23 May 2012

froilanización

Escrito por: -zaid- el 23 May 2012 - URL Permanente

Reconozcámoslo, no nos lo ponen nada fácil en lo que a seguimiento mediático del baloncesto se refiere. Hace apenas diez días tuvimos un buen ejemplo, tenga usted fijada desde hace siglos la Final de la Euroliga para el domingo 13 de mayo a las ocho de la tarde para que luego lleguen los del fútbol y coloquen la última y decisiva jornada de su Liga Bebeuveá para el domingo 13 de mayo a las ocho de la tarde. La Liga de Fútbol Profesional (en adelante Eleefepé) bien podría haber escogido el sábado (como hizo con la penúltima), de hecho tenía el día entero a su disposición. O puestos a fijarla para el domingo (vaya usted a saber por qué) bien podría haberla puesto a las seis de la tarde, incluso a las siete... Pero no, la tuvieron que poner a las ocho, precisamente a las ocho. Como la Final euroliguera la jugaron dos equipos extranjeros a (casi) nadie pareció importarle lo más mínimo, pero ¿qué habría pasado si (como todos esperábamos) se hubiera clasificado el Barça? Pues lo mismo que pasó sin Barça, es decir, que el partido de baloncesto más importante del año en todo el continente europeo habría caído en la más absoluta indiferencia mediática, y que hasta puede que aún hubiéramos tenido que escuchar en alguno de esos carruseles de nuestros pecados que hay que ver, estos del baloncesto siempre molestando, a quién se le ocurre poner su final a la hora del fútbol, ya les vale... En USA algo así jamás habría sucedido, allí las grandes ligas se distribuyen perfectamente los tiempos de sus respectivos calendarios desde una posición de teórica igualdad y respeto mutuo. ¿Aquí? Aquí no hay igualdad ni teórica ni práctica ni respeto mutuo ni hostias en verso, aquí a un lado está el fútbol, al otro está el fútbol, en medio está el fútbol y en las alcantarillas están todos los demás deportes empezando por el nuestro. Ni siquiera es que el fútbol diga vamos a ponerlo el domingo a las ocho para joder a éstos, qué va, qué necesidad habría de joder a quien ya está jodido, es todo mucho más sencillo que todo eso: el fútbol simplemente lo pone a esa hora (como podría haberlo puesto a cualquier otra) porque le importa un bledo (sea eso lo que sea) que haya cualquier otra cosa a esa misma hora, porque su superioridad es tan absoluta que puede hacer lo que le venga en gana sin tener que preocuparse lo más mínimo de lo que hagan los demás, nosotros hacemos lo que queramos y el que venga detrás que arree, que decía mi abuela. Ahí vamos, arreando.

Ahora bien, una cosa es que no nos lo pongan nada fácil y otra que nosotros seamos capaces de ponérnoslo aún más difícil a nosotros mismos. O dicho de otra manera (un poco más vulgar), que no hace falta que vengan de fuera a putearnos, que sabemos putearnos solos. Los del baloncesto somos así, continuamos inmersos en nuestro imparable proceso de froilanización, esa innata capacidad para pegarnos tiros en los pies. Se supone (sólo se supone) que nuestra Liga ACB está inmersa en arduas y procelosas negociaciones de cara al (¿nuevo?) contrato televisivo, ése que hace algunas semanas parecía que se le adjudicaría al mejor postor, ése que hoy parece que se le adjudicará al mismo postor de siempre. Claro está que en tales circunstancias, e inmersos también como estamos en plenos playoffs (aunque algunos todavía no se hayan dado cuenta), lo lógico sería que la susodicha Acebé aprovechara la ocasión para lucir músculo, para epatar al mundo entero con la calidad de su producto, vean señores vean lo que traemos hoy, todo nuevo, todo fresco, todo limpio, que estamos que lo regalamos, que me lo quitan de las manos oigaaaaa... Pues no. Nosotros (entiéndase por nosotros al baloncesto, en general) si tenemos algo bueno procuramos esconderlo, que ni dios se entere de su existencia y que si acaso alguien se entera, vaya por dios, no vea ni de lejos las partes más saludables y lustrosas del producto sino justamente todo lo contrario, las más fláccidas y fofas, esas que nadie en su sano juicio se llevaría a su casa de ninguna manera...

