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26 Nov 2009

A los 80, Carlos Fuentes sorprende con su nueva novela, "Adán en Edén"

Escrito por: cmoran24 el 26 Nov 2009 - URL Permanente

El narrador mexicano (foto El País)

Sorpresas da la vida: a los 80 años y con su nueva novela, “Adán en Edén”, el mexicano Carlos Fuentes nos ofrece un “plato” diferente, cargado de rabia y rebeldía y de experimentación narrativa. No debería llamar tanto la atención, porque aparte de ser una suerte de “pluma incesante”, el autor de “La muerte de Artemio Cruz” nunca se ha quedado en terreno acostumbrado.

Así, nos dio a conocer a lo largo de sus muchos años de producción textos tan disímiles como “Terra Nostra”, “Gringo viejo”, “Cambio de piel”, “Zona sagrada”, “La silla del águila” o “La campaña”, por citar casi al azar.

Aunque se hayan tratado de textos que van desde la memoria al amor, desde las historias cursis a las tragedias, desde la novela epistolar (“La silla del águila”) hasta el rescate del enorme escritor Ambrose Bierce (“Gringo viejo”), desde el retrato de la juventud descentrada de la época (“Cambio de piel”), hasta la relación entre el Viejo y el Nuevo Mundo (“Terra Nostra”) ha sido, y sigue siendo, México la referencia central de sus relatos, el motivo de sus temas y también podría decirse de sus desdichas.

Asombra, verdaderamente, la capacidad de producción de Fuentes, porque mientras presenta novelas nuevas a un ritmo de casi una por año, se da tiempo para escribir textos periodísticos y también para publicar libros disímiles, sobre política (“Contra Bush”) o el ensayo (“Cinco espejos enterrados”, entre tantos otros)

En relación a las novelas, mientras en su reciente visita a Buenos Aires ha anticipado la próxima publicación de un nuevo libro de cuentos, ha vuelto a ella antes de que se cumpliera un año de la publicación de “La voluntad y la fortuna”, su extenso relato sobre la violencia mexicana y cuyo “protagonista” era una cabeza decapitada.

Un cierto periodismo. “Es una novela periodística”, precisó el autor al presentar su nuevo libro, primero en Chile y de inmediato en la Argentina. En realidad, es difícil definir a “Adán en Edén”, porque tiene diversos registros. Inicialmente, es la historia del arribista Adán Gorozpe quien, debido a un “braguetazo”, como define Fuentes, se ha vuelto hombre poderoso a partir de la fortuna de su suegro. De inmediato, refiere también a la disputa entre Gorozpe y otro Adán, el desagradable Góngora, un jefe de seguridad arribado a ese lugar de decisiones para maquillar y hacer en definitiva que nada cambie.

En tercer lugar –y aquí sí le cabe un poco más lo de “periodística”- es una aproximación del cronista al estado de las cosas que vive o atraviesa su país. De manera que apelando a una suerte de listado de noticias va dando cuenta del deterioro constante, especialmente ético, que sufre México, donde el narco suele mandar y cobrarse sus víctimas.

Fuentes apela al humor, a las situaciones absurdas, tal como el niño que se aparece en la populosa esquina de Quintana Roo e Insurgentes de la capital mexicana. Es rubio,tiene alas y al parecer se encuentra presto a transmitir un mensaje trascendente, aunque más adelante el lector se entere de que el niño lleva peluca y alas postizas…

Un amor secreto. Y es, fundamentalmente, la historia del amor secreto, guardado bajo siete llaves, de Gorozpe con Ele, sexo indefinido, a través del cual el protagonista, un tipo nada limpio y considerablemente inescrupuloso, encuentra sentido a la propia vida.

No estamos ante una novela lineal y casi nos atreveríamos a decir que en realidad nos encontramos ante una “antinovela”, al punto de que poco antes de su finalización dos conocidos y “reales” escritores, el argentino Tomás Eloy Martínez y el nicaragüense Sergio Ramírez, aparecen en sus páginas comentándola…

“La novela es un basurero de la literatura, pero de ese basurero vivimos todos”, ha precisado su autor. También podría hablarse de un guiso, de un cocido, de una mezcla de materiales espurios Así se maneja Fuentes con este texto con el que no siempre sale bien parado (lo “detiene” con muchas reflexiones que no resultan demasiado efectivas) pero con el que se ha vuelto a jugar, para denunciar el estado de cosas de su país y hablar con claridad del narcotráfico y su brutal secuencia -¿interminable?- de crímenes y complicidades.

Su propósito, ha dicho, es “ser testigo del tiempo y a su vez contarlo”. También, para que no nos cubra la desesperanza, que es un optimista, crítico, pero optimista al fin de cuentas. Con todo eso Fuentes, a los 80, ha vuelto para contarnos una nueva historia. Sorprendente.

Reportajes a Carlos Fuentes en la Argentina:

Clarín

Crítica de la Argentina

La Nación

Página 12

ADÁN EN EDÉN

“Adán en Edén”, de Carlos Fuentes
Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2009, 178 páginas
En Argentina: 49 pesos

21 Nov 2009

Silvia Iparraguirre, escrituras sobre la soledad

Escrito por: cmoran24 el 21 Nov 2009 - URL Permanente

La escritora nacida en Junín, provincia de Buenos Aires

La argentina Silvia Iparraguirre ha incursionado con igual fortuna en la novela y el cuento, aunque en este último registro donde a nuestro entender evidencia sus mayores aciertos.

“Probables lluvias por las noches” tuvo su edición original en 1993 y ahora ha sido reeditada con el agregado de dos nuevos textos. En todos ellos la “marca” es la de la soledad. Y más precisamente, la soledad en la gran ciudad de Buenos Aires. Con sus correlatos: la incomunicación, la incomprensión.

Uno de los cuentos incorporados en la reedición, “El regreso”, es el que da una de las notas más altas del volumen reeditado. En la historia, un viejo arqueólogo regresa al país luego de unas investigaciones realizadas en la zona de Irán buscando nada menos que los orígenes del lenguaje humano. A su discípulo le cuenta que no ha encontrado nada espectacular, pero más tarde, en la soledad de la casa, experimentará situaciones que lo conducirán hasta lo más primitivo y esencial, de lo que dejará testimonios en una grabación. Iparraguirre cierra el cuento con una vuelta de tuerca que nos habla de las luces y las sombras de la condición humana, y de cuánto de secretos intransferibles guarda la vida.

Otro cuento ejemplar es “El viking”, la historia de un estudiante tan sempiterno como exaltado e irresponsable, admirador absoluto de Gombrowicz, lo que habla muy bien de él (y de la autora), “asaltante” de mujeres a las que todo promete y con las que incumple en forma absoluta. Los diálogos, casi el monólogo de El viking, el punzante humor y la comedia que de pronto anticipa el drama, enriquecen a este texto.

La mejor tradición. Heredera de la mejor tradición del cuento argentino, especialmente cuando incursiona en la literatura fantástica, la escritora aborda centralmente cuestiones relativas al amor y a la dificultad para relacionarse en la ciudad donde la emoción parece estar (o está totalmente) ausente. Una prueba de su habilidad narrativa y muestra simultánea de estas convicciones, es el cuento que da título al libro y en el que varios personajes van pasándose la posta, por así decirlo, en una noche preñada de incertidumbres.

Dos de los relatos tienen una clara tesitura fantástica. “Eva”, que alude al doble y a la sustitución de la personalidad, y “La noche de San Juan”, un regreso al pasado, ambos bien resueltos y escritos, pese a todo no resulta lo más importante de esta selección.

La imposibilidad del amor ha quedado registrada en “Schygulla en la madrugada” y “Un amor en la tormenta” (este último resuelto con una nueva apelación al humor que impide su caída en la puerilidad) “Señal a Brenda”, la relación de una mujer argentina con una amiga de la India, está contada con mucha sutileza y también considerable ambigüedad.

