27 Jun 2007

Criatura maldita

Escrito por: Sergio Morales García el 27 Jun 2007 - URL Permanente

Se hace larga la espera entre libro y libro firmado por Hideshi Hino. Pero una vez llega a mis manos una de sus creaciones, se hace obligada una pausa para sumergirse en una lectura pausada de sosiego avanzar de páginas. Es el morbo del deleite con el terror...



Criatura maldita
Hideshi Hino
La Cúpula


Un horror es abandonado el mismo día de su nacimiento. El bebé deforme y monstruoso no tiene cabida en una familia normal y por ello es arrojado a su suerte en un vertedero, un cementerio que se convertirá paradójicamente en su cuna. Allí se erigirá en dueña y señora de todo ser viviente que se arrastra por sus escombros. Perros, ratas y cuervos, temerosos de la figura grotesca que sólo es capaz de articular extraños y agudos graznidos, eluden su presencia, no le disputan ninguna presa... porque ella es una criatura maldita nacida con el trueno. Pero un extraño sentimiento anida en su corazón: a lo lejos se ven las luces de la gran ciudad y una llamada inaudible la reclama.

Hideshi Hino nos vuelve a presentar a un ser espantoso y pútrido en Criatura maldita, el último título aparecido de su serie de libros de terror. En esta entrega, el autor nacido en Manchuria da forma a una horripilante niña cuyo único sustento es la carroña y la sangre, hasta que una noche prueba el suculento bocado de la carne humana y cambian sus apetencias alimenticias. Criatura maldita es un relato protagonizado por la mítica figura del zombi caníbal pasada por el pincel del maestro japonés del horror, que le imprime un nuevo carácter más tierno a los ojos del lector. La pobre niña no conoce el afecto familiar y sus salvajes cacerías sólo son llevadas a cabo para sobrevivir en un ambiente sombrío y de escasos recursos. Pero cuando la venganza le es servida en bandeja de plata, surge la verdadera esencia piadosa de quien sólo anhela un atisbo de felicidad en su corta vida llena de penurias.

Criatura maldita es un nuevo ejemplo del auténtico sentido del horror. No surge de las sombras que sirven de cobijo a extraños y desconocidos animales, de las angustiosas noches cerradas que se extienden como un manto sobre la tranquila civilización, de los horribles seres que reptan por la oscuridad a la espera de la oportunidad de cazar a un inocente. No sobreviene al contemplar un ser de proporciones desmesuradas, hediondo rastro ni corrupta carne. El horror de Hideshi Hino nace en el interior de las personas. Es su miedo a lo desconocido, su tergiversado sentido de la responsabilidad, el causante de tanta desgracia ajena. Estos actos tienen sus consecuencias, de efecto moralizador final: los desgraciados aparecerán súbitamente para rendir cuentas y demostrar quién es más humano en realidad.

Al igual que en El niño gusano o El hombre cadáver, Criatura maldita está protagonizado por un ser que se encuentra perdido en un entorno hostil. No es malvado por naturaleza, sino por obligación. Las circunstancias le han jugado una mala pasada, la suerte se ha cebado en él. No alcanza a comprender lo que sucede a su alrededor ni el porqué de tanto odio. Sólo sabe que quiere vivir en paz, aunque sea apartado de un mundo que lo rechaza por repugnancia, cuando el mismo apesta a hipocresía.


Páginas interiores:

CriaturaMaldita177








La maldición del paraguas

Escrito por: Sergio Morales García el 27 Jun 2007 - URL Permanente

La publicación de una obra de Lewis Trondheim es sinónimo de divertimento asegurado. La maldición del paraguas es un vivo ejemplo del humor autoparódico de uno de los grandes nombres de la escena de la nouvelle BD.



La maldición del paraguas
Lewis Trondheim
Ediciones Sins entido


La maldición del paraguas es un compendio de historietas de una sola página que están extraídas directamente de la vida de Lewis Trondheim, por su puño y letra. En ellas leemos su asistencia al Festival de Angoulême en el que recibió el gran premio y su viaje de documentación para La isla de Borbón 1730, en el ámbito profesional, o la adopción de unos gatitos y otros episodios hogareños que nos presentan a la persona que hay detrás de su inmensa obra. Publicadas inicialmente en su blog, estos breves retazos autobiográficos aúnan el humor típico del autor y la sinceridad de quien se ve como un loco de atar y no pretende ocultarlo. Una visión propia en tercera persona que nos entrega en bandeja de plata a un Trondheim-personaje para que nos cebemos en su ridículo y que acaba por convertirse en alguien entrañablemente cercano. Una maniobra curiosa de distanciamiento y humillación con la que paradójicamente consigue acercarnos con cariño y cierto guiño de complicidad a una caricatura y sus extravagancias. Éstas son las pequeñas tonterías de cada día que se nos van acumulando y, cuando nos queremos dar cuenta, han pasado, no a formar parte tangencial de nuestro paso por estas tierras, sino a ser precisamente los elementos que nos pueden definir a la perfección. Los tics, las neuras, los comentarios jocosos, los miedos y nuestro trato con nuestra familia y amigos, todo ello supone nuestro día a día y tan sólo de nosotros depende cómo afrontemos cada mañana. Lewis Trondheim lo tiene claro. Si en Mis circunstancias se confesaba como una persona intratable, asocial y neurótica, en La maldición del paraguas nos obsequia con los pequeños episodios cotidianos que ponen la salsa a un día perfecto (o no). Como la mejor defensa es un buen ataque, no se me ocurre mejor táctica a emplear para reírse de uno mismo. Los cortos capítulos de este libro vienen a mostrarnos la otra faceta del autor galo: aún un tanto borde y paranoico, revela su lado más mordaz, bromista y entrañable. A sus cuarenta años bien cargados en sus espaldas todavía es capaz de jugar con un sable láser de juguete y no tener la vergüenza de ocultarlo. O engañar a un grupo de personas que esperan ansiosos la firma de su dibujante favorito y alejarse de allí con una sonrisa maliciosa en los labios. Incluso arrastra consigo a algunos de sus amigos, como Joann Sfar, Christophe Blain o Manu Larcenet, unos artistas de mucho cuidado cuyas travesuras no tienen nada que envidiar a las del protagonista. Y lo que es peor: con todo, arranca con certera intención de nuestra memoria algún recuerdo un tanto sonrojante. Así claro que no nos vamos a reír de él, sino con él... ¡Nos la ha vuelto a jugar!







