01 Jul 2008
¿ALGO ASÍ COMO UN NUEVO RENACIMIENTO…?
Nos da por pensar que, si bien el mundo sigue sobrecargado de lastres (como el miedo, la codicia o el poder desmedidos, la violencia, el hambre, la contaminación y otros tantos males y peligros genéricos o con nombres y apellidos) hay indicios que permiten una mirada de optimismo y complacencia.
Bien es cierto que hay que matizar la anterior afirmación: el mundo es demasiado grande y diverso como para permitir una única lectura. Sobre el planeta se asientan tantas y tan diversas voluntades que es difícil encontrar un solo pulso. Por eso, a pesar de poder destacar una serie de aspectos positivos, siempre convivirá en este mundo lo más digno y lo más vil. Nada hace presumir lo contrario. El análisis del momento nos permite entrever tendencias, que no son únicas ni monocordes sino múltiples y divergentes.
Algunas de las consecuencias del largo periodo de “suficiente” paz, libertad y prosperidad que se ha vivido en Occidente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, han sido la extensión de una renovada confianza del ser humano en sus posibilidades, la democratización del acceso a la cultura y a su “consumo” y el desarrollo acelerado de la tecnología y el conocimiento en general.
Este avance tampoco ha sido uniforme ni natural. Nuestra innata susceptibilidad ha permanecido siempre agazapada aportándonos argumentos de celo y desconfianza mutua. Siempre está latente una aguda susceptibilidad, de tal manera que hay una voz interior que nos dice que el progreso ajeno es anuncio de dificultades propias. Nada más lejos de la realidad cuando se colabora con un talante abierto y generoso (algo que también muchas veces falta). Aún así, el progreso ha sido incontenible.
Podríamos decir que existe un factor que está resultando muy importante: las posibilidades de comunicación -a nivel global e intercultural, de forma instantánea y a un coste muy reducido- que se han abierto con las nuevas tecnologías y especialmente con Internet. La oportunidad de estar presente simultánea e inmediatamente en todo el globo ha dado alas a la tradicional necesidad humana de presencia entre sus congéneres. Si tenemos en cuenta, además, que en un medio tan masivo como Internet es muy difícil captar la atención del receptor y que no hay mejor forma de hacerlo que con las artes y las letras, la semilla para un florecimiento de la cultura está sembrada -que no maduro su fruto-. Y hablamos, por supuesto, de una cultura realmente extendida por toda la población.
Estamos asistiendo a una proliferación ingente de información, a una enorme multiplicación de las personas que se suman al hábito de contar y publicar, a la moda del discurso y del debate, a la verdadera democratización del pensamiento y de la cultura, muy por encima de lo que ha podido ocurrir en cualquier otra época de la humanidad. Este mismo blog -al que tanto le está costando abrirse un ridículo hueco- es un ejemplo de ello. Realmente, la experiencia del saber, el libre ejercicio de la experimentación con la palabra y la comunicación a gran escala, están creando un caldo de cultivo que tarde o temprano -si no está ocurriendo ya- permitirá consolidar un nuevo planteamiento optimista de la realidad y de la trayectoria humana. La cultura deviene en confianza, que deviene en optimismo, que deviene en creatividad, que deviene en emprendimiento, que deviene en progreso, que deviene en confianza. ¡Bingo! Un circulo virtuoso…
¿Podemos permitirnos el lujo de que nuestro optimismo sea desbordado? Jamás. Hay tantos o más riesgos que elementos de confianza. Nuestro optimismo no debe servir para ignorar estos riesgos sino para afrontarlos en la confianza de que son superables. Y, una vez más, tropezamos con el factor cultural, que no se puede imponer: visualizar, afrontar y superar los riesgos actuales de la humanidad -los viejos y los nuevos- debe ser la consecuencia lógica de un proceso de maduración de la personalidad, de un nítido avance en la confianza responsable, de una apertura de miras sin parangón, de la creación de una red de debate y cohesión a escala mundial… ¿Tal vez es precisamente a su nacimiento a lo que estamos asistiendo? Tal vez, solo tal vez…
Confiemos... ¿En algo así como un nuevo Renacimiento...? Tal vez, solo tal vez...