En el libro y en general, a Iparraguirre le ha interesado narrar historias de mujeres solitarias, tales las protagonistas de “Un amor en la tormenta”, “El pasajero en el comedor” (un buen relato sobre la frustración sexual) y “En algún lugar del mundo” –el segundo inédito- en el que una pensionista pobre es obligada (humillada) a desalojar la habitación que ocupa en un hotel, ante las miradas nada compasivas de los huéspedes, incluyendo a dos niñas insensibles.

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Una mujer en la dictadura. Otro cuento, que también habla sobre la soledad, se ubica en un momento tétrico –aunque apenas e inteligentemente referido- el de la dictadura militar durante la guerra de Malvinas (1982) Nos resulta interesante hablar un poco más sobre esta ficción: una mujer que ha quedado definitivamente sola deambula en colectivo (bus urbano porteño) sin saber hacia dónde dirigirse. Ha quedado sin referencias, en el transporte aparecen las consignas patrioteras de la época (“¡Argentinos, a vencer!”), lleva consigo una folletería inútil que propone la compra de casas en Bretaña.

La propia visita a la firma que realiza la oferta le hace encontrar con la otra realidad: esa empresa es pura ficción, pura fachada, está a punto de cerrar porque ya se había terminado el período de la llamada “plata dulce”, épocas de Videla y de Martínez de Hoz. La mujer deambula, y éste es el dato central, con un frasco de pastillas que le permitirá el suicidio. Hay alguien que falta en la historia: quien fuera la pareja de la mujer, un hombre al que posiblemente la dictadura “chupó” e hizo desaparecer.

Ese cuento, podría decirse, por lo que sugiere y no termina de decir, habla de un tiempo político, pero también de aquello que la autora ha querido reflejar con toda claridad: la neurosis de la gran ciudad. “Lo que hace un escritor cuando avanza en su oficio -expresó oportunamente- es estar en contra de cualquier alarde; muchas veces lo que uno hace mientras corrige es tratar de ir hacia esa simplicidad”.

Aparente, claro está. Para el cierre repetimos lo que alguna vez dijimos sobre esta autora y que se publica en la contratapa de esta reedición: “Silvia Iparraguirre sabe de qué se trata la escritura de un cuento y conoce bien el camino para llevar al lector al límite mismo del desasosiego, cuando no del inexorable misterio”. Pasado el tiempo, ratificamos todas y cada una de esas palabras.

Datos. Silvia Iparraguirre (Junín, provincia de Buenos Aires, 1947) Su primer libro fue un volumen de cuentos, “En el invierno de las ciudades” (1988, premio Municipal de Literatura), al que seguiría el aquí comentado y más tarde “El país del viento”, de 2003. Publicó tres novelas: “El parque”, 1996; “La tierra del fuego”, 1998; y “El muchacho de los senos de goma”, de 2007, oportunamente analizado en este blog. La Tierra del Fuego, en el extremo sur del país, le es de gran significación (de temas, de búsquedas expresivas, de paisaje dramático), al punto de haber escrito el ensayo “Tierra del Fuego, una biografía del fin del mundo” (2000, galardonado al año siguiente con el Premio Eikon) Sus cuentos fueron reunidos en “Narrativa breve”, de 2005, que incluyó algunos textos inéditos.

Comentario sobre "El muchacho de los senos de goma" en el blog (ver)

PROBABLES LLUVIAS POR LA NOCHE

“Probables lluvias por las noches”, de Silvia Iparraguirre
Alfaguara, Buenos Aires, 2009, 149 páginas
En Argentina: 45 pesos

07 Nov 2009

"Caín" o el desasosiego según José Saramago

Escrito por: cmoran24 el 07 Nov 2009 - URL Permanente

José Saramago, escritor

El autor de “Ensayo sobre la ceguera” (foto El País)

Muy próximo a cumplir los 87 años (el 22 de noviembre), delgado como nunca y al parecer debilitado a causa de una enfermedad que casi le produjo la muerte, José Saramago no está dispuesto a rendirse. Y así, sin pedir permiso –ni mucho menos disculparse- ha regresado al ruedo con un libro de esos que levantan ronchas: “Caín”.

Así de simple, “Caín”, el mismo que en la Biblia aparece como el primer asesino en la historia de la humanidad, el que por venganza, celos y ningún altruismo mató a Abel, el preferido del Señor.

Pero lo que hoy nos viene a decir Saramago, en clave de sarcástico humor, es que Caín llegó para cumplir sesgadamente la Obra Divina, como si hubiera sido preciso Caín para que hubiese Abel (lo mismo que “descubriera” Borges en las “Tres versiones de Judas”, vale decir que fue preciso Judas para que hubiera Cristo)

Aunque el novelista portugués quiere decir aún más o, en todo caso, agrega algo diferente. Sostiene que fue el desprecio del Señor hacia las ofrendas de Caín, más “la falta de piedad de abel, la jactancia de abel, el desprecio de abel”, lo que llevó a que su hermano lo matara.

Con la aclaración de que en el relato todos los nombres aparecen en minúscula proseguimos: Cuando el Señor interroga a Caín sobre el destino de Abel, éste admite haberlo asesinado para de inmediato acusar a Dios: “El primer culpable eres tú, yo habría dado mi vida por su vida si no tú no hubieses destruido la mía”.

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El primer rebelde. El Señor entonces le dice a Caín que quiso probarlo, pero el hijo de Adán se muestra también, según Saramago, como el primer rebelde de la historia al cuestionar a su Creador preguntándole que quien era Él para ponerlo a prueba. “Soy el dueño soberano de todas las cosas”, le contesta Dios con cierta obviedad, ante lo que Caín replica: “Pero no de mi persona ni de mi libertad”.

De la misma manera sesgada, indirecta, Saramago viene a decirnos que Caín no es el que ha comido el fruto del Árbol del Bien y del Mal, como sus padres Adán y Eva, que no ha sido bendito como Abel sino que es el primer pecador y el primer rebelde, el primer desterrado, el primero que comprende sus debilidades y también sus aciertos. Que Caín es el primer humano que pisa la Tierra.

Y como humano, como suerte de judío errante avant-la-lettre, lo hace avanzar por la historia recién inaugurada, siempre de acuerdo a las escrituras bíblicas, y así asiste, a veces como espectador, a veces como co-protagonista, a hechos tales como el abandono de la Torre de Babel, el abortado sacrificio de Abraham en la persona de su hijo Isaac, el derribo de las murallas de Jericó, la construcción del Arca (y lo que vino después) Aparte de vivir con Lilith un intenso romance erótico.

En cada caso y siempre en clave humorística, sin abandonar tampoco la fábula, Saramago narra la historia bíblica, coloca a Caín como “testigo” y, claro está, cuestiona tanto la escritura como a la propia concepción de Dios. Al Señor, a quien no por nada también lo llama por su nombre escrito en letras minúsculas, le cuestiona todo, mostrándolo colérico, vengativo, contradictorio y jamás bondadoso ni comprensivo hacia lo humano.

“Caín” ha hecho brotar ronchas, sin dudas. El diputado portugués Mario David pidió que le quitaran al Premio Nobel su nacionalidad, en tanto “gente de la Iglesia” (Católica) reclamó –según el escritor- que prohibieran la circulación del libro en su país natal. “Yo no escribo para agradar ni para desagradar, escribo para desasosegar”, ha manifestado.

Para eso precisamente ha llegado “Caín”, un libro de fácil lectura, sin duda, jocoso también. Y blasfemo, como era de esperarse viniendo de este ateo quien dice que a su edad se encuentra sereno. Pero que, es evidente, no ha perdido ni una sola de sus mañas.

