06 Oct 2008
Mudanza a http://franciscocasoledo.blogspot.com/
Mi blog continúa, para bien o para mal, en http://franciscocasoledo.blogspot.com/
24 Sep 2008
‘Dietario voluble’. Vila-Matas dentro del libro.

En la portada aparece así, de espaldas al mundo y de cara al libro. Allí es donde se ha instalado y en ese paisaje se mueve. No es mal lugar. Cuando viaja parece hacerlo como excusa para recordar a los autores que le han descubierto un concreto lugar -el viaje se convierte en mera corroboración-, cuando vuelve, sigue leyendo y comentando lo que lee, y cuando opina sobre algo ajeno a la literatura lo hace breve e intensamente, como si irrumpiese en una reunión para dejar clara su postura y volver de inmediato a lo que estaba haciendo. No obstante, puede que alguno de los párrafos más interesantes del volumen sean ésos, como cuando nos habla de la elegancia del frío, o del malhumor general en nuestro país, que por otro lado no es muy adecuado “para la sabiduría y el pensamiento”. Y ni siquiera la insoslayable realidad de su ‘colapso’ físico parece ir más allá de un mal viento que abate las ventanas de ese hogar libresco desde el que contempla la vida. Algo que no tiene nada de escapismo –ahí está, bien que ocasional, su firmeza en el juicio sobre lo cotidiano-, sino de mera y gozosa elección.
Muchos otros, que igualmente la realizamos en algún momento de nuestra juventud incapaz de concretar, tratamos de llevarla adelante con mayor o menor dificultad o fortuna. Aquí está la prueba gráfica de mi intento.
Pero no estoy sólo en ese viaje, sino con la mejor compañía que imaginarse pueda:
24 Sep 2008
‘Los inconsolables’, de Kazuo Ishiguro, en el canon de los escritores españoles.
Una de las novelas elegidas, en el puesto 93, es 'Los inconsolables' de Kazuo Ishiguro. Y tanto a Nuria como a mí nos ha alegrado sobremanera, porque este verano los dos la hemos leído y opinamos que se merece estar ahí. Se trata, sin duda, de una de las obras más arriesgadas y rompedoras que nos ha proporcionado la literatura durante los últimos decenios. En el afán moderno por hallarle parentescos se cita a Kafka y Lewis Carrol, pero sus raíces se encuentran ante todo en el ‘territorio Ishiguro’, un mundo cuyo basamento se halla sobre todo en el lenguaje, gracias al que lo inverosímil se convierte en descarnadamente real y pueden pasar las cosas más atroces en un ambiente de formas exquisitas. Desde las primeras páginas de la novela, los extensos monólogos de los personajes, de ademanes victorianos y prosa elegante, construyen un mundo propio en que las reglas sobre el tiempo y el espacio dejan de ser las usuales. Una conversación en el trayecto de subida de un ascensor de hotel puede alargarse durante muchas páginas, y los encuentros y desencuentros en una noche la hacen interminable, el espacio en que se desarrolla la no-historia es un laberinto de habitaciones que de repente se estrechan en pasadizos o minúsculas salas adjuntas en las que la realidad se deforma, a la manera de las cortinas de David Lynch, los escenarios aparecen y desaparecen, dentro de un autobús hay una fiesta, y la sala de ensayo de un hotel resulta ser una especie de armario desolador expuesto al público... Todos los personajes tienen la necesidad de pedir algo al narrador, el pianista Ryder, todos esperan mucho de él y parecen conocerlo de antes, su presencia en la ciudad suscita unas expectativas que nada tienen que ver con un simple concierto; cada personaje que se encuentra o sale a su paso ve en él una proyección de sus propios deseos: el padre y marido perfecto, el líder carismático, el amigo afín, la esperanza y el consuelo... ¿Es Ryder una especie de encarnación de dios? Lo cierto es que escucha a todos pacientemente y parece comprenderlos, pero nunca hace nada de lo que se espera de él, y a su vez, tampoco parece que ellos confíen en que pueda hacerlo, simplemente le cuentan sus problemas, lo implican e imploran. Luego la vida sigue, y continúan solos. Al final las heridas de la ciudad no se han cerrado, nada se ha resulto, y Ryder proseguirá su gira en otro lugar. Aunque es su voz la que escuchamos –leemos-, no llegamos a conocerlo, y nos sorprende su tolerancia, su capacidad para hacerse responsable que lo que no le concierne, y su incapacidad para llevar a cabo las tareas que se desprenden de esa responsabilidad. En ocasiones parece un dios angustiado por no poder hacer lo que se espera de él, pero en seguida un nuevo requerimiento lo distrae y olvida el anterior, o es algún obstáculo físico – construido a fin de cuentas por los propios hombres- el que se lo impide; a fin de cuentas se trata de una deidad creada artificiosamente por los habitantes de esa ciudad innominada, que puede ser cualquiera, como mero receptor de sus frustraciones —¿es así como ha de entenderse el sentimiento religioso?