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25
Dic 2008

LOS AROMAS NAVIDEÑOS

Escrito por: carmen-palmierisarg el 25 Dic 2008 - URL Permanente

Los recuerdos vienen mejor, se hacen más profundos y vívidos si son acompañados por un aroma. Entonces se concretan, se hacen verdad, se materializan en toda su magnitud, reviviéndose plenamente, casi haciéndose realidad.

La temporada prenavideña es rica en recordaciones. Desde que diciembre toca a la puerta y comemos los buñuelos para la tarde del 7, cuando quemamos al Diablo guardado en nuestras casas y almas, las imágenes de años pasados llegan galopando a través de las pupilas del alma. Los días azules y brillantes con el viento frío de las tardes o las bajas temperaturas de las madrugadas que nos pone la piel de gallina nuevamente, pero que se transforma en calidez al medio día. Las caminatas detrás de San José y la Virgen buscando abrigo, de casa en casa, para las posadas, acompasados por los pitos y las tortugas. O el estruendo de las "ametralladoras" quemadas una tras otra a las 12:00 de la noche, en un atronador preámbulo a los abrazos entretejidos en sonrisas y lágrimas de esperanza o nostalgia. Pero los aromas, los aromas...

¿Qué guatemalteco puede pensar en una Nochebuena sin el olor del pino regado en el piso? ¿O los hilos de manzanillas rodeando el pie del árbol de Navidad? ¿Qué tal el intenso aroma del pinabete, único en el mundo, que satura el ambiente y que se siente nuevo cada mañana, cuando nos levantamos de dormir? Ni hablar del olor de las hojas guardando el tamal, con el sibaque atándolos con delicada firmeza; o el humeante ponche de frutas y canela, tomado con avidez para que el frío abandone nuestro cuerpo. O el húmedo olor del musgo, acompañando al aserrín de colores que sirve de decoración de nuestros nacimientos, tan vistosos y cálidos.

Cada ser humano guarda en su corazón la Nochebuena más querida. Cada uno de nosotros tiene atesorada su Navidad preferida. Pero en todas, seguramente, está la imagen de nuestra amada familia, la de los que real y profundamente amamos. De los que nos enseñaron a amar nuestras tradiciones y costumbres, con su ejemplo y su amor.

Por los que ya no están con nosotros, los ausentes más amados, brindemos esta noche en compañía de los que todavía están. Compartamos nuestra mesa con alegría, agradezcamos el mejor de los regalos, la vida. Y abracemos y besemos a los que amamos en una celebración maravillosa por el Amor. Seamos creyentes o no, esta temporada es acerca de esto. Y la felicidad de vivirla sin cortapisas no tiene comparación.

¡Feliz Navidad a todos!

26
Ago 2008

NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO QUIERE VER

Escrito por: carmen-palmierisarg el 26 Ago 2008 - URL Permanente

Las leyes en contra o a favor del aborto son protagonistas principales de numerosas circunstancias indeseables en los países en donde todavía las religiones tienen peso. O sea, en muchos países.

No deja de causarme... digamos, escozor, porque no es preocupación, tampoco asombro y mucho menos incredulidad, lo que me provoca la doble moral, la hipocresía campante y rampante y la suciedad de alma de algunos "líderes" mundiales cuando se trata de ganar adeptos o de mantener con ellos a los seguidores que no piensan, no analizan y no tienen criterio para discernir lo que sus ojos ven y sus oídos escuchan. O, tal vez, también los seguidores prefieren hacerse "de la vista gorda" por mil motivos diferentes, desde no salir de su zona cómoda, hasta tener los mismos intereses.

El caso es que la semana pasada fue presentado ante el Congreso de Guatemala el Libro de la Vida, otro invento de la Iglesia Católica para comprometer a los diputados que lo firmen a que, cuando sea presentada ante este ente el proyecto de ley, no apoyen ningún cambio en pro del aborto, bajo ninguna circunstancia. La pena es el infierno, claro.

