10 Nov 2007
Una historia de navidad (a la japonesa)
…Tú que estás lejos de tus amigos, de tu tierra y de tu hogar…Diciembre 25, 1:57 p.m.: la modorra post-almuerzo, la aguja del reloj que no se mueve, afuera cielo gris, lluvia gruesa y viento recio, el monocorde sonido de las máquinas a todo dar, las idas y venidas del jefe, el frío que se cuela por las mangas del uniforme, qué lata, mi cabeza al otro lado del océano y unas incontenibles ganas de orinar y de llorar… la cena está a punto: ruido de cubiertos y platos en la cocina, en la mesa el pavo recién horneado, los tamalitos, la abundante guarnición, el puré de manzana, bebidas gaseosas de todos los colores, el champán —de fantasía nomás—, el humeante chocolate, el omnipresente panetón —¡cuánta pasa, cuánta fruta, qué delicia! —, ya pronto llega la hora…
…Tú que esta noche no puedes dejar de recordar…1:58 p.m.: mis papás, mis hijos, mis hermanos, mis abuelos, mis tíos, mis sobrinos, mis cuñados, mis compadres, mis ahijados, mis ex-enamorados, mi perrita, mis canarios, mi tortuga, mi estampita de San Judas Tadeo, mi velita misionera, mi trusa amarilla, los vecinos, los caseros del mercado, mis compañeras del colegio, mis recuerdos y mi vida entera, todos allá y yo aquí, ¡por dios!…. los niños corren alrededor del Nacimiento, alguien jala el rabo a la perrita, los Toribianitos y sus empalagosos villancicos —sopa le dieron al niño, no se la quiso comer y como estaba tan dulce, etc.— adormecen al abuelo que se pone a roncar mientras que los adultos aderezan la noche con una botella de pisco a la espera de la nochebuena…
…Tú que recuerdas quizá a tu madre o a un hijo que no está…1:59 p.m.: miradas que se clavan en el inmenso reloj cuyas agujas negras parecen arañar los minutos que se escurren como agua, las máquinas se detienen una a una, las luces color de ámbar se encienden, pero nadie se mueve, nadie respira, alguien abre la puerta y una bocanada de viento helado renueva el aire viciado del ambiente, me despojo de los guantes de plástico, me tiemblan las manos y piernas y me acicalo como puedo el uniforme, las chicas hacen lo mismo, sólo estamos nosotras, nadie más, como una familia, sí, como una familia…las luces de colores le dan alegría a esta noche aún joven y bulliciosa, en la ciudad donde nadie duerme o donde nadie quiere dormir, el abuelo se despierta sobresaltado y los otros apuran sus copas, los niños se calman, todos con sus mejores galas y sus mejores sonrisas aguardan las doce de la noche, los mayores esperan la cena y los menores abrir los regalos que trajo Papá Noel, comienza la cuenta regresiva, ya llega la noche buena…
…No vayas sólo por esas calles queriéndote aturdir…2:00 p.m.: cuando por fin el reloj nos recuerda la hora señalada, tenues siluetas se mueven en pasos menudos que cortan la distancia, nos acercamos, nos abrazamos y lloramos quedamente en medio de las máquinas desamparadas, se me corre el maquillaje —me doy cuenta que no soy la única—, la calidez de los abrazos y las caricias atemperan la tarde gélida de invierno boreal, y estamos tan lejos, tan lejos…es medianoche ya, estalla el júbilo, fuegos artificiales y cohetecillos, un acre olor a pólvora penetra por las ventanas abiertas, abrazos van y vienen, parabienes y salutaciones se suceden de boca en boca, es hora de la cena de navidad…
…Por eso y muchas cosas más ven a mi casa esta navidad… 2:01 p.m.: las máquinas vuelven a operar, todo vuelve a la normalidad, no fue más que un paréntesis en medio de la jornada rutinaria, me enjugo una lágrima, se acerca el jefe a ver la producción del día, “meri kurisumas” le digo, me mira con los ojos desorbitados y se va meneando la cabeza… alguien menciona el nombre de la persona ausente, la hija querida, la nieta predilecta, la mamá perfecta, la tía cómplice, la buena amiga, y todos se miran, con los ojos húmedos y un nudo en la garganta, levantan sus copas y brindan en su honor —salud—, uno de los pequeños pregunta ¿está Japón muy lejos?
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