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22 Nov 2009

Los sabores más antiguos del planeta

Escrito por: cmoran24 el 22 Nov 2009 - URL Permanente

(cuento inédito)

Entre los escritores, suele decirse, ya no se habla de libros sino de películas. Como hablaba esa noche el hombre robusto y ligeramente encorvado por la edad (en estos casos se afirma que la edad lo ha alcanzado), de la belleza de Virginia Madsen, una actriz norteamericana que decidió dejar de exhibir su cuerpo y dedicarse a hacer buenas y pequeñas películas, ya cercana a la veteranía. Una belleza que duele, decía el hombre que afirmaba ser un oscuro escritor, tomaba whisky, espiaba por la ventana para observar si la lluvia había terminado o si no había trocado en una llovizna soportable.


El tema, con todo, no era Virginia Madsen, sino la pregunta que ella hacía en la película que el hombre canoso quería contar y que demoraba, sin embargo, en volver precisa, en traerla a la pequeña reunión que se había armado informalmente en un recodo del salón del hotel, mientras aguardaban.


Quería hablar del gordito, así lo llamaba, lo habían visto en otras películas no bien lo describió: un buen actor de segunda, su cuerpo descuidado, pelado y con barba candado, mirada un tanto bovina. El típico perdedor de las películas norteamericanas, opinó el más flaco que lo ubicaba muy bien pero que no podía recordar su nombre. Acá, aclaró el hombre canoso que había mencionado a la rubia Virginia Madsen, acá, repitió refiriéndose a la película, hace también de perdedor pero al final, de cierta manera, también gana. Aunque en esa película, al fin de cuentas nadie gana ni nadie pierde en forma definitiva. Un pasaje de vida, opinó el flaco. Tal cual, confirmó el oscuro escritor.


Lo que decía ese tipo, el gordito redondo y sin registros de haber concurrido a ningún gimnasio en su vida, era que odiaba un tipo de vino, porque la película era una especie de road movie celebradora de los vinos californianos, porque era fácil de obtener. En cambio, decía el gordito según contaba el escritor mientras todos continuaban esperando, que había otra clase, otra cosa, pero que para lograrla tenía que darse la batalla. El flaco recordó, como si sacara la espada, la frase terrible de Buñuel: “Si yo contara toda la verdad, comenzaría de inmediato la batalla”.


La batalla, murmuró el escritor oscuro, y de dos tragos vació su vaso de whisky. Cuando el flaco terminó de pronunciar la frase todos los otros lo miraron con hostilidad.


El flaco, como si hubiera tenido una revelación, se acordó: ¡Giaconetti! Se llama Giaconetti ese actor. ¿Cómo el escultor?, preguntó un tercero, el más bajo de los reunidos por el azar. No, dijo el hombre robusto y a medias encorvado, el escultor tenía otro apellido. Italiano. Parecido al de la actriz. Los nombres, esa noche, quedaban en la nebulosa. La reunión, la verdadera, por llamarla de algún modo, se desarrollaba en un salón grande pero de puertas cerradas. Algo de lo que estaban discutiendo allí quienes esperaban iban a tener que conocer. Algo o mucho, de los otros, de los reunidos en el salón grande y seguro que ya cargado de humo, tendrían que decir, que comunicar. A su tiempo recibirían las instrucciones.


Creo, dijo la mujer que hasta ese momento no había intervenido en la conversación, que vi la película. La pelea a la que aludía el gordito, agregó, era entre un tipo de vino y otro. No me parece que fuera algo importante, agregó.


El hombre, que permanecía en la oscuridad, la miró como si la descubriera por primera vez y murmuró unas palabras ininteligibles. Después, como ternero sediento, empinó el vaso de whisky como si buscara sacarle hasta la última gota. Luego miró otra vez por la ventana la lluvia. La indiferencia de la lluvia.


El hombre no quiso agregar más, no vale la pena, terminaba de murmurar. Miró el techo y vio telarañas, presuntas o ciertas, y objetos lánguidos que colgaban en ese hotel impersonal. No era lánguida Virginia Madsen, bien que lo sabía.


Recordaba la noche, la escena de la noche, el hombrecito que al parecer se llamaba Giaconetti sosteniendo que esa clase de vino era difícil de conseguir, que el viñatero tenía que buscarlo, seguirlo, mantenerlo vivo. Pero entonces, decía con entusiasmo el gordito ante los ojos grandes, abiertos, receptivos, de Virginia Madsen. Pero entonces.


Alguien llegó, el bajito al que todos le decían Lopecito, porque era genuflexo como el secretario de Perón, pero también terrible, capaz de mandarte los perros, cuando no la propia Gestapo. “Prepárense”, dijo, y no sonrió porque se trataba de una orden y no de un chiste. Sí, prepararse, lapiceras en ristre, nada de grabadores, nada de dejar huellas.


Salieron del salón, displicentes, seguros de sí, a veces sonrientes, a veces demasiado serios, ensimismados, conversando entre ellos en forma apagada, presuntamente con monosílabos, en todo caso más con gestos sobreentendidos que con palabras. Nadie los miró, mientras ellos debían continuar esperando un poco más, expectantes.


Uno, el que solía aparecer en las entrevistas, el que (se entendía) mejor salía en la televisión, se les acercó al fin. Parecía estar a punto de darles algo impreciso, un sándwich o una bendición. Les habló en voz baja con Lopecito a su lado, sirviéndole más que apuntador de intérprete.


Ellos escribían, cada uno a su modo, rápidos, precisos. Debían traducir, olvidarse de sí mismos, cuando el hombre insultaba, o decía palabras agresivas u obscenas, o descalificaba, ellos, en el papel, traducían, volvían blanco el negro, comprensible lo indescifrable, ponían en palabras y en cifras como si tendieran la mesa un mantel en el que cualquiera pudiera apoyar sus brazos, colocar el plato, comer sin complicaciones.


Eso daban: comida. Se comunicarían con el del espacio televisivo, con los muchachos de la radio, pasarían el parte a los de los diarios, pondrían en circulación la maquinaria. Ellos, que conocían el oficio también sabían de artificio. Globos de colores, fuegos vacuos del anochecer. La ninguna sustancia de las cosas.


Ellos, los que habían estado esperando, escribían. Colgaban poemas, cuentos imprecisos, diatribas contra el estado de cosas. Todo eso se esfumaba otra vez, como ya había ocurrido, como volvería a pasar. Ellos escribían, el gordo del whisky también. Escribía a máxima velocidad lo que el hombre tanto o más gordo que él mismo, pero infinitamente mejor vestido, seguro, aplomado, dueño y señor, dictaba, lo que Lopecito también dictaba. Éstas, se decía, no son mis palabras mientras escribía las palabras ajenas. Pensó en una isla, en una cara, en una situación extraña y entreverada, en los vestigios yermos de su novela. Ésa es mi palabra, pensó.


Ninguno de ellos, los que estuvieron en la reunión informal, peleaba. Ya no. Él, en todo caso, no lo hacía.


Trataría de apurarse para entregar el parte.


La película se había disgregado, igual a quien lava un sitio demasiado pisado, abrumador.


La lluvia continuaba, mansa pero excesiva, como si buscara tapar sus verdaderas intenciones.


Entonces, decía el hombrecito a Virginia Madsen en la película, cuando después de tanto sacrificio y lucha se obtiene el Pinot y se lo saborea se pueden percibir los sabores más antiguos del planeta.


La película es “Sideways” (“Entre copas”), de Alexander Payne y el actor es Paul Giamatti. El personaje defendía el Pinot en detrimento del Cabernet. El escultor es Alberto Giacometti y la actriz es María Falconetti.


Santa Fe, domingo 15 – sábado 21, noviembre de 2009

07 Oct 2009

¿Conté sobre el barrio?

Escrito por: cmoran24 el 07 Oct 2009 - URL Permanente


(cuento inédito)


¿Conté sobre el barrio? No bien se sale de la estación está ahí, clarito, el número correspondiente al año. 2009, leí. Y agosto. Porque cuento de un tiempo que fue. Lluvia en ese momento y considerable frío. Ninguna sorpresa, porque vivimos donde vivimos y aquí en agosto hay generalmente frío y de tanto en tanto llueve. Cerca del día 30, que es Santa Rosa y quien vive acá sabe que la santa y la lluvia van año a año de la mano.

Después, la numeración era nítida, los vándalos no la habían arrasado aún, mientras el agua se alejaba me encaminé hacia donde yo buscaba lo que buscaba y dado que la numeración era muy precisa, 2008, 2006, 2005, y así, no tuve que pedir ninguna indicación. En el 2001 vi con claridad las huellas de lo que fue, ¿recuerdan? Allí pasó todo lo malo, como un ciclón, y yo me encontré con esos pasajes en las paredes y en las caras de la gente.

Después, en una esquina, llegué a 1995, deprimido, barrio deprimido. 1989 no le cuento. 1983, por ahí, ulular de sirenas, gente que corría y se escondía y otra que no lo lograba hacer. A medida que avanzaba por la callecita se veían veredas rotas, desprolijas, y los árboles comenzaban a arrugarse. Esas cosas.

El frío de agosto omnipresente, por supuesto. Al llegar a 1976 vi un agujero negro, pero 1975 resultó también opresivo, casi incomprensible, un carnaval grotesco y sangriento, a qué negarlo.

Luego de varias cuadras, de perderme por vericuetos, callejones, callecitas sin salida (y eso que parecían tenerlas) llegué a 1965. Justo ahí. Una pared y como en las películas de Bergman y Woody Allen, intactas, las reuniones de los parientes y las preguntas que uno hubiera querido hacerles. Y las respuestas que hubiera querido darles.

Aunque no era eso, no era exactamente eso lo que intentaba encontrar, pero cuando se reciben las cosas se las recibe sin beneficio de inventario, quiero decir todo el paquete y en consecuencia no se podían eludir las reuniones de los parientes, la prima que lloraba desconsolada en el rincón, la sorpresa de saber que en Buenos Aires había un tío que no tenía el apellido del abuelo, el otro, el de la estafa, el primo mayor, rápido, certero, de sonrisita artera. Pero también, justo eso, Diana, en la otra cuadra, con Mariano al que la decían Mar y al que todo le salía bien.

No fue así, después. Y muchas cosas más, bien que lo sabía. Si volvía al lugar era porque quería evitarlo.

Sentía una fuerte opresión, a qué negarlo. Tampoco me sentía bien. Busqué un rincón, yo era el viejo profesor de la película de Bergman mirando la frescura de la mujer que amaba sin ser correspondido. Yo ya no era fresco y a la vuelta de la esquina me debería estar esperando la muerte para jugar al ajedrez. Era posible. Más que eso, era muy probable. Ella, Diana, miraba hacia el lugar donde me había situado pero por supuesto no me veía. Ella lo que veía era todo el Mar de Mariano. Todo Mariano y nada más que Mariano.

Era justo el momento, ¿conté que era agosto?, en el que Diana saca de su bolsillo la carta anónima. Llegué en ese mismísimo instante porque había calculado el preciso momento del acto. Si Diana llegaba a leer la carta sería la mariposa del cuento que al batir las alas produce el huracán de Pekín hay que llamarlo Beijing.

Me encontraba ahí para eso, para impedir la lectura, la sensación de ahogo, pérdida y fastidio que sentiría de inmediato Diana, la indignación también. La reacción que tendría después, el disgusto, el profundo cambio de actitud y mi pobre papel en el medio, eso que hice sin pensarlo demasiado –o pensándolo muy en detalle, porque reuní pruebas pero también dije las cosas a medias e inventé otro tanto, todo con tal de perjudicar al Mar que la rodeaba. Era un mocoso cometiendo una felonía que no llegué a advertir en toda su dimensión aunque estaba provocando lo que resultó para mí el comienzo del derrumbe.

Porque ella creyó en el inútil anónimo. Porque cambió su manera de ser, sus gustos y disgustos, se volvió desconfiada. No explotó, se guardó la información pero también, de a poco, comenzó a traicionar, a equivocarse y a equivocar.

Cosas de solitario en una tierra de extraños, buscaba, deseaba, evitar lecturas y errores, maledicencias, equivocaciones de toda clase, la huida de Diana, la confusión de Mar, ese no entender generalizado que se apoderó de cada uno de ellos, aunque debería decir de cada uno de nosotros porque yo también caí en eso.

Especialmente yo. Mandé la carta para evitar que Diana se fuera con Mariano y lo logré. Cosas de muchacho inexperto. Hice el gesto, pero Diana continuaba sin mirarme, para ella yo no estaba allí. Comprendí que me era imposible tocar el papel, evitar que lo leyera como lo leyó, que cambiara de perspectivas, que se volviera esa otra mujer que un poco más tarde, ahora mismo, se acerca a mí, me toma de confidente, se me abre, es mi mujer.

No lo pude evitar entonces. No puedo evitar ahora que la mariposa agite sus alas, avance y se vaya formando de a poco la tormenta: este día, y el otro, y a la semana siguiente, y a la otra al año al segundo año a la década, a la cocina y a los muebles, al ascenso en el trabajo, en la sociedad que nos recibe con sus brazos abiertos y que de inmediato cierra para mantenernos apretados, apretados con toda fuerza y ningún aire. ¡Diana!, grito. Y la mujer madura, ajada, harta de mí, se da vuelta, me mira como nunca ha mirado a criatura alguna y cae. Cae romántica y tonta y duramente sobre la fórmica. No sé si la empujé, si se empujó. Está ahí, sangre en la cara, balbuceos, su última y única palabra: Mariano.

Y eso fue lo único que dijo. Lo único que me dijo.

¿Conté sobre el barrio?

Santa Fe, septiembre - octubre de 2009

En la ilustración del cuento, fotografía: de “Smultronstället” (1958), película de Ingmar Bergman, conocida en castellano como “Fresas salvajes” (en Argentina se la estrenó con el título de “Cuando huye el día”) En el fotograma el viejo doctor Isac Borg (Víctor Sjoström) contempla a Sara (Bibi Andersson), quien fuera el amor imposible de su juventud

27 Jun 2009

El perfil de Morena

Escrito por: cmoran24 el 27 Jun 2009 - URL Permanente

(cuento inédito)

I

Alcancé a ver el perfil de Morena en el diario de la mañana. La cuarta foto, abajo, la de los festejos por la inauguración del hotel. La toma, aunque un tanto difusa, me permitió encontrar de nuevo a Morena, con esa actitud arrogante que por lo visto no la había abandonado veinte años más tarde.

Cuando se visita un lugar por primera vez, con cierta expectativa, con cierta ansiedad, quedan marcas nítidas e indelebles que la costumbre, la rutina, no terminan de diluir. Y así, cuando mucho más tarde se vuelve a ese sitio se recuerdan con mucha precisión sus particularidades, digamos la grieta, el camino irregular o un árbol añoso. Lo mismo con las ciudades, lo mismo con las personas.

Porque había visitado con expectativa y ansiedad ese lugar que para mí fue Morena (poco tiempo, mucho entusiasmo), la recordaba con bastante precisión a pesar de los años pasados. Y más aún porque ella de pronto desapareció. Ocurren estas cosas, pasan a cada momento. Alguien, sin avisar, decide clausurar una entrada particular y ese sitio especial en concreto de pronto deja de existir.

Morena no murió, pero para mí fue prácticamente igual porque de pronto se esfumó sin dejar rastros, como suele decirse. Veinte años más tarde recuperaba su perfil en una fotografía un tanto difusa publicada en el diario, una recepción en el hotel cinco estrellas que terminaban de inaugurar. No estuve allí, no conozco a esa gente, pero no me extrañaba que en cambio Morena hubiera participado del festejo porque era lo propio de ella. Al fin, es imposible cambiar las señas de identidad profundas.

Podía estar equivocado porque a la memoria le gusta confundir. Quizás se tratara de otra persona. Además la fotografía, aunque estuviera en colores, no entregaba con claridad la imagen de la mujer retratada (ella aparecía en un costado, casi saliéndose de la misma imagen) Pese a todo supe que era Morena y nadie más que ella, un poco más engrosado el cuerpo, el mismo porte, un similar corte de su pelo oscuro (que, pensándolo bien, ahora debía estar teñido)

Hasta ese momento estaba resignado a lo que me había tocado en suerte. Hablo, es evidente, de la lotería de la vida, premios menores y más castigos que premios, pero era lo que me había correspondido y lo aceptaba. Ninguna electricidad, ninguna conmoción. Me dejaba estar y no había más para decir. Hasta el momento mismo en que, al abrir el diario, volví a ver a Morena. A la que supuse que era Morena, aún viva.