—. El libro nos habla de la incomunicación y la desesperanza, de la angustiosa necesidad del otro y de la imposibilidad de llegar a crear lazos firmes entre ambos. A este respecto, una técnica interesante que utiliza el autor es la de que el narrador, en primera persona, se permita en ocasiones adoptar el punto de vista de un personaje concreto, penetrar en sus recuerdos y analizar sus temores, sin que de ello no obstante se extraiga alguna consecuencia apreciable, tan sólo forma parte del juego de su inútil empatía. Al igual que el mayordomo de ‘Los restos del día’, los desolados clones de ‘Nunca me abandones’ o el buscador de respuestas Cristopher Banks en ‘Cuando fuimos huérfanos’, conviven en el pianista Ryder un deseo intenso de conocer e intervenir y una desasosegante naturalidad en la aceptación del destino, como si pese a las tentativas que todos ellos realizan para cambiarlo, el resultado fuese una confirmación de lo que ya sospechaban. Así es como vivimos, parece decirnos Ishiguro. Tal vez sea aconsejable no pensarlo demasiado y, a semejanza de ellos, seguir intentándolo.
Volviendo al canon, se nos ha ocurrido hacer nuestra propia selección. Y lo primero es acotar los criterios para realizarla, en primer lugar, ciñéndonos al enunciado un tanto cursi de la pregunta: libros que nos ha cambiado la vida, que yo sustituiría por algo tan sencillo como los libros que más te hayan gustado o marcado a lo largo de tu vida, según puedas recordar. De este modo apelamos más al gusto lector —incluso nuestro gusto pretérito, cuando leíamos tumbados en el suelo con un bocadillo de nocilla en la mano— que a los aspectos más técnicos o formativos: no cabe duda de que algunos nos han enseñado mucho sobre la propia lectura, la escritura o la vida en general, pero se trata de escoger aquellos que no podemos olvidar, aunque no sepamos explicar muy bien por qué. Asimismo nos hemos impuesto no repetir autor, porque muy probablemente la lista se reduciría a dos o tres, si se trata de establecer una clasificación, así que se quedan fuera, yo qué sé, Otra vuelta de tuerca, Mientras agonizo, y tantas otras. Somos una pareja bien avenida, a deducir por nuestras respectivas elecciones, puesto que la práctica totalidad de ellos se incluirían en ambas si en vez de diez fuesen veinte o treinta los escogidos. Por ejemplo, Nuria incluye dos cómics que también formarían parte de mi listado más amplio — también Watchmen, dicho sea de paso—. Y en él habría lugar para la poesía –en la que soy un diletante con mala conciencia—, así como para autores en lengua castellana –La Regenta, los relatos de Cortázar, Juegos de la Edad Tardía, Saúl ante Samuel, La dama del viento Sur, El mercurio, La conquista del aire, Tu rostro mañana...—, y se repararían carencias notables como Proust, Joyce, Stendhal, Chejov, Jane Austen, Musil y tantos otros. Pero me temo que la selección se acabaría convirtiendo en uno de esos mamotretos absurdos del tipo “quién es quién en el mundo de los negocios”, así que vamos allá:
La lista de Nuria:
-El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
-La isla del tesoro, R. L. Stevenson
-Los inconsolables, Kazuo Ishiguro
-La música del azar, Paul Auster
-La bestia en la jungla, Henry James
-La metamorfosis, Kafka
-Viaje al centro de la tierra, Julio Verne
-El perro de los baskerville, Conan Doyle
-Sandman, Neil Gaiman
-From Hell, Alan Moore
Mi lista:
-La copa dorada, Henry James
-El ruido y la furia, William Faulkner
-La metamorfosis, Kafka
-El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde
-Mansfield Park, Jane Austen
-El hombre invisible, H. G. Wells
-El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Stevenson
-Los inconsolables, Kazuo Ishiguro
-El príncipe negro, Iris Murdoch
-Bajo el volcán, Malcolm Lowry
No crea el amable lector que me ha pasado inadvertida una ausencia intolerable en la lista de mi mujer: ‘Los nuevos’, de Francisco Casoledo. Quiero pensar que estaría en el undécimo lugar. De otro modo, me retiraría a una cabaña de los Picos de Europa y callaría para siempre —así que mejor no preguntar—.
