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18 Dic 2007

Historia del mago y la mujer desesperada

Escrito por: cmoran24 el 18 Dic 2007 - URL Permanente

Este cuento apareció en

"Noticias desde el sur" (Universidad Veracruzana, México, 1986)

Noticias de Sergio Oberti de  Carlos Roberto Moran

"Noticias de Sergio Oberti" (Puntosur Editores, Buenos Aires, 1990)

Portada de "Cuentos de magia"

"Cuentos de magia" (Páginas de Espuma, Madrid, 2007)

El mago era viejo y ya no ejercía.
Se refugiaba en su oficio de vendedor ambulante y también en su idioma, cada vez más extranjero. A medida que había ido envejeciendo en vez de clarificar su castellano lo pronunciaba más y más rarificado hasta volverlo un galimatías, como si de la Europa Oriental que casi no conoció le llegaran voces arcaicas que incorporaba a su personal diccionario, por obligación o necesidad. De manera que al hablar se le entreveraban pronombres y sustantivos, géneros y números. Se hacía además el olvidadizo, pero en verdad los conocidos afirmaban que tenía una memoria fotográfica y que se aprovechaba de todas esas circunstancias para informar, en tiempo y forma.

Decires.

La mujer llamada Male, en tanto, se ponía cada vez -cada día que pasaba- más y más nerviosa.

Muy nerviosa, al mirarse en el espejo. Aunque no era la Reina Mala de Blancanieves preguntando sobre quién era la más hermosa de la comarca, sino la hembra que habiéndose complacido sumergida en ríos de delicia y semen llegaba ahora hasta sí misma, pasada la fiesta, muerto el esplendor, para comprobar que las arrugas aumentaban, que engrosaba la papada. Que los años habían caído sobre ella, todos juntos y sin aviso previo.

Por eso se desesperaba. Como la violentaba saberse sola, sin amantes que la mantuvieran y celebraran, hasta el punto de haber llegado a escuchar noches atrás en un bar, mientras trataba de divertirse y olvidar tanto dolor, un despectivo “la vieja” expresado, escupido, por un muchacho que se refería a ella, muchacho, lo estaba creyendo hasta ese momento, que se encontraba deslumbrado por sus encantos.

El mago no deseaba retornar a la escena. Tenés que hacerlo, le decía Mingana, su viejo representante. Se encontraban en el café mugroso de siempre, acumulación de oscuridad y humo de cigarrillos, el mozo con el saco blanco manchado y lejos sonando la voz de Gardel, entre ruidos de platos y cubiertos, de órdenes de pedidos dadas a los gritos.

El mago no tenía interés: “Magó no querrer hacerrlo”.

Mingana, que salvándolo de tanta miseria ambiental también se salvaba, buscaba convencerlo: “Magó, hay buena plata, hacelo por la amistad, aunque más no sea”.

El mago estimaba a su representante a pesar de tener la certeza de que siempre lo había estafado. Pequeñas trampas, escamoteos menores que sin embargo habían complicado su vida ocasionándole variados disgustos. Uno de los motivos que lo llevaron a dejar la profesión fue precisamente el de la estafa. “Mingana no serr verrdaderro amijo”, se decía para sí. Y, sin embargo, lo dejaba hablar, tomando conciencia de lo mal que le irían las cosas a Mingana como para andar pidiéndole favores.

“Me dijeron: conseguilo al Magó, es el mejor, vos podés, sos como un hermano para él”, exageraba, gordo, grasiento, mientras exterminaba los maníes. Terminó confesando que andaba en la mala: “Me vendrían bien unos pesitos”.

Y, finalmente, el mago cedió. Más por Mingana que por él mismo. Se trataba de una actuación ante el Gobernador, los funcionarios, sus mujeres, toda una corte con la que nunca se había llevado demasiado bien. Pero también aceptó -debía admitirlo- porque desde allí llegaba el alimento, precario, limitado, pero alimento al fin.

Así que fue a su casa, buscó y rebuscó entre maletas, bultos y roperos viejos y fue encontrando los naipes trucados, los ramos de flores surgiendo de la nada, las cajas ahora vacías ahora repletas, los pañuelos interminables. Trataría de encontrar reemplazantes de Francisco, que había sido su conejo, y de Flavia y Lucía, sus desaparecidas palomas.

Encontró el traje de las funciones, la serie de telas colorinches que le permitían armar un escenario presuntamente oriental y el turbante con plumas. Los observó con ojo crítico a la luz solar y aparecieron marcas y manchas y hasta algunos agujeros. Supuso que limpiando y remendando estaría en condiciones de presentarse ante el público. Le empezó a gustar la idea de retornar a escena.

La mujer se sentía derrotada. En esos días había fumado y bebido en cantidades. Se pasaeaba por su casa atravesada por los recuerdos. No soy yo, se decía al mirarse al espejo, no me reconozco. Cada vez que se sentaba a comer intentaba limitarse, pero la situación sin salida le provocaba angustia y en consecuencia más engullía y más engordaba. Y continuaba sintiéndose derrotada. Hubiera querido encontrar el valor -ella hablaba así- para matarse, para arrancarse de la vida absurda. Pero seguía allí, tirada en la amplia cama, abrumada de masitas y licor de guindas.

Y además cantaba canciones viejas y melancólicas y cuando decía aquello de de mujer a mujer lo lucharemos a ver quién vence tomaba mayor conciencia aún del vacío que la rodeaba, que no existía siquiera mujer enemiga. Ni, menos, alguien por quien luchar. Entonces más y más lloraba, más y más se desesperaba.

Se le ocurrió recorrer las agendas con los nombres que fueron, aunque muy pronto se dio cuenta de todo el tiempo que había pasado y que tenía prácticamente a nadie a quien acudir. Terminó dando con el número telefónico del representante anotado en una agenda vetusta que dormía en un cajón. Mingana, dijo en voz alta recordando los costosos regalos del hombre, la dedicación que tuvo hacia ella en los pocos meses que estuvieron juntos. A lo mejor está muerto, pero igual, trato de ubicarlo. El número era viejo, había sido cambiado, pero telefónica mediante logró dar con él. No se lo ocurrió que Mingana podría andar sin dinero. Menos, que también para él los años habían pasado como fuerte tormenta que todo derribara a su paso.

Mingana, como remedo de mago, conservaba con muchas dificultades el teléfono. Tarifas altas, dinero escaso, la próxima vez, le dijo el conocido de la telefónica, no te voy a poder impedir el corte, el cese del servicio como decían con idioma sutil los de la empresa. También el teléfono le hacía ver cuál era su presente y cómo podría ser su espantoso futuro.

Mingana atendió un poco sorprendido porque casi nadie se acordaba de él. La voz de la mujer lo confundió. ¿Quién, Male, cuál Male? No podía ser la Male de cuerpo demoledor, la mujer que había despertado en él ¿cuánto tiempo hacía? todo la pasión y que lo dejó por otro con más poder, con mucha más plata., ¿Qué puede querer de mí esta hembra? se dijo, equivocando presente con pasado. Arrulló la voz, le dijo cuánta alegría, mirá la sorpresa. Y Male apeló a su sicalíptica ronquera, me da gusto hablar con alguien que fue tan pero tan amigo, he estado tanto tiempo afuera, quisiera verte. Cómo no, dijo Mingana, pero no le dijo que no contaba con dinero alguno, ¿de dónde saco plata para atender a semejante mujer?

Sin embargo no se arredró porque no deseaba perderla, no de nuevo. Convinieron en encontrarse en el bar de un hotel, recoleto y apropiado.

Fueron, pero no se reconocieron.

