27 Ago 2009
El invitado: fotos del santafesino Miguel Grattier

Santa Fe, 2009. Agfa Ambi Silette
Miguel Grattier es un fotógrafo de la ciudad de Santa Fe, Argentina, que se considera autodidacta. Interpreta que “la fotografía es a la mirada lo que la poesía es al lenguaje”. También sostiene que “la fotografía debe su existencia a la gente”.
Recientemente se inauguró una muestra de sus últimos trabajos en una galería santafesina y con el propósito de que lo conozcan los lectores del blog lo hemos invitado a participar de este espacio.
Paisajes en los que aparece ausente el ser humano, como tomas extraídas de las viejas películas de Michelangelo Antonioni. O por el contrario, personas, habitantes de Santa Fe sorprendidos por la mirada inquisitiva y siempre atenta de Miguel, es lo que caracteriza a la mayoría de sus trabajos.
Grattier creó la “Fotogalería” de la Municipalidad de Santa Fe, de la que fuera director de Cultura. El artista ha efectuado exposiciones en Buenos Aires y en su ciudad natal. Ha participado en distintas muestras colectivas y actualmente dicta un taller de Estética de la Fotografía en la Escuela de Diseño y Artes Visuales del Liceo Municipal.
Sus trabajos pueden apreciarse en los blogs : http://www.flickr.com/photos/miguelgrattier/
http://www.flickr.com/photos/miguelgrattiercolor/

Santa Fe, 2009. Contessa Zeiss

Santa Fe, 2005. Olympus XA
Santa Fe, 2002. Laguna Setúbal, Leica IIIa, Summar f2
Santa Fe, 2009. Voigtlander VF 135
Santa Fe, 2009.
Santa Fe, 2005.




01 Mar 2009
En la época de la barbarie por Álvaro Mata Guille
Mata Guillé reflexiona sobre este tiempo desangelado
Cinco cabezas tiradas a la pista de baile de un burdel, acto vandálico que nos deja atónitos por su gélida bestialidad, es el motivo que da alimento a la construcción escénica Cielo rojo, a la que asistí en días recientes en el estado mexicano de Nayarit, a cargo de la Compañía de Teatro del Estado, que conmemora sus 20 años de labor escénica. Nada más propicio para una celebración que ingresar a los avatares de nuestra época e indagar, desde el teatro, en lo contemporáneo, pues el teatro es un lugar que nos aproxima al reencuentro, a la ceremonia que enfrenta con sus ritos la desmemoria, pues nos hace recordar, viéndonos representados en las historias y vivencias que se construyen en el escenario, a través de los personajes e las imágenes, lo que somos, lo que hemos sido, lo que podemos ser.
Pero la lectura escénica de Cielo Rojo no se preocupa de nuestros logros tecnológicos o científicos, de los descubrimientos en la ingeniería o de la mucha información que se acumula sin sentido en academias o en los medios de comunicación, sino que descubre las taras que permanecen como una condición inmutable de las relaciones humanas: la barbarie que se adhiere a la cultura como un ancla que atosiga y despedaza las formas de convivencia, sin dejarnos avanzar hacia una mejor manera de vivir, una mejor manera de ser y estar en el aquí y ahora; más bien lejos de ello, como lo reafirmamos imbuidos en los diálogos y acciones de los cuatro personajes que construyen la obra y se proyectan hacia lo cotidiano, nuestros males se ahondan constituyendo un síntoma que estigmatiza nuestra época, que junto a la indiferencia, el escepticismo y las perversiones, se asientan como partes constituyentes de una nueva “normalidad”.
Desde ahí, desde ese lugar derruido entre latas de zinc y maderas viejas, por donde transitan personajes como sombras que recuerdan al Comala, al Juan Preciado de Rulfo que murió acosado por los murmullos que lo aplastaron en el miedo, se trasluce la soledad contemporánea. Una soledad de signo diferente a la que conocemos, de la que tanto han hablado poetas y novelistas, más apegada a la melancolía, a la remembranza o al desamparo, donde nos encontrábamos a solas conversando con nosotros mismos, intentando aproximarnos al todo, al absoluto que se desvanece, intento llegar al otro.