28 Jun 2008
EL ESTADO Y LOS PELIGROS DE LA PARTITOCRACIA
La vida es una permanente lucha por asegurarse la suficiente disposición de aquellos bienes que no están ilimitadamente disponibles. Nacemos desnudos y nuestra supervivencia depende del éxito que tengamos en producir y obtener esos bienes escasos. Es nuestra primera y básica lucha -en el sentido literal de la palabra- diaria.
Especialmente en las sociedades occidentales, la actual abundancia -que no es gratuita- nos puede hacer olvidar estas cuestiones básicas. Si echamos un vistazo a la historia de la humanidad podremos comprobar que el hambre y la miseria ha sido un continuo, raramente superado. Para la mayor parte de la población siempre ha sido así. De hecho, hoy en día, sigue habiendo en el mundo grandes bolsas de pobreza.
En nuestro afán por asegurarnos nuestra subsistencia -y acomodo- hemos recurrido a cualquier medio. El que más éxito ha tenido en todos los tiempos ha sido el saqueo y las guerras: “si tu tienes y a mi me falta, te lo quito y, si hace falta, por la fuerza”. Por suerte, a medida que nos hemos ido civilizando también hemos ido dulcificando este postulado, de tal manera que sin dejar de tener toda su validez, ese “por la fuerza” ha ido dejando de ser un sinónimo generalizado de violencia física pura y dura.
En ese proceso civilizador han jugado un papel fundamental los “Estados”, entendidos en un sentido amplio como estructuras formales de poder que nacen de los ciudadanos y que, a su vez, se someten a él. Ciertamente, los Estados nacen para regular la vida común de los miembros de una sociedad, un fin muy loable. Sin embargo, la lucha de poder los termina convirtiendo en campo de batalla y elemento de codicia para todo aquel que tiene talento, pocos escrúpulos y un afán de lucro y notoriedad desmedidos. Más aún cuando el tamaño de la sociedad difumina hasta niveles insospechados la relación que existe -o debería existir- entre el individuo y dicha estructura (hoy por hoy reducida al simplista y confuso ejercicio del voto cada cierto tiempo)
Una vez que la ciudadanía ha asimilado como algo natural el control que ejerce esta entidad social sobre sus vidas personales y que, por otra parte, la propia complejidad de las sociedades ha alejado del ciudadano de a pie estas instituciones, la lucha de poder se ha convertido en una lucha de determinados grupos de influencia por el control de estos instrumentos de gobierno, con la propia ciudadanía como invitado necesario pero incómodo y, por tanto, como elemento que hay que relegar a la mínima pero necesaria expresión.
Solo en este contexto se entienden muchas de las características que observamos en la vida política e institucional en los países occidentales: Los partidos políticos dejaron de ser focos de ideas y debate para convertirse en el trampolín necesario para acceder a las instituciones del Estado. Los partidos, además, se han convertido en el elemento más codiciado de los grupos de poder para imponer su hegemonía y asegurar sus privilegios. Los políticos se han convertido fundamentalmente en mercaderes de influencias y de bienes públicos, por lo que el debate ideológico ha desaparecido prácticamente y se ha tendido a una homogeneización de discursos que ofende la inteligencia. Podríamos continuar detallando numerosos elementos de este puzzle pero ya tenemos aquellos que son fundamentales.
Al final, el Estado es una entidad dentro de la sociedad que ha adquirido vida propia: responde a una dinámica alejada de la mayor parte de la ciudadanía y cercana a los grupos de poder. Lo realmente grave de este problema (ya anticipado desde hace decenios -por no decir siglos-) es la cantidad de recursos que mueve eso que llamamos Estado. ¡Apabullante el control que tiene sobre la economía y el bienestar…! Y si bien la supervivencia de toda esta organización pasa por la estabilidad social y, por tanto, por asegurar un adecuado nivel de bienestar a la ciudadanía -lo que es incuestionable que se está haciendo-, la sangría de recursos que se pierde por el camino y por la ineficiencia (o ineficacia) con que son utilizados los fondos públicos debería sonrojar a unos e indignar a otros. Tal vez no sea un gran porcentaje de la riqueza de nuestros países pero, si tenemos que ceder parte de la que nosotros mismos creamos, que sea para su buen uso y si no es así, que nos dejen gestionarla directamente.