Me explico (o lo intento, al menos): cuatro eliminatorias de playoffs, cuatro pleitos, como decía aquél. Si antes de empezar me hubieran pedido que las ordenara en base a su presumible interés, igualdad, intensidad, rivalidad y amenidad (y dejando de lado criterios partidistas), creo que no habría tenido ninguna duda: la primera de todas, sin dudarlo, Baskonia-Bilbao, en segundo puesto el Valencia-GBC, el tercero quedaría para el Real Madrid-Caixabancajasolcívicadesanfernando (y olé) y en último lugar, también sin dudarlo ni un momento, el Barça-Lucentum. Eso yo, claro, lo mismo usted también (o no), no así nuestras televisiones que obviamente se mueven en base a otros parámetros que nada tienen que ver con el baloncesto, hasta ahí podíamos llegar tratándose de baloncesto. Nuestras televisiones, en este caso la estatal que es la primera que escoge, no necesitan complicarse tanto la vida: miran el programa de festejos, buscan al Madrid y eligen su serie sin pestañear ni un segundo, qué más dará contra quién juegue. Si la ACB la integraran 8.000 equipos de los que 4.600 se clasificaran para playoffs, y al Madrid, supuesto segundo clasificado, le correspondiera enfrentarse contra el que ocupó el puesto 4.599, pongamos el Matalascabrillas del Monte, no les quepa la menor duda de que Teledeporte retransmitiría la serie Real Madrid-Matalascabrillas del Monte. Y aún les digo más, si en nuestro actual formato ACB el Madrid un año cualquiera quedara noveno y no se metiera en playoffs (terrible suceso que haría tambalearse las más sacrosantas estructuras de nuestro deporte), mucho me temo que semejante rompimiento de esquemas llevaría probablemente a Teledeporte a no televisar serie alguna, en primera ronda al menos...

Pero no nos cebemos con el Ente Público que las Autonómicas también tienen lo suyo, la mía al menos, con otras no me meto que algunas tenían equipos en cartel y otras aún no teniéndolos sí intentaron agradar mínimamente a sus aficionados, hasta montando minicarruseles en momentos puntuales incluso. Pero la mía es Telemadrid, más conocida por estos pagos como TeleEspe por razones que no habré de contarles dado que son ajenas al contenido de este blog (y dado que son fáciles de imaginar, también). TeleEspe un año tras otro realiza más o menos el siguiente proceso: mira el programa de festejos, comprueba que no puede dar al Madrid porque ya se lo han quitado, busca otro equipo de Madrid, no lo encuentra y entonces se formula retóricamente la siguiente pregunta: ¿qué preferirán ver los aficionados de Madrid, dado que no pueden ver al Madrid? Pues qué habrían de querer ver, hombre de dios, pues al Barça, todo madridista que se precie lo primero que quiere en la vida es ver ganar a su Madrid y lo segundo es ver perder al Barça (y no necesariamente en ese orden), luego démosles al Barça con la Esperanza (siempre con mayúscula en esta Comunidad, no vaya a ser que me obliguen a continuar el blog a puerta cerrada) de que pierda... Y dicho y hecho. Recuperando la improbable hipótesis del párrafo anterior, si al Barça, primer clasificado en temporada regular, le correspondiera enfrentarse con el que hubiera ocupado el puesto 4.600, pongamos el Somormujos de la Polvorosa, no les quepa la menor duda de que Telemadrid retransmitiría la serie Barça Regal-Somormujos de la Polvorosa. Tal vez alguien con dos dedos de frente acaso podría advertir que a menor igualdad entre los contendientes menor interés deportivo (y menor probabilidad de que el odiado rival pierda, también). Pero dos son demasiados dedos en según qué sitios.