Pero en esta ocasión no es la postura de la iglesia la que me incomoda, pues es conocida e inamovible. Lo que realmente me indignó fue ver la fotografía del asesino más cínico e hipócrita de los últimos tiempos, el "General" Efraín Ríos Montt, reconocido mundialmente como genocida del pueblo indígena de esta tierra. Firmaba, muy ufano, ¡como defensor de la vida!

Ríos Montt es considerado como el cerebro detrás de las masacres llevadas a cabo en la selva guatemalteca, forzando a miles de guatemaltecos a migrar hacia México a pie, huyendo de sus perseguidores mientras cargaban a sus hijos o a sus padres ancianos, haciendo que las mujeres dieran a luz en la tierra, sin ninguna medida higiénica, sin mayor ayuda que la de algún médico que los acompañaba o que contactaban en caso de extrema urgencia. Mientras algunos morían de hambre o sed en sus largas caminatas para encontrar la relativa calma de la selva mexicana, este personaje ha vivido, aparentemente, en paz consigo mismo y con los que le rodean, teniendo el cinismo de dictar cátedra de moralidad desde el púlpito de la iglesia que inventó como escudo a sus desmanes, a su sed de venganza y a su espíritu sanguinario y frío.

Millones de guatemaltecos "creen" en él, en sus mentiras, en su juego doble, en su fanatismo religioso. Y a pesar de que España, a través de sus tribunales, giró una orden de captura internacional para él, mientras no salga del país, no puede accionarse porque en esta tierra de olvido, la ley no ha caído con su peso sobre su apestosa y decrépita humanidad.

No cabe duda, la doble moral hace su juego y gana.

