11 Jun 2008
Una entrada
Una entrada
Volvió Victorino adonde creía encontrarme. No estuve allí. Bajó hasta dar conmigo al final del trecho que corresponde a la sección hotelera de la misma nacionalidad. Más acentuada la sonrisa y presto a conversar y ver si le compraba lo que me traía ese día. Llevaba un pantalón oliva que no correspondía al uniforme. Una camiseta azul marina con la inscripción en un blanco refulgente y en inglés decía : Life is too short. Enjoy it all the way.
Me ofrece entradas a la discoteca donde trabaja—dice—los miércoles, días que el establecimiento atrae escasa gente.
--¿Entradas para qué?
--Para ver el Grupo “Nikel”, el viernes.
--“Niche” los de…?
--Sí los de Colombia—festeja y rectifica—“Nikel”, de aquí.
--Bueno, me entregas una.
--¿Sólo una?
--Solo UNA—lo resalto.
--¿Es que no va a bailar?
--¿Es que necesito pareja? ¿O me hago de una dentro?
--¡Bueno, sí claro! Sólo que estoy acostumbrado a vender al menos dos. La costumbre.
--Bueno pues vas a romper la costumbre.
--¿Le gustó el agua de coco?
--El agua de coco es tal en todo lado, no puede ser otra en RD
--Tiene toda la razón.
--No me des tanta razón, dame algo más.
--¿Como qué?
--Una razón por la que te quedas a trabajar en el mismo complejo ¿Por qué no te buscas algo más, y más lejos los días de descanso?
--Porque ya estoy acostumbrado.
--¿A qué?
--A lo que me vio y me ve hacer.
--Victorino, ¿ No has pensado ingresar en algún centro vocacional o, mejor, a la…?
--¿A la Estatal?
--Eso.
--Porque no acabé secundaria, abandoné a mediados del primer año.
--Te invito a una cerveza
--No puedo—surge un susto instintivo en los ojos.
--¿Por qué?
--Estoy en los campos del hotel.
--¡Pero andas libre hoy, suelto!
--No tan libre, tengo que vender las entradas.
--A ver, una.
--¿Cómo dijo que se llamaba?—esconde un gesto de duda entre cejas, como buscando exprimir una certeza.
--Galo.
--No. Vicente—Declara firme y muy cierto del encuentro en la memoria--. ¡Gracias, Vicente!
--Nos vemos el viernes--. Levanto el boleto (un rectangular recorte de papel inscrito a máquina) en gesto de despedida y augurios de volvernos a ver.
--No podré, trabajo en la cocina esa noche, hasta las doce. Pero me verá de nuevo como es costumbre por aquí…
Se aleja. Su presencia se vuelve cada vez más distante. Desaparece por la Calle Caribe que de inmediato me ofrece la memoria otro nombre, otro personaje—Mississippi--el fotógrafo, cuyo estudio digital está a media cuadra de la playa en ese callejón de tiendas turísticas rentadas a particulares por el hotel.
En las paredes del “estudio” penden cuadros de retratos y tomas de diez mil lindos rostros y flamantes conquistas. Además consta un muestrario de los paisajes de la zona, entre ellos del Peñón. Cada vez que fijo la mirada en la peña tal de la orilla, majestuosa, olvidada y tejida de selva, me lleva a mi propio paisaje de mar andino de Súa y Atacames y de manera más abstracta al silencioso peñón de Machapichu.
¿Por qué será que surge la tierra de uno al paso cuando más lejos se está de ella y pareciera que más contento se sintiera en la distancia. Y es más acentuada la dolencia de la ausencia de esa tierra originaria cuando se han de acabar las vacaciones y no se ha de volver a ella sino a otra frágil y precaria, la adoptada por el trabajo.
Me confirma esto la noción de que la distancia, la ausencia, el desplazamiento, y la comparación instantánea (instintiva) que uno vive y se formula da pie a la escritura.
Vicente Cabrera Funes
05 Jun 2008
Tres libros
Traje conmigo tres libros. Uno de Capote, otro de Vila-Matas y el tercero de Jean Sasson titulada Sultana. Se supone que en este libro le deja a hablar a una mujer de la nobleza saudí, que exponga a su modo y tempo todas sus frustraciones como mujer y esposa, aunque claro me parece que quien más habla es la misma Jean Sasson. Con lo cual me parece acertar. Se trata de una forma de novela bajo la indumentaria de Confesión. Me recuerda lo que hicieron con las historias de Rigoberta Menchu, por lo cual y otras labores suyas le otorgaron el Nobel de la Paz. Y me recuerda también algo de Paniatowska.
No puedo avanzar de una sola con la narración árabe, fatiga. Paso a la historia de Capote. Es la tercera vez que vuelvo a su libro, esta vez completamente en inglés, para saborear los detalles que sabe entregar de cada uno de los personajes en la gran novela suya, In Cold Blood. Digo novela y muy a propósito, porque eso es, aunque (y por eso mismo) la envolviera en su reportaje que constituye una de las maravillas de la novela de Estados Unidos del siglo XX. De este reportaje es medular el detalle, la paciencia y disciplina con que teje el narrador la atmósfera, los rumores, las manías, el lenguaje peculiar de la región, y de cada quien, y el sabor y el color, y los gustos y las diez mil aristas del mood y modos de ver y de callar y de no decir más. No la puedo (ni quiero) leer de una sola, hay que saborear el detalle de ese exuberante reportaje, de ese complicado y supuesto periodismo, que es el tributo al absoluto deleite de la escritura. No sé-- o mejor sí lo sé-- cómo este autor, después de tan laboriosa y exhaustiva obra, quedó a ser el bufón prisionero de los círculos y cenáculos de Nueva York y California. Hasta la muerte.