Comentario en el blog sobre “El cuaderno” (ver)
Comentario en el blog sobre "El viaje del elefante" (ver)

Página de José Saramago (ver)

CAÍN


“Cain” (“Caim”), de José Saramago
Alfaguara, Madrid-Buenos Aires, 2009, 189 páginas
Traducción de Pilar del Río
En España: 18,50 euros – En Argentina: 55 pesos


02 Nov 2009

El mundo violento, oscuro y opresivo de John Connolly

Escrito por: cmoran24 el 02 Nov 2009 - URL Permanente


El autor que indaga sobre el Mal

El irlandés John Connolly (1968) es autor de la saga de novelas negras que tienen como personaje central al atormentado detective privado Charlie “Bird” Parker. Su habilidad o, digamos, el “sitio” que encontró para escribir desde allí ha sido la novela policial con un trasfondo gótico que no elude lo sobrenatural.

Con “Los hombres de la guadaña” ha llegado a la séptima entrega de una saga que transcurre en un tenebroso Estados Unidos contemporáneo, a veces el de las grandes ciudades, como Nueva York, pero otras el de las pequeñas y tantas veces intolerantes pequeñas comunidades.

En esta séptima parte de una saga que todo indica que continuará con nuevos libros, no es el abrumado Parker su protagonista sino sus dos principales asistentes, Louis y Ángel, pareja de homosexuales y asesinos a sueldo que tienen su propio, y por cierto nada legal, código de ética.

La novela arranca en lo que podríamos llamar la “prehistoria” de Louis, un negro, cuando asesinan a su padre, quemándolo, en un racista pueblo del sur norteamericano. Louis, un poco más tarde, matará al asesino –quien también abusaba de su madre- pero logrará huir de policías y de los amigos del hombre al que ultimó sólo debido a la intervención de un extraño personaje, Gabriel, quien aparte de ayudarlo interesadamente lo transformará en uno de sus “hombres de la guadaña”, vale decir criminales que cumplen sus órdenes sin chistar. Desde la perspectiva de Connolly, este Gabriel debe ser considerado como una suerte de “reencarnación” de quien muchas veces ha sido llamado el arcángel de la muerte.

Volviendo al relato, será aquel pasado de Louis el que repercutirá en el “presente” de la novela, cuando se vea acosado por quienes lo buscan para vengarse de un determinado crimen, al tiempo de ser llevado a una elaborada trampa luego de recibir el encargo de matar a un hombre poderoso. Ángel no lo dejará solo, aunque lo hará a regañadientes, porque sabe que están ante una de esas misiones cargadas de peligros y casi imposible de cumplir.

Extrema violencia. La historia es extensa y poblada de episodios de extrema violencia, propia de los libros de Connolly, por lo que el lector habituado a sus páginas no podrá sorprenderse ante la profusión de armas y cadáveres, como tampoco ante las reiteradas reflexiones que aparecen en la ficción, a las que oportunamente denomináramos metafísicas, a falta de un nombre más preciso.

Ocurre que sus personajes suelen hallarse abrumados por algún tipo de culpa, por alguna deuda casi o totalmente ontológica. El escritor irlandés ha aceptado el desafío de escribir con los parámetros propios de la cultura de masas, en este caso el relato policial, de una manera diferente sumándole preocupaciones diversas, como las apuntadas, al tiempo de intentar copiarse de la llamada literatura alta. Es una mixtura que entraña sus riesgos y por eso de ella no siempre sale bien parado.

Pero, se dijo, el autor intenta contarnos una suerte de saga, de ahí que se establezcan continuidades temáticas, de búsquedas, de intereses, de personajes y si es factible decirlo, de un cierto estilo, o en todo caso de una forma de expresarse. Por esas “continuidades” nos animamos a decir también acá que el ángel negro de la adversidad al que aludimos en nuestro comentario de “Los atormentados” se hace presente en su nueva novela.

La intervención tardía de Parker para intentar ayudar a sus amigos que se encuentran en una encerrona, busca enriquecer una novela si bien atractiva simultáneamente carente de grandes hallazgos o sorpresas. Interesa, en cambio, el retrato que hace Connolly del mecánico de autos Willie Brew, un sesentón que se ve involucrado en hechos de violencia que lo exceden y que, cuando se encuentra obligado a matar, comprende que ha dado un paso maldito porque nunca recuperará su sosiego.

Estos hallazgos compensan cierta falta de densidad de la historia, más allá de sus buenos momentos narrativos, de las situaciones de encerrona que deben superar una y otra vez Louis, Ángel y sus amigos o colaboradores. Y también más allá de la muerte y la violencia, que en el caso de Connolly quiere decir el Mal, por antonomasia. “La pregunta –dijo alguna vez- es si existe una manifestación última del mal”. Con sus novelas intenta adentrarse en el enigma.

Comentario en el blog de “Los atormentados” (ver)

Portada de Los hombres de la Guadaña

“Los hombres de la guadaña” (“The Reapers”), de John Connolly
Tusquets Editores, Barcelona, 2009, 337 páginas.
Traducción de Carlos Milla Soler
En España: 20 euros - en Argentina: 68 pesos

22 Oct 2009

María Inés Krimer: el silencio de las "inocentes"

Escrito por: cmoran24 el 22 Oct 2009 - URL Permanente


La narradora nacida en Entre Ríos

Es para sospechar si a escasas líneas de iniciado el relato se lee que “el cemento hace bien a las plantas” y si antes, en su exacto comienzo, se ha sabido que Sonia había intentado suicidarse.

Estamos en las primeras páginas de “Lo que nosotras sabíamos”, la novela de María Inés Krimer que este año obtuviera el Premio Emecé, galardón remozado que en los últimos años ha permitido conocer voces distintas, como la de Orlando Van Bredam (ver) o de la propia Krimer, abogada nacida en Entre Ríos en 1951, pero que vive hace años en Buenos Aires.

“Lo que nosotras sabíamos” cuenta la historia de un innominado pueblo de la provincia de Buenos Aires que vive por y en torno a una cementera. La historia transcurre en los ’70, durante la pasada dictadura militar argentina, y está narrada, felizmente, con un ácido humor, que muchas veces llega a ser negro y que en su mayor parte evita por suerte el documentalismo, el subrayado, la denuncia panfletaria.

Las “nosotras” del título alude a un grupo de mujeres, esposas de los “jefes” que habitan las mejores casas del pueblo –todas propiedad de la cementera- y que viven, claro está, para el qué dirán, atentas al chisme, mojigatas en cierto sentido pero también feroces, inapelables en sus juicios. Que en su caso quiere decir prejuicios.

Las recién llegadas. Al pueblo arriban tardíamente Sonia, Estela, Diana y Norma, mujeres jóvenes que no se ajustan a las pautas conservadoras de la comunidad, defendidas por esas “nosotras” que viven para y por las habladurías y quienes ven sus vidas justificadas cada vez que son recibidas, y humilladas, por la dueña de la cementera a la que llaman Condesa y que cada tanto visita el pueblo, su verdadero feudo.

Pero, se dijo, es tiempo de la dictadura y, claro está, también hay lugar para un destacamento militar, para un coronel, Frutos, su esposa, y para un oficial, el Alemán (“el teniente era un hombre rubio, alto, de un metro noventa, nuez marcada y un hoyuelo en el mentón”) Y para todo lo que vino después.

Aunque ese “después” esté disimulado bajo capas de lugares comunes, comentarios indiscretos, hipocresía de la vida de un pueblo demasiado ligado a la empresa omnímoda y, especialmente, a la complicidad y el silencio.

