18 May 2012
El comentario: "La casa del Dios oculto", de Luis Gusmán

EL MISTERIO DE LAS PREGUNTAS SIN RESPUESTAS
En forma reiterada el narrador argentino Luis Gusmán se ha referido a la muerte. A los muertos, a los espíritus y también a la religión, a los que observa como fenómenos que deben ser analizados en profundidad, dado que “acompañan” desde siempre al ser humano.
Vuelve a hacerlo en su un tanto indefinible nuevo libro, “La casa del Dios oculto”, en el que reitera esos temas ya abordados en anteriores trabajos alejados de la ficción, como ocurriera en su sesgada autobiografía “La rueda de Virgilio”, de 1988.
El calificativo de indefinible refiere a la dificultad de determinar si los materiales incluidos son cuentos, relatos o reflexiones. En realidad terminan siendo un híbrido de tales “géneros”, todos escritos con mucha solvencia y con un lenguaje personal, muy sobrio, y diría también muy argentino, porteño en todo caso, heredero de otras escrituras, como las de Borges y las hermanas Silvina y Victoria Ocampo.
Tal como ocurriera en “La rueda de Virgilio” y en otro libro inmediatamente anterior al presente, “Los muertos no mienten”, el autor se involucra en los textos, aporta datos o constancias autobiográficas en las que mucho tiene que ver su madre (ya fallecida) que pasó por tres religiones –la católica, la evangelista y la espiritista- y quien tuvo marcada gravitación en su vida.
LOS TEXTOS DE “DESIERTA”

A lo anterior se suma el hecho de que Gusmán inicia el libro con “partes” de lo que se ha propuesto llamar “Desierta”, una posible novela que se vincula con el pasado argentino, con el desierto del país, y con la obsesión en torno a una mano de madera: “En ‘Desierta’, por ser una historia argentina, hay una concepción del espacio y del movimiento relacionada con la intemperie. Por eso la titulé ‘Desierta’ y no ‘Desierto’”, precisa el autor.
La historia del polaco con la que abre el libro, la del hermano del autor, pastor evangelista, la de la mano de madera del capitán Danjou, la vida del pintor Baucé, participan del “magma” de “Desierta”, la novela empezada por Gusmán en 1990 y que sigue escribiendo de manera incesante: “Tuvo el destino de una novela inédita, inconclusa y espiritista”, señala Gusmán. También inquietante, corresponde agregar.
Gusmán es un narrador nato y así se vuelve un pequeño –y sustancial- cuento lo que fue su visita al “santuario” del cantante popular Rodrigo, fallecido en un accidente en ruta. Rodrigo era un exitoso cantante “bailantero” (cantaba variantes de la cumbia colombiana) muerto en un accidente de autos cuando corría de una presentación a otra en una de sus tantas noches febriles. El autor de “El frasquito” centra su crónica en Yoli, una mujer que es devota custodia del “santuario” desde poco después de la muerte de Rodrigo Bueno (su nombre completo) hace ya más de una década. Escribe Gusmán: “Cada 24 de mayo –día del cumpleaños del cantante- la chica prepara una torta, pone una mesa de fiesta en la que una efigie de Rodrigo es el principal comensal, el invitado de honor”. Ignora el escritor si Yoli es médium, pero de lo que sí está convencido es de que “habla con el espíritu de Rodrigo”.
Sus propias mudanzas son motivo de reflexión, así como sus viajes, que incluye una historia que genera inquietud al ser contada: En una librería un vendedor le comentó que por uno de sus libros salvó su vida. Viajaba en un colectivo y, por leer, en vez de apoyarse en el asiento se inclinó y fue así que una bala perdida proveniente del exterior del vehículo no lo alcanzó de pleno. “Podría haber sido mi último viaje”, le dijo el vendedor.
EN EL ORBE DE LO INEFABLE

Gusmán parece decirnos que a cada rato ha tropezado con la inefabilidad, con aquello que no es materia propia de la vida cotidiana sino que aparenta expresarse en sus márgenes.
Así en un apartado sobre la resurrección sostiene haberse encontrado con un resucitado José Lezama Lima (foto) a quien vio “reencarnado” en el hijo de la dueña de un hotel italiano: “Hablaba con una voz dulce como siempre imaginé la voz de Lezama. Era quien servía la comida. Describía los manjares de manera lezamezca. Cada plato era un festín barroco”.
En “El cuarto de la señora Christie”, reconstruye sus pasos por el hotel Pera Palas de Estambul, en Turquía, en una de cuyas habitaciones se alojó Agata Christie en 1926 y del que desapareció durante once días, lo que dio motivo a miles de conjeturas (y hasta la realización de una película) aunque nunca se dilucidó ese enigma. El desasosiego, la ausencia de certezas, se hacen presentes en este relato también inquietante, uno de los más extensos del libro.
“Si solo se pudiera elegir una palabra para definir ‘La casa del Dios oculto’ esa palabra sería misterio”, se precisa en la contratapa del libro. Misterio es una definición acertada, porque permite alumbrar un poco más al presente volumen, plagado de esa clase de preguntas que no suelen tener claras respuestas.
Perfil
Luis Gusmán nació en Buenos Aires en 1944. De profesión psicoanalista, es novelista y cuentista, ha publicado “El frasquito” (1973), “Brillos” (1975), “Cuerpo velado” (1978), “En el corazón de junio” (1983, Premio Boris Vian) “La muerte prometida “(1986), “Lo más oscuro del río” (1990), “La música de Frankie” (1993), “Villa” (1996), “Tennessee” (1997), “Hotel Edén” (1999) “Ni muerto has perdido tu nombre” (2002), “El peletero” (2007), “Los muertos no mienten” (2009) y “La casa del Dios oculto” (2012) También es autor de una autobiografía: “ La rueda de Virgilio” (1988), así como de tres ensayos: “La ficción calculada” (1998), "Epitafios. El derecho a la muerte escrita” (2005) y “La pregunta freudiana” (2011) Varios de sus libros se han traducido al portugués. Con un discurso, tuvo a su cargo la inauguración de la edición 2012 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. “Tennessee” fue llevada al cine por Mario Levín con el título de “Sotto voce”.
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15 May 2012
Carlos Fuentes: un gran espacio ha quedado vacío
La muerte de Carlos Fuentes nos ha sorprendido, como a muchos en la Argentina, porque en su reciente paso por la Feria del Libro de Buenos Aires, concluida una semana atrás, fue un activo protagonista, sin duda el más convocante de la edición 2012 de la muestra, como si no hubiese tenido 83 años sino muchos menos. Allí dictó una conferencia magistral, firmó durante horas libros de su autoría sin demostrar fatiga y, como bien se señaló en El País, en todo momento se mostró amable y afable, dispuesto a contestar a cuanto periodista le pidiera una nota.
Asombraba su capacidad de trabajo. La leyenda dice que escribía a máquina con un solo dedo, pero eso no era óbice para que reiteradamente sorprendiera a propios y extraños con nuevos libros, ya fuesen novelas, cuentos o ensayos, literarios o políticos. Una tarea incesante que a él le parecía normal.
En tanto, vivía los acontecimientos políticos y sociales como si fuera su protagonista. Nada parecía serle extraño a este verdadero hombre de mundo.
Siempre tuvo actitudes propias de una persona progresista y actual, por lo que era difícil encontrarlo en contradicción con sus posiciones democráticas. México resultó su obsesión y su extensa narrativa, así como ensayos y notas periodísticas, lo demuestran.
Joven, escribió la novela de la ciudad de México que se alejaba de su provincianía y se acercaba a la modernidad. La tituló “La región más transparente” y desde hace más de 50 años es el relato que mejor define al D.F. que comenzaba su incesante mutación. De todo lo que conocimos de él quizás no sea ese trabajo el más logrado sino “La muerte de Artemio Cruz”, considerada su máxima ficción, la historia de un caudillo narrada con saltos cronológicos que aún hoy subyuga y se mantiene tan actual como cuando se la publicó por primera vez, en 1962.
Autor de más de 20 novelas (la última conocida en la Argentina fue “Adán en Edén”, comentada en este blog), una cantidad similar de ensayos, cuentos y obras teatrales, y hasta de un libreto de ópera, publicó ficciones de gran significación, tales como “Cambio de piel”, novela con la que obtuviera el Premio Biblioteca Breve en 1967, “Cristóbal Nonato”, “Terra Nostra”, “Gringo viejo” (llevada al cine por el argentino Luis Puenzo, en una de las últimas actuaciones de Gregory Peck encarnando al escritor Ambrose Bierce) y “Diana la cazadora”, en la que narró su relación amorosa con la extinta actriz Jean Seberg.
Nunca se conformó con lo que lograba. Libro a libro parecía exigirse más, buscar atajos para encontrar nueva savia a la narrativa. En Buenos Aires reclamó dejar de lado las historias lineales y trabajar lo simultáneo: "¿Por qué la escritura es condenada a la sucesión y le es negada la coexistencia de los tiempos? –se preguntó-. Un cuadro de Picasso o Goya se percibe simultáneamente, la literatura carece de esa lectura frontal, hay que alterar lo que la página ofrece de manera lineal", señalaba, como marcando un camino que él mismo parecía dispuesto a recorrer.
Admirábamos su tozudez, la limpieza de procedimientos, su vocación de escritor. No era el joven talentoso de los ’60, pero asombraba esa producción incesante, ese compromiso con el hombre y con la palabra. Dejó una novela inédita que esperamos conocer en breve. Antes había publicado un libro de ensayos (“La gran novela latinoamericana”) y otro de cuentos (“Carolina Grau”) Lo que también ha dejado con su fallecimiento es un gran espacio vacío…
08 May 2012
Thomas Pynchon, el gran escritor que muy pocos conocen, cumple 75 años
Hoy el escritor que casi nadie conoce, Thomas Pynchon, cumple 75 años. Le han bastado siete novelas y un libro de relatos para ocupar un lugar especial en la literatura contemporánea. Sus novelas, generalmente extensas y siempre crípticas, se ubican entre los grandes textos de la segunda mitad del siglo XX y los comienzos del presente. Pynchon ha elaborado una saga, por llamarla de alguna manera, sobre el mundo contemporáneo, laberintico como lo atisbó Borges (escritor con el que tiene no pocas afinidades), sin duda paranoico y atravesado por claves que nunca son fáciles de desentrañar. “V”, la historia de esa “mujer” que aparecía en los momentos fundamentales de la historia, fue el gran relato con el que se diera a conocer hace ya 49 años. A ella le seguirían “La subasta del lote 49” (1966), “El arco iris de gravedad” (1973), “Vineland” (1973), “Mason & Dixon” (1990), ”Contraluz” (2006) y ”Vicio propio” (2009, conocida el año pasado en nuestro idioma) Aparte, en 1984 se publicaron los cuentos de “Lento aprendizaje”, escritos por Pynchon entre 1959 y 1964 y que se editó con un prólogo muy crítico… del propio autor.
Es sin duda un autor infrecuente. Así, como ejemplo, la lectura de “Contraluz” nos significó una gran aventura como lectores, gran cansancio también, pero ha quedado “resonando” un año largo después de haberla concluido. No es lo que suele ocurrir, precisamente, cuando hablamos de libros pasatistas.
Celebremos entonces el cumpleaños del hombre que se ha negado a ser fotografiado y entrevistado. De ese gran desconocido. De quien siempre vamos a esperar, por qué no, una nueva entrega, una inédita aventura, de su escritura lúdica e impar.

