07 Nov 2009
"Caín" o el desasosiego según José Saramago

El autor de “Ensayo sobre la ceguera” (foto El País)
Muy próximo a cumplir los 87 años (el 22 de noviembre), delgado como nunca y al parecer debilitado a causa de una enfermedad que casi le produjo la muerte, José Saramago no está dispuesto a rendirse. Y así, sin pedir permiso –ni mucho menos disculparse- ha regresado al ruedo con un libro de esos que levantan ronchas: “Caín”. Así de simple, “Caín”, el mismo que en la Biblia aparece como el primer asesino en la historia de la humanidad, el que por venganza, celos y ningún altruismo mató a Abel, el preferido del Señor. Pero lo que hoy nos viene a decir Saramago, en clave de sarcástico humor, es que Caín llegó para cumplir sesgadamente la Obra Divina, como si hubiera sido preciso Caín para que hubiese Abel (lo mismo que “descubriera” Borges en las “Tres versiones de Judas”, vale decir que fue preciso Judas para que hubiera Cristo) Aunque el novelista portugués quiere decir aún más o, en todo caso, agrega algo diferente. Sostiene que fue el desprecio del Señor hacia las ofrendas de Caín, más “la falta de piedad de abel, la jactancia de abel, el desprecio de abel”, lo que llevó a que su hermano lo matara. Con la aclaración de que en el relato todos los nombres aparecen en minúscula proseguimos: Cuando el Señor interroga a Caín sobre el destino de Abel, éste admite haberlo asesinado para de inmediato acusar a Dios: “El primer culpable eres tú, yo habría dado mi vida por su vida si no tú no hubieses destruido la mía”.
El primer rebelde. El Señor entonces le dice a Caín que quiso probarlo, pero el hijo de Adán se muestra también, según Saramago, como el primer rebelde de la historia al cuestionar a su Creador preguntándole que quien era Él para ponerlo a prueba. “Soy el dueño soberano de todas las cosas”, le contesta Dios con cierta obviedad, ante lo que Caín replica: “Pero no de mi persona ni de mi libertad”. De la misma manera sesgada, indirecta, Saramago viene a decirnos que Caín no es el que ha comido el fruto del Árbol del Bien y del Mal, como sus padres Adán y Eva, que no ha sido bendito como Abel sino que es el primer pecador y el primer rebelde, el primer desterrado, el primero que comprende sus debilidades y también sus aciertos. Que Caín es el primer humano que pisa la Tierra. Y como humano, como suerte de judío errante avant-la-lettre, lo hace avanzar por la historia recién inaugurada, siempre de acuerdo a las escrituras bíblicas, y así asiste, a veces como espectador, a veces como co-protagonista, a hechos tales como el abandono de la Torre de Babel, el abortado sacrificio de Abraham en la persona de su hijo Isaac, el derribo de las murallas de Jericó, la construcción del Arca (y lo que vino después) Aparte de vivir con Lilith un intenso romance erótico. En cada caso y siempre en clave humorística, sin abandonar tampoco la fábula, Saramago narra la historia bíblica, coloca a Caín como “testigo” y, claro está, cuestiona tanto la escritura como a la propia concepción de Dios. Al Señor, a quien no por nada también lo llama por su nombre escrito en letras minúsculas, le cuestiona todo, mostrándolo colérico, vengativo, contradictorio y jamás bondadoso ni comprensivo hacia lo humano. “Caín” ha hecho brotar ronchas, sin dudas. El diputado portugués Mario David pidió que le quitaran al Premio Nobel su nacionalidad, en tanto “gente de la Iglesia” (Católica) reclamó –según el escritor- que prohibieran la circulación del libro en su país natal. “Yo no escribo para agradar ni para desagradar, escribo para desasosegar”, ha manifestado. Para eso precisamente ha llegado “Caín”, un libro de fácil lectura, sin duda, jocoso también. Y blasfemo, como era de esperarse viniendo de este ateo quien dice que a su edad se encuentra sereno. Pero que, es evidente, no ha perdido ni una sola de sus mañas.
