24 Sep 2008

“Los nuevos”, próxima publicación de mi novela en Bubok.

Escrito por: Francisco Casoledo el 24 Sep 2008 - URL Permanente

Estoy trabajando en la última y un tanto agotadora corrección —puesto que se trata más bien de darle formato y maquetarla— de mi novela, titulada ‘Los nuevos’. Su primera versión data de hace unos cuantos años, y a lo largo de los últimos ha pasado por un proceso de reescritura y pulimento que espero hayan dado buen resultado.

La novela saldrá en el sello Bubok, un sistema de autopublicación y difusión a través de una librería virtual en Internet, donde se podrá adquirir en papel, con el habitual formato ‘libro’. Esta reciente posibilidad está suscitando bastante menos debate del que debiera, a mi entender, pero España se ha caracterizado siempre por una cierta reacción a los cambios que sólo sirve para pillar a la gente, más adelante, con el paso cambiado.

De acuerdo con la opinión generalizada y tradicionalmente asumida, las editoriales de siempre aportan juicio y criterio a la hora de filtrar los manuscritos que reciben. Uno adquiere la obra de un determinado autor publicado por un determinado sello porque confía en éste, que con su elección ‘avala’ la calidad de la obra.

¿Alguien puede creerse que suceda así, actualmente? Resulta curioso comprobar lo frecuentes que son las manifestaciones del tipo “las editoriales ni siquiera leen los manuscritos” o las quejas sobre los amiguismos y contactos o las respuestas de rechazo estereotipadas y sospechosamente rápidas. Por no hablar de los premios literarios, tema que correspondería más bien a un blog jurídico especializado, a ser posible, en publicidades falsas, con unas gotas de prevaricación y malversación de caudales públicos. No deja de asombrarme cuando meses antes del presunto fallo se anuncia con desparpajo el ganador, o cuando éste resulta ser siempre un autor conocido, a ser posible de la misma casa, con lo que el arte ha quedado reducido a una especie de ciencia exacta por sus resultados previsibles. Una anécdota propia: hace pocos meses envié mi novela a un premio que aparentemente no olía a podrido, pues tenía incluso unas bases extensas y llenas de requisitos, con una fachada jurídica bastante convincente. El plazo de recepción de las obras terminaba el día treinta de un mes concreto. Pues para mi asombro doce días más tarde se anuncia el ganador, un autor de cierto nombre y colaborador de los medios de prensa de la región donde se convocaba el premio. Habían participado cerca de cuatrocientas novelas. Y el jurado, permítaseme decir que ‘con dos huevos’, se las había leído todas en doce días antes de escoger a la que brillaba claramente por encima del resto. Nada nuevo, pero el caso es que me resultaba tan sorprendente el impudor con que se habían adjudicado a dedo unos buenos millones de fondos públicos que hice una llamada telefónica. Con la excusa de recoger las cinco copias de mi novela —cuyo envío me había costado unos cien euros, por cierto— se me ocurrió preguntar cómo era posible que se hubiese fallado tan pronto, y el responsable municipal de turno, con notable nerviosismo (criatura...) me soltó: “es que aquí corremos como las balas”. Debo agradecerle, al menos, la gracia que tuvo, el tío. Así las cosas, ¿es cierto, pues, que siempre que un libro se coloca en las mesas de novedades ha pasado por un previo y honesto juicio crítico?

Pero el hecho de acudir a un sistema de print on demand como Bubok no implica formular una descalificación global de las editoriales ‘tradicionales’, puesto que no todas trabajan igual, y aunque sean las menos, continúan realizando novedosas propuestas de interés y brindándonos excelentes traducciones de clásicos. Se trata, simplemente, de que el llamado ‘mercado cultural’ (una de esas antinomias que tan a gusto hemos acabado aceptando) no puede pretender abarcar y agotar la creatividad de un pueblo, hasta el punto de conformar una absurda identificación, de modo que todo lo que quede fuera de sus márgenes no existe. Es que, sencillamente, no es así.