24 Sep 2008
“Los nuevos”, próxima publicación de mi novela en Bubok.
La novela saldrá en el sello Bubok, un sistema de autopublicación y difusión a través de una librería virtual en Internet, donde se podrá adquirir en papel, con el habitual formato ‘libro’. Esta reciente posibilidad está suscitando bastante menos debate del que debiera, a mi entender, pero España se ha caracterizado siempre por una cierta reacción a los cambios que sólo sirve para pillar a la gente, más adelante, con el paso cambiado.
De acuerdo con la opinión generalizada y tradicionalmente asumida, las editoriales de siempre aportan juicio y criterio a la hora de filtrar los manuscritos que reciben. Uno adquiere la obra de un determinado autor publicado por un determinado sello porque confía en éste, que con su elección ‘avala’ la calidad de la obra.
¿Alguien puede creerse que suceda así, actualmente? Resulta curioso comprobar lo frecuentes que son las manifestaciones del tipo “las editoriales ni siquiera leen los manuscritos” o las quejas sobre los amiguismos y contactos o las respuestas de rechazo estereotipadas y sospechosamente rápidas. Por no hablar de los premios literarios, tema que correspondería más bien a un blog jurídico especializado, a ser posible, en publicidades falsas, con unas gotas de prevaricación y malversación de caudales públicos. No deja de asombrarme cuando meses antes del presunto fallo se anuncia con desparpajo el ganador, o cuando éste resulta ser siempre un autor conocido, a ser posible de la misma casa, con lo que el arte ha quedado reducido a una especie de ciencia exacta por sus resultados previsibles. Una anécdota propia: hace pocos meses envié mi novela a un premio que aparentemente no olía a podrido, pues tenía incluso unas bases extensas y llenas de requisitos, con una fachada jurídica bastante convincente. El plazo de recepción de las obras terminaba el día treinta de un mes concreto. Pues para mi asombro doce días más tarde se anuncia el ganador, un autor de cierto nombre y colaborador de los medios de prensa de la región donde se convocaba el premio. Habían participado cerca de cuatrocientas novelas. Y el jurado, permítaseme decir que ‘con dos huevos’, se las había leído todas en doce días antes de escoger a la que brillaba claramente por encima del resto. Nada nuevo, pero el caso es que me resultaba tan sorprendente el impudor con que se habían adjudicado a dedo unos buenos millones de fondos públicos que hice una llamada telefónica. Con la excusa de recoger las cinco copias de mi novela —cuyo envío me había costado unos cien euros, por cierto— se me ocurrió preguntar cómo era posible que se hubiese fallado tan pronto, y el responsable municipal de turno, con notable nerviosismo (criatura...) me soltó: “es que aquí corremos como las balas”. Debo agradecerle, al menos, la gracia que tuvo, el tío. Así las cosas, ¿es cierto, pues, que siempre que un libro se coloca en las mesas de novedades ha pasado por un previo y honesto juicio crítico?