Dueño de un conocimiento enciclopédico poco común (las escasas páginas que dedica a Argentina en “El arco iris de gravedad” sorprenden por su riqueza de matices, ajena a cualquier estereotipo), Pynchon puede escribir las líneas más sutiles o hacer las bromas más banales, unir la sexualidad pueril con la novela de aventuras, el misterio con la cita erudita, la broma con los hechos más complejos y todo ello trabajado con notable pericia. Y (eso también), con un hermetismo que a veces puede incomodar.
El mundo hippie de “Vineland”, el remedo de novela policial en “Vicio propio”, los múltiples ecos, las múltiples ramificaciones, de la Segunda Guerra Mundial en “El arco iris de gravedad”, la gran novela de aventuras (y mucho más) de “Contraluz”, la incursión –que fue también lingüística- en el pasado colonial de su país de “Mason & Dixon”, el absurdo de “La subasta del lote 49”… Cada novela de Pynchon ha sido un mundo diferente para conocer. Y un mundo para descifrar.
05 May 2012
El comentario: "Libertad", de Jonathan Franzen

“Con los Berglund siempre había habido algo que no terminaba de encajar”. Tal la explícita advertencia que se permite el escritor Jonathan Franzen en la primera página de su extensa “Libertad”, la ficción que para muchos lo ha consagrado como el autor de la Gran Novela (Norte) Americana del siglo actual.
En su relato, el “telón de fondo” se corresponde con el gobierno de George Bush y la desastrosa (y engañosa, por múltiples motivos) guerra de Irak. El autor ya había ensayado algo similar con su novela anterior, también de enorme repercusión, “Las correcciones”, donde los protagonistas eran los integrantes de la familia Lambert, tan disfuncional como los Berglund, y con los que recorría la realidad estadounidense de los ’90 del siglo pasado.
En el comienzo de la novela los Berglund se han instalado, como una suerte de pioneros, en una comunidad próxima a Nueva York, Ramsey Hill, en la que sus integrantes buscan vivir una vida menos apresurada –y apesadumbrada- que la se suele padecer en la Gran Manzana. Pero el hecho de que ella, Patty, se limite a ser ama de casa y él –Walter- sea un abogado defensor del medio ambiente, en realidad esconde un complejo pasado de ambos.
“Libertad” avanza y retrocede en el tiempo de estos seres que “no terminan de encajar”, para contar las vidas de Patty y Walter, caracterizadas por pocos éxitos, muchas obsesiones y notorios equívocos que en forma reiterada afecta a su relación, en la que tendrá que ver el músico Richard Katz, amigo de Walter y tercero en discordia en la pareja. Y a lo largo de los años.
En ese mismo comienzo, que busca poner (casi) todas las cartas sobre la mesa, Franzen advierte que Walter ha tenido algún tipo de problemas en Washington, una especie de ataque (no especificado en esa parte de la novela), aunque narrado en detalle nada menos que por The New York Times y que lo vincula con explotaciones mineras y otras “atrocidades” que no se corresponden para nada con quien es fanático defensor del medio ambiente.
PROPÓSITOS AMBICIOSOS

Las intenciones narrativas del escritor norteamericano son más que ambiciosas, tanto que en varias oportunidades acude (nada menos que) a “Guerra y Paz”, la novela capital de Tolstoi –casi la novela por antonomasia- como si incitara al lector de “Libertad” para que establezca comparaciones que subyacerían en su ficción.
Esa comparación forzada o forzosa nos ha parecido desmedida, pero comprensible en un autor como Franzen que ha buscado entregarnos un gran fresco de la realidad –de la historia- estadounidense de casi cuatro décadas (y que llega al 2010, cuando todo parecía cambiar con el comienzo del gobierno de Barak Obama; aunque hoy semeje a una ilusión)
El “todo” de la novela gira en torno a la palabra Libertad. La libertad que buscan Patty, Walter, Richard y los hijos de la pareja, especialmente Joey, puesto que a su hermana Jessica el narrador la ubica en un oscuro (poco comprensible) y permanente segundo plano.
Libertad también relacionada con una especie de ave en peligro de extinción, la reinita cerúlea, por cuya preservación Walter lo arriesga todo. A tanto llega que, para lograr la existencia de un espacio físico libre en el que la especie pueda asentarse y multiplicarse, se complica con una empresa minera a cielo abierto cuyos fines aparentemente filantrópicos se develarán siniestros, demostrando que –tal como se viene insistiendo en los últimos tiempos- la mayoría de los grandes negocios no sólo esconden actos espurios sino una reiterada (¿inevitable?) contaminación del medio ambiente.
La libertad que buscan esos personajes los hace incurrir en actos contradictorios. Así, Walter la buscará complicándose primero con Patty, a la que verdaderamente asedia en su época de estudiante hasta conseguir que sea su pareja. Mucho más tarde habrá una segunda complicación cuando en su vida adulta aparezca Lalitha, una joven asiática a la que duplica en edad pero de la que irremediablemente se enamora.
LAS OTRAS BÚSQUEDAS
Patty busca ser libre primero con sus actividades deportivas (que su familia sanguínea no sólo no apoya, sino que desprecia o minimiza), más tarde dedicándose íntegramente a la familia, luego alejándose para vivir una segunda vida, enamorada de Walter, aunque eso será algo que no tendrá nunca demasiado claro porque vivirá obsesionada por Karl con el que establecerá una compleja, cuando no enfermiza, relación. De Patty se conocerá una especie de diario íntimo bajo el título genérico de “Se cometieron errores”, que ocupará gran parte de la novela y que deberá leerse como una muy larga expiación.
Joey buscará su libertad alejándose de su familia, “militantemente” demócrata, para acercarse a otra disfuncional familia, vecina, y estableciendo una relación amorosa con la muy joven Connie, relación que nunca será armoniosa. Joey se volverá republicano y buscará la manera más directa y fácil de hacer dinero y de ese modo se vinculará con gente rica y algunos negocios nada transparentes que mucho tendrán que ver con la guerra de Irak. La guerra será un sustrato que también incidirá en la vida de Walter. Y por ella, a través de ella, padre e hijo se reencontrarán luego de largo distanciamiento (y después de haber ingresado -los dos- al amplio mundo de los perdedores)
El propósito de Franzen es vincular la historia pequeña, por así llamarla, de estos seres, con la “grande” de su país, tanto en el fin del milenio pasado como en la primera década de este siglo, denunciando de una manera sesgada, nunca panfletaria, lo malo que ha venido ocurriendo en los Estados Unidos, la pérdida de una cierta entidad moral de su país. Relativa, pero que implica ideales a los que el escritor no desea perder de vista.
El autor de “Cómo estar solo” quiere recuperar la vigencia de la novela realista con ecos del relato decimonónico, anteponiéndola a lo que ofrece al actual mundo tecnológico: “Aunque la gente parece atada a sus aparatos, a las redes sociales, quizás está más hambrienta por pasar tiempo con una narración que tenga significado”, ha manifestado.
Para muchos, como, entre otros, postula el siempre exigente José María Guelbenzu en este medio, estamos ante una novela “verdaderamente grande, emocionante, inolvidable”. Por nuestra parte nos ubicamos en el campo –al parecer minoritario- de quienes entendemos que “Libertad” no es tan extensa como extendida, y que pierde fuerza (y por ende riqueza, y por ende entidad) en su segunda mitad. Admitiendo, eso sí, que hay en ella momentos espléndidos. Que ha llegado para quedarse. Y para generar la discusión. No es poco en estos tiempos de reiterada trivialidad.
Perfil