26 Jun 2007

Balas perdidas

Escrito por: Sergio Morales García el 26 Jun 2007 - URL Permanente

Más lecturas, muchas más lecturas, demasiadas lecturas. Parece mentira que, aunque uno lea y lea, dejando al más puro ostracismo los DVDs comprados y la cartelera cinematográfica del momento, la pila de libros y cómics pendientes no baje ni a la de tres. Pero bueno, mientras me siga deleitando con maravillas como Balas perdidas, que además quedan tan bien en la estantería en su formato tomo y me permiten regalar la edición en grapa, no me quejaré demasiado (como supongo tampoco lo hará el que ha recibido los 22 comic-books).



Balas perdidas
David Lapham
Ediciones La Cúpula

"La inocencia del nihilismo", corta sentencia que justifica a la perfección la esencia del modus operandi de los protagonistas de Balas perdidas. Unos personajes guiados por una moral propia, transgresora de una impuesta por la sociedad como respuesta a una situación crítica personal que requiere una reacción desesperada o, simplemente, porque no les apetece atenerse a unas normas estrictas dictaminadas en unas esferas políticas muy alejadas de la calle. Porque Balas perdidas no es más que la historia de las entrañas de la sociedad, de sus escalafones más bajos, donde hay unas leyes inquebrantables: la amistad, el amor, los negocios... todo está por encima de los libros de los abogados y las entelequías intangibles de unos conceptos demasiado abstractos. El impulso, la intuición, es lo que rige los actos de unos personajes apáticos y peligrosos que no dudan en emplear la violencia más extrema si lo consideran necesario para conseguir sus objetivos o sencillamente para divertirse. ¿Qué código se le puede imponer a una persona desesperada por sobrevivir, desengañada con la sociedad y el status quo, ambiciosa hasta la enfermedad, desequilibrada mentalmente o con una moral tergiversada? Entonces, ¿sus actos son malos por naturaleza, por contrato social o son reacciones válidas -siendo benévolos, comprensibles- dentro de su contexto? Quizá de aquí venga la inexplicable simpatía que despiertan unos seres tan impúdicamente violentos, tan inhumanos en sus actos como humanos en sus convicciones.

Pero no podemos juzgar sus brutalidades sin la perspectiva global de sus vidas. ¿Qué ha pasado para que esa persona actúe de ese modo, de dónde vienen sus anhelos y hacia dónde se dirige? David Lapham se sirve de saltos en el tiempo para ir presentándonos la historia completa de forma fragmentada y sin orden cronológico lineal, de un modo en que podemos tener un punto de vista poco habitual pero imprescindible para llegar a conocer mucho mejor los nombres que circulan por las páginas de esta serie y sus motivaciones. De esta forma, alternando episodios pasados, presentes y futuros, de diversión con otras situaciones más crudas, Lapham nos presenta el contraste interior de sus personajes, una balanza que se inclina de un costado o del otro según el peso de las alternativas del momento. Todos son lo que son, y sus circunstancias.

Balas perdidas no es un cómic de género negro al uso. No hay complicadas pero tópicas intrigas, apuestos y avispados detectives ni mujeres fatales. Tan sólo hay gente de la calle que se ve abocada al desastre sin que pueda hacer nada para evitarlo. De la más vulgar ama de casa al político corrupto pasando por unos despreocupados y enamoradizos adolescentes, cualquier lector puede encontrar en ellos un reflejo familiar. David Lapham es constantemente comparado con Quentin Tarantino por sus expeditivas puestas en escena, sus ácidos e hirientes diálogos repletos de exabruptos y sus personajes atormentados. Pero Lapham ha construido una serie tan realista a pesar de sus extravagancias porque conoce este submundo de primera mano. Nacido y criado en Nueva Jersey, este autodidacta dibujante y guionista tuvo una infancia y una adolescencia de los más turbulentas y animadas, llegando a ser fichado por la policía a los 11 años. No sabemos cuánto de lo que conoce y ha vivido en sus carnes lo impregna en sus creaciones, ni de dónde viene exactamente la naturalidad de unos diálogos que nos conducen con sobriedad y sin artificios, con una relajada y fluida narrativa, a lo largo de todos los capítulos hacia sus inevitables desenlaces, que llegan con aparente normalidad a pesar de los sobresaltos y las sorpresas continuas. Y es que tanto las escenas más pausadas como las más trepidantes y de acción se muestran con sosiego y espontaneidad, como otro aspecto ineludible e inseparable de la vida.

Ediciones La Cúpula reemprende la edición de este ya clásico cómic de género negro desde su inicio y abandonando la publicación en grapa. Por el momento contamos con la presencia en las librerías de dos libros, La inocencia del nihilismo y En algún lugar del oeste, que recopilan los números 1 a 14 de la anterior edición. Una nueva oportunidad para los despistados que dejaron pasar la serie hace unos años, donde se pierde el sentido del título de la serie, la de los retazos presentados como auténticas balas perdidas, pero se gana en visión global del universo cruel y despiadado de Lapham.






25 Jun 2007

Pascin

Escrito por: Sergio Morales García el 25 Jun 2007 - URL Permanente

Hay obras de apariencia sencilla que encierran detrás una complejidad y un torrente de creatividad inusitadas. Es el caso de la mentirosa biografía de Pascin que hizo Sfar y que nos presenta Ponent Mon.