Pero el hecho de acudir a un sistema de print on demand como Bubok no implica formular una descalificación global de las editoriales ‘tradicionales’, puesto que no todas trabajan igual, y aunque sean las menos, continúan realizando novedosas propuestas de interés y brindándonos excelentes traducciones de clásicos. Se trata, simplemente, de que el llamado ‘mercado cultural’ (una de esas antinomias que tan a gusto hemos acabado aceptando) no puede pretender abarcar y agotar la creatividad de un pueblo, hasta el punto de conformar una absurda identificación, de modo que todo lo que quede fuera de sus márgenes no existe. Es que, sencillamente, no es así.
El mundo de la música lo conoce bien, son muchos los autores que afirman que la crisis de la piratería ha supuesto de alguna forma una explosión de la creatividad. Antes, el filtro o más bien el embudo, era tan reducido y estaba tan contaminado, que un puñado de discográficas decían a la gente qué tenía que escuchar, a través de las radiofórmulas, y qué era maravilloso y qué irrelevante, de forma que en la práctica los artistas sabían por dónde debían ir y si no, a qué atenerse. De repente todo se ha venido abajo, y curiosamente cada vez abundan más los sellos independientes, los grupos minoritarios, los conciertos, etc. La gente consume más música que nunca, y los artistas que de verdad lo son continúan viviendo de ella, a través de las descargas legales y los conciertos. De una manera creciente se está implantando el criterio de ‘yo pago a quien respeto’, y ese respeto se obtiene en último término con un rigor y una coherencia en el trabajo. Hay un caso que me llama especialmente la atención en el mundo de la música popular: en los años ochenta, Terence Trent D’arby fue un verdadero fenómeno de ventas y prestigio con su disco “Introducing the hardline according to...”. En el siguiente, “Neither fish nor flesh”, le dio por experimentar (por cierto, se trata de uno de los más surrealistas y sorprendentes que puedan escucharse, una pieza de coleccionista) y la industria, cómo no, lo mandó a galeras. Durante los años siguientes vivió en la pugna entre quienes lo presionaban para que repitiese la fórmula del primero y sus propios deseos. Luego desapareció. Y con internet, ha reaparecido de un modo extraordinario. Tiene su página web y con completa ausencia de intermediarios elabora y vende su música. Es libre, trabaja con su creatividad y va ofreciendo el disco por secciones, a medida que lo escribe y lo graba. No cabe duda de que con su nombre y su repertorio no le costaría demasiado editar a través de una discográfica ‘tradicional’ de mayor o menor tamaño, pero quizá la clave esté en que ahora parece un tipo feliz (se ha cambiado el nombre, por cierto: Sananda Maytreya) y dueño de sí mismo.
Muchos artistas están optando por la misma vía, y esto acabará llegando a la literatura. Todo el mundo espera la revolución a través de los dispositivos electrónicos de lectura que permitan la descarga de libros (el famoso Kindle o similares), pero quizá haya llegado ya con el print on demand y los dueños de la finca no hayan sabido o querido darse cuenta. ¿Qué es lo que hace falta, en realidad? Pues filtros y criterios que de veras respondan a motivos de carácter exclusivamente artístico, tampoco pretendo descalificar a todos los críticos y revistas culturales, pero tengo el suficiente conocimiento de cómo funcionan algunos de ellos/as para afirmar que podrían dar clases magistrales de chanchullo a los del gremio urbanístico. La autoedición no implica, como un corolario, que nunca haya existido ‘juicio crítico’ previo —¿sólo existen lectores capacitados en las empresas editoriales?—. Animo, pues, a que todos los creadores trabajen en ese sentido, el de la propia creación, en primer lugar, pero también en el de la elaboración de criterio, sin duda la carencia más notable del ‘mercado cultural’.
