14 Nov 2010
Antonin Artaud: El pesa nervios / El ombligo de los limbos
Esto es lo que escribe Artaud en una carta dirigida a André Breton y fechada hacia el 28 de febrero de 1947. Ese inquietante “hacia” nos alerta respecto a la posibilidad de un tiempo no medible en los términos habituales. Artaud escribe: “Cualquier experiencia es resueltamente personal, y la experiencia de otro no puede servir fuera de él a cualquiera bajo pena de crear estas sórdidas polvaredas del alter ego que componen todas las sociedades vivas y donde todos los hombres son en efecto hermanos en cuanto bastante cobardes y suficientemente poco atrevidos para aceptarse cada uno como surgido de otra cosa que no sea un mismo e idéntico coño, de un similar coñazo, de la misma coña irreemplazable y desesperante”. Este coño —viene a decir Artaud—, que es el agujero por el que sale al mundo todo ser humano, es también la causa suprema de la estandarización mental (hoy pensamiento único): “todos por nacimiento se ven obligados a pensar lo mismo acerca de la mayor parte de los temas”. En 1947 la genética y la neurobiología no estaban tan desarrolladas como en la actualidad, lo que incrementa el mérito de las intuiciones del autor de El Teatro y su Doble.
Rembrandt van Halen, psiquiatra holandés afincado en Friburgo de Brisgovia (Baden-Würtemberg, RFA), remitió el pasado mes de septiembre del año en curso (2010), al Max-Stirner-Archiv Leipzig, un informe sobre un paciente suyo víctima del deseo obsesivo de eliminar todos los órganos de su cuerpo: el enfermo insistía en que así se iba a sentir mucho más cómodo y su salud mejoraría bastante. Dicho informe resultó accesible gracias a la venalidad de un cartero que se dejó untar el carro por una determinada sociedad cooperativa de teósofos; los cuales, a continuación, difundieron el expediente de Van Halen por Internet. En virtud de una orden judicial, el documento ha sido ya retirado de
El doctor Van Halen captó, con absoluta lucidez, el fondo del problema. La persona tratada por el terapeuta era un varón caucásico de cuarenta y siete años que aparece bajo el nombre, evidentemente supuesto, de Ludwig Meyer. El doliente Meyer estaba considerado (falsamente) uno de los mejores traductores al alemán de Antonin Artaud. Pero sus últimos trabajos, relativos al extenso epistolario del escritor francés, habían sido rechazados por varias editoriales debido a ciertas anomalías aterradoras que adulteraban los textos.
“Sin boca sin lengua sin dientes sin laringe sin esófago sin estómago sin vientre sin ano, yo reconstruiré el hombre que soy”. Con estas palabras había expresado Artaud su concepto del “cuerpo sin órganos”, al que dedicará no pocas páginas a lo largo de su obra. Ese ataque al organismo que tiraniza al cuerpo contiene, a la vez, un aborrecimiento destructivo contra la corrupción que todo sistema gramatical genera en el dinamismo psíquico y en el lenguaje. Creyendo haber descubierto la clave del misterio que le atormentaba, Meyer vio el cielo abierto, pero no fue capaz de sintonizar con el auténtico sentido de la glosopoiesis, que, según Derrida, “nos acompaña al borde del momento en que la palabra no ha nacido todavía, cuando la articulación ya no es el grito, pero tampoco es todavía el discurso”. Meyer se declaró en huelga de hambre porque intuía que abstenerse de ingerir alimentos era el primer paso hacia el vacío interior. Con la ayuda de Van Halen pudo convertirse en anoréxico, que ya fue todo un avance. Pero, como James Bond en Diamantes para
En 1967, Jacques Derrida publicó un trabajo sobre Artaud titulado “El teatro de la crueldad y la clausura de la representación”. En este ensayo escribía Derrida: “¿Puede decirse que Artaud hubiese rehusado dar el nombre de representación al teatro de la crueldad? No, con tal de que se clarifique bien el difícil y equívoco sentido de esta noción. (…) Ciertamente, la escena no representaría más, puesto que no volvería a añadirse como una ilustración sensible a un texto ya escrito, pensado o vivido fuera de ella y que ella no haría más que repetir sin construir su trama”. Téngase en cuenta que Derrida ya se había deconstruido a sí mismo en el vientre de su madre. Nació ya con la obsesión del logocentrismo y con todas las cualidades de un poeta; aunque, confundiéndose de oficio, pretendería, a lo largo de toda su existencia, ser filósofo.
Según Artaud: “Hay entre el principio del teatro y el de la alquimia una misteriosa identidad de esencia” (El teatro y su doble, 1938). Y añade Artaud: “Allí donde la alquimia, por sus símbolos, es el Doble espiritual de una operación que sólo funciona en el plano de la materia real, el teatro debe ser considerado también como un Doble, no ya de esa realidad cotidiana y directa de la que poco a poco se ha reducido a ser la copia inerte, tan vana como edulcorada, sino de otra realidad peligrosa y arquetípica, donde los principios, como los delfines, una vez que mostraron la cabeza se apresuran a hundirse en las aguas oscuras”.
