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22
Feb 2009

LA CRISIS

Escrito por: carmen-palmierisarg el 22 Feb 2009 - URL Permanente

Hace unos días leí una nota en uno de nuestros diarios en la que mencionaban algunos cambios a los que ha tenido que adaptarse la sociedad gringa ahora que la crisis está apretando. Pérdida de empleos (para mí, lo peor que nos puede suceder después de perder a un ser amado), disminución del poder adquisitivo, pérdida de casas y autos, todo aquello que implica disminución del nivel de vida y aumento de las ansiedades, angustias y depresiones.

Ello me llevó al pasado, a una época que vivimos hace ya más de veinticinco años, en la que la falta de trabajo limitó mi propia vida y tuve que dedicarme a vivir en casa, desarrollando sólo las tareas domésticas, además de la siempre grata de cuidar a mi hija, en ese entonces de tres o cuatro años. Compartíamos la vida con nuestro amado tío Paco, quien acababa de sufrir una separación importante y decidió quedarse en esta ciudad, con nosotras.

Nuestro exiguo presupuesto se limitó, entonces, a lo básico y absolutamente necesario. Salvo por el pago del kinder a donde mi hija asistía, no teníamos ningún gasto mayor. Y después del periodo de adaptación, empecé a disfrutar de esa vida sencilla y natural.

La casa que habitábamos tenía un hermoso patio trasero y en él habían árboles y rosales que hacían nuestra vida placentera. El padre de mi hija consiguió una tabla que ató a una rama fuerte con gruesos lazos y la niña se volvió loca de alegría con su propio columpio al que corría constantemente cuando estaba en casa. Teníamos duraznos y nísperos (de los nuestros, chapines) y una hermosa mata de frambuesas. Ya que el patio era grande y no todo estaba ocupado ni jardinizado, hicimos tablones de zanahorias, rábanos, cebollas, pimientos y hierbas aromáticas, que utilizábamos en nuestra alimentación diaria. Era sumamente agradable salir al patio y volver a la cocina con aquellos verdes, rojos y naranjas frescos entre las manos.

Ya que nuestra posibilidad de gastos era poca en cuanto a salir a divertirnos a la ciudad (vivíamos en un municipio vecino), nuestras tardes de fin de semana las pasábamos caminando hacia un campo baldío cercano a casa, por donde atravesábamos hasta una abarrotería. Allí comprábamos algún helado, un litro de Coca-Cola, pan dulce y alguna otra cosita más, para volver conversando los tres adultos, mientras la niña corría contenta en nuestra compañía.

Ahora, a la distancia, puedo revivir ese tiempo tan lleno de afecto, sana compañía, dulce amor, frescas conversaciones y conciencia plena de lo que el exceso de plata hace con nuestras vidas. En cuanto recibimos más de lo que necesitamos, cada cual asume sus propios gustos -ya no conjuntos- y actividades y ese compacto grupo que nace de la necesidad de compartir tiempo, espacio y recursos, se disuelve.

La crisis nos alcanzará en algún momento, es verdad. Y probablemente tengamos que acudir unos a otros, ajustar nuestros presupuestos, adaptar nuestra vida a algunos recortes, cambiar de actividades, compartir espacios y, quizás, volver a vivir con los que ahora ya viven aparte.

Las cosas serán fáciles o difíciles de llevar, todo dependerá de nuestra actitud para salir adelante. Y el amor es el ingrediente que obra maravillas.

01
Ene 2009

ANTE EL NUEVO AÑO

Escrito por: carmen-palmierisarg el 01 Ene 2009 - URL Permanente

Llegó el fin del año. Y en nuestra manera "aérea" de ver y sentir la vida -volando siempre entre la realidad y los sueños, sin poner los pies en la tierra- con este último día de 2008 quisiéramos que se fueran los miedos, dolores, conflictos, tristezas, penas y todo lo que nos hizo pasar momentos difíciles en él. Pero no es así. La noche de fin de año o el primer día de Año Nuevo, no son otra cosa que el cambio de calendario. El final de una medida de tiempo y el inicio de otra. Únicamente eso.