Cualquier análisis riguroso que se haga demostrará que el peor gestor de recursos es el Estado (administraciones o empresas públicas). La razón es muy sencilla: gestiona lo que no es suyo y, por lo tanto, lo que nunca puede ser una pérdida (aunque muchas más veces de lo que sería lógico esperar, lo hace en beneficio propio –hablamos de la corrupción-). Todos podemos comprobar la poca importancia que muchas veces da un político o un cargo público a ser sancionado cuando la sanción es pagada con fondos públicos. Estos cargos no responden de su irresponsabilidad o ineficacia con sus recursos sino con el de sus conciudadanos.
Cabe resumir que, con esta configuración de la realidad social, es una irresponsabilidad dejar en manos de la clase política y del Estado una gran parte del patrimonio de los ciudadanos, ya sea mediante la captación de la renta de empresas y particulares, mediante la intromisión en la gestión de la actividad productiva o mediante la regulación hasta límites asfixiantes de las reglas de juego que atañen a nuestras libertades. Se hace imprescindible frenar el avance en esa senda que agrava el control y la dependencia de los ciudadanos respecto a los poderes públicos, de forma directa o indirecta, y que favorece una asignación de los recursos ineficiente y despilfarradora.
Defender la libertad en nuestras sociedades supone defender el libre concurso de los ciudadanos -como tales-, defender una reglamentación que favorezca la igualdad en las oportunidades, el desarrollo del talento, la agilidad en la reasignación de los recursos hacia las actividades más provechosas en cada momento (en función de la elección individual), supone no favorecer mediante subvenciones u otros métodos la existencia de organismos cerrados receptores de privilegios injustificados e injustos, etc.… Y eso solo se puede hacer en un contexto en el que el Estado tenga una dimensión limitada y la ciudadanía se haya dotado de una reglamentación eficaz, precisa y sencilla. No queremos que se desbarate nada, queremos que las instituciones estén realmente al servicio de la mayoría de los ciudadanos y no al revés.
¿Cabe la solidaridad en todo esto? Por supuesto, la solidaridad es el mayor factor de cohesión social, por encima de cualquier otro. Nos hacemos ciudadanos de “buena voluntad” siendo solidarios. Y, por supuesto, dentro del esquema anteriormente desarrollado, la sociedad debe asegurarse que la solidaridad se un bien abundante. Pero no invirtamos los términos como hacen muchos políticos al uso: la solidaridad es, fundamentalmente, un rasgo cultural, una expresión de los más altos valores del hombre, y no se puede imponer a nadie. A nuestros efectos y, como en todos los ámbitos de la vida, no se puede vencer sino convencer… con educación.
23 Jun 2008
CONFIANZA Y LEALTAD (…EN LA EMPRESA)
¿De qué puede ir un texto que tiene un titulo tan culinario (al estilo de “sal y pimienta”, por ejemplo? Como no puede ser menos, va de ingredientes aunque no culinarios. ¿Y para qué sirven estos dos ingredientes? Son imprescindibles para dar estabilidad con perspectiva de largo plazo a cualquier relación humana (entre humanos, aunque no estrictamente entre ellos) y del tipo que sea. ¿Qué entendemos por confianza? La seguridad por la cual una persona espera que los actos de otra le proporcionen beneficios o, en su defecto, no le generen perjuicios. Más que un valor, que puede serlo, es un estado resultante de la actuación de las partes. Es algo así como una cuenta corriente, como tantas veces se ha mencionado. Pero, yendo más allá, es una cuenta corriente que, puede servir para realizar créditos e inversiones arriesgadas. Por último, decir que es imprescindible para cualquier relación a largo plazo entre iguales. ¿Qué entendemos por lealtad? La actitud por el cual una persona mantendrá sus compromisos voluntariamente aceptados a favor de otra y no actuará con la intención de perjudicar a esta. Más que un estado, es un valor o requisito necesario para la confianza. Como se puede deducir fácilmente una no puede existir sin la otra. Son realidades que se complementan y que actúan sobre la misma materia: la relación humana fundada en la buena voluntad. Si en algún momento se deteriora una de ellas, se resentirá igualmente la otra: o existen simultáneamente o, simplemente, no existen. Tanto la lealtad como la confianza son valores que solo se pueden dar entre iguales. Se basan en el compromiso libremente aceptado por dos o más partes y exige por igual a ambas. Su vulneración, además, equivale a la perdida de estos dos valores y termina con la ruptura de la relación entre los iguales. En el mundo de la empresa parecería, a primera vista, que es impracticable una relación de este tipo, dado que se debe dar entre personas organizadas en una estructura