El mundo de la música lo conoce bien, son muchos los autores que afirman que la crisis de la piratería ha supuesto de alguna forma una explosión de la creatividad. Antes, el filtro o más bien el embudo, era tan reducido y estaba tan contaminado, que un puñado de discográficas decían a la gente qué tenía que escuchar, a través de las radiofórmulas, y qué era maravilloso y qué irrelevante, de forma que en la práctica los artistas sabían por dónde debían ir y si no, a qué atenerse. De repente todo se ha venido abajo, y curiosamente cada vez abundan más los sellos independientes, los grupos minoritarios, los conciertos, etc. La gente consume más música que nunca, y los artistas que de verdad lo son continúan viviendo de ella, a través de las descargas legales y los conciertos. De una manera creciente se está implantando el criterio de ‘yo pago a quien respeto’, y ese respeto se obtiene en último término con un rigor y una coherencia en el trabajo. Hay un caso que me llama especialmente la atención en el mundo de la música popular: en los años ochenta, Terence Trent D’arby fue un verdadero fenómeno de ventas y prestigio con su disco “Introducing the hardline according to...”. En el siguiente, “Neither fish nor flesh”, le dio por experimentar (por cierto, se trata de uno de los más surrealistas y sorprendentes que puedan escucharse, una pieza de coleccionista) y la industria, cómo no, lo mandó a galeras. Durante los años siguientes vivió en la pugna entre quienes lo presionaban para que repitiese la fórmula del primero y sus propios deseos. Luego desapareció. Y con internet, ha reaparecido de un modo extraordinario. Tiene su página web y con completa ausencia de intermediarios elabora y vende su música. Es libre, trabaja con su creatividad y va ofreciendo el disco por secciones, a medida que lo escribe y lo graba. No cabe duda de que con su nombre y su repertorio no le costaría demasiado editar a través de una discográfica ‘tradicional’ de mayor o menor tamaño, pero quizá la clave esté en que ahora parece un tipo feliz (se ha cambiado el nombre, por cierto: Sananda Maytreya) y dueño de sí mismo.

Muchos artistas están optando por la misma vía, y esto acabará llegando a la literatura. Todo el mundo espera la revolución a través de los dispositivos electrónicos de lectura que permitan la descarga de libros (el famoso Kindle o similares), pero quizá haya llegado ya con el print on demand y los dueños de la finca no hayan sabido o querido darse cuenta. ¿Qué es lo que hace falta, en realidad? Pues filtros y criterios que de veras respondan a motivos de carácter exclusivamente artístico, tampoco pretendo descalificar a todos los críticos y revistas culturales, pero tengo el suficiente conocimiento de cómo funcionan algunos de ellos/as para afirmar que podrían dar clases magistrales de chanchullo a los del gremio urbanístico. La autoedición no implica, como un corolario, que nunca haya existido ‘juicio crítico’ previo —¿sólo existen lectores capacitados en las empresas editoriales?—. Animo, pues, a que todos los creadores trabajen en ese sentido, el de la propia creación, en primer lugar, pero también en el de la elaboración de criterio, sin duda la carencia más notable del ‘mercado cultural’.

Dicho lo cual, ¿qué espera uno de la publicación de una novela? Pues todo, en un plano personal y literario, y nada, desde una perspectiva material o comercial. Aquí viene a colación la famosa sentencia según la cual el arte y la vida son dos cosas distintas, por eso una se llama arte y la otra, vida. Hace poco se lamentaba Javier Marías de la escasa repercusión que están obteniendo sus ediciones en el sello ‘Reino de Redonda’, y citaba alguno de los títulos que apenas han alcanzado una venta de mil ejemplares. Cifras así te provocan verdaderos escalofríos, como ocurre en otras ocasiones, cuando lees que ediciones de clásicos en sellos como Alba, Funambulista, Impedimenta, etc. resultan un éxito porque venden cinco mil copias. Y el escalofrío se debe a que muchos de esos lanzamientos son verdadero motivo de felicidad para mí, me paso por las librerías en espera de su llegada y el día que los compro se altera mi salivación hasta extremos indecorosos; son un verdadero hito en ese mes, o en ese año, y su lectura, uno de los instantes de felicidad más plena. Entonces, si me paro a pensar que un libro tan importante para mí lo ha sido tan sólo para otras mil, dos mil o a lo sumo cinco mil personas de entre los ¡cuarenta y seis millones! que somos... ¿Qué puedo esperar de la publicación de mi novela sin una distribución potente, sin nombre ni avales, amén de que dista mucho de tratarse de una obra comercial al uso? Pues lo dicho: todo, es decir, la intensa experiencia de haberla escrito durante años, la emoción de ofrecerla al público y de formar parte de ese mundo tan maravilloso y estimulante (el de los libros y los autores que uno admira, a fin de cuentas, aunque evidentemente no quepa ponerme a su altura); y por otro lado, nada, cada lector será un regalo imprevisto, y ni siquiera unos eventuales beneficios compensarían apenas una milésima parte del esfuerzo que me ha costado su composición. La literatura para mí es un ámbito de vocación y libertad creativa, combinada con una fuerte exigencia, sobre el que no puede recaer ninguna responsabilidad y al que no puedo pedir concretos resultados (para eso ya están otros aspectos de la vida). Hace tiempo me hice una pregunta, ¿eres más feliz haciéndolo, o sin hacerlo? Y la respuesta resulta tan obvia que aquí sigo, robándole horas al sueño y pidiéndole al cuerpo en ocasiones más de lo que puede dar. Es para mí muy importante, y al mismo tiempo nada traumático. Hace poco vi un documental sobre Leonard Cohen, y hubo una cosa que me fascinó sobre todo: la media sonrisa con que explicaba su vida y su obra, esa actitud de ‘no pasa nada’ que sin embargo dista mucho de ser acomodaticia o pasiva. En un momento dado hablaba sobre los recitales de poesía en los que participaba en su juventud, y decía algo así como “pensábamos que lo que hacíamos era muy importante, y no lo era... o lo era, no sé”, y vuelta a sonreír. Ése es el ejemplo a seguir, y con los años se puede llegar a ese punto, que quizá en la juventud es pura pose.