Y no lo hicieron porque ambos fueron al encuentro confiando en la memoria y fracasaron, como suele pasar. Estaban cerca, buscándose sin verse y sólo un qué decís, Mingana, dicho por un conocido del representante hizo descender a Male de las nubes a las que se había trepado y así vio frente a ella la verdad del gordo y mal vestido actual, sobre quien pasó también el desvastador ciclón dándolo vueltas como a un guante, centrifugándolo, desflecándolo. Y a él, a Mingana, le pasó otro tanto.

No fue en consecuencia el encuentro feliz supuesto por cada uno. Quedaron frente a frente y mutuamente desencantados, ¿qué hago con esta vieja? ¿qué puedo sacarle a este muerto de hambre? frustrados, sintiendo que la vida era una verdadera inutilidad: tanta filosofía, tanto desgaste, tanto corazón destrozado para llegar a este encuentro, el mano a mano de dos inútiles. Debieron rendirse a sus mutuas verdades: ya no eran conquistadores.

Aceptándose Mingana contó lo del mago y Male confesó sus carencias. Ella recordaba al Magó, como lo llamaba Mingana, se acordaba de su niñez cuando ese hombre extraño de pequeños bigotes y calva incipiente, un tanto encorvado, le sacaba interminables monedas de detrás de las orejas; lo volvía a ver saludando con respeto a su madre, quitándose el sombrero. También lo recordó rozándole los incipientes pechos, a los trece años, nunca supo si por accidente o por premeditación, gesto que la hizo ruborizar y sentirse muy confundida. Viejas fotografías.

La función iba a ser gubernativa, a beneficio, de ella cobrarían Mingana y el mago. Y ahora, al saberla necesitada, el representante se comprometió a gestionarle una tercera parte. Si aceptan deberás hacer de ayudante.

De manera que Mingana los presentó: Magó, es un honor, dijo Male irónicamente, pero el mago, solitario y viejo, no advirtió la tomadura de pelo y en cambio sintió amor y deseo por esa mujer desbordante, atracción por tamaño cuerpo, por la sonrisa fácil, por la manera ronca de hablar de Male que era su mejor carta de presentación. “Honorr serr mío”, dijo el mago.

Practicaron los viejos trucos: el mago hacía desaparecer naipes y pañuelos y en su reemplazo emergían flores y pañuelos. Fallaba un poco pero, se decía, Male lo creía también, con algo más de práctica los problemas resultarían superados.

El mago la trataba con fingida indiferencia aunque en verdad se sentía conmovido por los celos y -especialmente- por la familiaridad de Mingana con ella. No le gustaba que Male fuese tan fácil. “Muguerr, preshta atención”, le reclamaba a cada rato. Era su manera de equilibrar las cosas.

Para Male devolver la atención a Mingana con algunas noches de compañía no significaba nada. Trataba de congraciarse con el mago sin conseguirlo. Buscaba la manera de evitar sus enojos reiterados, pero tampoco lo lograba y eso la desconcertaba. A lo mejor busca desprenderse de mí, y esa actitud distante y hosca le hizo ir interesándose por la figura hermética del mago aunque sin lograr (al comienzo) quebrar su (supuesta) cáscara de indiferencia.

Fue al intentar sacar el pañuelo de las mangas cuando sus manos quedaron desoladoramente desnudas, marcadas por venas, manchas, arrugas. Male lo miró preocupada y el mago al sentirse observado empezó a respirar con dificultad. hasta llegar a ahogarse, creyendo que sus pulmones no recibían aire, que se estaba por morir. Empalideceó y el rostro se contrajo en una mueca. ¿Te pasa algo? se atrevió a preguntarle Male, asustada. “Cayar muguerr”, ordenó, “no hablarr, confundirrme”, dijo con disgusto mientras se reponía, a medias, del susto. Volvió a hacer el ejercicio y esa vez sí, la mano se vistió con un pañuelo rojo, verde y celeste y a cuyo influjo la cara del mago recobró la tranquilidad.

Al rato dijo: “Perrdona palabra, magó ponerr nerrvioso”. ¿Nervios?, preguntó Male y lo acarició. El mago creyó morir nuevamente.

Magó, dijo Mingana, espero que no tengas problemas en la función. El mago no le contestó y en cambio se levantó para pasar al baño. No te preocupés, buscó tranquilizarlo Male, todo anda bien.

Ella lo había estado alentando. Con mucha simpleza había aceptado volverse su amante. ¿Mingana? ¿qué pasa con él? No te preocupés, magó, mamita te quiere sólo a vos. El mago se derretía entre sus gordos brazos.

Lo había alentado a seguir preparando la función para que no se deprimiera, pero no estaba convencida de haber actuado bien. El mago aumentaba las fallas, reiteraba los erros, le temblaban las manos. Los pases más elementales no le salían con la seguridad y la fluidez necesarias. “Creerr –dijo en un instante de desaliento- que no deberr presentarrme”.

Pero Male intentó estimularlo, cosquillas y sonrisitas y palabras convincentes, porque tenía conciencia de la necesidad de dinero, de lo mal que ambos vivían. Y, más oscuramente, comprendía que el mago necesitaba volver al escenario, no tanto para reemprender una carrera definitivamente extinta pero sí para recuperar –por menos de una hora, a lo mejor por sólo escasos minutos- los momentos de esplendor que alguna vez fueron. O creyó que fueron. Daba lo mismo. Por eso le dijo a Migana que todo andaba bien, intentando tranquilizarlo aunque ella se sintiese muy insegura, sospechando el próximo fracaso. ¿Te comprás una cervecita?, preguntó para distraerlo.

Al mago quizás (quizás) los trucos le hubieran salido un poco mejor si Male no estuviera a su lado. Hacía mucho tiempo que no convivía con una mujer y el saberse dueño (en todo caso casi dueño) de semejante criatura lo trastornaba, lo hacía desesperar. Y a eso hay que sumarle los nervios, la preocupación de saber que no podía equivocarse cuando se presentara ante el Gobernador y su corte. Y también sumaremos los años, los achaques, la falta de práctica, “essto de que la mano no ressponda y que muguerr no entienda”.

Al vestirse en el improvisado camarín, mientras las autoridades, los notables de la ciudad, los invitados especiales, aguardaban en la vasta sala transformada en platea, temblaba y la transpiración le corría por el cuerpo. Male trató de enfundarse una malla demasiado estrecha y tuvo que optar por un vestido generoso de escote. “Mucha tet”, dijo el mago, pero ella no le hizo caso.

Le sugirió en cambio empezar por lo más fácil, las flores que aparecían de la nada. El mago la insultó porque no le gustaba que nadie se metiera en su trabajo pero –ya en el escenario- fue lo primero que hizo. La mujer calaba muy hondo en él.

Salieron a la intensidad de la luz y un cerrado aplauso los recibió, quizás porque muchos conocían al viejo mago que había sido, pero mucho más probable porque la pareja despertaba la atención, el mago con su ropa multicolor y Male como queriendo salirse del vestido ajustado.

Saludaron inclinándose como si estuvieran ante el rey. Hubo murmullos porque Male casi desbordó y el mago, a su vez, hizo una reverencia exagerada. El viejo sintió un fuerte dolor de espaldas pero no dejó de sonreír.

En ese momento se escuchó fuerte y grosera la voz del gobernador: “¡Qué hembra!”, bramó, haciendo resaltar sus dientes sospechosamente relucientes y parejos en medio del uniforme brillante.

El mago apretó los dientes, en su caso desparejos cuando no faltantes, y varió de su colores su cara, que fue de lo pálido al rojo furioso. “No te preocupés”, le murmuró Male buscando calmarlo, tratando de enderezar las cosas, de salvar lo que se pudiera en medio del evidente, creciente derrumbe.