Lo nuestro fue breve, clandestino y para mí tan especial como inaudito. E irrepetible. Después Morena se casó con el que tenía que ser y de ella dejé de tener noticias. Alguien me habló del nombramiento del marido como embajador (o algo así) en México o Guatemala y después otro me contó que creía que Morena se había divorciado. Sus parientes, los que quedaron acá, eran escasos y ajenos a mi vida de todos los días. Por ser tan extraños su ámbito y el mío ella aceptó la relación a cambio del silencio y de la anulación de cualquier futuro compartido. De entrada puso las condiciones, es decir que Morena fue quien puso las cosas en claro, y de inmediato accedí porque el deseo se imponía sobre todo lo demás.

Ocurrió lo que buscaba, pero tuvo mínima duración. “Ése era el acuerdo”, me lo recordó sin sentimentalismo en la despedida. Sin manifestar oposición volví a aceptar tratando de mostrarme con una pose mundana y autosuficiente aunque por dentro sentía amargura y desprecio por mí mismo. Y después de Morena no supe más.

Por haberla visto en la fotografía volvieron los recuerdos, como suelen regresar en casos así, y sentí el impulso de buscarla pero de inmediato me refrené porque, por supuesto, era una actitud irreflexiva, negada por la realidad, por esa cuestión práctica y anodina que implica vivir. Porque aún en el supuesto de que fuese Morena la del diario me resultaría una mujer totalmente desconocida, veinte años no es un día. Casi como si viviéramos en dimensiones diferentes. Me había pasado con varias personas perdidas de vista y a las que, al reencontrarlas, simplemente no reconocí.

Persistía una incomodidad, un centro duro y angustiante que trataba de olvidar pero que reiteradamente me hacía pensar que si yo era así hoy quizás se debiera a aquello que pasó. O a lo que, más bien, no pasó con Morena y me decía que si la viera, si nos viéramos, podríamos hacer algo que me sacara de la nada rutinaria y empequeñecida que era mi vida. Algo así.

Porque se llega tarde a todas las cosas –me decía con grandes cuotas de autoengaño y exceso de palabras- al menos que una sola cobrara consistencia. Está bien, me concedí, hay que buscar a Morena, ¿pero cómo encontrarla? La trivialidad de las fotos de sociales hace que por esencia sean también efímeras. La recepción había tenido lugar varios días atrás (las fotografías aparecieron en el suplemento de fin de semana del periódico, de manera que debía retroceder otros días más para llegar a la fecha exacta de la inauguración del hotel) Internet me permitió encontrar el archivo del diario y precisar la fecha: Dos semanas exactas habían pasado desde el momento en que en un rincón oscuro alguien había logrado corporizar de nuevo a Morena.

¿Alguien? Lógico: El fotógrafo del diario. Había descartado la alternativa de ir al hotel para preguntar por la desconocida. A la inauguración concurrió mucha gente. Si Morena hubiera sido un personaje central habría aparecido en varias tomas, pero como eso no ocurrió debía deducir que ella estuvo casi por casualidad, amiga de alguna amiga o amiga de algún desconocido.

Porque supuse que Morena estaba divorciada, emparejada quizás con un tipo circunstancial. Podía ser algo totalmente distinto pero si lo fuera mis intentos carecerían de sentido. Eran mis propósitos los que carecían de sentido, pero no lo quise admitir, de manera que seguí. Al fotógrafo, especulé, podían haberle pedido copias de las tomas. Suele ocurrir, un trabajito extra que nunca viene mal.

Decidí ser parco, porque no podía decirle a ese hombre pálido y de pelo largo, de fumar constante, para qué exactamente quería la foto. Él por su parte no hizo preguntas, salvo que amplió al máximo su oferta al proponer venderme la serie entera de las tomadas en el hotel. Para el fotógrafo eran materia muerta que mediante el pase mágico de algunos billetes podían recobrar vida. Opté por comprarle algunas después de una aparente selección que de nada me sirvió porque en ninguna otra vi a Morena. A la mujer que para mí continuaba siendo Morena.

Esa noche, con las copias de las fotos desparramadas en la cama, me costó dormir. ¿Era o no Morena la mujer que aparecía casi tímidamente, de manera fugaz, en una sola de las tomas? El mismo corte de pelo, un vestido blanco o en todo caso de tela clara, el perfil de una cartera tipo sobre, el perfil de ella misma, negándose a develar su verdad. Recordé conversaciones, fragmentos, tonteras que se dicen las parejas, el primer encuentro nervioso y apurado, el segundo, más calmo, con mayor comprensión de nuestros cuerpos, y algunos más. El único viaje que hicimos al mar, dos días que no duraron nada y que no obstante han llegado vivos –para mí- hasta hoy.

Pero, igual, continuaba en el mismo lugar donde había empezado y en estos casos eso significa retroceder. Me sentía, estaba peor que antes de abrir el diario y ver el agasajo y la foto. Haber visto de nuevo a Morena. Quiero decir que antes yo estaba resignado a mi suerte, a mi pequeña vida y que había desistido de cualquier acción inaudita.

Ahora me encontraba descolocado. Y no sabía qué hacer nel mezzo del cammin. Hasta que recordé al desagradable de Alfredo, el único primo de Morena que conocía y que continuaba viviendo en la ciudad.

Pero Alfredo era un incordio, un abogado famoso con estudio ubicado en el casco histórico, al sur, con secretarias de vidriera, autos flamantes e importados, viajes permanentes a Europa, una vida de esas que brillan y que por brillar constantemente valen mucho porque hay que bruñirlas todo el tiempo. En el pasado cuando nos encontrábamos accidentalmente manteníamos charlas anodinas pero nada más porque, pensaba yo, desconocía mi relación con Morena. Después dejamos de vernos.

Fue un viernes a la tarde, el otoño daba marco, manchas de hojas marrones en las calles, un decrecimiento de las pasiones como suelen traer los atardeceres. Una ligera congoja, también. Toqué el portero eléctrico, antes de hacerme pasar debí identificarme, pedí por el doctor Martínez Prieto, luego tuve que esperar largo rato en un no demasiado mullido sillón. Silencio de sala de velatorios.

Llevaba la foto en el bolsillo de mi saco (no demasiado nuevo, no tan reluciente y casi estridente como el que vestía Alfredo) Él me recordaba más de lo que hubiera imaginado. Me sentía imprecisamente mal, como si estuviera incubando una enfermedad. El despacho de Alfredo era pulcro y amplio pero desde que ingresé en él sentí la opresión, como si el aire del lugar no fuera suficiente.

No sabía de qué manera plantear las cosas.

Pero él mismo abrió el fuego sorprendiéndome con sus palabras:

- Supongo que viene por Morena.

¿Cómo lo supo? No le había mostrado ni hablado de la foto. Mi mirada debe haber dicho lo que no pude comentar en palabras. Hizo un gesto con la mano, como si con ella quisiera barrer este presente.

“Primos y confidentes”, me aclaró. Ahora podía decírmelo: me había odiado, sí, era un sentimiento excesivo pero también exacto. “No sabe cuánto debí insistir, meterme, obligarla, para que se olvidara de usted”, me confesó y así me vine a enterar, veinte años más tarde, cuando todo era imposible, que hubo mucho más que atracción física, que la irracional Morena (así la llamó) había llegado a amarme.

- Quiero verla-, dije de pronto, con una voz perentoria que no me reconocía. Irreflexivo como Morena.

Alfredo me miró con visible desconcierto, como si yo sólo en ese momento terminara de llegar.

II

Desde aquí, desde este mismo lugar y a pocos pasos de donde me encuentro. Café y nada más porque acá no hay piedad para los pobres. Quince días atrás, carterita en la mano, pelo recién salido de la peluquería, una ropa que, debí haberme dado cuenta, ya no se usa: Morena.

Llamé varias veces a Alfredo por teléfono pero en los últimos días no concurrió a su buffet, me dieron a entender, nunca se dicen todas las palabras en esos ámbitos recoletos, que no se encontraba bien.

Hay un silencio casi untuoso en este lugar excedido en sus luces y sus maderas relucientes, en la discreción de los mozos que apenas si se hacen sentir. A tres o cuatro metros de donde me encuentro apareció en la foto apenas de refilón, un rostro que no dice nada, que no expresa nada.

Esa mujer persiste en la fotografía, pero sin nitidez, como ave de paso. No parece mirar a nada ni a nadie. ¿Se dirigía a mí, a Alfredo, a quién?

Blanca y aún sin manchas, resplandeciendo a la luz del sol.

El mozo me observa a la distancia, atento por si lo llamo, pero que evito hacer porque este es el mundo de los ricos, extraño para mí.

Diecisiete días atrás el hotel fue inaugurado y aún persisten los detalles del festejo: Ramos de flores con cintas rojas y tarjetas de buenos augurios, adornos que no se terminan de ubicar en lugar definitivo, una suerte de olor a nuevo en las butacas, en los pasamanos, en las escalinatas, en la ropa recién puesta de los empleados, todo reluciente.

Un festejo. “Tuvimos muchos invitados”, me ha dicho el conserje quien no reconoce en la foto a la señora del costado, a esa que apenas se ve. “No la recuerdo, lo siento, había demasiada gente”. Su discreción no le permite preguntar dónde obtuve la fotografía, tampoco por qué estoy allí, pero sus ojitos no me han perdido de vista desde que me instalé en el bar desde donde observo el lugar específico, a no más de tres metros de donde me encuentro, donde Morena estuvo. O pudo haber estado.

- ¿Qué quiere decir?-, preguntó Alfredo con extrañeza y agregó un gesto que interpreté (mal) como de fastidio, aunque se trataba de otra cosa.

No le había mostrado la foto. Se la alcancé. Pálido, la miró largo rato.

- ¿Cuándo la sacaron?-, preguntó, con voz cambiada.

Le conté lo de la fiesta, la inauguración del hotel, la publicación en el diario. Raro que él, un hombre demasiado conocido, no hubiera sido invitado.

- No -, dijo por fin-. Lamentablemente no es, no pudo haber sido Morena. No pudo haber sido.

Me dio explicaciones que me confundieron y que, de verdad, no quise seguir escuchando. Me mostró algunos recortes. Necrológicas.

Cuando salí a la tarde otoñal estaba apenado y confundido, llevaba conmigo la foto del diario. La inútil foto. También me acompañaba la impresión de haber conocido a otro hombre, a un Alfredo cargado de dolor y de extrema sensibilidad.

Tomo el café. Blanca y aún sin manchas. No conoceré nunca esa lápida del cementerio de Mendoza pero la imagino con nitidez, con esa nitidez nacida de las palabras dolidas de Alfredo. Porque Morena murió, lejana, ajena, envejecida, en Mendoza, sola, el mismo día en que inauguraron el hotel. La misma noche en la que una mujer tan parecida a ella decidió inmortalizarse en una foto del común.

Alfredo me aseguró que no era Morena, pero su voz develaba inseguridad. No obstante me devolvió la foto y me invitó a olvidar.

No sé para qué me encuentro acá, a qué este acto inútil. Morena, ella, tan vivaz, tan cargada de humor y simpatía, irónica, mordaz. La siento en este lugar, entre las paredes y la boisserie, las luces, los ascensores vidriados.

Alfredo ingresa al hotel, desconcertado como yo. Queda en un rincón observando lo mismo que yo, eso que busco y que me volvería mi entidad. Esa figura que veo o creo o quiero ver: El perfil de Morena.

Santa Fe, 2002-2009

16 May 2009

Regando en el jardín

Escrito por: cmoran24 el 16 May 2009 - URL Permanente

(cuento inédito)

Las rosas té se desgranan no bien cae sobre ellas el fuerte chorro de agua, tendré que hablar con Juan porque otra vez se nos enfermó la enredadera, se advierten los puntos blancos que marcan sus hojas, sí, tengo que hablar con él no bien aparezca, se abre paso entre los altos yuyales, ahora riega las pocas magnolias vivas, es una mañana espléndida -ligero viento de la costa, leves nubes, el agua de la laguna y los puentes brillan y los autos que pasan por la ruta parecen haber asordinado sus motores- ¿no es hora de que Néstor se levante?

Desplaza los altos yuyales y ahora el agua beneficia a unas plantas bajas con hojas quemadas por el calor que ella no quita, que Juan ubicó en un rincón y de las que desconoce su nombre. En realidad poco sabe sobre el amplio jardín que cuida Juan y que ella de tanto en tanto riega, como ahora, en la mañana cálida, primaveral, que parece estar desperezándose.

Ignora todo sobre el jardín, las plantas y sobre otras cosas que ocurren, riega, se pregunta por qué tiene que mirarla el negro del rancho con tanta insistencia, si fue o no fue Federico (¿o Angélica?) la que la despertó cerca de las seis, suerte que después se durmió y siguió soñando un sueño imposible de recordar en este momento, desde que tomo las pastillas no me acuerdo de nada, sueño que igual le resultó agradable como un helado de vainilla.

Sería bueno tomar un helado, le voy a pedir a Néstor que me lleve esta tarde, pero qué me va a llevar este hombre, me contestará mal, como es su costumbre. Ya tendría que haber salido, pero no sé, él sí, tiene sus horarios y una no debe meterse con sus cosas, se habrá acostado tarde otra vez, ella vio la televisión, vio la película y después se fue a la cama y eso es todo lo que recuerda. Le fastidia que el negro la mire con tanta insistencia, viene hasta la reja, espía para adentro y se va. Ahora, fijo, la mira, ella trata de ignorarlo y sigue regando todas las plantas mustias.

Si en esta casa una no... Se levantó temprano, el sueño la seguía ahora como una mala sombra, desayunó -le vuelve el gusto agrio de la leche- y decidió regar el jardín esperando darle una sorpresa a Juan, supongo que hoy al fin se decidirá y vendrá el señor, regar esperando además que se despertara Néstor, duerme el bendito más que de costumbre, vaya a saberse a qué hora se acostó. No lo escuchó llegar.

En realidad, dirige el agua a la palmera de la que caen grandes hojas oscuras, poco sabe sobre lo que hace Néstor, él, suele decirle, tiene su vida afuera, a ella le basta -le sobra- con la casa, con todo lo que tiene que hacer, día a día, día tras día. Con todo lo que tengo que hacer, dice en voz alta, ¿Angélica no tiene que rendir?, no lo sabe bien porque la hija no le cuenta mucho de la facultad, de lo que hace, de lo que deja de hacer (casi no le habla) pero cree... Derecho, si es Derecho lo que me estudia esta chica.

Ahora le toca al potus, ya fuera del jardín, en la galería, el morocho la mira hacer, qué incómodo, siempre espiando la vida de los demás, te tienen envidia, estos negros te tienen envidia, después de regar irá al súper, lo que me gusta de estar sola es la tranquilidad.

Riega, sigue regando, Juan conoce el nombre de las plantas como si fueran sus hijas, Ana me tiene que acompañar a hacer las compras así no me olvido nada, cae el agua de las planteras a las baldosas, vuelve al potus, para mí que discutía, porque cree que era Federico el que gritó anoche, este chico siempre grita, después -¿o antes?- vinieron los ruidos. Después se durmió.

Anita te lo resuelve todo, que ella haga la lista. Extraña intensamente a Anita, aunque bien que se peleaban porque cada una tiene su carácter, pero igual se la extraña. Si estuviera ya habría escrito la lista y yo le diría apúrese y en cambio ella ni la empezó: Huevos y pan y leche y la merluza para Néstor y los cereales de Federico, desde chico le gustaron los cereales, mami, no te me olvidés de los cereales, ¡cierto! el yogurt para Angélica, la leche de hoy estaba agria, la heladera tiene un mal olor que ni se aguanta, porque si no compro bien después te grita y la mesa es un lío y Néstor dice en esta casa no se puede vivir y se levanta y da un portazo y si te he visto no me acuerdo.

En esta casa, podría decir, alguna vez hubo... y se detendría allí porque le faltaban palabras, ideas, porque todo le era oscuro como la brea, una oscuridad intensa que intenta despejar a base de manguerazos, porque yo, se dice y se interrumpe, en el momento en que casi pierde pie a causa del agua que cubre el pasillo y se escurre hacia las habitaciones interiores.

El agua no cesa como tampoco sus pensamientos que derivan como el propio chorro que salta de planta en planta. Esta Anita que no me llega pero de inmediato se corrige, si seré, porque Anita hace un tiempo que no viene (no sabe si ayer, no sabe si hace una semana o si hace un mes), no puedo quedarme ni un minuto más, decía y se le indignaba hasta el punto de recordarle a un animalito de dibujos animados, pobre, exclamó, como si la tuviera ante sí, espero que llegue y así vamos de una buena vez al súper.

