11 Jul 2009
James Hadley Chase, de nuevo entre nosotros

El narrador inglés

La reedición de “Eva”, una de las mejores novelas del británico James Hadley Chase, permite volver a este escritor de policiales, maestro del género que ha quedado un poco relegado en los últimos años. Aunque no totalmente olvidado, dado que cada cierto tiempo sus novelas son reeditadas.
Ocurre con “Eva”, un personaje prototípico de Chase (“Eva es fatal, condenatoria, indiferente”, termina de definir con total acierto el periodista Álvaro Cortina) y para quien conozca la obra del autor de “La oreja en el suelo” sabrá anticipadamente que el final será de inexcusable derrota.
René Brabazon Raymond había nacido en Londres el 24 de diciembre de 1906, hijo de un oficial británico que se desempeñó en la India. Vale decir en pleno período victoriano y será la moral victoriana la que marcara a quien años más tarde sería conocido con el seudónimo de James Hadley Chase, aunque él jamás lo hubiera aceptado. Al menos en forma pública.
En los años ’30 del siglo pasado Raymond-Chase era jefe de vendedores de una librería londinenses y en los tiempos muertos leía a los por entonces jóvenes autores de novela negra norteamericana, entre ellos al James Cain de “El cartero llama dos veces”, quien lo impactó particularmente.
En 1939, con la doble intención de volverse famoso y rico –tales sus intenciones explícitas, que nunca buscó esconder- escribió en seis semanas “El secuestro de Miss Blandish” o, mejor, “No hay orquídeas para Miss Blandish” tomando como base, más bien saqueando, el “Santuario” de William Faulkner.
No le fue nada mal, tanto que “Blandish” lo volvió efectivamente famoso y es quizás su novela más popular (reeditada sin solución de continuidad en el mundo entero hasta el día de hoy; “Punto de lectura” la publicó hace dos años)
Los temas centrales. Dos ejes temáticos que “sostienen” a la novela serían luego replicados en la obra de Chase. En el primer caso, sus personajes se mostrarían ávidos de dinero y poder y recibirían se diría que inexorablemente el “castigo” correspondiente. La segunda constante es la que muestra a la mujer como “encarnación” del Mal. La misoginia de Chase nunca iba a ser desmentida. Ocurre puntualmente en “Eva”, por cierto.
El crítico argentino Juan Bedoian llegó a preguntarse: “¿Resulta casi osado afirmar que el gran tema de Chase es el del hombre arrastrado por la ambición a un infierno ilimitado?”
Primero utlizó el sinónimo de Raymond Marshall y con ese nombre se publicaron varias de sus novelas en castellano en los ’50 del siglo último. Después y de manera definitiva se transformó en Chase, un señor que hacía declaraciones explosivas a los periodistas ansiosos de escándalos (escándalos de la época, se entiende) a quienes siempre satisfacía con su flema y respuestas tales como “no cuenten conmigo para hacer el clown que quiere representar una tragedia”.
A pesar de que la crítica y gran parte de su legión de lectores pensara distinto, Chase nunca aceptó que sus novelas fueran otra cosa que entretenimiento. Confesaba que su pasión central era el dinero y que buscaba “vivir bien”. Cuando en 1974 se radicó en la ciudad suiza de Ginebra alcanzó el estatus que tanto buscaba. Previamente entre 1956 y 1973 había residido en Francia.
Aunque los críticos advertían la riqueza subyacente en sus mejores novelas, cabe admitir que en los años ’60 del siglo anterior el narrador no tuvo problemas en desarrollar sus historias en ambientes “exóticos” buscando remedar el mundo sofisticado de los James Bond.
Nada menos que Hammett. El gran escritor Dashiell Hammett fue uno de los primeros en advertir la calidad narrativa del autor inglés y así llegó a afirmar: “Chase es un admirable arquitecto que describe maravillosamente hasta la última hoja de sus paisajes humanos sin perder de vista jamás el bosque. Leí diez veces "No hay orquídeas para Miss Blandish" y las diez lloré como un chico. Y me di cuenta de que su piedad, su inmensa ternura, sólo podía provenir de un inglés”.
A su vez los narradores franceses Pierre Boileau y Thomas Narcejac sostenían que Chase “explotaba sobre todo el tema de la persecución, porque este tema es por excelencia el del dolor”. Una vez más, la obra excedía a quien la ejecutaba.
En sus mejores historias se colocan en plano de relevancia los deseos y la codicia, el ansia de poder y la confrontación sexual. Algún crítico, al establecer correlatos entre el inglés y Cain decía que sus protagonistas se veían motivados por el sexo, el dinero, la traición y la culpa.
Sus novelas generalmente transcurrieron en los Estados Unidos que, durante décadas, resultó un símil porque Chase no conocía esa nación, de manera que para escribir sus novelas se pertrechó de guías de tránsito aéreo, mapas de turismo, planos de ciudades y diccionarios de slang norteamericano. Además tenía su ojo puesto en el cine, tanto que muchas de sus novelas parecen guiones.
El cine, el cine. Y tanto es así que se han rodado más de cincuenta películas basadas en sus ficciones. La última fue “Palmetto”, una buena versión de “Un ingenuo más” (“Just Another Sucker”, 1961) dirigida en 1998 por Volker Schlöndorff.
“Blandish” fue llevada en cine en diferentes ocasiones. La versión más ponderada fue “The Grissom Gang” dirigida en 1971 por Roberto Aldrich
También hay una excelente versión de “La sangre de la orquídea” (o “La carne de la orquídea”) que escribiera en 1948 y que Patrice Chéreau llevo al cine en 1975, protagonizada por Charlotte Rampling.
Pero, de todas las versiones que hemos podido ver la que prevalece es la “Eva” que en 1962 dirigió Joseph Losey con Virna Lisi, Stanley Baker y una inmejorable Jeanne Moreau.
Chase continuó escribiendo y publicando casi hasta el final de sus días –falleció en Ginebra el 6 de febrero de 1985- e incluso al parecer diversas novelas que quedaron inconclusas fueron completadas luego de su muerte por escritores fantasmas. Sin embargo podría decirse que su último gran aporte fue “Un as en la manga”, novela de 1971. Lo que vino después resultaron esquemas reiterativos, repetidas caídas en los estereotipos.
Parecía cumplir con el esquema, precisamente, que alguna vez él mismo había trazado: “El suspenso nace cuando un hombre es amenazado, cuando es demolido por una mujer. El suspenso perfecto: un hombre encuentra a una muchacha, la desea, la posee, desperdiciando la existencia”…
Palabras en la que presuntamente creía, aunque también es dable poner un poco en duda porque le gustaba irritar y jugar con esa irritación.
En sus mejores novelas Chase mostró un mundo despiadado y desolado, con personajes pequeños que buscaban de la peor manera conseguir su lugar bajo el sol. Estaban perdidos desde el arranque mismo de la historia, Chase y el lector lo sabían, pero éste también estaba perdido, porque el inglés siempre fue persuasivo a la hora de narrar. Y la mayoría de las veces resultaba (felizmente) imposible sustraerse a su influjo.

11 Feb 2009
Julio Cortázar, veinticinco años después
El autor de "Rayuela" En los sesenta del siglo pasado comenzaron a llegar “noticias” que enviaba Julio Cortázar desde París en forma de cuentos perfectos. Para muchos de nosotros leer a Cortázar, esos textos tan bien pergeñados y mejor concluidos, resultaba una forma exacta de la felicidad. Cortázar además nos provocaba, nos obligaba a ponernos frente a la máquina de escribir y a tratar de sacar de nuestra propia galera nuestros conejos personales que, por supuesto, terminaban siendo pura frustración.
Pero eso es otra historia. Lo que importaba era leer a Cortázar, acercarse (en realidad vivir) a sus textos irreverentes, plenos de fascinación, escritos con una sabiduría que nos dejaba estupefactos. Aparte de que los periodistas de la época hacían sus viajes casi o totalmente iniciáticos a París para conocerlo, porque cuando dejó Buenos Aires era un nombre reservado sólo para muy pocos, y volvían con sus reportajes y con las fotos que mostraban a un escritor flaco, de altura impresionante e increíblemente joven.
