22
Feb
2009
LA CRISIS

01
Ene
2009
ANTE EL NUEVO AÑO

25
Dic
2008
LOS AROMAS NAVIDEÑOS
20
Oct
2008
DESDE ESTE LADO...

Y aunque no compartamos muchos -o pocos- conceptos que la persona amada posee, eso no disminuye nuestro sentir, no nos hace no amarla, sino que abre las opciones de pensamiento en nuestra mente y aprendemos, crecemos y podemos tomar decisiones sencillas o complicadas, con un más amplio criterio.
No es fácil encontrar un alma gemela. Pero llega el momento. A veces, cuando venimos al mundo, esa alma ya está acá, esperándonos. Y nos recibe gozosa, nos toma bajo su tutela, nos cuida, guía y enseña para que, al llegar a nuestra adultez, la sintonía sea perfecta.
Se comparte el camino, se escucha con atención y se aprende. Luego, ya iniciados, podemos conversar, reír, llorar, analizar juntos. Vivir la vida en la misma onda, aunque no se comparta el espacio.
Él llegó a mi vida... o más bien, yo llegué a la suya hace mi edad. Así que está presente en prácticamente todos mis recuerdos y sí, todos son agradables. He tratado de recordar algún momento grotesco, alguna mala actitud, quizás un momento violento o amargo provocado por él, pero no, no los tengo. Está ligada su figura fuerte a mis recuerdos infantiles más felices, tal vez porque como no era responsable de mi educación, siempre entregó alegría, diversión y bienestar. Sus manos finas, elegantes y delicadas, supieron tomar las mías de la manera correcta, dependiendo de las circunstancias.
Más adelante, con la adolescencia y juventud, los consejos aparecieron. Pero no los daba con vanidad o arrogancia, sino era como estar escuchando un cuento, una historia interesante, no dados desde la altura de la edad o la jerarquía, sino como amigo y compañero.
Después, fueron las confidencias. Fuimos compinches de algunas experiencias tanto suyas como mías. Y de cada aventura, quedaba el aprendizaje. Y volvían a aparecer las sugerencias y consejos. Para superar lo que no había sido bueno, me daba su visión -desde su género y su edad- y las cosas mejoraban.
Compartíamos la vida, con sus colores fuertes y brillantes, pero también estuvimos juntos para las pérdidas, las más desgarradoras para él y para mí. Y una mirada bastaba, con los años transcurridos, para recordar ambos el dolor de aquellos momentos. Era un eslabón más fuerte que la consanguinidad.
Amó y conoció a mi hija y asumió el papel de abuelo -sin serlo de ella- y lo desempeñó a la perfección. Disfrutaba cada momento en compañía de la niña y cuando yo volvía del trabajo, los encontraba juntos, él en su sillón y ella en su pequeña silla, cada cual con un libro en las manos. Aquellos tiempos fueron pobres en economía pero millonarios en vivencias felices. Y él siempre los tuvo presentes porque formaron un nexo todavía más fuerte entre los dos.
Con el tiempo volvió al interior y se quedó allí, sumergiéndose en la existencia cálida y simpática de aquella ciudad del sur, que le regalaba diariamente tantos momentos intensos e interesantes. Pudo dar rienda suelta a su amor por la marimba, los libros, la historia del país y su gente. La comunidad en la que vivía lo reconoce como un ser extraordinario, su sabiduría y conocimientos no tuvieron, antes o ahora, comparación.
Pero todo llega al final y su vida, también. Se fue extinguiendo, paulatinamente. Toda la energía que siempre lo hizo ser un hombre activo, dinámico, inquieto y libre, se apagó como una vela que se consume. Sin embargo, la alegría que siempre regaló, lo acompañó hasta en los momentos en que su salud ya estaba socavada y en peligro.
Finalmente, llegó el momento. No estuve presente, no pude llegar a tiempo. Mi cerebro y mi corazón atravesaron juntos el camino de la desolación por la pérdida física y mientras uno reincidía en querer romperse de dolor, el otro tomaba las riendas de la razón para hacerme ver que ahora, después del sufrimiento, él está como nunca.
Y acá, desde este lado del dolor, mi corazón continúa amándolo profunda y cristalinamente, sin dobleces, sin angustias, sin resentimientos ni malos recuerdos. Estoy agradecida por haber contado con su amor de padre -que asumió al adelantársele el mío, hace veinte años-, con su presencia de amigo leal y absoluto, de interesante compañero en este viaje, de sabio e instruido maestro y, lo más importante, de fuente inagotable de felicidad y energía positiva, de esa que se te antoja tener hasta el día en que tú misma iniciarás el retorno a casa.
En donde, espero, nos encontraremos.
27
Sep
2008
LA ENTRETENCIÓN PERFECTA