26
Jul 2008

A TRAVÉS DEL TIEMPO

Escrito por: carmen-palmierisarg el 26 Jul 2008 - URL Permanente


Recuerdo claramente a Mita, mi bisabuela, con el rosario enredado entre las manos, sentada en su sillón, el bastón recostado a su lado, al alcance de la mano. La vista fija en la nada, la cabeza quieta y en los labios un movimiento imperceptible que evidenciaba que estaba rezando. En su dormitorio tenía estampitas de santos debajo de los vidrios de su mesa de noche o colocadas en la esquina de los marcos de fotografías o láminas; también una imagen de bulto de una virgen -no recuerdo cuál, tal vez Fátima- y cuadros de la Santísima Trinidad y Jesús en algunas de sus caracterizaciones. En un vaso de vidrio grueso color vino tinto, posado en una base de metal labrado y antiguo, una veladora que permanecía encendida de día y de noche. En un florero, rosas o jazmines cortadas en el jardín. Y el aroma característico de su habitación, entre flores y cera. Tal como si hubiera sido una iglesia. En las gavetas de su mesa de noche muchos misales, libros de rezos y novenas, uno de los cuales heredé y guardo como reliquia pues está empastado en cuero, muy vistoso, con letras y la orilla de sus páginas doradas.
Mita vivía con su hija Rosa, mi abuela. En el mismo sentido, mi abuela tenía presencias católicas por muchos lugares de su dormitorio. Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís en bulto, ambas imágenes de unos veinte centímetros de alto, nos miraban desde las repisas colocadas a un lado de su cama, sobre la pared. En su mesa de noche, debajo del vidrio, estampitas de Jesús niño en brazos de su madre. Sobre la cabecera de la cama, un enorme cuadro del Corazón de Jesús, con la mirada lánguida y triste, tocando las llamas que emanan desde su pecho, rodeando el corazón coronado por espinas. Además, debajo de este inmenso cuadro, colgada en la pared, había una pequeñísima pila para agua bendita, en madera, con la palabra "Credo" en letras de bronce. En la pared del lado derecho de su cama, un crucifijo de mármol blanco con un Cristo de plata, permanecía solitario y vigilante. Nunca la vi con un rosario en la mano, pero sí recuerdo que había uno enredado en la cabecera de su cama; era de pequeñas cuentas de madera y decía que se lo habían traído del Vaticano, por supuesto, con la bendición papal.
En la habitación de mis viejos no habían santos, crucifijos, medallas o cuadros. No que yo recuerde. Fotografías de sus padres, nada más. En su momento, mamá heredó de mi abuela el enorme cuadro del Corazón de Jesús y también algunas costumbres, como la veladora en el vaso de vidrio, que se enciende de vez en cuando, en fechas especiales. No hay en sus gavetas vestigios de religiosidad alguna. Y nunca la escucho rezar el rosario ni oraciones memorizadas, a menos que asista a alguna misa para celebrar algún acontecimiento especial. Ella conversa con Dios, dice. Le cuenta sus cosas y le pide ayuda, protección y guía.
A través del tiempo, las costumbres rígidas y religiosas de mi familia se fueron distendiendo. A pesar de habernos educado en colegios católicos -dos de ellos, de monjas- nuestra formación estuvo muy lejos de ser como la de mis antepasados. Practicábamos los sacramentos, participábamos en la misa, rezábamos... Pero conforme fuimos creciendo y aprendiendo la vida, los cambios fueron dándose paulatinamente. También tuvo que ver, estoy segura, la apertura de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Después de asistir a cientos de misas absolutamente ininteligibles, con un cura dándote la espalda y mascullando sólo él sabía qué, cada cual tratando de seguir el ritual desde su misal personal, llegó el cambio: el sacerdote de frente, mirándote, hablando en tu idioma mientras todos podíamos leer y seguir el tema del día, con poca o mucha atención, era lo de menos. Fue un cambio muy positivo.
Recuerdo claramente cuando dejé de rezar para orar. Para conversar con Dios, decían las monjas. Y, ciertamente, eso sentía. Pero yo quería saber más, ver más allá de donde me permitían curas y monjas. Indagué por otras religiones cristianas, en el gnosticismo y el hinduismo, al que llegué a través del saibabismo. Una visión absolutamente diferente de ver a dios en sus muchas caracterizaciones, de vivirlo y seguirlo, pero llegó el momento en que también pesó.
Finalmente, dejando de lado la religión -cualquiera que sea- y continuando con la relación, me siento mucho mejor. No creo en los dioses que inventaron judíos, indios, gringos, mayas... Creo en un Orden Superior, en una ley que nos toca a todos, aunque no lo veamos. Creo en que cualquier acción tiene una reacción y que ella regresa al que la provocó; no para que el resto del mundo lo sepa, se entere y se alegre con o contra el afectado, sino únicamente para que lo sepa y sienta éste. Y muchas veces, por supuesto, no nos enteraremos si pasó o no.
Creo que soy más que un trasto. Creo que soy un vehículo, un medio. Y a través mío, una fuerza más allá de mi contorno relleno de carne y huesos, sangre y grasa, cabellos y uñas, se hace evidente día a día, como lo hace en el resto de seres vivientes.
Una maravillosa energía que nos hace amar, no sólo por instinto, sino elevadamente. ¿Que hemos evolucionado? Es verdad, pero podríamos haberlo hecho sin el hálito de divinidad que todos llevamos dentro. El que nos lleva a experimentar la fastuosidad y grandeza de Alguien que, en algún momento, por ejemplo, nos salva la vida sin que sepamos cómo, nada más que siendo testigos y actores de hechos irrepetibles y asombrosos que no atinamos a comprender porque están más allá de toda lógica.
Ciertamente, tenemos necesidad de sentirnos apoyados, protegidos y cuidados por Algo. Y por eso, dicen los científicos, queremos creer en dios. Pero, me pregunto, ¿por qué íbamos a sentir necesidad de algo que no existe, que no conocíamos? ¿Por qué los humanos íbamos a necesitar creer en la nada, desde el principio de los siglos?
Yo creo. Y sé que habrá algo más allá, después de que esta máquina que se avejenta diariamente, deje de funcionar. Porque todo en mi vida me lo ha dicho, porque he experimentado momentos infinitamente insondables y maravillosos que me dicen que esto, material y tirable, no lo es todo. Concibo esta vida como una escuela, dura y difícil, pero bella y profunda, de la que saldremos graduados, sí o sí, en lo que cada uno haya decidido perfeccionarse.
Tal y como dice la última película de X Files: "Quiero Creer".