irremediablemente jerarquizada, donde la capacidad de decisión e influencia varía, es necesario que esté supeditada a la línea de mando que jamás se debe vulnerar: “el de arriba manda y el de abajo obedece”, podríamos decir de una forma simplista. Sin embargo, por muy paradójico que pueda parecer, la confianza y la lealtad en la empresa sigue siendo un valor entre iguales. Pasemos a analizar esta aparente contradicción. Aparentemente, en una relación jerárquica donde es obligatoria la obediencia una de las partes tiene ventaja. Sin embargo no es así, puesto que en estos casos, la obediencia es tan sólo otro de los valores de una relación y, por supuesto, tiene su contrapartida para quien se somete a ella: la exigencia de la buena dirección. Podríamos decir que, si pretendemos obediencia estamos obligados a dirigir con “maestría” (capitulo aparte requeriría aclarar este concepto) y, por el contrario, si nos sometemos a la obediencia es con la condición de ser “magistralmente” dirigidos. Como vemos, sigue habiendo una relación entre iguales en la cual una parte renuncia a algo de su autonomía a cambio de ser correctamente dirigido. Y ¿cómo se entiende la confianza y la lealtad en un entorno jerarquizado como es el caso de la empresa? Exactamente, de la misma manera que hemos comentado anteriormente. Pero ¿cómo se concreta en la empresa? Es decir, en el caso de discrepancias, especialmente graves, en las cuales la parte dirigente (quien espera obediencia) tiene la última palabra e impone su criterio a la parte que debe obedecer ¿cómo se ejercita la lealtad y se preserva la confianza? No puede ser más sencillo. En virtud del compromiso de lealtad y del de obediencia, la parte que debe cumplirla esta obligada a apoyar la decisión tomada aunque no sea de su conformidad: es obligado apoyar la decisión con la misma energía y espíritu constructivo que si estuviera de acuerdo. Y ¿qué pasa si finalmente la praxis otorga la razón a quien tuvo que ceder obligadamente? Nada de nada. Una vez que se toma un rumbo, o llegamos todos a puerto o nos hundimos todos: de nada valen expresiones del tipo “yo ya sabía…”, “ya te dije que…”, etc. Eso es lealtad en la empresa. Por cierto, ¿existe algún límite en la obediencia? Por supuesto: obedecer no puede ser motivo de vulneración de las creencias fundamentales y de los valores del individuo. Además no se puede mantener ese compromiso si no se da una dirección “magistral”, como ya hemos anticipado. Y frente al compromiso de quien debe obediencia ¿no existe un compromiso paralelo de la parte dirigente? Por supuesto, si no fuera así, no sería una relación entre iguales. La parte dirigente debe mantener firme su confianza en quien debe obedecer, aún cuando conozca a ciencia cierta que no coincide en sus mismos planteamientos. Y lo debe hacer porque es consciente de que, por el compromiso de obediencia, la otra parte apoyará sin reservas sus decisiones. Y, además, lo debe hacer porque, en el caso de que no se contara con esta parte para llevar a cabo las decisiones finalmente tomadas, sería una retirada de confianza en toda regla, una actuación arbitraria y un incumplimiento del compromiso de lealtad. En definitiva, supondría la ruptura unilateral de la relación profesional entre las partes. Al fin y al cabo, se debe producir un mutuo compromiso. La parte directiva debe decir algo así como: “yo mantengo firme mi confianza y te mantengo las plenas funciones asociadas a tu puesto mientras tu defiendas las decisiones finalmente tomadas como si fueran tuyas, aunque no estés de acuerdo. Si no actuaras así supondría de hecho la ruptura de la confianza y de la relación profesional” Paralelamente, la parte sometida a obediencia vendría a decir algo así como: “yo te obedezco y defiendo tus postulados como si fueran los míos (aunque no comparta tus planteamientos), mientras tú no me retires de esos asuntos en caso de discrepancia. Si lo hicieras, supondría de hecho la ruptura de la confianza y de la relación profesional” Concluyendo: ¿es importante la confianza y la lealtad en un entorno jerarquizado como la empresa? Es imprescindible por el mero hecho de que las partes que concurren en la empresa lo hacen voluntaria y libremente, como sujetos de derechos y obligaciones mutuamente provechosos y razonablemente establecidos. No puede haber estabilidad en una relación profesional sin estos “ingredientes” que son producto de la buena voluntad de las partes. Pero es más: son vitales si lo que se pretende es finalizar con éxito proyectos especialmente ambiciosos, donde la colaboración y el compromiso incondicionales son imprescindibles. Al final, cuanto más ambicioso sea un proyecto en grupo, mayor debe ser la presencia de estos ingredientes. Tenemos la sensación de que nos hemos extendido un poco… ¿será para bien…?
