11 Nov 2009
volver a los 17
Hubo un tiempo, seguro que lo recuerdan, en el que Allen Iverson llegó a ser el mejor jugador de la NBA, lo que equivaldría a decir que llegó a ser el mejor jugador de baloncesto sobre la faz de la Tierra. Aquel pequeñajo que a duras penas llegaba al metro ochenta (aunque tantas veces se empeñaran en vendernos que medía más), demasiado frágil y enclenque para ser un dos, demasiado chupón para ejercer de uno, aquel improbable uno y medio se nos convirtió un día en el más inesperado MVP que haya conocido aquella Liga, si me apuran puede que hasta mereciera serlo alguna que otra vez más.
Hubo un tiempo, seguro que lo recuerdan, en el que Allen Iverson llegó a convertirse en un símbolo. Su look (digamos) agresivo, su piel entera tapizada de tatuajes, su cabeza sembrada de trenzas (aunque en esto no fue el primero, de hecho él siguió el modelo propuesto por Latrell Sprewell, otro que tal), sus orígenes extremadamente humildes, su pasado conflictivo, su estilo de vida al límite, su manera no ya de jugar sino de entender el juego, tantos otros factores le convirtieron en el auténtico icono de toda una generación, de una inmensa minoría, de una clase social, la clase de los desclasados, no por contradictoria menos existente.
Hubo un tiempo, seguro que lo recuerdan, en el que Allen Iverson llegó a generar aversión (fácil juego de palabras con la pronunciación de su apellido) en otro segmento de población, justo el opuesto a aquel que mencionábamos en el párrafo anterior. En la misma medida en que se convirtió en un ídolo para amplios sectores de la minoría negra, al otro extremo los más ultraconservadores de la ya de por sí mayoritariamente reaccionaria sociedad norteamericana le vieron no ya como objeto de rechazo sino incluso como potencial amenaza, por increíble que ello nos pueda parecer. Hoy ya casi nadie se acuerda (y seguro que en USA no considerarán políticamente correcto recordarlo), pero yo nunca he podido olvidar aquella gira de los Sixers por el Oeste, en uno de los primeros años de Iverson en la Liga. Yo nunca he podido olvidar cómo en dos partidos sucesivos, en dos ciudades tradicionalmente conservadoras del Medio Oeste, algunos presuntos aficionados arrojaron a la cancha ratas muertas en pleno juego. Y aunque nadie osó jamás establecer una relación causa-efecto entre tan execrables actos y la presencia de Iverson, digamos que para cualquiera que sepa cómo suelen ser a veces las cosas en USA la ecuación tampoco resultaba tan difícil, probablemente bastaba con sumar dos más dos...
Sí, hubo un tiempo no demasiado lejano en el que Iverson fue un extraordinario jugador de baloncesto y fue, además, mucho más que un extraordinario jugador de baloncesto. Un sujeto inclasificable así dentro como fuera de las pistas, un tipo capaz de desesperar a todos y cada uno de sus entrenadores, esos mismos a los que jamás se les pasó siquiera por la cabeza la posibilidad de prescindir de él. Cómo olvidar la desesperación de un técnico tan estructurado (hasta la náusea, a veces) como Larry Brown: se le llevaban los demonios con su egocentrismo, con su manera autista de jugar, con su inentrenabilidad, con sus escaqueos constantes de tantos y tantos entrenamientos... para acabar finalmente rindiéndose a la evidencia, a esa misma evidencia que les llevó a una final NBA, aquel equipo-de-un-solo-jugador acariciando con la yema de los dedos el anillo, ése que sólo la santísima trinidad Shaq-Kobe-Phil impidió que se pusieran...
Y mira que nos preguntamos una y otra vez (siempre Montes) por qué todos los jugones sonríen igual... Pero no, Iverson no sonreía igual, Iverson apenas sonreía y si alguna vez lo hacía su sonrisa no podía ser más triste, apenas una pequeña grieta por la que afloraba un interior tal vez mucho más atormentado de lo que podíamos imaginar; le vimos sonreír menos veces de las que le vimos llorar, empezar a hacer pucheros para acabar derramándose a lágrima viva con ocasión de alguna eliminación de playoffs, alguna otra posibilidad de anillo que se le escapaba quizás ya para siempre, su berrinche apenas dejando traslucir al crío que aún llevaba dentro, que tal vez siempre llevaría...
