02
Oct
2009
"Nuestro" presidente hace sh...

16
Sep
2009
LEONEL
Por aquellos años sesenteros, él era un muchacho exitoso. A sus diecinueve años era DJ de una de las radios más escuchadas por la patojada de esta ciudad. Su presencia en el micrófono era dulce, romántica pero dominante, conocía muy bien el gusto y la moda musical del momento y sus admiradores aumentaban día a día.
Lo conocí unos pocos días antes de yo cumplir quince años, cuando acompañó a un amigo mutuo a visitarme. Su mirada penetrante me conquistó enseguida y lo que empezó como un simple enamoramiento, se transformó -con los años- en un cariño profundo y sincero, después de haber finalizado el tiempo turbulento de los celos y la inmadurez.
Su carrera como DJ se diversificó, su trabajo se hizo más serio y cuando parecía que todo estaba bien, fue diagnosticado con esclerosis múltiple. Recuerdo muy bien cuando me lo contó, con una mezcla de desesperación y rabia. En ese momento, los médicos le dieron diez años de vida. De eso, hace más de treinta... y todos los médicos que lo diagnosticaron, no están más en este plano.
Durante todos es años, largos y áridos en muchos sentidos, él ha sido el ejemplo de persistencia, amor a la vida, valentía y coraje. Jamás vi a nadie que venciera a la adversidad como él lo hace.
Ayer lo visité y hablamos mucho. Del pasado, del presente. El futuro, como muy bien sabemos, no existe. Y eso Leonel lo tiene claro. El futuro es nada más un pensamiento y para él, ni eso, no le otorga importancia. Se limita a vivir, como debe ser, el día a día. Momento a momento.
Ayuda a otras personas con dificultades similares, con conflictos adictivos, con enormes demonios. Y de esa manera, logra mantener los suyos bajo control.
Su vida tuvo que modificarse y le presentó la urgencia de cambiar de rumbo y de actividades. Lo obligó a renunciar a todo lo que cualquiera anhela o posee. Pero en esa renuncia encontró que hay otras maneras de vivir, desconocidas para la mayoría de nosotros, inconscientes de ellas. Y desde allí, con su enorme energía, la misma mirada profunda, la sonrisa luminosa y arrobadora, continúa Viviendo -con mayúscula- y haciendo que los que estamos, de alguna manera, ligados a él, vivamos también en su ejemplo, admirándole.
Una historia maravillosa que no se encuentra todos los días. Una vida que tocó la mía y que, agradecida, mantengo firme a mi lado.
22
Feb
2009
LA CRISIS