El chorro golpea en un agujero de la pared y la salpica, qué raro, dice observando la picazón surgida en la pared, tendrá que hablar con Juan, retarlo al viejo para que no se descuide tanto, encima que se fue Anita y encima que no me llega nunca y yo que tengo tantas cosas que hacer, chapoteaba en el agua de la galería, el chorro de la manguera ingresaba al comedor, después que Anita se fue Juan es el único que, más o menos, más o menos, me escucha, no como Néstor, que hacía mil años duerme separado en la pieza que se hizo acomodar, solito el señor, no como Federico, chico nervioso y contestador no te vas a encontrar otro en la vida, siempre discutiendo, con la madre, con el padre, con la hermana, con los amigos benditos que se trae y de dónde los habrá sacado, y no va que grita a todos e igual que el padre, no me van a decir que no es la copia misma del padre, porque el señorito va y pega un portazo y si te he visto no me acuerdo.

No conozco nada, ni del marido, ni de los hijos, aquí adentro el negro ese meterete no me ve más, menos mal que te queda la casa, limpia con agua el segundo agujero negro aparecido en la pared del que salta un polvo rojizo, envía el fuerte chorro a las paredes, a los cuadros torcidos, menos mal que te queda el súper, Anita bien que sabía hacer las listas, no sé cómo no llega de una buena vez.

Y es una lástima, dice en voz alta y de inmediato se intriga, ¿qué quería decir con eso?, hace un gesto de despreocupación y limpia el modular, que brilla con el agua, porque una va y habla con Anita, ¿estuvieron de fiesta anoche? Ella con las pastillas no escucha nada y una se tranquiliza, porque Néstor no le habla, vaya a saberse qué hace este hombre, y esa gente que se trae a la casa y que siempre discute, grita Néstor y grita Federico y gritan los invitados y después se encierran y no gritan más. Y después se van en sus autos y si te he visto no me acuerdo.

Cuando Néstor vea lo que hicieron con las copas se va a poner como loco, le echará la culpa a ella como de costumbre, cae el chorro sobre los cristales destruidos, porque usté, así le hablaba Anita, usté, repetía, se tiene que poner firme, tiene que preguntar de dónde saca el don Néstor la plata, cómo no, con lo fácil que es hablarle al señor, levanta las sillas caídas, el mantel tirado en el piso, se lastima un pie con un vidrio roto y comienza a sangrar, mirá que una va a ir y preguntarle a Néstor. Este hombre no se levanta más.

Si me apuro llego bien para el súper. Anita hace bien las listas, lástima que se demore, el coletivo, dice, el colectivo, la corrige, el coletivo que no llega nunca, también ustedes que se vinieron a vivir a los quintos infiernos, y a Angélica no le puede faltar el yogurt, endereza el cuadro del pastor y las ovejas, ahora sin vidrio, que también moja. Levanta la maceta destruida.

Agujeros en las paredes del comedor, eso sí que es nuevo para mí, tengo que hablar seriamente con Anita, tengo que decirle... No se acuerda qué, es lo mismo, cierto que Anita no viene más, mire señora, no se puede seguir aquí, usté misma se tiene que ir, lloraba Anita, ¿por qué lloraría la pobre?, penas de amor, mirá que si me voy a ir, resbala a causa del agua, llega a la antecocina, todo revuelto y tirado, ellos no tienen problemas en dejarle el trabajo a una. Mirá que me voy a ir, si ésta es mi casa.

Si me apuro llego bien al súper y después cocino aunque Angélica no dejará de quejarse, siempre se me quejan, tanto discutieron anoche que tiraron abajo el aparador, vidrios por todas partes, el agua hace correr los otros líquidos:

Gaseosas y cerveza y algo rojizo que también corre aunque con mayor lentitud, con mayor pereza.

Si Juan viniera... Aunque ahora se acuerda que hace tiempo le dijo señora no vuelvo más, ¿y quién va a cuidarme el jardín, los negros de los ranchos?, porque nunca te dejan tranquila, te espían de pura envidia, evita mojar a Federico, que duerme encogido en el piso de la cocina y soportando encima el cajón de los cubiertos, qué le va a decir una, mamá, te callás, y sale dando un portazo, sube el auto nuevo y si te he visto no me acuerdo.

Por aquí ya terminé. Enrolla en parte la interminable manguera, una manguera larga, señora, pidió Juan no bien lo contrataron, el jardín es muy grande y está la galería, sube las escaleras, con cuidado porque te podés caer, resbala entre el agua y la mugre, no me animo a despertarlo, usted tiene que meterse y preguntar, dice Anita, mirá que le voy a preguntar a ese hombre, mejor que duermo aparte en el rinconcito adonde no va nadie ni nadie te ve, tal para cual, el padre y el hijo y el espíritu santo, gritan y te dan portazos que te sacan el corazón, y esas reuniones con las visitas, los autos nuevos, las mujeres que me los vienen a buscar, ¿a usted no le da rabia?, más que rabia molestia, porque se van sin saludarte y te dejan con la comida servida, porque una no es una en su casa, todos esos con sus peleas y con sus armas.

Nuevos agujeros en las paredes y en el piso, qué raro, riega el florero roto, los cuadros movidos, las paredes que largan chorritos negros y rojos. En el dormitorio de Angélica dirige el chorro al ropero abierto, esta chica mirá si no será desordenada, con ella no se puede, se le queja Anita, usted tiene que controlarla más, los novios, las salidas, Angélica también duerme en una posición semejante a la Federico, ya se tiró encima el maquillaje, el rojo tiñe la habitación y sale con facilidad con el agua. Si la despierto se me va a enojar y después quién te la aguanta.

Acomoda un poco la ropa mojada y sale precedida por el chorro de la extensa manguera, se dirige al dormitorio de Néstor, mirá que voy a seguir durmiendo con ese hombre, no se puede, le comenta a Anita aunque le avergüenza hablarle de esas cosas, separados es mejor, él en el dormitorio grande y yo en la piecita, escondida, tranquila, cuando no me puedo dormir me tomo las pastillas y ya está.

¿Anoche las tomó? cree que sí, como siempre, no se acuerda bien de nada, el agua hace correr la ropa desparramada, las estrías de la madera violentada, levanta la mesita de luz, cómo querés que se despierte si se duerme así, atravesado en la cama, moja sin querer el cuerpo de Néstor y el agua se vuelve roja, mirá si se despierta, después grita y me mata.

Moja el polvo blanco desparramado en el parquet, los billetes tirados, los agujeros que también se multiplican en el piso como si hubieran irrumpido en él muchos hormigueros, si se despierta mojado se pone como loco y tengo que pagar el pato porque se va y vuelve con las chinas y me lo lleva a Federico. Mirá que venir y tirar harina en el dormitorio.

Camina con cuidado para no resbalar, su pequeño dormitorio, un rincón casi inaccesible ubicado en otra ala de la casa, se conserva en orden, lo riega sólo un poco y luego -retrocediendo- desciende por las escaleras, chapotea, deja tirada la manguera que continúa largando agua, busca el bolso, busca el monedero vacío, si me apuro llego bien al súper, busca el auto que no encuentra, mira la gente amontonada, rodeando la casa quinta, estos negros que no te dejan nunca tranquila, escucha sirenas a lo lejos.

Que no se me demore más Anita que tengo que cocinar.

07 Ene 2009

Regalito del cielo

Escrito por: cmoran24 el 07 Ene 2009 - URL Permanente

(cuento inédito)

Mejor, imposible, como en la película. Pidió ver los aros de la vidriera, mientras observaba la cámara de televisión que seguía sus pasos y los de los escasos clientes, aunque en realidad era la ausencia de Macedonio la que estaba presente en el lugar, increíble túnel del tiempo. Lo raro, pensó, es que todavía hablen y se muevan.

Desestimó con un gesto los aros y pidió ver pulseras. “¿De oro?”, preguntó el más canoso o en todo caso el que no se pintaba. La boca del hombre daba extraños corcovos cuando hablaba, quizás porque los postizos no se terminaban de ajustar, o le eran ajenos. O por cualquier otra cosa. Ella negó y dijo que en otro momento iba a elegir algo que valiera la pena y que ahora sólo buscaba un regalo “no demasiado caro”.

El calor chirriaba, golpeaba con brutalidad, era eso, un hombre grueso y vulgar que embroncado largaba un aire pesado y pestífero sobre la gente y las cosas y esa sensación, la del gigante que mandaba y decidía, hacía chirriar también a la gente, le ponía mala cara. Daba ganas de repartir trompadas y de exigirle una mayor coherencia al mundo.

Podría decir bocato de cardinale si conociera la expresión. Tampoco conocía a Macedonio, no leía, ignoraba esas sutilezas, su mundo era más directo y carnívoro, más necesitado, de todo, y ese todo era ajeno y salía caro y ella tenía que abrir su cuerpo y olvidarse del espíritu y seguir y en el medio obtener muy poco, casi nada.

Ella, Araceli, no planificaba, buscaba un tipo, le sacaba los pesos necesarios para tirar y de esa única manera conocida continuaba. En medio de tanta desgracia, como decía el cómico de la tele. Suerte que conoció a Márquez quien le fue refinando el estilo, con paciencia, con dedicación,” minita de oro”, le decía, porque además del buen cuerpo ella tenía, gracias mama, una figura espigada. Le aconsejó sobre ropa, sobre la forma de manejar cubiertos, la pulió hasta quitarle el haiga y la calor, las casas y el boludo que no se le caía de la boca, la hizo una chica como uno quisiera pero de pronto Márquez perdió. Una noche, un mal juego, tres balazos. Y quedó sola.

Araceli, él le puso el nombre, trataba de olvidarse del barrio y de la Ofelia que le habían regalado al nacer, anduvo chueca y con muletas después de perder a Márquez –cuando murió se enteró de que el pobre era un Fernández cualquiera y que, mal chiste, no tenía dónde caerse muerto- y recorría ciudades, como quien recorre el mundo, tratando de evitar el encuentro con la policía y similares maleficios de la vida.

Ahora se aproximaba la Navidad que en ese lugar del mundo y de la geografía coincidía con el calor brutal y la humedad despiadada. Pensó que bien se merecía un regalo, ella, sola, viviendo en un hotel miserable y sin que ningún hombre miserable se le acercara para hacer más llevadera la existencia.

Tanteando, dio con la joyería en la que bien podrían encontrarse como clientes el mismo Macedonio Fernández o el presidente Pellegrini, Roberto Arlt y el gobernador Nicasio Oroño, señores de trajes cerrados a pesar del espantoso verano local y bigotes así de grandes. Circunspectos como ella no lo era. Pidió ver las pulseras de fantasía, un regalo que no podía evitar.

Eran tres: El canoso, el que se dejaba colita en el pelo, el teñido. Debían estar muertos y se movían y hablaban porque nadie se había tomado el trabajo de conducirlos al cementerio. Ellos y cuanto había en el negocio eran vetustos, parecía arrastrarse –ese todo- como ellos arrastraban sus piernas. Se movían y actuaban con extrema lentitud. Pero ahí había joyas, oro, piedras preciosas, relojes caros. Regalito del cielo, se dijo y trató de disimular su entusiasmo.

Qué problema no conocer el sentido de determinadas palabras. Es lo que ocurre con Araceli quien al desconocer la existencia de la palabra arúspice no puede pronunciarla ni, menos, relacionarla con Márquez. Porque para ella seguía siendo Márquez y no Fernández el que le hacía ver dónde estaba el palito para no pisarlo. Arúspice, bien podría haber sido Márquez el lector de las entrañas de las aves para dictarle al faraón el destino de su imperio. Interpretaba los signos, decía cuidado con éste, aprovechate de aquél, avanzá hacia allá, volvete antes de que sea tarde.

De costado, como quien recibe el disparo de una cerbatana, Araceli sintió el puntazo de una mirada. La del pintado, que parecía haber quedado golpeado por su figura, que continuaba siendo objeto de deseos porque ella hacía esfuerzos a fin de proteger y cuidar su central fuente de ingresos. Ahí se me va la vida. No lo miró un solo momento, pareció decidirse por algo insustancial, una pulserita pobretona, y pagó con displicencia la nada del obsequio que pensaba hacerle “a la muchacha”.

Volveré, le dijo al canoso, indiferente a su presencia y no saludó a nadie más, aunque tenía fichado al teñido. Bioy Casares podría haberle dicho que escribió un libro entero sobre el tema de los viejos, pero ella, ya se dijo, desconocía la existencia de los libros.

Efectivamente, se le iba la vida porque los pocos pesos gastados en el regalo para la muchacha inexistente eran para ella casi una fortuna, una locura, aunque lo consideró el esfuerzo que le hubiera aconsejado Márquez para que no la tomaran ni por puta ni por ladrona, el salvoconducto para regresar una nochecita de estas, minutos antes de cerrar, para dirigirse al teñido y sacar de él lo que fuera necesario para celebrar las Fiestas comodiosmanda.

Esa tarde fue lluviosa y también desagradable, porque al calor se le sumaban la humedad y la falta de clientes en los comercios, pese a encontrarse tan próximos a la Nochebuena. Por cierto, Araceli hubiera querido tener familia, hijos, regalos, para esa noche, pero estaba –de un modo rencoroso- acostumbrada a la soledad.

Al ingresar al negocio de los viejos y los muertos no tenía un plan preconcebido, según como venga la mano, se decía. Intentaba mantener el perfil de mujer de mundo, pero no alcanzaba a ver que aquí y allá iban apareciendo las hilachas ahora que no estaba Márquez y que no podía corregirle sus faltas y advertirle de los peligros.

Ignoró al teñido y se dirigió en cambio, toda sonrisa, al más viejo, “quiero ver si hoy me decido” y preguntó si, aparte, tendrían algo interesante para una señora grande. “Tengo que pensar en mi futura suegra”, confidenció con una sonrisa más amplia aún.

De reojo comprobó que el teñido, que cada tanto le mandaba sus miraditas, estaba prendido al teléfono. No había muchos clientes, por la hora y la tormenta y también porque, aunque negocio antiguo, allí se vendían cosas caras. Un anillo, una pulsera, un dije, cualquier cosita de oro que –Araceli tenía su habilidad- pudiera deslizar entre su ropa o fuera al bolsillo secreto del bolso estaría bien para compensar y soportar el inminente futuro. En Rosario conocía al amigo de Márquez que cambiaba mercadería por plata, nunca suficiente pero sin hacer preguntas innecesarias.

El teñido, marcado para conseguir el regalito del cielo, continuaba aferrado al teléfono como si fuera un viejo amor, y el canoso, el que la estaba atendiendo, comenzaba a evidenciar impaciencia porque ella había empezado a vacilar ante la pulsera que terminaba de pedir. “No sé bien…”, dijo en tanto imaginaba una estrategia para llegar a las joyas más caras y en consecuencia más protegidas. Márquez hubiera solucionado eso con dos o tres acciones rápidas y elaboradas sobre la marcha, actuando siempre con el aplomo que ella no llegaba a tener. Se estaba dando cuenta.

Recordó el regalo para la suegra inminente. El viejo hizo un gesto ambiguo,” de eso se encarga Miguel”, dijo señalando hacia el escritorio donde el teñido terminaba de colgar el teléfono y estaba mirándola con la expresión típica, la del perro baboso que aguarda el hueso.

Ella se dirigió, contoneo mínimo, al escritorio del teñido sin perder línea ni sonrisa complaciente, vos en el límite, marcaba Márquez, fijate en lo que hacen los demás, y se sentó de una manera tal, tan estudiada, que era al mismo tiempo la presencia del recato y el ofrecimiento, las líneas marcadas del cuerpo, una mirada que resultaba invitación e inocencia de manera simultánea, “debe ser algo delicado, a esa señora apenas la conozco”. El obsequio debería ser decisivo. Ella terminaba de llegar de Reconquista, no conocía prácticamente a nadie en la ciudad. Salvo al novio, obvio, quería ser un chiste que el teñido no entendió. En cambio preguntó por el nombre del novio, ella recordó la calle Necochea y dijo Pedro Necochea, el teñido asintió como si lo conociera de toda la vida y abrió el estuche envejecido dentro del cual estaban guardadas las joyas de Alí Babá.