La soledad que señalo, tiene otra tesitura, otro tono que se desprende como una exaltación, dejando en evidencia nuestro hacinamiento que se sustenta y toma fuerza en la impotencia, la que sentimos todos ante los hechos que nos rodean, ante la barbarie y la impunidad, que se hacen costumbre.
Sumergidos en las butacas, rodeadas por el escenario, nos convertimos en los espectadores inertes que recorren, desde un lugar donde ya no amanece, donde la luz es la oscuridad que opaca el brillo de los ojos en los personajes, la destrucción de la cultura, la decadencia de lo social y sus vínculos, alejados de todo y de todos, recluidos en la desconfianza y en el renacer del miedo, un miedo que socava la memoria, la tradición, la idea de humanidad, la concepción de hombre. Un miedo que cuando atrapa, como ocurrió con Juan Preciado, ahoga y hace morir.
Ajusticiamientos, corrupción, venganzas, impunidad, podredumbre, negación de lo hecho y del porvenir, cuadros que pasan por nuestra mente al abrir los periódicos, al escuchar las noticias, sucesos que se instauran instituyéndose como constantes inmutables, como una obsesión que acosa con su violencia lo cotidiano, estableciendo el nuevo estatus de estas coyunturas y su “normalidad”, que dejan al descubierto el horror que se impone en el entorno y la incapacidad que tenemos para hacerle frente.
Desgaste de las instituciones, de las promesas y las palabras, decadencia que se percibe en todos los estratos y las envestiduras sociales. Hay que decirlo: nuestros males no son sólo económicos como torpemente se nos hace creer o se insiste constantemente en ello, nuestros males son culturales, tienen que ver con el sentido de las cosas, con nuestra razón de ser.
Condenados al hacinamiento, aceptamos la nueva realidad como una condición del presente y nos sometemos a ella, una realidad orientada por el reaparecer de los fundamentalismos, que se imponen como gobierno haciendo polvo a la idea ya metafórica, ya antigua, de comunidad, una idea que se pensaba que algún día podríamos llamar civilización, lejos del miedo, lejos de la barbarie.
02 May 2008
Las voces de Marta Royo
EL INVITADO Álvaro Mata Guillé, escritor costarricense residente en México, donde cumple una amplia tarea cultural, entre ellas la de jefe de redacción de la revista literaria K (de Kafka), ingresa a la lista de los "invitados" que, más que amablemente, se suman a las voces amigas del blog. Él lo hace hablando de una connacional, Marta Royo, quien ha publicado "Tras el manto", publicado por Aire en el Agua Editores.
¿Es necesaria la poesía -reflexionarla, leerla, hablar de ella-, son importantes las manifestaciones culturales –la danza, el teatro- o sentarse a escribir algunas líneas sobre un libro de poemas?
La historia de la escritura es antigua, pasa del aliento a los signos que recogen los residuos de la voz, que articulada cuenta hechos que luego darán forma al libro, donde los cantos envuelven el augurio, develando el misterio conservado en la historia.
A través de la escritura se describen las cosas, pero también se construye la tradición y la memoria que nos ayuda a no olvidar y no regresar así a los inicios del caos, donde convivíamos impotentes ante la precariedad del entorno; en ese proceso de querer saber nacieron los mitos que en un inicio no eran mitos, sino vivencias relacionadas con el origen, de ese aquí y ahora que ocurría sin saberse el por qué; mitos que eran miedos representados en figuras de dioses, imágenes de ogros, jaguares o serpientes vestidas con plumas o pieles negras, a los que llamábamos sol, luna o río, que con su murmullo transformaba la opacidad en oráculo, en ceremonia, hasta llegar al rito.
Los cantos del Gilgamesh, las epopeyas de Homero o los relatos indígenas del sol tragado por la luna, no hacían más que retratar las primeras narraciones de un largo camino de indagación, que acumulaba el saber en historias por un recorrido que se remonta a varios millones de años, desde la aparición de los homínidos y luego vestidos de hombres, que dieron cuenta del sueño haciendo del allá el aquí, reconociendo que veníamos de la noche para ir a la noche, hasta arribar al siglo XIII, a la edad media donde nacen las universidades y el conocimiento emerge de los claustros. El canto hecho escritura se transformó en objeto de reflexión, en el pensar que se ve a sí mismo y pregunta al entorno atisbando los márgenes de lo sagrado, hasta nuestra época donde la literatura se convierte en una mercancía y las conciencias, tanto como las ideas, los gustos o los gestos, se uniformizan, unidas a un culto frívolo donde no hay escrúpulos, sólo consumo y precio.