Todo lo que "el año nos dejó" no ha sido más que el resultado de nuestras propias decisiones o el producto de circunstancias externas que nos afectaron directa o indirectamente. Cuando las cosas nos salieron bien porque hicimos las escogencias adecuadas, tuvimos felicidad y bienestar. Si no fueron las correctas, probable es que la reacciones a nuestras acciones nos dejaron mal sabor de boca en el alma, problemas difíciles de resolver o nos enredarámos en dificultades que nos amargaron el momento.

No podemos dar lo que no tenemos. Y buscar afuera de nosotros mismos lo que debiera brotar desde el fondo de nuestra alma, generalmente no funciona.

Sin paz interior, no podemos tener nada. No funcionarán nuestras relaciones familiares, nuestra pareja nos dejará -si la tenemos- o nadie soportará nuestro mal humor. Nuestros amigos huirán al vernos venir y nadie responderá el teléfono cuando vean nuestro número aparecer en sus pantallas. Tal vez nuestros compañeros de trabajo nos toleren, pero llegará el momento en que si deben elegir entre otra persona o yo -ser complicado- para dar un boleto sin regreso, me lo den a mí.

Sin embargo, sin esa tremenda fe en que los días sin estrenar traerán novedades beneficiosas para nosotros, tal vez no tendríamos la fuerza para reemprender el camino. Sin la ilusión de encontrar ánimos nuevos para enfrentar nuestros cambios, no podríamos hacerlo. Si no hiciéramos nuestra lista de propósitos para poner en práctica en el nuevo año, quizás nos vedaríamos la oportunidad de cambiar y, con ese cambio, por pequeño e insignificante que nos parezca, renacer con sueños y anhelos la primera mañana del Año Nuevo.

La vida que vivimos, la que nos fue otorgada en el momento de nacer -con su cargamento de oportunidades- es una sola y vale la pena vivirla. No lloremos sobre leche derramada, recordando una y otra vez los momentos tristes de un adiós; mejor recordemos todo lo anterior a ese momento, lo que nos hizo vibrar de felicidad, de amor, de entusiasmo. Revivamos los primeros pasos de nuestros hijos en lugar de llorar por lo que los llevaron lejos de casa; o recordemos el primer beso que dimos a esa pareja que ahora no lo es más, a pesar de que ya nuestro amor no existe; redescubramos el optimismo del primer día de trabajo para enfrentar los retos diarios; sintamos otra vez el cielo azul y el sol cálido sobre nuestro rostro como al abrir la ventana de nuestra habitación cuando termina el invierno y volvamos a sentirnos vivos. Cerremos los ojos y recostemos nuestras cabezas en el regazo de nuestra madre o en los brazos de nuestro padre, como cuando éramos chicos y llegábamos allí para refugiarnos o para, simplemente, sentirnos amados, en lugar de autocompadecernos por no tenerlos más.

No nos dejemos abatir por nada. La mala suerte no existe, tampoco la buena. Todo es producto de nuestro empeño, de nuestro esfuerzo, de nuestros deseos de ser mejores, de brindarle a los que amamos la mejor vida que podamos conseguir para ellos, de nuestra actitud y manera de vivir la vida.

Seamos felices desde adentro, con el amor y la entrega, con la generosidad y la motivación que sólo podemos encontrar en nuestro interior, pues si el sentimiento profundo por nuestros eres amados no es suficiente motivo para esforzarnos y luchar por nuestra felicidad, nada podrá serlo.

Que tengan un año lleno de momentos para compartir, de risas y lágrimas de felicidad, de bellos recuerdos y maravillosos sueños. Que 2009 sea la puerta a la realización de sus anhelos y metas. Y que, ojalá, podamos hacer acción el verbo soñar.