Jonathan Franzen nació en Estados Unidos en 1959. Fue elegido en 1996 entre los Mejores Jóvenes Novelistas Norteamericanos en la prestigiosa revista británica Granta. Es autor de las novelas “Ciudad veintisiete” (1988), “Movimiento fuerte” (1992), “Las correcciones” (2001) y “Libertad” (publicada en inglés en 2010) Es autor además de “Cómo estar solo” (ensayos, de 2002) y sus memorias incluidas en “Zona templada” (2002) y "Zona fría” (2004) En su último libro, aparecido en estos días en los Estados Unidos, “Farther Away” (“Más lejos”, sería su traducción literal), escribe sobre el suicidio de quien fuera su gran amigo, David Foster Wallace Franzen habitualmente colabora con distintos medios, especialmente The New Yorker. Con “Las correcciones” obtuvo el National Book Award y el Premio James Tait Black Memorial, fue finalista de los premios Pulitzer y Pen/Faulkner y “descubierto” por millones de lectores en todo el mundo. Se hizo famoso por negarse a participar en el programa de Oprah Winfrey (al que años más tarde concurriría para hablar de “Libertad”) En la actualidad vive entre Nueva York y Santa Cruz, California. Actualmente se está filmando una producción para la televisión norteamericana de “Las correcciones”, con Ewan McGregor y Maggie Gyllenhaal, que se conocería el año próximo.
27 Abr 2012
Invitado: el escritor peruano Porfirio Mamani Macedo, quien presentó un libro de cuentos en Francia

El escritor peruano, radicado en París, Porfirio Mamani Macedo ha publicado en Francia “L’homme du vent” (“El hombre del viento”), en el que ha reunido relatos de misteriosa atmósfera que remiten a su Arequipa natal.
El libro fue editado por el sello francés Editions du Petit Pavé y la presentación tuvo lugar en le Salon du Livre de Paris, en marzo pasado. Textos que rozan o se adentran en lo fantástico, mixturados con el ambiente y las costumbres campesinas, trabajados con un lenguaje preciso, muy macerado, “conducen al lector hacia tierras desconocidas en las cuales se inscribe una escritura que estimula el poder de la imaginación”, como bien apuntó el poeta y crítico francés Max Alhau.
Este “escritor de dos mundos” tiene una amplia obra integrada por novela, cuentos, poemas y ensayos. Abogado, doctor en letras, es docente universitario. Enriquece a este blog incorporar como invitado a Porfirio, con uno de los cuentos que integran “El hombre del viento”.
Fue a verla por casualidad, ya que estaba de paso por ese pueblo. -¿A qué has venido?- le dijo ella. Él se quedó parado en el umbral de la puerta con el sombrero en la mano. El sol entraba por la ventana y estiraba la sombra de Norma sobre la mesa hasta tocar la superficie de la otra pared corroída por el polvo y por el sol. -Fui a dejar un encargo –dijo él. Lo miró de soslayo y continuó viendo caer las sombras de la tarde. Tenía una mano puesta sobre el dintel de la ventana y la otra descansaba sobre su pierna. Él miró las moscas que rodeaban el perfil de su sombra. Un gato escuálido apareció por debajo de la mesa y se acercó a ella. -¿Qué te han dicho de mí?- dijo ella sin mirarlo. Puso la otra mano sobre el dintel de la ventana e inclinó su cuerpo hacia fuera, como si hubiera visto algo o a alguien que desentonaba su mirada pasiva y lejana. Era una fila de obreros y campesinos que regresaban por los estrechos caminos a sus casas, construidas al otro lado del cerro. -Nada –respondió él. Frunció la frente y, con el pañuelo arrugado que sacó de su bolsillo del pantalón, se limpió la cara que se había empolvado por el camino. Luego guardó el pañuelo precipitadamente. Ella lo vio como quien busca con la mirada una respuesta definitiva. Había cambiado. No era el de antes. Su sonrisa había desaparecido, había perdido algo desde que se vieron la última vez, antes de su partida a Lima, de eso ya unos siete años. Algo había cambiado, pero ella no se atrevió a decírselo. Se quedó callada, mirando aquella figura de hombre cansado. No se sorprendió tanto, quizás ya se lo había imaginado así. Ahora estaba frente a ella como un ángel desterrado, y ella que tanto había deseado que un día apareciera por esa puerta, como hoy, no se emocionó nada. -Quería verte –dijo él. -¿Así? –dijo ella. -Sí –dijo él. -¿Y qué se te dio de venir a verme hoy? –dijo ella. -Pensaba en ti –dijo él. Ella se levantó. Cerró la ventana por donde ya entraba el albor de la noche. Caminó hacia donde estaba parado el hombre. Prendió la luz y cerró la puerta. El hombre caminó tímidamente hacia la mesa. Había perdido el reflejo de antes, cuando venía a visitarla y ponía su sombrero en el perchero con tanta desenvoltura. Ahora era un extraño. Preguntó si podía quedarse un rato. -Si tú quieres –dijo ella con desgano-. Nadie te está botando. El hombre puso su sombrero en el espaldar de una silla y se sentó en ella. La mujer iba y venía en silencio por la sala, como si estuviera buscando retazos del pasado para continuar viviendo como antes. Tenía una rara pesadumbre que la mantenía medio atrapada, que la hundía, que la jalaba hacia aquellos momentos largos, oscuros, que la soledad le fue procurando día a día, noche a noche. Ella también había perdido aquel reflejo de antaño. Eran como dos luces apagadas, como dos flores marchitadas, como dos cuerpos sin alma. -Quería verte –dijo él-. Tenía ganas de verte. Pero sus ojos miraban sus manos gastadas, usadas por el trabajo y por el tiempo. “No en vano pasa el tiempo, él pensaba en silencio, deja huellas indelebles en la vida, marca con hechos y vivencias que no volverán a suceder”. Un poco más tarde, ya cuando el reflejo de la noche se miraba afuera, ella corrió las cortinas con cuidado. El gato la siguió dando maullidos desesperados. A ratos se pegaba demasiado a su vestido y ella lo apartaba levemente con el pie, hacia un lado. Él no tenía ganas de decirle nada, había perdido la confianza que ella le había dado en aquel tiempo. -¿Y por qué sólo vienes ahora?-dijo ella, desde el otro lado de la sala. Tenía los brazos cruzados. Se había pegado a la pared y desde ahí lo miraba. Pasaron tantos años sin verse que los hacía sentirse extraños. Para ella fueron largos, insoportables, hasta decidió convencerse de que él ya no existía, que había desaparecido para siempre, así que ya no lo esperaba. Se refugió en una idea, mediante la cual sólo el tiempo era inmutable, todo lo demás era efímero, fugaz, como los días y las noches. Lo que había quedado en su vida eran horas monótonas, aburridas, sin perspectivas. -Estuve en Lima –dijo él, con las manos juntas como si estuviera haciendo una súplica. Tenía la mirada clavada en la superficie de la mesa. Miraba la madera, las ranuras de la madera gastada, las huellas que se habían ido formando con el tiempo. Era una superficie interminable y eterna. A ratos se agrandaba en silencio, se transformaba, para luego dispersarse en el polvo de la casa, en todo el ambiente que los encerraba. Ella pensaba en aquel tiempo que pasó, en aquel tiempo que pudo ser y no fue, en aquella vivencia que pudo haber sucedido en este encuentro. Él no quería pensar en ello, trataba de pensar otras experiencias amorosas que tuvo, en aquellas noches interminables en que guardó de ella en el fondo de su alma. De pronto sus ojos se cerraron y ya caía al pozo que se había formado entre los dos. A ella le hubiera gustado recordar con él aquel tiempo que pasaron juntos, para recomenzar como si nada hubiera pasado. Pero sus miradas estaban derramadas, dispersadas en el tenso aire que quedó encerrado con ellos. Él hablaba sin pensar que ella estaba ausente, que se había roto algo entre ellos, que se había consumado la luz que los había unido por tanto tiempo a pesar de todo. -¿Qué piensas hacer?- dijo ella. Quizás él sólo vino por instinto, o por un recuerdo súbito que comenzó a abrigar sus ideas desde que llegó de Lima, porque desde ese día no dejó de pensar de ella. Cuando conoció a María Elena la siguió sólo por le recordaba a Norma, pues tenía cierta semejanza con ella, sobre todo aquella mirada profunda, aquel pestañeo que siempre hacía Norma cuando lo recibía en su casa al final de aquellas tardes. “Por lo menos tengo este recuerdo, se dijo aquella vez, tengo este recuerdo de ella y con este recuerdo viviré”. Se casó con ella, tan pronto pudo hacerlo. Tuvo dos hijos con ella, así que se fue quedando poco a poco en ese hogar que se había fabricado él, pensando en ella. -No sé –dijo él. Dime tú lo que quieres que haga. Miró hacia la ventana como buscando la luz de afuera, como buscando el aire, la libertad de afuera. Sin embargo permaneció sentado, hundido en una silla de madera que chirriaba cada vez que movía su cuerpo hacia uno u otro lado, por más leve que fuese el movimiento que hacía. -Yo te estaba esperando sin esperarte –dijo ella-. Un día regresará, me decía, y volveremos a ser felices como antes. Y tú demorabas demasiado. Tus primeras cartas me mantuvieron por mucho tiempo con esa lejana esperanza de verte aparecer como hoy día. Muchas tardes pasé en esa silla donde estás, sentada mirando por la ventana a ver si venías. Al fin caía la tarde y yo me retiraba de allí, dejando algunas lágrimas en el suelo. Ahora no sé lo que tienes que hacer. No soy yo quien te ha de decir lo que debes hacer. Imagino que no has venido a preguntarme eso. De todos modos yo no diré nada, hace lo tienes que hacer, hace lo que quieras. Imagina que no estoy, que estoy ausente por un tiempo indefinido. -No .dijo él-, no me digas eso. No es verdad. El hombre se levantó, metió sus manos en los bolsillos y se puso a caminar tímidamente hacia la puerta. Ella se sobrepuso donde estuvo parada y desde allí lo miraba, lo miraba como si no quisiera que el hombre abriera la puerta para irse. Cuando el hombre se dio la vuelta hacia ella encontró aquellos ojos, aquellos que siempre estuvo buscando. Estaban ahí, pegados a la pared, por eso caminó con el rostro transfigurado, los brazos abiertos para encontrarse con ella. Al llegar al espacio donde estuvo, ella ya no estaba, quizás nunca estuvo ahí, porque todo no era más que un sueño que lo iba atormentando cada día, desde poco tiempo después de haber abandonado a esa mujer. El hombre se levantó de la cama, miró por la ventana y no vio nada en la calle. Quiso regresar a la cama, pero tuvo miedo de volver a caer en aquella pesadilla que lo había despertado.
Perfil Porfirio Mamani Macedo nació Arequipa, Perú, en 1963. Es abogado y doctor en Letras en la Universidad de la Sorbona. Realizó estudios de Literatura en la Universidad de San Agustín, Arequipa. Reside en Francia, donde viene publicando la mayor parte de su obra. Entre sus textos se destaca “Le jardín et l’oubli (“El huerto y el olvido”), novela de 2002. Ha publicado cuatro libros de cuentos y otros tantos de poesía. Escribió varios libros de ensayos, de los cuales sobresalen los dedicados a José María Arguedas y Julio Ramón Ribeyro. En 2009 la Universidad de San Marcos, de Perú le editó un estudio sobre las obras de Miguel Hernández, Rafael Alberti y Max Aub (“Tres poéticas entre la Guerra Civil española y el exilio”) Ha sido docente en diversas universidades francesas, como la Sorbonne Nouvelle-Paris III y la Universidad de Picadie Jules Verne. Ha recibido distintos premios y reconocimientos, especialmente en su ciudad natal. .... Algunos enlaces: Página Web de Porfirio Mamani Macedo,con detalles de su obra En este sitio pueden leerse otros cuentos del escritor peruano
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20 Abr 2012
El comentario: "Que el mundo me conozca", de Alfred Hayes
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DE NUEVO, LA PLAGA DE LANGOSTA
Ella, muy joven, “pertenecía a la amplia categoría de actriz” y su central objetivo era uno solo: “Que el mundo conozca mi cara”. Estaba en Los Ángeles y había llegado de alguna parte, de un pueblito perdido, sin duda. Y en los cinco duros años que había vivido en el despiadado mundo del cine había luchado como mejor pudo. Y se hallaba en el mismo lugar de donde había partido.
Quien narra la historia de “Que el mundo me conozca”, la novela de 1958 del inglés-norteamericano Alfred Hayes que termina de ser publicada en castellano, es un maduro guionista de cine (como lo fuera el autor) quien en una fiesta nocturna encuentra por casualidad a la joven. A la que salva cuando ella intentaba suicidarse…
Se puede decir que en su breve novela Hayes toca todos los tópicos (chica inmadura, hombre escéptico, el cruel mundo del cine, los “perdedores” que inútilmente intentan hacer pie en él) y que asimismo acude a los símiles de la novela negra, pero Hayes es un autor consciente de límites, aunque más aún de sus recursos, de sus habilidades narrativas, por lo que entrega un producto muy noble, hasta se diría infrecuente en un tiempo de relatos extensísimos (y de no siempre felices resultados)
Novela breve y de pocos personajes, con situaciones quizás previsibles pero en todo momento narrada con justeza. Tanto que de cierta manera más que a Chandler (a quien se cita en la solapa del libro), se podría ligar a Hayes con el Simenon que escribió también esa clase de ficciones, en la misma Norteamérica de la década de 1950 en la que transcurre la historia aquí comentada.
LOS QUE IGNORAN CÓMO AYUDARSE