En el contexto contemporáneo, el arte dejó ser el lugar de comunión, para convertirse en el sitio donde se entrecruzan las almas muertas y perece el espíritu, época que destaca por la monotonía, el avance de los fundamentalismos y el deterioro de las democracias, pérdida de los vínculos que degrada la comunidad dejando de lado la convivencia. Al igual que la época de los césares de Nerón y Calígula, no vivimos un renacimiento, sino una decadencia.
Pero en la poesía interactúa lo plural -lo disidente, lo diverso- la posibilidad de decir otras cosas puesto que todo siempre es otra cosa. Fortalece la identidad y la memoria, que no quiere decir más que podemos conciliarnos con nosotros mismos, puesto que en el poema subyace la intimidad expuesta de nuestro ser, que al verse y explorarse a sí mismo desvanece los límites, reencuentra los significados, destruye las censuras, lo monolítico, el deber ser que nos ata a la costumbre y la convención;
en ese lugar a donde vamos en busca de nuestras voces, nos reencontramos con el silencio, sintiendo entre los coloquios de sus texturas, nuestra piel y la del otro; en ese momento se diluyen las tinieblas, surge lo heterogéneo, se desvanece el entorno y las cosas pierden significado, para recobrarlo nuevamente mirando al vacío que no es vacío sino conciliación que se pregunta de nuevo qué sentido tiene vivir si perecemos; qué sentido tienen las cosas si nos olvidamos de nosotros mismos, si olvidamos nuestro cuerpo, nuestro rostro, lo que sentimos; si en lo cotidiano evadimos lo cotidiano y dejamos de disfrutar.
Si debiera decir en qué debemos creer, sobre todo en estos tiempos que acumulan escepticismo y frustración, es en la poesía. Porque no hay poesía si no hay libertad, si la sociedad no es libre y si sus individuos enmudecen o sólo fustigan sus heridas o engaños. Pero suele ocurrir que las sociedades estén esclavizadas por sus traumas, por el brillo de sus espejismos o perdidos en sus promesas y miedos, y sólo algunos se atrevan a tocar su piel y darle forma a la voz que viene de la otra orilla. Es aquí donde me encuentro con el libro de Marta Royo Tras el manto, donde sin importar las circunstancias o la decadencia de la época, sus imágenes se enfrentan a las voces que circulan como un destello, hablando desde las habitaciones de una casa yerta, recubierta por el amarillo del pasado que revive con la proximidad del otro, que no tiene rostro y tiene muchos, muchas voces que reflexionan de todo y de nada, apegados a deseos titubean abrazados a fantasmas; en ese lugar donde se construye el poema, Marta nos hace reencontrarnos, hace que volvamos al canto, como un alimento necesario para ser lo que somos y poder seguir, canto que rompe con el presente ensordecido por la oquedad de sus ruidos.
Ya lo dije, si hay libertad hay poesía, si no hay poesía, la sociedad no es libre, pues la única posibilidad de de ser, es atrevernos a ser, asumirnos en lo que somos en lo plural, conviviendo con lo diferente, en el riesgo que enfrenta miedos y límites, sabiendo de nuestro tránsito; es ahí, que podemos confirmar la importancia de los poetas, cuando lo son y logran decir lo que no podemos, pero vivimos: pero hablo de los poetas, de algunos pocos, como Marta Royo y su libro, que no balbucea, atreviéndose a encontrar el lenguaje, haciendo que descubramos que la única salida, si es que la hay, es creer de nuevo en nosotros mismos.
Álvaro Mata Guillé: Nacido en Costa Rica, reside e la ciudad de México donde se ha desempeñado como director de teatro en tanto que ha publicado diversos trabajos en su calidad de poeta, ensayista y dramaturgo.