28
Jun 2008

UN GUATEMALTECO ADMIRABLE

Escrito por: carmen-palmierisarg el 28 Jun 2008 - URL Permanente

Esta semana tuve la hermosa alegría y tremenda satisfacción de tener cenando en casa a un amigo antiguo y muy querido, al que no veía desde hace más de veinticinco años, pero con quien he mantenido comunicación de alguna manera.

Consciente de la realidad del país, luchador incansable, valiente y corajudo, ha trabajado durante décadas por los más necesitados, habiendo dado prácticamente su vida (en todo el sentido de la palabra) porque los perseguidos, devaluados, víctimas anónimas del odio y la sinrazón de este país al que amamos -él como yo y muchos millones más de guatemaltecos- sean reconocidos como iguales, con los mismos derechos a la salud, educación, paz y seguridad, dando por sentado que también podrán vivir de su trabajo digno y honrado, para darle a sus familias lo necesario para cubrir sus más elementales necesidades, primero, para continuar desarrollándose y creciendo sin miedos ni resentimientos después.

Para devolverles el lugar que tuvieron algún día sus antepasados, cuando fueron dueños de esta tierra, antes de que les fuera arrebatada a sangre y fuego, antes de esclavizar a los sobrevivientes y anular cualquier derecho a la libertad en todas sus formas.

Este hombre del que hablo se ha jugado la vida, entregó su cuerpo, mente y corazón por amor a las comunidades que durante el conflicto armado tuvieron que huír a la selva montañosa, mientras las balas de fusiles, ametralladoras y cañones terminaban con siembras, casas y ellos mismos.

Mientras conversábamos -habiendo retomado la punta de la madeja que hemos dejado y reencontrado en muchas ocasiones como si hubiese sido abandonada por pequeñísimos momentos nada más y no por años entre una conversación y la otra- su humilde grandeza, su fuerte serenidad, el brillo intenso de sus ojos detrás de los anteojos y su risa fácil y franca, me remontaron a los años de mi juventud, cuando el idealismo era tan importante en mis días y noches.

Durante el tiempo que duró la cena, mientras saltábamos de rama en rama en nuestro árbol de conocimientos compartidos, los de la vida que a cada cual le tocó -o decidió- vivir, una oleada cálida de afecto me arrebató y me hizo reencontrar el sentido de los años idos, la certeza de que lo experimentado ha sido, en mucho, la base de mi vida y para decir que no cambiaría nada del pasado, que volvería a vivirlo de igual manera, a pesar de todo.

A este hombre genial, a este valiente de ayer y hoy, a quien admiro desde el fondo de mi corazón y mi mente, dedico hoy mis pensamientos, para que la cruzada que ha emprendido, por la que ha luchado y trabajado durante décadas, poniendo en peligro y enorme riesgo su seguridad personal, su estabilidad y su vida misma, llegue ¡finalmente! a dar los frutos que él como otros miles de guatemaltecos deseamos.

Este hombre, un sacerdote católico como hay muy, muy pocos, comprometidos con la verdad y la justicia, es ejemplo vivo de lo que debieran ser los hombres y mujeres que deciden trabajar por el bienestar de los demás, física, mental y espiritualmente, el ejemplo que el Vaticano se resiste a poner en práctica porque si así lo hicieran, significaría renunciar a la opulencia y a la inconciencia y desconocimiento del mundo en el que viven, porque es más cómodo de esa manera, aunque sea inmoral.

Sin embargo, a este tema me referiré la próxima semana. Hoy solamente deseo rendir tributo a Ricardo, guatemalteco admirable y maravilloso.

Carmen Palmieri Sarg

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