Antonin Artaud, que tuvo el valor de "entrar por la puerta estrecha", fue un ser inocente en la más exacta y furiosa expresión del término. Pero, y esto es básico, su inocencia no tenía nada de ingenuidad. Artaud siempre supo, rigurosamente, lo que estaba pasando; y también alcanzó a saber lo que pasaría en un futuro detestable que hoy es nuestro sulfúrico presente. Y supo siempre, además, lo que vendría después de todos los tiempos, cuando llegue el momento en que lo que hay se disuelva en la insípida consumación de Dios nos asista. El lenguaje de Artaud, delicadamente turbador y pavoroso, sigue ardiendo en los aquelarres y en las eucaristías, pasando por los parlamentos y los senados: es decir, a causa de la bruja de Endor y a la incesante acción de los ventrílocuos. Es el mismo Artaud quien arde en las letrinas públicas con el recuerdo del impuesto sobre los orines de Vespasiano (vectigal urinae). Para escándalo de los siglos, la escalofriante voluntad poética de Artaud arde y arderá, hasta la catástrofe conclusiva, en muchos espacios: por ejemplo, en las cámaras acorazadas de los bancos a la hora del atraco. Las llamas viajarán desde las tumbas de los papas hasta los quirófanos clandestinos, las cárceles, las ambulancias, los campos de refugiados, los corredores de la muerte y (obviamente) Wall Street. Entre "el-espíritu-intimidación-de-las-cosas" y "esta hecatombre, esta mezcla de fuegos extinguidos", Artaud habla con palabras que él resucitó a través de oscuras fórmulas procedentes de cierta escuela supersecreta de nigromancia: palabras que no se desgastan, no descansan, no duermen, no dudan, no se esconden. La escritura de Artaud se lee (y esto no es moco de pavo) en las líneas y entre las líneas; por arriba y por debajo de las líneas; por delante y por detrás de las líneas; e incluso más allá de las líneas: Entre el culo y la camisa, / entre el semen y el infra-vestido, / entre el miembro y la deserción, / entre la membrana y la lámina, / entre la lata y el techo, / entre el esperma y la explosión…(Artaud le Mômo, 1947). Como se dice en el Malleus Maleficarum (1487): "Hairesis maxima est opera maleficarum non credere". Y lo que nos queda. Imagen a la izquierda de este último párrafo: Página manuscrita, con autorretrato, de Artaud. Cahier 253, 1947).
PD-1: Entiendo que lo de Wall Street es un tópico bastante manido, pero lamentablemente es real y conserva una eficacia simbólica indiscutible. No sólo representa el dinero y la mierda: también representa a la ciudad frente al campo. Y cito: "La ciudad se convierte, por oposición al campo, en el lugar de lo imputrescible, que se abre así al nuevo espacio de lo visible: allí donde había mierda, ahora está el oro; y, a su regreso, el excremento no puede más que retornar la ambivalencia constitutiva de su relación: la ciudad embellecida, ordenada, magnificada y sublimada, se opone al lodo de los campos, pero se expondrá, con ese paso, a convertirse en el lugar de la corrupción frente a la naturaleza notoriamente virginal. (...) ...el abono que se dora en los campos produce el oro que perdura en las avenidas ciudadanas; también el olor del desperdicio subsiste allí donde el oro duerme" (Dominique Laporte: Histoire de la merde, Christian Bourgois Éditeur, Paris, 1978).
PD-2: El caso de Jacques Derrida es en alguna medida semejante al del general chino Su Wu. Y cito: "El general Su Wu ha celebrado en monosílabos inmortales el deleite de contemplar la cacería del oso, pero nadie ignora que primero recibió en plena espalda las flechas de los infalibles arqueros y luego fue alcanzado y devorado por la irritada presa" (Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: "La prolongada busca de Tai An", en Seis problemas para don Isidro Parodi, 1942).
16 Jul 2009
Francisco Ayala: 'El jardín de las delicias'
Se lo contó Francisco Ayala a Tomás Eloy Rodríguez con ocasión de un encuentro en la madrileña Casa de América: “Estuve dando vueltas por Nueva York algún tiempo. La noche del famoso apagón de Manhattan, en 1966, tropecé con Victoria Ocampo en un pasillo del Waldorf Astoria, donde yo estaba en busca de un amigo. Ella llevaba una vela encendida en una mano y una silla liviana en la otra, y así estuvimos conversando sobre las desventuras de la modernidad durante un rato”. Semejante imperturbabilidad ante el desorden ya lo está diciendo todo sobre el personaje. La vida y la obra de Ayala (Granada, 1906) se funden a través de esa permanente actitud de sereno rigor frente a la conmoción. Un rigor que incluye la denuncia de los fundamentos del desastre, el exhaustivo registro de causas y precedentes y la elucidación precisa de la cadena de hechos. Impasible disciplina matizada, también, por un natural sentido de lo burlesco, lo irónico y lo sarcástico, así como por un irrenunciable resto de confianza en la capacidad regenerativa de los seres humanos. Esto último, a nuestro parecer, sería ya harina de otro costal.
Muchos críticos apuntan hacia El jardín de las delicias -obra abierta y maestra en toda regla- como la probable síntesis concluyente del dilatado proyecto literario de Francisco Ayala. Este trabajo, concebido al margen de las tradicionales formalizaciones de género, representa, en palabras de Manuel Ángel Vázquez Medel, “un nuevo modo de relacionar lo fragmentario con la totalidad”. Su proceso de creación, desarrollado y ampliado a través de sucesivas ediciones (1971, 1978, 1990, 1999), se basa en un movimiento continuo a lo largo del cual el autor va sumando materiales de diversa índole: autobiográficos, narrativos, ensayísticos, digresivos o divagatorios, documentales, hemerográficos y otros que van configurando una imago mundi, nada halagüeña, en la que sigue primando la dimensión esencialmente trágica de la naturaleza humana, presente en Ayala desde sus primeros pasos como escritor.