No fracasó en el primer acto. Las flores aparecieron puntuales en la caja hasta un segundo antes vacía. Tuvo una ligero titubeo, pero no más que eso, en el juego de naipes. Pero ante el ligero (también evidente) error fue aplaudido y así se salvó la situación. Lo malo empezó cuando hubo aplausos más elocuentes al escucharle decir en su idioma personal “magó mosstrarrá violín” y exhibió una pequeña guitarra. El mismo quedó desconcertado porque su intención no fue la de decir violín, pero como el público –especialmente el Gobernador- rió y aplaudió (y mucho más cuando la guitarrita se volvió inesperado baúl de donde sacó coloreados tules, un diccionario y hasta un canario flauta prestado), las aguas volvieron a calmarse y el acto se encarriló. En apariencia.

Porque fue más torpe con los pañuelos, que se demoraron en aparecer al trabarse en medio del ejercicio. El mago se puso muy nervioso –su pequeño cuerpo comenzó a temblar y Male no supo cómo calmarlo- y más aún porque hasta él llegaba la fuerte voz del Gobernador que hablaba de las carnes de la mujer, de cuánto se decía sobre ella. Los corifeos lo acompañaban, riéndose, burlándose de la pareja.

El mago era su subordinado y eso bien que lo sabía el Gobernador. ¿El mago?, preguntó. Como era de la capital no conocía demasiado la historia menuda de la mediana capital de provincia. Fue entonces que uno de esos funcionarios, digamos Miguel, de los que nunca faltan se encargó de darle detalles sobre el Magó. Cuando chicos, contó con un dejo melancólico, íbamos siempre a sus funciones, sacaba monedas, cartas, juguetes, palomas del aire mismo. Nos decía “agarra moneda” y cuando íbamos a quitársela de la palma de la mano ya no estaba más y aparecía en cambio detrás de nuestra oreja, debajo de la nariz. Miguel fue de nuevo Miguelito, el Guito del rancho supérstite entre casas de construcción, puchero amargo, pelotas desinfladas y atisbos de felicidad en el cine que podía ver, de tanto en tanto, El Gordo y El Flaco y, más que nada, el mago. Guito se desdibujó y tornó a ser el adusto funcionario que debió dejar de hablar porque la voz se le había quebrado. El Gobernador lo miró con extrañeza. ¿Y ahora?, preguntó para quebrar la emoción del momento. El funcionario, Miguel, carraspeó y recuperándose le contó que si bien el viejo vivía de la venta ambulante de tanto en tanto, “ya que recorre las calles y conoce a muchísima gente”, nos acerca valiosa información. “No tan valiosa”, aclaró el jefe de policía, el Magó chochea, conoce cada vez menos, confunde cada vez más. Inventa. Pese a eso el Gobernador decidió: El Magó, que sea, nos vamos a divertir y algunos, como usted, señaló al funcionario, Miguel, van a poder suspirar un poco más.

Y mayor fue el entusiasmo al saberse que Male también sería de la partida.

El mago, por no conocerlas demasiado, idealizaba a las mujeres y, en todo caso, les temía. La moral nunca fue su suerte y en consecuencia no había sentido mayores reparos, reclamos de su conciencia, a la hora de entregar a éste o aquél justificando así el sueldito que se le fijaba por planilla complementaria. Pero al chochear y vacilar y –peor- confundirse, equivocarse y equivocar, dejó de brindar seguridades. Alguna vez le dijeron, con lástima porque los Guito que lo recordaban de la espléndida niñez se repartían en las dependencias burocráticas, tené cuidado, nos trajiste mala información. Le comenzaron a pagar cada vez menos hasta que un día amenazaron con cerrarle la cuenta. Algo le dejaron, por la pena que despertaba, pero él debía esforzarse para sobrevivir con su magra jubilación y las escasísimas ventas. O por cosas menores, como era también esta representación inventada por Mingana.

Male, en tanto, había vivido una prolongada época de esplendor, pero ahora había descendido hasta el límite mismo de la pobreza. Se sabía gorda y despreciada, sin futuro. Y hete aquí que el mago le daba seguridad. Había decidido dejar la fábula de lado, aceptaba la precariedad de su presente y a la vida, por así decir, le pedía muy poco: que el mago pudiera volver a la regularidad de las funciones (y el acto oficial podía ser excelente punto de partida), que ella fuera eficaz ayudante y que mutuamente se apoyaran en el picado mar de la vejez. Pero, era cada vez más evidente, sus deseos se evaporaban rápidamente en el escenario en el que el Magó fallaba, se equivocaba, volvía a hacerlo, se lo veía bañado ensurdo. Hasta ella llegaban las barbaridades que en un sobreactuado in crescendo lanzaba el Gobernador y esa andanada, que en otro momento ni siquiera hubiese oído, la ponían en tensión. Male se desesperaba.

Arreciaban las bromas y las carcajadas. El mago era una sola gota hedionda, las lágrimas le saltaban mientras trataba de hacer pie en medio del vendaval que lo sacudía haciéndole perder pie, equivocarse, colocar las manos donde no debía, decir palabras incorrectas, errar en cada truco. Y como remate al pedir la espada dijo sonoramente “la eshpalda” y toda la platea estalló en risas, aplaudió, gritaba. El Gobernador gemía bajo el uniforme y las carcajadas.

Si hubiese sido por él, sólo por él, acostumbrado a la humillación y el vasallaje, no se habría dado por enterado. Pero en el medio estaba Male. Había dejado de interesarle el pasado de la mujer y en cambio, rotundamente, le importaban el presente que estaban viviendo y el futuro posible, con Male como apoyo y más que eso, provista de una ternura que lo hacía sentirse extrañado y agradecido. Y por ella se esforzaba y transpiraba en el escenario. Y por ella le saltaban las lágrimas de la impotencia.

Pero sus esfuerzos eran excesivos y vanos: no había flores ni conejos ni pañuelos, ni monedas ni cartas ni cigarrillos apareciendo en los lugares correctos. Todo era negativo ¿qué hacer? Las risas y los comentarios venenosos le resultaban cuchillos atravesando la piel (la suave piel, para él) de la mujer desesperada.

“Vámonos, Magó”, le suplicó Male. Era conciente de que no verían ni un centavo, que les aguardaban la pobreza extrema, que iba a quedar desamparada, obligada a entregarse por un plato de comida, nieve y frío y ventisca, el asilo al final del camino. Pero no aguantaba las risas y las bromas crueles, la lástima que sentía por el hombrecito, por ella misma. “Vamos”, le insistió cuando las primeras monedas comenzaron a caer en el escenario.