“Lo importante de esta historia es lo no dicho, lo que no aparece en el texto y que cada lector va entendiendo en función de su propia historia y qué idea tiene de la dictadura”, comenta Krimer a Silvina Freira (de “Página 12” de Buenos Aires)

Y, aparte, está Puig. “Yo viví toda mi vida en ciudades muy chicas, y la forma de circulación más idónea de la información es a través del chisme. Manuel Puig fue un maestro para trabajarlo”, admite la autora. Y claro está, el magisterio de Puig, la forma de registrar las voces múltiples de la clase media “baja”, a la que estas mujeres pertenecen, se hace presente en la novela en la que, conviene aclararlo, Krimer ni remeda ni copia, sino que logra establecer sus propios criterios narrativos, lo que no es para nada mérito menor.

Nos ha resultado fundamental el humor zumbón de la novela que registra su momento más filoso cuando la Condesa obliga a estas mujeres que a su manera cuentan la historia, a buscar sus regalos de Navidad en el jardín de su residencia donde habían sido enterrados. “Esa noche tuvimos que ponernos en cuatro patas, las colas de los vestidos en una mano y escarbando con la otra como si desenterráramos un muerto”, relatan. Ninguna protesta, claro está, todas acceden al ejercicio de humillación extrema, a pesar de saber que “ninguna esperaba otra cosa que jabones o pañuelos”.

Tanto el intento de suicidio de Sonia (llamada así porque les recordaba a la actriz Sonia Braga en sus momentos de máxima belleza), como diversos episodios que van sucediéndose en esa sociedad en la que nunca pasaba nada, es inteligentemente contado por Krimer de una manera ambigua, como ambigua resulta la misma muerte de Sonia o la desaparición del hermano de Elena u otros hechos que son “deslizados” en el transcurso del relato de una manera elusiva.

El lado del lector. “Las verdades narrativas que tiene un texto se disparan para todos lados y todos esos lados son los lectores que el texto tiene”, señaló la autora a Máximo Soto (de “Ámbito Financiero”, de Buenos Aires)

Ambigüedades, afirmaciones y seguridades que no terminan de ser tales, alusiones que no son totalmente aclaradas y así, por ejemplo, en la novela se habla de un “informe” referido a una investigación sobre episodios ocurridos durante la dictadura, sobre cuyos resultados efectivos no puede menos que dudarse.

Nunca se terminará de saber qué ocurrió con las nuevas –cuyos ominosos destinos parecen “cantados” desde el principio de la novela- ni con el Alemán, tan admirado por las frívolas narradoras, ni con los verdaderos acontecimientos ocurridos en el cuartel como tampoco en el pueblo todo, que en algún momento terminará siendo arrasado a causa de las políticas ultraliberales de los ’90.

Pese a todo, en una de sus páginas Krimer condesciende a dar una suerte de “parte de guerra” respecto de desapariciones y similares ocurridos en el pueblo durante los años de plomo que resulta por comparación una innecesaria concesión en un texto “a lo” James que si algo no necesitaba era la corroboración del documentalismo.

“Una novela que se lee como una sucesión de historias prohibidas espiadas desde el ojo de la cerradura”, definió bien el jurado Guillermo Martínez, quien junto a Silvia Iparraguirre y Jorge Fernández Díaz otorgar por unanimidad el galardón, sin duda merecido, a Krimer.

Entrevista a María Inés Krimer en Página 12 (ver)

Entrevista a María Inés Krimer en Ámbito Financiero (ver)

La noticia sobre el Premio Emecé consignada en el blog (ver)

“Lo que nosotras sabíamos”, por María Inés Krimer
Emecé Editores, Buenos Aires, 2009, 197 páginas
En Argentina: 54 pesos

13 Oct 2009

Manuel Puig, el dramaturgo olvidado

Escrito por: cmoran24 el 13 Oct 2009 - URL Permanente


El escritor argentino en los ’80, cuando escribió la mayor parte de su obra teatral

Manuel Puig (1932-1990) entregó ocho notables novelas que lo volvieron uno de los máximos narradores argentinos del siglo pasado. Sus grandes personajes, sus historias inolvidables y, especialmente, ese sensible “oído” que tenía para contar desde sus criaturas, han canonizado a textos tales como “La traición de Rita Hayworth”, “Boquitas pintadas”, “El beso de la mujer araña” o “Cae la noche tropical”.

Pero Puig tuvo demasiados problemas con su país natal. En los ’50, enamorado del cine como lo estaba desde niño, dejó la Argentina para tratar de encontrar un camino propio en la Italia del neorrealismo. Por cierto que no lo halló porque, después lo comprendería a cabalidad, sus búsquedas estéticas diferían sustancialmente con el realismo a ultranza que pregonaban De Sicca y Zavattini.

Más tarde se afincó en Estados Unidos. Y fue entonces cuando comenzó a escribir una suerte de “magma” autobiográfico en el que superponían las voces, los sentimientos y las vidas mismas de quienes lo rodeaban en su niñez de General Villegas, allí donde debió reprimir su homosexualidad y tuvo no poco conflictos existenciales que sólo el cine lograba remediar.

“La traición de Rita Hayworth” (1969), si bien resultó finalista del más que prestigioso premio Biblioteca Breve –década del ’60- no terminó de ser comprendida en su momento. Onetti y Borges, cada uno por su lado, no contribuyeron a favorecer ni a la novela ni a la carrera de Puig quien, por otra parte y nuevamente afincado en el país, debió alejarse de Buenos Aires a comienzos de la década del ’70, luego de que su tercera novela “The Buenos Aires Affair” (1973), fuera prohibida y él mismo comenzará a ser perseguido por la terrorífica Triple A (comandada por José López Rega durante el segundo gobierno peronista)

Dramaturgo por necesidad. Puig no regresó más a la Argentina y en su forzoso exilio (primero en México, luego en Brasil y por fin nuevamente en México, donde murió), debió “inventarse” un oficio, porque ganaba poco y mal con el de novelista. Fue así que nació el dramaturgo, impulsado evidentemente por la necesidad.

Aunque probó con dos textos “a la mexicana” (“Amor del bueno”, 1974, y “Muy señor mío”, 1975), su gran debut se produjo con la versión teatral de “El beso de la mujer araña”, escrita en 1980, llevada a la escena un año más tarde, luego transformada en comedia musical y por fin vuelta película bajo la dirección de Héctor Babenco, en una versión que nunca satisfizo a Puig.

Pero al mismo tiempo “El beso” (teatro dramático, musical, película y hasta ópera), lo transformó en un autor mundialmente reconocido y es por eso que en la década del ’80 aunque sin dejar de escribir novelas se volcó decididamente al teatro y también a la redacción de guiones que sin embargo no se convirtieron en películas.

Pese a ser autor de ocho piezas teatrales –incluyendo las musicales- que hoy circulan por el mundo, Puig es casi un desconocido como dramaturgo en su país natal. Y si bien es cierto que, por comparación, sus dramas y sus musicales “retroceden” respecto de sus novelas bueno es acercarse a su teatro, para nada menor.

La editorial rosarina Beatriz Viterbo, en tres tomos, publicó entre 1997 y 1998 seis de sus obras teatrales y uno de sus guiones (antes, en 1983, Seix Barral había editado en un tomo “El beso de la mujer araña” y “Bajo un manto de estrellas”) Ahora, la editorial Entropía de Buenos Aires insiste con la difusión de su teatro, reeditando algunas de esas piezas y publicando un musical que quedó inédito a la muerte del autor.

Lo muy válido de esta nueva edición es que se ha hecho cotejando diversos originales y que ha quedado al cuidado de un especialista en la materia como Jorge Dubatti, quien en el prólogo se encarga de situar a Puig en el contexto de la dramaturgia de los ’80, al tiempo de analizar cada una de las obras escogidas.

“El beso de la mujer araña” (1980) En este drama se reitera lo esencial de la novela de 1976, vale decir el encuentro del guerrillero Valentín y el homosexual Molina en una celda de la cárcel de Devoto, en Buenos Aires, durante la dictadura militar argentina. Valentín es un personaje cargado de ideales, homofóbico, y Molina un gay que “huye” de su triste vida a través de las películas que ha visto y que con sus relatos recrea en la claustrofóbica celda.