Mi amigo, no tengo tiempo. Se decidió por la del zafiro y por la que le estaba pidiendo un precio imposible, miles, aunque ella desviaba la atención hacia otras, el teñido, abombado por su belleza, no se había dado cuenta y la había desprendido del sujetador, ahí estaba, al alcance de su manito, que sí, que no, Márquez hubiera hecho el gesto del caso en el momento justo, una joyita por la que el de Rosario podría volverla feliz por unos meses, un precio imposible, alababa la segunda joya, una porquería pesada y exagerada que valía sin embargo aún más, sus dedos estaban tan prestos, campanitas de Papá Noel, los recuerdos de las Navidades tristes que en las casas era imposible festejar, salvo que el hombre de turno de la mama se emborrachaba y le buscaba las nalgas, el arbolito y el muérdago, todo plástico e imitación de la cultura diferente, el imperio nos subyuga, había comprado previsora el pasaje a Rosario que tomaría en la otra ciudad, tenía apalabrado al remisero, podría sí no negarle o entregarle su cariño, las fiestas te predisponen, alargaba la mano, ¡bien por esa!, hubiera dicho Márquez, le mandaba miraditas y promesas de fiesta de fiesta al teñido, las cámaras no podían tomarla porque sabía cómo colocar el cuerpo para cubrir sus movimientos, en dos segundos la puerta, el bolso y el bolsillo secreto, “me quedo con ésta”, dice, decidiéndose por la más cara, ya vuelvo con el dinero, se levanta, es una reina que triunfa.

Los viejos se miran entre sí, Mitre y el gobernador Oroño, “viejitos boludos”, murmura, las joyas de la corona, las cámaras que no registraron el momento sublime, aplausos de Márquez,  bien pibita, sos de las mías, el culo que se bandea de aquí para allá en señal de festejo, un gesto ambiguo del de colita, el canoso que hace una seña.

“Perdiste, hermana”, dice el teñido. Y Araceli, que ausente para siempre el arúspice no interpretó bien los signos ni advirtió los movimientos y el sentido de las llamadas, que pobrecita nunca leyó a Bioy Casares, mientras escucha una sirena que se acerca por más que empuja y empuja, alegoría, no puede ni podrá abrir la puerta para ella clausurada.

 

Santa Fe, jueves 18 de diciembre de 2008;jueves 8 de enero de 2009

 

12 Jun 2008

La aceptación

Escrito por: cmoran24 el 12 Jun 2008 - URL Permanente

CUENTO

Este cuento fue publicado primero en “Octopus II” (Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 2002)

Octopus II

Y luego en “Ella cuenta sobre el mar” (Ediciones al Margen, La Plata, 2006)

Una versión libre del mismo cuento está siendo llevada al cine por Mario Cuello, quien junto a Diego Soffici, Julio Hiver y Patricio Coll preparan en Santa Fe “Ciudad de sombras”, un largometraje integrado por cuatro cortos dirigidos por los mencionados cineastas basados en textos de autores de esa ciudad argentina. Además de la versión de Cuello, Soffici dirige un corto basado en “Malabarista”, guión de su autoría. Hiver hace lo propio con “Fotos de familia”, cuento de Enrique Butti, y Coll está finalizando su versión del cuento “Repetido crepúsculo”, de Carlos María Gómez.

Ya es abril, las hojas amarronadas cubren el Bosque como una densa alfombra mientras que en la Rambla, el recuerdo nítido de la locura de Piria, los obreros, muy arriba, dan las puntadas finales al gran edificio de departamentos, presencia de lo nuevo y gigantesco que le sigue cambiando la cara, irremediablemente, a esta ciudad en la que me limito a permanecer.

Me he quedado más allá de la temporada, de lo previsto en mi plan inicial de sol, playa, baile, fichas perdidas en el Casino, alguna mujer relativamente fácil y fácilmente olvidable. No ha sido una actitud premeditada sino, y al principio, la consecuencia de una inesperada racha favorable en el Casino y, agrego y acepto, por Luisa, que me invitó a su casa para festejar el fin de año y que hasta me hizo brindar en su zapato con champaña a la hora de los cohetes.

Aunque la verdad es que no me he quedado por el Casino ni por la mujer. Llamé a mi ciudad el 3 de febrero y Jorge -que es de fiar- me habló de los cheques. “Quedate un tiempo más –agregó-, ya te avisaré cuando despeje”. Prometió girarme plata, lo que por suerte hizo y entonces pude dejar el hotelito e instalarme en la casita del Bosque, a siete cuadras de la playa y frente a la Provisión de la mujer que me inquieta porque me recibe con un caluroso “adiós” cada vez que entro a comprarle.

Y de pronto con Luisa no ocurrió nada más pese a que la busqué. Me pasó con ella lo mismo que con el Casino, con mi demorada vuelta a casa: perdí la mano, resultó el final de la racha favorable, el final del brillante espectáculo.

Cuando se fue el tropel de turistas y no quedaron ni las migas de los pobres (acá no tan pobres) jubilados, me mudé al Bosque y en tanto Jorge, con una constancia que me llegó a asombrar, que -admito- yo no hubiera tenido con él, me gira dinero al banco Pan de Azúcar, deuda que se acumula y que trataré de cancelar cuando la situación se arregle.

Si es que se arregla.

Por el momento estoy decidido a quedarme aquí y dejar que el tiempo pase sin ningún tipo de compromiso, sin arriesgarme en nada. La casa es estrecha, de tanto en tanto la limpio sacando por arriba la acumulación de arena, tierra y hojitas y los papeles y los plásticos que voy tirando casi sin darme cuenta. Por lo demás, mate, cigarrillos, bife o asado, o queso y fiambre, diarios comprados en la Rambla que leo sin demasiado interés, todo muy previsible. Y ninguna mujer. Por el momento no me interesa, aunque es cierto que a veces la soledad se hace sentir como una tijera que corta el aire alrededor de uno.

Voy poco por la Rambla y como debo economizar me he prohibido las vueltas al Casino, pero muchas veces debo pelearle a la tentación.

La soledad parece aumentar en la noche y demora el sueño. Es de noche cuando escucho ruidos diversos que hacen sentir más delgadas a las paredes y eso permite que las voces ajenas lleguen hasta mí, como si me buscaran, como si me provocaran, aunque en sustancia nada me terminan diciendo.

He tenido un sueño pesado. En él aparecieron parientes muertos y yo me sentía muy intranquilo, en falta. En el sueño tenía mi actual edad. En cambio y ante los ojos ajenos era un chico que creaba muchos problemas. Desperté cuando discutía con el tío, bajito e irritable, que a gritos me llamaba por un nombre distinto al mío.

Esta noche ha golpeado la puerta de calle un tipo confundido. “¡Gutiérrez!”, me dijo enojado cuando abrí, como si estuviera representando una obrita barata. “Perdone, se ha equivocado”. “¿Con qué me viene, Gutiérrez?”. Éste es un loco. “Aquí alquilo señor, no sé quién es Gutiérrez”. Le cerré la puerta en la cara.

Pero antes de irse alcanzó a decirme, muy enojado: “Usted no puede actuar así, mire que Natalia...”, y la voz se le cortó, como si no hubiera podido seguir hablando. Lo vi marcharse espiándolo por la ventana, flaco, ligeramente rengo, muy abrigado. Subió a un escarabajo Volskwagen que le dio trabajo al arrancar. Felizmente se perdió camino a la Rambla.

Hago asado con leña porque aquí, me dijo la mujer de la Provisión, es muy malo el carbón. Tan cercano esto y tan lejos de todo lo conocido, en las pequeñas cosas se ven las diferencias. De a poco, leyendo los diarios, escuchando la radio, voy entendiendo lo que pasa en el paisito y en cambio las noticias de enfrente van desdibujándose. A mi modo estoy repitiendo la vida de los exiliados, que sin dejar de sentirse condicionados por lo que han vivido deben por fuerza cobrar nueva identidad e incorporar usos y costumbres ajenos.

El tipo no ha vuelto. No conozco a ningún Gutiérrez y mi apellido no es español sino italiano, entiendo que viene de Irlanda. ¿Qué me estoy diciendo? Parezco buscar argumentos para convencer al loco.

Nada de lo que ocurre aquí tiene que ver conmigo. Vivo mi soledad, aprendo a comer pescado de mar y mantengo mis rarezas particulares porque es difícil cambiar a mi edad. ¿Gutiérrez? El flaquito, con sus canas y sus bigotes, me obliga a pensar en él y no me permite dormir tranquilo.

Como lo sospechaba, el tipo volvió: “Gutiérrez, usted debe escucharme”. Esta vez le cerré la puerta con cierta violencia y pese a que golpeó en forma insistente y a que permaneció largo tiempo parado frente a la casita (lo espié por la ventana), llamando la atención de la dueña de la Provisión, no lo atendí. Por fin abandonó el intento y subió al escarabajo sin dejar de mirar a la casa, como si aguardara algún cambio en mí, pero nada hice.

¿Por qué me asedia, a qué se debe su error, qué busca de ese Gutiérrez con quien, evidentemente, me confunde? No tengo respuesta. Pongo a todo volumen la radio del Sodre, después me corro a la Clarín donde -infaltable- me espera Gardel. El botija me trae El País. Leo a medias el suplemento cultural, me trae noticias de un antiguo fervor que, como tantas otras cosas, hace tiempo perdí.

He ido aprendiendo nuevas maneras de nombrar a las cosas. Digo grifo por canilla, caldera por pava, churrasco por bife, palillos por broches. La yerba llega de Brasil refinada y sin palos como a mí no me gusta. Los libros y los diarios son más caros que en la otra orilla. Pocos parecen saber quienes fueron Quiroga o Felisberto, lo único que se lee por aquí es a Benedetti y su poesía de poster.

Hay un cine, voy de tanto en tanto y ninguna película nueva me llega a interesar. Leo y en general me aburro. Nada importante pasa y esta espera me empieza a cansar.

Otra vez llueve, el mar debe estar enfurecido.

Serían las cinco, o un poco menos de las seis, todavía estaba oscuro, cuando me despabiló el motor de un auto que se detuvo frente a la casita. Demasiado temprano para ser un proveedor o un vecino. Por acá ya casi no quedan turistas y los montevideanos vienen sólo los fines de semana. Con tanta bambolla que hizo no sería un ladrón, lamenté no tener conmigo un arma (pese a no ser un experto). Espié por la ventana: clavado, el viejo.

Quedó parado ante la puerta sin decidirse a llamar, como si temiera encontrarse conmigo, verme enojado, como si no supiera que decirme. Nadie golpea en casas ajenas en plena madrugada si no es por razones urgentes, salvo que se trate de un asunto siniestro. De cualquier manera no me preocupé porque el tipo no parecía estar armado y además con su físico no asustaba a nadie. Daba lástima, parecía enfermo.

Hasta que en un momento dado se decidió. Sacó papel y lápiz y escribió iluminándose con el farol de la esquina. Deslizó el papel bajo la puerta y casi corriendo volvió al coche. Otra vez el autito le dio trabajo pero finalmente se marchó por la calle que lleva a la Rambla.

Esperé un rato por si regresaba. Como eso no ocurrió prendí las luces y levanté el papelito. “Gutiérrez -decía- llámela a Natalia”. Añadía un número de Montevideo y remataba la misiva con un “urgente” escrito con mayúsculas y subrayado.

Era probable que esa Natalia (¿Natalia había dicho la primera vez?) y él mismo vivieran en Montevideo. Eso me explicaba por qué el tipo se aparecía sólo de tanto en tanto o por qué, siendo pocos los que estamos aquí, no lo vi en la Rambla o comprando en algún supermercado. Lo concreto es que el tipo se llegaba de Montevideo para buscar a Gutiérrez. Supuse que ese Gutiérrez habría vivido en la casita.

Cuando abrió la Provisión crucé para consultar a la dueña sobre el probable Gutiérrez. La mujer no pareció entender bien el sentido de mi pregunta, “vienen tantos turistas”, contestó ambiguamente mirándome con fijeza. Y esa fue toda su respuesta.

Busqué al taxista dueño de la casa alquilada para preguntarle en igual sentido (yo pagaba el alquiler a una inmobiliaria), pero no lo encontré en la parada. “Se fue a trabajar a Punta porque aquí no pasa nada”, me dijo un colega que tomaba una Pilsen.

Concluí que sólo contaba con mis deducciones, sin embargo me cuidé bien de llamar al teléfono montevideano.

Suena el timbre de la casa. Sin ánimo, consciente de que del otro lado está el viejo, me resisto a atender. ¿Qué puedo decirle para convencerlo de su equivocación? Pese a todo, abro la puerta. Ahí está: cabello canoso, bigotes, manchas en los pequeños dientes.

"Gutiérrez -me dice- no vengo por mí, usted lo sabe bien, Natalia lo necesita, están las cuentas, está Tapia". Casi solloza al hablar. No sé qué responderle.

Ahora, mientras me acompaño con el mate, repaso lo ocurrido por la tarde. “No soy Gutiérrez, convénzase”, intenté explicarle al viejo, “no soy el Gutiérrez que busca”. Le hablaba como si fuera una criatura a la que se le deben repetir las cosas. Sin darme cuenta elevé la voz. “No tiene necesidad de gritarme, Gutiérrez. Lo importante es que vaya a la pensión de la 18 de Julio, aclare las cosas con Tapia y pague, pague esas deudas que la tienen enferma”.

Sin duda era un loco únicamente atento a sus obsesiones. El tipo temblaba. Este saca un fierro y me deja frito. Debí haberlo denunciado a la policía. No lo hice, no me llevo bien con los tiras, desconfío de ellos y ellos suelen desconfiar de mí. Por eso y en cambio me obligué a soportar su cháchara.

Me llamaba Gutiérrez todo el tiempo, siempre por el apellido. Hablaba de esa Natalia, de las cuentas, de la niña, de Tapia, otra vez de la pensión de la 18 de Julio, como si se hubiera subido a la calesita y no pudiera bajar, obligado a girar y girar en ella. Al parecer Gutiérrez abandonó a la mujer, a la hija, al empleo en teléfonos (“en la Antel”).

“Se fue de repente -me dijo el viejo con tono de reproche- tirándolo todo. Eso no es de hombre”. El cuerpo le tembló todavía más. Tosió. Unas lágrimas le surcaron la cara pero no llegó a llorar.

“Gutiérrez, estoy viejo para estas cosas, no me obligue a volver”. Pensé en hablarle con todo cuidado, aclarándole, si podía, su confusión. Pensé también en volverme a mi país para alejarme del loco y de sus historias, pero fue un pensamiento que no duró porque sabía que era imposible hacerlo dado que la cuestión por los cheques continuaba, me seguían buscando, como me contó Jorge al llamarlo esa tarde. El futuro para mí era una incógnita, no soy hombre de grandes planes y simplemente voy tomando lo que se me da.

“No, me escuché decir, no tendrá que volver. Solucionaré todo. La llamaré a Nativida... Natalia esta misma noche”.

“Gutiérrez, no me falle”, dijo el viejo emocionado y sin agregar palabra subió a su imposible Volkswagen.

Miré por largo rato el número escrito en el papel. Fui a la oficina de Antel, a una cuadra de la Rambla. Sin turistas la oficina era un verdadero bostezo, la cara misma del desierto. Pensaba en llamar a la tal Natalia y explicarme, hablarle del viejo, pedirle que le obligara a no volver más. Me veía diciéndole deberá cuidar a su padre, como entendí que lo era, está viejo, está muy confundido. Yo, que no sé qué hacer ni con mis cosas ni conmigo, iba a intentar darle consejos...

El teléfono de Montevideo sonó largo rato pero nadie atendió. A mí me tocan todas, me dije al salir de la cabina.

El viejo hasta hoy no ha vuelto. Debe ser porque se cansó o porque confía en que cumpla con mi palabra y llame. O vuelva a Montevideo. O podría deberse a la persistente lluvia que ha empezado a caer, con viento, con frío, que pone, si cabe, más triste y abandonada a esta ciudad que sólo brilla en el verano (y no todos los días). El viejo hotel que da sobre la Rambla me resulta un castillo en el que sólo pueden vivir los muertos. Y peor me impresiona la construcción aún no terminada que enfrenta al mar (al gran río, que por costumbre todos aquí llaman, llamamos, mar).

Esta vez se ha presentado la misma Natalia.

Golpeó con insistencia la puerta de calle (no hay timbre). “Gutiérrez -dijo en voz alta- abrime, soy Natalia”. La espié por la ventana del dormitorio: alta, pelo largo, morocha, ropa de abrigo casi masculina. La lluvia la mojaba y la hacía parecer enojada.

Natalia al fin y después de todo. Bien, era la concreta posibilidad de aclarar las cosas y que desaparecieran los malentendidos.

Le abrí.