Director de la revista cultural Hoja en Blanco y la editorial Aire en el Agua Editores, de Costa Rica, subdirector del Laboratorio del cuerpo en escena y director del grupo Baco teatro-danza. Colaborador de revistas tanto nacionales, como internacionales con temas de crítica cultural. Jefe de redacción de la revista K, director editorial de la revista Caja Curva, ambas mexicanas, y director del Instituto de Creación Poética, laboratorio de reflexión cultural de la Casa de Refugio, México DF.
02 Abr 2008
Un cuento de Ángel Balzarino
Con mucho gusto recibo como invitado a Ángel Balzarino, escritor de la ciudad de Rafaela, en la provincia de Santa Fe. El cuento que aquí incluimos está circulando por el mundo debido a su notable eficacia. Al final del cuento se incluyen los datos curriculares del amigo Balzarino, así como la dirección de su página oficial
Centro de ayuda al suicida
El estridente sonido del teléfono logró disipar el sopor que ya empezaba a gobernarme debido a los tediosos programas televisivos con los que pretendía sobrellevar las tres horas de turno. De manera automática levanté el tubo y pronuncié la ya tradicional consigna:
-Centro de ayuda al suicida.
No recibí ninguna respuesta durante unos segundos. Sólo llegué a percibir el ritmo de una respiración agitada, como de alguien que ha efectuado una larga carrera o se encuentra muy nervioso y no logra articular una palabra. Al fin surgió la voz de una mujer, débil y neutra:
-Voy a suicidarme.
Estuve a punto de exteriorizar una señal de triunfo o de íntimo regocijo porque al fin, primera vez, me tocaba atender el llamado de alguien dispuesto a tomar tan crucial decisión.
-¿Cuál es el medio que ha elegido?
Comprendí que el largo silencio obedecía a la sorpresa o perplejidad por la inesperada pregunta. La que sin duda jamás llegaron a formular mi hermano y sus cuatro amigos -entre los que había un sacerdote y un psicólogo- al decidir, con la mejor buena voluntad y en un gesto de generosidad y altruismo, instalar un Centro de ayuda al suicida. Las veces que habían requerido mis servicios -casi siempre desde la medianoche hasta las tres de la mañana, al parecer el turno más difícil de cubrir-, nunca el timbre del teléfono me posibilitó establecer comunicación con algún potencial suicida, por lo cual llegué a reflexionar que, para el caso de confeccionar datos estadísticos, debía ser el horario menos tentador y, por ello, el que reflejaba un grado de mayor euforia y vitalidad en la gente.
-¿Cómo...?
Creí que ya había mordido el anzuelo. La voz algo más firme y el atisbo de interés en la pregunta parecieron abrir la puerta para alcanzar mi propósito. Marqué cada palabra como si le hablara a un chico.
-Le pregunto qué medio piensa utilizar para suicidarse.
-No sé todavía... -titubeó, desolada, como si hubiera indagado sobre algo demasiado recóndito que no estaba dispuesta a develar, y tras una breve pausa, quizá urgida por el único motivo de su llamado, inquirió con brusquedad-: Quiero hablar con Danilo, por favor.
-No se encuentra en este momento -en seguida comprendí que no era la primera vez que llamaba sino que ya conocía a mi hermano y sin duda, por la infinita paciencia que lo caracterizaba y su deseo de contagiar un invariable optimismo a los demás, debía ser alguien de permanente consulta-. Yo ocupo su turno y trataré de ayudarla como podría hacerlo él. Tenga confianza.
-Danilo es muy especial -la voz llegó a ser un susurro casi sensual-. Gracias a él pude sobreponerme dos veces, pero ahora de nuevo siento hundirme...
-¿Quiere decir que por tercera vez va a intentar suicidarse? -formulé la obvia pregunta con el beneplácito de estar frente a un caso ideal para desarrollar mi teoría sobre la verdadera función que debía cumplir el Centro-. Podría decirme qué método ha empleado anteriormente.
-¿Método...? -de nuevo pareció quedar con la mente en blanco al plantearle algo que no figuraba en sus planes; al fin, como si recuperara algún fragmento del pasado, continuó-: La primera vez con una hoja de afeitar. Fue lo primero que encontré. Pero cuando la sangre...