25
Dic 2008

LOS AROMAS NAVIDEÑOS

Escrito por: carmen-palmierisarg el 25 Dic 2008 - URL Permanente

Los recuerdos vienen mejor, se hacen más profundos y vívidos si son acompañados por un aroma. Entonces se concretan, se hacen verdad, se materializan en toda su magnitud, reviviéndose plenamente, casi haciéndose realidad.

La temporada prenavideña es rica en recordaciones. Desde que diciembre toca a la puerta y comemos los buñuelos para la tarde del 7, cuando quemamos al Diablo guardado en nuestras casas y almas, las imágenes de años pasados llegan galopando a través de las pupilas del alma. Los días azules y brillantes con el viento frío de las tardes o las bajas temperaturas de las madrugadas que nos pone la piel de gallina nuevamente, pero que se transforma en calidez al medio día. Las caminatas detrás de San José y la Virgen buscando abrigo, de casa en casa, para las posadas, acompasados por los pitos y las tortugas. O el estruendo de las "ametralladoras" quemadas una tras otra a las 12:00 de la noche, en un atronador preámbulo a los abrazos entretejidos en sonrisas y lágrimas de esperanza o nostalgia. Pero los aromas, los aromas...

¿Qué guatemalteco puede pensar en una Nochebuena sin el olor del pino regado en el piso? ¿O los hilos de manzanillas rodeando el pie del árbol de Navidad? ¿Qué tal el intenso aroma del pinabete, único en el mundo, que satura el ambiente y que se siente nuevo cada mañana, cuando nos levantamos de dormir? Ni hablar del olor de las hojas guardando el tamal, con el sibaque atándolos con delicada firmeza; o el humeante ponche de frutas y canela, tomado con avidez para que el frío abandone nuestro cuerpo. O el húmedo olor del musgo, acompañando al aserrín de colores que sirve de decoración de nuestros nacimientos, tan vistosos y cálidos.

Cada ser humano guarda en su corazón la Nochebuena más querida. Cada uno de nosotros tiene atesorada su Navidad preferida. Pero en todas, seguramente, está la imagen de nuestra amada familia, la de los que real y profundamente amamos. De los que nos enseñaron a amar nuestras tradiciones y costumbres, con su ejemplo y su amor.

Por los que ya no están con nosotros, los ausentes más amados, brindemos esta noche en compañía de los que todavía están. Compartamos nuestra mesa con alegría, agradezcamos el mejor de los regalos, la vida. Y abracemos y besemos a los que amamos en una celebración maravillosa por el Amor. Seamos creyentes o no, esta temporada es acerca de esto. Y la felicidad de vivirla sin cortapisas no tiene comparación.

¡Feliz Navidad a todos!

20
Oct 2008

DESDE ESTE LADO...

Escrito por: carmen-palmierisarg el 20 Oct 2008 - URL Permanente

El amor, el que es auténtico, profundo, desinteresado, cristalino y honesto, cambia nuestras vidas. Nada más hermoso -divino- que el amor recíproco, el que nos transforma, afina nuestros sentidos, nos hace estar conectados mentalmente y sentir y soñar al unísono.

Y aunque no compartamos muchos -o pocos- conceptos que la persona amada posee, eso no disminuye nuestro sentir, no nos hace no amarla, sino que abre las opciones de pensamiento en nuestra mente y aprendemos, crecemos y podemos tomar decisiones sencillas o complicadas, con un más amplio criterio.

No es fácil encontrar un alma gemela. Pero llega el momento. A veces, cuando venimos al mundo, esa alma ya está acá, esperándonos. Y nos recibe gozosa, nos toma bajo su tutela, nos cuida, guía y enseña para que, al llegar a nuestra adultez, la sintonía sea perfecta.

Se comparte el camino, se escucha con atención y se aprende. Luego, ya iniciados, podemos conversar, reír, llorar, analizar juntos. Vivir la vida en la misma onda, aunque no se comparta el espacio.