De a poco Valentín irá aceptando el juego de los relatos de su compañero de celda así como sus atenciones, sin saber que Molina está allí para sacarle información. La historia es conocida y la mujer araña a la que alude el título se vuelve el misterio a descifrar en esta historia en la que campea la muerte.

La muerte es una clave en la poética de Puig. Ya asomaba en “La traición” y se hacía más evidente en “Boquitas pintadas” (1969) y en las novelas que vinieron después (especialmente en “Pubis angelical” -1979-, “Maldición a quien lea estas páginas” -1981- y “Cae la noche tropical” -1988-) y se hace notoriamente presente, casi se diría omnipresente, en su teatro.

“Bajo un manto de estrellas” (1981) En esta segunda obra va a repetir lo que señala Dubatti a propósito de “El beso”, esto es la búsqueda de formas teatrales alternativas, propia de los ’80, y el minimalismo. En la historia una pareja de personas mayores está sola en una casona rural. Su hija adoptiva ha desaparecido. De pronto llega una segunda pareja vestida con ropaje antiguo que, al parecer, termina de realizar un asalto. Más tarde se incorporará la hija, que regresa al hogar.

A partir de allí los roles se verán cambiados, “entreverados”, nunca totalmente esclarecidos. Así los recién llegados podrán ser –o no- los padres reales de la chica adoptada, el hombre podrá ser, o no, el amante que ha dejado a la joven o, también es posible, el hombre que alguna vez dejó al ama de casa que estuvo esperándolo veinte años. Los roles mutan, las situaciones cambian de continuo y al final el espectador debe sacar sus conclusiones, sin desatender la posibilidad de que ese juego, que llega a ser siniestro, no sea más que el producto de dos mentes alucinadas.

“Misterio del ramo de rosas” (1987) Ese mecanismo de sustituciones, de introducirse a fondo en las psiquis de sus personajes, tan propio de su gran narrativa, es el que reiterará en la tercera obra reunida. De cierta manera, esta obra guarda correspondencia con “Maldición eterna a quien lea estas páginas”, una compleja novela, de escasa circulación, que Puig publicara en 1981.

En ella se establecía una relación sinuosa, difícil de desentrañar, plagada de esos misterios irresolutos que caracterizan a las mejores piezas narrativas de Puig, entre un viejo enfermo y su cuidador. Algo semejante pasa entre la Paciente y la Enfermera de la pieza teatral, que también se desarrolla en un espacio mínimo y en la que las intérpretes mutan sus roles transformándose en otros personajes que en realidad tienen que ver con los pensamientos y hasta con la misma conciencia de los personajes principales.

“Triste golondrina macho” o “El jinete” (1988) La obra abreva en los cuentos populares. Tiene que ver con la sexualidad y la muerte y refiere a la relación de tres hermanas, una de ellas muerta, con un jinete que se hace presente en su vivienda ubicada a la orilla de un pantano. Es un juego literario confuso, en los que tienen cabida los fantasmas (no sólo la hermana muerta sino también un lúbrico y horripilante Pastor de Cabras) La historia apela al orbe de la alegoría, es absolutamente irreal pero no termina de cuajar. Como bien dice Dubatti, Puig no logra dominarla para producir sentido.

“Un espía en mi corazón” (1988) Este musical fue escrito por Puig luego de un encuentro con la plástica Renata Schussheim y que tenía como finalidad que lo representara en Buenos Aires el grupo Caviar, proyecto que nunca se concretó. En él intentó tocar de nuevo en términos de melodrama, incorporando el humor así como elementos propios del pasado argentino, o más estrictamente porteño, con sus apelaciones al radioteatro, y a los nombres y estilos de las grandes estrellas de la radio y el cine de los ’40.

La historia es extremadamente artificiosa y parte de un relato que un abuelo cuenta a sus nietos y que termina siendo una extraña fábula en la que se dan cita robots, nazis que buscan hacer experimentos, registros que remiten a la mitología tanguera y similares. Hay una obvia utilización o apelación de los registros “populares”, tan propio de los primeros relatos de Puig, así como cierta visión irónica de ellos, como si el autor nos quisiera significar que el tiempo ha pasado y que él ha decidido tomar distancia de tales “instrumentos”.

Teatro irregular pero atractivo, menor que sus novelas pero complementario de ellas, en buena hora se ha encarado su edición/reedición. Sería más que bueno que se la completara con la edición de las restantes obras teatrales de Puig (las citadas “Amor del bueno” y “Muy señor mío”, así como “Gardel, una lembrança” o “Tango de la medianoche”, de 1987) y algunos guiones cinematográficos que permanecen inéditos, tales como “Tango Musik” y “Vivaldi”.

Una reflexión final. Si Manuel Puig tuvo una relación complicada con su país (por algo no regresó, pese a la recuperación de la democracia) y mucha crítica “se demoró” en concederle la importancia que hoy se le asigna (la “recuperación” y resignificación de Puig comenzó un poco antes de su muerte y se “canonizó” en los ’90), aún hoy se lo sindica centralmente como el autor de sus primeras novelas, sin advertir cómo fue cambiando libro a libro, que lo hizo pasar por distintas escrituras (ya advertible en “The Buenos Aires Affair”) e intencionalidades estéticas.

No puede sorprender –aunque simultáneamente llama la atención- que esa especie de visión cristalizada de un momento de la obra puigiana se corresponda con algo llamativo por reiterado: sus libros (rescates) más actuales son editados con fotografías de su juventud, inclusive aquellas tomadas cuando Puig aún “no era” Puig. Ocurre con la portada de “Teatro reunido”, que está ilustrada con una fotografía presuntamente registrada en Italia en los ’50.

Lo mismo es advertible en la mayoría de las (escasas) notas que le dedicaron a la edición de este valioso libro. Realmente extraño, porque Puig había cambiado mucho su fisonomía en los últimos años, que fueron aquéllos donde produjo la parte sustancial de su dramaturgia. Había perdido cabello y engordado por lo que tenía un rostro muy distinto a los de su juventud. La pregunta es si no resulta una manera sesgada de seguir desconociéndolo, de no sentirlo aún como parte sustancial de la cultura argentina.


Teatro reunido”, de Manuel Puig
Editorial Entropía, Buenos Aires, 2009, 236 páginas.
Prólogo de Jorge Dubatti
En Argentina: 59 pesos

01 Oct 2009

La nueva voz "explosiva" de Laura Meradi

Escrito por: cmoran24 el 01 Oct 2009 - URL Permanente


La narradora argentina

No implica ninguna originalidad ni, menos, novedad manifestar que la década de los 90 del siglo pasado se caracterizó por el intento de pulverización de cuanto tuviera que ver con el llamado Estado de Bienestar y la intención de consolidar, como contrapartida, el Estado del libre mercado como única razón de ser en la existencia humana. Fue lo que llevó a decir a Francis Fukuyama que había llegado el fin de la historia.

Tales parámetros entraron en crisis rápidamente y con el comienzo del siglo actual la discusión sobre el sistema se acrecentó y se mantiene. También es sabido que cambiaron líderes, perspectivas sociales y económicas, la irrupción de nuevos paradigmas aún no consolidados. No obstante ello, muchísimo de lo que se evidenció veinte años atrás se sostiene, y cómo. Una muestra palpable de ello es la sobre explotación laboral y su correlato, el llamado, al menos en la Argentina, trabajo basura, la mayoría de las veces reservado para los jóvenes.

En 2006 se le encomendó a la muy joven, y considerablemente audaz, Laura Meradi, que “se metiera” en los trabajos inestables, de alta rotación, en los que suelen recalar muchachas y muchachos necesitados de dinero y de contar con las primeras experiencias laborales. De esa manera durante un tiempo considerable –un año- Meradi fue conociendo la “cocina” de los trabajos aparentemente relucientes pero que en realidad resultaron –y siguen resultando- miserables.