Se calló de pronto. Presentí que el recuerdo de la sangre manando de sus muñecas aún la estremecía y sin duda, superado el propósito homicida por efecto del horror o por el natural e imperioso deseo de supervivencia, debió buscar el auxilio de un chorro de agua fría o una toalla absorbente.
-Apeló a un recurso probadamente ineficaz -procuré exhibir la seguridad de quien da una cátedra sobre una materia que domina a la perfección-. Demasiado lento. Otorga tiempo para el arrepentimiento y la búsqueda de algún paliativo salvador. Estadísticamente es el medio con menor resultado positivo.
-Sin embargo Danilo me dijo que había sido casi una bendición. Me repitió muchas veces que haberme salvado era un signo positivo y debía tomarlo como algo providencial para poder seguir...
-Pero lo intentó por segunda vez -la interrumpí en un reproche casi agresivo, tratando de apartar la sombra pertinaz de Danilo-. Eso demuestra que no había superado el estado de confusión y desequilibrio.
-Sí, lo mismo me dijo Danilo -la reiteración del nombre de mi hermano me dio la certeza de estar bregando contra un adversario poderoso y tal vez invencible-. Durante cinco meses estuvimos hablando casi todas las noches...
-Hasta que volvió a intentarlo -recalqué con firmeza-. Evidentemente los consejos de Danilo no lograron el efecto esperado.
-Traté de cumplir todo lo que él me decía: apartar las ideas pesimistas, ocupar el tiempo con alguna tarea, mirar todas las cosas con mucha fe y esperanza... -el sentido de culpa fue apagándole la voz-. Pero no pude. La soledad, esta casa tan grande, las noches interminables y vacías. Entonces...
-Otra vez quiso liberarse.
-Sí.
-¿A través de qué recurso?
-Una soga. Estaba en el cuarto del patio. Creí que era lo único que podría salvarme de tanta angustia. La até al ventilador del techo y...
Aunque de inmediato presentí el modo como pudo concluir esa operación, la impulsé a dar detalles, con un regodeo casi morboso:
-Por favor, cuénteme qué pasó.
-Me paré sobre una silla, hice un lazo con la soga, traté de imitar lo que vi en muchas películas -trasuntó cierta vergüenza al revivir la escena que había servido para demostrar su torpeza e inexperiencia-. Pero no resistió. El techo. Apenas aparté la silla y quedé en el aire, el ventilador se descolgó y...
Se detuvo, ahogada por un acceso de llanto. Con el incentivo de notarla tan frágil y desarmada, comprendí que era el momento oportuno para acometer la jugada final.
-¿Se da cuenta de que tantas tentativas fallidas sólo han contribuido a otorgarle mayor hueco y desorientación a su existencia?
-Sí... -con extrema debilidad admitió la sádica acusación-. Por eso quiero hablar con Danilo. Él es el único que...
-Olvídese de Danilo -inflexible, traté de quebrar el último vestigio de resistencia-. Debe aceptar que no le ha dado el asesoramiento adecuado. Ahora yo le brindaré la ayuda que usted necesita. Tenga confianza en mí.
Presentí que la demora en responder obedecía a la necesidad de asimilar una situación completamente diferente a la de tantas otras noches.
-Está bien. Si usted...
-¿Cuál es el medio que piensa utilizar ahora?
-Aquí tengo un sobre con insecticida, un cuchillo... -imaginé que debía estar frente a una mesa cubierta con elementos de acción destructiva-. Y también una pistola, que ha sido de mi padre.
-Elija la pistola, sin la menor duda -no procuré disimular una manifestación de alborozo-. ¿Ya comprobó si está cargada?
-Sí. Tiene tres balas.
-Perfecto -creí innecesario hacerle notar que una bala sería suficiente-. Ahora debe actuar con mucha serenidad. Es un momento fundamental. Al fin tiene la oportunidad de superar el bochorno y la ignominia que está sufriendo por causa de las malas experiencias anteriores. ¿Estamos de acuerdo?
-Sí -más que su voz percibí la respiración, fuerte y alterada, que revelaba una postura de tensión, a la expectativa.