25
Ene
2009
Síntesis de sueños

01
Ene
2009
ANTE EL NUEVO AÑO

25
Dic
2008
LOS AROMAS NAVIDEÑOS
14
Dic
2008
La globalización



26
Oct
2008
¿ESTAMOS DISPUESTOS?

La crisis, la tan ya famosa crisis, se nos viene encima. Es difícil -desde esta butaca- darse cuenta de qué tanto está azotando ya.
Empezamos protestando por el valor de la gasolina, que subió sin ningún reparo, para luego fijar los ojos en cada página del diario que nos trae noticias de todos los rincones del planeta relacionados con la burbuja inmobiliaria y sus consecuencias.
A veces, entre el maremágnum de análisis negativos, deprimentes o fatalistas, aparece algún iluminado que nos dice "¡Alto! Las cosas no serán como se supone que sean..." y hace una profusa lista de semejanzas o diferencias entre las condiciones de los años de la depresión del siglo pasado y las actuales.
En cuanto empiezo a sentir que me falta el aire o el corazón me late desbocado por la impresión, prefiero interrumpir la lectura y buscar otra cosa en qué fijar mi atención, para tener tiempo de retomar el control de mis pensamientos.
Pero, decía, no puedo saber qué tanto está golpeando ya la crisis, porque para mi bien, mis condiciones laborales son buenas y espero y deseo que se mantengan estables. Sin embargo, ayer leí que más de cien mil puestos de trabajo se perderán en la industria de la construcción en mi país. http://www.prensalibre.com/pl/2008/octubre/23/271707.html
Cuántos más lo serán, cuando la situación internacional empeore y se vean afectadas las remesas, las exportaciones, el turismo... Y las plazas de trabajo empiecen a reducirse.
Ya las conversaciones giran alrededor del tema trabajo. Y no falta quien me sorprenda cuando dice que buscará algo mejor remunerado y con menos responsabilidades, pues sabemos que "allá afuera, en la calle, la cosa está seria". Claro, inconscientes siempre habrá.
Los cambios se vienen, es un hecho. Y las empresas -chicas o grandes- buscarán ser eficientes, muy eficientes. Muy probablemente disminuirán la cantidad de personal y las nuevas contrataciones serán pocas, si no "se congelan" las plazas vacantes. La iniciativa privada, los inversionistas, no tienen ninguna licenciatura en amor al prójimo al estilo de la Madre Teresa, por lo que se ajustarán muchos cinturones, de arriba a abajo.
Y los trabajadores, ¿qué haremos? Trabajar. Dignamente, a conciencia, responsablemente. Con crisis o sin ella, nos pagan un sueldo para trabajar y, por supuesto, para hacerlo bien. Las vacaciones pagadas son tres semanas al año, no las cuarenta y nueve restantes.
Y si tenemos la suerte de hacer lo que nos gusta, estoy segura que no sentiremos ninguna diferencia. Porque -tal como conversaba ayer con una compañera de trabajo cuando ella me decía que no todo el mundo tiene "la suerte" de trabajar en lo que le gusta- pienso que es una cuestión de actitud: si es lo que tengo que hacer durante ocho horas diarias, como mínimo, es mejor que empiece a gustarme.
Si nuestro trabajo nos permite tener dinero para comer; para que nuestros hijos estudien y se desarrollen; para vestirnos; para cuidarnos la salud física, mental y emocional; para ayudar a nuestra familia; y, si se puede distraer un poco de plata en eso, divertirnos y emanciparnos de la rutina, ¿cómo no vamos a sentirnos motivados para cumplir a gusto con nuestras obligaciones? Claro, no todo en el trabajo es miel sobre hojuelas, a veces encontramos obstáculos en el camino, pero nadie nos dijo que sería el paraíso.
La vida, toda, nos presenta retos permanentemente. Como dicen los chinos, la crisis no es otra cosa más que una amenaza que trae consigo oportunidades para cambiar, para aprender, para vivir.
Enfrentaremos la crisis, sí. Seguramente a unos nos será más complicado, a otros nos será menos difícil, pero todos tendremos que abrirnos al cambio, adaptarnos a nuevas maneras de vida, tal vez a vivir con moderación o austeridad. Porque habrán millones que sobrevivirán, nada más, diariamente, sin mayores esperanzas. Ojalá nosotros estemos dispuestos al cambio.
De lo contrario, la crisis será una amenaza que se cumpla en nosotros mismos.
20
Oct
2008
DESDE ESTE LADO...

