16 May 2008

La náusea (y II)

Escrito por: Angel Manuel Guirao Castroverde el 16 May 2008 - URL Permanente

Como todo el mundo sabe, la demanda de Telma Ortiz ha sido desestimada (con imposición de costas) por la juez del caso.

El pasado domingo escribí en estas páginas un post (bastante duro, por cierto) en el que expresaba mi indignación ante el acoso permanente que viven esta chica y su entorno, y lamentaba que los medios supuestamente dignos y hasta las personas serias e intelectuales se hubieran puesto del lado de los vulneradores.

Si alguien piensa que he cambiado de opinión, se equivoca. Radicalmente.

Porque no era una cuestión jurídica, sino moral, la que denunciaba el pasado domingo. Me parecía, y me sigue pareciendo, cochambroso que la sociedad acepte como válido que un personaje “público” no tenga derecho a intimidad, máxime si, como en este caso, esa circunstancia (la de ser un personaje público), no sólo no ha sido buscada, sino que resulta totalmente ajena a su voluntad.

También decía que me parecía, y me sigue pareciendo, que sólo a un cretino desocupado puede interesarle lo que haga una persona, por muy pública que sea, en sus ratos libres. Y que confundir eso con el derecho a la información es mezclar churras con merinas.

Pues bien, si las leyes permiten que la sociedad tenga derecho a acceder a la vida privada, aunque esa vida o trozos de vida se desarrollen en la calle y a plena luz del día, de los personajes públicos (los de verdad, no los famosos) esas leyes, en la medida en que sirven o subvienen a intereses espurios (el chisme y el cotilleo) no merecen sino mi condena y oposición.

Por lo que respecta a la dimensión jurídica del asunto, el auto, y eso es lo grave, se ajusta a derecho por la única razón de que la juez se ha limitado a plasmar la, en mi opinión obsoleta, doctrina del TC en materia de intimidad y derecho a la información.

Es sabido que cuando nuestros Tribunales detectan un conflicto o colisión entre el derecho a la intimidad y el derecho a la información se suelen decantar por el segundo. Esto se explica por el hecho de que España viene de un Régimen en el que durante cuarenta años se estuvieron vulnerando de manera sistemática todos los derechos relacionados con la libertad de opinión y expresión. Por ello, la democracia siempre ha visto en estos valores su más genuina esencia o razón de ser. Y los Tribunales, y más en concreto el TC, pieza angular del sistema, han entendido que en la protección de esos derechos nos jugábamos, de alguna manera, la protección del sistema democrático en su conjunto.

El problema es que las circunstancias se han invertido y los Tribunales parecen no haberse dado cuenta. En esta sociedad mediática y del espectáculo, en este gallinero social y televisivo en el que todo el mundo se cree con derecho a decir y a hacer lo que le dé la gana, son precisamente las personas discretas, las que deciden mantener un claustro privado de intimidad personal y familiar, las que necesitan amparo y protección.

Y esto es lo que creo que aún no ha entendido la justicia. Porque, por mucho que digan la juez y el fiscal del caso, en el asunto de Telma Ortiz no debería apreciarse jamás, so pena de desnaturalizar y retorcer los derechos hasta hacerlos perder su sentido, que existe una colisión entre el derecho a la intimidad y el derecho a la información. Si confundimos el interés general (que está en la base del derecho a la información) con la rutina diaria de las personas (derecho a la intimidad), sean públicas o privadas, es que esta sociedad tiene una empanada ética que debería hacerse mirar de inmediato. ¿O acaso no hay que estar muy empanado para creer que informar es meter un micrófono en la cara del primer personaje ”público” que pisa el portal de su casa para comprar el pan?

Si llegamos al paroxismo de considerar personaje público, con la única intención de ganar una coartada que después nos permita invadir su esfera íntima, a todo aquel que empariente con un cargo de esa naturaleza, es que esta sociedad tiene unas lentes tan amplias como cortos sus escrúpulos morales.

Si nos creemos, en fin, con derecho a mirar y fisgonear en la vida del prójimo con la excusa del interés público o general, es que nos hemos degradado hasta un extremo que a lo mejor no estamos en disposición de aceptar.

Quizá es por eso que hacemos leyes y sentencias que legitimen nuestra obscenidad.

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

jpolinya dijo

No necesito comentar.

Ya sabes mi opinión que he dejado en mi post y que ha sido comentado por tí, cosa que agradezco.

Coincidimos en la repulsa a esta desesperante situación de violación constante de la vida privada de las personas, por cuatro indeseables que se proclaman periodistas.

Un abrazo.

jpolinya dijo

Artículo de opinión en Levante-Emv de hoy, firmado por Emili Piera.

http://www.levante-emv.com/secciones/noticia.jsp?pRef=2008052000_5_448779__Opinion-Telma-Ortiz

Aunque Telma Ortiz, la hermana de la princesa Letizia, haya perdido un juicio, esperemos que no le hagan perder el juicio. Como le ocurriría a cualquiera a quien persiga, el tiempo suficiente, las veinticuatro horas del día, una furiosa horda de cotillas con patente de informadores. Por escapar desaforadamente de los paparazzi, otra princesa -Diana Spencer- se estampó contra una columna parisina de hormigón (tributo a la modernidad, la columna no era ni de mármol). No es que esta temporada me sienta caballero sin espada, consuelo de viudas y paladín de herederas, es que hay que distinguir.
Como en la sociedad mediática, la condición pública no se tiene previamente sino que se adquiere -como la Luna su luz- por verse reflejado en los propios medios, queda abierta la puerta a toda clase de tropelías que, además, de arrollar el derecho y el sentido común, desvirtúan el periodismo, donde lo público es, precisamente, un dato previo: es público el cargo público y quien vive del público -la farándula- y quien se vuelve público a través de una acción meritoria o una patente atrocidad. El resto sólo es público porque mira, oye o lee.
Así pues, no hay en toda la literatura académica del periodismo una sola referencia a que hurgar en las gónadas de una pareja o en los desarreglos hormonales de sus herederos tenga la menor relación con el periodismo. Aparte de eso, las empresas dedicadas a la televisión de la víscera suelen trabajar a precios reventados, con costes mínimos y con jovencitos y jovencitas tratados como ganado con micro. Cada cual se gana la vida como puede, pero el mercado libre no está por encima de los derechos humanos. Hay un campo público vastísimo y, por cierto, vedado por toda clase de confidencialidades, secretos y sigilos, que es el campo apropiado para que un periodista meta la nariz. Estaría bien que los jueces se esforzaran por mantener la primacía de la libertad de informar en tales sitios.

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