Él llegó a mi vida... o más bien, yo llegué a la suya hace mi edad. Así que está presente en prácticamente todos mis recuerdos y sí, todos son agradables. He tratado de recordar algún momento grotesco, alguna mala actitud, quizás un momento violento o amargo provocado por él, pero no, no los tengo. Está ligada su figura fuerte a mis recuerdos infantiles más felices, tal vez porque como no era responsable de mi educación, siempre entregó alegría, diversión y bienestar. Sus manos finas, elegantes y delicadas, supieron tomar las mías de la manera correcta, dependiendo de las circunstancias.

Más adelante, con la adolescencia y juventud, los consejos aparecieron. Pero no los daba con vanidad o arrogancia, sino era como estar escuchando un cuento, una historia interesante, no dados desde la altura de la edad o la jerarquía, sino como amigo y compañero.

Después, fueron las confidencias. Fuimos compinches de algunas experiencias tanto suyas como mías. Y de cada aventura, quedaba el aprendizaje. Y volvían a aparecer las sugerencias y consejos. Para superar lo que no había sido bueno, me daba su visión -desde su género y su edad- y las cosas mejoraban.

Compartíamos la vida, con sus colores fuertes y brillantes, pero también estuvimos juntos para las pérdidas, las más desgarradoras para él y para mí. Y una mirada bastaba, con los años transcurridos, para recordar ambos el dolor de aquellos momentos. Era un eslabón más fuerte que la consanguinidad.

Amó y conoció a mi hija y asumió el papel de abuelo -sin serlo de ella- y lo desempeñó a la perfección. Disfrutaba cada momento en compañía de la niña y cuando yo volvía del trabajo, los encontraba juntos, él en su sillón y ella en su pequeña silla, cada cual con un libro en las manos. Aquellos tiempos fueron pobres en economía pero millonarios en vivencias felices. Y él siempre los tuvo presentes porque formaron un nexo todavía más fuerte entre los dos.

Con el tiempo volvió al interior y se quedó allí, sumergiéndose en la existencia cálida y simpática de aquella ciudad del sur, que le regalaba diariamente tantos momentos intensos e interesantes. Pudo dar rienda suelta a su amor por la marimba, los libros, la historia del país y su gente. La comunidad en la que vivía lo reconoce como un ser extraordinario, su sabiduría y conocimientos no tuvieron, antes o ahora, comparación.

Pero todo llega al final y su vida, también. Se fue extinguiendo, paulatinamente. Toda la energía que siempre lo hizo ser un hombre activo, dinámico, inquieto y libre, se apagó como una vela que se consume. Sin embargo, la alegría que siempre regaló, lo acompañó hasta en los momentos en que su salud ya estaba socavada y en peligro.

Finalmente, llegó el momento. No estuve presente, no pude llegar a tiempo. Mi cerebro y mi corazón atravesaron juntos el camino de la desolación por la pérdida física y mientras uno reincidía en querer romperse de dolor, el otro tomaba las riendas de la razón para hacerme ver que ahora, después del sufrimiento, él está como nunca.

Y acá, desde este lado del dolor, mi corazón continúa amándolo profunda y cristalinamente, sin dobleces, sin angustias, sin resentimientos ni malos recuerdos. Estoy agradecida por haber contado con su amor de padre -que asumió al adelantársele el mío, hace veinte años-, con su presencia de amigo leal y absoluto, de interesante compañero en este viaje, de sabio e instruido maestro y, lo más importante, de fuente inagotable de felicidad y energía positiva, de esa que se te antoja tener hasta el día en que tú misma iniciarás el retorno a casa.

En donde, espero, nos encontraremos.

27
Sep 2008

LA ENTRETENCIÓN PERFECTA

Escrito por: carmen-palmierisarg el 27 Sep 2008 - URL Permanente

Recuerdo estar acostada en mi cama, con mis hermanas en la misma situación. Las cuatro, simultáneamente, estábamos enfermas de varicela y el calorcito de la siesta ayudaba a adormecernos mientras los minutos pasaban lentamente, como suelen pasar en la niñez. Despacio y pesadamente. Pero en cuanto refrescaba, acercándose la tarde, el sueño desaparecía y los deseos de encontrar entretención se hacían evidentes.