Una síntesis, la que ofrece este jardín de delicias engañosas, construida con las garantías de sólida coherencia proporcionadas por la explícita unicidad de la producción de Ayala, decisivo aspecto éste analizado con particular perspicacia por Estelle Irizarry en el segundo capítulo de su muy
recomendable monografía titulada Teoría y creación literaria en Francisco Ayala. Afirma Irizarry que dicha unicidad se identifica con una “motivación fundamental que nace de una sensación de desamparo en un mundo que está en crisis”, o lo que es lo mismo, “con el desmoronamiento de valores morales y éticos”. Este libro creciente fue realizado, según el propio autor, combinando sus piezas integrantes “como los trozos de un espejo roto”. Y añade que el resultado, a pesar de la heterogeneidad de esas piezas, “me echan en cara una imagen única donde no puedo dejar de reconocerme: es la mía”. Es la suya, por supuesto, pero al haber sido Ayala un superdotado testigo de cargo que declara ante el tribunal de la historia sobre todo un siglo de utopías y catástrofes, de masacres y esperanzas frustradas, también aquella es la imagen de un mundo en quiebra perpetua porque “el poder ejercido por un hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación”.
El jardín de las delicias no es sólo una obra imprescindible de la literatura en lengua castellana del siglo XX, es también un manifiesto ético de infrecuente altura, cuyo sentido alegórico, en contraposición al de Hyeronimus Bosch, no tiene apenas nada de críptico, pero sí coinciden ambos en la doble intención: por un lado, descarnadamente dramática; y, por otro, irreverentemente burlesca, respecto a la monumental tragicomedia de la soberbia humana. [Bajo estas líneas: fragmento de 'El infierno' del tríptico El jardín de las delicias de El Bosco (1450-1516). Madrid. Museo del Prado]

01 May 2009
El dogma de la Santísima Trinidad. Solución del enigma.
Por Fernando-Jaime Echevarría (Firma invitada)
Los secretos de Dios son secretos íntimos hasta en las habitaciones de los prostíbulos, donde la fórmula politeísta de la Santísima Trinidad se desvanece en una atmósfera viciada. Lo del sagrario ya se sabe que es una sutileza platónica. Todo misterio divino comienza con la inmovilidad física y neurológica del contemplativo para terminar en la impudicia de los inmortales. Misterios que son inaccesibles a todos los heresiarcas, profetas suburbanos, visionarios de la ebriedad, sacerdotisas en la ninfomanía, apóstoles neo-gnósticos, taumaturgos de la serpiente y demás impostores que creen en la existencia de un organismo intermediario entre el ser y aquello que está más allá del ser: no por hipótesis. Todo es materia, siendo Dios materia perfecta en la constante eficacia de su despliegue: no de creación: porque la nada no es ni anterior ni posterior al ser, debido a que la nada es un imposible en estado puro y en la exactitud de su irrealidad. No se inspira el creyente en Dios. El creyente respira junto a Dios como resultado de una licuación metapsíquica que es el encuentro entre dos entidades corporales poseídas por la misma osadía, por el mismo espanto, por la misma alarma. Dios es la materia y el abismo de la sustancia primordial en el seno de una constelación semántica cuya manifestación intrínseca es el significado absoluto. Espacio incontaminado, libertinaje incógnito, bautismo de lascivia. Dios como criminal y víctima: lobo y cordero: narcotraficante y consumidor. Ese Dios que planteó, por boca de un ángel, una cuarta objeción al artículo primero de la cuestión veintisiete en la 'Prima' de la Summa Theologiae de Tomás de Aquino: objeción que no aparece recogida en la obra porque el Doctor Angélico no supo refutarla; y, como siempre, entró en acción la Policía: con redadas, cacheamientos, gases lacrimógenos, detenciones, etc. Las fuerzas antidisturbios llegaron hasta las Puertas del Infierno para prevalecer sobre ellas, según está escrito. Demasiado ruido por una simple rescisión de contrato. Padre Omnipotente y espejo en el que flota la muerte en su elemento. Dios uno e indivisible: he aquí el dogma verdadero. Anatema y testículos que revientan. [Imagen: Clovis Trouille (1889-1975), Mon tombeau (1947-1962)]
25 Abr 2009
Antonio Machado y la Tercera República española
Antonio Machado discernió la existencia de facto en España de dos repúblicas durante el periodo 1931-1938. Lo hizo demostrando una visión especialmente lúcida que se refleja en un texto, suficientemente conocido, publicado en el número V de la revista Hora de España correspondiente al mes de mayo de 1937. En ese número de la etapa valenciana de la indicada revista mensual el poeta sevillano escribe unos Apuntes y recuerdos de Juan de Mairena (pp. 5-12), donde destaca un fragmento bajo el epígrafe 'Lo que hubiera dicho Mairena el 14 de abril de 1937', y cuyo contenido íntegro reproducimos a continuación:
<< Hoy hace seis años que fué [sic: entonces esta forma verbal llevaba obligatoriamente tilde en la e] proclamada la segunda República española. Yo no diré que esta República lleve seis años de vida; porque, entre la disolución de las ya inmortales Cortes Constituyentes y el triunfo en las urnas del Frente Popular, hay muchos días sombríos de restauración picaresca, que no me atrevo a llamar republicanos. De modo que, para entendernos, diré que hoy evocamos la fecha en que fué proclamada la segunda gloriosa República española. Y que la evocamos en las horas trágicas y heroicas de una tercera República española, no menos gloriosa, que tiene también su fecha conmemorativa -el 16 de febrero- y cuyo porvenir nos inquieta y nos apasiona. [Subrayado del autor de esta entrada].