Dicho lo cual, ¿qué espera uno de la publicación de una novela? Pues todo, en un plano personal y literario, y nada, desde una perspectiva material o comercial. Aquí viene a colación la famosa sentencia según la cual el arte y la vida son dos cosas distintas, por eso una se llama arte y la otra, vida. Hace poco se lamentaba Javier Marías de la escasa repercusión que están obteniendo sus ediciones en el sello ‘Reino de Redonda’, y citaba alguno de los títulos que apenas han alcanzado una venta de mil ejemplares. Cifras así te provocan verdaderos escalofríos, como ocurre en otras ocasiones, cuando lees que ediciones de clásicos en sellos como Alba, Funambulista, Impedimenta, etc. resultan un éxito porque venden cinco mil copias. Y el escalofrío se debe a que muchos de esos lanzamientos son verdadero motivo de felicidad para mí, me paso por las librerías en espera de su llegada y el día que los compro se altera mi salivación hasta extremos indecorosos; son un verdadero hito en ese mes, o en ese año, y su lectura, uno de los instantes de felicidad más plena. Entonces, si me paro a pensar que un libro tan importante para mí lo ha sido tan sólo para otras mil, dos mil o a lo sumo cinco mil personas de entre los ¡cuarenta y seis millones! que somos... ¿Qué puedo esperar de la publicación de mi novela sin una distribución potente, sin nombre ni avales, amén de que dista mucho de tratarse de una obra comercial al uso? Pues lo dicho: todo, es decir, la intensa experiencia de haberla escrito durante años, la emoción de ofrecerla al público y de formar parte de ese mundo tan maravilloso y estimulante (el de los libros y los autores que uno admira, a fin de cuentas, aunque evidentemente no quepa ponerme a su altura); y por otro lado, nada, cada lector será un regalo imprevisto, y ni siquiera unos eventuales beneficios compensarían apenas una milésima parte del esfuerzo que me ha costado su composición. La literatura para mí es un ámbito de vocación y libertad creativa, combinada con una fuerte exigencia, sobre el que no puede recaer ninguna responsabilidad y al que no puedo pedir concretos resultados (para eso ya están otros aspectos de la vida). Hace tiempo me hice una pregunta, ¿eres más feliz haciéndolo, o sin hacerlo? Y la respuesta resulta tan obvia que aquí sigo, robándole horas al sueño y pidiéndole al cuerpo en ocasiones más de lo que puede dar. Es para mí muy importante, y al mismo tiempo nada traumático. Hace poco vi un documental sobre Leonard Cohen, y hubo una cosa que me fascinó sobre todo: la media sonrisa con que explicaba su vida y su obra, esa actitud de ‘no pasa nada’ que sin embargo dista mucho de ser acomodaticia o pasiva. En un momento dado hablaba sobre los recitales de poesía en los que participaba en su juventud, y decía algo así como “pensábamos que lo que hacíamos era muy importante, y no lo era... o lo era, no sé”, y vuelta a sonreír. Ése es el ejemplo a seguir, y con los años se puede llegar a ese punto, que quizá en la juventud es pura pose.
Por lo demás, el sistema Bubok me parece extraordinario, hasta tal extremo que para mis próximos libros ni siquiera me planteo otra posibilidad. A mediados o finales de 2.009 calculo que terminaré un libro de relatos y novelas cortas, que saldrá al público igualmente de ese modo. Pienso también distribuir en plan free-lance algunos ejemplares en mis librerías favoritas, a fondo perdido, y en determinadas bibliotecas. Mi esperanza consistiría que llegase a un puñado de esos lectores ‘literarios’ que tanto escasean y tantas opciones tienen. Pero si no es así, seguiré igualmente poniendo el despertador a las 5:45 y trabajando una hora todas las mañanas, antes de vestirme de trampero y bajar a la ciudad a cazar jabalíes para la comida.