“Hayes sabe retratar como nadie a las personas que no pueden ayudarse a sí mismas”, aciertan en el comentario de contratapa. El que narra, vale decir el guionista maduro y escéptico, se ve envuelto en una aventura con la chica joven a la que ha salvado de morir ahogada. Nunca tendrá claro si ella buscaba el suicidio o si fue “convocada” al mar por el exceso de alcohol, en una noche de la que después no recordaría casi nada.
Escrita con cierta perspectiva “machista”, propia de la época, el narrador recarga las tintas en el comportamiento de la joven –de la que nunca se conocerá su nombre- y no tanto en el guionista, aunque con este tampoco será excesivamente compasivo, especialmente en el tramo final de la novela, cuando se lo muestra mezquino, atento antes que nada a la figuración social, diríamos también al “qué dirán”: “Miré de nuevo a todas esas personas que también a veces iban temprano al aeropuerto y que cuando estaban en problemas podrían llamar a Charlie. No parecían ser culpables de nada. Con cuidado, cauteloso, con mis dientes a la vista, mis ojos alerta, descendí con Charlie los tres escalones alfombrados y me sumé a ellos”.
Charlie es uno de esos “componedores” que saben enderezar las cosas cuando se tuercen. Y él auxilia al guionista cuando la situación con la chica aspirante a actriz cobra perfiles dramáticos que pueden perjudicarlo.
UNA VIEJA HISTORIA

Hayes nos ofrece una nueva versión de una historia ya narrada, vale decir la versión 1950 de la “Plaga de langosta”, contada por Nathanael West con el escenario de la Depresión como telón de fondo. Aquí no hay tanta pintura de carácter histórico, pero igual a ella se la puede percibir en este relato protagonizado por fracasados sociales y, al mismo tiempo, existenciales.
Con todo, la intención de Hayes apunta más allá, quiere hablarnos de los seres extraviados y que por estarlo no vacilan en dañar al otro. Es lo que le ocurre al guionista con esa joven de carácter bipolar, siempre predispuesta al fracaso. Y a arrastrar a los otros en su persistente caída.
La escritura medida de Hayes (que no llega a ser minimalista, aunque se le aproxima) ha tenido la suerte de haber sido vertida en nuestro idioma por un atento traductor, Martín Schifino, quien logra evitar la recaída en un lenguaje pueril. Por el contrario, es lo ceñido del lenguaje lo que más se destaca en la novela del autor de “Los enamorados”.
Entre tantos aciertos, destacamos las buenas páginas dedicadas a una corrida de toros celebrada en México a la que asiste la aspirante a actriz, al principio con alegría y despreocupación, hasta el momento en que comprende cabalmente de qué se trataba esa fiesta de la muerte y en la que se siente, de pronto, demasiado involucrada: “Cuando el tercer toro arremetió contra el tercer caballo de ojos vendados y metió los cuernos por debajo y los levantó y los derribó a ambos, caballo y picador, y la multitud, levantándose de golpe, empezó a gritar, ella también gritó”.
Perfil
Alfred Hayes nació en 1911 en Londres, Inglaterra, y falleció en Estados Unidos en 1985, país donde estudió (se graduó en el New York City College) y desarrolló su obra. Escribió novelas, cuentos y poesías, además de ser un destacado guionista de cine y televisión. Se le reconocen 25 colaboraciones de ese tipo y, entre otros famosos directores, Fritz Lang y Fred Zinemann filmaron películas basadas en sus guiones. Como soldado del ejército norteamericano participó en Europa en la Segunda Guerra Mundial. En 1946 fue uno de los guionistas del director italiano Roberto Rossellini en su famosa película “Paisá” y, aunque no aparece acreditado, colaboró con Vittorio de Sica en la fundamental "Ladrones de bicicleta" (1948) Autor de siete novelas, el año pasado se conoció en castellano “Los enamorados”, de 1953. Se afirma en contratapa que “la gloria del estilo de Hayes ha sido comparada con las tersas síncopas de Thelonious Monk”
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En Internet:
14 Abr 2012
Invitado: el narrador mexicano Raúl Hernández Viveros