En poco tiempo y en la gigante Buenos Aires, esta joven –hoy tiene 26 años- salida de una consolidada clase media porteña se transformó en vendedora de tarjetas de crédito (en la calle y en sitios degradados de la ciudad), cajera de supermercado, operadora de call center, suerte de camarera en un comedor de primer nivel y, por fin, entre otras cosas, empleada en uno de los centenares de McDonalds existentes en la Argentina.

De cierta manera, la joven escritora siguió los pasos de periodistas que se han disfrazado, de una manera total o parcial, para contar “en vivo y directo”, es decir a partir de su experiencia personal, lo que ocurre en la vida cotidiana de aquellos sectores de una u otra manera marginados y que no aparecen en las primeras planas de lo social. En ese sentido es paradigmático el libro “Cabeza de turco”, una gran investigación del alemán Günter Wallraff, quien con disfraz incluido pudo contar cómo vivían los inmigrantes en la opulenta Alemania Occidental de los ’70 del siglo XX.

La propuesta. Quizás ese antecedente fue el que llevó a Sergio Olguín, director de la colección de crónicas de la filial argentina de la editorial Tusquets, a proponerle a Meradi vivir una experiencia en cierto modo similar, que debe haber marcado a su propia vida. Ella admite haber desconocido hasta ese momento el mundo de privaciones que viven grandes capas de la población argentina y que en el libro que finalmente logró escribir quedan más que evidenciadas.

Para su “transformación” en una chica de clase popular, Laura Meradi “supo” que debía aceptar todas las responsabilidades y no reclamar en cambio ninguna clase de derechos. Que debía manifestar una predisposición absoluta al trabajo de esclavitud moderna, de amplios horarios y aptitud para todo servicio, que debía mostrarse erótica, casi iletrada, predispuesta y sin quejarse nunca.

Así, vendió tarjetas de crédito a los pobres que se agolpan en la zona, tantas veces peligrosa, de la estación Constitución, atendió en una caja de un gran supermercado –y allí conoció lo que significaba para una cajera hacer cientos y a veces hasta miles de movimientos de cintura por día para atender a también cientos de clientes no siempre pacientes, casi nunca piadosos. Supo que muchas veces el compañerismo y la solidaridad entre pares brillaban por su ausencia en esos sistemas laborales que alientan el individualismo extremo y la competencia interna, por definición.

Esas traumáticas experiencias laborales, que la arrojaban agotada (y agobiada) en su casa casi todos los días, le hicieron saber que, entre otras cosas, tener 25 años era “demasiado” para empleadores que requieren gente muy joven, la mayoría de las veces “linda” y sin exigencias. Porque, aparte de deber asumir todas las responsabilidades y no hacer ninguna clase de reclamos, en esos empleos los salarios eran coincidentemente magros, cuando no misérrimos.

“Alta rotación” es un libro que no elude ninguna de esas experiencias, que muestra a Meradi muy sólida en su oficio, con momentos de extrema lucidez, como cuando habla de la tristeza, de la marginalidad, de la soledad –tanto de empleados como de consumidores-, aunque también aparece como exageradamente predispuesta a contar sus historias personales que en parte dañan a la crónica, porque en esos fragmentos el libro se transforma en una especie de diario íntimo contado a miles de personas.

Tampoco ha sido feliz la decisión de exponer de manera pública las vidas personales de quienes fueron sus circunstanciales compañeros de trabajo. Ha habido en ese caso una manipulación tan ingrata como innecesaria.

Su primera novela. Cuando Meradi concluía su investigación, le comunicaron la decisión editorial de publicarle “Tu mano izquierda”, su primera novela protagonizada por Cecilia, una niña perturbada por el juego de los mayores, que no termina de entender.

La pequeña sólo tiene en su hermano Manuel el apoyo para poder soportar lo que no comprende: las constantes peleas de sus padres y su posterior separación, la presencia de una abuela con la que no logra establecer el menor contacto. Más tarde el viaje de Manuel al extranjero, que más que viaje resulta la huida de un hogar en el que no se siente a gusto, acentuará su soledad. Y también sus reacciones, para nada exentas de crueldad.

Es, efectivamente, la crueldad la que marca el comportamiento de Cecilia, a la que se la presenta como una infanta de nuestro tiempo, hija de la soledad y también de la incertidumbre producto de que no logra conectar con nadie, salvo con esa “mano izquierda” del hermano mayor al que también le cuesta vivir y que por cierto, no la puede contener.

Lúcida al extremo, pero con un comportamiento que a veces parece remedar al del autista, Cecilia “se porta mal”, y a veces extremadamente mal, porque no logra establecer ninguna corriente de empatía o comprensión con esas otras islas que son sus padres. Por consiguiente ella se aísla también y nunca termina de manifestar cuáles son sus inquietudes, sus deseos, sus temores y lo escaso que le alegra en la vida, empezando por su hermano Manuel, único contacto vital.

Contada con una solvencia que llama la atención, porque Meradi ha comentado que escribió su novela entre sus 22 y 25 años, es evidente también que la autora no ha eludido los lugares comunes, de manera que Cecilia es “decididamente” mala, al punto de no sentir ninguna clase de afecto hacia su abuela, tanto que se vuelve la causante de una situación de crueldad límite que nos ha resultado desmedida.

Recordando cada tanto a esa niña terrible, en realidad letal, que fuera la “Miriam” de Truman Capote, la protagonista de “Tu mano izquierda” no nos ha resultado tanto un ejemplo de “niña-de-nuestros-días” sino más bien un personaje exagerado, como salido de un cómic, o más bien de un manga contemporáneo y, como tal, excesivo.

ALTA ROTACION. EL TRABAJO PRECARIO DE LOS JOVENES

“Alta rotación. El trabajo precario de los jóvenes”.

Tusquets Editores, Buenos Aires, 2009, 407 páginas

En Argentina: 49 pesos

“Tu mano izquierda”

Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 2009, 174 páginas

En Argentina: 45 pesos

18 Sep 2009

Matthew Pearl tras los pasos de Dickens

Escrito por: cmoran24 el 18 Sep 2009 - URL Permanente


El narrador norteamericano

Charles Dickens (1812-1870) fue el escritor victoriano por excelencia, cuya fama llega hasta nuestros días debido a las incontables versiones fílmicas de sus novelas más celebradas, especialmente sus “Oliver Twist” y “David Copperfield”. Pero también, especialmente en sus últimos 17 años de vida, Dickens fue una “estrella” del espectáculo, debido a la particular lectura de sus folletines frente a miles de personas que iban a ver extasiadas las verdaderas puestas en escena que hacía de sus ficciones más celebradas.

El joven escritor norteamericano Matthew Pearl, quien consiguiera ser famoso sólo con su primera novela, “El club Dante”, publicada cuando tenía 28 años y que lo colocó como el inteligente autor de un best-seller que tomaba elementos prestados de la literatura “alta”, especialmente la norteamericana del siglo XIX.

En “El Club Dante”, además de rendir su homenaje a Dante Alighieri y “La divina comedia”, Pearl reunía a varios autores y editores de la sociedad de Boston quienes, mientras batallaban para lograr una traducción de la magna obra se veían envueltos en una historia policial. En la novela que le siguió, “La sombra de Poe”, de 2006, es la dilucidación del misterio que envolvió la muerte del gran poeta el eje narrativo, al punto de afirmarse que en esa ficción (muy documentada) quedaba definitivamente resuelto el enigma.