Cantaban hace ya demasiados años los Módulos que todo tiene su fin, y no hay mayor síntoma de madurez que saber apreciar ese fin cuando llega. Hoy Iverson recuerda patéticamente a aquellas primadonnas, divas incapaces de entender que su tiempo pasó, que su voz ya no es la misma, que su presencia física ya chirría sobre los escenarios; o quizás recuerde más apropiadamente a aquellos típicos galanes de cine que a los cincuenta aún buscaban los mismos papeles que hacían a los veinte o a los treinta, negándose a ver la realidad sin reciclarse ni saber cómo dar un mínimo giro a su carrera. Hoy Iverson tiene ya treinta y cuatro tacos, que no tendrían por qué ser demasiados si no se tratara de un tipo que apenas se cuidó, que jamás entrenó más allá de lo meramente imprescindible. Hoy Iverson debería empezar a entender que ya no habrá marcha atrás, que no puedes parar el tiempo, que si la vida sigue y tú te quedas quieto será al final la propia vida la que se te llevará por delante.
Iverson debería entender que a sus treinta y cuatro años aún podría ser un extraordinario sexto hombre, aún podría jugar sus treinta minutos por partido, tal vez más, tal vez tanto como el que más, tal vez más que el que más; Iverson debería entender algo que en USA generalmente no se entiende pero que aquí en Europa entendemos perfectamente, que los verdaderos titulares no son tanto los que empiezan como los que acaban los partidos, justo aquellos que a la hora de la verdad están sobre la cancha para jugarse precisamente los minutos de verdad. Así lo entendieron hace unos meses en Detroit, así lo entendieron hace unas semanas en Memphis. Así no lo entenderá jamás el propio Iverson, él es la estrella, el eje a cuyo alrededor habrá de girar todo el equipo sea éste cual sea y juegue en él quien juegue, en qué cabeza cabe siquiera otra posibilidad. Y en todo este proceso Iverson se está convirtiendo poco a poco en un ex jugador, un ex jugador aún en activo por absurdo y contradictorio que ello pueda parecer. Otro Marbury de la vida, como si dijéramos.
Decía hace muchos años el inolvidable Miguel Gila que en España no existe el divorcio (no existía entonces) pero se usa el ahí te quedas. Exactamente eso, un ahitequedas en toda regla es lo que Iverson parece haberles hecho a estos Grizzlies, algo que muchos siempre pensamos que tarde o temprano tendría que pasar pero que ni siquiera los más pesimistas llegamos a imaginar que ocurriría tan pronto. Ahí os quedáis que yo me piro, que me escapo como cuando era un crío, que ya he cumplido los treinta y cuatro pero me vuelvo a los diecisiete, acaso siempre estuve en ellos... Volver a los diecisiete después de vivir un siglo, cantaba (también hace ya demasiados años) Rosa León...
Volver a los diecisiete, más o menos cuando su madre (lo más parecido a la mamá de la Pantoja que haya podido existir en el firmamento baloncestístico) se presentó una buena mañana en el despacho de John Thompson, por favor apiádese de mi hijo, mueva usted cielo y tierra para que ingrese aquí en Georgetown, sáquemelo usted de las calles, ésa podría ser su salvación, la única manera de que no me le peguen un tiro cualquier día... Dicho y hecho, y el bueno de Thompson hasta postergó durante un tiempo su prevista retirada simplemente por darse el gusto de entrenar a aquel prodigio, quizá lo más talentoso que jamás hubiera tenido entre manos (y mira que habría donde escoger), y algunos difícilmente olvidaremos aquella primera vez que vimos a aquel número 3 aún con la camiseta plateada de los Hoyas, haciendo cosas endiabladas a velocidades aún más endiabladas si cabe, tanto talento en tan poco cuerpo jamás se vio... Aún era (casi) un niño entonces. Hoy, tantos años después, difícilmente podrá ya ser otra cosa.
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-zaid-Si crees que el baloncesto es el deporte más maravilloso jamás inventado; si piensas que este juego es precisamente eso, un juego, una razón para disfrutar, nunca para sufrir; si te importa lo que sucede en la cancha pero también (a veces) lo que sucede a su alrededor; si amas este juego, si lo amas incluso más que a tu propio equipo; si te gusta que te lo cuenten de otra manera; si muy pocas cosas te hacen sentir más feliz que un buen partido; si el baloncesto es, en cierto modo, tu forma de vida, entonces éste debería ser tu blog... o quizás no, pero gracias, en cualquier caso, por dejarme intentarlo.
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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Davidzaz dijo
Otro que se nos va, como se fue Sprewell, por cierto, alguien sabe por donde anda, Marbury, que se está yendo....
De hecho la forma de vestir de Iverson, tipo gangsta o gangster callejero, además de la de otros, motivó la inclusión por la NBA del dress code o código de vestimenta.
-zaid- dijo
De Sprewell nunca más se supo desde aquella famosa oferta millonaria de renovación que rechazó porque "yo tengo una familia que alimentar". Supongo que andará ya casi en los cuarenta, así que difícilmente volveremos a verle jugar... Ni parece que mantenga ningún otro contacto con este deporte, hace ya tiempo que no tenemos noticias suyas.
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