“Gutiérrez -me dijo después de darme con familiaridad un rápido beso cerca de la boca, olía bien- como sabés no lo estoy haciendo tanto por mí, está la niña, están las cuentas, está Tapia”. Se sacó el tapado (tiene buen cuerpo, me sentí atraído por esa mujer), pasó a la cocina, con naturalidad, como si conociera la casa, buscó los fósforos, prendió un cigarrillo y después la cocina. “Me voy a hacer un té”, dijo. Me lo comentó, no estaba pidiéndome permiso.

El equívoco duraba mucho y toda la historia terminaba siendo excesiva. Si se trataba de una trampa no lo estaban haciendo bien pero, en todo caso, ¿qué podían sacarme? Recordé una película en la que a un tipo le pasan muchas cosas extrañas, llegaba a volverse casi loco, hasta pensar en el suicidio. Un segundo antes de hacerlo le aclaran el misterio: había sido elegido protagonista de un programa de televisión, cámara sorpresa. En una de esas me habían preparado algo semejante.

Quizás el viejo fuera de verdad un loco pero yo a Natalia, a la que se hacía llamar Natalia, observándola (esperaba sus reacciones antes que nada), la veía actuar de manera normal, cómoda en la casa, una mujer del común haciendo sus cosas sin complicaciones y sin incoherencias.

Por supuesto que le desconfiaba y aguardaba a que hiciera su movimiento porque en algún lugar empezaría a equivocarse, a revelar su juego y a mí, pensaba, me bastaría el menor detalle para darme cuenta.

La mujer, ahora, me llama Jaime (yo, Gutiérrez, me llamo Jaime, me dije, y eso me produjo una cierta tranquilidad, como si las cosas se hubieran colocado en su justo lugar) “Jaime, la niña está mal de nuevo, debí vender la pulsera, Tapia me ofreció más, no le llevé el apunte. No te enojes ¿tá?”. Asiento como quien concede. Me he colocado cerca de ella, deliberadamente. Si saca un arma (pienso que esta mujer puede llegar a hacer cualquier cosa, da la sensación de ser impredecible), acaso pueda impedir que dispare. A mi lado puse una silla para defenderme.

Nada ocurre.

Ella ha continuado hablando de Yolanda, la niña, que la escuela, que la enfermedad, que los remedios. Y sigue llamándome Jaime. Se muestra cómoda, confiada. Se ha servido el té (buscó el pocillo en el aparador, encontró la cucharita en el cajón, el té y el azúcar en la alacena, nada me ha pedido). La miro y en verdad la admiro y la deseo, confieso que la casa tiene un cambio, un aire distinto que Natalia le ha dado. La casa parece acomodarse a su cuerpo.

“Tapia sigue molestando, tú sabés como es”. Me lo cuenta sin énfasis, como quien se limita a informar. De pronto me siento fastidiado. Interrumpo sus palabras: “No sé qué quieren, qué buscan. No soy de acá”. Le muestro mis documentos que ella mira por arriba, sin alterarse.

“Siempre supe que no eras uruguayo, ¿qué me querés decir?”. Se levanta, va sacándose la blusa, la pollera. “Tengo frío”, me dice al quedarse en corpiño y bombacha. “Mejor me voy a la cama”. Y endereza para el dormitorio.

Quedo aquí hecho un nudo, una pura traspiración.

He fumado mucho más de lo acostumbrado. No son las cuatro, la luz que prendí es la mínima. No quiero despertarla y tampoco hacer fácil el blanco si alguien intenta atacar desde afuera. “Acostate rápido que tengo frío”, me dijo, más bien me ordenó. A los segundos ya la abrazaba, ya gemía, ya se debatía en una lucha en la que reclamaba más y más de mí. Jadeaba, casi gritaba, me lastimaba la espalda, me insultaba: “Gutiérrez, hijo de puta”. Se agitó, apretó y gimió entre estertores, como si la hubiera matado.

Al rato dormía. En cambio yo me sentía despierto como nunca, agotado, perplejo, como si de mí hubiera fluido para siempre toda la savia. Natalia nada dijo como para aclarar las cosas y a mi vez continuaba sin saber de qué se trataba, qué papel debía jugar. Lo único que comentó antes de dormir, como quien habla del tiempo, era que si no pagaba Tapia vendría a buscarme. No a mí, a Gutiérrez .

Yo en tanto continuaba como un ciego.

Pero en otro lugar, donde mandan la piel, los sudores, las emociones, estoy sabiendo que no puedo ya desprenderme de Natalia, que ella es lo que en verdad he buscado. Que Natalia es mi mujer. Lo descubrí en el instante culminante del coito, lo sé con más claridad ahora que no puedo dejar de fumar. Hasta mí llega, me da la sensación de que llega, la fuerza del mar. Cuando despierte supongo que vendrán las aclaraciones. Y deseo que Tapia sea sólo un mal recuerdo.

Tapia, ese desconocido que odia a Gutiérrez. Que me odia a mí. “Gutiérrez, la niña”, “Gutiérrez, las cuentas”, “Gutiérrez, lo de Tapia”. Hermetismos, icebergs de historias que desconozco, que no me dicen nada.

Sé en cambio que debo retenerla a mi lado, impedirle que se vaya.

Hablo con exceso de sentimentalismo y sólo cuento con una certeza: para ella soy Gutiérrez, soy un hijo de puta pero soy su hombre. Y por eso sólo estoy dispuesto a aceptar cualquier cosa, cualquier riesgo.

Escucho un ruido ligero, como producido por alguien que ha pisado una rama u otra cosa quebradiza provocando un rozamiento muy débil y que me hace poner alerta. De inmediato vuelve el silencio y sólo sigo oyendo el sonido de los insectos.

No ha pasado ni un minuto y un nuevo ruido me sobresalta y no sólo a mí sino también a los bichos que dejo de escuchar. Otra vez lamento no tener conmigo un arma. Son pasos, me digo, de alguien que no quiere ser sorprendido. ¿Será Tapia, será ese tipo imaginado que viene a cobrarse las viejas cuentas que nunca contraje?

Con extremo cuidado abro la puerta trasera. Noche y frío. Nadie. Natalia, supongo, duerme. Avanzo, la casa no tiene paredes linderas, tampoco plantas, da sencillamente a la calle. Camino entre yuyales crecidos y árboles oscuros que todo lo confunden. A unos metros, siempre sin ver a nadie, escucho pasos. Me detengo.

Debí haber salido con la cuchilla, al menos, o la tijera de podar pero ya es tarde. Si Tapia me está buscando (si busca a Gutiérrez) tengo que intentar que me encuentre lo más lejos posible de Natalia porque ella le tiene mucho miedo.

Me decido: dejo de buscarlo y en cambio haciendo fuertes ruidos a propósito intento que me siga. Hay que alejarlo de la casa. Camino hacia la Rambla que Piria bautizó “de los argentinos” para atraer a los ricachones de Buenos Aires. No es mi caso, no soy rico, no soy nadie, no tengo nada salvo a esa mujer desconocida a la que estoy tratando de salvar, aunque no sepa si lo que siento son en verdad pasos o si los estoy imaginando.

Corro, porque si es Tapia supongo que habrá venido armado. Corro hasta el alto edificio que construyen sobre la Rambla. Han levantado catorce pisos y el viento hace oscilar la gran grúa suspendida en lo más alto. Siento a Tapia cada vez más cerca.

Me convenzo de que está armado y de que a mí, Gutiérrez, no me perdonará. Que ha venido a matarme. Entro a la construcción en la que no parece haber nadie. Subo las escaleras sintiendo la cercanía del desconocido, la cercanía de Tapia.

Llego a la terraza agitado, cansado, el viento se hace sentir con mucha fuerza. Una situación se me aclara: a Tapia no le interesan las deudas y tampoco nada de mí, de Gutiérrez. Quiere liquidarme para quedarse con Natalia, pero no lo logrará , no se lo permitiré.

Entre penumbras me parece ver en la terraza una figura difusa, en el sector que da al mar. La oscuridad me impide asegurar mi visión, no puedo reconocerlo pero igual sé que es Tapia. Tapia en la pensión de la 18 de Julio abrazando a Natalia, yo mismo obligado a pedirle dinero. Yo mismo vuelto un esclavo de Tapia que se ha ido apoderando de mi vida. Ruge el mar. Me anima, me hace ir hacia mi presunto enemigo.

“¡Tapia, soy yo, Gutiérrez!”, grito al aire, a la noche, a la sombra que veo o imagino ver y entre el fuerte viento y la tempestad del mar me abalanzo sobre ella.


23 Abr 2008

El cuadro de Hopper

Escrito por: cmoran24 el 23 Abr 2008 - URL Permanente

(Cuento inédito)

Como un cuadro del norteamericano Hopper, “en el que el tiempo se detiene y donde la luz ilumina pero no calienta”.

Nadie la nombra. Al dar vuelta las brasas se quema ligeramente la punta de los dedos, pero omite el detalle y sigue cuidando el asado. También continúa con el vino, bebiéndolo a pequeños sorbos, mientras que sobre la extensa parrilla la carne ha comenzado a oscurecerse. Eliana ríe con una risa estridente, tanto que en ese momento, pero sólo en ése, comprende que lo está traicionando con Héctor.

Héctor –que no la mira- observa con detenimiento el río, el lento desplazamiento del agua, los pescadores, los chicos que pasean en canoa, que es decir nada. Para Héctor, nada, quien no tiene la suficiente presencia de ánimo como para darse vuelta y mirar de frente a la que le ha entregado sus ancas y sus ansias. No tiene importancia.

¿Quién sería de todos ellos?

Llegan, auto recién comprado, Sabina y Mario, están exultantes, más de la cuenta, más de lo que sería aconsejable. Gritan, ríen ellos también, han traído vinos caros y postres, la vida es un cascabeleo. Las guirnaldas que ha colgado en la vivienda y los patios que la circundan dicen que están próximas las fiestas. El intenso calor también lo está diciendo.

Mario exhibe a Sabina, reciente adquisición. Él también lo había hecho en su tiempo, con ella, pero en determinado momento debió comenzar a acostumbrarse no sólo a dejar de hacerlo sino a observarla de lejos cuando su figura quedaba recortada en la ventana, vestida de tonos oscuros, una mujer opaca y silenciosa. Porque, al saberlo, al decírselo su cuerpo, había optado por el retiro y el silencio y la ausencia de compromiso. Ella, que había sido tan glamorosa y atractiva llevándose la vida y los hombres por delante. Pero después todo se volvió mutismo y la reducción a una especie de grado cero de sí misma.

El mundo se encuentra alterado, lo dicen las crónicas y además es tan fácil saberlo: Alcanza con encender la otra ventana, la de la televisión, prender la radio, leer los diarios o las revistas, pero ella no hacía nada de eso y por consiguiente no se enteraba. Tampoco se daba cuenta, quizás porque no quería hacerlo, del cambio de las modas y de cómo se iba modificando el lenguaje. Ella, que iba reduciéndose, permanecía únicamente atenta a su creciente deterioro. La tarde, la ventana, abierta si era el calor el que se hacía presente, ubicada tras los vidrios en el invierno. Cuanto él debía mirar desde lejos.

Sorpresas da la vida: Está enferma, le confirmó Julián pero también le aclaró que no era grave y sugirió llevarla a alguna clínica de Rosario o de Buenos Aires. Le proporcionó direcciones, nombres. Terminaba de colgar el teléfono.

Nadie la nombra. Hablan en alta voz. Le preguntan si el asado se demorará mucho más. Eliana, que contesta en su nombre, dice tonteras y palabrotas y vuelve a reír. Él se limita a asentir, ambiguamente.

Estamos solos todo el tiempo.

Ella debería ser el absoluto olvido. Pero es imposible.

Había sido así: Años antes prácticamente arreaba a los hombres, los arrebataba con su figura, su mirada, su manera de andar y de detenerse y de sentirse incómoda por algo impreciso que causaba a los demás una indefinida inquietud, una sensación difusa que al cabo resultaba una falta, propia, personal, y de ese modo terminaban sintiéndose en deuda. Con ella.

Sabía desconcertar y de ese modo ganaba. Haberla conseguido fue un triunfo del que valía la pena jactarse. Pero sin que pasara mucho tiempo ya no pudo hacerlo porque ella se volvió el silencio petrificado, la mirada vidriosa desde la ventana, ella que se dejaba estar mientras se empequeñecía y descascaraba. Nada le decía ni le reprochaba, pero él tenía conciencia de su absoluto fracaso, de la victoria pírrica.

Hubo una época –comparativamente breve- en que la casona fue escenario de una fiesta que parecía ser perpetua. Y de pronto todo se apagó, como en un cuento para chicos. Después apareció Eliana. No fue lo mismo. No podía serlo.

Ahora, luego de tan largo paréntesis, todos han vuelto como si tal cosa, pero nada es igual porque tampoco puede serlo. La piel se le fue amarilleando. No era la época de teléfonos celulares sino de fijos. Había extensiones en la casa.

Nadie la nombra pero en cambio alguien dice en la mesa “la vida es una carrera de obstáculos”. Y casi de inmediato: “El dinero, aunque no se crea, no trae felicidad”.

El río se encuentra en creciente y el agua bulle y se revuelve como si quisiera encontrarse a sí misma en sus profundidades. A los pescadores, ubicados en la otra orilla, se los ve contentos porque el agua trae con generosidad peces gordos y relucientes que han ido colocando en cestas, en plásticos ubicados sobre el yuyal. No preguntemos sobre lo que han comido.

Las pesadas moscas se hacen sentir, pero como ya han comenzado a comer la entrada, los primeros cortes de carne, las entrañas de la vaca, nadie las toma en cuenta (tampoco a los pescadores ni a sus peces relucientes), atentos como están a lo sabroso de la carne asada, al gusto brutal del vino. A las miradas que se lanzan unos y otros por encima de la gran mesa. Hay dinero allí y es, como todas las cosas, un juego. Peligroso y difícil, pero un juego al fin de cuentas.

¿Quién habrá sido? ¿Ellos o alguien que no fuera ninguno de ellos?

Es un juego pero no es un juego. Si se mueve una sola de las piezas todas las otras se desmoronan. Antes creía eso como si fuera una religión. Ahora duda de todas sus certezas. Ahora, cuando ya no importa.

Dardo es el que pronuncia las sentencias. El vino lo hace hablar con palabras tan pesadas como las moscas del verano. Allá, pero más allá, donde es apenas una figura difuminada, el petiso Pati habla con la mujer que ha traído para la reunión y a la que, para no confundirse llama Chiqui, aunque su nombre fuera Ana Delia. Si lo fuera.

¿La llamó Chiqui, alguna vez? No se lo preguntará.

Por lo demás, bien. Por lo demás tranquilos y satisfechos y, presume pero no está seguro, cómodos. Eliana, flamante dueña de casa, sin moverse de la carne, la ensalada y el vino, muestra las flores del jardín a las amigas que la felicitan por los resultados, como si hubiera sido su autora y no el jardinero el responsable del liviano éxito. Y un adicional, sobre el que nada dirá.

Ninguno se lo aclara ni aclarará, pero la nueva dueña ocupa un espacio que jamás le será propio. Eliana quizás lo desconozca o no lo quiera saber. En todo caso él lo sabe desde hace mucho. Ahora, simplemente lo constata.

Ella, la ausente sobre la que nadie habla y que es la que verdaderamente está presente, hubiera permanecido en silencio y sin duda no se habría integrado al festín. ¿Sin duda? No está seguro. La gente cambia, como ha cambiado Dardo, por ejemplo. Dardo es un ejemplo para la juventud. Eso debería decirlo en un discurso.

Afuera, pero mucho más allá, adonde no llegan ni su vista ni las preocupaciones de los visitantes, se encuentran los ranchos. Y quizás allí mismo o cerca o más allá aún están los ladrones que, entiende pero no comenta, ha logrado hasta ahora mantener a raya gracias a que adoba a la policía, a unos monigotes que se plantan firme en el ingreso al country y que lo saludan con falsa alegría. Esas cosas.

Ese estado de las cosas.

Pati aparte de bajito, es atropellado, da órdenes confusas al que ha quedado a cargo del asado quien busca apoyo en el dueño de la casa. Éste le hace una mueca que quiere ser amistosa, como diciéndole aguante que todavía no ha llegado lo peor y vuelve a prestar atención a lo que son las solemnes palabras de Dardo. El puesto de subsecretario que terminaba de recibir como regalo lo ha entonado haciéndole parlotear sobre obligaciones y sacrificios, también de las necesidades insatisfechas, “de todo lo que nos tenemos que ocupar”.

