con ellos.
La violencia y el sufrimiento se convirtieron en rutina hace mucho tiempo en África y su crudeza les deja neutros, impasibles, críticos silenciosos ¿con quien?, ¿con el agresor o con el agredido?. Desconocía los orígenes de la reyerta, pero la imagen sigue en mi mente cada vez que me acuerdo de África. No he vuelto al negro continente, y aunque tengo ansia de pisarlo, me incomoda imaginar lo que me puedo encontrar. Esas escenas diarias, sin aparente valor e inestabilidad nacional, pero que hay que verlas, vivirlas y sentirlas pues no dejan de ser lejanas para la mente de cualquier europeo que ejerza de viajero insatisfecho.
Sobre este blog
V(B)iajero Insatisfecho
blasftomeUn veterano mochilero que después de una treintena de viajes, por otros tantos países, se considera "viajero insatisfecho". Del resto -si le seguís- podréis sacar los datos vosotros mismos.
MIENTRAS, le ha dado tiempo:
• A sacar la Licenciatura en Ciencias de la Información; a trabajar sacando patatas y vendimiando uvas; a torear con ‘vaquillas bravas’ de todo pelaje.
• A fichar en un 'Gabinete de Prensa' muchos días, meses y años.
• A dividir su tiempo entre lo imprescindible y lo indeseable.
• A vivir durante veinticuatro horas diarias.
• A pensar en el tiempo perdido y sus oportunidades.
• A no levantar la mano, por si las moscas…..
• A estar disponible, como ahora.
¿Alguien le quiere?.
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