En casa existía sólo una televisión y estaba en la sala. En el enorme dormitorio en donde nosotras estábamos, el sueño debía llegarnos tempranero y natural: normalmente, papá nos enviaba a la cama a las siete de la tarde y no había manera de evitarlo. Ahora que estábamos enfermas, teníamos que encontrar en qué entretener nuestras horas de reposo previo a más sueño.


Entonces, ¡aparecía la idea favorita! "¡Mami, mami, bajá la caja!" Mi madre se hacía un poco de rogar, pero terminaba cediendo. Y allá venía ella con la enorme caja de cartón, que bajaba de arriba del armario y que sabía que le iba a representar largas horas de preguntas y respuestas. La caja, la famosa caja, contenía el mayor entretenimiento de todos, aquello que nos mantenía ocupadas por horas y que hacía que nuestra imaginación volara o nuestros tiernos y pocos recuerdos, volvieran a nuestros ojos convertidos en figuras: fotografías.


El encanto que esa caja tenía sobre mi mente infantil quedó grabado para siempre. Todavía recuerdo mi excitación cuando la caja se posaba sobre la cama y mi hermana Sandra se sentaba frente a mí, mientras mamá levantaba las tapas de cartón para que mis ojos, muy ansiosos, se posaran sobre los cientos de fotos en blanco y negro, casi todas, en todos los tamaños que podía imaginar.


Por nuestras manos pasaban los pequeños cintillos con la serie de fotografías que entregaban las reveladoras -del cual, tengo que reconocer, desconozco el nombre- para que se eligieran las que se querían ampliar. Elegir a través de los negativos no era muy fácil... ni divertido. También las de estudio, algunas apenas coloreadas tenuemente, en donde nos veíamos a nosotras mismas siendo bebés o a nuestros familiares cercanos más queridos en trajes de domingo.


Las favoritas eran las de la boda de nuestros padres, aquellas enormes y brillantes, guardadas en un álbum blanco con letras doradas que todavía conservo en el mueble que sirve para atesorar los miles de imágenes, ahora casi todas a colores vivos y radiantes, revueltas con algunas de aquellas viejas y queridas.


En ese repaso que se repitió durante años, a través de muchas tardes de guardar reposo por enfermedad -era la única ocasión en que mamá nos permitía tal gusto- de cualquiera de nosotras cuatro, pasando por gripes, dolencias infantiles o cualquiera otra que nos llevó a la cama, llegamos a conocer todas y cada una de aquellas fotos, casi de memoria. De tal manera que, en no pocas ocasiones, al encontrar a algún familiar que nunca antes había conocido en persona, sabía muy bien de quién se trataba pues su imagen ya estaba grabada en mis pupilas.


Mamá tenía la enorme paciencia de compartir con nosotras las historias que salían de cada imagen y el relato se convertía entonces en casi una película que nuestras imaginaciones hacían correr con los intérpretes que ya conocíamos muy bien. También las anécdotas, tantas veces repetidas, se fueron haciendo conocidas y de esa cuenta es que también algunas frases que surgieron de ellas ahora quedaron como lugar común entre nosotras.


Nada me causa tanto gusto como ver fotografías. Las viejas y bellísimas que guardamos con amor; las de nuestros antepasados, a los que probablemente no conocimos, en aquellos grupos poco naturales pero llenos de elegancia, con sus mejores galas y los semblantes casi perfectos; aquellas de nuestros hijos, pequeñas personas, en el primer escalón del largo proceso de aprendizaje, quizás dando el primer paso o sonriendo a la cámara con encantadora pose. También las de los que ya no están, los ausentes amados, que a veces preferimos mantener guardadas para evitar los recuerdos dolorosos, pero que cuando nos llenamos de fortaleza y valentía sacamos con casi adoración y, quizás, sólo quizás, nos las llevemos a los labios para depositar un beso leve, casi al pasar. Y también me gusta ver las fotos de viajes, de lugares desconocidos, de otras personas, las novedosas, las que me harán soñar o desear ir allí, a esos parajes nuevos. O las que surgen de alguna celebración, reuniones de amigos o familiares, en las que la alegría es evidente.