Eras alivio y te llamé cadena,
eras la muerte y te llamé la vida.
Alfonso Reyes
Desde bastante pequeño aprendí a filosofar. Iba a cumplir la edad de seis años, cuando mi padre colocó la escoba en la entrada del negocio de abarrotes y semillas. Fue el mejor regalo días antes de mi cumpleaños. La mañana de primavera, el viento tibio empujaba los restos de la basura en la banqueta, me agradó sentir la superficie de madera casi pulida.
En aquella temporada acompañaba siempre a mi padre para abrir las puertas de madera. Desde esa hora se presentaba a atender a los clientes madrugadores. Llegaban varias señoras a comprar café, azúcar, sal y galletas. El tiempo se concentraba en la rutina de acomodar y limpiar los anaqueles. Luego lavábamos y secábamos el mostrador. En la vitrina, jabones, latas de leche y bolsas de arroz, entre los paquetes transparentes de dulces de colores. Alrededor sobresalían los anuncios de productos comerciales y bebidas de varias marcas.
Al presionar el palo de la escoba, me di cuenta de que no pasaba de un metro de altura. Apenas mi cabeza estaba por llegar a los noventa centímetros. Comencé por intentar moverla como lo había visto practicar a mis hermanas. Sin embargo, el aprendizaje duró mucho tiempo. Tal vez fueron los meses en que se insertaron en mi espíritu la curiosidad y el interés por conocer el mundo. Sentía en mis venas la necesidad fundamental de aclarar el conjunto de reglas, cuya finalidad desembocaba en ubicar los pasos de un orden establecido y sin la mínima posibilidad de error en cualquier tipo de trabajo.
Todavía lograba escuchar las palabras paternales sobre el entendimiento humano de buscar la verdad y evitar a toda costa la creencia. Fue la propuesta en la formulación de las directrices del rumbo de nuestros destinos. Entonces penetraba en el espacio de la deducción para obtener el razonamiento inductivo. La comprobación experimental apareció en mis manos: ¿Por qué causa dirigía e imitaba los movimientos de la escoba? ¿Cómo podía dar certidumbre a esta manifestación de la inteligencia? ¿Se trataba de una danza simulada, o era el perfecto acoplamiento entre mi persona y las cosas?
La fuerza de mis dudas se sumó a la fragilidad de mi razonamiento, el cual se sustentaba en la representación de las ideas o de los conceptos que me empujaban al logro de los juicios. De lo cuantitativo saltaba a lo cualitativo, dentro de aquella mente insinuadora de situaciones y cosas, las cuales giraban alrededor de mi cabellera alborotada, en donde como insectos se agitaban los pelos como los escobazos que barrían los restos de la carroña.
Recordé cada uno de los diez predicamentos de Aristóteles. La sustancia que representaba la descripción de la escoba. La cantidad de los números de las fechas del calendario. La relación como vínculo con mi padre. La acción de estudiar las características de las cosas. La pasión en la búsqueda del conocimiento. El lugar de la superficie de cemento de la banqueta que barría yo todas las mañanas. Memorizaba el tiempo transcurrido por las vivencias recordadas y guardadas en los rincones del banco de datos. Analizaba la situación en el proceso de aprendizaje, en donde me encontraba inmerso. El hábito de escribir estas notas, diseñarlas en el pensamiento y pasarlas a las hojas blancas o anotarlas con el teclado del procesador de palabras.
Estas reflexiones me permitieron la interacción con decenas de escobas que testificaron el desgaste del tiempo en aquel periodo anterior a la adolescencia, la denominada ridículamente edad de la inocencia. No pensaba ya en otra cosa que en la fárfara de la resurrección. El significado era la infusión que preparaba mi madre y nos ofrecía antes de abrir las puertas del almacén de abarrotes y semillas, a las seis de la mañana de cada día.
A veces no ni siquiera me permitía yo comprender los sonidos que brotaban de la boca de mi padre. Todo esto lo identificaba al llegar la recaída final, cuando se lavaba las dentaduras postizas, comenzó a gritar que mi madre era metopomancia, porque ella gastaba su tiempo en el análisis de las arrugas de la frente y verrugas para interpretar sus significados, o llegar al enfrentamiento con la verdad del día de su muerte.
Al poco tiempo, mi padre, entre murmullos, describía la pleamar equinoccial porque no podía olvidar el viaje de la trayectoria del Ecuador celeste. Entre los desvaríos de sus pensamientos señalaba las grímpolas de los matices desprendidos del cielo en cada amanecer. Me contaba que desde muy joven intentó conocer el mundo y trabajó en un astillero.
Me describió las amuras que raspó y pintó cuando soñó ser marinero y trabajó durante varios años como ayudante en labores de pintura. En el ambiente misterioso de los secretos, también sacó a relucir su colección de cinco micacitas como prueba de la génesis del proceso de nuestro origen. Volví a recordar el magisterio de mi padre cuando insistía en educarme para llegar a saber barrer dignamente sobre la banqueta. Volvía a explicarme los detalles sobre el movimiento de las manos, la presión de los dedos y acerca de la dirección de las escobas.
Todo consistía en ubicar el rumbo de los escobazos. El lugar de la derecha correspondía a la izquierda, y viceversa. Lo que permanecía atrás siempre regresaba a su mismo lugar. Lo de arriba iba a caer abajo y lo de abajo algún día estaría arriba. Esto explicaba la curiosidad en el conocimiento, como el paradigma cognitivo donde se hallaba la cimentación de construir el poder del razonamiento.
Al seguir el ritmo lento de sus palabras contemplaba yo el resto del ser que me obligaba a enfrentarme con la realidad. Aquellos ojos examinaban cualquier tipo de cualidades que intentaban darle valor al mundo que me rodeaba. El triunfo de que algún día conocería todas las partes de mi cuerpo y mi mente, y con esto permitiría el inicio de la aparición de otra persona.
Luego se reía y la enorme dentadura de plástico acompañaba cada una de sus carcajadas. A veces no sabía yo si atender los escobazos o de plano gozar de aquella inolvidable alegría procedente del espíritu de mi padre. Era como si danzáramos entre el mostrador y los anaqueles repletos de latas, jabones y botellas de aceite.
Mientras tanto, la escoba perseguía los restos de la basura. Yo edificaba montículos de papeles y cartones sucios, colillas de cigarros y corcholatas de refrescos. De reojo, él miraba con diligencia los movimientos de mi cuerpo que bailaba apretado a la escoba, como si escuchara el sonido de los violines, las flautas y el piano que tocaban los músicos procedentes de una orquesta popular.
Frente a su vigilancia comprendí la existencia de un secreto entre nosotros. Algo que no se atrevía a decirme. Luego de las carcajadas evolucionaba hacia un ser meditabundo que caía dentro de las burbujas del silencio. Las esferas transparentes giraban sobre mis pensamientos, se desintegraban entre los laberintos tenebrosos de la memoria. Entonces reconocí el valor de las premisas. En la ingenuidad infantil advertía que significaba algo que se decía antes de la misa. Entre la propuesta del razonamiento deductivo insinuaba la posibilidad de los argumentos falsos sustentados con la apariencia de lo verdadero.
Exactamente yo escenificaba algunos diálogos fingidos perpetrándolos enfrente de mi padre. Con el ajuste del significado de cada una de las palabras obtenía la identificación exacta con otra realidad totalmente ajena, distante y desconocida. Fue el momento en que reconocí su deseo de transmitirme un secreto. Algo lejano para mí, en particular porque me resultaba indiferente en aquel periodo de mi existencia, dentro de una habitación con las paredes transparentes de cristal.
Por primera vez, en aquella ocasión lograba comprender su protagonismo por impulsarme hacia la transformación de la experiencia de vida. Ante todo dependíamos de las palabras y su poder de seducción nos conducía hacia el lado oscuro de otra inmensidad luminosa. Un punto todavía inédito y demasiado difícil de interpretar para traducirlo dentro de mi pensamiento.
Penetrábamos en el espacio de las interpretaciones, diversas y plurales que nunca llegaban a la misma conclusión. Los datos no servían de nada y ni siquiera tampoco los diálogos. La consecuencia del lenguaje era el absoluto silencio. En este proceso no era posible justificar ni demostrar nada. En el escenario de la credibilidad no podíamos al menos acreditar el mínimo valor.
Con la creencia de que así eran las cosas intentábamos evitar el desenlace de la verdad. Nunca llegué a descifrar el misterio del enigma. Me encontraba atraído nada más que por el total aprendizaje en el manejo de las escobas.
Era natural aprender algo más de la vida. En aquellos años la mirada de mi padre se aferraba a vivir en ese presente. Pasaron los meses y en esa otra dimensión ya no teníamos rostros ni huellas. La transparencia mostraba nuestros cuerpos descarnados, sin piel, enfrentados nada más a un solo y único destino: encerrados en una celda de cristal.
Cuando declaró que había yo obtenido la maestría en el arte de barrer, llevé a cabo en mi memoria el recuento de las escobas que pasaron por la piel de mis manos. Otra etapa se abría y no fluía tan interesante. Aquella fuerza vital se extinguía al sentir la libertad de mis actos y decisiones. Como cualquier persona que despierta de un profundo sueño percibía la carencia de los recuerdos.
La sinceridad brotó aquella mañana en que habló con crudeza para trasmitirme su intención de heredarme el manuscrito de su “Tratado de los colgados”, que tanto le aterrorizaba heredarme. Mi padre había pertenecido a la secta de los conocedores de estos rituales y estaba orgulloso de considerarse uno de los seleccionados a vigilar este tipo de intentos de suicidios, que requería de un particular asesoramiento moral, académico y científico.
Sus reglas se cumplían al pie de la letra y la norma principal destacaba por ofrecer la medida exacta entre el piso con la altura de los pies. Si uno lo practicaba tenía que medir exactamente los cincuenta centímetros de la separación con la tierra; de esta distancia para arriba ya no importaba ninguna frontera. Lo esencial estaba en aquel espacio o vacío entre los pies y el suelo. Todo esto me pareció absolutamente obvio y tuve la seguridad de que se trataba de una broma genial.
Nunca se me van a olvidar las ocasiones en que puso en práctica algunas de sus lecciones. Durante varios días mostraba sus habilidades en el diseño de diversos tipos de nudos y amarres aprendidos cuando se desempeñó, según su ficción, como marinero. Más tarde adquirió las tablas y durmientes; construyó el banco y el poste de madera que funcionaban como patíbulo.
Muchas veces intentó simular que me colgaba y, cuando notaba que estaba yo a punto de perder el conocimiento, deshacía la presión de la soga frente a mis leves sonidos de agradecimiento.
Muchas veces me pidió que prometiera no contarle a nadie de este tipo de juegos, y menos a los miembros de mi familia. En alguna ocasión, mi padre pretendió llevar a cabo su propia actuación, pero nada más se permitió llegar al suave vaivén y no realizó el ahogamiento completo, sin ruidos exagerados o apretones extras de la soga.
A las pocas veces, en su habitación durante unos minutos me puse nervioso, nos miramos, como extraños, uno al otro. Sin convicción lo abracé presionándolo en mi pecho. Por fortuna en aquel espacio no había otra persona que estuviera de testigo. Todos los recuerdos se esfumaron como burbujas transparentes hacia el techo. Sentí lástima al aceptar que todo se perdería al final en la memoria de mi padre. Todavía intenté convencerlo de los tratamientos con radiaciones y quimioterapia. Suavemente se separó de los latidos de mi corazón, encogió los hombros y me dijo que me iba a sacar a escobazos del hospital.