“Cartas a mamá”, “La salud de los enfermos”, “Continuidad de los parques”, “La noche boca arriba”, “Todos los fuegos el fuego”, “La autopista del sur”, “La señorita Cora”, “Casa tomada”, “Las babas del diablo”, “El perseguidor”, “Torito”, “Las puertas del cielo”, entre tantos títulos inoxidables, conforman esa serie de relatos que leímos en aquella época y que de ahí en más siguieron acompañándonos, hasta hoy.
Cortázar parecía un actor de cine, podía haber participado en alguna película de Chabrol o Godard o Truffaut, porque –fotos de Sara Facio mediante- tenía el perfecto physique-du-rol para protagonizar alguna película, cualquiera, de la nouvelle vage.
No era, por cierto, su preocupación. Lo obsesión de aquel Cortázar era encontrar el camino para llegar al “otro lado”. Buscaba en las cosas nimias de su vida cotidiana parisina la presencia misma de la aventura, quizás del “asombro”. En ese sentido proseguía el camino ya iniciado por Borges y continuado por Bioy Casares y Silvina Ocampo. Trataba de “sintonizar” con la música del azar que años más tarde buscaría también Paul Auster.
Con el seudónimo de Julio Denis, en los ’30, había publicado su primer poemario, “Presencia”, cuando dictaba clases como profesor de una escuela ubicada en la pequeña localidad bonaerense de Bolívar. Después haría lo propio en Chivilcoy y por fin recalaría en Mendoza. En tanto persistiría con sus poemas, aunque en diversos medios comenzó a publicar sus primeros y no tan perfectos cuentos. El primero de ellos, “Brujas”, apareció en 1944 en una revista.
En 1949, viviendo en Buenos Aires, Cortázar dio a conocer su poco potente poema dramático “Los reyes” y luego, ya instalado en París (alejado de la Argentina por su resistencia al gobierno de Juan Perón) iniciaría el “bombardeo” de sus libros de cuentos que –pese a todo- tardarían varios años en conseguir sus lectores.
En efecto, hemos hablado del Cortázar que nos impactó en los sesenta, pero en realidad “Bestiario”, su primer libro de cuentos, fue editado poco antes de dejar Buenos Aires, en 1951. Previamente su primera novela, “El examen”, había sido rechazada. En 1956 aparecerá “Final de juego” en México y tres años más tarde “Las armas secretas” será publicado por Sudamericana, en la Argentina.
La “prehistoria” de Cortázar terminará un poco más tarde. Estrictamente luego de la edición de su iconoclasta “Rayuela”, de 1963, que se difundirá en pleno “boom” de la narrativa latinoamericana y que significará una revolución respecto de la manera de narrar. Sus renovadores textos de las “Historias de cronopios y de famas”, de 1962, también contribuirían a ese “revulsivo” que significaba el relato cortazariano.
Todos los jóvenes de la época querían ser los que buscaran a la Maga en las calles de París, todas ellas deseaban salvar a Horacio Oliveira. Todos, además, queríamos ser tan heterodoxos y rupturistas como Cortázar quien, en esos mismos años, comenzó un activismo político que lo iba a acompañar hasta el final de sus días.
Será sempiterna la discusión sobre si esa militancia de izquierda incidió o no en su obra, si la lesionó. A nuestro juicio fue exactamente lo que ocurrió, porque los diversos libros que escribió posteriormente no mantuvieron el nivel de la primera parte de su obra y algunos, como “Libro de Manuel”, una sumatoria de erotismo y testimonio político, nos parecieron y nos parecen de modestísimos resultados.
Cortázar insistió en su heterodoxia narrativa con “La vuelta al día en ochenta mundos” y “Último round” y publicó varios libros de cuentos que nos resultaron insatisfactorios: “Octaedro”, “Alguien que anda por ahí”, “Queremos tanto a Glenda”. Por su militancia, el escritor tuvo que pagar el precio de no poder retornar a la Argentina y el de haber sido “condenado” por las agrupaciones fascistas que existieron tanto durante el segundo gobierno de Perón y de su esposa Isabel como después, en el tiempo de la oprobiosa dictadura militar argentina.
Pudo volver a Buenos Aires, por poco tiempo y lamentablemente ya enfermo, en 1984, poco después de que la Argentina recuperara la democracia. Pese a sus deseos no llegó a reunirse con el entonces presidente Raúl Alfonsín. Éste, al referirse a ese episodio, sostuvo que nunca rechazó un encuentro con Cortázar, en tanto que desde otros ámbitos se asegura que allegados al mandatario le aconsejaron que no recibiera a un autor tan comprometido con la izquierda.
Cortázar, quien prometió volver pero no pudo cumplir con su promesa, regresó a París y al poco tiempo, acompañado por quien fuera su primera esposa, Aurora Bernárdez, falleció en febrero de 1984 en la capital francesa. Previamente había entregado un libro –este sí- iluminado, pleno de cuentos inolvidables: “Deshoras”.
En ese libro habían vuelto la magia, la fascinación (en cuentos tales como “Deshoras”, “Final de etapa” o “Pesadillas”), la sabia manera de equilibrar lo cotidiano con lo fantástico o de “decir” desde otra perspectiva su propio mensaje político (en “Pesadillas”, precisamente)
Julio Cortázar murió poco tiempo después de que lo hiciera su compañera Carol Dunlop. Ambos afectados por una enfermedad en los huesos que –se sostenía- no podía transmitirse por contagio. Nunca se pudo determinar por qué la misma enfermedad terminó con sus vidas, aunque la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, amiga de la pareja, considera factible que Cortázar haya contraído el sida por una transfusión y luego contagiado a su mujer por desconocer la enfermedad.
Lo desarrolla en su reciente libro, “Julio Cortázar” (Omega) y una síntesis de sus afirmaciones puede encontrarse en la dirección http://www.abc.es/20090125/cultura-cultura/peri-rossi-cortazar-murio-20090125.html
Por cierto, se extraña a Julio. Quizás porque tuvo que ver con nuestra juventud, con nuestro propio comienzo como escritores, pero sin duda más que por eso, por la inefabilidad de sus textos, por cómo supo contarnos un mundo personal en la que la imaginación todo parecía cubrirlo.
Tres veces JC
Este año, conmemorativo del 25° aniversario del deceso de Cortázar, Alfaguara anuncia la edición de textos desconocidos. El primero de ellos no será estrictamente novedad, puesto que se trata de una reedición de su poemario “Salvo el crepúsculo” de 1984,, aunque en este caso se incorporarán las correcciones manuscritas que el autor incluyó en las doscientas ochenta páginas del original. La editorial se ha encargado de aclarar que se subsanan los errores aparecidos en distintas ediciones anteriores.
El segundo libro se conocerá al mes siguiente. Se trata de “Discurso del oso”, libro para niños tomado de las notables “Historias de cronopios y de famas” y que lleva ilustraciones de Emilio Uberuaga.
Por fin, en mayo, se publicarán los “Papeles inesperados”, edición preparada por la propia Aurora Bernárdez y el especialista Carles Álvarez Garriga. Al parecer hace un tiempo se encontraron cientos de hojas inéditas que habían permanecido guardadas en un mueble. De allí se han podido recopilar un capítulo inédito de “Libro de Manuel”; once episodios protagonizados por el personaje de “Un tal Lucas” (libro que guarda cierta afinidad con las “Historias de cronopios”); cuatro denominadas autoentrevistas; trece poemas inéditos; artículos sobre literatura, pintura, política, viajes; discursos; prólogos; y textos a los que llaman “inclasificables”.
Será cuestión de esperar con toda expectativa, porque pese al paso del tiempo queremos tanto a Julio…
17 Dic 2008
Cuatro aportes sobre el cuento brevísimo
1)

Augusto Monterroso
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. El guatemalteco Augusto Monterroso ha sido considerado con justicia el escritor que renovó y reactualizó el cuento brevísimo o minificción con este texto, calificado como el relato más breve, de infrecuente perfección.
