03 Nov 2008

hostilidades

Escrito por: -zaid- el 03 Nov 2008 - URL Permanente

Este año el Real Madrid (versión baloncesto) tiene un montón de buenas noticias: Felipe Reyes se encamina con paso firme hacia el MVP, Sergio Llull está explotando definitivamente, a Jeremiah Massey y (sobre todo) Quinton Hosley se les ve cada vez más adaptados e integrados, Venson Hamilton parece haber encontrado por fin la salida del túnel, e incluso los más optimistas creen (yo es que soy descreído por naturaleza) estar asistiendo a la resurrección de Lazaros (Papadopoulos). Sí, este año el Real Madrid tiene un montón de buenas noticias, y una sola mala noticia: que no para de perder partidos.

No está mal, porque son ya tres derrotas consecutivas (Cajasol, Partizan, Tau), y el porvenir no es que les invite precisamente al optimismo: les visitará el Cheska, visitarán a la Penya... o dicho de otra manera: negros nubarrones se ciernen sobre la casa blanca.

Más allá de sesudas reflexiones (que no se me dan bien, y menos en lunes) sobre las causas de este estropicio, sí me gustaría comentar un detalle que vengo observando desde hace tiempo (desde la temporada pasada, al menos): la evidente incapacidad del Madrid para manejarse, para sobrevivir incluso, en ambientes no ya adversos (que eso lo son todos) sino manifiestamente hostiles.

Ejemplo perfecto, por evidente y por reciente: Vitoria. Hace ahora algo más de tres años, el Madrid fue allí a ganar una Liga imposible... y desde entonces, cada vez que ha vuelto, casi no ha hecho más que recibir palizas. La menor, ésta última: porque los baskonistas tienen la fea costumbre de levantar el pie del acelerador al ganar de 20 (algo que ya les pasó entre semana en Ljubljana, y que algún día acabarán pagando), y porque a los madridistas les dio un postrero arrebato de orgullo que al final no les sirvió porque, como tantas otras veces en similares circunstancias, la adrenalina se les rebosó, se les desbordó completamente del cauce.

Todo ello para degenerar en ese final ya demasiadas veces repetido, el numerito del túnel de vestuarios, leche va, hostia viene, como siempre con el (presunto) protagonismo de algún jugador (sí, estoy pensando en ese mismo que usted está pensando) eternamente empeñado en estropear su ejecutoria por su manifiesta incapacidad de mantener sus instintos bajo control. Y ello apenas cinco o seis meses después de otra sonada bronca en otro túnel, aquella vez el de casa, contra esos jugadores de la Penya que tendrán el honor de recibirles de aquí a cinco días (y no, allí tampoco les pondrán la alfombra ni les tirarán pétalos de rosa precisamente)

Que el madridismo (si pasara por aquí, cosa improbable) no me malinterprete: no estoy culpando sólo a (algunos de) sus jugadores de estos líos ni de aquellos, faltaría más: dos no pelean si uno no quiere, luego el rival de turno también puso de su parte. Sólo digo que el Madrid siempre ha tenido a gala ser un club señor: enemigo en la contienda, cuando pierden dan la mano, sin envidias ni rencores, como bueno y fiel hermano, o algo así rezaba una de las estrofas de su himno. Un presunto señorío que debería manifestarse en las derrotas, aún más que en las victorias: no, no se trata de poner la otra mejilla, hasta ahí podíamos llegar, se trata simplemente de mantener la cabeza alta. De una mera cuestión de dignidad.

Porque además, deberían entender cuanto antes que el Real Madrid, por el mero hecho de serlo, genera hostilidad (casi) allá por donde pasa. Tiene que ver con su grandeza, con su idiosincrasia, incluso con un cierto complejo de superioridad. Lo llevan de serie, como Israel en los países árabes, como Rusia en las repúblicas ex soviéticas, como España en amplias zonas de Latinoamérica, como Estados Unidos en media humanidad (usted me perdonará si alguna de estas comparaciones le ha parecido inadecuada). Fichas por el Madrid y es como si contrajeras matrimonio: en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad... Vestir de blanco es el sueño de todo dios pero tiene también sus contraindicaciones, que se manifiestan por el mero hecho de ponerse esa camiseta. Asumirlas, integrarlas, canalizarlas para que redunden en beneficio propio (o al menos, no en perjuicio) debería serles prioritario. De lo contrario, seguirán perdiendo partidos y, lo que es aún peor, seguirán ensuciando la otrora inmaculada imagen de su entidad.

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