Me sentí avergonzado por no obedecerle y, a través de la niebla del tiempo, mi padre dejó de respirar para siempre. Me aproximé a su cabeza, y en su oído derecho lo despedí con la definición de empatía, y por supuesto no funcionó la interacción. Lo despedimos en absoluto silencio, pero la fortaleza que mostró mi madre fue valiosa porque lo vistió acomodándole en las bolsas del pantalón las cinco micacitas que volvieron a su lugar de origen con la madre naturaleza.
Meses después del funeral de mi padre asistí a participar en un Congreso Mundial de Filosofía. Durante la lectura de mi ponencia, me puse a escribir en la mente este relato y me olvidé del público asistente. En un estado casi de inconsciencia, armé la estructura narrativa y escribí las líneas finales a la historia.
Desperté de aquel letargo y reaccioné con los aplausos de los participantes del evento. Sin darme cuenta agradecí la ovación. A los pocos minutos inició el espacio de las preguntas. Sólo me interesó la relacionada con la muerte. Sin miedo para concluir mi intervención, repetí la contestación de Borges sobre de que su padre nunca había regresado a contarle si existía otra vida. Cuando una mujer me señaló que mis investigaciones eran una copia o continuidad de los trabajos de José Ortega y Gasset y María Zambrano le di las gracias por su aclaración, porque efectivamente había asistido a conferencias y cátedras de la autora de obras fundamentales, entre ellas siempre citaba ante el público fragmentos de sus libros “Los sueños y el tiempo” y “El sueño creador”.
Desde luego recordaba sus explicaciones de las cosas cotidianas involucradas con los dioses. Sus estudios filosóficos propusieron dos posturas: la actitud de creatividad cuando uno se preguntaba alguna cuestión, por la ignorancia. La actitud poética, que es la respuesta, la calma y en la que una vez descifrada encontramos el sentido a todo. En mis años universitarios de aprendizaje intenté copiar el lenguaje creativo, su estilo de pensar y escribir.
Luego me perdí en el remolino de las personas que abarrotaban las salas de conferencia. En realidad, me interesaba ir a visitar el mejor restaurante de Varsovia y, sin miedo, salí a enfrentarme a la primera nevada que caía en esos instantes sobre Polonia. Su capital era una ciudad melancólica y oscura que constantemente llamaba mi atención por sus rincones secretos que cualquier visitante debería comenzar por descubrir, o siquiera leer alguna historia sobre Varsovia.
Entre la penumbra pude enfrentarme a mi destino, sin más defensas que el arte del razonamiento, y la escritura. Claro que no podía cambiar el rumbo porque cada quien llevaba señalada su propia biografía. Dos o más datos eran indispensables para localizar el signo de nuestra vida. Detrás de los símbolos permanecía la alternativa de rescatar del pasado las habilidades de ubicar nuestras debilidades y fortalezas del presente o bien de encontrar nuestro lugar y espacio en la vida.
Antes de abandonar el Palacio de la Cultura, aproveché que los reporteros de televisión y radio entrevistaban a las estrellas del Congreso. Por fortuna, a nadie le interesaba la presencia de un filósofo español reconocido nada más por sus cátedras en universidades hispanoamericanas. A la distancia de unos metros saludé con la mano a Slavoj Žižek y también a Zygmunt Bauman, ambos contestaron igualmente a señas, sin el mínimo interés por identificarme, casi me ignoraron igual a una entelequia.
Sin embargo, descendió en el vacío de mi pensamiento que con la desaparición de mi padre tuve que darme a la tarea de redactar en el ordenador aquel legajo de hojas amarillentas escritas a mano mediante el empleo de la pluma de buitre mojada en la punta dentro de un tintero. Gasté muchos meses en revisar cada uno de los capítulos hasta lograr la perfección de las ideas y conceptos. Al poco tiempo apareció en forma de libro, acompañado de ilustraciones correspondientes a periodos históricos de esta tradición de ritos milenarios.
Mi “Tratado de los colgados” fue un verdadero éxito editorial y objeto de estudio de infinidad de artículos y reseñas en la prensa mundial. A un sector de los lectores siempre les causaba risa la referencia al uso de las sogas, la definición en la calidad del material de las correas, el empleo en la cantidad de grados de presionar que se necesitaba alrededor del cuello y la práctica de la cuerda floja. Toda una teoría sobre los centímetros precisos e indicados para dar el salto mortal. Varios críticos reseñaron que se trataba de una visión constructivista.
En el inmenso salón divagaba en esta historia cuando me puse a saborear el exquisito platillo de pato al horno acompañado de manzanas, sentado en el famoso lugar de la Ciudad Vieja. Brindé en memoria de mi padre. Reconocí en la penumbra tibia del rincón medieval que era inútil la búsqueda de la fama, porque era una cuestión ajena para mí espíritu. Desde aquella época, el éxito apareció como tema central entre miles de imágenes que revoloteaban como insectos dentro de mi cerebro. No pensaba ocuparme de estas divagaciones, pero la ingenuidad de la lejana infancia continuaba en forma de flechazos dirigidas hacia el centro de mis reflexiones que fueron interrumpidas cuando tuve que pagar el precio de la cena y las excelentes y exquisitas copas relucientes de vino.