Pascin
Joann Sfar
Ponent Mon

Julius Mordecäi Pincas, nacido en la ciudad búlgara de Vidin en 1885, cursó sus estudios de artes en Viena y pronto se estableció en Múnich, donde su escandaloso ritmo de vida y su trabajo de caricaturista con tintes eróticos le llevó a cambiar de nombre por el de Jules Pascin para "salvaguardar" el buen nombre de su familia de ricos marchantes. Criado en el seno de una estricta familia de judíos sefarditas, abrazó pues con rapidez la libertad que le ofrecía la vida en el extranjero. De Alemania pasó a Francia, el Reino Unido, Estados Unidos (donde se nacionalizó estadounidense) y Cuba, para finalmente regresar a Francia. En París, sus acuarelas de modelos femeninos le reportaron fama entre críticos internacionales y una muy buena consideración en su círculo de amistades más cercanas. Pascin formaba parte de la Escuela de París, un movimiento que agrupaba a los artistas extranjeros llegados a la capital gala en busca de libertad y reconocimiento. Allí se suicidó el 2 de junio de 1930.

La turbulenta y sórdida vida que llevó junto con sus compañeros y amigos le sirvió para ganarse el afectivo sobrenombre de "Príncipe de Montparnasse". El artista organizaba continuamente fiestas con tal de no encontrarse solo y ésta es la excusa que utiliza Joann Sfar para presentarnos una suerte de imaginada (y muy libre) biografía del artista búlgaro. Sfar nos propone a través de varios episodios de la vida de Pascin una visión de un París de época, comúnmente asociada a los relatos de Hemingway; recrea un París bohemio y sucio, pero a la vez bullicioso y vivaz. Los burdeles y los cafés se dan la mano en un ambiente donde el libertinaje se consuma en festejos privados precedidos de inteligentes y mordaces diálogos, la danza de apareamiento dialéctica que acaba por despojar de hipócritas y superficiales poses de clase y etiqueta para mostrar la humanidad con toda su crudeza. Nombres que figuran en los libros de arte como el propio Pascin, Soutine, Chagall o Kokoschka son desposeídos de su condición de firmas abstractas para adquirir una humanidad deprimente y cercana.

Las palabras que salen de los labios de Pascin son aquellas con las que Sfar nos quiere hablar de la soledad, del amor y de la sexualidad sin tabús, pero también sin caer ni en sentimentalismos facilones ni en la pornografía obscena. Con la naturalidad con la que deja un trazo en un lienzo, y en muchas ocasiones con una vulgaridad rayante en la ofensa, Pascin habla de arte pero también habla de la vida y de las mujeres. Para él, es la pintura la auténtica fuerza vital, la encarnación de los impulsos que nos empujan por una vida que nos desborda y nos supera. Es el sexo su origen, y al mismo tiempo son las palabras y los actos imputados por Sfar a Pascin los que confieren auténtica vida a este tergiversado personaje.

Mientras Pascin y sus cercanos debaten sobre sus pinturas, sus actos y el género femenino, Sfar aprovecha para hacer nuevos ejercicios, para experimentar distintas soluciones a lo largo de los capítulos que componen la biografía. Acaba por construir un recital caleidoscópico, una coral de técnicas y velocidades que se van amoldando a las pequeñas y erráticas citas sobre el personaje de Pascin y su mundo. Era la Escuela de París un movimiento sin cohesión artística, un grupo que dejó un legado de estilos heterogéneo que Sfar ha heredado en esta obra. Las distintas situaciones que nos va presentando, atemporales y escogidas al azar, vienen ataviadas cada una con un envoltorio gráfico distinto. Sfar se muestra inquieto y por ello no confiere una unidad a un libro que ni siquiera lo necesita. Resulta, entonces, un muestrario de la capacidad narrativa y creadora de un autor que no improvisa, sino que trabaja a golpe de inspiración.

Es consecuencia también, qué duda cabe, de la serialización de esta obra. Pascin fue apareciendo de 1997 a 2002 en la revista Lapin, para ser recopilada en 6 volúmenes publicados por L'Association. Finalmente, fue editada en un único volumen, versión que Ponent Mon ha escogido para traer esta obra a España. La misma editorial ha publicado una suerte de epílogo, La java bleue, colorida guinda a una excelente obra.


Páginas interiores:

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Lady Snowblood

Escrito por: Sergio Morales García el 25 Jun 2007 - URL Permanente

Poco a poco, el apartado de manga de mi biblioteca particular va ampliándose de forma peligrosa. A poco que me descuide, el número de mangas superará al resto, pero bienvenidos sean mientras me dejen tan buen sabor de boca como Lady Snowblood.



Lady Snowblood
Kazuo Koike y Kazuo Kamimura
Planeta DeAgostini

En un Japón inmerso de lleno en una drástica reforma social y económica, Osayo Kashima es una víctima más de los viles planes de los indeseables que aprovechan los miedos y las debilidades de un pueblo japonés olvidado pero utilizado por sus gobernantes para enriquecerse rápida y fácilmente. Su marido y su hijo son asesinados delante de sus propios ojos por unos miles de yenes, para luego ser violada durante dos días y dos noches por los mismos maleantes. Su venganza no se hace esperar y, simulando un estado catatónico causado por el trauma, servirá de camarera en el restaurante de uno de los malhechores, sólo para aprovechar un descuido de su captor y asesinarle. Osayo es apresada por la policía y condenada a cadena perpetua, por lo que no podrá jamás cumplir su venganza, a menos que... Movida por la ira y el rencor, urde un plan maquiavélico: se quedará embarazada para que su hijo pueda llevar a cabo la venganza por ella. Desgraciadamente, Osayo muere tras un parto complicado, pero aún así consigue transmitir todo su odio a la comadrona, quien se encargará de convertir a su hija recién nacida, Syura-Yuki Hime, en una inclemente asesina a sangre fría. Sensual y despiadada es la implacable Lady Snowblood, la asesina más temida de la era Meiji. Yuki, hija del infierno que camina por el sendero de la venganza, ofrece sus servicios a un alto precio, sin por ello olvidar su cometido final: culminar la venganza de su difunta madre.