No es el único. Muchos escritores se han esforzado por escribir cuentos más cortos aún. Cuentos que, por otra parte y pese a su brevedad deben contarnos una historia. Como el texto brevísimo que circula en inglés y es atribuido a Ernest Hemingway. Cuento que acertada, cruelmente, se limita a decir: “For sale: baby shoes, never worn” (“Vendo zapato de bebé, sin usar”)

Ernest Hemingway
En un reciente trabajo el formoseño Orlando van Bredam (Premio Emecé por “Teoría del desamparo”) que más abajo transcribimos, acertadamente nos recuerda que el cuento breve puede ya rastrearse en Esopo o Fedro y que también, de cierta manera, las propias parábolas de Jesús pueden ser consideradas microrrelatos. Todas ellas tenían una intención no tanto fabuladora sino que buscaban trasmitir un mensaje pedagógico, aleccionador.
No es eso lo que persigue el actual relato brevísimo, sino que en general busca movilizar al lector con “remates” que intentan la sorpresa, o como dice Van Bredam, la perplejidad del lector.
Añado que por la cantidad y la calidad de los textos, por la constante irrupción de nuevos autores, se puede afirmar que esta suerte de viejo/nuevo género hoy tiene en América Latina a sus más consecuentes practicantes.
En una antología distribuida en este mismo diciembre, “Monoambientes”, el escritor argentino Rogelio Ramos Signes dice que llama la atención cómo se leen y escriben microrrelatos, aunque advierte que la tarea de concretarlos es difícil, porque debe acudir a un número reducido de palabras y que ella no queda concluida si no se cuenta con la complicidad del lector, quien deberá “completar los huecos que narraciones breves no explicitan”.
En mi caso, aunque lector persistente del cuento brevísimo, no lo he practicado como hubiera querido. No obstante, aquí les hago conocer algunos textos de mi autoría:
Novela
Mi asesino me encontr…
Trastorno
La lluvia lo trastorna, lo pone nervioso, frenético, porque le recuerda vaya a saberse qué cosas. No logra calmarse porque llueve en forma incansable. No sabe qué hacer para escapar del cielo gris y del agua que cae monótona y reiterada. Se da vuelta, me mira, dice “esto no es para mí” y sale del cuento.
El tirano
Leyó la última voluntad del condenado: “Deseo donar mis órganos”.
-Tírenle a los ojos – ordenó.
No iba a permitirle ninguna clase de sobrevivencia. No fuera cosa que…
El centro del mundo
Se miró el ombligo y dijo: “Por aquí pasa el centro del mundo”. En eso estaba cuando también pasó un automóvil.
2)
Un libro inquietante
Otros ejemplos de cuentos brevísimos, y de alta calidad, se pueden encontrar en las “Historias verosímiles”, de Jorge Taverna Irigoyen, publicadas recientemente por la Universidad Nacional del Litoral. Al ser presentado el libro en Santa Fe, leí lo siguiente:
Escritores de todo el mundo y especialmente escritores de esta parte del planeta, en estos últimos años vienen practicando el cuento breve o brevísimo, el relato de escasas líneas que en la mayoría de los casos guarda en su sorpresivo final esa “vuelta de tuerca” afortunada que solemos reclamar, y celebrar, cuando de literatura se trata.
Jorge Taverna Irigoyen, además de médico, es justamente reconocido como crítico de arte, al punto tal de que es hoy presidente de la Academia Nacional de Bellas Artes. Pero Jorge ha sido también y durante años el escritor casi o totalmente secreto de las minificciones que finalmente, después de muchas e injustificadas vacilaciones, ha terminado reuniendo en estas “Historias verosímiles”, cuyo prólogo nos fue confiado.
La historia, la literatura, las así llamadas bellas artes, el mundo cotidiano, las leyendas, todo concurre a este libro de amplia temática y en el que vemos a Jorge moverse a sus anchas, trastocando lo conocido, mixturando momentos diversos del devenir humano, encontrando (y encontrándonos) un atajo para ayudarnos a ver desde una perspectiva siempre diferente.
Irónico, mordaz, utilizando un leve y persistente humor que felizmente elude esa vulgaridad ramplona que con tanta fuerza se ha instalado en nuestro tiempo, nunca cínico, Jorge nos propone reiterados “juegos” en los que debe participar activamente nuestra imaginación.
Amores y desamores, abismos y suicidios, mariposas y jardines, dioses y ángeles, sortilegios y señoras solitarias, irlandeses, gringos, inmigrantes y emigrantes, oficios, historias relativas a la música o a la medicina (tan próxima a Jorge), concurren al variado menú que se nos propone para nuestro disfrutar como lectores.

Jorge Taverna Irigoyen
Genuinos platos, como éste, titulado Mahoma: “Estamos en la era de los talibanes. Nos acosa el horror. Un vacío infinito. Una sed que no se explica. Todos los dioses han quedado sin caras: sólo cuerpos con manos. Afirmo con unos clavos una pequeña talla de Mahoma. No sé desde cuándo la poseo. No sé quién la ha roto. No sé por qué me sangra la cara. No sé”.
Y, respecto de doña Urraca de Castilla y la potestad que se guardan para sí los escritores, esto que sigue: “Doña Urraca de Castilla quiere dejar de ser un personaje de Gómez de la Serna. Quiere desposar al Rey de los Arcanos y tener trono propio y súbditos y posesiones. También, doña Urraca quiere firmar bandos y sentencias, y por allí tener algunos encuentros no tan fortuitos con majuelos. No se lo ha dicho a Gómez de la Serna. Pero éste intuye la subversión irrespetuosa, la subrepticia vanidad de Señora, la desmedida ambición, y la borra de un plumazo de la escena”.
Y un tercero, Hollywood: “Tiene un aire a Marlene Dietrich. Y habla con la cadencia de Greta Garbo. Dicen algunos que camina con la elegancia de Joan Crawford. Pero se niega, se niega a taparse el ojo a lo Laureen Bacall. Quiero ser yo misma, argumenta. Pero al intentar deslizarse a lo Marilyn, sus setenta inviernos quiebran la aguja de uno de sus tacos y cae de bruces”.
Las “Historias verosímiles” son una invitación a nuestra sensibilidad y a nuestra inteligencia para disfrutarlas a fondo, una propuesta para recorrer distintos caminos y llegar a un mismo final: el de ese sutil y distinto conocimiento que nos permite la buena literatura.
3)
Textos breves del noroeste argentino
En “Monoambientes” (Desde la Gente, Buenos Aires, 2008) Rogelio Ramos Signes sostiene que en las ficciones mínimas, donde cada palabra tiene tanto peso, “se da algo que suele ser inherente a la poesía”, esto es que “se necesita novedad, no en el lenguaje sino en la acepción diferente para la palabra elegida”.
También señala que en los microrrelatos, que ocupan un espacio muy pequeño, hay un segundo espacio: “El espacio de la información supuesta. El espacio de lo no dicho”.
En la antología se incluyen textos de autores de las provincias argentinas de Catamarca, Jujuy, Salta, Santiago del Estero y Tucumán. El antólogo comenta que no aparecen en esas brevísimas ficciones temáticas regionales porque el microrrelato más bien responde a pautas universales antes que locales.
Un total de 120 textos breves componen la antología. Elegir al azar resulta arbitrario y sin duda injusto, pero pese a ese “hacer algo que no nos gustaría que nos hicieran”, optamos por los siguientes:
Rogelio Ramos Signes
Socorro: “Su pequeña y traviesa hija tiene un hermoso nombre pero, cada vez que la nombra, vienen los bomberos o los vecinos llaman a la policía” (Ildiko Valeria Nassr; Jujuy)
La excepción a la regla: “Cada vez que en un microrrelato aparece la palabra "dinosaurio", el lector avisado recuerda: Monterroso. Y aunque espero que éste sea una excepción a la regla, presiento que ya es tarde” (Julio Ricardo Estefan, Tucumán)
Fantasmas: “Se enredan en mi pelo y desde hace un rato dan vueltas en mi cabeza. Son ellos los que arrancan de cuajo los árboles bien plantados de mi jardín y de mi cabeza” (Susana Mariño; Salta)
Por curiosidad: “Todos los días tenía presente lo que su madre aconsejaba con esmero y persistencia: - ¡Cuidado, Soledad, la curiosidad mató al gato y dejó embarazada a la mujer! Y Soledad, que era muy curiosa, no quiso matar gatos”. (Mónica Cazón, Tucumán)
Consuelo: “Al final había pasado la vida encerrado en la prisión junto a los carceleros, bajo el mismo techo. Mirando a la distancia, no encontraba diferencia entre preso y carcelero. Tampoco entre presos vivo y carcelero muerto” (César Antonio Alurralde, Salta)
4)
Y para el final, el trabajo de Orlando Van Bredam:
La función pedagógica del minicuento

Orlando Van Bredam
Esopo, el padre de la fábula, 600 años a.C. ya escribía microrrelatos. ¿Qué es sino “La zorra y las uvas”? El admirable esclavo del filósofo Xantos seducía en la plaza con sus brevísimos relatos en los que no buscaba solazarse con la descripción ni explicar el sentido de lo que contaba, sino desafiar a sus oyentes. Cuando concluía el relato, según Guilherme de Figueiredo en su conocida comedia, Esopo hacía una pausa y esperaba la pregunta obligada: ¿Qué significa?