El mago sintió la voz que le perforó hasta lo más profundo de sí. Interrumpió su intento inútil de extraer la paloma de la galera –a esta hora ya estaría muerta, sofocada en su encierro- y miró la platea. La miró, podría decirse, por primera vez. Vale decir que miró al Gobernador, rubicundo, rojo de risa, a punto de reventar dentro de su uniforme reluciente y apretado. Miró a Miguel, a quien conocía de siempre, pero no vio en él la pelota, el rancho de techo a dos aguas, no vio las piernas sucias, el pelo parado, no vio al Guito pidiéndole déme la moneda don Magó, miró a los otros, a los ministros, a los secretarios, a los funcionarios, a las señoras que lo acompañaban, sus mujeres, sus secretarias, amantes viejas o nuevas, les miró sus poses descuidadas, la saliva escurriéndose por las dentaduras pulcras trabajadas por dentistas pulcros, vio a ellos, bienvestidos que habían perdido compostura y cuyas ropas comenzaban a rasgarse, a mostrar hilachas, a reventar como ya parecía reventar el uniforme engalanado del Gobernador, los vio ahítos, abarrotados de comida, con los sexos húmedos y colgantes, satisfechos, orinándose como comenzaban algunos a orinarse, , exhibiendo lo mal ganada, lo peor conseguido, mostraban sus historias como si fueran objetos de culto puestos en escaparates con todas sus luces. Exponían –el Mago lo estaba viendo- cuanto no se debía mostrar, lo mal obtenido, léase lo que tomaron de éste que murió y de aquél que desapareció. Se pusieron en el escenario, como número vivo, las escenas que le comentaron, que alguna vez vio, que a lo mejor quiso presenciar, momentos que tuvo que callar, situaciones vividas como testigo y jamás como protagonista, siempre complicado con ellos, siempre cómplice.

Se dio cuenta. Digámoslo así: se dio cuenta. O habría quizás que decir comenzó a darse cuenta. Y también, en ese mismo momento ¿cómo explicarlo bien? dejó de ser ellos. Y empezó a ser en cambio el sangrante, el paralizado, el obligado a firmar un documento, fue el que tuvo el síncope, el asmático, el esfumado. Fue, ¿se puede decir de ese modo? los otros.

El Gobernador se levantaba, sexo enhiesto, dispuesto a tocar los pechos de Male, hedía y gemía, las mujeres se exhibían, lo alentaban, los funcionarios estaban tensos y derretidos, una mezcla de fuertes olores iba apoderándose del blanco recinto. La mano del Gobernador se acercaba a la generosidad de Male. Mingana, que había sufrido toda esa noche, el propio Mingana, se reía abiertamente, estaba a punto de explotar, de su barriga emanaba pus.

Male volvió a pedir “vamos, vamos”.

El Magó, de súbito, dejó de transpirar. Dijo “no” y detuvo el gesto del Gobernador. Dijo “Esso no”.

Se había enderezado y su rostro dejó de escapar de entre máscaras de variados colores y fue él, él mismo, con todos sus años, las marcas buriladas por el tiempo, la extranjería. Lo que era.

Y entonces el Magó dijo “vamoss muguerr”. Acá, habría querido decir, estamos de más. Pero no dijo nada más.

Hizo en cambio, ante los extraños que explotaban, que se entreveraban con sus detritos en medio del lujo y las luces explosivas, un pase, rescatado de algún conocimiento antiguo y que tomaba de un mundo personal y misterioso.

Sus manos fueron de acá para allá.

Y sobre el escenario no quedó nadie.

Primera versión , 1986

Segunda versión: Santa Fe, 21 de julio, 18 de agosto de 1998

08 Dic 2007

Fotografía

Escrito por: cmoran24 el 08 Dic 2007 - URL Permanente

Este cuento "me acompañó"durante muchos años. Antes de llegar al libro apareció publicado en Argentina y México y mientras el tiempo pasaba fue objeto de varios ajustes. Finalmente quedó incluido en "Ella cuenta sobre el mar" (Ediciones al Margen, La Plata, Argentina, 2006)

Es un gesto que parece detenido en el aire. Ha quedado con el brazo extendido que resulta, por otra parte y debido a la refracción de la luz o a la mala posición de la cámara o a otros hechos o cuestiones que por el momento se desconocen, lo que más se destaca porque se ha colocado en lo que podría denominarse un primerísimo primer plano.

El gesto de la boca parece ser, según cómo se lo observe, una sonrisa, una mueca o -es también factible- una demostración de dolor.

Quien hace el gesto tiene el cabello movido por el viento. Lleva el pelo corto que en parte, un flequillo no totalmente definido, le cubre a medias la frente. El cabello puede ser rubio o entrecano.

La toma rectangular se va agrisando y adensando en la trama a partir de la cintura del hombre hacia abajo donde se confunden con el resto el saco suelto y oscuro y el pantalón. Ese resto lo conforman el parque, las lomadas y la casona, blanca y amplia, que semeja un telón de fondo.

En el costado izquierdo se advierte la mitad del cuerpo de un perro de pelaje corto, manchado, de gran tamaño, parado en dos patas, presumiblemente jugando o sujetado por otra persona, que no aparece en la toma.

Ha quedado asimismo registrado, más a la derecha, fuera de la casa, un automóvil.

El aumento que se le practicó a la toma ha permitido verificar que el coche tiene las puertas cerradas, salvo una, la delantera izquierda, que está abierta y por la que se ve salir a una mujer, ya con la casi totalidad de su cuerpo afuera, quedando una de sus piernas descubierta, resultando -en la toma- una barra blanca, tal como si con ella se sostuviera una estructura. El resto (se hace referencia al interior del vehículo) se pierde en la pesada gama de grises hasta volverse sólo una mancha oscura.

En el ángulo superior derecho el cielo se muestra poblado de nubes que suelen anticipar mal tiempo. El vasto terreno que circunda a la casona y que se advierte de modo parcial en la toma permite colegir, sabiéndose que dicha deducción podría ser cuestionada, que la edificación está ubicada en el campo o, al menos, en las afueras de la ciudad. En ese espacio geográfico no aparece ninguna otra construcción.

Por un camino cercano, al fondo de la toma, hacia arriba, se observa la presencia de un camión. El vehículo tiene un mismo tono oscuro, sin diferenciarse sus colores y sin poder determinarse si es una persona o más la que se encuentra en su cabina.

El viento movía los árboles ubicados en las lomadas o más precisamente sus ramas, en el momento de practicarse la toma. Los árboles han sido plantados en hileras a los costados de los caminos.

Debido a las nubes amontonadas, al despoblamiento de las ramas y a las hojas caídas puede deducirse que la toma se ha practicado en otoño o en los comienzos del invierno. Adicionalmente permite llegar a esa conclusión la vestimenta de quien parece saludar. En los anteojos de esta persona se proyecta la luz y en ellos puede verse reflejado un objeto, presumiblemente metálico.

En el parque, entre quien extiende el brazo y la casona, está colocado un juego de sillones con su mesa de jardín, desocupados en su mayor parte.

La excepción está dada por uno de ellos en el que se había sentado un hombre que hace, en la toma, el gesto de levantarse, apoyando sus manos en los brazos del asiento mientras mira el objetivo. Tiene la boca entreabierta, como si quisiera hablar o gritar.

En la mesa ubicada en el parque aparecen unos naipes y en otro sillón juguetes dispersos. Su dueño, se deduce que un niño, no está en la toma, no descartándose la posibilidad de que se hubiera encontrado cerca del lugar o jugando con el perro parado en dos patas, parte de cuyo cuerpo tampoco se ve.

Los vehículos al momento de realizarse la toma estaban detenidos. Eso resulta obvio en el caso del automóvil y deducible respecto del camión, porque su perfil -entre agrisado y ennegrecido- se ha fijado con nitidez, imagen que no se hubiera podido obtener en el supuesto de que estuviese estado en movimiento.

Las ventanas de la casona en su mayoría se ven cerradas, salvo una ubicada en el borde superior de la toma y en la que se ve a una persona que parece saludar, repitiendo el gesto de quien se ubica en primer plano, quizás llamando o tratando de ser escuchado.

En la ampliación practicada un objeto indeterminado sobresale de esa ventana, presuntamente asido por la figura. Un objeto un tanto alargado, tubular, oscurecido por la distancia y sólo con un reflejo de luz en su extremo.

Tanto la imagen del primer plano como las restantes dan la impresión de conformar una unidad, como si las partes estuvieran vinculadas entre sí.

