17 Oct 2009
Los cráteres de la Tierra: La mentira en la sangre

“Juanito Laguna”, de Antonio Berni
El presente es un nuevo fragmento de mi novela inédita “Los cráteres de la Tierra”. Juan Noriega, personaje al que se alude en el texto, es un dirigente vecinalista del que se habían dejado de tener noticias en el último tiempo.
(la Nutria tiene la mentira en la sangre)
Lo más probable es que la Nutria le haya mentido, porque la Nutria tiene la mentira en la sangre, pero a lo mejor es cierto y por ahí el charco que se agrandó con las lluvias del mes pasado terminó abriéndose camino al río o esas cosas y a lo mejor puede ser cierto no más que, como el Nutria le contó, se tope una boga o un sábalo.
Tiene tiempo porque con el Grandote se pusieron de acuerdo para encontrarse en el cruce de las avenidas a la tarde, porque a la tarde hay más autos y se pueden limpiar más vidrios. Además es mejor con el Grandote porque cuando se les acerca a los que manejan y los mira y tiene el cepillo en la mano arrugan todos y les dan bastantes monedas y el Grandote, aunque se queda con la mayor parte, le da más que los otros.
Un bagre, un sábalo, un amarillo, da lo mismo, porque si pesco algo grande vamos a comer mejor en las casas, un día calmo, sol a pleno a pesar de que todavía el frío no termina de irse, el barro acumulado, esa especie de ciénaga, de roña espesa, lo recibe de pronto rodeándolo con su olor característico y deprimente que no llega, por acostumbramiento, a percibir en toda su crudeza.
Camina resbalando en el barro. La Nutria seguro que le mintió, porque lo único que encuentra es yuyales, plásticos y papeles y trapos adheridos a la maleza, revoltijos indiscernibles, suciedad, mugre y moscas, muchísimas moscas que lo acompañan primero y después empiezan a rodearlo, a acosarlo, a transformarlo en sitio de aterrizaje. De pronto, mientras sus pies resbalan más, se ve apresado por la ciénaga.
Putea a la Nutria, se dice aquí me muero, piensa que el Grandote va a buscar a otro para que lo acompañe en la parada y se va a perder un montón de plata, se dice no puedo mover las patas, se dice si me demoro la mama se va a preocupar, siente que un bicho lo toca y en ese momento comprende que no está respirando, que el barro lo ha cubierto, me muero, piensa o no piensa, el bicho lo quiere atrapar, lo rodea, lo toma tirándolo hacia abajo, me muero, la mama lo llama, lo sacude, dispertate, pero él tiene sueño, ha caminado mucho, se pelió con el Grandote y éste le pegó fuerte en las piernas que le pesan y lo hacen bajar, como si bajara unas escaleras que no terminaran nunca, que te tiran hacia abajo, dejame dormir le pide a la mama pero la mama se enoja, lo empuja y lo tira hacia arriba, arriba, ¡arriba!, hasta que saca la cabeza fuera del légamo y escupiendo barro, casi vomitándolo, con violencia y espasmos recupera la respiración, agitado, temblándole el cuerpo magro pero sin poder sacarse de encima el bicho que parece querer mandarlo de nuevo abajo para ahogarlo en el barro.
Se sacude con desesperación, intentando distanciarse del bicho que lo quiere agarrar, que le tira de las piernas y busca envolverlo, del que intenta alejarse, “¡fuera bicho, fuera!”, grita mientras chapotea en la inmundicia del barro.
“Fuera bicho, fuera”, repite pero ahora casi sin fuerzas buscando salir del lodazal, “fuera...” y en ese momento los yuyales se abren un poco y así logra ver lo que será su compañero de pesadillas durante mucho tiempo: esto el cuerpo verde y podrido que parece explotar en un olor que lo descompone, que lo cubre de pronto porque está recobrando la conciencia, la percepción cierta de las cosas, la ropita comida, el pechito mínimo, la cara espantosamente hinchada y mordida de quien siempre temblaba de frío, bigotito, camisita, del que decía alguna vez será.
La cara ahora casi irreconocible de Juan Noriega.