La pedagogía de Esopo no sólo está en el contenido didáctico moralizante de sus fábulas, sino sobre todo en no facilitarle al receptor la respuesta. En dejar suficientes fisuras y espacios en blanco como para que el que escuche la narración deba hacer el esfuerzo de otorgarle un sentido no siempre fácil de inferir.
“Una zorra muy hambrienta vio un racimo de uvas en lo alto de una parra, dio un salto para atraparlo pero no pudo. Entonces se alejó diciendo: “Están verdes”.
Aquí, imaginamos a Esopo escrutando a cada uno de sus oyentes en una plaza de Samos con una sonrisa no menos cínica que la que debió poner Sócrates ante sus alumnos. Recordemos, de paso que, según Platón, Sócrates sabía de memoria todas las fábulas de Esopo.
“Moraleja- decía Esopo- muchas veces los hombres encuentran una justificación falsa (las uvas están verdes) para no admitir su incapacidad o falta de voluntad”.
Un mecanismo parecido pero escrito en versos que no superan una estrofa utiliza el latino Fedro, heredero de Esopo. Todos recordamos aquella fábula del perro que huye con un trozo de carne en la boca y al cruzar un puente ve reflejada su imagen en las aguas del río, supone que es otro perro con un pedazo de carne tan grande como el suyo, entonces ladra y se le cae. Aquí, Fedro introduce aquel admirable dístico en latín: Quit apetit alienum,/ amitit merito propium (quien apetece lo ajeno,/ pierde justamente lo propio)
El Nuevo Testamento recoge la palabra de Jesús, al que sin dudar podemos llamar también el poeta de Galilea. La mayoría de los versículos del sermón del monte, destinado a adoctrinar, son microrrelatos en el sentido que hoy le damos a este término. Escuchemos:
“¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no hechas de ver la viga que está en tu propio ojo” (Mateo, 7, 3)
“¿O cómo dirás a tu hermano: déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?” (Mateo 7, 4)
“Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mateo 7, 5)
El camello y la aguja
Jesús no duda en acudir al símbolo, a la metáfora, para dar consistencia a su relato y lograr el efecto pedagógico buscado: nadie debe juzgar al otro sin juzgarse primero a sí mismo.
Pero seguramente uno de los microrrelatos más asombrosos del Maestro es aquel que dice:
“Es más fácil que un camello pase a través del ojo de una aguja antes que un rico llegue al Cielo”
No hay un texto tan breve y tan sugestivo en la antigüedad (y tan olvidado) como éste. El mexicano Juan José Arreola lo retoma y en un cuento breve titulado “En verdad os digo” imagina a una corporación de ricos que contratan a un sabio para que logre hacer pasar (desintegración mediante) un camello por el ojo de una aguja y de esa manera no perder las esperanzas de llegar al Cielo. El sabio no lo logra, pero los ricos han invertido tanto en el experimento que se han vuelto pobres y de esa manera alcanzan la seguridad que no tenían.
Los derviches, frailes musulmanes dedicados a adquirir conocimientos y manifestarlos mediante la caridad, utilizan también el relato breve y brevísimo para adoctrinar acerca del destino del hombre, de la imposibilidad de escapar de los designios de Alá:
“Cierto hombre creía que el último día de la humanidad caería en una determinada fecha y se lo debía afrontar de modo adecuado.
Llegado el día, congregó en torno de sí a cuantos estuvieron dispuestos a escucharlo y los condujo a la cima de una montaña. Tan pronto estuvieron reunidos allí, el peso acumulado hizo que se hundiera la frágil corteza y todos terminaron arrojados a las profundidades de un volcán y, sin lugar a dudas, fue para ellos el último día”
El admirable Ambrose Bierce (Ohio, 1842-México, 1910) en “Fábulas fantásticas” muestra con una visión mordaz y despiadada la realidad norteamericana de su tiempo:
“El Canguro y la Cebra
Un canguro que marchaba a los saltos con un objeto que abultaba oculto en su bolsa, se encontró con una cebra y le dijo:
-Por tu traje a rayas parece que acabaras de salir de la cárcel.
-Las apariencias engañan- replicó la cebra- porque si no, por lo abultado de tu bolsa, cualquiera pensaría que acabas de salir de la legislatura”.
En los ejemplos que hemos dado, el microrrelato habla de modo indirecto, busca el apoyo solidario del oyente o lector para construir su significado, su tarea reside no en aconsejar sino en provocar primero el desconcierto, la duda, el asombro, también en fijar para siempre a través de una anécdota original (aspiración de todo cuentista en todos los tiempos) el sentido aleccionador, pedagógico.
El microrrelato actual, el que se asume hoy con este nombre, ha abandonado, como toda la literatura en general desde la Edad Media, la función didáctica moralizante, sus búsquedas no apuntan tanto al contenido como a llamar la atención sobre su propia naturaleza. La función del microrrelato actual consiste en desafiar al lector, perturbarlo por lo que dice, pero sobre todo por lo que no dice, por aquello que esconde como un código secreto que sólo podrá decodificar el lector precavido, preparado por la misma tradición literaria que la minificción absorbe y utiliza de manera austera y fugaz como en este cuento de David Lagmanovich:
“Escribir
Cuando era joven, escribía para llegar a ser. Hoy, ya cerca de la muerte, escribo para no ser. Mi meta es la inexistencia. Cada párrafo es un logro más en la búsqueda de la negrura a la que aspiro. Y el último párrafo, ese que quedará para siempre inconcluso, será también mi último triunfo, la definitiva ausencia de mí mismo”
El microrrelato actual avanza sobre el discurso poético hasta no distinguirse a veces de la poesía, como en este texto brevísimo de Sandro Centurión que puede ser leído como relato o poema:
“¿Cuántos hombres caben en la cartera de una mujer?”
En este caso es el autor el que decide presentarlo como minificción, aunque sólo sea una pregunta cuya respuesta son todos los relatos posibles que puedan imaginar sus lectores.
Celebrar la osadía
El microrrelato celebra la osadía, su función pedagógica actual consiste en poner en tensión las formas y contenidos sin renunciar nunca a la brevedad. Lograr, como pedía Franz Kafka de sus propios textos, la mayor intencionalidad posible con la menor cantidad de palabras.
La búsqueda de la brevedad fue el primer aporte discutible de la minificción. Desde el célebre dinosaurio de Monterroso hasta uno más breve aún de Ana María Shua, el microrrelato se encoge de manera admirable.
Les traigo uno del escritor Carlos Roberto Morán que hasta este momento me parece el más breve y el que respeta la condición de relato, es decir: cuenta un suceso.
“Mi asesino me encont…”
Sólo tiene tres palabras y una cuarta inconclusa.
Sin embargo, las posibilidades de imbricar la minificción con todos los discursos posibles, provengan o no de la literatura, la convierten en un campo fértil para la experimentación como sucede con Daniel Soria y sus textos:
“Te escribo esta carta y disculpame que la lea antes que vos”.
“Cuando los aviones aprendan a volar, solos dejarán el nido”.
“¡Mirá si se derogara la ley de gravedad!”.
“La rotación de la tierra es un acontecimiento mundial”.
“Mi caballo soñaba relinchar a pilas”.