Comentario en el blog sobre “El cuaderno”
Página de José Saramago (ver) “Cain” (“Caim”), de José Saramago
Comentario en el blog sobre "El viaje del elefante" (ver)

Alfaguara, Madrid-Buenos Aires, 2009, 189 páginas
Traducción de Pilar del Río
En España: 18,50 euros – En Argentina: 55 pesos
02 Nov 2009
El mundo violento, oscuro y opresivo de John Connolly

El autor que indaga sobre el Mal El irlandés John Connolly (1968) es autor de la saga de novelas negras que tienen como personaje central al atormentado detective privado Charlie “Bird” Parker. Su habilidad o, digamos, el “sitio” que encontró para escribir desde allí ha sido la novela policial con un trasfondo gótico que no elude lo sobrenatural. Con “Los hombres de la guadaña” ha llegado a la séptima entrega de una saga que transcurre en un tenebroso Estados Unidos contemporáneo, a veces el de las grandes ciudades, como Nueva York, pero otras el de las pequeñas y tantas veces intolerantes pequeñas comunidades. En esta séptima parte de una saga que todo indica que continuará con nuevos libros, no es el abrumado Parker su protagonista sino sus dos principales asistentes, Louis y Ángel, pareja de homosexuales y asesinos a sueldo que tienen su propio, y por cierto nada legal, código de ética. La novela arranca en lo que podríamos llamar la “prehistoria” de Louis, un negro, cuando asesinan a su padre, quemándolo, en un racista pueblo del sur norteamericano. Louis, un poco más tarde, matará al asesino –quien también abusaba de su madre- pero logrará huir de policías y de los amigos del hombre al que ultimó sólo debido a la intervención de un extraño personaje, Gabriel, quien aparte de ayudarlo interesadamente lo transformará en uno de sus “hombres de la guadaña”, vale decir criminales que cumplen sus órdenes sin chistar. Desde la perspectiva de Connolly, este Gabriel debe ser considerado como una suerte de “reencarnación” de quien muchas veces ha sido llamado el arcángel de la muerte. Volviendo al relato, será aquel pasado de Louis el que repercutirá en el “presente” de la novela, cuando se vea acosado por quienes lo buscan para vengarse de un determinado crimen, al tiempo de ser llevado a una elaborada trampa luego de recibir el encargo de matar a un hombre poderoso. Ángel no lo dejará solo, aunque lo hará a regañadientes, porque sabe que están ante una de esas misiones cargadas de peligros y casi imposible de cumplir. Extrema violencia. La historia es extensa y poblada de episodios de extrema violencia, propia de los libros de Connolly, por lo que el lector habituado a sus páginas no podrá sorprenderse ante la profusión de armas y cadáveres, como tampoco ante las reiteradas reflexiones que aparecen en la ficción, a las que oportunamente denomináramos metafísicas, a falta de un nombre más preciso. Ocurre que sus personajes suelen hallarse abrumados por algún tipo de culpa, por alguna deuda casi o totalmente ontológica. El escritor irlandés ha aceptado el desafío de escribir con los parámetros propios de la cultura de masas, en este caso el relato policial, de una manera diferente sumándole preocupaciones diversas, como las apuntadas, al tiempo de intentar copiarse de la llamada literatura alta. Es una mixtura que entraña sus riesgos y por eso de ella no siempre sale bien parado. Pero, se dijo, el autor intenta contarnos una suerte de saga, de ahí que se establezcan continuidades temáticas, de búsquedas, de intereses, de personajes y si es factible decirlo, de un cierto estilo, o en todo caso de una forma de expresarse. Por esas “continuidades” nos animamos a decir también acá que el ángel negro de la adversidad al que aludimos en nuestro comentario de “Los atormentados” se hace presente en su nueva novela. La intervención tardía de Parker para intentar ayudar a sus amigos que se encuentran en una encerrona, busca enriquecer una novela si bien atractiva simultáneamente carente de grandes hallazgos o sorpresas. Interesa, en cambio, el retrato que hace Connolly del mecánico de autos Willie Brew, un sesentón que se ve involucrado en hechos de violencia que lo exceden y que, cuando se encuentra obligado a matar, comprende que ha dado un paso maldito porque nunca recuperará su sosiego. Estos hallazgos compensan cierta falta de densidad de la historia, más allá de sus buenos momentos narrativos, de las situaciones de encerrona que deben superar una y otra vez Louis, Ángel y sus amigos o colaboradores. Y también más allá de la muerte y la violencia, que en el caso de Connolly quiere decir el Mal, por antonomasia. “La pregunta –dijo alguna vez- es si existe una manifestación última del mal”. Con sus novelas intenta adentrarse en el enigma.