Otros dos fragmentos de la novela pueden leerse en los links uno y
05 Sep 2009
Los cráteres de la Tierra: Una antigua agenda
(Una agenda marrón, gastada en las puntas) El presente es un nuevo fragmento de mi novela inédita “Los cráteres de la Tierra” que tiene como protagonista a un periodista llamado Malbrán, que viene llevando a cabo una impensada investigación para dar con el paradero de una persona. Esta vez necesita leer la agenda de Agrelo, chantajista de ciudad chica. Ricardo es el remisero que suele trasladar a Agrelo y que le facilita a Malbrán el acceso a esa manoseada libreta: Debió haber sido un bello ejemplar, casi de colección: Cuero repujado, cierre dorado, un marcador de seda pero el tiempo y el uso, el mal uso, la han deteriorado y es por eso que tiene manchas, marcas, páginas dobladas, arrancadas. No quedan en su cubierta los datos de identificación, el año de edición, aunque muchos saben quién es su propietario y cuánto puede llegar a valer. Si es que existiera la remota (tan remota), posibilidad de que ese cóctel explosivo alguna vez se pusiera en venta. En ella se destacan dos gruesas manchas de grasa y las dos hojas -del medio- dobladas. Sí, debió haber sido un bello ejemplar, cuero repujado, cierre dorado, un marcador de seda. Podría haber sido regalo de una mujer, de una mujer soberbia, dueña de su cuerpo, de su tiempo y de su dinero, dispuesta a gastar para halagar, para hacer sentir su presencia hasta el ahogo y el espasmo, pero pensando en el propietario había que desechar tal idea, esta alternativa novelesca. En sus páginas, vueltas del color que deja el tabaco en la piel, arrugadas en sus puntas, aparecen nombres, direcciones, escritos a mano, con distinto tipo de lapicera, de tinta, hay marcas, tachaduras, enmiendas, llamadas, flechas entrecruzadas entre cita y cita. Lo previsible ocurre: prácticamente le es ininteligible porque los nombres, presuntos, se encuentran abreviados o sustituidos por apodos, o remedos de apodos, a su vez abreviados: El lo, Pat, Fg, Ñat. Aparecen números envueltos en círculos y cifras. En el primer caso puede tratarse de fechas, en el segundo casi sin duda de dinero. Las cifras son dispares, algunas llamativamente altas. En determinados casos se encuentran acompañadas por signos de pregunta, en otras tachadas con equis grandes, marcadas con fuerza, como si en el momento de escribirlas el fastidio o el enojo se hubiesen impuesto. En la parte final aparece el listado de números telefónicos, no siempre completos. Al parecer el propietario ha confiado en su memoria porque tampoco están consignados con claridad y así es que se lee: T 3456, M 215 y después un 0 apartado. O: Jorg 4567 doce, esto último escrito con letras. De vez en cuando el número telefónico está completo, pero de nada vale porque cuando así ocurre tal número se encuentra precedido por el nombre completo y en ese caso, en todos los casos, es porque se trata de un dependencia de servicios: Banco, Luz, Agua, Municipalidad, Informes. En otros, muy pocos, porque son números por todos conocidos, en general dependencias oficiales. Hay llamadas, vasos comunicantes entre una página y la otra: asteriscos, cruces, flechas, marcas que tienen una diversa y desconocida significación. Interesan los nombres en clave, las cifras abultadas, las marcas (una equis, dos equis, varias equis) que acompañan a determinadas iniciales, a las abreviaturas de nombres o apodos. No está claro qué pueden significar, pero dan indicios, como sombras que se proyectaran sobre los nombres, las iniciales, las abreviaturas. Es un mapa con distintas señales en clave que debería develar para saber al fin de cuentas cuál es ruta y cuál pantano, en que lugar se puede detener, por dónde avanzar, en cuáles sitios de la complicada geografía se puede respirar tranquilo y en qué lugares late el peligro. Pero Malbrán no tiene tiempo, “ni una hora”, le dijo Ricardo enojado, casi irreconocible. Quizás Clau sea nomás Claudio, a lo mejor Cha es Charlie y puede ser que la T y el 319 se corresponda con el doctor Héctor Tundera (teléfono que comienza con esos números y no figura en guía). Puede darse que Da 200 hable del bancario Daniel Pare y que los 200 se correspondan con los que faltaron un día en caja y que en la jornada siguiente repuso, sin decir palabra, y aceptando sin más la fuerte suspensión que le aplicaron. Pero son historias viejas que en este momento a Malbrán no le interesan, tiene que buscar más, “tiene que estar en alguna parte”, murmura mientras repasa las hojas pringosas con los dedos transpirados. Todo es posible, la cuestión central es ver si puede descifrar lo más importante, lo menos notorio, aunque sepa que de por sí no constituye documento alguno ni, en principio, salvaría a nadie de nada. Agrelo tendrá su copia bien guardada. Y además es de los que alardean de su memoria, como ha alardeado de la seguridad con la que se mueve, de protegidos, de padrinazgos y compromisos. Porque esto es cierto: Agrelo es consciente del poder que la agenda contiene. Y Malbrán a su vez tiene conciencia de que debe descubrir de inmediato lo que busca porque los minutos pasan y pesan sobre él.