Ahora, con la maravillosa tecnología, esas fotografías que corren el riesgo de desaparecer por el paso del tiempo y el roce de nuestros dedos ansiosos, pueden ser digitalizas para ser guardadas y enviadas a la posteridad. Pero no tienen el encanto que tenían aquellas "fotos de la caja", que me dieron tantas tardes de paz, entretenimiento y conocimiento de mis raíces. Aquellas fotografías que ahora están repartidas entre la familia, pero que son una prueba del lazo invisible que nos une.

15
Sep 2008

LA TRIBU

Escrito por: carmen-palmierisarg el 15 Sep 2008 - URL Permanente

El tiempo, marcado por calendarios, fechas, horas, nos va dejando nada más un cúmulo de imágenes en el cerebro que provocan diferentes emociones, amén de los cambios en nuestro cuerpo, queramos o no.

Vernos al espejo significará realizar que la tonicidad de nuestros músculos, esa de cuando teníamos veinte años, no existe más. O que nuestro cabello, otrora abundante y colorido, ahora está plateándose o desapareciendo. Que, tal vez, las líneas de expresión -que no son otra cosa que arrugas- ahora permanezcan en nuestro rostro después de tantos años de aparecer y desaparecer a voluntad. El tiempo pasa, dicen y a veces lo hace encima de nosotros...

Saludable manera la de enfrentar los años con humor, pues de lo contrario tardaríamos poco tiempo en encontrar a la más arrasadora de las depresiones que, probablemente, sí terminaría con lo que nos va quedando.

Mirar hacia atrás, en esas imágenes perfectamente archivadas en nuestro cerebro, trae consigo, decía, emociones. Busco y hallo aquel encuentro familiar de hace veintiocho años, cuando la generación de mis padres tenía menos años de los que yo tengo ahora y nuestros hijos eran apenas bebés o todavía no habían nacido; y claro, no puedo menos que comparar aquellos recuerdos con la realidad actual, cuando la alegría pujante de los jóvenes nos permitió repetir la hazaña hace unas semanas, aunque no lograrámos superar en número a aquella de 1980. Claro, es que de la generación anterior, prácticamente se han ido todos (quedan sólo tres) y nosotros, hijos en aquel entonces, padres y abuelos en este hoy, no fuimos tan prolíferos como nuestros progenitores. Y nuestros hijos, ya menos en cantidad, lo son menos que nosotros.

Lindo fue reconocer la misma sonrisa en muchos rostros, los ojos brillantes y vivaces en otros más, los perfiles, la manera de hablar y gesticular. Un sello genético impresionante que, nos guste o no, nos identifica y mantiene encadenados... por aquello de la cadena de ADN, digo.

Los padres nuestros, que son los que ya no están, que se fueron de muy variadas maneras, permanecen en nosotros, vivos y temperamentales como en sus mejores momentos. Los pasitos de la abuela, madre silenciosa y preocupada por contener los arrestos de sus hijos, de evitar que los ánimos se desbordaran en las conversaciones llenas de entusiasmo o apasionamiento, quedaron grabados también.

Las cosas que conocimos en esa casona antigua, como el largo corredor que llevaba al comedor, siempre con aroma a frutas frescas; o el inmenso jardín del frente, que recorríamos conversando y jugando durante la niñez; o las conversaciones entre primas, comparando experiencias y momentos difíciles de nuestra adolescencia, hacen juego con el recuerdo del frasco de las bolitas de miel o de los "café con leche" de la abuela, de los que nos era permitido tomar uno, "¡sólo uno!", tal vez pareciéndonos egoísta ese pedido, casi orden, pero que ahora identificamos como su deseo porque el frasco alcanzara para todos los nietos.