“Los hombres de la guadaña” (“The Reapers”), de John Connolly
Tusquets Editores, Barcelona, 2009, 337 páginas.
Traducción de Carlos Milla Soler
En España: 20 euros - en Argentina: 68 pesos
22 Oct 2009
María Inés Krimer: el silencio de las "inocentes"

La narradora nacida en Entre Ríos Es para sospechar si a escasas líneas de iniciado el relato se lee que “el cemento hace bien a las plantas” y si antes, en su exacto comienzo, se ha sabido que Sonia había intentado suicidarse. Estamos en las primeras páginas de “Lo que nosotras sabíamos”, la novela de María Inés Krimer que este año obtuviera el Premio Emecé, galardón remozado que en los últimos años ha permitido conocer voces distintas, como la de Orlando Van Bredam (ver) o de la propia Krimer, abogada nacida en Entre Ríos en 1951, pero que vive hace años en Buenos Aires. “Lo que nosotras sabíamos” cuenta la historia de un innominado pueblo de la provincia de Buenos Aires que vive por y en torno a una cementera. La historia transcurre en los ’70, durante la pasada dictadura militar argentina, y está narrada, felizmente, con un ácido humor, que muchas veces llega a ser negro y que en su mayor parte evita por suerte el documentalismo, el subrayado, la denuncia panfletaria. Las “nosotras” del título alude a un grupo de mujeres, esposas de los “jefes” que habitan las mejores casas del pueblo –todas propiedad de la cementera- y que viven, claro está, para el qué dirán, atentas al chisme, mojigatas en cierto sentido pero también feroces, inapelables en sus juicios. Que en su caso quiere decir prejuicios. Las recién llegadas. Al pueblo arriban tardíamente Sonia, Estela, Diana y Norma, mujeres jóvenes que no se ajustan a las pautas conservadoras de la comunidad, defendidas por esas “nosotras” que viven para y por las habladurías y quienes ven sus vidas justificadas cada vez que son recibidas, y humilladas, por la dueña de la cementera a la que llaman Condesa y que cada tanto visita el pueblo, su verdadero feudo. Pero, se dijo, es tiempo de la dictadura y, claro está, también hay lugar para un destacamento militar, para un coronel, Frutos, su esposa, y para un oficial, el Alemán (“el teniente era un hombre rubio, alto, de un metro noventa, nuez marcada y un hoyuelo en el mentón”) Y para todo lo que vino después. Aunque ese “después” esté disimulado bajo capas de lugares comunes, comentarios indiscretos, hipocresía de la vida de un pueblo demasiado ligado a la empresa omnímoda y, especialmente, a la complicidad y el silencio. “Lo importante de esta historia es lo no dicho, lo que no aparece en el texto y que cada lector va entendiendo en función de su propia historia y qué idea tiene de la dictadura”, comenta Krimer a Silvina Freira (de “Página 12” de Buenos Aires) Y, aparte, está Puig. “Yo viví toda mi vida en ciudades muy chicas, y la forma de circulación más idónea de la información es a través del chisme. Manuel Puig fue un maestro para trabajarlo”, admite la autora. Y claro está, el magisterio de Puig, la forma de registrar las voces múltiples de la clase media “baja”, a la que estas mujeres pertenecen, se hace presente en la novela en la que, conviene aclararlo, Krimer ni remeda ni copia, sino que logra establecer sus propios criterios narrativos, lo que no es para nada mérito menor. Nos ha resultado fundamental el humor zumbón de la novela que registra su momento más filoso cuando la Condesa obliga a estas mujeres que a su manera cuentan la historia, a buscar sus regalos de Navidad en el jardín de su residencia donde habían sido enterrados. “Esa noche tuvimos que ponernos en cuatro patas, las colas de los vestidos en una mano y escarbando con la otra como si desenterráramos un muerto”, relatan. Ninguna protesta, claro está, todas acceden al ejercicio de humillación extrema, a pesar de saber que “ninguna esperaba otra cosa que jabones o pañuelos”. Tanto el intento de suicidio de Sonia (llamada así porque les recordaba a la actriz Sonia Braga en sus momentos de máxima belleza), como diversos episodios que van sucediéndose en esa sociedad en la que nunca pasaba nada, es inteligentemente contado por Krimer de una manera ambigua, como ambigua resulta la misma muerte de Sonia o la desaparición del hermano de Elena u otros hechos que son “deslizados” en el transcurso del relato de una manera elusiva. El lado del lector. “Las verdades narrativas que tiene un texto se disparan para todos lados y todos esos lados son los lectores que el texto tiene”, señaló la autora a Máximo Soto (de “Ámbito Financiero”, de Buenos Aires) Ambigüedades, afirmaciones y seguridades que no terminan de ser tales, alusiones que no son totalmente aclaradas y así, por ejemplo, en la novela se habla de un “informe” referido a una investigación sobre episodios ocurridos durante la dictadura, sobre cuyos resultados efectivos no puede menos que dudarse. Nunca se terminará de saber qué ocurrió con las nuevas –cuyos ominosos destinos parecen “cantados” desde el principio de la novela- ni con el Alemán, tan admirado por las frívolas narradoras, ni con los verdaderos acontecimientos ocurridos en el cuartel como tampoco en el pueblo todo, que en algún momento terminará siendo arrasado a causa de las políticas ultraliberales de los ’90.