Al comienzo tuvo que aprender, pero aprendió rápido y ahora sabe cómo es cada cosa y habla de ello como algo sobreentendido.

Él también debió aprender. El dinero es volátil pero, le dijeron, lo supo, lo sufrió, lo conserva ahora, es mejor tenerlo que no tenerlo. Pero, lo supo también, hondamente, todo hay que pagar. Ahora mismo lo está pagando.

Las marcas de la vida, termina de decir.

Mira a Graciela pero la chica no le responde, quizás en otra ocasión. Todo es posible. Algo en el aire esfuma las cosas confiriéndoles como una pátina de humo que parece diluirlas y de ese modo llegan las palabras de Dardo. Marcas, muescas, muecas, las muecas de la vida, ahí, entre todos ellos. Ni el menor rastro de felicidad.

El cuarto es Roberto, que se demora en el interior de la casa. Aquí están. Graciela no es la mujer de toda la vida de Dardo y posiblemente su cargo de subsecretario le esté ahora recomendando cambiarla, como antes se cambiaba de monta cuando los caballos usados quedaban a punto de reventar.

Colgó el teléfono. Ella no debe haberse dado cuenta. Lo colgó y al rato Julián, que la había revisado y hecho estudios y mandado hacer otros, le dio el diagnóstico. Debe cuidarse, cambiar de vida, todas esas cosas que ella seguro no iba a hacer. Justo después de escuchar la conversación. La voz del hombre que hablaba en un tono tan bajo que no pudo identificar.

Con Dardo, podría decirlo de ese modo pero –claro- no lo va a decir, no, al menos, en la mesa, resolvieron transformarse en una especie de ariete, fuerza, a apretar los dientes y adelante, con el que arremetieron hasta lograr que Dardo se sentara en el sillón de subsecretario. Era un buen lugar, pero no el lugar por excelencia, había entonces que seguir. Sin embargo ya lo ve cansado, le advierte las grietas, las primeras vacilaciones antes de reaccionar. Dardo continúa con su monólogo insoportable, sus palabras parecen redondas y relucientes, pero sabe, y bien que lo sabe, que debajo no hay nada:

“El dinero, aunque no se crea, no trae la felicidad”.

Algo, pidió, para defender los rosales. A nadie se le puede echar culpa por el asado pantagruélico, pero de cierta manera todos tenían responsabilidad. En el último encuentro en la ciudad hablaron de volver a reunirse. Ya había pasado suficiente tiempo y Eliana había asumido sus nuevas funciones. ¿Era posible? Claro, cómo no, les dijo sin entusiasmo pero también sin quitarse la sonrisa en ningún momento. Para no mencionarla hablaron de otro ausente, Pedro. Pobre Pedro, enterrado, ceniza, comienzo del olvido. Y dijeron, mintiéndose, que bien la memoria de Pedro justificaba el nuevo encuentro. Pedro, repitieron, para luego hablar de inmediato de Dardo y de Graciela, y de Pati, y haciendo el esfuerzo del caso hasta nombraron a Eliana. Pero a ella nadie la nombró.

Una voz en el teléfono, parecía título de una vieja película o de una mala novela policial. No reconoció a esa voz. Podría ser, pensó, cualquiera de estos. O un desconocido, de los que tocan y se van. Cómo que no.

Su piel, tan bella, comenzó a amarillear. Julián confesó su desconcierto. Ella canceló reuniones y, melancólica, también canceló todo diálogo. Se encerraba en su habitación, en el lugar de la casa que aún hoy nadie toca. Ensimismada, se dejaba estar.

Cómo no, dijo al fin, siempre sin entusiasmo, pero también sin declinar la sonrisa. Los espero. Y aquí están reunidos en la gran mesa, festejando sin la mínima alegría, arrepentidos todos de haber cedido a la emoción. Lo que ocurre es lo habitual, lo sabido, no se puede ser original: De aquí no se sale. Es así de simple. Hasta Pati lo sabe y lo sabe Dardo. Hasta él mismo lo sabe. Ella también. Ella que en un momento dado dijo me voy. Pero no se fue.

A la que menos le gustó el reencuentro fue a Eliana, dado que no terminaba de ser la dueña del territorio. Y Pedro, se dieron cuenta al llegar, no ha sido en ningún momento el centro de la reunión ni tampoco ha dejado ecos de su ausencia. Ella, la no nombrada, cubrió todos los planos.

El tiempo se había ausentado.

Eliana llegó, se instaló porque él tenía, como suele decirse, la guardia baja. Ocurre, pasa. Le pasó. ¿Está arrepentido y más ahora con lo de Héctor? Es mejor no saberlo.

Es así, el asado del reencuentro se demora en volverse tal, Dardo continúa lanzando sus máximas al río, al aire. Graciela se mantiene alejada y Eliana sigue sin ocupar el centro de la escena. ¿Está arrepentida por su reciente relación con Héctor? Si se pusiera a pensar ha sido la consecuencia de la bebida y el hastío. Para Eliana tampoco debe tener demasiada importancia. Para Héctor, quizás, un poco más.

Pati afirma, cada tanto, que los tenía arrinconados y que no iban a poder con él, “en un puño”. El que ha quedado como asador cuidando los costillares que aún están a medio cocer lanza frías miradas hacia los comensales, ausentes de sí y ya bastante adobados por el alcohol. Ella, si se iba, al hombre de la voz desconocida le dijo que sí, que lo tenía decidido, hubiera contribuido a derribar el castillo. ¿De naipes? Era posible. En ese momento se cegó y lo rechazó. Quizás hoy hubiese sido y actuado distinto. Era probable.

Levanta el vaso de vino y brinda sin decir palabra. Los otros, a quienes se les escapa el gesto –o que no lo quieren advertir- siguen en sus cosas. Julián estaba desconcertado. Él también, pero por motivos diferentes. Los rosales volvían a florecer, alejados sus enemigos. Ella era una magra figura que se recortaba en la ventana, tarde a tarde, silenciosa, amargada. Se quedó. Después vino lo del río.

A eso, pensó, se le llama victoria pírrica. Después en su vida apareció Eliana. Él dio el manotazo y Eliana se instaló en la misma casa. Al segundo no más estaba arrepentido, pero ya era demasiado tarde.

¿Cómo podía continuar esto que estaba ocurriendo si ya todo parecía haber pasado y nada de cuanto sucedía tenía la menor importancia? Continuó como tenía que seguir, alejados de Pedro, de la memoria de Pedro, y en cambio volvían a situarse muy cerca del dinero. Porque Dardo, carente de identidad propia, sólo se solidificaba al hablar de plata, de transacciones oscuras, de extrañas transferencias que se mueven por circuitos locos aunque comprensibles para muy pocos, poquísimos en realidad, entre los que Dardo, dado que los milagros se concretan, se encuentra.

Dinero que hace enojar, de golpe, al abogadito y delante de todos. Como se dice en las películas, el enojo lo transforma, muta su rostro que se pone tenso como piel estirada por cirugía, parece a punto de querer tragarse el mundo. O, por lo menos, de tragárselo a Dardo aunque casi nadie termina de entender por qué. Él, en cambio lo sabe. Mucho de lo que Dardo tiene y carga debería ser del abogadito, pero así es la ley de la vida y hay que aceptarlo. De lo contrario, el río está allí, tan cerca.

Aunque nada ocurrirá. Nueva mirada de Eliana a Héctor o de Héctor a Eliana, no lo sabe bien y además y en realidad no interesa. No le interesa porque es ella la que está ahí, entera, como si jamás se hubiese ido.

Continúan sin nombrarla, pero todos saben que se encuentran acá por ella y no por Pedro, aunque ninguno lo admita y jamás lo confesaría en una declaración pública. Habrá tenido con más de uno de los presentes su pequeña (¿o grande?) historia de amor. O quizás no. Tampoco se abriría ese dique al que todos contribuían a mantener cegado.

Nada más que decir. Comen, se miran, el abogado siente un brutal peso en el estómago. Entre varios lograron si no convencerlo (na

die se baja alegremente de ese caballo), al menos tranquilizarlo, pero es su cuerpo el que resiste, el que le impide celebrar la carne y el vino, el que lo hace estar a la defensiva hasta cuando alguien le pide el salero.

Nadie más, nada más. Tan cerca está el río, tan cerca está el veneno. Ellos debaten por el dinero y él debate sólo por lo que fue, por lo que nunca volverá a ser. ¿Para qué aceptó el encuentro? ¿Para hacerla revivir, para reunirse como antes se reunían ante la mesa de tres patas y tocándose las manos convocar a los difuntos?

Tan cerca está el río. Se levanta con cualquier pretexto y se dirige a la zona de los rosales, donde el veneno hizo su buen trabajo. Ahora va hacia el agua que se agita y revuelve, guardando en lo profundo de sí todos los secretos.

Santa Fe, 2001-2009

“En el que el tiempo se detiene y donde la luz ilumina pero no calienta”, definición de la obra de Edward Hopper (1882-1967) tomada de un texto periodístico (“Edward Hopper cautivado por la luz de París”, por Octavi Martí, diario “El País”, Madrid, España, 7.4.2004, p.40)

08 Abr 2008

Déjame que te cuente, limeña

Escrito por: cmoran24 el 08 Abr 2008 - URL Permanente

(De “Ella cuenta sobre el mar”, Ediciones al Margen, La Plata, Argentina, 2006)

Porque yo, de Isobel, no digo palabra alguna.

Ustedes saben, me atuso los bigotes, lustro los zapatos hasta volverlos espejos, me pongo la ropa -impecable, siempre impecable, jamás un jean- y salgo a la calle, a conquistar el mundo. Conocen ese comienzo y conocen el final: la palidez de mi rostro, la imposibilidad de dar un paso firme, el cuerpo temblequeante, la ropa ajada, las arrugas colgándome de las orejas, el cabello movido, el bigote torcido, la mente expuesta a los vientos de la desolación. Así retorno al refugio de mi casa, al lugar que cada día que pasa va tornándose menos inexpugnable, cargando conmigo el agrio olor, los despojos de la ciudad.

Que es cuando habitualmente Isobel empieza a hablarme con su voz queda, la voz de canela ya descripta, y me susurra canciones cadenciosas que recuerda al río que desciende por la ladera mientras me da suaves masajes, me tonifica de a poco los músculos, me insufla energía y carga mi discurso de conceptos contundentes, me hace enfrentar al jefe hasta volverlo añicos -desaparece esfumado en el aire, es una buena figura, cualquiera de ustedes no dejaría de apreciarla-, me permite realizar operaciones de bolsa realmente atractivas (pese a la inestabilidad financiera de estos tiempos, a las que nadie puede escapar) y me sumerge por fin en el Mar de las Antillas.

Como siempre.

Después una buena cena -ese vinito francés, cosecha del ‘28, dicen que la mejor, yo no discuto mucho porque en realidad mis conocimientos gastronómicos son muy limitados, pero Isobel también en eso es una experta- algunos programas radiales o televisivos y luego el lecho, respecto de lo cual tampoco expresaré concepto ninguno.

A la mañana siguiente, ¿puedo decirlo?, brioso como un potrillo -reluciente el pelo, retumbantes los cascos, las crines vueltas conductores de electricidad- me levanto, paso al amplio comedor, no me quejo, no me quejo, pero podríamos variar, salir de estas croissant tan reiteradas, de la marmelade tan reiterada, del queso suizo tan repetitivo, más brasileño, mais tropical, pido, aunque no exijo porque tengo conciencia de las limitaciones que determina la vida.

Y luego, ustedes lo saben, me atuso los bigotes, lustro los zapatos hasta volverlos espejos, me pongo la ropa -impecable, impecable, jamás un jean- y salgo a la calle, a conquistar el mundo.

Por eso, me yergo sobre mi mismo, acepto el reto de la vida, pero no estoy dispuesto a decir palabra alguna sobre Isobel.

Debo admitirlo, mi jefe no me idolatra, más bien le soy una sombra que cae y pesa sobre él porque, también debo aceptarlo, en todo lo supero. Y bien que lo sabe. En consecuencia se toma venganzas y así, en vez de darme el puesto ejecutivo que merezco y mejor sé ejecutar, cae sobre mí el lampazo. En vez del ventanal desde el cual se domina el mundo, el cuartucho miserable de las escobas y las ratas. En vez del salario digno del rey que él mismo cobra, monedas apenas.

Es así que, injusticia sobre injusticia, no puedo disimularlo cuando retorno al hogar. Es entonces que Isobel me recibe en la misma puerta de la mansión, músicos de frac me rodean, se abren los ventanales que dan al mundo y vals y pollo a la naranja y albas escalinatas y ensoñaciones, hasta que terminamos en la amplia cama del interminable dormitorio. Luego de lo cual entreveramos cuerpos y almas. Pero tampoco sobre eso agregaré palabra alguna.

Ella me canta suaves endechas, la miel y la canela, el viejo puente del río y la alameda, ella danza conmigo los valses lánguidos y las polcas jocosas. Pasa sobre mi piel abatida cremas a veces innecesarias porque bastan sus dedos, la suavidad de sus dedos, la rotundidad de sus manos calmas. Isobel me conoce, me obliga a reclinar mi cansancio en el sillón Chippendale y me va alimentando, que los dátiles de Esmirna, que el pavo trufado, que las ostras recién llegadas de Madagascar. Por lo demás violines, por lo demás la araña central del Palacio del Eliseo. Por lo demás nuestra caída en el éxtasis y el esplendor de la fiesta de los sentidos. Sobre lo cual nada más diré.

Ah, mis amigos, ninguno retorno es fácil ni sencillo. Piensen, sin ir demasiado lejos, en el pobre Napoleón regresando de Elba. La prisión es escarnio, pero el poder también es prisión. Cuando salgo del hogar trato de reprimir la emoción que supone el abandono, pero no puedo evitar la sensación de desconcierto temiendo los terribles momentos por los que me hará pasar la batalla cotidiana aunque portando en mi magín la benéfica arma que me dará templanza: la posibilidad cierta del regreso. La posibilidad cierta de Isobel.

No es fácil, créanme, no lo es de manera alguna. El tranvía, en primer término, siempre lleno, el jefe -siempre el jefe- luego luego. La mala comida que sirven en la fonducha cercana al empleo, en tercer término. Discusiones infinitas con un cocinero que se empeña, día a día, en servir puchero, lánguidas sopas, un caracú sólo hueso, un queso pasado, frutas podridas. Es así, no cabe otra palabra, podridas.

Lucha despiadada, te estafan, es la verdad. No cabe otra palabra. Te pagan menos, cuentan cuentos chinos, dicen que he pedido muchos vales a cuenta, que así no se puede, que vaya a saber si llegaré al mes siguiente. Es de no creer.

Terror con la presunta dueña de casa, fíjense el desparpajo: dueña de mi casa. Llego a veces a casi disolverme cuando exige y exige el pago del alquiler. Está equivocada, como siempre, le pago espléndidamente sumas siderales, pero nunca queda conforme, se confunde -la ancianidad la confunde- y pide más y más dinero amenazando con denunciarme mientras no deja de mirarme con su torva mirada.

Por eso no veo el momento de refugiarme en los brazos comprensibles de Isobel, de danzar con ella el vals en el Salón Imperial, de ubicarnos en el balcón para contemplar los jardines bañados por la luna, de manducar los manjares preparados con sus manos de hada, de hablar de filosofías y disposiciones varias de las leyes vigentes. Y luego marchar, silenciosos, tomados de la mano, muertos de deseos, al tálamo nupcial.

Ustedes dirán: no deja de ser un problema. Y, en efecto, no deja de serlo. La ropa, digo. Se desgasta, nunca es exactamente la que uno quiere y necesita. Isobel, con sus cuidadas maneras, refunfuña. Y tiene razón. Dos veces que uno se pone la camisa y ya está, ya aparecen marquitas, muescas, arrugas que nunca más se van. Tres veces, lo más, cuando se trata de un pantalón. El pañuelo al cuello no resiste lavadas, los zapatos se marcan con huellas hondísimas, como si fueran alcanzados por la vida misma. Y así de seguido.

Pero del dicho al hecho... A cada rato llamamos al sastre, todo en casa es mejor, a cada rato llega con sus telas importadas, con sus figurines y hasta con sus modelos. Y me someto a él, claro que sí, no dificulto su tarea, no me opongo a las pruebas, tan cansadoras, a los fastidiosos arreglos. Y sí, llegar llega la ropa nueva, que el saco y la camisa y el pantalón -jamás un jean- y el robe-de-chambre y las pantuflas, todo flamante, que vienen a recomponer la situación. Pero sólo por un momento, porque se trata de la rueda del eterno retorno. Sísifo y yo somos una sola entidad.