Y es el enigma, en este caso cómo habría sido el final de la inconclusa “El misterio de Edwind Drood”, de Dickens, el que llevó a Pearl a escribir “El último Dickens”, una novela en la que repasa no sólo los últimos tres años de la vida del novelista inglés, sino la serie de intrigas existentes tanto en los Estados Unidos como en la Inglaterra de la época revisada (1867-1870)

El autor, como ocurriera con sus otros libros, se ha documentado de manera exhaustiva y como también pasara con sus ficciones anteriores ha mezclado situaciones y personajes reales con otras y otros nacidos de su imaginación.

Charles Dickens

Un tal Dickens. Charles Dickens fue un personaje singular. Nacido pobre en una sociedad conservadora, logró abrirse paso hasta volverse famoso y rico debido a su talento y más aún a su infatigable tesón. De periodista mal pago saltó a folletinista, con sus historias en las que lograba conjugar ternura y crueldad y a través de las cuales no vaciló en denunciar las brutales condiciones en las que vivían los sectores más desprotegidos de la sociedad.


Se transformó así en uno de los escritores más famosos de la época y libros como “David Copperfield”, “Nicholas Nichelby”, “Oliver Twist”, “Historias de dos ciudades” o su reconocidísimo “Cuento o canción de Navidad” lo volvieron tan popular como hoy lo son los cantantes de rock o los deportistas de fama mundial.

A eso, como se dijo, contribuyeron sus “exhibiciones” teatrales en las que se presentaba con verdaderas puestas en escena en las que mucho tenía que ver la iluminación del escenario y, claro está, su forma de narrar en la que asumía, con gran control actoral, los gestos y las voces de sus muy diversos personajes. Mario Vargas Llosa, en una nota que oportunamente publicara El País, describió muy bien esa peculiaridad, que aquí Pearl rescata con grandes detalles.

Dickens estuvo casado con Catherine Thompson, con la que tuvo diez hijos y de que se separó para vivir un extendido y secreto romance con una actriz de la época. Pearl precisa que pese a haber tenido una niñez desafortunada en la práctica él también desatendió a sus hijos, a punto tal de que ninguno de ellos asistió a su funeral.

La novela. En un mundo particular, el de los editores de la época, que buscaban hacer pie en medio de una pelea constante y despiadada para subsistir, transcurre “El último Dickens”, novela en la que también tiene papel relevante el opio, que hacía estragos en Occidente así como en la China y en la India, donde su explotación y circulación estaban protegidas por el Imperio Británico.

La búsqueda de los presuntos papeles extraviados de Dickens le posibilita a Pearl desarrollar una verdadera novela de aventuras que transcurre centralmente en Boston y en Londres, con todos sus recursos y, obviamente, con todas sus limitaciones. Y así como el narrador norteamericano es persuasivo a la hora de contar distintas peripecias o documentar hasta lo último hechos que ocurrieron en la vida del escritor, no se da igual maña para mantener el interés durante todo el más que extenso relato. O para calar hondo en lo que son sus estereotipados personajes.

Protagoniza la historia el editor James Osgood (quien existió en la vida real y publicó las obras de Dickens en los Estados Unidos) y es muy amplia la serie de personajes con los que se vincula, que incluye como se dijo seres reales como el creador de Oliver Twist o el editor Fields y muchos otros nacidos de la invención de Pearl, algunos de los cuales como el parsí Harman parecen gestados por los folletinistas de aquella época.

Ficción que quiere ser épica y que por abrir demasiadas puertas “misteriosas” se demora en exceso en cerrarlas, permite volver a poner en foco a Pearl, un escritor interesado en encontrarle atajos y nuevas perspectivas a la historia sin nunca salirse de los parámetros de la novela de aventuras.

El texto de Vargas Llosa sobre Dickens publicado en “El País” (ver)

Reportaje a Matthew Pearl de Andrea Aguilar en “El País” (ver)


“El último Dickens” (“The Last Dickens”), por Matthew Pearl
Ediciones Alfaguara, Barcelona – Buenos Aires, 2009, 500 páginas
Traducción de Manu Berástegui
En España: 22 euros – En Argentina: 65 pesos

21 Ago 2009

Claudia Piñeiro o las grietas de la vida adulta

Escrito por: cmoran24 el 21 Ago 2009 - URL Permanente


La escritora argentina

Con “Las grietas de Jara” la argentina Claudia Piñeiro llega a su cuarta novela que, debido a los temas que aborda y a la forma de relatarlos, puede significarle un éxito similar al que ya obtuviera, al menos en la Argentina, con las anteriores, especialmente “Las viudas de los jueves”, premiada en un concurso del diario Clarín y que termina de ser llevada al cine por su casi homónimo Marcelo Piñeyro.

En su nueva novela el personaje central es el arquitecto Pablo Simó, empleado del estudio Borla y Asociados. Él no es uno de esos socios, sino que tiene que realizar tareas subsidiarias en la pequeña empresa. Quizás por eso dibuja casi sin cesar una imaginada torre de once pisos, en la que condensa todas sus expectativas. Y sin duda todas sus frustraciones.

El Jara del título es un personaje que, luego se verá, ha tenido especial incidencia en la vida de Simó, así como en la de su jefe Borla y la tercera en discordia, Marta Hovart, profesional como ellos y como ellos partícipe de un secreto que es uno de los ejes de la novela.

Una joven, Leonor Corell, se hará presente en el estudio preguntando por Jara y será a partir de esa pregunta, que tendrá una respuesta negativa porque nadie, en el estudio, quiere admitir que ha conocido a ese hombre, que la novela –y su personaje central- cambiarán de rumbo.

Más allá de lo policial. Porque Piñeiro no se propone contar un relato específicamente policial, aunque haya un misterio concreto: qué ha pasado con Jara, así como intentos de extorsiones y mezquindades vinculadas a la construcción en una ciudad como la de Buenos Aires dispuesta a “mirar hacia otra parte” cuando de actos de corrupción se trata.

Sin embargo eso no es lo central de la novela, puesto que lo que se propone contar la novelista tiene que ver con la crisis, de edad, hasta de identidad, que afecta a Simó, un profesional que intenta mantener una ética en medio de un orbe mercantilizado y poco afecto a los principios.

La mala relación del protagonista con su mujer, Laura, la aventura sentimental que vive con Leonor y, claro está, su implicación en el hecho que buscan tapar Borla y Marta Hovart, llevan a Pablo a formularse preguntas que antes no se había querido hacer.

Vive, como bien dice su autora, “en un mundo de canallas” y al actual no debe olvidarse de esa realidad. Al respecto, Piñeiro le dijo a la periodista Antonela de Alva, de “Crítica de la Argentina”: “Él (Simó) se pregunta todo el tiempo si es un canalla. Pero lo que quiere decir es que si el mundo está regido por canallas no le vengan a decir que Pablo Simó es uno de ellos. Lo que se cuestiona es cómo vivir en este mundo en el que no va a cambiar las reglas”.

La novela, se dijo, no es estrictamente un policial, aunque haya enigmas a dilucidar. Piñeiro apunta a un “clima” moral decadente –no por casualidad habla de las grietas, de los edificios derruidos, de la falta de memoria, de los ideales que no se terminan llevando a cabo- y de la crisis de identidad y de la edad que afecta a Pablo.

Ese salirse del molde y tomar por atajos inesperados, es lo que enriquece la propuesta de Piñeiro que entrega -luego de “Tuya” (2005), “Las viudas de los jueves” (2005) y “Elena sabe” (2007)- una novela que al tiempo de concisa se muestra eficaz, tanto en sus propuestas narrativas como en su concreción.


Reportaje en “Clarín” (ver)

Reportaje en “Crítica de la Argentina” (ver)

Sitio oficial de la película “La viuda de los jueves” (ver)

LAS GRIETAS DE JARA

“Las grietas de Jara”, de Claudia Piñeiro

Ediciones Alfaguara, Buenos Aires, 2009, 250 páginas

En Argentina: 49 pesos


14 Ago 2009

Milan Kundera, a los 80, contra viento y marea

Escrito por: cmoran24 el 14 Ago 2009 - URL Permanente


El escritor checo (Foto El País)

Luego de cuatro años de silencio el checo Milan Kundera regresa al libro con “Un encuentro”, serie de ensayos en los que pasa revista a sus temas preferidos: la novela, los Tiempos Modernos, la música, el exilio, la estética y, claro está, la ética.