Por lo demás, el sistema Bubok me parece extraordinario, hasta tal extremo que para mis próximos libros ni siquiera me planteo otra posibilidad. A mediados o finales de 2.009 calculo que terminaré un libro de relatos y novelas cortas, que saldrá al público igualmente de ese modo. Pienso también distribuir en plan free-lance algunos ejemplares en mis librerías favoritas, a fondo perdido, y en determinadas bibliotecas. Mi esperanza consistiría que llegase a un puñado de esos lectores ‘literarios’ que tanto escasean y tantas opciones tienen. Pero si no es así, seguiré igualmente poniendo el despertador a las 5:45 y trabajando una hora todas las mañanas, antes de vestirme de trampero y bajar a la ciudad a cazar jabalíes para la comida.

Hace tiempo, cuando comenzaba a introducirme en la profesión que actualmente ejerzo, la abogacía, tuve una conversación muy interesante con un veterano y próspero compañero: él trataba de justificar el porqué reclutaba a ‘pasantes’ que en realidad ejercían con éxito plenas labores de abogado durante años, sin contrato ni por supuesto Seguridad Social, con jornadas de doce horas, a cambio de una promesa futura de una modesta y graciable subida de sueldo y quizá de una generosísima contratación, si los astros se conjuntaban y las rosas empalidecían... Pues este prohombre de la jurisprudencia me decía: “es que hay muchos, y ya se sabe, cuando hay mucha demanda...”. Vamos, que con ello se equiparaba a uno de esos admirables emprendedores que aparcan su furgoneta al borde de la carretera para cargar un puñado de inmigrantes y llevarlos al invernadero o la obra sin condición alguna, y el que no esté a gusto, a la puta calle, que hay muchos donde escoger.

Lamentablemente ésa es también la opinión que suele tenerse de los autores que se deciden a editar por su cuenta sus propios libros, o discos, o a alquilar un lugar donde exponer sus creaciones artísticas. Es cierto que hay muchos, es cierto también que la calidad y el alcance de su trabajo van desde la vulgaridad más perfecta, pasando por las posibilidades malogradas —por falta de exigencia—, hasta llegar a la pedantería más insoportable. Pero también lo es que medio de esa barahúnda pueden escucharse voces interesantes, al igual que en la edición tradicional, porque lo contrario sería admitir la creación, y aun la propia sociedad, como un sistema rígido y completamente dirigido, el añorado por los más reacios al desarrollo y los cambios.

No puedo asegurar que la mía sea una de esas voces, pero sí proponer su escucha con humildad, ilusión y media sonrisa.

1 comentario Escribe tu comentario

MABEL García dijo

Francisco, o Paco, como prefieras, coincido totalmente con respecto a tus opiniones sobre "ciertas editoriales"... y bueno, aunque no sirva de mucho consuelo... ¡Bienvenido al Club de los escritores sin apellidos famosos que luchan por hacerse un hueco!.. Continúa así, no cambies, ya sabes el refrán... quien la sigue la consigue.
¡Suerte con "Los Nuevos"!... Ya te avisaré yo también de la novela que voy a publicar... que por cierto... ahora está rodando por editoriales..jajaja... en fin... a ver que cuentan.... ¿Quizás debiera de haberme apellidado Izaguirre??? Un besazo...

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La bestia en la jungla. Blog Literario de Francisco Casoledo

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