Pese a todo, en una de sus páginas Krimer condesciende a dar una suerte de “parte de guerra” respecto de desapariciones y similares ocurridos en el pueblo durante los años de plomo que resulta por comparación una innecesaria concesión en un texto “a lo” James que si algo no necesitaba era la corroboración del documentalismo. “Una novela que se lee como una sucesión de historias prohibidas espiadas desde el ojo de la cerradura”, definió bien el jurado Guillermo Martínez, quien junto a Silvia Iparraguirre y Jorge Fernández Díaz otorgar por unanimidad el galardón, sin duda merecido, a Krimer. Entrevista a María Inés Krimer en Página 12 (
Entrevista a María Inés Krimer en Ámbito Financiero (
La noticia sobre el Premio Emecé consignada en el blog (
“Lo que nosotras sabíamos”, por María Inés Krimer
Emecé Editores, Buenos Aires, 2009, 197 páginas
En Argentina: 54 pesos
13 Oct 2009
Manuel Puig, el dramaturgo olvidado
El escritor argentino en los ’80, cuando escribió la mayor parte de su obra teatral Manuel Puig (1932-1990) entregó ocho notables novelas que lo volvieron uno de los máximos narradores argentinos del siglo pasado. Sus grandes personajes, sus historias inolvidables y, especialmente, ese sensible “oído” que tenía para contar desde sus criaturas, han canonizado a textos tales como “La traición de Rita Hayworth”, “Boquitas pintadas”, “El beso de la mujer araña” o “Cae la noche tropical”. Pero Puig tuvo demasiados problemas con su país natal. En los ’50, enamorado del cine como lo estaba desde niño, dejó la Argentina para tratar de encontrar un camino propio en la Italia del neorrealismo. Por cierto que no lo halló porque, después lo comprendería a cabalidad, sus búsquedas estéticas diferían sustancialmente con el realismo a ultranza que pregonaban De Sicca y Zavattini. Más tarde se afincó en Estados Unidos. Y fue entonces cuando comenzó a escribir una suerte de “magma” autobiográfico en el que superponían las voces, los sentimientos y las vidas mismas de quienes lo rodeaban en su niñez de General Villegas, allí donde debió reprimir su homosexualidad y tuvo no poco conflictos existenciales que sólo el cine lograba remediar. “La traición de Rita Hayworth” (1969), si bien resultó finalista del más que prestigioso premio Biblioteca Breve –década del ’60- no terminó de ser comprendida en su momento. Onetti y Borges, cada uno por su lado, no contribuyeron a favorecer ni a la novela ni a la carrera de Puig quien, por otra parte y nuevamente afincado en el país, debió alejarse de Buenos Aires a comienzos de la década del ’70, luego de que su tercera novela “The Buenos Aires Affair” (1973), fuera prohibida y él mismo comenzará a ser perseguido por la terrorífica Triple A (comandada por José López Rega durante el segundo gobierno peronista) Dramaturgo por necesidad. Puig no regresó más a la Argentina y en su forzoso exilio (primero en México, luego en Brasil y por fin nuevamente en México, donde murió), debió “inventarse” un oficio, porque ganaba poco y mal con el de novelista. Fue así que nació el dramaturgo, impulsado evidentemente por la necesidad. Aunque probó con dos textos “a la mexicana” (“Amor del bueno”, 1974, y “Muy señor mío”, 1975), su gran debut se produjo con la versión teatral de “El beso de la mujer araña”, escrita en 1980, llevada a la escena un año más tarde, luego transformada en comedia musical y por fin vuelta película bajo la dirección de Héctor Babenco, en una versión que nunca satisfizo a Puig. Pero al mismo tiempo “El beso” (teatro dramático, musical, película y hasta ópera), lo transformó en un autor mundialmente reconocido y es por eso que en la década del ’80 aunque sin dejar de escribir novelas se volcó decididamente al teatro y también a la redacción de guiones que sin embargo no se convirtieron en películas. Pese a ser autor de ocho piezas teatrales –incluyendo las musicales- que hoy circulan por el mundo, Puig