20 Dic 2008
El elefante según José Saramago
El premio Nobel portugués
“Ejercicio de la imaginación” llama José Saramago a su última novela, “El viaje del elefante”, a la que también considera milagrosa por haberla podido concluir pese a haberse encontrado al borde de la muerte a causa de un cuadro de neumonía que lo mantuvo varios meses internado.
El relato parte de un hecho real, el viaje de un elefante que el rey Juan III de Portugal regalara al archiduque Maximiliano II de Austria, episodio ocurrido en 1551 y que Saramago trae hasta nuestros días en forma de novela o más bien de una suerte de extenso cuento entre humorístico e irónico, porque él mismo se encarga de aclarar que se documentó escasamente sobre el viaje y que las peripecias de ese periplo cargado de dificultades son antes que nada producto de su imaginación.
No contó en este caso con ese título previo que ha reclamado en la mayoría de los casos antes de largarse a escribir. Por el contrario, en el colofón de su 15ª novela aclara que sólo por una serie de hechos casuales pudo conocer la historia del viaje del paquidermo que comenzó a escribir en 2007. Sin embargo, cuando lo sorprendió la enfermedad había redactado apenas cuarenta páginas y temió morir sin haber concluido la historia.
Pudieron más, felizmente, los cuidados de los médicos y de su esposa Pilar, a quien dedica el libro (“A Pilar, quien no dejó que yo muriera”) y aunque cuando volvió a su casa de la isla de Lanzarote “pesaba apenas 51 kilos” de inmediato retornó a en la historia: “Contra todo pronóstico, a las 24 horas ya estaba escribiendo como un poseso”, le comentó a El País.
Como si se tratara del texto velado del que hablara Ricardo Piglia, aunque el elefante aparezca en una especie de primer plano permanente el verdadero y un tanto “escondido” protagonista es el cornaca Subhro, vale decir el cuidador del elefante quien debe adoptarse a los caprichos y decisiones no siempre recomendables del archiduque, como antes tuvo que hacer lo propio con el rey portugués y sus funcionarios porque, alejado de los suyos, viviendo en tierras extrañas (el cornaca era oriundo de la India) debe hacer malabares para no caer en desgracia y sencillamente seguir viviendo.
Dado que el Premio Nobel ha sabido poco de la historia real del viaje del paquidermo y su cuidador, imagina los distintos episodios que jalonan el traslado del animal, episodios que además le sirven para sus propias reflexiones sobre la condición humana al tiempo que le acuerdan suficiente libertad como para trabajar con los anacronismos. Y, aparte, divertirse.
“¿Cómo es posible que habiéndole visto la cara a la muerte éste sea mi libro más divertido, el único en que el humor está presente en cada página?”, le (y se) pregunta al periodista Xavi Ayén, de El País, que fue a entrevistarlo a Lisboa.
En un estilo que Saramago quiere ver como nuevo, en el que utiliza palabras infrecuentes en su lenguaje de escritor, cada tanto “se acuerda” del acontecimiento contemporáneo y envía datos (cuando no dardos) hacia este presente desde aquel real y al mismo tiempo presunto pasado.
Aunque el final sea un tanto melancólico, cabe referirlo por dos circunstancias. Primero porque Saramago lo hizo público y segundo porque lleva a nuevas meditaciones. Y así cuenta que el elefante Salomón, rebautizado Solimán, apenas vivió dos años en la corte del archiduque y que una vez muerto sus patas, disecadas, sirvieron de paragüero. Las reflexiones últimas quedan a cargo del lector, pero Saramago las explicita en el reportaje antes aludido al sostener que lo le dio sentido a la vida del elefante resultó en definitiva ese final “tan profano, tan por debajo del nivel de su epopeya” y reconoce que la idea de la injusticia es uno de los motores de su obra, “el abuso de autoridad sobre el individuo”.
Dos “peros”: Si bien la novela es llevadera, Saramago no llega a ahondar en la peripecia humana como lo hiciera en otros trabajos más conmovedores como lo fue “El año de la muerte de Ricardo Reis” o, más aún, “Ensayo sobre la ceguera”. Y, aparte, el libro, que no termina de ser novela, se debilita a causa de una extensión innecesaria.

“El viaje del elefante”, de José Saramago.
Editorial Alfaguara. Madrid, Buenos Aires, 2008, 270 páginas.
Traducción de Pilar del Río.
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