Lady Snowblood es un nuevo manga sobre el honor, el deshonor y el derramamiento de sangre que siempre conlleva, de Kazuo Koike, el maestro que guionizó El lobo solitario y su cachorro y Asa el ejecutor. De igual forma que en estos dos títulos, Koike nos muestra, por mediación de unos personajes aparentemente crueles pero con un dolor interior indescriptible, un fresco de la sociedad japonesa de época. Es el turno de principios de la era Meiji, finales de nuestro siglo XIX, cuando Japón se haya en un proceso de occidentalización que rompe con muchos de los valores y las tradiciones de un país milenario a favor de una mayor separación entre clases. Oficiales, ministros, yakuzas y aldeanos desfilan por las páginas de un manga histórico que nos ofrece, en primer plano, uno de los sentimientos más arraigados del Japón feudal y por ello incólume a los cambios sociales. Es la venganza, disfrazada de restitución de un honor mancillado, símbolo de una cultura subyacente que se niega a extinguirse.

Kazuo Kamimura es el responsable de la parte gráfica de Lady Snowblood. Mientras Goseki Kojima imprimía un tono realista en El lobo solitario y su cachorro y Asa el ejecutor (aunque en ocasiones sus personajes no pudieran diferenciarse físicamente entre ellos), Kamimura emplea en este manga un estilo más sobrio, de línea algo más clara y sin recargar las viñetas. Su trazo suave y sinuoso perfila una figura limpia, sensual y atractiva, una Yuki de mirada pérfida y arrebatadora. Asimismo, consigue en muchos pasajes impresionarnos con el contraste de los charcos de sangre que se forman sobre la tierra donde desfallecen los cuerpos a manos de Lady Snowblood.

Hijo de su época, este manga creado en 1972 por Kazuo Koike y Kazuo Kamimura hace gala de altas dosis de violencia y sexo, dos herramientas que Yuki emplea a la perfección. La sangre es escupida a borbotones cuando desenvaina su espada y el arte del asesinato emerge a la luz. Lady Snowblood ejecuta sus movimientos con rapidez, los destellos de sus mandobles preceden sin excepción la sangrienta muerte de sus enemigos. No hay rival para una asesina entrenada a conciencia desde su más tierna infancia y que no duda en usar todas las armas que tiene a su disposición. Tan bella como su madre, encandila a sus enemigos, hambrientos de un cuerpo voluptuoso y totalmente entregados a la lujuria. La degeneración de una clase alta que ha sucumbido a los placeres inmediatos les vuelve corruptos y débiles, un manjar demasiado fácil para una Yuki astuta e ingeniosa, que a menudo simplemente se sirve de artimañas para, sibilinamente, vencer sin necesidad de mancharse las manos con una sola gota de sangre.

Lady Snowblood es una nueva oportunidad para acercarse a aquel Japón perdido, a una época donde la cultura obligaba a hacer prevalecer el honor a cualquier precio. La venganza es un plato que se sirve frío. Frío como la nieve.






24 Jun 2007

Mi madre era una mujer hermosa

Escrito por: Sergio Morales García el 24 Jun 2007 - URL Permanente

La explosión de obras autobiográficas da lugar a que seamos testigos de las más variadas vidas de los autores de cómic. En el caso que nos ocupa hoy, Karlien de Villiers, de origen sudafricano y raíces Boer, nos relata el capítulo más determinante de su vida.



Mi madre era una mujer hermosa
Karlien de Villiers
Ediciones Glénat

Karlien de Villiers nació en 1975 en Ciudad del Cabo. Cursó estudios de diseño gráfico en la universidad de Stellenbosch, donde conocería a Anton Kannemeyer y Conrad Botes, responsables de la revista de cómics Bittercomix. En esta revista publicaría varios de sus primeros trabajos, en su mayoría ya autobiográficos, dando rienda suelta a su inquietud por la ilustración y sobre todo el cómic. Su historia breve Amper Twaalf ("Los difíciles doce", en referencia a la edad) narra el que fue sin duda el peor episodio de su niñez, cuando un padre les da a sus dos hijas una trágica noticia. Esta punzante viñeta es la semilla de Mi madre era una mujer hermosa, su primer trabajo largo como historietista que ahora publica Glénat.

Mi madre era una mujer hermosa es la historia de la infancia de Karlien de Villiers, en una época marcada por la decadencia del régimen político sudafricano que culminaría con el fin del apartheid. Con este escenario como telón de fondo, de Villiers nos relata sus años en la escuela y la curiosidad de una niña que no entiende lo que sucede a su alrededor. Un adoctrinamiento católico extremista y represivo intenta hacer mella en la evolución de la personalidad de una niña por entonces moldeable, pero que se salva por aferrarse a sus constantes preguntas. Ausente de una figura paterna que sirva como modelo a seguir, pues su padre se presenta como una persona irascible y autoritaria con sus hijas, todas sus cuestiones y todos sus referentes pasan por la explicación y la aprobación de su hermosa madre, un espejo de resolutas convicciones en el que mirarse. Y mientras los disturbios callejeros aumentan la tensión política vivida en los 80 en el país africano, la pequeña Karla asiste igualmente atónita al desmoronamiento de su familia por los mismos cimientos. El fin de la unidad familiar de los Villiers, consumado con la tragedia, se convierte en este libro en una dura metáfora del fin del apartheid. Punto de inflexión en su vida y en la de toda la población de Sudáfrica, aquel momento supone el renacer de unas nuevas ideas y la gestación de un rencor grabado a fuego en su interior.