>> Vivimos hoy, 14 de abril de 1937, tan ahincados en el presente y tan ansiosamente asomados a la atalaya del porvenir que, al volver por un momento nuestros ojos a lo pasado, nos aparece aquel día de 1931, súbitamente, como imagen salida, nueva y extraña, de una encantada caja de sorpresas.
>> ¡Aquellas horas, Dios mío, tejidas con el más puro lino de la esperanza, cuando unos pocos viejos republicanos izamos la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia!... Recordemos, acerquemos otra vez aquellas horas a nuestro corazón. Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera, traía a nuestra República de la mano. La naturaleza y la historia parecían fundirse en una clara leyenda anticipada, o en una canción infantil. La primavera ha venido / del brazo de un capitán. / Cantad, niñas, en corro: /¡Viva Fermín Galán!
>> Florecía la sangre de los héroes de Jaca, y el nombre abrileño del capitán muerto y enterrado bajo las nieves del invierno, era evocado por una canción que yo oí cantar, o soñé que cantaba los niños en aquellas horas. La primavera ha venido / y Don Alfonso se va. / Muchos duques le acompañan / hasta cerca de la mar. / Las cigüeñas de las torres / quisieran verlo embarcar...
Y la canción seguía, monótona y gentil. Fué aquel un día de júbilo en Segovia. Pronto supimos que lo fué en toda España. Un día de paz, que asombró al mundo entero. Alguien, sin embargo, echó de menos el crimen profético de un loco, que hubiera eliminado a un traidor. Pero nada hay, amigos, que sea perfecto en este mundo.>>
La cita está tomada de la edición de los 23 números de Hora de España a cargo de Topos Verlag Ag, Vaduz, Liechtenstein y Editorial Laia, Barcelona, 1977, Tomo I (I-V, Valencia, enero-mayo de 1937).
Ian Gibson, en su biografía de Antonio Machado (Ligero de equipaje, Aguilar-Santillana, Madrid, 2006, pp. 570-571), recoge otro valioso texto del poeta en el cual se plasma la misma idea. En ese texto (también relativo al 14 de abril del 37) -afirma Gibson- "al parecer no publicado en vida, [Machado] esbozó un 'resumen' de los años transcurridos desde 1931". El autor de Campos de Castilla insiste aquí en su percepción de un tercer modelo republicano:
<< Pero la traición fracasó dentro de casa, porque el pueblo, despierto y vigilante, la había advertido. Y surgió la República actual, la más gloriosa de las tres -digámoslo valientemente, porque dentro de veinte años lo dirán a coro los niños de las escuelas-; surgió la tercera República española con el triunfo del Frente Popular.
(...)
>> Los militares rebeldes volvieron contra el pueblo todas las armas que el pueblo había puesto en sus manos para defender a la nación, y como no tenían brazos voluntarios para empuñarlas, los compraron al hambre africana, pagaron con oro, que tampoco era suyo, todo un ejército de mercenarios, y como esto no era todavía bastante para triunfar de un pueblo casi inerma, pero heroico y abnegado, abrieron nuestros puertos y nuestras fronteras a los anhelos imperialistas de dos grandes potencias europeas. ¿A qué seguir?... Vendieron a España. Pero la fortaleza de la tercera República sigue en pie. Hoy la defiende el pueblo contra los traidores de dentro y los invasores de fuera, porque la República, que empezó siendo una noble experiencia española, es hoy mismo España. >> [Los subrayados son míos].
En la obra de Gibson se hace así mismo mención de un artículo de Machado para El Sol del 19 de enero de 1936, en vísperas de las elecciones del mes siguiente (p.
528): "El 19 de enero, en su columna de El Sol, Machado no puede resistir al tentación de comentar la peligrosa situación que se vive en España. << ¿Qué hubiera pensado Juan de Mairena de esta segunda República -hoy agonizante-, que no aparece en ninguna de sus profecías? >>, se pregunta después de unas consideraciones sobre Maquiavelo ('agonizante' porque el poeta espera que salga de las urnas una 'Tercera República' democrática"). La sensación de un renacimiento de la República era palpable en todos los sectores progresistas de la población. [Imagen: multitudinaria celebración en Madrid del triunfo electoral del Frente Popular].
Es cierto que las elecciones del 16 de febrero de 1936, ganadas por el Frente Popular, no comportaron, de iure, un cambio de república, puesto que no se
produjo, a tales efectos, el necesario cambio constitucional; pero la victoria de las izquierdas suscitó en las clases populares una videz de transformación tanto en el ámbito político como en el social y el económico. El Frente Popular adquirió la magnitud de un amplio movimiento antifascista de cara a frenar la acometida de las fuerzas más reaccionarias de España que, muy pronto, iban a ser receptoras privilegiadas del máximo patrocinio por parte de la Alemania nazi y la Italia de Mussolini. El periodista e historiador Frank Jellinek (1908-1975) fue un testigo directo, como corresponsal del Manchester Guardian, de la primera etapa de la contienda española. En agosto de 1937 concluyó una obra titulada La Guerra Civil en España (Júcar, Madrid, 1977), en cuya tercera parte ('El Frente Popular') alude específicamente a una mutación que ya era previsible durante el preludio de los comicios de febrero del 36: "Se había creado el Frente Popular. Las circunstancias decidirían si iba a ser simplemente una plataforma electoral, si el gobierno resultante iba a ser sólo de transición o si la República de 1936 iba a surgir del Gobierno del Frente Popular" (p. 173). [El subrayado es mío].