Ya sin las estridencias que provocaban sus relatos en los ’80 del siglo pasado (“La broma”, “El libro de la risa y el olvido”, “La vida está en otra parte” y, fundamentalmente, “La insoportable levedad del ser”), Kundera ha llegado a los ochenta años y hace casi una década que no publica ficciones (la última, y una de las mejores de su producción en lengua francesa, fue “La ignorancia”, del 2000) Previamente a este libro había dado a conocer en 2005 otro libro de ensayo, “El telón”, una amplia reflexión sobre la novela, acerca de la cual entonces manifestaba: “La vida humana como tal es una derrota. Lo único que nos queda ante esta irremediable derrota que llamamos vida es intentar comprenderla. Ésta es la razón de ser del arte de la novela”.

Su nuevo libro no está centralmente dedicado a la novela, aunque se detiene en varios momentos para reflexionar sobre ese “arte”, como lo llama que para él hoy está en retroceso, si no en vías de desaparición. Tanto que al referirse en breve nota a “Cien años de soledad” transmite su impresión de que la ficción de Gabriel García Márquez –“que es un apoteosis del arte de la novela”- es también “un adiós dirigido a la era de la novela”.

Un refugio posible. Ésta es precisamente la sensación que emana de “Un encuentro”:Kundera no parece encontrar hoy la “plenitud” que le dieron escritores, cineastas y músicos del pasado y es por eso que en estos “tiempos líquidos” busca refugio en esos nombres: el pintor Francis Bacon, los escritores Anatole France, Curzio Malaparte, François Rabelais, el dramaturgo Samuel Beckett o el músico checo Leos Janácek.

De Bacon, quien manifestó que en los textos que Kundera le dedicara “se reconocía”, el autor de “La despedida” afirma que el gran pintor con un gesto brutal “se apodera de la cara de sus modelos para encontrar, en algún lugar en profundidad, su ‘yo’ sepultado”.

Al hablar del hoy casi olvidado Anatole France, el checo se pregunta sobre quién lo sepultó en esa especie de “lista negra” que pone en circulación a unos autores en detrimento de otros. De Rabelais reivindica la “explosión de estilos” que aparece en “Gargantúa y Pantagruel” y asimismo sostiene que es la irrupción de lo “no serio” en la novela. Tanta es su admiración hacia este autor renacentista que llega a afirmar que la riqueza formal de su novela capital sólo volverá a encontrarse siglos más tarde con James Joyce.

Amante de los neologismos, Kundera aplica el de “archinovela” a un relato que lo ha sacudido: “La piel”, de Curzio Malaparte. Antes de hacer referencia a ese capítulo cabe detenerse en las líneas que le dedica a su amigo Carlos Fuentes quien, dice, escribió con “Terra nostra” su propia “archinovela”. Kundera define así a esa clase de trabajos: “Ante todo se concentra sobre lo que sólo la novela puede decir; luego, hace revivir todas las posibilidades desdeñadas y olvidadas que el arte de la novela ha ido acumulando durante los cuatro siglos de su historia”.


Curzio Malaparte

El mundo de Malaparte. Al sumergirse en un extenso artículo en “La piel” (una novela que, siguiendo la reflexión de Kundera, podría decirse que se encuentra en alguna lista negra que “impide” su reedición), el autor de “La broma” recuerda que Malaparte si bien no siguió a los surrealistas pudo haberse vuelto más sensible “a la sombría belleza de la realidad enloquecida”.

“La piel” –nos dice- “capta en toda su autenticidad la nueva Europa, tal como salió de la Segunda Guerra Mundial, o sea mediante una mirada que, al no haber sido corregida por consideraciones posteriores, la revela deslumbrante por la novedad en el instante que nace”. Kundera recuerda detalles de la compleja estructura de la novela que transcurre entre octubre de 1943 y el verano del año siguiente y despliega una gran heterogeneidad de “lugares, tiempos, situaciones, recuerdos, personajes”. En su novela –afirma el autor- la palabra de Malaparte “no es ni fría ni clara, sigue siendo irónica pero esta ironía es desesperada; con sus palabras se hace daño a sí mismo”. Y concluye: “Malaparte es un poeta”.

En la mayor parte de su obra, el tema recurrente de Kundera ha sido el del exilio, por el que tuvo que optar en 1975 –cuando tenía 46 años- después que el régimen comunista lo hubiera “congelado” y dejado sin trabajo en la Checoslovaquia de esos años.

La discusión que no cesa. En su país mantuvo fortísimas discusiones con el poder comunista, pero también con el populismo “patriotero” al que ese poder era tan afín. La ruptura con su país natal fue casi absoluta, tanto que Kundera no volvió a radicarse en la por entonces flamante República Checa, esto es tras la caída del comunismo. Ese “distanciamiento” se acentuó aún más cuando adoptó el francés para expresarse, primero en ensayo y luego en ficción.

También los checos han demorado en exceso la reivindicación hacia quien, en el mundo, es su máxima figura literaria. Así “La insoportable levedad del ser”, conocida en lo que era Occidente en 1984, sólo se publicó en Praga en 2006. Y el Premio Nacional de Literatura le fue concedido a Kundera al año siguiente, cuando el escritor había cumplido 78 años. Claro está, no viajó a su país natal para recibir el galardón.

Como este escritor no es de desdeñar la polémica, incluye en “Un encuentro” un comentario sobre un texto de su connacional Vera Linhartova, exiliada como él en París y que, del mismo modo que Kundera, siguió escribiendo en francés. En esa ponencia, la escritora reivindicaba no sólo el exilio sino la elección de una nueva lengua como “salidas liberadoras”. El individualista que siempre fue Kundera no puede menos que apoyar esa posición de ruptura extrema.

“Un encuentro” -a ello alude el título original, al "reencuentro"- sirve entonces para regresar a las filias y las fobias, las luces y las sombras, los hallazgos y las reiteraciones de Kundera. Sin los fastos de sus novelas notables y originales –fue un verdadero renovador en el arte de narrar- y repitiendo en parte lo ya dicho en anteriores libros, desde la total insularidad del escritor que no viaja ni responde a reportajes pero que persiste en la defensa de sus ideas. Contra viento y marea.

Episodio policial

En octubre del año pasado, Kundera fue objeto de una imputación que explotó en Praga. En un papel de la época –años cincuenta- figuraba que un estudiante con su nombre había denunciado a un desertor del servicio militar que terminaba de realizar un viaje clandestino a la entonces Alemania Occidental. Esa denuncia le costó al desertor (Miroslav Dvoracek, hoy de 80 años y residente en Suecia) la friolera de 22 años de cárcel. El escritor se manifestó sorprendido por la noticia y enfáticamente desmintió haber tenido algún tipo de relación con episodios de esa naturaleza, habituales en un estado policíaco como fue la Checoslovaquia comunista. El escándalo de la información aguas en la República Checa y reabrió heridas que aún hoy no deben haber cicatrizado.

Portada de Un encuentro

“Un encuentro” (“Une recontre”) de Milan Kundera

Tusquets Editores, Barcelona – Buenos Aires, 2009, 213 páginas

Traducción de Beatriz de Moura

En España: 15 euros – En Argentina: 46 pesos

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Soy un escritor y periodista que vive en Santa Fe, República Argentina. En el presente blog voy incorporando textos narrativos y comentarios sobre libros y autores, por lo que me propongo mantenerme en el territorio de lo literario. Al menos por el momento.
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