“En el último congreso de linyeras se decidió seguir esperando bajo el puente”.
“En la carnicería de la capilla se carneaban vaquitas de San Antonio”.
“El tío de Martita todavía continúa muerto”.
“Desarmamos al abuelo y lo metimos en un baúl hasta conseguirle una piecita”.
He pensado a veces que en la apertura o el cierre de una novela, en la que el autor instala la voz narradora de modo que el lector quede cautivado, hay todo un microrrelato, recordemos, por ejemplo:
“Una vez que se ha entregado el alma todo es posible” (apertura de “Trópico de Capricornio”; Henry Miller)
“Que un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje, se interne en los desiertos ecuestres de la frontera del Brasil y llegue a capitán de contrabandistas, parece de antemano imposible” (apertura de “El muerto”; Jorge Luis Borges)
“Aquella noche el ciego soñó que se quedaba ciego” (Cierre de capítulo de “Ensayo sobre la ceguera”, José Saramago)
Algunas conclusiones, para finalizar:
a) el microrrelato no es de ninguna manera un género nuevo, como podemos apreciar en los textos de Esopo y Fedro y seguramente que ya ha estado presente en algunas literaturas orientales.
b) no es por su brevedad que los recordaremos, si no por su eficacia narrativa, por la perplejidad que generan en el lector.
c) no es saludable encapsular a la minificción en una teoría acerca de su naturaleza como se ha hecho con el cuento, si no permitir su repentismo, su osadía, su constante versatilidad.
El Colorado, Formosa, 6 de noviembre de 2008
10 Feb 2008
La cautiva chilena

"El rapto de la cautiva", de Rugendas
Ricardo Piglia, en su libro “El último lector” (Anagrama) habla de una mujer cautiva a la que el coronel Manuel Baigorria, quien desertó en tiempos del dictador argentino Juan Manuel de Rosas y pasó a vivir entre y con los indios, convirtió en su concubina.
A la mujer la describe Estanislao Zeballos, un periodista de la época, visitante del rancho de Baigorria. Zeballos cuenta que la cautiva tiene 34 años, es altiva, un tanto misteriosa. Es chilena y en ella quedan rasgos de su antigua belleza.
Investigando en otros papeles, Piglia concluye que puede tratarse de una de las mujeres que integrando la compañía teatral del chileno Telémaco González fueron secuestradas en esos años por los indios.
Baigorria, comenta Piglia que afirman los historiadores, lee el “Facundo” de Domingo Faustino Sarmiento, en una edición vieja, a la que le faltan páginas. Puede pensarse que le restan fundamentalmente las primeras y las últimas páginas, que es por donde comienzan a desencuadernarse los libros. Le faltaría entonces aquello de “Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte”, aunque quizás en la desmemoria del desierto Baigorria pueda recordar la maravillosa frase con la que se inicia el libro imperecedero.
La cautiva, entonces. Piglia recuerda que Beatriz Seibel en “Historia del teatro argentino” comenta que la compañía de González fue asaltada por los indios y que aunque el director pudo escapar “con lo puesto” tanto su madre como “el resto de la familia” quedaron cautivos de los indios.
Integrando ese “resto” Seibel identifica a tres mujeres: la madre de Telémaco, Josefa Funes, la hermanastra del director, Emilia, hija de Alberto González y de Josefa, y una sobrina, Cristina.
Si, efectivamente, la chilena cautiva es la integrante del clan familiar de González, es dable deducir que se trata de Emilia, porque la sobrina difícilmente haya tenido más de treinta años en el momento del secuestro y la madre debía estar, obviamente, muy por encima de los 34 años de los que habla Zeballos.
Baigorria se unió a los indios durante la época de Rosas y en más de una oportunidad organizó y encabezó los malones que atacaban a los colonos. Después, traidor de traidores, con la caída de Rosas, volvió a la “civilización”, donde recuperó los galones y se encargó de perseguir a los mismos indios que habían combatido a su lado. Así lo confirma el historiador Gonzalo Javier Auza en “Baigorria y Baigorrita, caciques entre los indios de la pampa”: “Al regresar a la vida activa en el mundo cristiano, después de la caída de Rosas en 1852, (Baigorria) se olvidó de su vinculación con los indios y, destinado a la frontera, realizó varias campañas contra ellos”.
La cautiva chilena. Cuenta Zeballos: “Era una artista dramática muy aplaudida en el Plata y que viajaba a Chile cuando el infortunio se desplomó sobre ella”. Comenta que Baigorria intervino para salvarle “la vida y el pudor” porque los indios habían comenzado a disputársela dado que era una “espléndida mujer”.
A los tres meses se había convertido en la esposa de Baigorria. Los comentarios de Zeballos son tomados por Piglia del libro “Callvulcurá y la dinastía de los Piedra”. En él y hablando sobre la cautiva el periodista del siglo XIX describe: “El coronel la tenía lujosamente vestida, con el mejor paño de estrella que vendían los indios a los pulperos de frontera y adornada con las costosas joyas de oro y plata que fabricaban los artistas indígenas, en las platerías famosas de las lagunas de Trapal y El Cuero”.
Sin embargo, agrega, “ella parecía indiferente a todo”. Respecto de Baigorria, el mismo Auza recuerda la descripción que Zeballos hizo del coronel cuando vivía con los indios. Así lo representó Zeballos: “Era de pequeña estatura, magro de carne y rico de músculos, cara redonda, más bien pequeña que grande, pelo negro y duro, cara casi lampiña, sus ojos movedizos y pequeños tenían coloración extraña, no eran ni verdes ni negros, no eran vivos ni apagados, con un brillo indiferente y desabrido como una bolita de vidrio”.
Con esos ojos sin brillo el coronel leía el Facundo y adornaba a la cautiva. “Era una belleza no solamente notable entre los indios sino también en las ciudades”, comenta Zeballos aunque cuando la conoció vio que su piel ya estaba “percudida”. No obstante las penurias, siempre según Zeballos, ella conservaba “un esplendor melancólico” que –dice el cronista vuelto poeta- “no habían podido marchitar las hondas amarguras de la prisión salvaje”.
Era el desierto. Según el historiador Diego de la Fuente en 1839 en la naciente Argentina había apenas 768.000 habitantes. El desierto extenso del que habla Sarmiento en el “Facundo” estaba poblado sólo por los indígenas que eran nómades. Esto es en el desierto no había ciudad. La ciudad era Buenos Aires que “se escondía” tras el polvo y los montes. Y la otra ciudad era Santiago, en Chile, “invisible” por las montañas.
Ella, cautiva, alejada de ambas ciudades, se encontraba allí, en el rancho del coronel, marcada y quizás agobiada por el oro, por el grueso Baigorria con su libro presuntamente aprendido de memoria, quien trataba de mantener en su patética vivienda algunas “marcas” de la civilización que había dejado atrás.
¿Ella sabía? ¿Ella recordaba? ¿Qué recordaba? Presumiblemente el papel de Ofelia, presumiblemente el papel de Desdémona, porque Piglia precisa que Seibel pudo determinar que la compañía de Telémaco González incluía “Otelo” y “Hamlet” en su repertorio. ¿La cautiva chilena leería junto a Baigorria los libros que éste, escasamente, había logrado trasladar a su rancho? ¿Ella habrá leído a Sarmiento?
Ella, en la ciudad, fue Ofelia. Fue Desdémona, las debe estar recordando ahora, en los atardeceres melancólicos del desierto, tierra, viento, una soledad interminable apenas si quebrada por el rumiar de las vacas que Baigorria junto con los indios ha robado en el último malón, por el relincho de los caballos, por el ladrido constante de los perros, por el piar furioso de los pájaros. Árboles mínimos, sol a pleno en el verano, frío intenso en los inviernos despiadados. Baigorria, alumbrado por el fuego, insiste en leer a Sarmiento: “Es preciso ver estas caras cerradas de barba, estos semblantes graves y serios, para juzgar el compasivo desdén que le inspira la vista del hombre sedentario de las ciudades”.