El resto de lo que se ve en la reproducción, que tiene un tamaño rectangular, de 12 centímetros por 25 y que ha sido llevada en su ampliación a los 60 centímetros de alto por 1 metro 20 centímetros de ancho, revela algunos otros detalles.

Puede añadirse en consecuencia que el hombre que se levanta apoya con naturalidad la mano izquierda en el brazo del sillón y no la derecha, con la que sostiene un objeto oscuro, de pequeñas dimensiones, algunas de cuyas partes brillan, objeto que no termina de definirse, por lo que no se puede agregar más sin caer en conjeturas.

Se reitera que en la mesa del jardín aparecen unos naipes, pudiendo deducirse que el hombre que está ubicado en primer plano, como el segundo que ha quedado a medio levantar del asiento, jugaban o se proponían hacerlo en el momento de la toma.

Por consiguiente, siempre en el plano deductivo, ambos deben haber sido sorprendidos en el instante mismo de fijarse el cuadro.

El vehículo situado al fondo y a la derecha -en el margen superior- se presenta totalmente de costado, de manera que no podría determinarse su procedencia a partir de sus chapas patentes si ellas pudieran ser leídas. Corresponde indicar también que la lejanía de su ubicación impide saber si lleva inscripciones en sus laterales.

Al camión se lo ha colocado en la zona más elevada del terreno desde donde su conductor podía observar el paisaje circundante en su totalidad, incluyendo la parte trasera de la casona, el automóvil detenido, sectores del parque, las personas sentadas en el jardín y a quien o quienes se hallaban detrás del objetivo.

El automóvil, por habérselo detenido muy próximo a ese objetivo, se ve más nítido. Ha quedado estacionado de tres cuarto perfil y en la ampliación practicada se puede observar un permiso de libre tránsito, colocado a la derecha del parabrisas y que se suele otorgar a profesionales, políticos, funcionarios, autoridades.

El que saluda o hace un gesto o trata de detener algo que le hubieren arrojado, parece haber querido levantar la mano izquierda, puesto que el brazo correspondiente no cuelga a lo largo del cuerpo sino que se muestra a medias torcido, como si hubiera sido sorprendido en el momento de levantarse y cuando intentaba retirarse del lugar.

Se puede establecer que quien saluda está vestido según la última moda con ropas de marca que en la toma, por ocupar un primer plano, se destacan.

No ofrece esa misma impresión el que se está levantando del sillón con la dificultad que, al parecer, le presenta el objeto que lleva en la mano derecha y del que no puede o quiere desprenderse. Este viste ropa oscura del tipo deportivo sin hacer la combinación de saco oscuro, remera clara, pantalón agrisado del que, supuestamente, se levanta.

Por el pelaje y la contextura del perro puede deducirse que se trata de un animal de gran porte, del tipo guardián. Un perro de raza cuyo mantenimiento y cuidado suele exigir un considerable gasto a quien sea su propietario. El hecho de que el perro no atienda a quien o quienes manejaron el objetivo hace pensar que las personas que lo utilizaban le eran conocidas. El perro podría encontrarse jugando, como inicialmente se señaló, sin descartarse la posibilidad de que haya estado sujetado por las patas. Si se diera este último caso quien lo sujetaba debería ser alguien conocido por el animal puesto que, caso contrario, hubiera sido atacado, dado su tipo de raza.

La mujer sorprendida a medio salir del automóvil, de acuerdo a la ampliación practicada, lleva el cabello largo que le oculta a medias el rostro. Es una persona joven y al parecer no mira, o no puede o no quiere mirar, la escena.

El hombre del primer plano, el del brazo extendido, tiene el rostro alterado, su boca dibuja una a, como si quisiera hablar. Su rostro aparece repetido en un afiche a medias destruido, fijado sobre la pared de la casona, del que pueden leerse unas letras impresas en gran tamaño: una C, una A, una N, dos D, una T.

Quien saluda, o hace una mueca o un gesto de dolor, lleva debajo del saco una remera clara que en el momento en el que quedó fijada ha tomado un tono más oscuro en la parte central izquierda del pecho, donde ha aparecido una mancha irregular que al parecer iba extendiéndose, cobrando su forma.

27 Nov 2007

Una razón de ser

Escrito por: cmoran24 el 27 Nov 2007 - URL Permanente

Este cuento estuvo "de visita" en la página del escritor mexicano José Luis Velarde. Ahora lo publicó en el blog porque a pesar de que lo escribí en el 2004 las cosas no parecen haber cambiado demasiado. Lástima.

Ocurrió, cuenta Williams con voz ligeramente melancólica, en ese paisito a punto de caerse del mapa, meses después de que fracasaron las investigaciones y los cateos hechos en el extremo sur, donde “seguro”, según afirmara el magnate francés, iban a encontrarlo, pero no pasó así. Por el contrario, por más que perforaron y perforaron e hicieron relevamientos satelitales no apareció ninguna gota negra y oleosa, ni el menor rastro del ansiado petróleo. “Nada - le dijo compungido el ministro al líder mientras, temblando, le entregaba la renuncia - sólo agua”. El agua también tiene su valor, le contestó el líder tratando de recuperar parte del ánimo, y del gasto, perdidos, “pero no cuando contiene cianuro, como la nuestra”, tuvo que aclarar en un hilo de voz el ministro renunciante en tanto pensaba si podría salvar a su familia dado que a él, por lo menos, menos de diez años de mazmorras no le iban a tocar.

Siempre y cuando el líder estuviera de buen ánimo.

Y fue también después, añade Williams, que pese a estar retirado sigue atento a los vaivenes de este mundo, que fracasara lo del príncipe y lo de la hija del líder. Lo del príncipe, la verdad, no iba a darles al paisito, su líder y su corte, dinero contante y sonante, salvo para ser vendida la historia a “Hola” y semejantes que hay en el orbe, porque el príncipe, y ahí sí Williams admite que tuvo su intervención, llegaba con blasones pero sin dinero, perdido por algún abuelo aficionado al turf, por algún padre aficionado a las bellas damas del siglo pasado, duras, inflexibles y viciosas de los diamantes.

Pero el príncipe podía atraer inversiones y turistas. Sin embargo no fue, no pudo ser, se lamenta Williams aún hoy, dado que no bien el príncipe llegó a esas distantes tierras y se puso a observar y justipreciar lo que había y, especialmente, todo lo que faltaba, y sintió el calor y el hedor y vio en primer plano las masas sudorosas extendiéndole sus manos, no sabía si para tocarlo o para pedirle limosna, y después de auscultar en primerísimo primer plano la verdad de la hija que no era la otra verdad retocada, la de las fotos y la de la filmación hecha con filtros, pegó la media vuelta y sin dar demasiadas explicaciones regresó en el mismo avión que para fletarlo el país entero debió pagar un platal y que significó otra renuncia ministerial y otro ingreso a las mazmorras.

Es cierto que el líder había pensado que con el príncipe podía llegar el turismo y al turismo siempre se le puede vender algo, artesanías y platería y viajes en burro y montañas y pasto y algo de mar, porque algo de mar, no demasiado templado y no demasiado extenso y sin infraestructura, después de todo tenían. Pero sin príncipe, a olvidarse de los turistas y a buscar otra cosa. Porque más cambios de gabinete no podía hacer y si bien la última reforma de la Constitución le permitía postularse a la enésima reelección, debía pasar por el incordio de los comicios. Y no siempre se puede, decía el líder mientras movía sin ganas las piezas de ajedrez y esperaba que su contrincante, el entonces cónsul Williams, le diera alguna otra buena salvadora idea.