El pacto del Frente Popular no implicaba nigún proyecto revolucionario y apenas iba más allá de una recuperación de la Constitución del 31; o, como se decía, de "la República de los republicanos". Era un programa de impulso a las libertades democráticas, al interés público y al progreso social. No se contemplaban nacionalizaciones: ni de la banca ni de la tierra. Pero en las masas populares era palpable una firme exigencia, cuando menos, de materializar sin paliativos las prescripciones constitucionales de 1931, llevándolas hasta sus últimas consecuencias. Y, aún más, se respiraba una atmósfera en la que se hacían ostensibles las pretensiones de profundizar más de lo previsto.
Entre las derechas, sin embargo, sí se barajó, a propuesta de Calvo-Sotelo, la eventualidad de un cambio constitucional, en el caso de una victoria electoral, que convertiría en constituyentes las nuevas Cortes, previa formación de un gobierno provisional. Y todo ello dirigido hacia el establecimiento de una dictadura, presidida por Sanjurjo, que se dedicara a preparar la restauración de la monarquía. Existía colectivamente la conciencia de un antes y un después de las elecciones de febrero.
Lo que vino tras el golpe militar ya se sabe. El estallido de la guerra civil compuso un escenario muy distinto del que cabía presagiar. Se desencadenó un proceso de radicalización social y política que desbordó al purismo republicano. El anarcosindicalismo optó por hacer la revolución, secundado por el POUM y por una parte del ala izquierda de los socialistas. Surgió el fatídico dilema: o concentrar todos los esfuerzos en ganar la guerra, o dividir esos esfuerzos entre la guerra y el sueño revolucionario. El tiempo durante el cual la segunda directiva se hizo predominante tuvo secuelas nefastas para la República. Incluso al día de hoy todavía colea ocasionalmente esta polémica entre ciertos historiadores, analistas y militantes, como puede comprobarse en publicaciones, debates y foros digitales.
El propio Azaña, contagiado por el entusiasmo reinante, declaró en una cena política que el gobierno se limitaría escrupulosamente a lo estipulado en el documento programático del Frente Popular, pero a continuación añadió: "No sólo no daremos ni un paso atrás, sino que iremos más lejos" (Jellinek, p. 190). El
pronunciamiento faccioso del 18 de julio fomentará las ansias de ruptura de la ciudadanía de izquierdas, estimulando un vertiginoso ímpetu de subversión generalizada que perseguía repercutir sobre las estructuras básicas de la sociedad burguesa: propiedad, producción, división de clases, administración de justicia, jurisdicción civil, religión y articulación eclesiástica. Todo ello de acuerdo a tres consignas preferentes: igualitarismo, autoridad local y colectivización. Se expandió la consabida fiebre consejista, de raíces libertarias, en un contexto de espontaneísmo y devaneos cantonalistas, con más fervor en unas demarcaciones que en otras de la zona republicana. En el plano militar, esta propensión autogestionaria -que tuvo su lapso álgido en los primeros meses de la guerra- fue una rémora para los gubernamentales. Y aunque a partir del gabinete Largo Caballero (y primordialmente en virtud de la eficacia reguladora del PCE) pudo refrenarse dicha proclividad centrífuga hasta afianzar una concepción unitaria tanto del Estado como del mando supremo del ejército, el sustrato rupturista sobrevivió en algunas de sus prioridades hasta que el declive de la República se hizo patente e irreversible. Según Julio Aróstegui: "Es preciso concluir hoy que la revolución española de los años treinta y sus efectivas posibilidades de realización en función de la guerra quedaron truncadas por una debilitación progresiva debida sobre todo a la inmadurez de los propios revolucionarios" ('Los componentes sociales y políticos', en VV.AA.: La Guerra Civil Española. 50 años después, Labor, Barcelona, 1989, p. 59). [Imagen: cartel de Josep Renau].
El peso de lo social en el seno del régimen republicano se incrementó sustancialmente con la guerra. Ángel Ossorio y Gallardo ("el monárquico sin rey al servicio de la República"), político de extracción conservadora que, por sensatez y dignidad, respaldó el vuelco del 14 de abril y le fue fiel hasta su muerte en el exilio, había asimilado aquel desenvolvimiento ideológico, como se observa en su artículo
'La patraña del bolchevismo' (Ahora, 20 de enero de 1937): "La guerra infame que ahora han provocado y que ya no pueden sostener sino entregando España al extranjero, ¿a qué se debe sino al temor de que la República realizase un leve adelanto en el orden social? Trátase, en fin de cuentas, de perpetuar un régimen de castas e impedir la expansión del proletariado. Esto y no el comunismo es lo que quieren impedir. Y, ciertamente, les sobra razón. Porque al final de la guerra no habrá comunismo, pero seguirá, a paso redoblado, el acceso de los trabajadores al poder económico y al político. Tanto dará que gobiernen los sindicalistas como los comunistas, los socialistas, los republicanos o los católicos. Todos caminarán hacia adelante, y el mundo trabajador ocupará plenamente la vida española. La discusión versará sobre el ritmo y sobre los modos. Mas la finalidad está trazada por un designio histórico y nadie podrá contrariarla". [Artículo completo en Fernando Díaz-Plaja: Si mi pluma valiera tu pistola. Los escritores españoles en la guerra civil, Plaza & Janés, Barcelona, 1979, pp. 180-181. El subrayado es mío].