En casa existía sólo una televisión y estaba en la sala. En el enorme dormitorio en donde nosotras estábamos, el sueño debía llegarnos tempranero y natural: normalmente, papá nos enviaba a la cama a las siete de la tarde y no había manera de evitarlo. Ahora que estábamos enfermas, teníamos que encontrar en qué entretener nuestras horas de reposo previo a más sueño.
Entonces, ¡aparecía la idea favorita! "¡Mami, mami, bajá la caja!" Mi madre se hacía un poco de rogar, pero terminaba cediendo. Y allá venía ella con la enorme caja de cartón, que bajaba de arriba del armario y que sabía que le iba a representar largas horas de preguntas y respuestas. La caja, la famosa caja, contenía el mayor entretenimiento de todos, aquello que nos mantenía ocupadas por horas y que hacía que nuestra imaginación volara o nuestros tiernos y pocos recuerdos, volvieran a nuestros ojos convertidos en figuras: fotografías.
El encanto que esa caja tenía sobre mi mente infantil quedó grabado para siempre. Todavía recuerdo mi excitación cuando la caja se posaba sobre la cama y mi hermana Sandra se sentaba frente a mí, mientras mamá levantaba las tapas de cartón para que mis ojos, muy ansiosos, se posaran sobre los cientos de fotos en blanco y negro, casi todas, en todos los tamaños que podía imaginar.
Por nuestras manos pasaban los pequeños cintillos con la serie de fotografías que entregaban las reveladoras -del cual, tengo que reconocer, desconozco el nombre- para que se eligieran las que se querían ampliar. Elegir a través de los negativos no era muy fácil... ni divertido. También las de estudio, algunas apenas coloreadas tenuemente, en donde nos veíamos a nosotras mismas siendo bebés o a nuestros familiares cercanos más queridos en trajes de domingo.
Las favoritas eran las de la boda de nuestros padres, aquellas enormes y brillantes, guardadas en un álbum blanco con letras doradas que todavía conservo en el mueble que sirve para atesorar los miles de imágenes, ahora casi todas a colores vivos y radiantes, revueltas con algunas de aquellas viejas y queridas.
En ese repaso que se repitió durante años, a través de muchas tardes de guardar reposo por enfermedad -era la única ocasión en que mamá nos permitía tal gusto- de cualquiera de nosotras cuatro, pasando por gripes, dolencias infantiles o cualquiera otra que nos llevó a la cama, llegamos a conocer todas y cada una de aquellas fotos, casi de memoria. De tal manera que, en no pocas ocasiones, al encontrar a algún familiar que nunca antes había conocido en persona, sabía muy bien de quién se trataba pues su imagen ya estaba grabada en mis pupilas.
Mamá tenía la enorme paciencia de compartir con nosotras las historias que salían de cada imagen y el relato se convertía entonces en casi una película que nuestras imaginaciones hacían correr con los intérpretes que ya conocíamos muy bien. También las anécdotas, tantas veces repetidas, se fueron haciendo conocidas y de esa cuenta es que también algunas frases que surgieron de ellas ahora quedaron como lugar común entre nosotras.
Nada me causa tanto gusto como ver fotografías. Las viejas y bellísimas que guardamos con amor; las de nuestros antepasados, a los que probablemente no conocimos, en aquellos grupos poco naturales pero llenos de elegancia, con sus mejores galas y los semblantes casi perfectos; aquellas de nuestros hijos, pequeñas personas, en el primer escalón del largo proceso de aprendizaje, quizás dando el primer paso o sonriendo a la cámara con encantadora pose. También las de los que ya no están, los ausentes amados, que a veces preferimos mantener guardadas para evitar los recuerdos dolorosos, pero que cuando nos llenamos de fortaleza y valentía sacamos con casi adoración y, quizás, sólo quizás, nos las llevemos a los labios para depositar un beso leve, casi al pasar. Y también me gusta ver las fotos de viajes, de lugares desconocidos, de otras personas, las novedosas, las que me harán soñar o desear ir allí, a esos parajes nuevos. O las que surgen de alguna celebración, reuniones de amigos o familiares, en las que la alegría es evidente.
Ahora, con la maravillosa tecnología, esas fotografías que corren el riesgo de desaparecer por el paso del tiempo y el roce de nuestros dedos ansiosos, pueden ser digitalizas para ser guardadas y enviadas a la posteridad. Pero no tienen el encanto que tenían aquellas "fotos de la caja", que me dieron tantas tardes de paz, entretenimiento y conocimiento de mis raíces. Aquellas fotografías que ahora están repartidas entre la familia, pero que son una prueba del lazo invisible que nos une.
15
Sep
2008
LA TRIBU