¿Despreciará Baigorria también al hombre de la ciudad como Sarmiento sostiene que lo hacían los gauchos? ¿Ella misma los despreciará o, por el contrario, quisiera tener a su lado a un hombre afeitado, afectado, ligeramente femenino, de pulida cara, con ropa nueva quizás confeccionada en París? Aunque a ese hombre quizás ella tuviera que repetirle las palabras de Desdémona: “La misma obediencia que os mostró mi madre, prefiriéndoos a su padre, reconozco y declaro deberla al moro, mi marido”.
Zeballos dice que ella fue una de las tres esposas que le conoció a Baigorria mientras éste vivió con los indios. Él la vestía con el mejor “paño de estrella”, es la descripción de una tela desconocida para mí. Paño de estrella me suena a tul, a una tela transparente, evanescente, ella envuelta en un paño de tul en medio de la mugre y la desolación del desierto.
Habrá paseado por el rancho y sus cercanías pero no habrá querido aventurarse más allá porque de nuevo sus carnes hubieran sido disputadas por los indios. El casi indiferente Baigorria era toda su protección.
La cautiva vivió diez años con su protector. La melancolía era su única compañía. Piglia supone que ella sería una especie de lectora secreta. No de los pocos libros que conservaba el coronel sino de lo que conoció cuando era artista y libre. “Allí, en la frontera –escribe- junto a otras cautivas blancas, gauchos perseguidos, desertores, está la actriz-lectora”. Y casi de inmediato, conjetura: “Quizás una historia secreta de la lectura en el Río de la Plata tendría que empezar por ese bella cautiva que no quiere decir quien es”.
Presumiblemente podría haber sido Emilia y Emilia habrá pensado en el joven que la admiró en Buenos Aires, quizás en el joven que pudo haberla visto actuar en Montevideo. En todo caso, sí, por qué no, ella esperaba encontrarse con su connacional no bien arribara a Santiago. Todo cuanto no pudo ser.
Soledad. Muerte. Hambruna. Desolación. Y más soledad, los gritos de los indios vueltos malón. Los gauchos desertores que la desearían. Ofelia diciendo “queda encerrado en mi memoria”, pero sin dar su llave a persona alguna.
A los 44 años, ella –la cautiva chilena a lo mejor llamada Emilia- falleció sola y perdida y quizás loca en el desierto.
“Con el corazón yerto –cuenta Zeballos- vegetaba tristemente y murió sin haber querido revelar a nadie su nombre verdadero”.
31 Dic 2007
Borges esquina Nabokov
Este texto fue publicado en "Sábado" de Unomásuno de México, "La Opinión", de Rafaela, y "Hoy y mañana", de Santa Fe, ambas de Argentina. Ahora, corregido, lo incorporo al blog.
Al cumplirse –coincidentemente- en 1999 el centenario de los nacimientos del argentino Jorge Luis Borges y del ruso Vladimir Nabokov, críticos, comentaristas, escritores, volvieron a recordar los múltiples hechos, en vida y obra, que especularmente confluyeron en ambos escritores.
Borges, en Argentina, y Nabokov, primero en Rusia, luego en el exilio europeo, más tarde en Estados Unidos (y de nuevo en Europa), elaboraron gran parte de sus respectivas obras en el (casi) anonimato, que en este caso quiere decir lejos de la observación meticulosa (cuando no agresiva) de la crítica, de los reclamos de productividad de parte del mercado editorial y, menos aún, sin vinculación con el mundo exitista y globalizado de nuestra época.
Nabokov conoció la producción de Borges ya en sus últimos años de vida, esto es, cuando su propia producción se encontraba en su parte conclusiva, de cierre. Lo mismo que le estaba ocurriendo al argentino quien, a su vez, nunca leyó al escritor ruso aunque defendiera a “Lolita” cuando esta novela fue censurada en Argentina en 1959. Incidentalmente, dialogando con Osvaldo Ferrari, el autor de El aleph cita a Nabokov al hablar de Dostoievski, pero en estos vagos términos: “Yo leí (declaraciones) de aquel famoso escritor ruso, de cuyo nombre no puedo acordarme, aunque querría acordarme, el autor de Lolita..”[i]
En cuanto al episodio de la censura: la revista Sur, que en Buenos Aires dirigía Victoria Ocampo, publicó dos artículos, uno firmado por el propio Borges y el segundo por un grupo de intelectuales argentinos, a propósito del acto de censura. Aunque fechada con mucha diferencia de años respecto de lo que le manifestara a Ferrari (mediados de la década de los 80), tratándose de Borges no llamará la atención que en todo ese tiempo no haya cambiado de actitud, vale decir que se mantuviese en esa su decisión de no leer a su par ruso, tal como lo manifestara en la nota de 1959: “No he leído el volumen de Nabokov y no pienso leerlo, ya que la longitud del género novelesco no coincide ni con la oscuridad de mis ojos ni con la brevedad de la vida humana”. [ii]
Las líneas concurrentes que pueden observarse en las respectivas obras de estos notables escritores han sido advertidas de manera reiterada por los críticos, hasta el punto de haber llegado a fastidiar a Nabokov, aunque al comienzo en él todo fuera admiración hacia el argentino.
Al consultársele a Nabokov acerca de esas infrecuentes coincidencias, respondió: “Leí por primera vez a Borges hace tres o cuatro años (el reportaje era de 1966). Hasta entonces no me había enterado de su existencia, ni creo que él supiera, ni sepa, nada de mí. Esto no es nada grandioso en cuanto a telepatía”. Quien lo entrevistaba para The Winsconsin Studies in Contemporary Literature era Alfred Appel Jr. Este reconocido periodista sostenía que la novela “Barra siniestra”, de Nabokov, y el cuento “Las ruinas circulares”, de Borges, eran conceptualmente semejantes. Y agregaba: En ‘El milagro secreto’, de Borges, el personaje Hadlik ha creado una pieza en verso misteriosamente parecida a la obra teatral ‘Vals y su invención’, de Nabokov, escrita en ruso, publicada por primera vez en 1938 y vertida al inglés en ese 1966”. El mismo periodista aclaraba que se trataba de un texto anterior al cuento de Borges, pero que Nabokov no pudo leer en ruso, y por eso terminaba preguntando: “¿Han tenido ustedes algún tipo de relación aparte de la telepática?”.
Nabokov, además de responderle como antes se precisó, agregó que una presunta comunicación telepática no debía ser descartada del todo, y sobre el particular habló de las afinidades existentes entre su novela “Invitado a una decapitación” y “El castillo”, de Franz Kafka, aclarando –por las dudas- que cuando la escribió no conocía al autor checo[iii].
La presencia del doble
“Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas”, escribió el argentino en “El hacedor” (1960), definiendo en esas líneas y en las que le siguen (en “Borges y yo”), con total agudeza y de una forma que no parece admitir réplica, esa otra constante de su obra: la del doble. Tema que también se presenta en la obra nabokoviana, hasta el punto de que la totalidad de su novela “El ojo” (1930-1965)[iv] gira en su torno.
También la crítica ha advertido que ocurre algo similar en la novela de Nabokov “Pálido fuego” (al punto de que se llegó a decir que el tema del doble se encuentra aquí potenciado por tres). Sin embargo, al ser interrogado sobre esta particularidad, Nabokov se mostró intransigente, negándose a admitir que el doppelgänger se haya “metido” de contrabando en su obra. No puede sorprender que –caprichoso, como también lo fue Borges– llegase a calificar al tema como tremendamente aburrido.
Al morir Nabokov en 1977, el periodismo se encargó de establecer paralelos biográficos con Borges, zonas especulares que, por decir lo menos, llaman poderosamente la atención. En efecto, ambos escritores habían nacido en el mismo año, 1899, y provenían de familias de la clase alta de sus respectivos países, noble la del ruso, burguesa la de Borges. En el caso del argentino éste no nació rico, como en cambio sí le ocurrió a Nabokov (cuyos padres fueron en realidad riquísimos), pero como contrapartida el ruso se vio sumido en la pobreza cuando se produjo la revolución bolchevique y debió exiliarse. A partir de ese momento comenzó a experimentar una aguda nostalgia por el mundo de la infancia, perdido para siempre, irrecuperable, al que intentó rescatar literariamente en poemas y relatos.