Y aunque no compartamos muchos -o pocos- conceptos que la persona amada posee, eso no disminuye nuestro sentir, no nos hace no amarla, sino que abre las opciones de pensamiento en nuestra mente y aprendemos, crecemos y podemos tomar decisiones sencillas o complicadas, con un más amplio criterio.
No es fácil encontrar un alma gemela. Pero llega el momento. A veces, cuando venimos al mundo, esa alma ya está acá, esperándonos. Y nos recibe gozosa, nos toma bajo su tutela, nos cuida, guía y enseña para que, al llegar a nuestra adultez, la sintonía sea perfecta.
Se comparte el camino, se escucha con atención y se aprende. Luego, ya iniciados, podemos conversar, reír, llorar, analizar juntos. Vivir la vida en la misma onda, aunque no se comparta el espacio.
Él llegó a mi vida... o más bien, yo llegué a la suya hace mi edad. Así que está presente en prácticamente todos mis recuerdos y sí, todos son agradables. He tratado de recordar algún momento grotesco, alguna mala actitud, quizás un momento violento o amargo provocado por él, pero no, no los tengo. Está ligada su figura fuerte a mis recuerdos infantiles más felices, tal vez porque como no era responsable de mi educación, siempre entregó alegría, diversión y bienestar. Sus manos finas, elegantes y delicadas, supieron tomar las mías de la manera correcta, dependiendo de las circunstancias.
Más adelante, con la adolescencia y juventud, los consejos aparecieron. Pero no los daba con vanidad o arrogancia, sino era como estar escuchando un cuento, una historia interesante, no dados desde la altura de la edad o la jerarquía, sino como amigo y compañero.
Después, fueron las confidencias. Fuimos compinches de algunas experiencias tanto suyas como mías. Y de cada aventura, quedaba el aprendizaje. Y volvían a aparecer las sugerencias y consejos. Para superar lo que no había sido bueno, me daba su visión -desde su género y su edad- y las cosas mejoraban.
Compartíamos la vida, con sus colores fuertes y brillantes, pero también estuvimos juntos para las pérdidas, las más desgarradoras para él y para mí. Y una mirada bastaba, con los años transcurridos, para recordar ambos el dolor de aquellos momentos. Era un eslabón más fuerte que la consanguinidad.
Amó y conoció a mi hija y asumió el papel de abuelo -sin serlo de ella- y lo desempeñó a la perfección. Disfrutaba cada momento en compañía de la niña y cuando yo volvía del trabajo, los encontraba juntos, él en su sillón y ella en su pequeña silla, cada cual con un libro en las manos. Aquellos tiempos fueron pobres en economía pero millonarios en vivencias felices. Y él siempre los tuvo presentes porque formaron un nexo todavía más fuerte entre los dos.
Con el tiempo volvió al interior y se quedó allí, sumergiéndose en la existencia cálida y simpática de aquella ciudad del sur, que le regalaba diariamente tantos momentos intensos e interesantes. Pudo dar rienda suelta a su amor por la marimba, los libros, la historia del país y su gente. La comunidad en la que vivía lo reconoce como un ser extraordinario, su sabiduría y conocimientos no tuvieron, antes o ahora, comparación.
Pero todo llega al final y su vida, también. Se fue extinguiendo, paulatinamente. Toda la energía que siempre lo hizo ser un hombre activo, dinámico, inquieto y libre, se apagó como una vela que se consume. Sin embargo, la alegría que siempre regaló, lo acompañó hasta en los momentos en que su salud ya estaba socavada y en peligro.
Finalmente, llegó el momento. No estuve presente, no pude llegar a tiempo. Mi cerebro y mi corazón atravesaron juntos el camino de la desolación por la pérdida física y mientras uno reincidía en querer romperse de dolor, el otro tomaba las riendas de la razón para hacerme ver que ahora, después del sufrimiento, él está como nunca.
Y acá, desde este lado del dolor, mi corazón continúa amándolo profunda y cristalinamente, sin dobleces, sin angustias, sin resentimientos ni malos recuerdos. Estoy agradecida por haber contado con su amor de padre -que asumió al adelantársele el mío, hace veinte años-, con su presencia de amigo leal y absoluto, de interesante compañero en este viaje, de sabio e instruido maestro y, lo más importante, de fuente inagotable de felicidad y energía positiva, de esa que se te antoja tener hasta el día en que tú misma iniciarás el retorno a casa.
En donde, espero, nos encontraremos.
15
Sep
2008
LA TRIBU