Cada uno de los que partió, en sus propias condiciones y circunstancias, fue el que hizo que nos reuniéramos para acompañar a los que todavía quedan, como también fueron los hechores de lo que hoy somos, en gran parte. Aquella manera adusta de ver la vida y de tratarnos de mi padre, que tanto reclamamos mis hermanas y yo durante los años jóvenes, ahora me parece que fue la piedra fundamental de nuestras vidas. Sin la disciplina y firmeza de esos años, no habríamos podido enfrentar el día a día; como tampoco habríamos podido hacerlo sin su infinito amor, su incondicional entrega y su maravillosa presencia, que nos hizo sentir, a pesar de las experiencias negativas, muy seguras y protegidas, afianzadas de su mano -esa mano que todas tenemos presente en nuestros recuerdos y sueños- y guiadas por la vida.

Mantener estrechos los lazos familiares, no es fácil. Porque a la familia la encontramos ya al nacer y es como una presencia impuesta, forzada. Tal vez, mientras crecemos, reconocemos en los demás los rasgos negativos que quisiéramos evitar tener; quizás porque ellos son como un espejo de nuestras propias imperfecciones; o, al ser adultos, porque nos enfrentan a los recuerdos de carencias o faltas, de las más variadas formas.

En todo caso, la familia, esa tribu a la que pertenecemos, es un vínculo fuerte. Y ha sido bueno tener contacto más allá del adiós y las lágrimas, para compartir la risa y mirar hacia el futuro.