Al cruzar la explanada rodeada de bancas, las baldosas estaban blancas de nieve y, entre alucinaciones provocadas por la exquisitez de los resabios del mejor vino Tokaji que está asociado con la figura de la condesa húngara Susana Lorántffy del siglo XVI, poseí la visión de encontrarme frente a los cadalsos construidos de vigas y maderas en donde colgaban a los insurrectos aprehendidos durante el toque de queda ordenado por las tropas alemanas. Entre los adoquines de la Plaza del Mercado (Rynek Starego Miasta) advertí la altura de más de un metro de distancia entre el piso empedrado con los pies congelados. A pesar del intenso frío; entre sueños de mis labios salieron las notas de la siguiente canción:
Los instrumentos del lenguaje
y la escritura vinculan
el potencial del aprendizaje.
Son los dominios
del conocimiento y el estudio.
De la conciencia
son los procesos
del real potencial
de las funciones
psicológicas en superiores,
con el método genético
de nuestra historia personal y general.
Nunca supe cómo brotaron las líneas de mis labios de aquella melodía, que con motivo del Alzamiento de Varsovia en 1944 se puso de moda entonar los estribillos durante las reuniones clandestinas, casi igual a un himno de la resistencia. En secreto se organizaban los grupos de cantantes alrededor del centro histórico, acompañados de los músicos gitanos que desaparecían a toda carrera cuando se escuchaba la voz de alarma acerca de la aproximación de agentes disfrazados de civiles.
Dentro de este estado de ofuscamiento imaginé que les ofrecía a los bultos colgados mis servicios como estudioso de la Necromancia que es predicción del futuro a través de la invocación a los muertos y principalmente con las reglas de la Nequiomancia, que se derivan de la observación de los cadáveres.
Al cabo de unos minutos comprendí que los colgados ya no escuchaban, ni veían debido a la rigidez del bloque de hielo que los cubría dentro de un espacio acuático totalmente congelado, casi transparente en su brillantez de cristal.
Ignoré mi indignación y me permití traspasar la barrera del tiempo. Esto me ayudó a desprenderme de aquella vivencia. Subí al taxi que me trasladó a la puerta del hotel Harenda. Apareció la entrada iluminada por las lámparas blancas y amarillas. Frente a la intensa luminosidad, mi mente percibió la representación igual a la que me hizo mi padre cuando me dio mis primeras lecciones de filosofía sobre los peligros de la casa de cera, en la cual llegaba siempre a descansar Lucifer, el portador de la luz, después de un largo y tedioso día de trabajo.
Por fin debajo de las cobijas, sentí que me sumergía en la realidad intangible de los sueños prodigiosos, traslúcidos y perceptibles en el centro de aquella habitación con las paredes de cristal.
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Perfil
Raúl Hernández Viveros nació en Ciudad Mendoza, Veracruz,México, el 9 de diciembre de 1944. Autor de los libros de cuentos “La invasión de los chinos” (1978;1992); “Días de otoño” (1995); “La conspiración de los gatos” (1997); “La generosidad divina” (2007); y “Los impertinentes” (2012), la novela “Entre la pena y la nada” (1985) y los libros de ensayos “La nictalopía de Sor Juana Inés de la Cruz” (2000), “Memoria y pensamiento” (2001), “La Mitología de Roberto Williams García” (2002), y “Relato español actual” (2003), libro que lleva varias reimpresiones en la Península ibérica, editado por el Fondo de Cultura Económica y la UNAM. Durante una década estuvo a cargo de la revista “La Palabra y el Hombre” y del Departamento Editorial de la Universidad Veracruzana. Es director de ediciones y de la revista “Cultura de VeracruZ”. Realiza actividades académicas en el Instituto de Antropología la Universidad Veracruzana Fue designado por el Círculo de escritores del Puerto de Veracruz como el Editor del año. Dentro de sus trabajos de investigación ha realizado el análisis crítico de los fundadores de la antropología en Veracruz, particularmente sobre Gonzalo Aguirre Beltrán, Alfonso Medellín Zenil, Carlo Antonio Castro, José Luís Melgarejo Vivanco, Juan Hasler, entre otros. Es colaborador de “Diario de Xalapa”, “Punto y Aparte”, “Centenarios” y “El Universo del Búho”.
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Algunos enlaces:
Blog de Raúl Hernández Viveros
Sitio de “Cultura de VeracruZ”
Raúl Hernández Viveros en la Wikipedia en castellano
En el blog:
Nota sobre un homenaje al autor mexicano
08 Abr 2012
El comentario: "Alrededor de la plaza", de Carlos María Gómez. Entrevista con el autor

LAS CONFABULACIONES DEL PODER
“Todo continúa igual”, afirma el escritor Carlos María Gómez en la entrevista con la que cerramos la presente nota, motivada por la reedición de su novela “Alrededor de la plaza” en la que -mezclando realidad y ficción- habla de graves hechos delictivos ocurridos en la ciudad de Santa Fe, Argentina, en la década de 1980.
No ha sido la primera vez que llevó a sus novelas, muchas de ellas negras, hechos de la realidad. Así, en el reportaje recuerda que en “Los chacales del arroyo” (1993, reeditada en 2007), habló de los asesinatos nunca esclarecidos de dos abogadas, ocurridos en Santa Fe en los ’70 cuando aterrorizaba a la Argentina la fascista Triple A de López Rega.
En la novela ahora reeditada, el protagonista Gómez –visible alter ego del autor- es un escritor que en soledad intenta escribir su novela. Vive en una ciudad, Santa Fe, en los ’80 del siglo XX, en la que ocurren hechos delictivos de gran potencia, como pasa con un empresario de vida non sancta quien aparece muerto en una isla, próxima a la ciudad de Paraná. Santa Fe y Paraná distan unos 40 kilómetros entre sí y se encuentran separadas por el gran río del mismo nombre y por una serie de islas y afluentes.
Un juez llamado Barcos en la novela (e identificado como Costa en la entrevista), investiga el crimen y detiene a una serie de policías y ex policías así como a un albañil, quien contará lo que se estima ha sido la verdad del episodio criminal: El empresario reconoció a sus captores y estos terminaron dándole muerte.
Sin embargo, la investigación de Barcos es rebatida por un tribunal de alzada que dispone dejar en libertad a los presuntos responsables del crimen, en tanto es el albañil quien queda como acusado, a pesar de que ha sido el único que habló ofreciendo su versión de los hechos.
ENTRE GÓMEZ Y GÓMEZ

El personaje Gómez había publicado una novela en la que contaba estos episodios y sindicaba culpables. Por eso, cuando salen en libertad los presuntos (o no tan presuntos) asesinos del empresario comienza a recibir represalias y amenazas y su vida se transforma en una pesadilla, como si viviera un mal sueño del que no pudiera escapar.
Gómez, autor, entiende –léase la entrevista- que el actual estado de cosas es irreversible y en la ficción interpreta que hay un poder oculto (Kafka es una referencia poderosa en sus textos) y por eso escribe: “Resultaba más que evidente que existían los brujos formando parte de una congregación poderosa, inexpugnable, donde las jerarquías eran infinitas. Podía hacer la vista a un lado tratando de ignorarlos, pero esa actitud no los borraba. Ellos estaban en todas partes, a toda hora, observando, midiendo, escrutando, siempre listos para defender el eterno mensaje, para entregar la posta”.
El título de la novela aquí comentada alude a la Plaza de Mayo, en Santa Fe, frente a la cual está emplazada la Casa de Gobierno provincial, a su costado se levanta el Palacio de Justicia y en una de sus esquinas la sede arzobispal, delante de la cual se encuentra la antigua Catedral Metropolitana. Completando el cuadro, también enfrenta a la plaza el Colegio de los Jesuitas, institución a la que suelen concurrir los hijos de familias tradicionales y/o ricas de la ciudad y su zona de influencia.
Como redivivo Remo Erdosain, el personaje Gómez también sueña con el aniquilamiento de ese poder permanente: “La tercera explosión de la mañana hizo volar por los aires el Palacio de Justicia. Poco antes se había derrumbado el edificio del arzobispado y la Casa de Gobierno. Escombros y papeles cubrían los alrededores de la plaza (…) Fui saliendo por el sur, bordeando el río, cruzando los bañados, encaramándome en las barrancas”. Y, en otro momento del relato: “Las luces del alumbrado y de los vehículos que pasaban en ambas direcciones oscilaban en el espacio al igual que un caleidoscopio, en tanto una y otra vez volvían a derribarse los edificios alrededor de la plaza”.
El viejo Poeta, vendedor de loterías, y Nube, una chiquilina pobre que intenta salir de su marginalidad, acompañan a Gómez en su derrotero por la ciudad intentando mantener vivo el oficio de escribir, mientras surgen nuevos delitos y es acosado por delincuentes que en todo momento demuestran su brutal impunidad.
LA ENTREVISTA

¿Qué lo llevó a tratar en “Alrededor de la plaza” temas urticantes registrados en la provincia de Santa Fe en la década de 1980?
Toda la historia negra de este país, nacido al amparo de la conquista genocida, pasando por la injusticia atroz y permanente de un poder que se va reciclando a través del tiempo, todo ello no hace sino confluir en esa actualidad de los años 80, con el traspaso de la dictadura a una democracia proteccionista, alejada absolutamente de los intereses populares.
¿Cómo debe interpretarse el hecho de que el protagonista de la novela lleve su mismo apellido?
Es porque soy yo mismo, apenas escondido en el personaje.
¿Por qué en determinado casos designa con sus nombres verdaderos a protagonistas de la historia “real” insertos en la novela (por ejemplo, los ex gobernadores Vernet o Reutemann) y en otros los ha disimulado?
Creo que se entrecruzan el obvio temor a los dueños del poder y sus secuaces (los que manejan a su antojo la política y la justicia, especialmente) con la bronca y el asco que me provoca tal situación, a mi modo de ver irreversible.
¿Qué significa para usted cruzar historia cotidiana, verídica digamos, con ficción pura?
En esta ciudad, en esta provincia, en este país, sin lugar a dudas que la realidad supera a la ficción, o al menos la opaca, de tal manera que cuando uno se decide a encarar un relato resulta casi imposible separar dichos términos. “Los chacales del arroyo” es una novela, pero las asesinadas, Marta Zamaro y Nilsa Urquía, son personas reales, al igual que el juez y el fiscal que, en su momento, contribuyeron a que ese crimen quedara impune. ¡Y atención, que estos corruptos magistrados han hecho escuela!
¿Le ha traído alguna clase de inconveniente haber incursionado en “pecados” reales o presuntos registrados en Santa Fe en la época referida?
No que me haya enterado, pero supongo que para estos siniestros personajes es muy poco (por no decir nada) lo que puede inquietarles la acción de un escritor provinciano.
¿Cómo trabajó esta novela?
La idea surgió a partir de una relación muy especial con el juez de instrucción Julio César Costa, tan independiente y honesto que resultaba “extraño” y poco conveniente para la cúpula política y judicial de la provincia y, concretamente con relación al secuestro y asesinato del empresario Moreyra, cuya exhaustiva investigación quedó finalmente en la nada, sin culpables, al igual que lo concerniente a los “piratas del asfalto” , el robo de los expedientes en los Tribunales de Rosario y el vaciamiento del Banco de la provincia entre otras minucias.
En la novela quedan muchos cabos sueltos, como hilos que no conducen a ninguna parte y que en la reedición de su trabajo usted no revisó. ¿Hay premeditación en este hecho?
La reedición de “Alrededor de la plaza” no ha implicado en lo personal otra cosa que el gratificante reconocimiento de mi obra por parte de la UNL, ya que en ningún momento (más allá de la incorporación del inteligente prólogo firmado por Coni Cherep) estimé necesario revisar nada del original. ¿Cabos sueltos? ¿Hilos que no conducen a ninguna parte? Todo continúa igual.
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“Alrededor de la plaza”, de Carlos María Gómez. Ediciones Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 2011, 270 páginas. Prólogo de Coni Cherep. En Argentina: 25 pesos
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Perfil

