04 Dic 2007
Una visita a Borges
El edificio de Maipú 994 esquina Marcelo de Alvear, en el Barrio Norte de la ciudad de Buenos Aires- Un poco...
Borges, casi sin esperar la respuesta primero dice (¿reza?) el Padre Nuestro en inglés actual y de inmediato lo hace en inglés antiguo, un idioma de notorias resonancias germánicas, como él mismo, en la grabación que luego de tantos años aún conservo, se encarga de aclarar.
“El señor lo espera mañana a las 9”, dijo la voz en el teléfono. Pensé que sería Fanny, la mujer que servía en la casa de Borges desde hacía años y que le había quedado como única compañía después de la muerte de la muy anciana madre del escritor, la mítica y autoritaria Leonor Acevedo.
Iría a ver a Borges... Buenos Aires se teñía de ocres en ese abril otoñal y así se volvía bella y un tanto más tolerable porque eran los años miserables de la dictadura militar (la peor de las tantas padecidas en la Argentina, la de los miles de “desaparecidos”) y la opresión del vivir cotidiano se sentía en las calles, en los negocios, entre la gente desconfiada, en cada lugar y cada cosa. En las ausencias también y en la censura, notable ambas en esos días de pesados silencios y constantes sospechas.
A las 9 de ese calmo sábado de abril de 1980, considerablemente nervioso, por el estrecho ascensor subí al cuarto piso del viejo edificio de la calle Maipú al 994, donde Borges vivía en soledad, tanto que hasta el gato Beppo se le había muerto. En la puerta una placa de metal -la recuerdo dorada- decía escuetamente “Borges”. La mujer que me había atendido por teléfono aclaró que iba a distinguir el departamento precisamente por esa placa. Cuando los peronistas lo llamaban para asustarlo el propio Borges, que casi siempre atendía las llamadas telefónicas, les aclaraba que podían ir a matarlo cuando quisieran y agregaba que la placa ayudaba a la identificación de su departamento. “Vivo solo y si me matan me harán un favor”, dice la leyenda que Borges contestaba a sus enemigos y que después colgaba, presumo que satisfecho de su respuesta que no lo haría quedar mal ante sus ancestros guerreros.
La leyenda viva en realidad era él, el Borges ciego y octogenario. Reiterado candidato al Nobel que nunca recibiría, cargado de reconocimientos y premios que lo estaban volviendo un hombre rico, traducido a múltiples lenguas y que cada día que pasaba más era reverenciado por escritores y críticos de todo el mundo, incluyendo los reticentes argentinos quienes, en su mayoría, le habían dado la espalda durante años tanto por lo “incomprensible” de su mundo poético como por sus posiciones políticas, antiperonistas por definición (y no pocas veces reaccionarias hasta el disparate)
Pero el Borges octogenario, que se estaba alejando de los militares genocidas (iba a romper con ellos definitivamente un poco más adelante, después de la guerra de Malvinas), se había vuelto una institución en vida y el periodismo lo asediaba sin solución de continuidad. Él se prestaba a ese juego de las preguntas inquietantes y sus respuestas irónicas, cuando no demoledoras. En el país del fútbol se sentía cómodo criticando al deporte “pasión de multitudes”. En el país del tango criticaba a Gardel. En el país donde había “reinado” el cantante Palito Ortega se encargaba de “confundirlo” con Ortega y Gasset. En el país que adoraba a Machado (Antonio) gracias a sus poemas cantados por Joan Manuel Serrat, preguntaba si Machado (Manuel) había tenido un hermano...
Quizás ya fuera rico cuando ingresé a su casi mítico departamento de la calle Maipú pero esa riqueza, de haberla, estaba totalmente ausente en su recoleta y un tanto estrecha vivienda.
Borges, un hombre elegante, vestía muy pulcramente un traje oscuro. Llevaba corbata y zapatos nuevos y lustradísimos. Estaba bien afeitado y de él volvieron a llamarme la atención sus largas y finas patillas. Esperaba a un médico porque las pesadillas no lo dejaban en paz. Mientras aguardaba al médico se daba tiempo para recibir al desconocido periodista a quien le contó que descendía del fundador de Buenos Aires, Juan de Garay, y de una de sus mujeres indígenas, “una de sus concubinas”.