29 May 2008
¿SOCIEDAD DEL BIEN-ESTAR?
Uno, que gusta de hablar con sus mayores -los abuelos de los adolescentes de hoy-, disfruta cuando comprueba con alegría lo mucho que se ha modernizado este país es los últimos cincuenta años. Por citar solo algunas de las grandes líneas de progreso, destacaría el avance en las libertades públicas, en el nivel cultural y en el desarrollo económico. Sin duda hemos recorrido un camino que era imprescindible ser recorrido. Nos lo merecíamos y podemos estar orgullosos de ello: después de décadas y siglos de impotencia hemos conseguido recuperar el protagonismo sobre nuestro destino. Hemos tomado la iniciativa sobre nuestras vidas y hemos vivido sin complejos, manteniendo el pulso firme para alcanzar aquello que deseábamos. Incluso hemos sido un ejemplo para el mundo, tanto políticamente, como culturalmente, como económicamente. Sin embargo, al hablar con mis mayores, siempre me choca la humildad de su actitud y de su proceder, la afabilidad de su trato, la generosidad en su entrega o la rectitud de sus actos. A veces pienso que no han sido contaminados por los excesos de la abundancia de nuestros días. Y pienso que tal vez hemos pasado del vivir bien a vivir de los caprichos. ¿Será que el éxito nos hace arrogantes? Suele pasar, aunque siempre pensamos que le pasa al vecino y no a nosotros. Pero creo que es cierto que vivimos en una sociedad donde el prestigio reside, en gran medida, en tener un buen coche (o, por lo menos, un coche aparatoso), en llevar el nudo de la corbata bien gordito (o no llevarla) o en llevar un Rolex en la muñeca (aunque sea una imitación fabricada en Marruecos o China), por no poner otros muchos ejemplos. Disfruto oír a mis queridos viejos hablar de aquellos años donde, por no tener otra cosa, lo que se compartía era una sana amistad, un paseo reposado, unas carcajadas sin disimulo, unas letras sobre papel encartado -¡distancias eran las de entonces!-, el poco dinero que sobraba para ir tirando o una muy buena voluntad y disposición. No soy de los que piensan que tiempos pasados fueron mejores. Sería hacer una burla al sentido común y a la historia. Pero con todo lo que hemos avanzado y con toda la iniciativa que hemos derrochado, tengo la sensación de que nos hemos dejado algo atrás: nuestros valores más esenciales, aquellos que nos permiten vivir a plena satisfacción nuestra individualidad y nuestra sociabilidad, aquellos que permiten obtener satisfacciones hasta inmersos en las situaciones más difíciles -¿cómo las que se avecinan?-, aquellos que terminan de dar sentido a nuestro concepto de calidad de vida. Al final, si por un lado concluyo tajantemente que estamos en la sociedad del bienestar, también me pregunto con intranquilidad si realmente estamos en la sociedad del bien-estar. ¡Vida…!
27 May 2008
UN VIAJE APASIONANTE (LAS RAZONES DE ESTE BLOG)
Cuando dominamos el miedo descubrimos los rasgos de nuestra verdadera identidad, el delicado contorno de nuestra esencia, el sentido de nuestros íntimos deseos, la grandeza de nuestras intenciones y el auténtico alcance de nuestras posibilidades Suri
En todos los seres existe una fuerza interior que nos empuja en pos de algo superior cuya atracción nos resulta inexplicable e irresistible.