¿Cabría inferir, en ucronía, que, si hubiesen vencido las armas republicanas, se hubieran introducido ulteriormente reformas constitucionales en la acepción de un diseño político todavía más avanzado y de gran calado social? No es descabellado. Y es verosímil que la intuición de Machado de una Tercera República tuvo como referente la expectativa de tránsito hacia una democracia perfeccionada en sus mecanismos y objetivos.
El grado de compromiso de Machado con el gobierno legal careció de fisuras: "Dentro de la guerra hay un deber imperioso, que el filósofo menos que nadie puede eludir: el de luchar y si es preciso morir al lado de los mejores". Machado estaba inscrito en Acción Republicana desde su fundación en 1926 por Manuel Azaña, por quien sintió siempre una honda estima. En 1931 el escritor se integraría en el comité ejecutivo de AR; y cuando en 1934 se crea el partido Izquierda Republicana -como resultado de la unificación de Acción Republicana, el Partido Republicano Radical Socialista (Marcelino Domingo) y la Organización Republicana Gallega Autónoma (Santiago Casares Quiroga)-, Machado, como es lógico, se agrega a las filas de la nueva entidad política.
Aquel hombre bondadoso, sereno, tolerante, culto y estoico que fue Machado adopta, cuando llega la guerra, una inconmovible actitud antifascista y antiimperialista que, en determinados trances, hace subir la intensidad de su idioma: contra el Pacto de No Intervención, contra la Sociedad de Naciones, contra la presencia en España de tropas alemanas e italianas; pero también contra las
posturas de Francia y Gran Bretaña por la complicidad pasiva de estas dos democracias. Su activismo es persistente y denodado. Antes de la guerra, en febrero del 36, se había incorporado a la Mesa Permanente Española de la Unión por la Paz Universal. A lo largo de toda la conflagración -y a pesar de su ya deficiente salud, que se iba deteriorando cada vez más-, Machado demuestra su total disponibilidad para todo aquello que le solicitan con el fin de ayudar a la causa popular: colaboración con las Misiones Pedagógicas; firma de manifiestos; ingreso en la Alianza de Intelectuales Antifascistas; intervención en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura (celebrado en Valencia, continuado en Madrid y clausurado en París en 1937); miembro de la presidencia de honor, en el mismo año, de la Conferencia Nacional de Juventudes coordinada por las Juventudes Socialistas Unificadas (en cuyo congreso de mayo cooperará también) o en calidad de
presidente del Patronato de la Casa de la Cultura en Valencia, cargo que, debido a su estado físico, le fue imposible desempeñar. Independientemente de esto, Machado no paró de escribir (poesía y, más que nada, prosa) expresando su identificación con las motivaciones del pueblo. En este sentido se condujo sin ceder ante la fatiga. Escribió para los periódicos y revistas de la España leal: El Pueblo; La Vanguardia; Hora de España; El Mono Azul; Servicio Español de Información. Revista del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes; Voz de Madrid. Semanario de Información y Orientación de la Ayuda a la Democracia Española (que se editaba en París) o en Madrid. Cuadernos de la Casa de la Cultura. No vaciló en mandar artículos para diversas publicaciones de signo netamente marxista, como Milicia Popular. Diario del Quinto regimiento de milicias populares o Ayuda. Semanario de la solidaridad (dependiente del Socorro Rojo Internacional). [Imagen de la derecha: alarma de bombardeo en Bilbao].
El último libro que publicó Machado en vida fue La guerra (1936-1937), en el que se recopilan textos relativos al tema bélico, tanto prosas como poemas, difundidos en distintos medios durante los dos primeros años de pugna civil. Respecto a la significación de esta obra, explica Jaume Pont que "redimensiona el compromiso del intelectual", y recalca que "Para Machado no hay otra razón inmediata que la eticidad nacida de la justa causa del pueblo: Constitución, República y gobierno de la legalidad. La dignidad del hombre machadiano pasa por su fidelidad republicana, antimonárquica, para encastarse en un ideario humanista que abraza el nacionalismo progresista, cristianismo evangélico y compromiso social, como salvaguarda ante la traición interna y externa" (Jaume Pont: Sobre La guerra de Antonio Machado', en Abel Martín. Revista de Estudios sobre Antonio Machado: www.abelmartin.com, sección crítica, última actualización Febrero 2009).
El estilo de estos escritos de guerra es, en esencia, el que Machado había fraguado anteriormente como propio en su lírica y en su lengua ensayística. Un estilo reconocible en el que prevalecen sus trazos más representativos: claridad, sintaxis impecable, exactitud léxica, entonación reflexiva, ironía, talento pedagógico sin ínfulas, emoción contenida, etc. Este estilo, no obstante, sufre ciertas alteraciones coyunturales: ya sea por el hecho de escribir al pie mismo de los acontecimientos (literatura de urgencia que prima el mensaje por encima de la forma), ya sea -como se ha anotado más arriba- por la fogosidad con que reacciona ante flagrantes desmanes e injusticias. En su poesía se hace explícito, sin desproporción, un fundado aliento de combatividad. [Bajo estas líneas, de izquierda a derecha: José Sacristán, Enrique Rioja, Juan Roura, Antonio Machado y su hermano Francisco camino del exilio, ya cerca de la frontera con Francia].