Pero, al decirlo así, ¿no se está hablando acaso de Borges? Porque ¿no es la nostalgia por el pasado, personal, familiar, lo que llevó al argentino a escribir sus páginas sobre Carriego, Adrogué, Palermo, los cuchilleros, y a recordar en múltiples declaraciones y comentarios a sus ancestros, al abuelo muerto en la batalla de La Verde, a los patios de esclavos, a sus abuelas, a ese pasado que regresaba al hombre maduro, mitificado y mejorado respecto de lo que en realidad fue?
Otra curiosidad que los vincula tiene que ver con los padres, que casualmente se llamaban como sus hijos. Vladimir Nabokov y Jorge Borges, progenitores, tuvieron fuertes personalidades que influyeron muchísimo en sus hijos. Poderosísimos en cuanto a su fortuna, el padre del ruso; adelantado a su tiempo –fue profesor de psicología–, el padre de Borges. Vladimir D. Nabokov fue un activo político reformista, casi un socialdemócrata de nuestros días, opositor al régimen del zar. Jurisconsulto de nota y ávido lector, tanto que en su fastuosa casa tenía una biblioteca de 10 mil volúmenes. Interesado en la literatura de su tiempo, publicó diversos textos sobre escritores de la época, entre ellos uno dedicado a Flaubert. El padre de Borges fue también escritor, aunque frustrado, y fanático lector. Está de más decir que la vida de Borges giró en torno a la biblioteca, y sobre la influencia de su padre y los libros de éste no está de más recordar aquello de: “Creo que nunca salí de la biblioteca de mi padre”, tantas veces repetido por el escritor argentino.
Además ambos progenitores no murieron de muerte “natural”. Es cierto que el padre de Borges, Jorge Guillermo, había enfermado, pero el autor de “Ficciones” sostenía que se dejó morir cuando se le declaró un aneurisma a los 62 años. A su vez, con diez años menos, viviendo en el exilio, Vladimir Dmitrievich fue ultimado por ultraderechistas cuando intentó (y logró) salvar a un amigo de un atentado.
Contrariando el interés que ambos progenitores demostraron por la política, sus hijos la rechazaron tajantemente. En su vejez Borges afirmaba ignorar todo cuanto a ella se refería. En su autoexilio suizo, Nabokov se negaba a adherirse a cualquier manifestación pública, aun cuando se refiriera a la realidad soviética y el gobierno de la entonces URSS y pese a ser un opositor manifiesto. Si bien Borges estuvo públicamente a favor de los Aliados en la II Guerra Mundial, siempre antiperonista y –según él– anarquista-pacifista en la vejez, no pueden ignorarse sus posiciones conservadoras tan coincidentes con las de Nabokov. Los dos, por otra parte, fueron acérrimos individualistas.
El segundo idioma
Coincidieron también en muchas otras cosas, sutiles, siempre concurrentes: el “segundo idioma” de estos maestros de la literatura fue el inglés, y quizá habría que decir que por supuesto su autor preferido era William Shakespeare. Borges llegó a escribir muy pocos trabajos en esa lengua, pero dictó en inglés las dos autobiografías traducidas al castellano[v]. Nabokov, es sabido, escribió toda su obra de madurez en inglés, idioma que por ese motivo –por atacarlo desde la extraterritorialidad, como definiera George Steiner– lo llegó a renovar. Y qué decir de la renovación que produjo Borges en nuestro idioma.
“Tengo unos pocos favoritos... por ejemplo, Robbe-Grillet y Borges. ¡Con qué libertad y gratitud se respira en sus laberintos maravillosos! Me gusta la lucidez de su pensamiento, la pureza y la poesía, el espejismo en el espejo”, decía Nabokov sobre Borges en 1964[vi].Esa admiración confesa la sostendría por varios años más. Así en 1972, hablando para la Radiodifusión Suiza, respondía: “Ese dramaturgo (Samuel Beckett) y ese ensayista (Borges) son mirados hoy con fervor tan religioso que en el tríptico que usted menciona me sentiría como un ladrón entre dos Cristos. Un ladrón muy alegre, con todo”, respondiendo a la pregunta: “¿Qué opina de la vinculación que el crítico George Steiner establece entre usted, Samuel Beckett y Jorge Luis Borges como las tres figuras de probable genio dentro de la literatura contemporánea de ficción?”, que le formulara por Paul Sufrin.[vii]
Esta respuesta le permitiría más tarde a Borges ratificar de manera indirecta su indiferencia hacia el orbe nabokoviano. En efecto, a partir de la pregunta nacida de la afirmación de Steiner, ella le fue reformulada por Marcos Ricardo Barnatán, escritor argentino radicado en España. La respuesta de Borges, doble y lapidaria: “De Nabokov nada puedo decir, porque no lo he leído. Desgraciadamente, he leído a Beckett”[viii].
Un personaje singular
Al referirse a la penúltima novela del escritor ruso, “Ada o el ardor”, la crítica argentina Matilde Clotilde Rezzano de Marti acertaba al indicar que convendría seguir las pistas sobre la afinidad filosófica de ambos escritores, por lo menos dentro del tema del tiempo y la memoria[ix]. En dicha novela,Nabokov define a su personaje Osberg (evidente anagrama de Borges) como “un escritor español de cuentos de hadas y anécdotas místico-alegóricas” que ha influido en la obra creativa del protagonista, Van.
A todo lo anterior debe agregarse otra coincidencia, la de la cita apócrifa. Vale decir, aquel soporte que utilizara Borges para mentir a los lectores con sus primeros cuentos de la década de 1930, que semejaban ensayos y que le permitieron adentrarse en la ficción, tal como ocurriera con “El acercamiento a Amoltásin” y con “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Citas apócrifas que a su vez utiliza Nabokov para reconstruir la vida del protagonista de lo que fue la primera novela que escribió en inglés en 1941, “La verdadera vida de Sebastian Knight”.
Pueden establecerse otras analogías, más sutiles aún, tal como ocurre entre “Pierre Menard, autor de El Quijote”, el cuento de Borges de 1939, y la ya citada “Pálido fuego”, novela de 1962. En el primer caso estamos ante un texto de altísima originalidad en el que el presunto Pierre Menard reescribe (textualmente) El Quijote, pero dotándolo de toda aquella potencia de la que “carece” el libro cervantino y que queda develado por los comentarios comparativos que acompañan a determinados fragmentos, de un libro y de otro. En cuanto a “Pálido fuego”, se trata de la interpretación que un loco, Charles Kimbote, hace del extenso poema de ese mismo título de John Francis Shade; glosa que le permite a Nabokov establecer en una obra las dudas que le despierta el arte ubicando a éste en un sitio ambiguo, nunca del todo definido. Habría que añadir que desde una determinada perspectiva, para el escritor ruso la creación artística es única y original, pero que desde una segunda visión, cercana, a lo mejor superpuesta a la primera y con la que termina confundiéndose, esa misma creación puede resultar el producto contradictorio, primario, primitivo, gestado por un débil mental. La ambigüedad, lo indefinido, es lo propio de la obra nabokoviana.
Otro sitio común a ambos lo ha encontrado la argentina Paola Piacenza a propósito de la publicación de”Borges profesor”[x]. En este caso Piacenza encuentra una notable conexión entre las clases que dictó el argentino a fines de los 50 (y que son las que recopila el libro) y las que desarrolló Nabokov en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos.[xi]. Señala al respecto la notable coincidencia entre los autores elegidos por ambos escritores y las “valorizaciones” que de ellos hacen, así como la particularidad de atender en forma muy exhaustiva a los argumentos de las obras seleccionadas.
Algo ocurrió en el camino
Sin embargo, algo le ocurrió al autor ruso con el argentino, porque luego de tanto ditirambo esparcido durante años en declaraciones públicas, en un momento dado llegó a descalificarlo al sostener en otra de sus opiniones contundentes: “En un comienzo lo leí con deleite, pensando que me hallaba ante un pórtico, pero luego comprobé que detrás del umbral no hay ninguna casa”.[xii] También poco antes de morir Nabokov declaró: “Dejemos a Borges, a veces parece un imperio que se derrumba”.[xiii]
¿Qué llevó a Nabokov a cambiar tanto de parecer, a emitir tales descalificaciones? No hay una respuesta porque él nunca lo aclaró, pero sí existe la posibilidad de especular: ¿Habrá sido consecuencia directa de la fatiga ante la persistente carga de la crítica que buscaba establecer paralelos, descubrir quién copiaba a quién? ¿La necesidad de sentirse único en un territorio personal, inviolable, en el que no había lugar para ninguno más? ¿El insoportable hecho de verse reflejado en un espejo que le entregaba su rostro sin máscara?