es casi un desconocido como dramaturgo en su país natal. Y si bien es cierto que, por comparación, sus dramas y sus musicales “retroceden” respecto de sus novelas bueno es acercarse a su teatro, para nada menor. La editorial rosarina Beatriz Viterbo, en tres tomos, publicó entre 1997 y 1998 seis de sus obras teatrales y uno de sus guiones (antes, en 1983, Seix Barral había editado en un tomo “El beso de la mujer araña” y “Bajo un manto de estrellas”) Ahora, la editorial Entropía de Buenos Aires insiste con la difusión de su teatro, reeditando algunas de esas piezas y publicando un musical que quedó inédito a la muerte del autor. Lo muy válido de esta nueva edición es que se ha hecho cotejando diversos originales y que ha quedado al cuidado de un especialista en la materia como Jorge Dubatti, quien en el prólogo se encarga de situar a Puig en el contexto de la dramaturgia de los ’80, al tiempo de analizar cada una de las obras escogidas. “El beso de la mujer araña” (1980) En este drama se reitera lo esencial de la novela de 1976, vale decir el encuentro del guerrillero Valentín y el homosexual Molina en una celda de la cárcel de Devoto, en Buenos Aires, durante la dictadura militar argentina. Valentín es un personaje cargado de ideales, homofóbico, y Molina un gay que “huye” de su triste vida a través de las películas que ha visto y que con sus relatos recrea en la claustrofóbica celda. De a poco Valentín irá aceptando el juego de los relatos de su compañero de celda así como sus atenciones, sin saber que Molina está allí para sacarle información. La historia es conocida y la mujer araña a la que alude el título se vuelve el misterio a descifrar en esta historia en la que campea la muerte. La muerte es una clave en la poética de Puig. Ya asomaba en “La traición” y se hacía más evidente en “Boquitas pintadas” (1969) y en las novelas que vinieron después (especialmente en “Pubis angelical” -1979-, “Maldición a quien lea estas páginas” -1981- y “Cae la noche tropical” -1988-) y se hace notoriamente presente, casi se diría omnipresente, en su teatro. “Bajo un manto de estrellas” (1981) En esta segunda obra va a repetir lo que señala Dubatti a propósito de “El beso”, esto es la búsqueda de formas teatrales alternativas, propia de los ’80, y el minimalismo. En la historia una pareja de personas mayores está sola en una casona rural. Su hija adoptiva ha desaparecido. De pronto llega una segunda pareja vestida con ropaje antiguo que, al parecer, termina de realizar un asalto. Más tarde se incorporará la hija, que regresa al hogar. A partir de allí los roles se verán cambiados, “entreverados”, nunca totalmente esclarecidos. Así los recién llegados podrán ser –o no- los padres reales de la chica adoptada, el hombre podrá ser, o no, el amante que ha dejado a la joven o, también es posible, el hombre que alguna vez dejó al ama de casa que estuvo esperándolo veinte años. Los roles mutan, las situaciones cambian de continuo y al final el espectador debe sacar sus conclusiones, sin desatender la posibilidad de que ese juego, que llega a ser siniestro, no sea más que el producto de dos mentes alucinadas. “Misterio del ramo de rosas” (1987) Ese mecanismo de sustituciones, de introducirse a fondo en las psiquis de sus personajes, tan propio de su gran narrativa, es el que reiterará en la tercera obra reunida. De cierta manera, esta obra guarda correspondencia con “Maldición eterna a quien lea estas páginas”, una compleja novela, de escasa circulación, que Puig publicara en 1981. En ella se establecía una relación sinuosa, difícil de desentrañar, plagada de esos misterios irresolutos que caracterizan a las mejores piezas narrativas de Puig, entre un viejo enfermo y su cuidador. Algo semejante pasa entre la Paciente y la Enfermera de la pieza teatral, que también se desarrolla en un espacio mínimo y en la que las intérpretes mutan sus roles transformándose