Ángel González, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española (23 de marzo de 1997), titulado Las otras soledades de Antonio Machado, resaltaba lo siguiente: "Sus prosas de guerra, que en conjunto son, a mi parecer, el más certero y penetrante análisis escrito en aquellos años sobre la crisis de España y Europa, también dan por rachas, tácitamente, noticia de su soledad; notas rememorando a los amigos muertos, cartas a los amigos lejanos agradeciendo o solicitando un gesto de solidaridad; y amargas reconvenciones, sin citar nombres, a quienes abandonaron o traicionaron a la República" (Abel Martín. Revista de Estudios sobre Antonio Machado, ibidem).
23 Dic 2008
El Proceso de Bolonia
Por Carlos Manuel López Ramos
Esta historia comienza en 1999, en Bolonia, con la planificación de un Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). Una idea, en principio, aceptable y coherente con el objetivo de homologación de los estudios universitarios en el marco de una (improbable) Europa unitaria. Se trataba de ordenar las directrices de convergencia que favorecieran una reforma estructural de
La reiteración del eufemístico término competitividad (cuyo inquietante trasfondo semántico es suficientemente conocido) en los documentos fundacionales y en otros posteriores (Praga, Berlín, Bergen, Londres) sugería un horizonte conflictivo. La insistencia en las conexiones entre Universidad y empresas privadas despertó fundados temores respecto a los verdaderos propósitos de la proyectada revolución académica. Se defendía la imprescindible recapitalización de las instituciones universitarias: reducción del gasto público en materia educativa, inversiones de los sectores privados, cobro de tasas especiales en concepto de diezmo al alma mater y otros apartados que hacían pensar que no todo iba a ser
La verdad de Bolonia consiste en la mercantilización pura y dura del ámbito universitario: la más descarada privatización, paulatina pero irreversible, de
Con el sistema de créditos (ECTS), la escala de grados y titulaciones, el desmesurado aumento de horas lectivas (presenciales y domiciliarias), la no remuneración de las prácticas en empresas, el importante incremento de costes que acompaña a este dispositivo, se persigue una elitización sustentada en criterios socioeconómicos. Será imposible compatibilizar los estudios con el trabajo; se liquida el régimen de becas; se destruyen los fundamentos de la solidaridad y la igualdad real de oportunidades. Los hijos de las clases populares y medias (para qué mencionar a la esclavizada población inmigrante) se verán desplazados de este itinerario o, en el mejor de los casos, se quedarán a medio camino por falta de tiempo y recursos materiales. Aquellos que no superen esta perversa carrera de obstáculos (la inmensa mayoría) se verán reducidos al peonaje de mera supervivencia. Segregación y monopolio de privilegios para que triunfen los de siempre.
01 Dic 2008
Leopoldo María Panero: poesía y delirio
Por Carlos Manuel López Ramos
Cuando habla de la locura, el poeta Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) recurre casi siempre a la misma cita de Spinoza: “nadie sabe lo que puede el cuerpo”. Inmediatamente aparece el tema del manicomio. Por mucho que Leopoldo diga que prefiere mil veces la cárcel al manicomio, no ha hay que concederle demasiado crédito. Una de las muchas definiciones estremecedoras acuñadas por Panero en relación a los manicomios presenta a éstos como “una mezcla entre el Folies Bergère y el infierno de Dante”. Sin embargo, para un creador que tiene auténtica fe en lo que hace (y una idea clara de las condiciones necesarias para hacerlo) no existe mejor morada que un centro de salud mental, puesto que allí es donde puede dedicarse, con absoluta garantía de éxito, a perder su vida par delicatesse, como dijo Rimbaud, a quien Leopoldo menciona con frecuencia. En realidad, los argumentos de Panero en contra de las instituciones psiquiátricas ofrecen serias dudas respecto a su veracidad de conciencia. La recurrente diatriba contra las casas de locos constituye uno de los motivos fundamentales de su literatura oral; literatura ésta que alcanza ya una importancia trascendental en la producción del poeta y que, por fortuna, se conserva transcrita en un buen número de entrevistas publicadas. [Ilustración: Gif (Graphics Interchange Format) animado de las imágenes MRI (resonancia magnética) de una cabeza humana]

Panero ha dicho de la psiquiatría: “la psiquiatría delira”; “la psiquiatría es la consideración no humana de lo humano”; “la psiquiatría se encarga de reprimir y perseguir la experiencia mística y paranormal, pues no otra cosa es el loco que un iluminado”; “la psiquiatría es la persecución de la extrañeza”, etc. Pero, ¿qué tiene que ver todo este repetitivo catecismo con la interesante lectura que de Mallarmé ha sido capaz de realizar Panero en determinados períodos de lucidez? ¿Todavía no se ha enterado Panero de que la mente (ese sucedáneo laico del alma) es una falacia? ¿No le han explicado que el funcionamiento del cerebro se basa en el dinamismo bioelectroquímico; y que, por consiguiente, la psiquiatría cada vez es más fisiología y neurobiología a las que, en todo caso y para ir tirando, se agregan ciertas técnicas extraídas de la práctica del sacramento de la confesión?
En la actualidad, Panero está ingresado en la clínica del doctor Rafael Inglod (Canarias). Anteriormente ya tenía cumplidos siete bienios en el Manicomio de Mondragón (Guipúzcoa). En esta nueva residencia, según Panero, continúan envenenándolo (como en el País Vasco), pero todavía más. Se queja de su tratamiento con haloperidol, un antipsicótico típico de la familia de las butirofenonas, el cual puede provocar, parece ser, no pocos efectos secundarios nada deseables. Este fármaco es uno de los neurolépticos más usados en patologías como la esquizofrenia, la paranoia, estados maníacos y otros trastornos psíquicos de gravedad. Leopoldo no vacila en sentenciar que en los manicomios “odian el pensamiento, como en toda España”.