Esta primera obra larga de Karlien de Villiers, presentada como una especie de diario, demuestra en ocasiones las carencias propias de una autora novel. Con Mi madre era una mujer hermosa asistimos a la infancia de la autora a través de los ojos de la niña que fue. Pero el libro no está exento de nostalgia ni crítica desde la distancia de la edad, lo que le confiere cierta incongruencia. A pesar de ello, la sensación final tras la lectura es que Mi madre era una mujer hermosa se aproxima más a un diario de postales/recuerdos con explicaciones a pie de viñeta. En ningún momento la autora se plantea la página como una unidad narrativa; las formas y la distribución de sus elementos se parece a la de un álbum de fotos, sin un sentido narrativo. Con todo, la relevancia histórica del momento es plenamente circunstancial y, si bien en algunos episodios de la obra se muestra claramente como un apoyo al hilo argumental principal, acaba por desvanecerse por completo, centrándose únicamente en el desmembramiento familiar.

El interés de este libro recae principalmente en dos aspectos. Por un lado, el descubrimiento de una autora sudafricana cuyos trabajos (anteriores y posteriores) están marcados por los hechos de Mi madre era una mujer hermosa y la formación de un carácter emocional turbulento y angustiado. Es la suya una nueva forma de entender el cómic que puede conectar o no con el lector europeo. Por otro lado, la percepción que tiene una niña de un régimen autoritario y prácticamente dictatorial, tanto con las tribus indígenas que pueblan varias zonas de Sudáfrica como con los mismos blancos. Un punto de vista diferente y alejado de las tesis políticas que muestran la verdadera realidad y las consecuencias en el comportamiento de puertas afuera de una familia resquebrajada por dentro.






15 Jun 2007

Clásicos Star Wars: Hace mucho tiempo... Doomworld

Escrito por: Sergio Morales García el 15 Jun 2007 - URL Permanente

Atención: post que adolece de un egocentrismo galopante. Ataque de nostalgia a la vista, aunque supongo que no seré el único.

Hace mucho tiempo, en una población muy muy del extrarradio de Barcelona...



Clásicos Star Wars: Hace mucho tiempo... Doomworld
Varios autores
Planeta deAgostini

Recuerdo vagamente los flashes, los chisporroteos y las tremendas explosiones que poblaban la gran pantalla donde se proyectaba la primera cinta de lo que ya se había convertido en la gran saga galáctica por antonomasia (que me perdonen los trekkies). Todavía no calzaba bien los pantalones, pero algunas imágenes se quedaron grabadas en la cabecita del tierno infante: la imponente presencia del destructor imperial que daba caza a la corbeta rebelde, la magia abracadabrante del viejo caballero Jedi, las naves de extrañas formas que surcaban el espacio y esa negra figura misteriosa que se comía la pantalla ella sola. Todo esto era demasiado para la impresionable mente de un crío de alrededor de siete años. Cuántos huecos de la memoria han rellenado los constantes revisionados es algo que no sé muy bien, pero sí tengo claro que esa primera vez es la causante de todo.

Por aquella época, desgraciadamente (o afortunadamente, según desde qué lado de mi salud mental se mire), en casa no había aparato reproductor de vídeo. Las únicas y contadas ocasiones en que emitían La guerra de las galaxias o sus secuelas por televisión eran insuficientes para saciar el hambre que teníamos los fans del barrio. Pero en estas que la biblioteca de cómics de mis hermanos mayores tenía en su haber un precioso tesoro: un cómic titulado Guerras estelares mostraba en sus portadas a los mismos personajes que protagonizaban la idolatrada película. Qué maravilla descubrir en su interior nada menos que las mismas aventuras que erizaban el pelo desde el tubo de imagen del televisor. Pronto caerían en mis manos los cuadernillos de Bruguera con nuevas e inéditas escaramuzas de los héroes galácticos y, como colofón, la serie de Forum que se inauguraba con el gran festival de El imperio contraataca, sin lugar a dudas el mayor logro en la saga de George Lucas.

Veinte años después de aquella primera serie de Forum, Planeta deAgostini plantea la reedición completa y cronológica de los cómics que fueron realizados bajo el sello de Marvel, tal y como la ha llevado Dark Horse en los Estados Unidos. En la década de los 70, Marvel estaba trasladando al cómic los más populares largometrajes de ciencia ficción, como El planeta de los simios o 2001: Una odisea en el espacio. Fue entonces cuando apareció La guerra de las galaxias e inmediatamente se percataron de que era una película perfectamente adaptable al espíritu de las aventuras puramente Marvel. La publicación de los cómics del universo de Lucas comprendió 107 números que ahora han sido recopilados en siete volúmenes de más de 300 páginas que harán las delicias de los nostálgicos y los completistas.

Porque, no nos engañemos ni nos dejemos engatusar por el recuerdo, la calidad de estos cómics no es excelente, aunque entre sus sagas lleguemos a encontrar capítulos memorables o un Al Williamson y un Michael Golden en estado de gracia. Por contra tenemos a un Howard Chaykin prácticamente desconocido y el Carmine Infantino de la época, un dibujante de oficio con unos personajes haciendo equilibrios en cada viñeta. El mayor atractivo de este voluminoso tomo viene de la primera saga contenida en él, que abarca los primeros seis comic-books originales. Se trata, precisamente, de la adaptación del auténtico primer episodio de la saga. Cuando todavía se conocía el largometraje por Star Wars y eso del Episode 4: A New Hope era una extravagancia ignorada, Marvel se hacía con la licencia de los personajes de este peculiar film. Esta adaptación, realizada por Roy Thomas y Howard Chaykin, resultaba extraña en el momento de su publicación. No en vano es famosa por haberse realizado a partir del guión original, donde se encontraban escenas que no fueron incluidas en el montaje final. De esta manera, Luke charla con Biggs en Tatooine antes de que éste abandonde el planeta y la academia para enrolarse en las filas rebeldes, Jabba es un alienígena más bien escuálido (ni el mismo Lucas sabía por entonces la apariencia del villano intergaláctico) y Han Solo es quien dispara primero en la cantina de Mos Eisley. Atentos, pues, que en las primeras páginas de este Clásicos Star Wars: Hace mucho tiempo... Doomworld, tenemos la primera "edición especial".