11 Ago 2009
Los cráteres de la Tierra: Los verdaderos rostros

“Autorretrato”, de Francis Bacon El siguiente texto forma parte de la novela inédita “Los cráteres de la Tierra” que tiene como personaje central al periodista Malbrán. La historia transcurre en una ciudad del interior de la Argentina y el personaje vive distintas peripecias. Mientras trata de averiguar las causas de la desaparición de una persona ha tomado conocimiento de que alguien, un recién llegado a la ciudad, lo está persiguiendo. En esas circunstancias visita una galería de arte: Al ingresar se toma por la primera galería cuyas paredes, de intenso color marfil, sostienen los cuadros de la exposición. Quien ingresó a ver la muestra no ha tomado la precaución de conocer de antemano el nombre del artista que expone y por eso se sorprende ante el primero de los muchos cuadros exhibidos debido a que tanto esa pintura, como las siguientes, parece ser (es la figura que al visitante se le impone) un muestrario de carnes violentadas, dibujos extraídos de algún frigorífico o una suerte de pornografía retorcida y ambigua. Los rostros no son rostros, los cuerpos no son cuerpos pero al mismo tiempo lo son. Es difícil identificar con exactitud ojos, bocas, narices, pechos, piernas, sexos, pero todas esas partes del cuerpo humano están representadas de la manera antedicha. ¿Qué son, qué representan? ¿Vacas dirigidas al matadero, exhibición de atrocidades, enciclopedias de los cuerpos y del drama humano, la muestra exacta de la maldad? Todo es posible, todo lo es, incluyendo la atrocidad del deseo, la del amor y la del desprecio, la maravilla del deseo y del amor, ¿la maravilla del desprecio? Todo lo es, o todo puede ser. El visitante siente la incomodidad generada por la sanción moral que cada cuadro, la suma de esos cuadros, le expone y también le demanda. Cada rostro que mira, cada recuerdo de los rostros expuestos, lo ubica en realidad frente a sí mismo pero no el sí mismo de la representación mundana ni el de las apariencias sino el sí mismo de pura nervadura enroscada, sitio de deseos inconfesos, de frustraciones y muertes, de cruce de caminos y de insatisfacciones, que no se exponen porque no se pueden exhibir. Y que, en cambio, este artista enigmático se encarga de mostrar. El rostro que ahora el visitante (se llama Malbrán, ha entrado allí por casualidad, a lo mejor porque afuera hay calor o porque no quiere ser visto, quizás porque está huyendo de algo o de alguien), observa con extremo detenimiento presenta la particularidad de no encontrarse definido aunque sin embargo parece subrayar aquello que a falta de otras palabras llamaremos el alma del retratado: Un ojo sobresaliente, una gran depresión en donde debería ir el pómulo izquierdo, protuberante el derecho, destacada la mandíbula, ausente la boca, doblada la nariz, alejado el cabello de la frente, de lo que llamaríamos frente si le prestamos la correspondiente atención. O si convenimos que se trata de una frente. De una cara. Representación. Una simulación, una puesta en escena, que se perfecciona a medida que ascendemos en la pirámide de Packard (¿alguien la recordará, hoy por hoy?), y llega a ser casi perfecta, ajustada como reloj de artesano, muñecos mecánicos que dicen cómo estás te veo bien justo ahora que nos encontramos es un honor para mí estábamos diciéndonos por qué no comemos en el campo podría explicarme amigo mío es un placer verdadero placer, y semejantes. Y las máscaras, perfectas, trabajadas a fondo en los mejores talleres de Europa, y ahora de los Estados Unidos, de ambos ríos ha salido la matriz contemporánea, se ajustan de verdad a nuestros rostros, tanto que la nariz es un calco notable de la verdadera nariz, y la boca de la boca y la arruga de la frente de la arruga de la frente. Tanto que hasta a nuestros pensamientos imita la representación.
Otro fragmento de “Los cráteres de la Tierra” puede leerse en este link (ver)
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