Panero visitó en París al célebre psiquiatra heterodoxo Félix Guattari (en la foto, a la izquierda), coautor, junto a Gilles Deleuze, de L’Anti-Oedipe. Capitalisme et schizophrénie (1973) y de Mille Plateaux. Capitalisme et schizophrénie (1980). Ni corto ni perezoso, Leopoldo aprovechó la consulta para largarle al eminente analista una conferencia sobre la anorexia manicomial de tres cuartos de hora. Al finalizar la homilía, Guattari le dijo al poeta madrileño (según la versión de éste) que era el español más inteligente que había conocido. Panero, a la sazón, se dedicaba en la capital francesa a recoger basura como penitencia para salvar a sus habitantes, y el día que fue a ver al ilustre terapeuta le dejó como recuerdo, escondido detrás de una cortina, un maloliente saco de desperdicios. De los escritos de Guattari y Deleuze asimiló Panero la idea central del alienado como límite del capitalismo. Enlazando con Lacan (figura obsesiva y omnipresente en el discurso del autor de Narciso en el acorde último de las flautas), Leopoldo acusa a la burguesía de haber inventado el caos y el ateísmo “para permitirse proscribir así el derecho divino de la nobleza medieval”.
En 2004, al disertar sobre un asunto tan delicado como la pederastia, e interpretando con extremo desahogo el concepto universal de libre decisión, Panero manifestó lo siguiente: “no sé qué hay de malo en la corrupción de menores”, lo que es una apelación directa o indirecta, dependiendo desde dónde se mire, al ectoplasma de Gilles de Montmorency-Laval, barón de Rais y conde de Brienne (1404-1440), el verdadero e inolvidable Barba Azul, alquimista y mago, valeroso en el campo de batalla, héroe nacional de Francia en
05 Nov 2008
Caballero Bonald: Laberinto de Fortuna
Por Carlos Manuel López Ramos
Los laberintos literarios suelen surgir como consecuencia (o en el seno) de los laberintos históricos. El Laberinto de Fortuna del cordobés Juan de Mena (1411-1456) se explica por
El Laberinto de Bonald es un inquietante homenaje, publicado en el orwelliano 1984, al controvertido compositor de Las Trescientas. Escribía a este respecto el poeta jerezano: “Nada parece impedirme ahora que, a un desnivel de quinientos años, rememore y agradezca todo ese ejemplar esfuerzo de dignificación creadora. Por eso —y por algún motivo más extravagante— titulo este libro como Juan de Mena el suyo”. En el Laberinto de Fortuna de Bonald convergen, de entrada, el barroco, el legado surrealista y el diabólico non serviam; pero ya todo ello como sustrato de una voz dotada de incuestionable madurez y singularidad. El paralelismo con Mena representa (contemporáneamente) el rechazo al degradante conformismo de un lenguaje en precario, a la mortífera insuficiencia lingüística más o menos maquillada con ese falso ingenio que delata a los impostores bendecidos por la sociedad del éxito: “La escritura obvia, explícita, directa, —afirma Bonald— tendrá algo que ver con el oficio de escribiente, pero no con el de escritor. Incluso me permitiría apuntar a estos efectos, con la debida exageración, que la sencillez puede llegar a consistir en la excusa de los inexpertos”.
El gran mérito de Juan de Mena, ha dicho Caballero Bonald, fue “instaurar una lengua poética en medio de un castellano todavía incierto”. La lengua es la esencia del Laberinto de Mena. Así
Búsqueda de la palabra exacta e irreemplazable. El poema “Femme nue” lo inicia Caballero con un perverso aforismo: La trasgresión de la lógica conduce al predominio de la maravilla. Un proceso que empieza y termina en el lenguaje, a la vez punto de partida y de llegada, culminación y método: Es como si cada signo extraviado en el silencio reencontrara la palabra que significa todas las palabras. Un idioma donde el tiempo y la memoria confluyen en un espacio de fascinante indeterminación y enigmática lucidez: Mi oficio es esta forma de imponerle al recuerdo una distinta ambigüedad, este soberbio modo de hacer más seductora una experiencia que habrá quien considere deleznable: cuanto aquí dejo escrito legitima eso otro que nunca escribiré.
La materia fabrica fantasmas como desafío a su propia opacidad. A la poesía (a la literatura) no le queda otra salida que, como defendía Michel Leiris, transformarse en una tauromaquia para, de esta forma, evitar verse rebajada a una sucesión de “vanos pasos de bailarina”. Algo más que un atisbo de pánico se percibe en “La botella vacía se parece a mi alma”; algo más que un presagio nefasto de rutinas domésticas: Qué aviso más penúltimo amagando en las puertas, los grifos, las cortinas. Qué terror de repente en los timbres. La incesante quiebra de lo real no es cuestión que pueda abordarse desde la resignada perspectiva del voyeur ni desde el anacrónico optimismo turístico del maestro Pangloss. Se derrumba finalmente la ilusoria hipótesis de la reconstrucción del ser: Ojo desorbitado que mira a ningún sitio, ciego como el estático poderío de un vórtice. Se disuelven, como diría Caballero Bonald, los “berenjenales ontológicos”.
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