Porque en el extremo sur del país perdido, justo al lado de dónde había salido agua envenenada en vez de petróleo, empezaron a abrirse las bocas para expresar, ay de mí, quejas. Y en el extremo norte, en el límite con el desierto, hubo también rechinar de dientes y las rutas, de súbito, como por milagro, empezaron a ser cortadas, primero por grandes árboles que la atravesaban, después por gente, concreta gente que al parecer algo le provocaba descontento, como si se hubieran puesto piedritas en sus viejas zapatillas para generarse dolor y protestar.

Y difícil ganar las elecciones si hay que mandar exceso de reses al matadero.

Williams permanecía silencioso, avanzaba las piezas del ajedrez con lentitud, hablaba de los cañones que les dimos y de las camionetas y de los fusiles que con tanto esfuerzo les conseguimos, me parece que con eso alcanza. Pero el líder, que conocía el suelo nativo, no las tenía todas consigo. A un ministro lo terminaban de hacer callar de un tomatazo y el propio arzobispo debió interrumpir una misa donde había exhibición de sables y condecoraciones porque se escucharon silbidos, reproches y uno que otro explosivo suelto.

- Así no llego-, le admitió compungido y, para que Williams comprendiera la seriedad de la situación, dio por terminada la partida.

Esa noche el cónsul no tan honorario durmió mal porque comprendió que era su responsabilidad. Lo propio, lo que dicen los manuales de historia, es el salto hacia delante, pero el cónsul recordó que la historia reciente mostraba a los coroneles griegos impacientes por invadir Chipre y al general argentino del whisky en la mano impaciente por invadir Malvinas, él aún les dice Falkland porque es de la estirpe de los cónsules que no se equivocan, y recordaba con claridad los resultados que tuvieron ambas artimañas. Ello lo llevó a colegir que, de ser salto hacia delante tenía que tratarse de algo diferente, de algo un tanto más original.

Pensó mucho, cuenta hoy Williams con evidente nostalgia, consultó en su computadora personal, buscó en archivos polvosos y en otros, más recientes, se pasó en vela la larga madrugada hasta que, un aviso mínimo y en inglés, le dio la pista: Un avispado norteamericano vendía lotes en la luna porque ninguna ley se lo prohibía. Y había quienes compraban, porque tampoco las leyes prohibían la estupidez humana.

Después de todo… se dijo el cónsul y a primera hora de la mañana, con su primer whisky ingerido para entonarse, fue y tocó el timbre en el Palacio Presidencial. Llegó sonriente, amplio de gestos, diciendo incluso algunas palabras en el idioma nativo, lo cual lo hacía saludablemente gracioso y por eso las pronunciaba mal, para que el efecto cómico se acentuara.

- Después de todo… Y lanzó su propuesta: Una batalla pero sin sangre, una acción nacional a futuro, una especie de reclamo de espacios vitales que a nadie molestara. “Habrá protestas”, dijo el líder. Las habría, ellos mismos pondrían el grito en el cielo, ellos, su propio país, por supuesto que sí, pero en definitiva sería como discutir el sexo de los ángeles.

- ¿Y usted cree que con eso será suficiente?

Suficiente, al menos, para ganar las elecciones. Sí, pensaba que sí, si el líder hacía el gasto suficiente. Vale decir, si cubría el país de punta a punta con consignas y carteles, con gorritos y banderitas, sí, si lo transmitía con convicción y justeza. No hoy, no mañana, pero será a partir de ahora nuestro sueño. Cosas de esa clase.

- Se van a reír.

Se reirían y burlarían, pero qué importaba. Bastaba con que se buscara un joven emprendedor, que lo exhibiera como su ministro, justo él tenía su candidato, que contratara técnicos y publicistas y que vendiera la idea. “Haga de cuenta que es pasta dentífrica, o una nueva gaseosa que pone en circulación”.

Entonces, en el magno lanzamiento de su enésima candidatura, ante miles de entusiastas llegados de todos los rincones de la patria, con el claro y fácilmente identificable dibujo del planeta Venus (porque la Luna imposible y porque Marte era el objetivo elegidos por quienes de verdad podían llegar allá), en banderas y pancartas el líder dijo: “Lo reivindicamos como nuestro, será para nuestros hijos, será nuestro dream”. Y las masas que entendían poco igual aplaudieron y vivaron, porque la propuesta como original era original.

El ministro ungido, joven, recibido en Chicago, simpático y arrastrando el idioma nativo de una manera parecida a la forma de hablar del cónsul, se hizo retratar entre banderas y fotografías de cohetes espaciales, de transbordadores, de cosmonautas ajenos. “Ya tendremos los propios”, aclaró. Y anunciaron sus propósitos en distintos lados, pese a protestas formales y reclamos en las Naciones Unidas, “a dream is a dream”, dijo el ministro, explicó y se reiteraron las banderas, las pancartas, las consignas y quienes en el suelo nacional empezaron a criticar la propuesta recibieron el mote de infames traidores a la Patria y conocieron el pétreo suelo de las mazmorras.

Que pidan Venus no molesta a nadie, explicó el cónsul por su teléfono encriptado, no se preocupen, debió agregar, ganamos las elecciones y ya está. Hablaba en plural porque el suelo nativo se le colaba en la sangre, como se le colaba una casquivana mulata nativa, cosas que suelen ocurrir.

Y, tal cual, con Venus en las pancartas y en simpáticos sombreritos de cartón, en carteles multicolores y en slogans que aparecían entre telenovela y telenovela, con las voces ariscas –que nunca faltan porque no todo es felicidad en la vida- acalladas, las cosas volvieron a su cauce, al menos en los meses cortitos que duró la arrolladora campaña electoral en la que hubo zapatillas y pelotas de fútbol, sonrisas de dentífrico y el futuro provisorio descrito ante las masas sudorosas, las zanjas abiertas, el agua servida, las ropas vuelta andrajo, que fueron convenciendo a unos y a otros porque el futuro, que tenía forma de cohete espacial, estaba no más al alcance de la mano de cada uno.

Fue así que el líder volvió a ganar ante dos débiles rivales (uno, arrinconado, apenas si pudo votarse a sí mismo, el otro, alentado, recibió algunas diputaciones, algunas concejalías, algunos coches relucientes, algún viaje al Caribe) y fue devuelto en alas de gloria al Palacio Presidencial.

A los días ya agonizaban los carteles que, pegados a los murallones, decían que Venus era el objetivo a conquistar. A las semanas no había ni rastros de la campaña y de la propuesta de llegar alguna vez “para hacerlo nuestro” al por ahora inabordable planeta no quedaba nada, con lo cual el plan simple y sencillo del cónsul no tan tan honorario demostró su eficacia y Williams se sintió reconfortado, especialmente cuando recibió felicitaciones del Propio Verdadero Presidente. “¿Ya está?”, se limitó a preguntarle y Williams, con indisimulable sonrisa, asentía enmudecido de emoción ante el teléfono satelital.

Todo, salvo el pequeño detalle de la placa que, en un rincón del Palacio Presidencial, deslucida porque nadie le pasaba un paño, anunciaba que en ese ala se encontraban las oficinas del “Ministerio de Venus” al que, puntualmente, día tras día, llegaba el joven ministro designado, joven y ambicioso, joven y educado en Chicago, quien seguía haciéndose conducir de su casa al Palacio, utilizaba el teléfono celular, se hacía servir café y continuaba preparando memorandos que enviaba al líder con puntualidad anglosajona y que el líder ni se dignaba mirar, como a tantas otras cosas.

La perturbación de apenas una olita en el mar.