El resto del tomo narra las aventuras de Solo y compañía inmediatamente posteriores a la destrucción de la Estrella de la Muerte. En estas historias y al contrario de lo que sucedería más adelante con la licencia en manos de Dark Horse, Marvel tenía carta blanca para hacer y deshacer a su antojo, hilvanar aventuras tan estrafalarias como se imaginaran sus guionistas, aún sin albergar el espíritu original de la saga. Así es cómo se explican los siguientes relatos, más centrados en la aventura pura y la fantasía producto de una imaginación desbordante. Unas historias que tienen un encanto genuinamente kitsch al inicio, hijas de su época y de sus padres del bullpen Marvel, con guiños y chistes privados incluidos (como por ejemplo esa versión de Sergio Aragonés llamada Serji-X Arrogantus), pero que conforme van avanzando los números van adquiriendo un pulso firme y una calidad destacable. Poco a poco se va formando un universo completo, con personajes propios incorporados a la plantilla original que vienen a enriquecer el relato de Lucas. Y es que la galaxia era muy lejana, pero no pequeña.

Pese a alejarse de la concepción original de la primera película, estas aventuras forman parte de la historia de la saga. Fueron el primer paso más allá del film de 1977. Las andanzas de los rebeldes no se constreñían a una película de hora y media, sino que seguían vivas en el salón de casa, en unos cómics que se han ido amarilleando y que ahora tienen su propia edición especial revisada y mejorada.






14 Jun 2007

Tres destellos blancos

Escrito por: Sergio Morales García el 14 Jun 2007 - URL Permanente

Parece que está pasando totalmente desapercibido un título que ha llegado a las librerías en total silencio. Bruno Le Floc'h rubrica con su segundo álbum, Tres destellos blancos, una bella historia de valor, amor y amistad en un escenario indomable.



Tres destellos blancos
Bruno Le Floc'h
Ponent Mon

Es la primavera de 1911 y el clima no podía ser un reflejo más fiel a la acogida que le concede el anónimo pueblo bretón al recién llegado ingeniero parisino. La indiferencia de quienes apenas siquiera hablan su lengua, duras palabras de desaprobación y largas caras es lo que se encuentra el joven que acaba de instalarse. Su misión: dirigir el proyecto de construcción de un faro que, en definitiva, servirá como ayuda a los marineros que tan poco amablemente le han recibido y que incluso rechazan, en primera instancia, ayudarle en el trabajo. No obstante, este primer escollo no será el único, pues se sumarán enseguida las adversidades de un mar embravecido que no concede más tregua que 20 días al año para poder acercarse y trabajar con seguridad en el pequeño islote donde se yerguerá el faro. La paciente tenacidad, no la resignación, se premiará como una virtud. Tres destellos blancos cada doce segundos será la señal que emitirá esta gran estructura; será la señal de la llegada de la civilización a un pueblo receloso y aferrado a sus costumbres marinas.

Tres destellos blancos remite a la verdadera construcción del faro de Armen, que tuvo lugar entre 1867 y 1881. Un episodio marcado por la tragedia y la constante lucha de unos hombres que desafiaron con las pocas herramientas a su alcance los implacables antojos de un mar atroz y juguetón. Este álbum es el rendido homenaje que hace Bruno Le Floc'h a unas gentes entregadas al trabajo y a sus familias y que le sirvió para conseguir el premio René Goscinny en 2004, el cual se concede al mejor debut.

El autor nacido en Pont l'Abbé tenía a sus espaldas, antes de firmar este álbum, una larga trayectoria en el campo de la animación. La lectura de la obra de Hugo Pratt lo llevaría a embarcarse en la aventura de la BD, fiel al movimiento de la línea clara y al espíritu libre del artista italiano. Sobrio tanto en el dibujo como en la economía de los diálogos, al servicio de historias nada atrevidas pero cautivadoras, trágicas y sentimentales, que abrazan como la fría y espesa brisa marina. Le Floc'h firma un guión sutil y sin digresiones que puede pecar en algunos momentos de simplista o previsible, defectos comprensiblemente achacables a la ingenuidad del debutante. También incorpora una dimensión sentimental que la obra no necesitaba. No obstante, sabe cómo no caer en lo pusilánime y los clichés, y nos presenta una historia que basa su atractivo en lo extraordinario de la sencillez. Avaro en detalles y profuso en las elipsis, marca un ritmo de lectura tranquilo y pausado que nos va atrapando paulatinamente en los límites del pueblo bretón.

La luminosidad y unos colores, como la historia, nada abigarrados nos recuerdan que estamos ante un nuevo ejemplo de la reivindicada línea clara que está teniendo lugar en los últimos años. Hugo Pratt es el claro referente, aunque también hay que recordar un ejemplo más cercano como Pere Joan. Una paleta delicada y limpia aporta una luz cálida para recrear con sumo cuidado paisajes, costumbres y escenarios estudiados hasta el mínimo detalle, en un ejercicio de eficacia sublime. Algunas composiciones evocan a los óleos de Jean-Julien Lemordant en su representación de las costas y los pueblos pesqueros normandos, de las partidas a alta mar y las despedidas llenas de esperanza.