A Borges le gustaba sorprender con esas declaraciones que caían tan mal entre sus conocidos, los integrantes del llamado “patriciado” argentino que tanto se ha esforzado para que no aparezcan rastros de indios y/o judíos entre sus antepasados.
Me dijo que no se reconocía en el Buenos Aires de la época, quizás porque había perdido hacía demasiados años la visión, y en un momento dado comentó -pero esto no debía ser repetido- que si bien le estaba reconocido a Victoria Ocampo por todo lo que había hecho por él y su obra nunca terminó de “llevarse bien” con la fundadora de Sur porque “era muy mandona”.
Tal como lo exigía la leyenda, no había en el recoleto departamento de la calle Maipú ningún libro del propio Borges pero sí una pequeña biblioteca de literatura islandesa, única en su tipo. Cuando habló de esa, su pasión, citó a María Kodama (¿hubo allí un ligero cambio de voz, una turbación restringida, o fue sólo algo que el visitante imaginó?)
Además de conservador, decía la leyenda, Borges vivía “como un rey”. En todo caso sería como un rey en el exilio, porque su dormitorio era diminuto. Allí había lugar para una cama mínima, sin respaldar, algún ropero, nuevamente libros y casi nada más.
Borges me hizo recorrer su departamento, en el que el lujo estaba ausente. Más amplio era el dormitorio de “madre”, que el hijo conservaba tal como doña Leonor lo dejó al morir, a los 99 años, siempre preocupada por Georgie, a quien había acompañado en múltiples viajes. Fue su amiga, confesora, lectora fiel y consecuente acompañante. También una mano rígida que le impedía a Borges, cinco años después de su muerte, desprenderse del dormitorio de la madre muerta.
Una contenida emoción
Borges, al avanzar un poco más sobre sus orígenes, dice en la vieja grabación con una contenida emoción: “Yo creo que está bien, no creo que sea una cuestión de esnobismo, creo que esas son las raíces que nos atan a la patria”.
Escuchamos también nuestra voz, veintisiete años más joven y bastante inexperta, interrumpiéndolo sin necesidad (porque el reportaje estaba destinado a una radio y allí, como suele decirse, el tiempo es tirano y se requieren respuestas breves) Nuestra voz dice que el departamento de Borges es acogedor –el sol entraba a raudales y quizás suavizara la vetustez de los distintos muebles que componían el estar de la vivienda- y que en él se destaca un cuadro de su hermana Norah, la pintora de la familia. Borges, con voz vacilante, aclara que también hay recuerdos familiares, entre ellos retratos de sus antepasados: “Están mis bisabuelos, el coronel Suárez y Francisco Borges, que se hizo matar en el combate de La Verde”.
Después pasamos a hablar de las “Obras completas en colaboración” que en ese momento estaban por aparecer. Sobre ellas recordó sólo tres: “Seis problemas para don Isidro Parodi”, escritos con Bioy Casares en 1942 –con el que conformaron “ese autor bifronte llamado Biorges”, como dio en bautizarlo la crítica-, “Qué es el budismo” (de 1976, en colaboración con Alicia Jurado), y -lo destacó- la “Breve antología anglosajona“, que había compilado, tomándola del inglés antiguo, con María Kodama y que fuera publicada por primera vez en Chile, en 1978.
- Imagínese –nos dijo quizás para conmovernos, aunque no tenía necesidad de ello- en cualquier momento de nuestro diálogo cumplo ochenta años, estoy ciego desde el año 1955, cuando me nombraron director de la Biblioteca Nacional, cargo que dejé cuando supe que “alguien” (en alusión a Juan Perón) volvió al poder, de modo que ¿qué otra cosa le queda a un hombre solo y ciego sino el trabajo? Puede decirse que yo vivo en continua tarea literaria, no escribiendo porque no puedo escribir, he perdido la vista y no tuve la precaución de aprender escritura Braille, pero estoy continuamente imaginando poemas, imaginando cuentos, premeditando artículos, de modo que yo realmente vivo en la literatura, en la poesía, porque aparte de algunas excelentes amistades no me queda otra cosa”.
