29
Mar
2008
Entelequia I
Tenías unos ojos color melancolía, grises, opacos... pero nunca pude evitar perderme en la oscuridad de tu mirada. Era un túnel sin salidas aledañas que había que recorrer de principio a fin, un pozo profundo y estrecho a través del cual me dejaba caer al vacío para chocar, una vez más, contra el suelo tan duro como tu indiferencia.
De madrugada me levantaba y me paraba justo en la punta de la cama. Te despertabas y mirabas como dejaba deslizar la bata y te ofrecía mi cuerpo desnudo. Solo en ese momento podía ver el brillo en tus ojos, era un instante de lujuria que avivaba las llamas de tu alma; entonces el fuego iluminaba la salida del túnel de tu mirada.
Me acerqué lentamente y dejé que me tomaras del brazo para dejarme caer sobre la cama.
(Continuará...)
22
Mar
2008
Fantasía II
Los días interminables morían en noches húmedas de las que me apoderaba sin permiso. No sabía de tus párpados cerrados, de tu lengua asomándose entre tus labios humedeciéndolo todo, de tus caricias incesantes, de tu piel suave... Pero sabía que le suplicabas al oído que te hiciera suya, que podías suspirar y reír al mismo tiempo y que respirabas profundamente hasta ahogar los gemidos.
Caminaba por la calle mirando al piso intentando no vulnerar el anonimato de los casuales transeúntes que se cruzaban en mi camino. Prefería que siguieran siendo eternamente desconocidos. Como vos, la desconocida que cada noche alimentaba mi fantasía. Y al recordar tu voz entrecortada apuré el paso para llegar antes a mi casa. No sé en que momento deje de caminar rápidamente para correr a toda velocidad, pero recuerdo el momento en el que me vi obligado a detener la marcha. Fue un sollozo, un llanto contenido y profundo, un pedido de consuelo en silencio. Estabas sentada en el cordón de la vereda conteniendo las lágrimas. Me senté a tu lado, te sequé las lágrimas suavemente con las yemas de los dedos. Tus párpados se cerraron y no pude evitar besarte en los labios.
Me tomaste de la mano y me pediste que te acompañara hasta tu casa. Y por primera vez en mucho tiempo anochecía y yo no estaba encerrado en mi cuarto inmerso en el más absoluto silencio. Te besé en cada esquina, te acaricié en cada umbral en penumbras te dije cuanto te deseaba al oído.
Buscabas las llaves dentro de tu bolso y ambos nos sorprendimos cuando el que abrí la puerta fui yo. Subimos al ascensor, te pregunté en qué piso vivías y me estremecí con la respuesta. Tu puerta estaba junto a la mía. Eras la mujer que había imaginado cada noche desde hacía un año.
Me encerré en mi departamento, prendí la radio y subí el volumen. Mientras la música sonaba frenética comencé a hurgar dentro de los cajones de los muebles, en la pila de papeles sobre la mesa, entre las página de los libros a medio terminar. Y mientras rogaba que no fuera demasiado tarde,
intentaba recordar donde había guardado el número de teléfono de
Virginia.
(FIN)
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[endif]-->!--[endif]-->!--[endif]-->!--[endif]-->14
Mar
2008
Fantasía
El repiqueteo de los tacos -que marcaban el ritmo de los pasos apurados y en contramarcha- se diluyó en el momento justo en el que el quejido de la madera me dejó adivinar que ya estabas sobre la cama. Después llegaron hasta mis oídos susurros que, a fuerza de contener la respiración, se transformaban en gemidos apagados. Podía escuchar los golpes de la cabecera tu cama al golpear contra la pared de mi cuarto. Comenzaban lentos y poco a poco se aceleraban hasta alcanzar un ritmo constante.
La sonoridad de tus noches de pasión me producían un extraño y, hasta el momento, desconocido placer. Y era tal la intensidad que, medianera de por medio, podía escuchar tu respiración acelerada y profunda. Había aguzado tanto el oído, en pos del infinito placer que me producía, que alcanzaba a escuchar el chasquido de tus labios al recorrer su cuerpo.
Cuando los golpes contra la pared se detenían me quedaba en silencio para escuchar el preciso instante en el que exhalabas con la intensidad de una tormenta tropical, vehemente y estrepitosa; y sin poder evitarlo, yo también me dejaba arrastrar por aquella corriente huracanada.
Y así fue como noche a noche aprendí a alimentar mi fantasía, a inventarte un rostro, a recorrer tu silueta que se me antojaba exageradamente voluptuosa y por demás curvilínea. Y tan perdido estaba en tu rítmica respiración acelerada, que olvide llamar a Virginia.
(Continuará)
05
Mar
2008
Advertencia
Te advertí que no te mordieras el labio inferior cuando me mirabas, que no te relamieras de deseo mientras te acercabas. Que no me acosaras con tu respiración agitada. Te pedí que no me acariciaras tan suavemente el rostro, que no hurgaras debajo de mi camisa arrugada para deslizar las yemas de tus dedos sobre mi pecho. Te supliqué que no me besaras tan húmeda y apasionadamente, que no lamieras mi oreja ¡Impiadosa y salvaje criatura!