Hace tiempo, cuando comenzaba a introducirme en la profesión que actualmente ejerzo, la abogacía, tuve una conversación muy interesante con un veterano y próspero compañero: él trataba de justificar el porqué reclutaba a ‘pasantes’ que en realidad ejercían con éxito plenas labores de abogado durante años, sin contrato ni por supuesto Seguridad Social, con jornadas de doce horas, a cambio de una promesa futura de una modesta y graciable subida de sueldo y quizá de una generosísima contratación, si los astros se conjuntaban y las rosas empalidecían... Pues este prohombre de la jurisprudencia me decía: “es que hay muchos, y ya se sabe, cuando hay mucha demanda...”. Vamos, que con ello se equiparaba a uno de esos admirables emprendedores que aparcan su furgoneta al borde de la carretera para cargar un puñado de inmigrantes y llevarlos al invernadero o la obra sin condición alguna, y el que no esté a gusto, a la puta calle, que hay muchos donde escoger.
Lamentablemente ésa es también la opinión que suele tenerse de los autores que se deciden a editar por su cuenta sus propios libros, o discos, o a alquilar un lugar donde exponer sus creaciones artísticas. Es cierto que hay muchos, es cierto también que la calidad y el alcance de su trabajo van desde la vulgaridad más perfecta, pasando por las posibilidades malogradas —por falta de exigencia—, hasta llegar a la pedantería más insoportable. Pero también lo es que medio de esa barahúnda pueden escucharse voces interesantes, al igual que en la edición tradicional, porque lo contrario sería admitir la creación, y aun la propia sociedad, como un sistema rígido y completamente dirigido, el añorado por los más reacios al desarrollo y los cambios.
No puedo asegurar que la mía sea una de esas voces, pero sí proponer su escucha con humildad, ilusión y media sonrisa.
24 Sep 2008
Alan Bennet y Carlos Pujol.
“La plaza de piedra”, novela corta de Carlos Pujol incluida en su libro “Dos historias romanas” (Destino) es, por el contrario, una historia carente de vuelo. Carlos Pujol, del que recuerdo una estupenda colección de ensayos sobre autores anglosajones (‘Victorianos y modernos’) es más un crítico apasionado por la literatura que un verdadero narrador. Como teórico nos contagia de su afán lector, y sin embargo en la escritura de ficción no deja de ser un notable compositor de pastiches. Sus libros se leen agradablemente, pero con la misma facilidad se olvidan. Así ocurría en el anterior que leí, ‘Cada vez que decimos adiós’ (Seix Barral), y en estas historias romanas repletas de fatigosas descripciones de itinerarios a través de la ciudad y su historia, al tiempo que se trenza una vaga intriga y una historia de amor. La primera se resuelve con desgana y la segunda, con la brusquedad del que debe poner fin a aquello de alguna manera. Por el contrario, en su reciente ‘Fortunas y Adversidades de Sherlock Holmes’ su indudable agudeza como analista literario encaja mejor con el intento de convertir en ficción a alguno de los personajes que más le interesan. Estos breves relatos sobre el famoso personaje pueden entenderse más como irónicas glosas de la obra de Conan Doyle que como narraciones en sí mismas, y es ahí donde el lector se reencuentra con el Carlos Pujol que más apreciamos. Aquel que durante muchos años ha ido desbrozando el camino de la mejor literatura anglosajona.
24 Sep 2008
Un instante perfecto.

En la entrada había una señora de no menos de setenta años que cobraba las entradas y sacaba las vueltas de una especie de caja de latón muy antigua. Apenas tres de los cuartos estaban abiertos, y en ellos había dispersos numerosos objetos, manuscritos –notas de correspondencia, fundamentalmente- y fotografías del maestro, incluido uno de sus bastones de paseo. Debo reconocer que tuve un comportamiento bastante poco digno para un asturiano criado en la cuenca minera. Me quedé sin habla, con el corazón a cien y una cara de lelo que desgraciadamente conservo en documento gráfico. Menos mal que Nuria tomó las riendas, sacó las fotos y me sugirió que tocase alguno de aquellos objetos, lo que hice con bastante reparo, temiendo que la señora del latón o un bobby expresamente traído de la capital me cogiesen por la oreja y me sacasen de allí. Ya en el jardín, luminoso y bien cuidado, resultaba fascinante pensar que el autor había estado paseando por alguno de los cuartos de la planta de arriba mientras dictaba aquellas frases tan certeramente intrincadas que tanto nos han enseñado sobre el arte de la novela y el ser humano de cualquier época.