26
Jul 2008

A TRAVÉS DEL TIEMPO

Escrito por: carmen-palmierisarg el 26 Jul 2008 - URL Permanente


Recuerdo claramente a Mita, mi bisabuela, con el rosario enredado entre las manos, sentada en su sillón, el bastón recostado a su lado, al alcance de la mano. La vista fija en la nada, la cabeza quieta y en los labios un movimiento imperceptible que evidenciaba que estaba rezando. En su dormitorio tenía estampitas de santos debajo de los vidrios de su mesa de noche o colocadas en la esquina de los marcos de fotografías o láminas; también una imagen de bulto de una virgen -no recuerdo cuál, tal vez Fátima- y cuadros de la Santísima Trinidad y Jesús en algunas de sus caracterizaciones. En un vaso de vidrio grueso color vino tinto, posado en una base de metal labrado y antiguo, una veladora que permanecía encendida de día y de noche. En un florero, rosas o jazmines cortadas en el jardín. Y el aroma característico de su habitación, entre flores y cera. Tal como si hubiera sido una iglesia. En las gavetas de su mesa de noche muchos misales, libros de rezos y novenas, uno de los cuales heredé y guardo como reliquia pues está empastado en cuero, muy vistoso, con letras y la orilla de sus páginas doradas.
Mita vivía con su hija Rosa, mi abuela. En el mismo sentido, mi abuela tenía presencias católicas por muchos lugares de su dormitorio. Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís en bulto, ambas imágenes de unos veinte centímetros de alto, nos miraban desde las repisas colocadas a un lado de su cama, sobre la pared. En su mesa de noche, debajo del vidrio, estampitas de Jesús niño en brazos de su madre. Sobre la cabecera de la cama, un enorme cuadro del Corazón de Jesús, con la mirada lánguida y triste, tocando las llamas que emanan desde su pecho, rodeando el corazón coronado por espinas. Además, debajo de este inmenso cuadro, colgada en la pared, había una pequeñísima pila para agua bendita, en madera, con la palabra "Credo" en letras de bronce. En la pared del lado derecho de su cama, un crucifijo de mármol blanco con un Cristo de plata, permanecía solitario y vigilante. Nunca la vi con un rosario en la mano, pero sí recuerdo que había uno enredado en la cabecera de su cama; era de pequeñas cuentas de madera y decía que se lo habían traído del Vaticano, por supuesto, con la bendición papal.
En la habitación de mis viejos no habían santos, crucifijos, medallas o cuadros. No que yo recuerde. Fotografías de sus padres, nada más. En su momento, mamá heredó de mi abuela el enorme cuadro del Corazón de Jesús y también algunas costumbres, como la veladora en el vaso de vidrio, que se enciende de vez en cuando, en fechas especiales. No hay en sus gavetas vestigios de religiosidad alguna. Y nunca la escucho rezar el rosario ni oraciones memorizadas, a menos que asista a alguna misa para celebrar algún acontecimiento especial. Ella conversa con Dios, dice. Le cuenta sus cosas y le pide ayuda, protección y guía.
A través del tiempo, las costumbres rígidas y religiosas de mi familia se fueron distendiendo. A pesar de habernos educado en colegios católicos -dos de ellos, de monjas- nuestra formación estuvo muy lejos de ser como la de mis antepasados. Practicábamos los sacramentos, participábamos en la misa, rezábamos... Pero conforme fuimos creciendo y aprendiendo la vida, los cambios fueron dándose paulatinamente. También tuvo que ver, estoy segura, la apertura de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Después de asistir a cientos de misas absolutamente ininteligibles, con un cura dándote la espalda y mascullando sólo él sabía qué, cada cual tratando de seguir el ritual desde su misal personal, llegó el cambio: el sacerdote de frente, mirándote, hablando en tu idioma mientras todos podíamos leer y seguir el tema del día, con poca o mucha atención, era lo de menos. Fue un cambio muy positivo.
Recuerdo claramente cuando dejé de rezar para orar. Para conversar con Dios, decían las monjas. Y, ciertamente, eso sentía. Pero yo quería saber más, ver más allá de donde me permitían curas y monjas. Indagué por otras religiones cristianas, en el gnosticismo y el hinduismo, al que llegué a través del saibabismo. Una visión absolutamente diferente de ver a dios en sus muchas caracterizaciones, de vivirlo y seguirlo, pero llegó el momento en que también pesó.
Finalmente, dejando de lado la religión -cualquiera que sea- y continuando con la relación, me siento mucho mejor. No creo en los dioses que inventaron judíos, indios, gringos, mayas... Creo en un Orden Superior, en una ley que nos toca a todos, aunque no lo veamos. Creo en que cualquier acción tiene una reacción y que ella regresa al que la provocó; no para que el resto del mundo lo sepa, se entere y se alegre con o contra el afectado, sino únicamente para que lo sepa y sienta éste. Y muchas veces, por supuesto, no nos enteraremos si pasó o no.
Creo que soy más que un trasto. Creo que soy un vehículo, un medio. Y a través mío, una fuerza más allá de mi contorno relleno de carne y huesos, sangre y grasa, cabellos y uñas, se hace evidente día a día, como lo hace en el resto de seres vivientes.
Una maravillosa energía que nos hace amar, no sólo por instinto, sino elevadamente. ¿Que hemos evolucionado? Es verdad, pero podríamos haberlo hecho sin el hálito de divinidad que todos llevamos dentro. El que nos lleva a experimentar la fastuosidad y grandeza de Alguien que, en algún momento, por ejemplo, nos salva la vida sin que sepamos cómo, nada más que siendo testigos y actores de hechos irrepetibles y asombrosos que no atinamos a comprender porque están más allá de toda lógica.
Ciertamente, tenemos necesidad de sentirnos apoyados, protegidos y cuidados por Algo. Y por eso, dicen los científicos, queremos creer en dios. Pero, me pregunto, ¿por qué íbamos a sentir necesidad de algo que no existe, que no conocíamos? ¿Por qué los humanos íbamos a necesitar creer en la nada, desde el principio de los siglos?
Yo creo. Y sé que habrá algo más allá, después de que esta máquina que se avejenta diariamente, deje de funcionar. Porque todo en mi vida me lo ha dicho, porque he experimentado momentos infinitamente insondables y maravillosos que me dicen que esto, material y tirable, no lo es todo. Concibo esta vida como una escuela, dura y difícil, pero bella y profunda, de la que saldremos graduados, sí o sí, en lo que cada uno haya decidido perfeccionarse.
Tal y como dice la última película de X Files: "Quiero Creer".

Carmen Palmieri Sarg

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