Engaños de la electrónica o manera contemporánea de engañar a la muerte: obvio es decir que Borges murió hace más de veinte años y que sus restos descansan en Ginebra. Sin embargo, en la cinta –luego pasada a disco, para preservar la grabación- sigue vivo, su voz es firme, sus comentarios agudos, como siempre lo fueron.
Ese Borges vivo, que maneja el idioma como pocos (el periodista al transcribir su palabra apenas si debe omitir las ligeras vacilaciones de su voz, porque su armoniosa habla castellana semeja un verdadero fraseo musical) nos comenta también, como si hubiera llegado el momento de las confidencias:
- Yo no frecuento congresos ni voy a reuniones, voy a la Feria del Libro (de Buenos Aires) un poco obligado. Normalmente yo si estoy frente a cinco o seis interlocutores ya me siento incómodo. He pedido como un favor que no me inviten a fiestas, a parties, y tampoco a comidas, porque ante mucha gente me siento muy desdichado. Un rasgo neurótico, sin duda, ¿no? No sé, pero muchas veces en una reunión grande siempre me siento manoseado, de algún modo”.
Le falta agregar algo más: “En cambio un interlocutor, uno o dos, me agrada mucho, cuando hay más ya me siento un poco perdido. Yo creo que si en una reunión hay veinte personas hay una vigésima parte de cada uno. En una reunión grande nadie se conoce, le presentan a una persona y esa persona, a la manera de Proteo se transforma en otra enseguida y en toda la tarde le han presentado a veinte personas y no ha conocido a nadie”.
Cambia de tema y cuenta que prefiere que le relean a leer. En esos días los amigos le leían páginas de Stevenson y Kipling: “Releo los libros que leí cuando era chico”. Comenta que si bien elabora cuentos especialmente trabaja sus poemas, porque el poema –“si se me permite utilizar una palabra bastante fea”- le resulta “portátil” y buscando ser más claro nos dice: “Yo puedo llevar un poema en la cabeza todo el día, puedo ir limándolo mentalmente, y cuando lo dicto ya estoy dictando algo que ciertamente no me deshonra, algo más o menos decoroso”.
La conversación sigue y aparece el nombre del francés Drieu de la Rochelle, que aprovecha para recordar la anécdota, contada varias veces, de que una vez había salido “a recorrer las orillas de Buenos Aires”junto a su amigo Néstor Ibarra y Drieu y que en un momento determinado, presumiblemente en un terreno descampado (hoy inexistente) –“en un lugar donde se siente la presencia de la llanura”- el escritor francés dijo “vertige horizontal”, que era –interpreta Borges- “una linda frase aplicada a la cercanía, a la gravitación de la llanura”.
Acotemos que el escritor argentino Juan José Saer, en “El río sin orillas”, demostró que el tal “vértigo horizontal” si bien puede tener resonancias literarias es inadvertible en la llanura argentina. Aunque eso, claro está, es otra historia.
Borges rechaza el ditirambo y por consiguiente no acepta la lisonja de otro francés, Jean Dormesson, quien sostenía que ver y escuchar a Borges, leer su obra, “transforma al hombre”. La respuesta irónica del maestro: “Muy generoso, pero es mentira. Ojalá yo pudiera transformarme, lo he tratado de hacer sin mayor éxito y ahora, a los ochenta años, me he resignado a ser Borges”.
Hablamos de su influencia y de su obra, pero él no se detiene en ella sino que habla de otros (que es una manera elegante de hablar de sí mismo): “Yo creo que la obra capital de Groussac es el estilo, más que ningún libro, y diría lo mismo del máximo prosista de la lengua castellana que para mí es el mexicano Alfonso Reyes. No sé si Reyes está en cada uno de sus libros, yo diría que no, está en el conjunto, en la memoria que tenemos de él”.