Me arrojaste sobre la cama e hiciste cuanto quisiste conmigo y yo me dejaba intentando de cuando en cuando tomar la iniciativa. Por momentos las sábanas revueltas se convertían en un ring en el que nos disputábamos cuerpo a cuerpo el control del uno sobre el otro. Pocas veces cedías y muchas otras me dejaba vencer.
Te advertí que no te mordieras el labio inferior cuando lo mirabas, que no te relamieras de deseo mientras te le acercabas. Que no lo acosaras con tu respiración agitada. Te pedí que no hurgaras debajo de su camisa arrugada para deslizar las yemas de tus dedos sobre su pecho. Te supliqué que no lo besaras tan húmeda y apasionadamente, que no lamieras su oreja ¡Amada y venerada criatura!
De qué sirvieron mis advertencias si ahora espero junto a tu cuerpo, mientras se desangra entre sábanas revueltas, aún con el revólver entre las manos que amanezca.
03
Mar
2008
Eternamente virtuosa
Me dejé llevar. Fue un momento debilidad. Comenzaste a besarme cariñosamente en los labios, luego apasionadamente en el cuello hasta que las caricias se convirtieron en un intercambio de deseo mutuo. Entonces dejé que de a poco tocaras mis muslos por debajo del vestido. Pero en medio del arrebato de pasión asomó la vergüenza, y entonces asustada tome tus manos y las apoyé sobre mi falda, donde pudiera verlas. Pero tus labios tenían un efecto poderoso que lograban hacerme perder el pudor. Descubriste mis senos y comenzaste a acariciarlos, con la misma técnica con la que me habías besado. Primero delicadamente, para segundos después darle rienda suelta a la pasión. Entonces los apretabas hasta donde sabías que el placer se convertía en dolor; y allí te detenías para volver a empezar. Te sacaste la camisa, y aunque me debatía entre mis deseos y los prejuicios, dejé que me quitaras la ropa simulando una estúpida resistencia que te animaba a convencerme para que te dejara desvestirme.
Y así, desnudos y desprejuiciados, despojados tanto de ropa como de vergüenza dejé que me recostaras sobre la cama de aquella húmeda habitación de ese hotel de mala muerte.
Tu lengua recorría cada rincón de mi cuerpo encendiéndolo, despertándolo... La habilidad con la que tus dedos fácilmente encontraban el lugar donde llegaba a estremecerme se contraponía con la torpeza de mis manos inexpertas, que dóciles esperaban que las guiaras con las tuyas a alguna parte desconocida de tu cuerpo...
Sabía que llegaría el momento en el que me tomarías, y con la autorización de un permiso casi implícito a causa de la desnudes y los besos de común acuerdo, me arrebatarías mi virginidad. Ya no podría reclamarte nada. En un segundo aquello que había guardado como un tesoro se lo daría como una ofrenda a aquel hombre, que con apasionada obstinación recorría mi cuerpo con su lengua y sus dedos.
Pero la duda llega en los peores momentos. Nunca con anticipación, con un tiempo prudencial para dejarnos pensar. Y la duda llegó, en el peor momento.
Me incorporé tan rápidamente que no te di tiempo a que me sujetaras para impedir que me levantara. Con la promesa de regresar pronto te abandoné allí tendido en la cama con una expresión mezcla de confusión y odio.
Me encerré en el baño. Tomé un toallón y cubrí mi cuerpo avergonzado y aún sacudido por tantas sensaciones desconocidas. Me lavé la cara con el agua turbia y helada que salía del lavamanos y comencé a pensar como escapar de aquel lugar resguardando aquello que era mío y que no estaba dispuesta a dar. Podría haber entrado nuevamente a la habitación para explicarte que no era el momento, que no estaba segura, que necesitaba tiempo; pero unas cuantas caricias tuyas me hubieran devuelto a la cama sin más.
Observé la ventanita entreabierta ubicada frente a la ducha y luego de un rato de cálculos a ojo me convencí que podía pasar por aquella abertura. Primero las piernas, luego me sentaría sobre el marco, apoyaría los pies y una vez afirmada deslizaría lentamente el resto del cuerpo. Después era cuestión de tomar el primer taxi que pasara y huir lejos y avergonzada, lo más rápido posible.
Golpeaste la puerta del baño. Ante la falta de respuesta de mi parte intentaste abrirla, pero yo había tenido la precaución de cerrarla con llave. Me preguntaste varias veces si me sentía bien, si me pasaba algo... Me mantuve en silencio acrecentando tu incertidumbre, entonces comenzaste a forcejear con la manija. Acorralada pasé rápidamente las piernas al otro lado de la ventanita. Me senté sobre el marco y me deslicé para hacer pie.
Un golpe seco y terminante se fundió con los gritos desesperados de los casuales transeúntes y el ladrido de los perros. Derribaste la puerta con una brutalidad masculina sensual en esencia, pero la prueba de tu virilidad llegó a destiempo. Mi cuerpo desnudo, aún virtuoso, se encontraba tendido e inmóvil sobre la acera.
FIN
cintia-lepere
Las sensaciones y los sentimientos son viscerales e intensos. Desconocen los límites demarcados por la razón, y muchas veces evidencian lo peor de nosotros mismos.
En este blog encontrarán historias de “Amor , sexo y obsesión..” Historias en las que el deseo y la pasión se transforman en tragedia.
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