Seguro que ustedes ubican a Vicent Price, el actor. El del pelo engominado, tirado para atrás, el de cara de águila, de nariz pronta a volverse flecha que te devorará las entrañas. El flaco, el doctor de las investigaciones científicas y perversas que nunca quiere contar que, de verdad, él tiene a la chica atada en una mesa de laboratorio y que se dispone a practicar con ella la más inmunda de las experiencias. Lo ubican, por supuesto. Pues bien, Vicent Price es precisamente mi jefe.

Cuando llega me mira con sus ojos de cernícalo, parado en una rama de un árbol seco de cementerio, y me larga su carcajada: “¡Siempre que se me viene malvestido usté!”, grazna y mueve los brazos, como director de orquesta, para que todo el coro de serviles lo acompañe en la burla atroz, me señalen con sus manos de garfio. Y lo hacen, cómo que no. Y encima de la burla, de inmediato, sin dejarme respirar, el lampazo, el balde, el trapo de piso, la escoba. Y al rincón. Cuánta injusticia.

Corresponde, entiendo que es así, dedicar mi capítulo a la presunta dueña de casa. Con ella, de verdad, no hay sosiego, no existe posibilidad de sosiego alguno. Que usté nunca me paga, que con sujeto como usté mejor andarse con cuidado, que tipo como usté tendrían que llevarlo preso, que me debe do, que me debe tre, que me debe cuatro mese, que mañana mismo voy y me lo hago desalojar.

Imagínense, grita a todo pulmón para hacerme quedar mal ante los vecinos -obsesivos mirándome la yugular, alentando a que alguien llegue y me la corte- y peor aún, buscando fastidiar a Isobel. A ella le pido que no se dé por enterada, ¿no conoces acaso a este tipo de personas?, mejor darles algo para que cesen sus ladridos, me responde Isobel en tanto abre la faltriquera y exhibe los dracmas, las rupias, los dinares, billetes y monedas y joyas de la dinastía Ming. Bastaría la más ínfima perla de su collar de Bacarat para hacer callar a la gorda y pusilánime y desdentada y peor hablada de la presunta dueña de casa, que para peor se me viene a llamar Josefa y con eso debería estar todo dicho, pero yo la sosiego: sigue cantándome lo del río y la alameda que se derrama mientras me encargo de esto, la insto.

Entonces escribo el cheque, lo rubrico con todos mis nombres y apellidos y abriendo un mínimo la puerta expelo el papel y sin esperar respuesta la cierro, con doble candado, y a olvidarse de rebuznos y gritos morbosos y a danzar con Isobel la danza de los setenta velos, que eso sí que es vida.

Pero no hay paz para los dignos, no hay paz. Siempre que se quiere avanzar le ponen el muro por delante para que uno se rompa la crisma. Que el jefe, que la que se dice dueña de la casa -es una pretensión absurda, lo sé ¿pero qué no lo es en esta existencia nuestra?-, el que te exige que le pagues lo que ya has pagado con creces, el puñal artero del mejor amigo, del peor vecino, los conocidos que te dan vuelta la cara, los que no quieren oír tus claros, prístinos razonamientos.

Por eso yo opto: Déjame que te cuente limeña, el sillón Chippendale y el jarrón de Bacarat, el champagne Dom Perignon y el agua mineral, los espejos rutilantes, la escalera del Castillo de Versalles, la diadema de Mata Hari y el vestido vaporoso que utilizara Evita. Dátiles y cornucopias y manteles de Marbella, ayer mismo nos llamó Victoria para una recepción. Agradecidos, Victoria, agradecidos, pero nosotros no salimos, nos quedamos, danzamos, mi cuerpo pide el cuerpo de Isobel. Pero sobre ello no diré palabra alguna.

Ruidos raros, dijeron los vecinos, luces extrañas, música y voces propias de escenarios decadentes. Lujuria y esplendor.

Los policías, al ingresar a la casita vieja y derruida, en la que nadie opuso resistencia, miraron un tanto sorprendidos la habitación mustia, la lamparita de 20 suspendida de un cable agrisado por la suciedad, el ropero estrecho y de espejo roto, la cama turca sin tender. La estrechísima cocina, la hornalla encendida recalentando el magro puchero, las ollas ennegrecidas.

Miraron, sin decir nada, su cara cubierta de arrugas, su calva reluciente, el peluquín colocado en la repisa. La ropa deshilachada, las chancletas. La punta de un cigarrillo sin prender en su boca. Nada preguntaron y se marcharon cerrando en silencio la puerta, que no dejó de chirriar.

Mejor, mejor que no hayan hecho ninguna pregunta, porque nada iba a responderles. Ni sobre el salón imperial ni sobre los higos de Esmirna, ni de la invitación de Pompeya ni de los violines sonando con total esplendor.

Ni de la ropa siempre lista y siempre nueva -impecable, impecable, jamás un jean-, de las condecoraciones, de los ofrecimientos del mundo que me siguen llegando.

Y menos que menos de Isobel.

Porque yo, de Isobel, no digo palabra alguna.

Santa Fe, Buenos Aires 19.3.98-17.11.00

19 Mar 2008

Percepciones de Irene

Escrito por: cmoran24 el 19 Mar 2008 - URL Permanente

(de "Ella cuenta sobre el mar", Ediciones al Margen, La Plata, Argentina, 2006)

Llega al departamento enojada consigo misma: “No debí discutirle al jefe, así terminás perdiendo y sabés que no hay otra cosa”. Al entrar al departamento solloza con sollozos secos que de nada la liberan.
Le hacen daño tanto el olor a encierro como la total soledad. En general trata de no tomar esas cosas en cuenta, pero en este momento parecen cernirse sobre ella y en cambio -viviendo una mala película- ciertos recuerdos, ciertas conversaciones cálidas y muertas la envuelven como si hubieran retornado justo ahora. Justo ahora mismo.
Le ocurre en un segundo, en menos de un segundo, pero igual el dolor en el pecho es fulminante y en ese momento se siente morir.
Y es en ese momento cuando comprueba la ausencia del cuadro.
Me entraron ladrones. Llama al portero tratando de mantener la calma, de no demostrar miedo, nerviosismo, pánico, aunque no puede dejar de pensar que los desconocidos pueden seguir aún en el departamento. El pecho se le ha vuelto un puro tambor batiente.
Don Juan, el portero, decide hacer la denuncia al comando policial, “es lo mejor para todos”. Le incomoda la idea de verse otra vez rodeada de uniformados, pero nada dice porque no tiene ningún motivo para oponerse.
“Vamos para allá”, comunican desde el comando y, efectivamente, al poco rato los agentes llegan y toman posiciones. Irene los mira actuar sintiéndose una tonta, por el llamado y por lo que está ocurriendo. Teme que, como la otra vez, le destrocen todo, temores infundados porque nada de eso ocurre. Los policías no ven ni encuentran nada raro, aunque el cuadro continúa ausente.
Con cierta ironía le toman la denuncia: “¿En cuánto lo valúa?”. No, no tiene demasiado valor, es apenas una buena reproducción que la acompaña desde hace tiempo, un payaso melancólico y azul que la ha animado en momentos de depresión. “A lo mejor usted misma lo retiró”. Ni siquiera ha quedado la marca infaltable en la pared.
Es como si nunca hubiese existido.
Los policías se retiran mirándola como si se hubiesen topado con la vieja histérica que inventa para lograr que entre gente, hombres, a su casa. No debo pensar así, se dice sin poder dejar de hacerlo. Revisa el departamento pero no encuentra nada que se vea forzado, pero de cualquier manera decide cambiar la cerradura sin comentárselo a nadie, ni a don Juan. Calmate, vivís en un lugar seguro, la puerta de calle está siempre cerrada.
Debería ir al médico y decirle doctor me olvido de las cosas. Mentira: sabe que nunca se hubiera desprendido del payaso, no del payaso que la enlaza con otra mujer, con otra vida eléctrica y punzante que no existe más.
A medias resignada a la mañana siguiente va al trabajo, a la inercia y la inocuidad del trabajo en el que se sumerge como quien se coloca en un túnel de vacío, sin emociones ni compromiso. Sin embargo, un dato impreciso la mantiene desasosegada, una molestia indefinida que la sigue al colgar la cartera, al acomodarse frente a la computadora, al corregir las facturas. ¿Algo que esté ocurriendo acá?, ¿la desconfianza habitual del jefe?, ¿será por lo del cuadro, me estarán vigilando? No, nada de eso, revisa una factura y en el momento de aprobar el total comprende de qué se trata: “El árbol”, murmura.
El árbol frondoso motivo de comentarios con los vecinos, un árbol de grandes raíces que han levantado veredas, ubicado en la esquina del departamento y que -está segura- no ha visto esa mañana.
No lo va a permitir porque, sintiéndose una militante ecológica, la presunta tala le resulta un verdadero acto criminal. Como no puede salir antes de hora la situación la hace equivocarse y la tensa, para peor engulle rápido una comida insípida y el resto de las horas la pasa con náuseas. Hasta que, cinco de la tarde, regresa por fin al barrio -está tan preocupada que hasta se da el lujo de viajar en taxi- con la intención de comprobar si el árbol sigue en su lugar o si todo resulta ser, como teme, obra de la soledad y de los inventos que te regalás cuando se acerca la vejez.
Pero ocurre que el gran árbol es una total inexistencia. La vereda se muestra despejada, estirada podría decirse, sin rastros del recuadro en el que el árbol -¿supuestamente?- estaba plantado. Se acerca al quiosquero de la esquina para preguntarle por la gran planta esfumada aparentando indiferencia. El hombre, siempre conversador, ahora da la sensación de no entenderla:”¿De qué me habla?”, inquiere a su vez y queda aguardando como si se tratara de un juego de ingenio.
Se trata, por supuesto, de una broma y de una especie de acertijo menor, chiste de barrio que la supera. Pero haciendo esfuerzos se decide a poner negro sobre blanco e insistir sobre el árbol ausente porque quiere denunciar al que haya sido el responsable. Sin embargo se contiene porque cuando al momento de hablar advierte en el quiosquero la misma mirada perdonavidas de los policías y del portero, como si formaran un grupo de conspiradores que se hubieran propuesto hacerle daño.
Quieren echarme del barrio. “¿Sí?”, insiste el quiosquero sin quitarle la mirada de encima. “No, nada, un error”, alcanza a responder y se aleja apretando la cartera, roja de vergüenza e indignación.
Decide no tomar el ascensor porque si conspiraban podía sufrir un accidente. Estás paranoica. Igual, resuelve subir por la escalera tomándose del pasamanos... que se ha perdido sin dejar rastros. Te equivocaste de edificio. Retrocede hasta la puerta pero sólo para verificar que la entrada es la misma, como lo son el espejo y las plantas (parecen faltar algunas), la puerta de picaporte dorado, la llave que introdujo sin dificultad en la cerradura, el mismo número y hasta el nombre de un tal Pedro que un desconocido marcó en la pared buscando la inmortalidad.
Todo sin cambios, salvo el cartel ubicado frente al edificio que se ha vuelto también pálido recuerdo -como en el caso del árbol ya han reparado las veredas- un hecho que golpeándola más de la cuenta le hace caer en los sollozos secos que de nada la liberan.

Se refugia en el departamento que hoy le semeja el útero materno y sus pensamientos derivan del extremo de la conspiración (quieren que me vaya porque les remuevo el pasado), al autoengaño causado por su histeria, de lo que inventa, yo, que no tengo inventiva ni para decorar una torta, hasta desembocar en otro extremo inquietante e inasible que se le presenta en nebulosa y en el que no quiere indagar.
No sabe con quién hablar. Adriana, la más íntima, vive, sobrevive, en Sevilla y no tiene teléfono. El huraño hermano se radicó con esa crueldad que es su esposa en San Luis, tan lejos de todo como queda San Luis. Y el resto es muescas o muecas, seguidilla de cruces o de otro tipo de ausencias.
Decide limpiar el diminuto departamento mientras piensa en distintas alternativas: me voy, alquilo hasta que pueda vender, me refugio en una embajada, lo que sea, no quiere problemas, ya soporté cuanto podía soportar, pero no encuentra la escoba. Ni el escobillón ni el plumero. Y un viento de fronda, frío y expeditivo, la sacude entera.

Me quieren enloquecer. No entiende cómo pudieron entrar si ni el portero tiene la llave nueva, pero en forma simultánea comprende que la presunta conspiración sería muy complicada, porque en el lugar del plumero y el escobillón y la escoba no hay nada, ni larguero ni ganchos ni clavos ni agujeros. Nada, como en los casos de las veredas y del pasamanos, del árbol y del cartel, todo resulta espacio vacío. Sólo persiste la pared.
Piensa en muchas cosas: en el rechazo que ha sabido hacer nacer en los demás, en la soledad que quizás le hace ver lo inexistente, en enfermedades mentales, en engaños. Piensa en equívocos, en pesadillas infranqueables y al hacerlo retorna al horror del pasado, a las imágenes del hogar y de los sueños perdidos y sufre, mucho y sin respiro, hasta que llega la mañana y trata de reponerse.
No puede ubicar dónde ha dejado la pollera negra y el saco que hace juego, tampoco el par de medias ni los zapatos cómodos. Esta vez lo acepta sin demasiados sobresaltos: si es broma me lo devolverán, si es robo dalos por perdidos. Y poniéndose otras ropas y otros zapatos más ajustados sale a buscar el ascensor, tomará cualquiera de los dos.
Un puro cuento, porque ha quedado uno solo como de lástima y en el lugar del segundo aparece, de nuevo, una lisa pared.

La pesadilla, porque para conspiración o chiste resulta excesivo. Te has metido en un sueño desgraciado, concentrate, cerrá y abrí los ojos. Lo hace, pero al abrirlos la pared sigue ante ella, libre de culpas.
Con temor baja por la escalera donde el pasamanos es sólo un recuerdo. Y en el palier no hay plantas ni maceteros. Nada, limpios los azulejos, ninguna marca de lo que para ella ayer mismo había existido.
Buscando en la calle a esos tipos extraños que, como antes, pudieran seguirla -sólo está el vecino, al que le falta el bigote- espera el colectivo para ir al trabajo, pero el 150 no llega. Y en un momento dado comprueba que en el poste de parada figuran el 3 y el 121, no el 150. El vecino niega con vehemencia: “Por aquí no pasa”. Su mirada, parecida a la del quiosquero, delata la desconfianza que despierta quien nos saca de la rutina y de la seguridad.
Como el que se resigna ante la muerte llama a un taxi. “No conozco calle Medrán”, le aclara el taxista. El edificio donde trabaja está ubicado en una esquina, Medrán es una de ellas, entonces le indica la otra calle, lateral, sintiéndose una espectadora colocada en lugar extraño donde una tras otra emergen las sorpresas. El túnel del tren fantasma sin ninguna salida.
El taxista para ante el 200 de calle Lemond y en lo que hubiera sido el 203 sólo emerge un campo yermo en medio de otros edificios sin ningún yuyal. Nada ni, menos, el edificio ni la oficina. No el jefe, no la compañera Juana, no el cadete, no el de los sandwichs. No tantos y tantos de pronto disipados como si nunca hubieran existido, ni historia personal, ni documentos particulares, ni huesos para depositar en las tumbas.