Estuvimos sentados un buen rato, dejando pasar el tiempo, hojeando algunos libros suyos que habíamos llevado para el viaje en el tren, y luego fuimos a dar una vuelta por el pueblo, una villa encantadora de calles empedradas y antiguas casas con nombre propio. En una librería compré un volumen de David Lodge (‘The year of Henry James’) en el que, junto a ensayos propiamente literarios, cuenta algunas circunstancias divertidas que experimentó durante el proceso de redacción de su extraordinaria novela ‘El autor, el autor’, que por cierto presentó en Rye.
Y es que a nadie le cabe duda de que el fantasma del maestro se pasea por allí, enredado en sus pensamientos, seguramente escandalizado por el comportamiento de los turistas que acudimos a perturbar sus recuerdos, y molesto por la imposibilidad de encarnarse de nuevo y retocar una o dos frases o meras palabras de algún texto en concreto que, con los años, ha acabado por resultarle insatisfactorio.
Si es así, espero que me haya disculpado por haber manoseado su bastón (la culpa fue de Nuria, al fin y al cabo).
24 Sep 2008
A vueltas con Iris, y los libros que ha sepultado en mi biblioteca.
La necesidad de amistad y consuelo es otra de las constantes de sus novelas, pero lo es en ésta especialmente, manifestada en el mero contacto de unos personajes con otros a través de las manos (Jonh Ducane con su chófer, Willy y Mary, en los que el simple y amistoso tacto constituye “su forma de hacer el amor”...). También es interesante el uso de elementos naturales como objetos simbólicos —la bola verde, los guijarros, el mar, siempre el mar—, y debo destacar el maravilloso capítulo decimoséptimo, en el que en una suerte de intermezzo hace coincidir a los personajes no sólo en un ámbito de tiempo y espacio, sino en unos mismos sentimientos y reflexiones. Porque todos, parece decirnos, pasamos por las mismas fases de pérdida, cobardía, enamoramiento, arrojo, torpeza, mezquindad y capricho en algún momento de nuestra vida; y tal vez por ello, al final, John no se atreve a erigirse en juez de Biranne, y opta por imponerle una obligación en aras precisamente de su felicidad.
Volviendo a la cuestión de los ‘acabados perfectos’ que le reprochaba Pombo, como lector agradezco que los personajes lleguen a algún punto en sus vidas después de casi seiscientas páginas de reflexiva parálisis, pero lo cierto es que tales acabados no son sino una último regalo que por cortesía se nos ofrece, pues una novela tan extensa y compleja nos ha proporcionado ya sobrados alicientes.
A lo largo de este año, Iris ya va dejando unos cuantos cadáveres en la sepultura de las baldas más bajas de las estanterías, que es donde coloco los libros que leo a la mitad y abandono, para que no me miren mal y me increpen cuando escojo otros. La irregularidad de Conrad en sus relatos marinos (aunque es excelente el incluido en el volumen colectivo Alter Ego, de Siruela, sobre el tema del doble), el amaneramiento de la prosa de Margaret Kennedy en “La ninfa constante”, la ligereza de Maughan —delicioso en las distancias cortas, débil en las novelas—, la pesadez de Henry Green (‘Viajando en grupo’, Lumen), o “El Halcón Peregrino”, de Glenway Wescott, libro sobrevalorado, con un abuso claro de un símbolo tan evidente, si lo comparamos con cualquiera de los objetos de Iris Murdoch a que he hecho referencia, que acaba siendo terriblemente aburrido. Tal vez los retome en algún momento, quizá no era la época adecuada, quizá se deba a mi temperamento adictivo... el caso es que de momento permanecerán allí abajo, y es posible que mueva las mesas y las sillas del comedor para que se vean menos.
19 Sep 2008
Vila-Matas seduce y destruye.
19 Sep 2008
'Crematorio', de Rafael Chirbes
16 Sep 2008
Ivy Comptom-Burnett
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