Ocurrió esta vez, recuerda Williams siempre sin ocultar su nostalgia, en el otro país, en el que sí contaba, que el Propio Verdadero Presidente un día de estos, mirando el cielo, oteándolo con telescopio porque en el fondo del corazoncito patriótico se decía “en algún momento, hijo mío, todo esto será tuyo”, ubicó, diminuta y esbelta, pequeña y coqueta, casi haciéndole un guiño mágico desde la distancia, a Venus. Sí, a la misma Venus. Y sintió un vuelco en el corazón.

Tomó su celular encriptado y llamó al jefe de las expediciones interespaciales y después de preguntarle por su esposa Jane y sus hijos Bill y Cinthia y cómo le había salido esta vez la tarta de arándanos le dijo, se miraba las uñas, se aplastaba el pelo, que lo mejor era olvidarse de Marte, que ahí la tierra era demasiado roja para su gusto, que había calor y ninguna esperanza de vida, que por qué no cambiar, vida es cambio permanente, y le sugirió, con la amabilidad de quien sabe que sus sugerencias tienen que ser tomadas como órdenes, que pensara de aquí en más en Venus, “nuestro nuevo objetivo, nuestra bandera, nuestra razón de ser”.

John, que era el esposo de Jane, y el padre de Bill y Cinthia y el amante de Patricia, pero para qué fijarse en este detalle, y que no había digerido bien la tarta de arándano, pero eso tampoco figurara en su biografía autorizada, y que venía de superar cuatro presidentes y cinco by pass, dijo sólo “comprendido” e interpretando como nadie la palabra del Propio Verdadero Presidente ordenó de inmediato la impresión de afiches y pancartas, de stickers de campaña, con el slogan “Venus, nuestro objetivo, nuestra bandera, nuestra razón de ser” y ordenó, también, el cambio de programas y la instalación de otros software en las supercomputadoras del Centro Espacial.

Lo cual, tratándose de un nuevo capricho imperial tipo huevos de Fabergé, no tendría la menor importancia, vientito que se levanta de pronto y que de pronto se apaga, pero ocurrió que la noticia, como tantas otras, llegó también al paisito que casi se caía del mapa y en el mal momento en que las masas sudorosas comenzaban a rascarse y a quejarse porque les picaba otra vez las molestias de los sueldos inexistentes y del hambre omnipresente, demostrando carecer totalmente de originalidad.

Que fue cuando el joven ministro, el ambicioso, el que se la creía, el olvidado además, dijo “¡No puede ser!” (y se dijo, ésta es mi oportunidad, pero esta última frase no figura en su biografía autorizada que presumimos nunca será publicada) y arrastrando los signos de admiración por todo el Palacio Presidencial llegó hasta el área restringida do moraba el líder, sumido para peor en agoreros pensamientos.

“!Mire lo que lo ocurre, fíjese en lo que nos quieren quitar, recuerde sus palabras y promesas, no lo permita!”, le espetó entregándole las copias de las primeras planas de los diarios de la Tierra Que Sí Importa en la que figuraban, en letras de gran tipografía, los Imperiales Planes que apuntaban a Venus. “¡Y Venus es Nuestra!”, no pudo dejar de gritar el joven impetuoso, quien comenzó también a hablar con mayúsculas.

El líder lo miró primero sorprendido, después con desconfianza, en tercer término observó a los que, serviles, lo rodeaban para adularlo y obtener prebendas, pero cuando los guardias parecían a punto de avanzar sobre el joven ministro para sacárselo del medio, hizo un gesto para detenerlos. Y de inmediato ordenó que lo dejaran a solas con el impetuoso que no podía mantenerse quieto.

- Escucho-, dijo (error, error) el líder.

Y el joven le habló de la Historia y de la Patria, de la Bandera y de Las Sacrosantas Tradiciones, le habló de la marcha triunfal de los pueblos y de las reelecciones inmortales. Usted, dijo finalmente temblando (y a lo mejor, aunque esto huele a calumnia, pensando en que se lo veía, al líder, un tanto viejito, que quizás hubiera que pensar en algún otro, joven, impetuoso, para reemplazarlo), es el Líder Carismático, no puede permitir… Y su voz se ahogó en llanto.

Y el Líder Carismático se vio ungido en Majestad. Y efectuó las convocatorias.

Y la Asamblea de los Representantes se reunió y emitió un bando que dijo “No lo podemos permitir” y los sindicatos y las amas de casa y los campesinos furiosos salieron a las calles con pancartas, banderas y redoblantes repitiendo la consigna “No lo podemos permitir”. Y reapareció Venus en la televisión estatal y en las frases publicitarias de la radio, en los carteles pegados en las calles, en los grafittis que las masas espontáneas escribían con extrema prolijidad y dibujos gigantescos en los lugares permitidos. Y en todos lados, en las mansiones de los dueños de la tierra y de la vida y en las casas más miserables del poblado más olvidado, reapareció Venus, joven y alentadora, bella brillando en la noche, y al lado el slogan patriótico, levemente modificado: “No lo vamos permitir”.

Y el Líder Carismático, tal su nombre actualizado, al que además se le habían incorporado las mayúsculas, ordenó a sus embajadores en las Naciones Unidas, en la Fao y en la UNESCO, en el ALCA y en el Banco Mundial, en el FMI y en los países que quieren tener petróleo pero pobrecillos eso no les ocurre (póngase aquí la sigla correspondiente), que hicieran las correspondientes presentaciones, siempre bajo el eslogan, ay, triste de ellos, “No lo vamos a permitir”.

Williams, que padecía sus hemorroides y sus males de amores porque la morena nativa le mantenía cerradas sus puertas (ellas pueden hacerlo, aun en las mejores novelas), se demoró en atender el teléfono –satelital, encriptado- porque eran las cuatro de la mañana y él dormía la mona aturdido por los whiskys, el calor y el esplín, pero cuando pudo conectar su cerebro confundido con el auricular escuchó del otro lado, lejana pero inconfundible, la Voz. Queremos decir: la Verdadera Voz. La del Mismo Mismo. Que lo llamaba indignado, con todos los cables cruzados y más que enojado dado que Diana le sirvió medio cruda la tarta de arándanos.

Williams, a pesar de los whiskys y de las humillaciones del amor mal correspondido, de lo siniestro de la hora y de la soledades del Trópico, entendió. Y luego de un baño (y de otro whisky), oliendo a colonia salió de su casa de las afueras y se dirigió al mismísimo Palacio Presidencial, do irrumpió cuando no eran ni las cinco de la mañana.

Por supuesto que se demoraron en atenderlo. Por supuesto que el Líder Carismático dormía el sueño de los justos y por supuesto que en consecuencia más se demoró en recibirlo. Sin embargo hubiera sido mejor para todos la prisa y no la pausa, y mucho menos los carteles reivindicativos que a largo de su viaje a Palacio fue viendo Williams. Venus, esa obsesión nativa. Esa confusión, ese error.

Porque el que había comido la indigerible tarta de arándanos, entre sapos y culebras transmitidos por el eficiente teléfono encriptado, también le había dicho que la terminaran. En otro idioma, pero igual, traducido: que la terminaran en tres minutos dos quintos a partir de este momento. Y que ya los misiles intertricontinentales y los satélites con sus bombas neutrónicas y los cazabombarderos supersónicos y las fragatas y los cruceros estaban dispuestos todos, apuntando al paisito que se caía del mapa, por si no cambiaban de opinión.