Bruno Le Floc'h es bretón y su pasión por la mar (permitidme la licencia poética) y su tierra natal la transmite con cariño y profundo respeto, en la tradición de los textos y las piezas de François-Marie Luzel o Anatole Le Braz, y el amor que profesa por su pueblo lo lleva a reflejar esta región como un territorio habitado por héroes cotidianos. Ya en su anterior álbum, Au bord du monde, sacó a relucir lo que se ha convertido en el tema preferido a la hora de ambientar sus relatos. El pueblo bretón es el gran protagonista en sus páginas. La relación entre sus hombres y la mar es aquélla en la que la segunda proporciona sustento pero al momento arrebata la vida de los seres queridos del primero. La mar es dueña del destino de todo un pueblo, es cruel y despiadada, pero a la vez también es benévola. Salomónica como ninguna otra fuerza de la naturaleza, lo que da por un lado lo quita por otro. El bretón, por su parte, rudo y testarudo, combate la furia de quien azota sus costas en los días de tormenta. Sus días pasan al son que marca las caprichosas mareas y el clima. Este pueblo eterniza una lucha contra los elementos que bien sabe que no podrá ganar nunca, pero con la cual en sus breves y diarias victorias obtendrá el bendito premio de una vida reconfortante y feliz, alimentada a base de la amistad forjada en alta mar y disfrutada en el calor del hogar.

La poesía de lo cotidiano es el gran aval de un álbum que recoge el afán de superación que contagia un pueblo a un joven ingeniero de ciudad. El aire salino parece llenarle los pulmones de vigoroso valor. No importan las adversidades climáticas, ni tampoco la torpe burocracia para la que trabaja. Su meta es construir un faro en un terreno inhóspito y abrupto y así lo conseguirá. Y mientras tanto, se transforma en un auténtico bretón, no sólo por el ferviente enfrentamiento contra las idas y venidas de un mar indomable, sino por el afectuoso acogimiento de las gentes del pueblo. Tres destellos blancos es la historia del burgués que se torna marino, de su liberación. La historia de la derrota de la máquina civilizadora y colonialista ante las arraigadas tradiciones, la fraternidad y el coraje de la comunidad pesquera.


Páginas interiores:

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Ice Haven

Escrito por: Sergio Morales García el 14 Jun 2007 - URL Permanente

Ice Haven supone la puesta de largo de Random House - Mondadori en la edición de cómics en España. Aunque su línea Reservoir Books ya incluye títulos como Viviendo del cuento de Juanjo Sáez ó Macanudo de Liniers, ha tenido que ser Daniel Clowes quien otorgara un halo de seriedad, de compromiso con un medio que es capaz de proporcionar maravillas como este Ice Haven.



Ice Haven
Daniel Clowes
Random House - Mondadori

Ice Haven es un pequeño y apacible pueblo del medio-oeste norteamericano, de aquellos que parecen atrapados en la década de los 50, los años de los tonos pastel y la tranquilidad de la quietud. Es uno de esos pueblos herméticos, donde la vida se hace en y para la comunidad. Anchas, largas y solitarias avenidas conforman la cuadrícula urbana, extendiendo a sus lados hileras de casas unifamiliares que encierran en su interior todo un universo particular completamente aislado de la vida social de la ciudad. Las calles de la suburbe comunican las casas entre sí, pero desde ellas no somos capaces de vislumbrar lo que ocurre en su interior. Para ello hay que ir abriendo cada una de las puertas...

Ice Haven es el imaginario pueblo americano que da título a la última obra de Daniel Clowes y que sirve de escenario para el secuestro del pequeño David Goldberg. Este terrible suceso conmocionará de forma desigual a un vecindario obsesivamente preocupado por sus propios problemas. La desaparición del niño está inspirada en un caso real, el de Bobby Franks, quien fue secuestrado y asesinado por Nathan Loeb y Richard Leopold en 1924, un hecho que aparece de forma recurrente en las páginas del libro que nos ocupa. Este acto de barbarie tuvo lugar a pocas manzanas del barrio donde nació Clowes, aunque 40 años antes, pero aún así su repercusión y el efecto que este tipo de sucesos produce en la sociedad provocó que el fantasma del secuestro pendiera constantemente sobre él y sus amigos y vecinos durante su infancia. Pero esto es un simple mcguffin, una excusa argumental para que Clowes nos diseccione de nuevo el ser humano y nos muestre sus miserias y sus vicios, ocultos bajo una capa superficial de engañosa placidez y felicidad. Y también para que suelte una hiriente diatriba sobre el arte y la crítica.

A través de breves episodios a modo de cortas tiras de prensa, Clowes nos va aproximando a la vida de la ciudad con los ojos de sus habitantes. Una visión caleidoscópica que nos ofrece una silueta de un Ice Haven omnipresente, anclando a los personajes a su localización y aprisionándolos. "Su ciudad es un organismo vivo, y tal vez mucho más que cualquiera de sus personajes humanos", recita uno de los habitantes del pueblo. Ice Haven sirve de eje sobre el que giran las distintas historias, es el escenario común donde Clowes va esparciendo las pistas necesarias para resolver los muchos misterios que guardan recelosos sus protagonistas y que se despliegan oblicuamente; los objetos y las referencias se distribuyen entre las tiras, conformando un sutil lazo que las mantiene unidas. Pero no esperéis una resolución final, porque Clowes no la dará.