Carlos María Gómez nació en Santa Fe, Argentina, en 1938.Escritor, productor, guionista y realizador de cine y video. Ha publicado las novelas “El desarrollo” (1963), “Veneno de cachiporra” (1979), “El enmascarado solitario cabalga hacia la muerte” (1983), “En el laberinto de espejos” (1985), “Los chacales del arroyo” (1993), “Gerente de dos ciudades” (1995), “Alrededor de la plaza” (1998), “Highsmith” (2005) y “Regreso al sur” (2009), así como los libros de relatos “Solamente con mirar” (1965), “Cuentos negros” (1992) y “Caja negra” (2009) Ha participado en antologías, recibió diversos premios y en 2009 fue declarado escritor destacado de la provincia por la Cámara de Diputados de Santa Fe. Es cofundador de Grupo de Cine de Santa Fe, entidad que ha desarrollado una amplia tarea en el campo de la cinematografía.
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Algunos enlaces:
En el blog:
”Repetido crepúsculo”, cuento de Carlos María Gómez
Comentario sobre “Caja negra y otros relatos”, de Carlos María Gómez
31 Mar 2012
"Después de la nieve", de Sophie Crockett

EL SUEÑO APOCALÍPTICO
Presentada en simultáneo en Europa y América, “Después de la nieve” es una novela destinada al público juvenil y esa es una limitante que, por supuesto, condiciona su lectura. Pero no deja de ser un texto interesante, “pos-apocalíptico”, que sigue de otra manera la huella que han dejado ficciones más trascendentes, entre ellas “La carretera” de Cormac McCarthy.
Quien narra es Willo, un jovencito de 15 años refugiado en la montaña, alejado de la ciudad, que desconoce. Subsiste con su padre y otras pocas personas soportando necesidades, apartados de todo cuanto supone autoridad. Son los renegados, personas que sobreviven en el límite manteniendo una posición de rebeldía política que Willo tardará en comprender en toda su magnitud.
El joven sostiene una relación de tipo animista con la naturaleza, tanto que “dialoga” con un Perro que le va dictando aquello que debe o no hacer. Se dedica a cazar liebres y gran parte del día, pese al enojo de su padre, lo pasa aislado en una cueva que se ha vuelto casi su segundo hogar.
Ese aislamiento lo salva cuando su padre y los restantes familiares y amigos son llevados a un lugar incierto por las autoridades, lo que implicará que Willo quedará solo y de ahí en más deberá enfrentar muchas adversidades.
Las peripecias lo vincularán con Mary, una jovencita que ha quedado desamparada y hambrienta (el hambre es la gran constante de la novela), y a la que, contrariando sus íntimos deseos, deberá dejar en el camino mientras busca a su padre, el objetivo central que lo ha alejado de lo que para él es la seguridad de la montaña.
EN LA CIUDAD MALDITA

La ciudad (habría que decir la Ciudad, por antonomasia) le resulta brutal e incomprensible. Allí sí que todos son sobrevivientes. Se han roto los lazos de la solidaridad y una empresa, Anpec, parece dominar el territorio en forma absoluta, territorio en el que la muerte puede producirse en cualquier momento.
Willo está casi siempre a punto de ser vencido, pero en el último instante alguien lo salva, aunque eso no le impida conocer la traición, “codearse” con la violencia asesina, verse enfrentado a cada instante con el peligro que implica la convivencia con quienes parecen estar al borde de la desintegración.
La ciudad se encuentra degradada, prácticamente han desaparecido los vehículos, salvo los camiones, y han reaparecido los caballos. Asuelan las bandas y todo aparece bajo una pátina de suciedad o, mejor aún, de descomposición.
Pese a tantas desventuras, Willo encuentra un camino determinado que tiene que ver con su realización personal y con un futuro esperanzador que se ubica más allá de esa nieve sempiterna que (confía el joven narrador) alguna vez desaparecerá.
La autora pone en boca del joven protagonista reflexiones y conceptos impropios de su edad e inexperiencia, palabras que tendrían más sentido y entidad si las enunciara un narrador omnisciente. Otra observación que hacemos refiere al Héroe por antonomasia, al “libro” que leen los renegados, tópicos que a nuestro juicio resultan innecesarios en una novela que, como dijimos, presenta a nuestro juicio muchos puntos de interés.
Y de todos ellos, aparte de las distintas vicisitudes que debe padecer Willo en su difícil proceso de maduración personal, se destaca el dibujo que nos presenta Crockett de esa ciudad siniestra y devastada, un sueño distópico (es decir, antiutópico) comprensible en estos tiempos de tanto desasosiego.
Perfil

La escritora británcia Sophie D. Crockett nació en 1969. Luego de graduarse en la Universidad Royal Holloway de Londres y en el New Bedford College con una licenciatura en estudios teatrales viajó a distintos países, especialmente Rusia, donde comerció con maderas. Después del nacimiento de su primer hijo se radicó en Suffolk, Inglaterra, donde trabajó en la restauración de un monumento. Está casada con el artista Timothy Shepard, tiene dos hijos y reside en la Montagne Noir, al sur de Francia. Continúa comerciando con maderas para lo cual viaja regularmente a Armenia. “Después de la nieve” es su primera novela.
….
Enlace:
25 Mar 2012
La muerte de Antonio Tabucchi
La nostalgia, la melancolía, tan propias en la narrativa del italiano Antonio Tabucchi, fallecido hoy, se habían acentuado en sus últimos libros en los que el paso del tiempo y la inminencia de la muerte prevalecían por sobre todo: “Se está haciendo cada vez más tarde, “Tristano muere”, “El tiempo envejece de prisa”.
Fue un gran escritor, quizás la mayor voz que ha dado la Italia de estos años. Escritor que, como Saramago, se encargó de rescatar –y rescatarnos- la voz y la personalidad de Fernando Pessoa (“Un baúl lleno de gente”, “Sueño de sueños”) al que tradujo.
Se volvió famoso al crear su inolvidable personaje, el periodista Pereira. Ese “Sostiene Pereira” recorrió el mundo y se potenció con la magnífica interpretación de Marcelo Mastroianni en la película de Roberto Faenza. Pero presumimos que los fastos de la fama no eran para un ser tan poco exhibicionista como lo fue el escritor, tan enamorado de Portugal, de Lisboa, tanto que terminó residiendo en esa ciudad donde encontró la muerte.
Su obra es sólida y muy sutil en sus momentos de mayores logros: “Nocturno hindú”, “Réquiem” (también llevadas al cine por sensibles directores franceses: Alain Corneau y Alain Tanner, respectivamente), “Pequeños equívocos sin importancia”, “El ángel negro”, entre tantos otros títulos.
A pesar de estar afectado de cáncer desde hace tiempo, Tabucchi logró entregarnos buenos libros en sus últimos años de vida, especialmente “El tiempo envejece de prisa”, comentado en este blog. Más allá de su enfermedad, debe haberle alegrado el fin de Berlusconi, su verdadera “bestia negra”, a la que combatió con manifiestas y reiteradas declaraciones públicas que se difundieron en diversos medios -entre ellos “El País”- a lo largo de los últimos años.
Una verdadera pena haber perdido a un hombre ético como lo fue Tabucchi y también haber perdido su gran voz. Por suerte quedan sus libros, sólidos, imperecederos. En ellos siempre lo vamos a reencontrar.
Sobre este blog
Carlos Roberto Morán
cmoran24Soy un escritor y periodista que vive en Santa Fe, República Argentina. En el presente blog voy incorporando textos narrativos y comentarios sobre libros y autores, por lo que me propongo mantenerme en el territorio de lo literario. Al menos por el momento.
En un artículo del blog (en el tag o ventana "Noticia") doy más detalles sobre mis datos bio-biblográficos. He incorporado también en "Invitados" textos de escritores amigos.
Gracias por visitarme.
Carlos
Cliqueando sobre las distintas secciones que aparecen en Mis Tags pueden ubicar los diversos trabajos que voy agregando al blog, por categoría o tema.
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