Ese algo, que bien podría decirse que se apodera de nuestra voluntad, es el fruto de la combinación de nuestro carácter y de años de asimilación de la cultura en la que nos desarrollamos; una cultura que se estructura en diferentes niveles, desde la esfera de lo íntimo y personal a la esfera de lo público y de las relaciones sociales, desde lo estático y monolítico del ámbito familiar a lo dinámico y mudable del ámbito político.
Bien podría decirse que ese algo y nuestra verdadera esencia son, en parte, deudores de nuestras relaciones afectivas y de nuestra formación. Y es en la niñez y en la adolescencia cuando más sensibles somos a la influencia de estos dos factores, pues es entonces cuando más necesitados estamos de su materia para fortalecer nuestra sana constitución.
Este blog hace de lo mundano y social su objeto de su discusión y nace con el animo de enriquecer el espíritu -la esencia personal- del hombre y de la mujer de hoy, en especial el de los jóvenes. En definitiva, pretende fomentar la mejora de la calidad de vida a nivel personal y público, y lo hace desde una perspectiva beligerantemente ética y moral, recuperando los valores que han definido universal y atemporalmente lo humano: lo hace desde una visión humanista de la experiencia del hombre.
En esta visión humanista, en la que cabe lo humano y lo divino siempre que haga de la experiencia vital del hombre el centro de su preocupación, toma como pilares fundamentales e insustituibles valores o conceptos tales como la honestidad, la lealtad, el respeto y otros afines como la buena voluntad, la amistad y la generosidad. También se sustenta en otros como son la pasión por la belleza y el arte, la reivindicación del placer, el valor de la moderación. Y todo ello se hace sabiendo de la capacidad de corrupción del cualquier exceso (dinero, poder…) o temor.
Resumiendo, este blog es una apuesta de continuidad por la tradición humanista, esa tradición un tanto difusa pero que, sin embargo, ha enriquecido y fortalecido la experiencia humana hasta haberse constituido en uno de los motores de la modernidad en cualquier época. Y esta apuesta se realiza como remedio más adecuado a las carencias y a los retos que tiene planteados la sociedad actual; una sociedad que necesita de respuestas alternativas que provean de sentido, de solidez y de optimismo al espíritu del hombre y de la mujer de hoy en día. Y unas respuestas que desvíen la atención de los falsos valores de nuestra sociedad para centrar nuestro interés en aquellos otros que engrandezcan nuestro ánimo, nuestro valor y los frutos de nuestra experiencia vital. Buscamos dar un sentido cabal a los actos cotidianos.
En todos los seres existe una fuerza interior que nos empuja en pos de algo superior cuya atracción nos resulta inexplicable e irresistible. Es en la confianza en nuestras convicciones y en la rectitud de nuestros actos donde reside la fuerza de nuestra determinación y la satisfacción por la experiencia vivida. Iniciamos un viaje apasionante…
Sobre este blog
Cuestión de Conciencia
grupo-summaGrupo Summa de opinión está formado por un grupo de amigos que acoge el reto de la mejora de la vida personal y social del individuo. No encuentra mejor instrumento para ello que el enriquecimiento de su espíritu a través de la aceptación y puesta en práctica de aquellos valores que universalmente han dado lugar a las más destacadas personalidades y a las mejores sociedades. Estos valores, como pueden ser el esfuerzo, la creatividad, la superación y la confianza (entre otros muchos) en un entorno de libertad, confianza, respeto y tolerancia (también entre otros), constituyen la base fundamental del desarrollo humano. Un desarrollo que no se puede realizar a costa de la acertada satisfacción personal sino en base a ella.
No nos olvidamos que estamos en una sociedad en la que, por fortuna, existe una clara saturación informativa o, mejor dicho, una clara saturación en la oferta informativa. Tal vez seamos muchos hablando y pocos escuchando. Sin embargo, la nobleza de nuestras intenciones nos anima a perseguir tan altos ideales. En ellos ponemos nuestra confianza.
Emilio Muñoz
Sergio Palazón
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