Williams, y no por falta de aire acondicionado, sudaba lo suyo. El Líder Carismático, que comprendió la importancia del asunto y también que había llevado demasiado adelante su juego, comenzó a temblar. Pero no así el joven impetuoso, que se paseaba como león enjaulado en la sala contigua, mientras escuchaba la conversación privada que nunca debió llegar a sus oídos. Pero la historia nunca es como te la cuentan.

Y ocurrió que cuando el Líder Carismático estaba a punto crema de caer abatido en forma definitiva, irrumpió en la sala el joven impetuoso, gritando, alzando los brazos, nimbado de Heroicidad, obligando a que Williams cesara con su prédica, “sólo estoy tratando de evitar la catástrofe, haciendo lo mejor para todos”, trató de explicarle pero en vano. El joven exigió que se fuera, ya mismo, del Palacio Presidencial, y haciéndole ver al Líder Carismático que en verdad no veía nada salvo los superbombarderos supersónicos en acción, cuál debía ser su Papel En Este Momento De La Historia.

Y eso que De Niro y Dustin Hoffman, juntos son dinamita, habían hecho la película, De Niro consejero presidencial, Dustin Hoffman productor de cine que debió inventar una historia falsa aunque después se la creyó, trató de mantenerla viva cuando ya estaba muerta. Y así le fue.

Williams quiso decir eso, todo eso, pero no lo dejaron. Salió, meneando la cabeza, arrastrando los pies, pensando en cómo convencer a la morena nativa que se fuera con él en el avión que, previsoramente, había ordenado que lo esperara en el aeropuerto internacional con los motores en marcha. Cónsul sí, tonto no tanto.

Ya se sabe lo que ocurrió, agrega Williams acompañando sus palabras con un leve suspiro, salió en todos los diarios, apareció en todos los noticieros de la televisión, se mezcló entre las tandas publicitarias en las radioemisoras, nadie, en el mundo globalizado, dejó de enterarse sobre lo que estaba pasando en el paisito que de pronto reingresó al mapamundi en esos momentos en que, no hubo más remedio, debieron enviarse tropas para terminar con la dictadura oprobiosa y devolver luz a un pueblo aplastado por las sombras.

Que cayeron algunas bombas, cayeron. Que hubo muertos, los hubo. Que no se entendió bien qué pasó con el tesoro nacional y con la concesión de tal lugar y aquel otro tema que en una de las reuniones y que con las promesas que se hicieron que temblaron las paredes y que las madres huían desesperadas con sus hijos en brazos sangre sudor y muchas lágrimas, pozos con centenares de cadáveres incendios y cráteres de las bombas hambrunas y actos de canibalismo máquinas destrozando viviendas y que se hicieron llamamientos últimos y amargos, incendios, incendios, y que no hubo razón de ser y que las penas y las vaquitas se van por sendas, sí, es cierto. Pero ahora hay, por así decir, otro aire.

No hay, es cierto, más Líder Carismático. No hay, es cierto, un cónsul tipo Williams dispuesto a contar la película de De Niro y Dustin Hoffman, juntos son dinamita, a quien, dicen o más bien murmuran por estos pagos cuando se cree que nadie escucha, que se lo extraña un tanto, porque se había aclimatado, porque con él se podía conversar y hasta hacer algunos chistecillos, bromillas que el Actual Gran Inquisidor no las permite. Además no hay nativo alguno que se le pueda acercar a menos de un kilómetro de distancia.

El Actual Gran Inquisidor vive en la parte que quedó sana, libre de escombros, de lo que fue el Palacio Presidencial. Es lo que más se pudo recuperar, uno de los viejos edificios que quedó, relativamente, en pie. El resto, ya se sabe. De los terremotos no se regresa tan rápido.

Y así las cosas. Calles despejadas, barricadas en las esquinas, helicópteros a cada rato, raíds nocturnos, alarmas y sirenas que suenan a cada rato. Una morena que suspira mientras envejece porque, ay, en el último momento decidió quedarse.

Y nada más, ni un rastrito de lo que fue. En Palacio persiste una parte de la oficinita que, ¿recuerdan?, ocupaba el joven impetuoso. La están restaurando, quedan restitos, un tornillo flojo, un cuadro sin foto, el rectángulo de un afiche en el que se leen las letras DEMOS PERMITI, un resto de placa en la que se leen las también extrañas letras MINI VEN, que por supuesto nada dicen.

Y, por cierto, detalle final, de los diccionarios y los cuadernos de los chicos (en los lugares donde se han vuelto al dictado de clases), de lo que se puede leer por Internet (los escasísimos nativos que, todo el mundo necesita colaboradores, tienen acceso a ella), de lo que sale por la televisión, que se corta a cada rato, y lo que se dice por radio, de lo que sale en el único diario permitido, hay una palabra prohibida. Prohibidísima. Ustedes saben a qué nos referimos.

Ni nombrarla, ni pensarla, ni nada ni nadie. Disolución del pasado.

Y eso es todo, afirma Williams sin poderse quitar del todo el rostro lejano de la morena perdida, aparte de desmentir que de tanto en tanto, entre las sombras, arrastrándose y replegándose, subiendo y bajando para que nadie los vea, aparecen esos fantasmas que vuelven a dibujar a la casquivana, a escribir “es nuestra”, a prometer que están dispuestos a seguir ¿soñando? ¿luchando? ¿qué?

Vale decir, que nada de eso ocurre porque sencillamente, aclara Williams a sus contertulios en las tardes lluviosas y melancólicas, hace un raro gesto que no termina de interpretarse, nada de eso, repite, puede ocurrir.

Santa Fe, 5-13 de febrero de 2004

24 Nov 2007

Cuento breve e inédito

Escrito por: cmoran24 el 24 Nov 2007 - URL Permanente

La bala

La bala partió hacia el corazón del enemigo cargada de toda la mala intención, actitud artera y deseos de muerte ajena, emponzoñada, con entidad tan propia hasta el punto de que podía decirse que vivía mientras marchaba directo hacia el que se encontraba desprevenido, sin hacer nada de importancia en esos momentos, francamente despreocupado, sin conocer, ignorando que algo totalizador se dirigía hacia él, próximo a incrustársele en lo profundo de sí, en tanto regaba sus plantas, daba de comer al perro al que acariciaba en forma distraída, como distraído se encontraba del mundo mientras la bala continuaba su derrotero, fiel a su designio y en pos de su último objetivo atravesaba ciudades y puentes, iba sobre rutas y vías férreas como si se tratara de un misil que fuese guiado con máxima inteligencia y verdadera pericia, continuaba marchando por calles y veredas hasta arribar al sitio adonde había sido enviada, plena y siniestra, entregada por el inocente mensajero de la muerte, recibida diríase con ingenuidad y ninguna prevención por quien dejaba para eso de lado la manguera, miraba al comienzo lo recibido sin temor ni sospechas, aunque de a poco iba dándose cuenta de que le hablaban de traiciones y planes siniestros que buscaban dejarlo de lado, que le mostraban el verdadero rostro de la amada, cargado el misil con datos tan ruines como irrebatibles, datos que lo fueron arrinconando haciéndole faltar en forma progresiva el aire y la vida, por lo que la bala cumplía con su cometido, tal como lo había previsto el enemigo, mientras él iba comprendiendo que nada importaba ya y la carta golpeaba y volvía a golpear, atomizándole el corazón.

Escrito en los años 1990, revisado en Santa Fe el miércoles 14 de febrero de 200; id el martes 16 de octubre de 2007

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Soy un escritor y periodista que vive en Santa Fe, República Argentina. En el presente blog voy incorporando textos narrativos y comentarios sobre libros y autores, por lo que me propongo mantenerme en el territorio de lo literario. Al menos por el momento.
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Carlos

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