Una reflexión sobre la metáfora
Tratando de que hable un poco más sobre él mismo y su obra elogiamos su estilo, pero Borges –claro está- relativiza nuestras palabras y termina hablándonos de uno de sus temas preferidos, la metáfora:
- No sé si tengo estilo. Yo empecé como todos los escritores jóvenes siendo un escritor barroco, porque toda mi generación estuvo bajo el influjo de Leopoldo Lugones. Lugones había llegado a una teoría que yo creo era falsa (él se desdijo de ella después) diciendo que la esencia de la poesía es la metáfora, pero bastaría un solo verso bueno sin metáfora para desmentir esa hipótesis, porque la metáfora es uno de los tantos hábitos, uno de los tantos instrumentos literarios, pero creo que uno puede concebir versos admirables sin metáfora. Vamos a admitir que esta línea de Shakespeare es poética: “Ser o no ser”. Ahí no hay ninguna metáfora, pero evidentemente esa línea es poética, yo diría que el agrado puede estribar en el hecho de que otro hubiera escrito “vivir o no vivir”. Pero no sé si esa variación es una metáfora, yo creo que no, creo que “ser o no ser” vas más adentro, digamos, que “vivir o no vivir”. Y de hecho bastaría un solo verso bueno, sin metáfora, que podemos encontrar en todos los poetas, incluso en Lugones, para demostrar que esa teoría es falsa. La metáfora es un instrumento precioso, pero no es el único, felizmente.
En otro momento del diálogo:
- Cada día gradualmente tiendo a un vocabulario más sencillo. Creo que el error de Lugones fue el de querer usar todas las palabras del diccionario y no sé si pueden usarse todas las palabras, pueden usarse las que tienen connotación poética, es decir las palabras habituales, porque si no... Creo que las palabras que obligan al lector a consultar el diccionario no son poéticas.
Y una reflexión sobre Buenos Aires y sus cambios incesantes:
- Me pidieron en México que escribiera un artículo sobre Buenos Aires y yo pensé que honestamente no puedo escribirlo, porque mi Buenos Aires sigue siendo el Buenos Aires en el que yo nací, el de 1899, el de casas bajas, de patios, de aljibes, de zaguanes, de azoteas, de cielorrasos altos, de gente que se conocía (entre sí), se conserva un poco en San Telmo, pero creo que artificialmente.
El diálogo grabado para la radio había concluido y como no queríamos hacerle perder tiempo intentamos despedirnos, pero Borges –suerte para nosotros, regalo para la memoria- quería seguir conversando hasta que llegara el médico, así que nos quedamos un poco más. La mañana parecía detenida.
Se habló de Victoria Ocampo y de otros temas que no llegamos a grabar. No obstante la cinta recogió por su cuenta algunos comentarios adicionales de Borges.
Así criticó a lo que después se transformaría en una verdadera “plaga”: los editores que cambian los contenidos de las novelas: “Estaba hablando con un joven escritor (norteamericano) quien me dijo que (de acuerdo con las pautas para fabricar best sellers) toda novela tiene que tener por lo menos alguna escena de alcoba, el incesto está recomendado, la sodomía, y además tiene que haber muchas palabras en slang, en argot, porque si no el libro se vende, y junto con esos libros vienen diccionarios con el slang más reciente para que los lectores lo entiendan”.
Hablamos al fin sobre Angelo Rinaldi, el crítico francés que aseguraba que Borges había rezado el inglés antiguo en una iglesia abandonada, “para darle una sorpresa a Dios, en el que no cree”.
Borges nos recuerda con mayor precisión el episodio:
- Fue en una iglesia anglosajona antigua, en Inglaterra, donde se conservan 40 o 50 iglesias de esa clase, son de forma rectangular y la que visité estaba ornada con dos serpientes. Me acuerdo que estaba nevando, fui con mi madre, en el sesenta y tantos, y allí yo recé -para darle una sorpresa a Dios- el Padre Nuestro en ese idioma.
- ¿Qué diferencias tiene el Padre Nuestro en el inglés actual y en el antiguo?
- ¿Usted sabe inglés?
- Un poco...
“No hay diferencias”.Y Borges empieza a recitar el Padre Nuestro, primero en inglés, de inmediato en el anglosajón de “vocales abiertas y ásperas, de gente ruda”. Y veintisiete años después, al volver a escucharlo en la grabación conservada en disco compacto, Borges nos envuelve otra vez con su voz inolvidable.
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