El Doctor Pasavento es el tercer libro. Al cual por igual hay que leerlo de modo pausado, es el que menos me agrada, será que leí de su autor algo mucho más contundente y atenazador como el inolvidable Viaje Vertical.
Vila- Matas y Capote vinieron desde Minnesota. El de Sasson lo encontré en el aeropuerto de Miami, haciendo escala.
31 May 2008
Agua de coco
Agua de coco
Viene Victorino con el pretexto de armar conversa a vender agua de coco. Cuenta que vive en un país donde los turistas reinan. Y no hay más industria que la del turismo, lo que quiere decir ser sirviente del extranjero, porque los dueños de los hoteles que cunden en las orillas de este país son de origen o americano o europeo. El dominicano de plata invierte fuera. Y la gran masa o se va en busca de trabajo al exterior o se queda a hacerle el manicure y la cama al turista...
Victorino recoge desperdicios que dejan los extranjeros entre las tumbonas y los bronceadores de este hotel de cadena española. No hay para qué nombrarlo.
--Y usted se dará cuenta que es de españoles porque son ahorrativos y coños, si usted va a la región de Punta Cana verá que los hoteles son de los gringos.
-¿Y cómo he de saber que es de una u otra nacionalidad?
- Se dará cuenta que es de españoles porque hay tantas cosas que no funcionan en el cuarto, en el lobby o en los predios.
Hago cuenta de inmediato los comentarios suyos con las fallas que anoté para entregar en recepción. En la lista constan que el agua del inodoro no se lleva lo que debe llevarse, que se empoza y amenaza con inundar; el televisor no suena en ciertos canales, los mismos que en el cuarto vecino suenan de maravilla; el aire acondicionado deja de enfriar a inciertas horas de la mañana, o al menos es lo que pude experimentar, como si supieran que es la hora que lo requiero para hacer mis tareas de anotaciones de los días que transcurren en este “paraíso ajeno”, como lo califica Victorino que muestra una sonrisa irónica y una desalagada disposición a seguir luchando esta vida encerrada de sus playas, que no son suyas sino de todos, menos del dominicano; ah y algo más : El servicio de satélite se va por una noche entera…
-- ¿Y quién quiere satélite si la noche se hizo para el casino o la discoteca-- dice el James raspándose la cabeza enteramente rasurada, muy ágil detrás del mostrador, ensayando un tono amanerado entre serio y burlón. El mismo que lo utilizó para entregar la llave a una voluptuosa y coqueta muchacha de Wisconsin
--¿Qué más?—sigue Victorino.
--¿Que más no funciona?
--Sí.
--Que te abastecen el mini bar pasando un día, no obstante de ofrecértelo lo contrario, a diario.
--¿Me va a comprar el agua de coco?—se pone de pie Victorino mostrando su talla elevada de beisbolista que hubiera querido salir como tal a hacer su sueño.
--Y si te pillan.
--Hágame el gasto—aplica un tono no sé si calculadamente suplicante.
-- Bueno. Gracias.
Vicente Cabrera Funes.
07 May 2008
Los presidentes Clinton en la Historia
¿Es que quiere Bill que Hillary sea presidenta o es que se hace como si lo quisiera? Sabe y entiende que la Historia, si llega el caso, ha de tener que comparar sus presidencias. El Bill que todos conocemos o nos han hecho y se ha dejado hacer conocer no va a querer esa jugada, de que esa juiciosa Historia dictamine que la consorte supo hacer más y mejor que él, de que ella con más sabiduría, dedicación, disciplina y mira avizora dio con la clave del mando y su éxito que excede al suyo. De no apoyarla y mostrar de pleno ese apoyo-- aunque en su corazoncito reinara lo contrario,--arruinaría su imagen. Y una arruinada imagen no iría muy bien con la tarifa de sus conferencias que se han vuelto y seguirán de moda. Así es que Bill ha de seguir hasta el final con la máscara puesta, con el gesto honorable del buen marido y admirador de la insistente y terca candidata. Y lo que es más sabe que su presidencia de ocho años no va bien en la mente del electorado con la de otro Clinton y sus ocho más...
--...si no mira la prolongada saga de los Bush a dónde nos han llevado--dice mi vecina Teresa White, de apenas veinte y dos y con tarjeta electoral, lista para Obama.
Sobre este blog
El cuaderno rojo
cabreravSoy ecuatoriano. Enseño Ensayo, Ficcion y Cine Hispano en la U de Minnesota, Morris. Además de ensayos sobre literatura y cultura, recogidos en varios volumenes, cuento con cuatro novelas publicadas por Libresa: El Hortelano de Ulba, La sombra del espía, Los malditos amantes de Carolina y La noche del té y el gabán.
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- Los presidentes Clinton en la Historia 2 comentarios Anónimo Raúl Cabrera
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