(Seguramente, un buen cinéfilo recordará con facilidad una de las grandes piezas del director Robert Altman. Se trata, claro está, del largometraje Vidas cruzadas, que guarda ciertas similitudes en la estructura y la presentación con Ice Haven y que está basado en varios relatos cortos de Raymond Carver)

Los diferentes personajes que deambulan por las calles de Ice Haven guardan un terrible secreto pero, sobre todo, albergan una necesidad, un anhelo, que se ve truncado cada vez que se confrontan con la realidad. Mientras aparentan ser personas normales a simple vista, esconden graves problemas de personalidad, depresión y frustración. La experiencia de cada uno de ellos revela un desajuste entre sus sueños y sus logros. Es el desengaño del aspirante a artista, es la lujuria del hormonalmente desbocado amor juvenil, es la desesperación por verse atrapado en un entorno social claustrofóbicamente limitado. Los personajes de Ice Haven intentan alcanzarse los unos a los otros, luchan por aferrarse a un pequeño atisbo de esperanza que les saque de su prisión emocional o, simplemente, dejan transcurrir el tiempo esperando que la suerte cambie y les sonría. El poeta Random Wilder alimenta una rivalidad inexistente con la poetisa laureada del pueblo, pero no trabaja duro para competir con ella; Violet Vanderplatz suspira por que su novio Penrod, que vive a cierta distancia de allí, la rescate del hastío; Vida espera leer algún día su nombre en una revista de arte; la señora Ames quiere que su marido le preste atención y no dedique tanto tiempo a sus pesquisas; Charles vive con el deseo de que su hermanastra se enamore de él.

Un nexo común entre los personajes de la novela es la necesidad de reconocimiento. Cada uno de los protagonistas de Ice Haven, en cierta medida, siente una irrefrenable atracción hacia su objeto del éxito, sexual o social. El jovencito Charles divaga sobre el deseo sexual como una herramienta de la naturaleza para perpetuar las especies -una naturaleza caprichosa que juega también con la muerte y la morbosa seducción del asesinato. Random Wilder y Vida, con métodos diametralmente opuestos pero con el mismo objetivo, se desviven por alcanzar un estatus elevado de reconocimiento social gracias a sus creaciones artísticas, que pretenden dejar como legado a la Humanidad. El pequeño Carmichael, por su parte, es el típico matón que en realidad está pidiendo a gritos atención; es, a su manera, el afán por la notoriedad.

Clowes desarrolla sus entrecruzadas historias desde los múltiples puntos de vista de los habitantes de Ice Haven proporcionando a cada uno de estos narradores una voz moldeada mediante un estilo gráfico propio y un coloreado particular. Cada personaje y cada momento se delimitan con resoluciones distintas adecuadas al episodio que nos ocupa. Es necesario hacer hincapié en la importancia de las paletas cromáticas empleadas a lo largo de todo el libro, pues ponen de relieve ciertos aspectos narrativos que adquieren de esta forma mucha mayor fuerza y expresividad. Ice Haven supone así toda una lección del potencial del medio, de la novela gráfica. Clowes emplea magistralmente todos los recursos a su alcance para comunicarnos los miedos, las angustias y la desesperanza que atenazan las almas de Ice Haven. Los rostros de los protagonistas reflejan una actitud impersonal que contrasta con las constantes preguntas interiores pero que no desentona con una ciudad bidimensional, plana y aséptica, compuesta únicamente por símbolos.

El uso del formato de tiras de prensa y los distintos estilos que emplea para realizarlas produce en el lector de Ice Haven la sensación de estar ante un suplemento dominical, donde varios autores narran las vicisitudes de distintos personajes pero se ponen de acuerdo en dotarles de un entorno único. Ocurre sobre todo gracias a la sensación nostálgica del color que aplica, que en ocasiones evoca a las añejas tiras de prensa norteamericanas de mediados del siglo pasado. Así, observamos ciertas reminiscencias, por ejemplo, al Little King de Otto Soglow en uno de los capítulos dedicados a Loeb y Leopold, o a las tiras de Peanuts en los episodios de los chicos de Ice Haven.

Abre y cierra el libro (y protagoniza una tira) el crítico de cómics Harry Naybors, un títere que Clowes utiliza tanto para deconstruir su propia obra como para ridiculizar una postura, la de la crítica, ante su arrogancia. La dualidad entre el arte y la crítica la representan Random Wilder / Vida y Harry Naybors, aunque ninguna de las dos partes cruce palabra en toda la novela. Se mantiene así una separación metafórica entre las dos disciplinas, quebrada únicamente por el desfallecimiento, la rendición, de Random Wilder ante la inesperada valía de los escritos de Vida. La reacción de Wilder recuerda poderosamente el mito del rencor del crítico: sólo es crítico aquel que es incapaz de realizar con éxito aquello mismo que critica.

Bien, es cierto, yo sería incapaz de firmar nada remotamente parecido a Ice Haven.


Presentación

Escrito por: Sergio Morales García el 14 Jun 2007 - URL Permanente

Bienvenidos a lo que pretende ser un blog más de los miles que hay dedicados al mundo del cómic. En la Comicteca espero extender mi pasión por los cómics a todos los incautos que decidan por su cuenta y riesgo acercarse para leer las reseñas que iré publicando. Éste no será un blog con noticias, eventos ni sesudos análisis de la industria del cómic. Para este cometido ya hay numerosos blogs en la web que la llevan a cabo con inusitada profesionalidad. En lugar de ello, me limitaré a ir subiendo críticas y análisis de las obras que van cayendo en mis manos. Espero que de mis comentarios surja en el lector del blog la chispa de curiosidad que lo empuje a acercarse a su librería más cercana a por el cómic que le ha llamado la atención.

Feliz lectura.

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La comicteca

La comicteca es un espacio donde tienen cabida reseñas y comentarios sobre una selección de cómics que están siendo publicados en España. El autor no pretende ofrecer una visión exhaustiva del panorama comiquero español, sino tan sólo ofrecer a los lectores una guía de lectura de algunas de las obras más destacadas que se encuentran disponibles actualmente en las librerías de todo el país.

Sergio Morales es un empedernido lector que emplea su poco tiempo libre en devorar cuanto cómic cae en sus manos. Criado entre montañas de celulosa y cuatricomía, la experiencia le ha demostrado que queda mucho camino por recorrer para que el cómic se deshaga de su estigma infantiloide y llegue por fin al gran público, reconocido como un medio artístico con valores propios.

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