Vernos al espejo significará realizar que la tonicidad de nuestros músculos, esa de cuando teníamos veinte años, no existe más. O que nuestro cabello, otrora abundante y colorido, ahora está plateándose o desapareciendo. Que, tal vez, las líneas de expresión -que no son otra cosa que arrugas- ahora permanezcan en nuestro rostro después de tantos años de aparecer y desaparecer a voluntad. El tiempo pasa, dicen y a veces lo hace encima de nosotros...
Saludable manera la de enfrentar los años con humor, pues de lo contrario tardaríamos poco tiempo en encontrar a la más arrasadora de las depresiones que, probablemente, sí terminaría con lo que nos va quedando.
Mirar hacia atrás, en esas imágenes perfectamente archivadas en nuestro cerebro, trae consigo, decía, emociones. Busco y hallo aquel encuentro familiar de hace veintiocho años, cuando la generación de mis padres tenía menos años de los que yo tengo ahora y nuestros hijos eran apenas bebés o todavía no habían nacido; y claro, no puedo menos que comparar aquellos recuerdos con la realidad actual, cuando la alegría pujante de los jóvenes nos permitió repetir la hazaña hace unas semanas, aunque no lograrámos superar en número a aquella de 1980. Claro, es que de la generación anterior, prácticamente se han ido todos (quedan sólo tres) y nosotros, hijos en aquel entonces, padres y abuelos en este hoy, no fuimos tan prolíferos como nuestros progenitores. Y nuestros hijos, ya menos en cantidad, lo son menos que nosotros.
Lindo fue reconocer la misma sonrisa en muchos rostros, los ojos brillantes y vivaces en otros más, los perfiles, la manera de hablar y gesticular. Un sello genético impresionante que, nos guste o no, nos identifica y mantiene encadenados... por aquello de la cadena de ADN, digo.
Los padres nuestros, que son los que ya no están, que se fueron de muy variadas maneras, permanecen en nosotros, vivos y temperamentales como en sus mejores momentos. Los pasitos de la abuela, madre silenciosa y preocupada por contener los arrestos de sus hijos, de evitar que los ánimos se desbordaran en las conversaciones llenas de entusiasmo o apasionamiento, quedaron grabados también.
Las cosas que conocimos en esa casona antigua, como el largo corredor que llevaba al comedor, siempre con aroma a frutas frescas; o el inmenso jardín del frente, que recorríamos conversando y jugando durante la niñez; o las conversaciones entre primas, comparando experiencias y momentos difíciles de nuestra adolescencia, hacen juego con el recuerdo del frasco de las bolitas de miel o de los "café con leche" de la abuela, de los que nos era permitido tomar uno, "¡sólo uno!", tal vez pareciéndonos egoísta ese pedido, casi orden, pero que ahora identificamos como su deseo porque el frasco alcanzara para todos los nietos.
Cada uno de los que partió, en sus propias condiciones y circunstancias, fue el que hizo que nos reuniéramos para acompañar a los que todavía quedan, como también fueron los hechores de lo que hoy somos, en gran parte. Aquella manera adusta de ver la vida y de tratarnos de mi padre, que tanto reclamamos mis hermanas y yo durante los años jóvenes, ahora me parece que fue la piedra fundamental de nuestras vidas. Sin la disciplina y firmeza de esos años, no habríamos podido enfrentar el día a día; como tampoco habríamos podido hacerlo sin su infinito amor, su incondicional entrega y su maravillosa presencia, que nos hizo sentir, a pesar de las experiencias negativas, muy seguras y protegidas, afianzadas de su mano -esa mano que todas tenemos presente en nuestros recuerdos y sueños- y guiadas por la vida.
Mantener estrechos los lazos familiares, no es fácil. Porque a la familia la encontramos ya al nacer y es como una presencia impuesta, forzada. Tal vez, mientras crecemos, reconocemos en los demás los rasgos negativos que quisiéramos evitar tener; quizás porque ellos son como un espejo de nuestras propias imperfecciones; o, al ser adultos, porque nos enfrentan a los recuerdos de carencias o faltas, de las más variadas formas.
En todo caso, la familia, esa tribu a la que pertenecemos, es un vínculo fuerte. Y ha sido bueno tener contacto más allá del adiós y las lágrimas, para compartir la risa y mirar hacia el futuro.
Carmen Palmieri Sarg
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