-Apóyela contra el pecho, a la altura del corazón. No debe tener miedo ni vacilación. Será sólo un segundo. ¿Preparada?
-Sí...
-Apriete el gatillo -le ordené, cortante-. ¡Ahora!
No tuve tiempo de analizar si habían sido claras y suficientes mis indicaciones. La contundencia del disparo pareció perforarme el oído y, de manera instintiva, aparté el auricular. Luego de unos segundos, al verificar el total silencio del otro lado de la línea, no pude dejar de sentir un legítimo orgullo por haber cumplido con solvencia una ardua tarea.
El ruido de la puerta de calle me hizo colgar el tubo con rapidez. Adopté una posición relajada en el sillón y procuré mostrar la cara más apacible cuando entró mi hermano. La sonrisa y la voz cantarina reflejaron el habitual buen ánimo de Danilo.
-Hola. ¿Qué tal? ¿Cómo anduvieron las cosas?
-Muy bien -pretendí jactarme de la eficacia con que había ocupado mi turno-. Podría decirte sin temor a equivocarme que esta noche ha sido la más fructífera desde que funciona este Centro.

Ángel Balzarino nace en 1943 en Villa Trinidad (Provincia de Santa Fe- República Argentina). Desde 1956 reside en Rafaela (Prov. de Santa Fe - Rep. Argentina).
Ha publicado siete libros de cuentos: El hombre que tenía miedo (1974), Albertina lo llama, señor Proust (1979), La visita del general (1981), Las otras manos (1987), La casa y el exilio (1994), Hombres y hazañas (1996) y Mariel entre nosotros (1998), y tres novelas: Cenizas del roble (1985), Horizontes en el viento (1989), y Territorio de sombras y esplendor (1997).
Varios de sus trabajos figuran en ediciones colectivas, entre otras: De orilla a orilla (1972), Cuentistas provinciales (1977), 40 cuentos breves argentinos - Siglo XX (1977), Antología literaria regional santafesina (1983), 39 cuentos argentinos de vanguardia (1985), Nosotros contamos cuentos (1987), Santa Fe en la literatura (1989), "Vº Centenario del Descubrimiento de América" (1992), "Antología cultural del litoral argentino (1995), Palabrabierta (2000).
Su cuento "Rosa" ha sido incluido en Cuéntame: lecturas interactivas (1990) e integra Avanzando: gramática española y lectura (3ª Edición, 1994, 4ª Edición, 1998), obras editadas en los Estados Unidos.
Otro cuento, "Prueba de hombre", integra la antología Narradores Argentinos (1998), publicada por
El cuento "El acecho" fue incluido en el libro Leer, especular, comunicar, editado en 2002 por Advance Materials, del Reino Unido.
Entre las numerosas distinciones por su actividad literaria se puede mencionar: Premio "Mateo Booz - 1968", Primer Premio "Ciudad de Santa Fe - 1970", Premio Nacional "ALPI - 1971", Premio "Jorge Luis Borges - 1976", Premio "Fondo Editorial años 1986-1995-1996" de
13 Feb 2008
Un relato de Orlando Van Bredam
Orlando Van Bredam termina de enviarme un cuento inédito de su autoría, con autorización para incluirlo en el blog.
Con este verdadero regalo, que mucho agradezco, abro una nueva ventana o tag, "Invitados", para albergar allí los trabajos de quienes tengan interés en acompañarme en este sitio
En mi barrio hay un dicho muy conocido:” Fulano va y viene como tonto que perdió el vuelto”. En realidad, yo no soy un tonto. No pertenezco a esa clase inequívoca, sino a la raza sublime de los locos. De chico me tomaron por loco y desde entonces hice todo lo posible para que mi fama no decayera. A los nueve años corrí con una cuchilla a un vecino de mi edad porque se atrevió a hablar mal de mi padre, santo varón, oficial del ejército argentino, para más datos, del cual conservo siempre sus palabras:” Orden y disciplina y mucho rigor, eso es lo que se necesita en este país para que los cosas anden bien”.