Cansancio respecto de las comparaciones lo hubo, porque en determinado momento, ante las insistentes preguntas, se vio compelido a advertir: “Yo empecé antes”.[xiv]
Borges pudo evitar el estremecimiento porque, como se ha dicho, nunca leyó al autor rusoo. Nabokov en cambio sí leyó, con muchísimo interés y durante años, al argentino. Puede haberse dado el caso de que, en efecto, no haya encontrado nada detrás del pórtico del que habla, pero llama demasiado la atención el cambio de actitud luego de haber reiterado elogios incluso desmedidos respecto de Borges y su obra (recuérdese que lo llamó Cristo) a lo largo de no menos de diez años. E incluso haberlo vuelto un personaje central de una novela tan recargada de simbología como lo es “Ada o el ardor”.
Nuestra interpretación acerca del divorcio de Nabokov no tiene ningún aval documental, pero aunque obviamente subjetiva, parte de la deducción nace de la aplicación del sentido común, porque ¿cómo pudo decir lo que dijo Nabokov sobre Borges poco antes de morir si años atrás había expresado un sinfín de elogios, tal como los manifestados a The Paris Review en 1967 al hablar admirativamente de “sus pequeños cuentos delicados y sus Minotauros en miniatura”?[xv]. Evidente muestra de lectura aplicada a una determinada obra, según sus propias declaraciones, en la que llevaba en ese momento tres años de ejercicio.
Se trata de una sospecha que en nada invalida la notable, excepcional, confluencia de dos escrituras soberanas elaboradas en los márgenes de los países centrales y que, sin embargo, tanto llegaron a incidir en la escritura y hasta el lenguaje contemporáneos, incluyendo los de esos propios países centrales, que es lo que en definitiva importa, más allá de deducciones personales o de actitudes de menoscabo (las que siempre adoptó Borges hacia Nabokov; las aplicadas por éste hacia el argentino en sus últimos años de vida). Porque lo que prevalecerá serán sus obras, inagotables, imperecederas. Aunque esto no nos impida la misión detectivesca de establecer otras de las conexiones telepáticas que se dieron entre ambos escritores, a pesar de distancia y tiempo que los dos parecen haber podido anular.
Borges esquina Nabokov
En efecto, parecen haber podido anular esas distancias porque, de lo contrario, ¿cómo interpretar esta continuidad impecable que se advierte en un muy mencionado (y con justicia) fragmento de “El jardín de senderos que se bifurcan”, de Borges[xvi], con otro de Nabokov extraído de su novela “El ojo”?
Así, en su cuento Borges dijo para siempre: “Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y en el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí”. En “El ojo!, Nabokov a su vez hace hablar a un frustrado suicida que cree que ha logrado matarse, de esta manera: “Un hombre que ha optado por la autodestrucción está muy alejado de los negocios mundanos, y sentarse a escribir su testamento sería, en ese momento, un acto tan absurdo como darle cuerda al reloj ya que, junto con el hombre, todo el mundo queda destruido; la última carta se convierte inmediatamente en polvo y, con ella, todos los carteros; y se desvanecen como el humo los bienes legados a una progenie inexistent”e.
Como se ve, ambas calzan como un guante. Nueva prueba de las afinidades de ambos escritores y también –y esto es fundamental– pruebas palpables de sus imperecederos magisterios.
[i] “Diálogos últimos”. Sudamericana, Buenos Aires, 1987, p. 45
[ii] Ambos artículos están incluidos en “Borges en Sur”. Emecé, Buenos Aires, 1999
[iii] El reportaje, publicado en 1967 en The Winsconsin Studies in Contemporary Literature, aparece en “Opiniones contundentes”. Taurus, Madrid, 1999. pp. 74 y 75
[iv] La totalidad de las novelas escritas en ruso por Vladimir Nabokov entre los años 20 y 30 fueron vertidas al inglés por el autor y su hijo Dmitri en la década de los 60, de ahí la doble consignación del año de edición.
[v] Hablamos de “Autobiografía”, El Ateneo, Buenos Aires; y de “Un ensayo autobiográfico”. Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores/ Emecé, Madrid, ambas ediciones de 1999
[vi] Entrevista realizada por la revista Playboy e incluida en “Opiniones contundentes”, op. cit., p. 45.
[vii] En “Opiniones contundentes”, op. cit., p. 159.
[viii] En “El autor y su obra”, de Marcos Ricardo Barnatán.
[ix] “La Nación”, suplemento cultural. Buenos Aires, Argentina, 31-7-1970.
[x] Publicado por Emecé, Buenos Aires, 2000.
[xi] Están editadas en los libros “Lecciones de literatura”, “Lecciones de literatura rusa” y “Curso sobre El Quijote”, de los que existen varias ediciones.
[xii] Recogido por el diario argentino Clarín, con motivo de la muerte de Nabokov, edición del 5-7-1977, p.22
[xiii] Declaraciones a la revista argentina “Status”, octubre 1977. p. 8.
[xiv] En “Opiniones contundentes”, op. cit., p. 45.
[xv] En “Opiniones contundentes”, op. cit., pp. 92 y 93.
[xvi] Publicado en 1941 en su libro “Ficciones”.
Sobre este blog
Noticias desde el sur
cmoran24
Soy un escritor y periodista que vive en Santa Fe, República Argentina. En el presente blog voy incorporando textos narrativos y comentarios sobre libros y autores, por lo que me propongo mantenerme en el territorio de lo literario. Al menos por el momento.
En un artículo del blog (en el tag o ventana "Noticia") doy más detalles sobre mis datos bio-biblográficos. He incorporado también en "Invitados" textos de escritores amigos.
Gracias por visitarme.
Carlos
Cliqueando sobre las distintas secciones que aparecen en Mis Tags pueden ubicar los diversos trabajos que voy agregando al blog, por categoría o tema.
Últimos Comentarios
- Manuel Puig, el dramaturgo olvidado 2 comentarios comentarios cmoran24 Anónimo
- "Caín" o el desasosiego según José Saramago 4 comentarios comentarios cmoran24 cmoran24 mab Anónimo
- Las "cosas raras" de Haruki Murakami 5 comentarios comentarios cmoran24 carme cmoran24 ly!!! alba
- Voces argentinas: Balzarino, Gómez, Van Bredam 2 comentarios comentarios cmoran24 Mileva
- Datos personales 1 comentario comentarios José Luis Velarde
Amigos
Ídolos
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
Archivos
- Noviembre 2009
- Octubre 2009
- Septiembre 2009
- Agosto 2009
- Julio 2009
- Junio 2009
- Mayo 2009
- Abril 2009
- Marzo 2009
- Febrero 2009
- Enero 2009
- Diciembre 2008
- Noviembre 2008
- Octubre 2008
- Septiembre 2008
- Agosto 2008
- Julio 2008
- Junio 2008
- Mayo 2008
- Abril 2008
- Marzo 2008
- Febrero 2008
- Enero 2008
- Diciembre 2007
- Noviembre 2007
Secciones
Enlaces
- Ángel Balzarino (Argentina)
- Beatriz Actis (Argentina)
- Carlos María Gómez (Argentina)
- El Fisgón Digital (Argentina)
- Gaceta Literaria Virtual (Argentina)
- Literatura Virtual (José Luis Velarde) (México)
- Mempo Giardinelli (Argentina)
- Miguel Ángel Muñoz (España)
- Miguel Grattier (fotos b/n) (Argentina
- Miguel Grattier (fotos color) (Argentina)
- Orlando van Bredam (Argentina)
- Patricia Severín (Argentina)
- Porfirio Mamani Macedo (Perú)
- Raúl Hernández Viveros (México)
- Revista Cultura de Veracruz (México)
- Revista Palabras Escritas (Argentina-Paraguay)