Vernos al espejo significará realizar que la tonicidad de nuestros músculos, esa de cuando teníamos veinte años, no existe más. O que nuestro cabello, otrora abundante y colorido, ahora está plateándose o desapareciendo. Que, tal vez, las líneas de expresión -que no son otra cosa que arrugas- ahora permanezcan en nuestro rostro después de tantos años de aparecer y desaparecer a voluntad. El tiempo pasa, dicen y a veces lo hace encima de nosotros...
Saludable manera la de enfrentar los años con humor, pues de lo contrario tardaríamos poco tiempo en encontrar a la más arrasadora de las depresiones que, probablemente, sí terminaría con lo que nos va quedando.
Mirar hacia atrás, en esas imágenes perfectamente archivadas en nuestro cerebro, trae consigo, decía, emociones. Busco y hallo aquel encuentro familiar de hace veintiocho años, cuando la generación de mis padres tenía menos años de los que yo tengo ahora y nuestros hijos eran apenas bebés o todavía no habían nacido; y claro, no puedo menos que comparar aquellos recuerdos con la realidad actual, cuando la alegría pujante de los jóvenes nos permitió repetir la hazaña hace unas semanas, aunque no lograrámos superar en número a aquella de 1980. Claro, es que de la generación anterior, prácticamente se han ido todos (quedan sólo tres) y nosotros, hijos en aquel entonces, padres y abuelos en este hoy, no fuimos tan prolíferos como nuestros progenitores. Y nuestros hijos, ya menos en cantidad, lo son menos que nosotros.
Lindo fue reconocer la misma sonrisa en muchos rostros, los ojos brillantes y vivaces en otros más, los perfiles, la manera de hablar y gesticular. Un sello genético impresionante que, nos guste o no, nos identifica y mantiene encadenados... por aquello de la cadena de ADN, digo.
Los padres nuestros, que son los que ya no están, que se fueron de muy variadas maneras, permanecen en nosotros, vivos y temperamentales como en sus mejores momentos. Los pasitos de la abuela, madre silenciosa y preocupada por contener los arrestos de sus hijos, de evitar que los ánimos se desbordaran en las conversaciones llenas de entusiasmo o apasionamiento, quedaron grabados también.
Las cosas que conocimos en esa casona antigua, como el largo corredor que llevaba al comedor, siempre con aroma a frutas frescas; o el inmenso jardín del frente, que recorríamos conversando y jugando durante la niñez; o las conversaciones entre primas, comparando experiencias y momentos difíciles de nuestra adolescencia, hacen juego con el recuerdo del frasco de las bolitas de miel o de los "café con leche" de la abuela, de los que nos era permitido tomar uno, "¡sólo uno!", tal vez pareciéndonos egoísta ese pedido, casi orden, pero que ahora identificamos como su deseo porque el frasco alcanzara para todos los nietos.
Cada uno de los que partió, en sus propias condiciones y circunstancias, fue el que hizo que nos reuniéramos para acompañar a los que todavía quedan, como también fueron los hechores de lo que hoy somos, en gran parte. Aquella manera adusta de ver la vida y de tratarnos de mi padre, que tanto reclamamos mis hermanas y yo durante los años jóvenes, ahora me parece que fue la piedra fundamental de nuestras vidas. Sin la disciplina y firmeza de esos años, no habríamos podido enfrentar el día a día; como tampoco habríamos podido hacerlo sin su infinito amor, su incondicional entrega y su maravillosa presencia, que nos hizo sentir, a pesar de las experiencias negativas, muy seguras y protegidas, afianzadas de su mano -esa mano que todas tenemos presente en nuestros recuerdos y sueños- y guiadas por la vida.
Mantener estrechos los lazos familiares, no es fácil. Porque a la familia la encontramos ya al nacer y es como una presencia impuesta, forzada. Tal vez, mientras crecemos, reconocemos en los demás los rasgos negativos que quisiéramos evitar tener; quizás porque ellos son como un espejo de nuestras propias imperfecciones; o, al ser adultos, porque nos enfrentan a los recuerdos de carencias o faltas, de las más variadas formas.
En todo caso, la familia, esa tribu a la que pertenecemos, es un vínculo fuerte. Y ha sido bueno tener contacto más allá del adiós y las lágrimas, para compartir la risa y mirar hacia el futuro.
26
Jul
2008
A TRAVÉS DEL TIEMPO

Carmen Palmieri Sarg
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