En la primaria me sentaba en el primer banco y señalaba a los gritos las deslealtades de mis compañeros con nuestra maestra, un verdadero ángel, del que todos abusaban, hasta que decidí intervenir. Me llevé un rebenque, una gomera y una sevillana. En muchos casos, sólo bastaba mostrarles mi arsenal para que no molestaran en clase. “No tenga miedo, señorita- le decía a mi maestra- así la van a respetar”. Lo más suave que se animaron a decirme pero llenos de miedo fue “loco”, “caballo loco” y torpezas similares. “No te preocupés- me alentaba mi padre- en este país cada vez que querés poner un poco de orden te llaman loco”.
El que en realidad iba y venía como tonto que perdió el vuelto, era don Pessoa, el vecino de al lado, hombre que tenía cara irremediable de tonto y su mujer hacía también todo lo posible para que su fama no decayera. Con ese fin le ponía los cuernos con otro vecino, un tal Esteban, un vivillo de aquellos que mi padre soñaba con tener en el cuartel y ranearlo todo el día. “A este sinvergüenza lo corrijo en unas horas, es una pena que el servicio militar sólo dure uno o dos años, inmorales como éste merecen estar toda la vida salto de rana”. Mi madre escuchaba en silencio y bajaba la cabeza. Cada vez que mi padre se exaltaba durante una comida, mi madre bajaba la cabeza y hasta creo que asentía mecánicamente. Mi padre argumentaba, y a mí me fascinaba escucharlo cuando argumentaba. Decía que la verdadera función del ejército argentino en este país, era devolverle la decencia que se había perdido por culpa de los políticos y los sindicalistas. Cuando Onganía derrocó a los radicales, mi padre nos hizo brindar a mi madre y a mí por los buenos tiempos que se venían. Fue claro:”Todos tenemos que colaborar con la nueva Argentina, aún los niños en las escuelas, impidiendo que el mal avance, porque el único refugio seguro es el hogar y la fe en Dios”. Todas estas ideas que yo escuchaba en el almuerzo o la cena, fueron templando mi carácter, mi orgullosa condición de loco. Tenía que ayudar a mi padre en esta gesta, ayudar al país, no sólo en la escuela cuando denunciaba los atropellos de mis compañeros, sino también en la calle. Yo tenía catorce años y la energía y el entusiasmo que me contagiaba mi padre hacían que me sintiera un elegido para grandes obras que la humanidad ,después de tildarme de loco como a todo genio, reconocería. Todos me pedirían perdón y caerían rendidos a mis pies. Imaginaba estatuas en las plazas y calles con mi nombre en homenaje a quien había salvado a todos de la ignominia ( me gustaba esta palabra que había aprendido de mi padre) y el libertinaje. Fue entonces que en la secreta penumbra de mi habitación fundé el Comando de Moralidad Barrial. Me dedicaría a hacer lo que mejor hacía: denunciar la obscenidad, los malos hábitos, enderezar el mundo, en fin.
Todas las mañanas, mi madre corría apenas las cortinas de la ventana del comedor y miraba hacia la calle. Alrededor de las nueve, el vivillo de Esteban pasaba en su auto y se llevaba a la vecina que lo esperaba, para disimular, a la vuelta de la esquina. Mi madre no hacía ningún comentario, sólo le brillaban los ojitos con malicia y me pedía que dejara de observarla, que éstas son cosas de adultos. Puntualmente, después de almorzar, le decía a mi padre:”Hoy también”. Mi padre suspiraba con fingida angustia y se lamentaba:”Es un pobre infeliz, él se va a las ocho y el gavilán le cae al nido a las nueve”. Yo me hacía el que no entendía nada pero una idea brillante, como toda idea de un genio loco, me visitaba la cabeza.
Escribí en una hoja de cuaderno:”Su mujer lo engaña con Esteban. Firmado: Comando de Moralidad Barrial” y la pasé por debajo de la puerta. Esperé, no sabía exactamente qué esperaba, pero sí una reacción violenta. Había leído en la revista “Así” que llegaba todas las semanas a mi casa y desvelaba a mi madre, infinidad de crímenes pasionales, hombres heridos en su amor propio que no habían dudado en acuchillar o balear a sus mujeres e incluso a los amantes para lavar la afrenta. Mi padre ,mientras hacía alusión al caso Pessoa, se golpeaba las cartucheras y exclamaba: “A mí, ninguna mujer me humilla tanto”. Mi madre componía una sonrisa y bajaba la vista.