Paga y sin decir palabra baja del coche. Mira el descampado y luego los edificios contiguos que siguen siendo los mismos salvo los ausentes que semejan molares extraídos, reprime una estúpida sonrisa y camina mirando más terrenos secos y baldíos, más paredes lisas, hasta una calle entera a la que le han levantado el asfalto transformándola en una especie de desierto de tierra seca y sin marcas de civilización.
Va al parque donde vivió peligros creyendo diseñar el futuro. El parque de chicos, de aerobistas, de parejas... Nuevamente se ve ante un gran vacío, nada, el lugar yermo repetido, la más absoluta soledad. “Ni un pájaro”, se dice apoyándose en una pared que le sirve de único sostén.
Decide volver caminando pero con el temor de que el departamento sea sólo recuerdo. Debo hacerlo, allí están la ropa, el dinero, la comida. No puede recomenzar de cero. Y menos con el trabajo perdido. Todo se la ha vuelto una extensa nube negra.
Marcha sin rumbo. Allá falta una avenida, aquí la sucursal del banco, más lejos el Correo. No están la confitería de las masas finas y el bar en el que supo reunirse con Adriana. No se topa ni con el localcito donde ha comprado, sin ganar nunca, su billete de lotería.
Desemboca en el puerto donde no hay muelles, grúas, barcos y ve que hasta el agua va retirándose. Busca en los rostros ajenos -poca gente- el gesto de sorpresa o de miedo que deberían causar los hechos pero no advierte esos signos. Por el contrario, todo aparenta ser normal, aun frente a la manzana entera que ha ocupado la municipalidad. Ambiente tranquilo pese a que el cuartel de bomberos es otro débil, debilísimo, recuerdo.
Al menos en su memoria, ya que no parece un recuerdo colectivo.
Regresa cansada y con hambre. Quedan pocos edificios en pie, como si las extracciones hubiesen seguido hasta dejar una pobre boca despoblada.
Pese a sus temores el edificio donde vive se mantiene en pie. Eso sí, la puerta tiene una sola hoja, el palier no existe y la escalera se ve sin maderas. Y el departamento no conserva ni la cama que tanto necesita. El lugar es sólo una sucesión de habitaciones sin ningún mobiliario y absoluta carencia de parquet.
Se acuesta en el duro suelo. La ropa puesta no la salva del frío, “mañana despertarás y todo será distinto”, se dice tratando de darse aliento pero con la plena conciencia de que ya no queda nada más. Siente hambre y sed, pero no hay nada para comer ni tomar.
Se despierta desnuda. No se encuentra en su departamento. Lo cierto es que no sabe dónde está, acostada sobre la tierra yerma y estéril. Quizás estéril. La desnudez no le causa vergüenza porque se sabe sola. Ella misma, sola, sobre la tierra desnuda que es su única compañía.
Nada, ni un animal -ni un pájaro- ni un árbol, ni verde, ni edificación ni máquina ni construcción hecha por el hombre. Únicamente vos, se dice y se da cuenta de que sólo lo piensa porque no puede ¿o sabe? hablar.
Ni la palabra me han dejado.
Se levanta y decide marchar, marchar vaya a saberse adónde y hasta cuándo, por la tierra seca y última.
Que va rodeándola, rodeándola.

31 Dic 2007

Como una flor marchita

Escrito por: cmoran24 el 31 Dic 2007 - URL Permanente

cuento inédito

Juan, que llegó irritado a su casa luego de haber peleado con Cecilia, se encontró en la sala con un desconocido, gordo y vestido con un traje pesado, de invierno, cuya cara reflejaba un evidente desconcierto. “¿Puede ayudarme?”, le preguntó el desconocido, sin saludarlo ni, menos, explicar su presencia allí.

Aturdido aún por la pelea, Juan tuvo respecto del desconocido una reacción tardía, como si se demorara en llegar a las cosas, a sí mismo. “¿Quién es usted?”, preguntó finalmente. “Plaza”, dijo el hombre que se parapetaba detrás del sillón.

“¿Plaza?, ¿qué plaza?”. Juan no terminaba de comprender ni de entenderse. En cualquier otra circunstancia hubiera reaccionado de distinta manera, quizás atacando al intruso o, más previsiblemente y ante la posibilidad de que el visitante tuviera un arma, alejándose a toda prisa del lugar para dar aviso a la policía, pero no en ese momento aquejado como se encontraba.

“José Plaza”, dijo el desconocido e hizo amague de extender la mano pero de inmediato pareció arrepentirse. “¿Puede ayudarme?”, volvió en cambio a preguntar. El pensamiento de que le estaba ocurriendo algo insólito culebreó en la mente de Juan pero se disolvió casi en el mismo instante y en cambio se sorprendió, otra vez, a sí mismo oyéndose decir “¿cómo?”. Sí, cómo podía ayudar al desconocido, ese hombre que parecía atrasar, con su ropa, con su forma de hablar.

Engominado, sería la palabra, gomina, vaya palabra vieja, el pelo embadurnado con una cosa pegajosa, embadurnado y aplastado a base de un peine que Juan, estúpidamente, imaginó negro y mugriento, lleno de las sobras de esa pasta que mantenía aplastado el pelo contra el cráneo de Plaza. Si Plaza fuese su nombre.

Aunque no, momento, ¿qué estaba haciendo ese extraño en su casa? “Usted”, dijo Juan, nueva sorpresa, porque –joven- tenía la costumbre de tutear a todo el mundo, pero era evidente que Plaza no resultaba ser uno del montón, así que le dijo usted y se trabó porque en el momento mismo en que se proponía gritarle, exigirle que aclarara las razones de su presencia en la casa, cuando se disponía a pedirle que se marchara, se preguntó si Plaza no tendría un cómplice, mientras una campanita le hacía saber que, por decir lo menos, el extraño no era peligroso.

Un cómplice que estuviera aguardando escondido para asestarle el golpe, para hacerlo sufrir, para quitarle todas sus... Plaza levantó la mano, como si fuera niño de escuela pidiendo permiso para ir al baño, y luego de una pausa, que interrumpió el fluir de los pensamientos asustadizos de Juan, preguntó si era por ahí que pasaba el 70. Y agregó: “Voy a Lanús”.

Juan comprendió y se asustó con la comprobación. Es un loco y está en mi casa. Suelto, en su casa, los dos solos. Podía estar armado y aunque no lo estuviera podría atacarlo, de súbito y sin motivo. Intentó contemporizar, encontrar las palabras adecuadas. Cómo había logrado entrar a la casa pasaba a ser otra historia, ahora lo importante era calmarlo y obtener información suficiente como para que lo vinieran a buscar. Sacárselo de encima.

Paso por paso. “Usted”, repitió pero no supo cómo seguir. La idea que tuvo fue la del hombre ante una fiera, impedir el ataque poniendo distancia. Lo mejor hubiese sido salir y ponerle llave a la puerta de casa mientras buscaba auxilio. Pero no soportó la visión de la casa, sola, con un loco apoderándose de ella. Pensó que debía tranquilizarlo aunque él no era experto, desconocía cómo actuar en casos como estos. Paso por paso, volvió a decirse.

Con un gesto mudo lo alentó a que se sentara en el sofá que el hombre, Plaza, tenía frente a sí, pero éste no se dio por aludido y volvió a preguntar si podía ayudarlo. “A Lanús”, repitió con un gesto que a Juan le pareció propio de un bobo, de una persona con sus facultades disminuidas.

Sin embargo la campanita volvió a sonar para advertirle que estaba equivocándose. Que Plaza estaba desconcertado y que más allá de la gomina y de su ropa antigua era un tipo normal. “El 70”, repitió el desconocido.

Juan le observó la leve depresión en el peinado, como una marca, la opresión que hubiera dejado una herradura. El sombrero, se dijo, este Plaza usa todo el tiempo sombrero, pero en ese momento no lo llevaba puesto.

Sacarlo de la casa, con cualquier pretexto. No se animaba a dejarlo solo. ¿Se lo podría haber mandado Cecilia, como venganza? No podía denigrarla tanto, pensar negativamente en ella por el hecho, por el sorprendente y desagradable hecho, de que terminaba de dejarlo. De tirarlo a la basura, tal cual. Ella misma, una desconocida, indignada aún no sabía bien por qué –Juan no lo sabía, ella seguramente sí porque estaba enojadísima, se contenía, era evidente, aunque igual lo insultó y le dijo que se fuera: no te quiero ver más-, porque se negó tanto a hablarle como a permitir que continuara a su lado. Una locura.

Y el Plaza, acá, otra también. “¿Me puede decir?”, se interrumpieron mutuamente porque ambos arrancaron con exactamente la misma pregunta. Juan tenía la intención de preguntarle, con extremo cuidado, qué estaba buscando allí (cómo había entrado, cómo lo había logrado hacer si colocó dispositivos que, se lo aseguraron, son inviolables, “su casa ahora es una caja fuerte”, le aseguró el técnico) y en cuanto a Plaza, al hombre extraño supuestamente llamado Plaza (el loco), vaya a saberse qué quería decirle. Lo que dice es “Ana María”. Y agrega “que vive en Lanús”.

Pero Lanús, Juan es consciente de ello, está en Buenos Aires, en el límite entre la Capital y el conurbano, es una ciudad que conoce de refilón. Por lo que sabe o recuerda no hay otro Lanús en el mapa nacional. Quizás lo haya, algún pueblito perdido, pero el Lanús Lanús que suele ser citado es uno solo. Están a 450 kilómetros al norte de esa ciudad. ¿Vendrá de allí el loco?

O Martínez, en todo caso, tan amigo de las bromas pesadas. Pero nunca estuvo Martínez en su casa, jamás le dijo dónde vivía –hasta donde se acuerda- y... salvo que me haya olvidado las llaves... Lo que era una idea estúpida, porque sin las llaves nunca hubiera podido entrar.

“El 12 de octubre, mañana”, dice Plaza que, Juan lo comprende –es 21 de julio- sólo en ese momento, se ha extraviado, por decirlo así, en sus pensamientos, ha seguido hablando. De manera que a Juan le llegan palabras sueltas y así el discurso del desconocido le resulta paranoico, propio de un psicópata. Con todo ha retenido algunas de esas palabras, tales como “tranvía”, “Obelisco”, “la 9 de Julio”, “Sandrini”, “Crítica” y “Perón”.

Y ahora Plaza dice, de corrido: “Antes del 17, porque si no es todo un balurdo, por el acto, ¿se da cuenta?”.

Y de inmediato: “¿Puede ayudarme?”.

Juan, al observar aún más al desconocido, hizo rápidamente su composición de lugar. Este hombre, pensó, ha de haber estado mucho tiempo encerrado, su mente, confundida, pobre, tiene que haberse detenido cincuenta años atrás, por eso viste y habla de ese modo. Sí, porque el desconocido empleaba palabras del común que habían quedado en desuso y que Juan, un joven, apenas si había oído, quizás en boca de sus abuelos, o de sus tíos grandes, o –era posible- de alguna vieja película nacional pasada en la televisión.

No debía bajar la guardia, nadie podía asegurarle que Plaza fuera un ángel caído del Cielo. Si bien por su edad –el otro era considerablemente mayor- y su físico (Plaza estaba engordado, como quien come demasiadas pizzas y excesiva cantidad de guisos y él en cambio era persona dedicada a las comidas magras y a los ejercicios físicos) Juan sabía que llegado el caso le ganaría, en ningún momento debía olvidarse del arma. Del arma que, presuntamente, Plaza llevaba consigo para atacarlo.

¿Para atacarlo? ¿ese hombrecito, tan pobre que parecía, tan solitario como se lo veía? Aunque Plaza, despreocupado de Juan, volvía a mencionar a Ana María. “Como le digo, en el centro tomo el 70 y cuando estoy yendo para Lanús, imagínese la hora que es y yo no le llego a la Ana María, loca se me va a poner, ¿entiende?”.

Por supuesto que no comprendía nada, salvo que el loco, llevado por Martínez o por la venganza de Cecilia –o por quien fuera-, o quizás caído desde el cielo, se encontraba instalado en el centro de la sala, en su casa, adentro, pidiendo ser atendido. Y entendido. Una situación que no sabía manejar.

“Amigo”, Juan buscaba las palabras evitando lastimar y lastimarse, sí, como si pisara vidrios, amigo le había parecido válida, un machete adecuado para abrir surcos, porque imaginaba al cerebro de Plaza como una tupida selva en la que era casi imposible que penetrara razonamiento alguno, distinto a los huidizos y conflictivos pensamientos del loco. Un loco, suponía, está siempre a punto de estallar.

“Amigo”, repitió. Y Plaza lo miró de una manera desdichada, como si terminaran de comunicarle la muerte de su madre. “¿Puede ayudarme?”, preguntó por cuarta o quinta vez.

Juan recordó haber leído, o quizás se lo hubieran comentado, que los locos no debían ser contradichos. “Seguirles la corriente”, era la máxima de la calle. Quizás no fuera ese el remedio adecuado, pero como no lograba encontrar otro atajo optó por dejarlo hablar. Del maremagno de su historia acaso sacara alguna conclusión.

“Usted iba en el 70”, lo alentó. “Exato. Nueve y treinta, le digo. Viaje largo, por supuesto, magínese, lo tomé en la Nueve de Julio, un mundo de gente a esa hora”. Al desconocido pareció animarle la historia tanto que con una mirada pidió permiso para sentarse en el sofá. Juan lo alentó con un gesto que imaginó amistoso.

“A la Ana María se impacienta que es una cosa de ver, así que me fui temprano, le compré bombones, flores, porque en el Registro se fijan en todo, ¿me ve?, compré el traje en Muñoz, con eso le digo todo, el 12, le dije a la Ana María, que si lo hacemos el 16 ya es un lío bárbaro porque viene el malón de gente que viene a verlo al General, ¿me entiende? Calculé que si el 70 iba bien yo a Lanús llego a las 12, a las 12 del 12, a la Ana María le gusta hacer chistes con eso de los números, después seguro que juega a la quinela y la pega, se lo garanto, hasta le digo que conseguí asiento en el 70, iba leyendo Crítica, gran diario, siempre lo leía mi padre, y de pronto estoy acá, ¿se da cuenta?”.

Pobre hombre, pensó Juan, se bajó de ese tranvía hace cincuenta años y no logró subirse a ningún otro. Aunque, reflexionó de inmediato, nadie le daría los 70 u 80 años que debería tener. Supuso que habría comprado una historia ajena, la del padre, ¿por qué no?, y que refugiado en esa vida distinta aguantaba. Al fin de cuentas cada uno -reflexionó Juan- aguanta como puede.

Eso, que se trataba de un loco viviendo una historia traída por los pelos, en definitiva lo entendía. Bastaría con una llamada telefónica, una conversación hasta casi trivial con médicos y enfermeros y punto final, pero lo que no “cerraba”, como suele decirse, era la propia presencia del loco en su casa. En su casa que, no era lo garanto pero sí lo garantizo, las palabras de Giménez, el que le hizo las instalaciones de seguridad, no podía ser franqueada por extraños.

“¿Ve?”, dice Plaza y le extiende un papel. “Capicúa”, agrega el desconocido, tan abrigado, para comentar de inmediato que está cansado, que un viaje así cansa a cualquiera. “Me dormí”, admite, “y a lo mejor estoy dentro del sueño, aún”.

O sea que Juan tenía un doble o triple problema. De inmediato, debía resolver qué hacer con el hombre loco que ahora, encima, afirmaba encontrarse dentro de un sueño. Después, o junto, saber cómo había podido penetrar en su casa infranqueable. Y, aparte, pero como si fuera un animalejo que estuviera royéndole el cerebro, ese otro pensamiento que le causaba irritación y que venía acompañándolo desde hacía considerable rato, que le señalaba que Cecilia, insólitamente, le había comunicado el final abrupto de una relación que él creía viva, armoniosa y encaminada a un prolongado futuro.

Blando como bizcochuelo y extremadamente débil el visitante. Cuando comprendió que no le temía y que Plaza resultaba una verdadera caricatura, una exageración en sí misma, como un personaje de vieja historieta, Juan terminó de comprender de qué se trataba: una gran broma y también entendió, segunda deducción, que la visita se enlazaba directamente con el enojo de Cecilia, con la exageración –digamos mejor- del enojo de Cecilia que, visto ahora con la nueva perspectiva, se explicaba. Esto es, que todo se trataba de una representación, que en las habitaciones internas de su casa esperaban sus amigos para darle una verdadera sorpresa. Supuso que entre ellos, aunque vaya a saberse cómo, porque él se dirigió de inmediato a su casa, en el tren expreso en que transformó a su coche de por sí veloz, se encontraría Cecilia.

“¡Está bien! –gritó, ensayando una carcajada que le salió forzada- ¡ya pueden salir!”. Y quedó esperando.

Miraba la mirada sin vida de Plaza. Sintió simultáneamente hambre y náuseas y estaba aparte terriblemente cansado, tanto que debía hacer esfuerzos para mantener los ojos abiertos. Le dolían además imprecisas partes del cuerpo, dolores que no terminaban de focalizarse. Hacía rato que Plaza dejó de hablar. Continuaba sentado en el sofá, al parecer también muy fatigado.

En la mano de Juan, estúpidamente, como una flor marchita, se doblaba el boleto del tranvía 70.

Santa Fe, viernes 2, jueves 22 de noviembre; 22 de diciembre de 2007

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Soy un escritor y periodista que vive en Santa Fe, República Argentina. En el presente blog voy incorporando textos narrativos y comentarios sobre libros y autores, por lo que me propongo mantenerme en el territorio de lo literario. Al menos por el momento.
En un artículo del blog (en el tag o ventana "Noticia") doy más detalles sobre mis datos bio-biblográficos. He incorporado también en "Invitados" textos de escritores amigos.
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Carlos

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