en otros personajes que en realidad tienen que ver con los pensamientos y hasta con la misma conciencia de los personajes principales. “Triste golondrina macho” o “El jinete” (1988) La obra abreva en los cuentos populares. Tiene que ver con la sexualidad y la muerte y refiere a la relación de tres hermanas, una de ellas muerta, con un jinete que se hace presente en su vivienda ubicada a la orilla de un pantano. Es un juego literario confuso, en los que tienen cabida los fantasmas (no sólo la hermana muerta sino también un lúbrico y horripilante Pastor de Cabras) La historia apela al orbe de la alegoría, es absolutamente irreal pero no termina de cuajar. Como bien dice Dubatti, Puig no logra dominarla para producir sentido. “Un espía en mi corazón” (1988) Este musical fue escrito por Puig luego de un encuentro con la plástica Renata Schussheim y que tenía como finalidad que lo representara en Buenos Aires el grupo Caviar, proyecto que nunca se concretó. En él intentó tocar de nuevo en términos de melodrama, incorporando el humor así como elementos propios del pasado argentino, o más estrictamente porteño, con sus apelaciones al radioteatro, y a los nombres y estilos de las grandes estrellas de la radio y el cine de los ’40. La historia es extremadamente artificiosa y parte de un relato que un abuelo cuenta a sus nietos y que termina siendo una extraña fábula en la que se dan cita robots, nazis que buscan hacer experimentos, registros que remiten a la mitología tanguera y similares. Hay una obvia utilización o apelación de los registros “populares”, tan propio de los primeros relatos de Puig, así como cierta visión irónica de ellos, como si el autor nos quisiera significar que el tiempo ha pasado y que él ha decidido tomar distancia de tales “instrumentos”. Teatro irregular pero atractivo, menor que sus novelas pero complementario de ellas, en buena hora se ha encarado su edición/reedición. Sería más que bueno que se la completara con la edición de las restantes obras teatrales de Puig (las citadas “Amor del bueno” y “Muy señor mío”, así como “Gardel, una lembrança” o “Tango de la medianoche”, de 1987) y algunos guiones cinematográficos que permanecen inéditos, tales como “Tango Musik” y “Vivaldi”. Una reflexión final. Si Manuel Puig tuvo una relación complicada con su país (por algo no regresó, pese a la recuperación de la democracia) y mucha crítica “se demoró” en concederle la importancia que hoy se le asigna (la “recuperación” y resignificación de Puig comenzó un poco antes de su muerte y se “canonizó” en los ’90), aún hoy se lo sindica centralmente como el autor de sus primeras novelas, sin advertir cómo fue cambiando libro a libro, que lo hizo pasar por distintas escrituras (ya advertible en “The Buenos Aires Affair”) e intencionalidades estéticas.
No puede sorprender –aunque simultáneamente llama la atención- que esa especie de visión cristalizada de un momento de la obra puigiana se corresponda con algo llamativo por reiterado: sus libros (rescates) más actuales son editados con fotografías de su juventud, inclusive aquellas tomadas cuando Puig aún “no era” Puig. Ocurre con la portada de “Teatro reunido”, que está ilustrada con una fotografía presuntamente registrada en Italia en los ’50. Lo mismo es advertible en la mayoría de las (escasas) notas que le dedicaron a la edición de este valioso libro. Realmente extraño, porque Puig había cambiado mucho su fisonomía en los últimos años, que fueron aquéllos donde produjo la parte sustancial de su dramaturgia. Había perdido cabello y engordado por lo que tenía un rostro muy distinto a los de su juventud. La pregunta es si no resulta una manera sesgada de seguir desconociéndolo, de no sentirlo aún como parte sustancial de la cultura argentina.
Teatro reunido”, de Manuel Puig


Editorial Entropía, Buenos Aires, 2009, 236 páginas.
Prólogo de Jorge Dubatti
En Argentina: 59 pesos