No se vaya a pensar que el temor a un desenlace trágico me produjo algún remordimiento, no, para nada, me excitaba la idea de escuchar tiros y gritos del otro lado del muro. Pero nada sucedió ese día, ni el otro, ni el siguiente, de modo que comenzó a fastidiarme la paciencia de Pessoa y decidí cambiar el método. Suponía entonces que la mujer de Pessoa había visto primero el papel y lo había roto antes de que llegara su marido. Estaba muy lejos de pensar a los catorce años en la cobarde complicidad que es capaz de construir una pareja por comodidad o vaya a saber por qué.
Cambié el método. Esta vez tiré un papelito con la misma denuncia en el fondo de la casa, cerca del galpón donde Pessoa por las tardes se entretenía desarmando radios a transistores. Tampoco sucedió nada, al contrario, su mujer salía cada vez más confiada, más segura de que nada ni nadie podría impedirle disfrutar la mañana junto a su Esteban. Mi madre la veía también regresar a través de la cortina del comedor y se decía:”Qué descarada, esta vez se quedó tres horas”.
Por unos meses me olvidé del asunto, cambié de tema, mi madre dejó de espiar a mi vecina y por las mañanas se iba de compras al centro. En esos años, mi madre era muy bonita, mucho más joven que el oficial y mi padre no parecía tener muchas ganas de conversar con ella. Uno de los pocos temas que preocupaban a ambos eran nuestros vecinos y cuando se perdió ese interés se perdió el diálogo.
Una tarde, aburrido y enojado conmigo mismo, decidí hacer un ataque a fondo y preparé una flotilla de aviones de papel con la típica denuncia:”Su mujer lo engaña con Esteban. Firmado: Comando de Moralidad Barrial”. Me acerqué al muro y los arrojé a todos como en una batalla final, para terminar con tanta ignominia.
Tampoco sucedió nada en la casa de Pessoa, en cambio, con asombro y perplejidad, vi a mi madre recoger un avioncito que había cambiado su rumbo con el viento en contra y romperlo casi con desesperación. Ese día dejó de existir el Comando de Moralidad Barrial.
Orlando Van Bredam nació en Villa San Marcial (Entre Ríos, Argentina) en l952. Es profesor en letras. Tiene a su cargo las cátedras de Teoría Literaria y Literatura Iberoamericana en la Universidad Nacional de Formosa. Ha abordado el cuento, la poesía, la novela breve, el ensayo y el teatro. Obras publicadas: "La estética de Armando Discépolo" (ensayo, l974), "La hoguera Inefable"(poemario, l981), "Los cielos diferentes" (poesía, Premio Fray Mocho l982), "Asombros y condenas" (poesía, Premio Fernández de Peirotén l986), "Fabulaciones" (cuentos, l989), "Simulacros" (Cuentos, 1991), "LA vida te cambia los planes" (minificciones, l994), "Las armas que carga el diablo"(minificciones, l996, libro seleccionado para su publicación por Fundación Antorchas), "De mi legajo" (poesía, Primer premio nacional José Pedroni). En 2007 ganó el Premio Emecé con su novela "Teoría del desamparo" (Emecé, 2007) acordado por unanimidad por un jurado integrado por Vladi Kociancich, Andrés Rivera y Abelardo Castillo. Ha estrenado numerosas obras teatrales en la región. Ha sido incluido por Mempo Giardinelli en dos antologías nacionales de cuentos. Algunos textos suyos han sido traducidos al portugués y al flamenco. Reside en España 665, El Colorado (3603), Provincia de Formosa, Argentina.
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Soy un escritor y periodista que vive en Santa Fe, República Argentina. En el presente blog voy incorporando textos narrativos y comentarios sobre libros y autores, por lo que me propongo mantenerme en el territorio de lo literario. Al menos por el momento.
En un artículo del blog (en el tag o ventana "Noticia") doy más detalles sobre mis datos bio-biblográficos. He incorporado también en "Invitados" textos de escritores amigos.
Gracias por visitarme.
Carlos
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