Así las cosas, bien podemos estar seguros de que la serie Baskonia-BilbaoBasket, a priori (y a posteriori) la más atractiva, apenas la habrán visto cuatro gatos fuera del País Vasco (la mayoría de ellos a través de Orange Arena, claro). Y que la serie ValenciaBasket-Lagun Aro GBC la habrán seguido como mucho dos gatos, tres si acaso en el tercer partido. Y que luego nos echaremos las manos a la cabeza al ver las audiencias, hay que ver, ni aún dándoles al Madrid o al Barça esto funciona, si es que el baloncesto ya no interesa, si es que el baloncesto ya no engancha, si es que... Si es que leches. Para que el baloncesto enganche tiene que haber gente predispuesta a dejarse enganchar, difícilmente podrán engancharse a algo cuya existencia apenas conocen, algo que acaso un día conocieron pero que a fuerza de desenganches al final han acabado olvidándolo. No lo digo por decir, tengo por aquí cerca (en mi trabajo, me refiero) a algún madridista (más futbolero que baloncestero, pero que sí suele ver a su equipo de baloncesto con gusto en cuanto se le presenta la ocasión) que primero buscó los playoffs y no los encontró y que cuando luego quiso volver a buscarlos descubrió con sorpresa que ya habían jugado (y ganado) la primera ronda. Y no será el único. Dejas pasar ¡doce días! entre el final de la Regular y el comienzo de los playoffs para que luego en apenas un par de días (en la mayoría de los casos) ya te hayas ventilado la primera ronda. Tenemos casi dos semanas a la afición esperando (u olvidando) total para que luego se pasen deprisa y corriendo, para que la primera ronda se acabe casi antes de empezar gracias entre otras cosas a este prodigioso formato al mejor de tres, que a la Acebé le encantará y le parecerá el colmo de la emoción, la espectacularidad y la incertidumbre pero que a mí me toca sobremanera las narices (y otras partes de mi cuerpo que no voy a mencionar, que ya bastante grosera me está quedando esta entrada): por injusto, por absurdo, porque nos roba una buena porción de espectáculo, porque nos quita una buena parte de lo mejor que tenemos, que son precisamente los playoffs.

Claro, me dirán que en medio de ese periodo de once o doce días entre la Regular y los playoffs estaba la Final Four de la Euroliga y había que respetarla. Por supuesto, y de hecho es lógico que en esa primera semana aún no empezasen las eliminatorias por el título. Ahora bien, una vez jugada la Final Four, ¿por qué demonios esperar al jueves/viernes para iniciar los playoffs? ¿por qué no empezarlos el martes? ¿que para el Barça habría supuesto un perjuicio? Pues claro, pero es que yo estoy diciendo que empiecen el martes, no que se jueguen todos el martes, el Barça bien habría podido irse al jueves como de hecho se fue. Porque esa es otra, me encantaría saber a qué obedece esa insospechada necesidad de que todos los partidos autonómicos vayan siempre el mismo día y a la misma hora, como si quisieran esconderlos unos de otros, como si trataran de impedir que la gente los vea. Ahí tienen a la NBA desparramando sus horarios para favorecer su contemplación y en cambio ustedes comprimiéndolos, no vaya a ser que se los contemplen. Solían decir que la verdadera victoria es no perderse ni un partido y tenían razón, sería una victoria que adquiriría casi caracteres épicos dado lo difícil (imposible, más bien) que nos lo ponen. Empiécenlos el martes, distribuyan esos primeros partidos de cada eliminatoria entre martes, miércoles y jueves, los segundos entre viernes, sábado y domingo, luego ya en su caso los terceros el lunes y el martes... Han tenido ustedes a su entera disposición casi un sueño, todo un fin de semana sin fútbol de primera división, sin selecciones, sin fórmula uno, sin apenas nada que les pudiera perjudicar, el caldo de cultivo perfecto para que la gente supiera de una vez por todas que esto existe, que es muy grande... y aún así han conseguido ustedes mantener los playoffs en la clandestinidad (salvo para adictos y/o iniciados), en la más absoluta insignificancia mediática. Y eso sí, los tres partidos autonómicos como siempre, juntitos los tres el domingo a las 12:30, como de costumbre, faltaría más... haciéndolos así coincidir con casi la única competencia posible en todo el finde, con el mundial de motos. Definitivamente, son ustedes unos cracks.

Miren que se lo decía yo al principio, que no nos lo ponen fácil. Sabrán ya (y si aún no lo saben para eso estoy yo aquí, para contárselo) que la Eleefepé pretende desparramar (aún más si cabe) los horarios de su Liga Bebeuveá para la próxima temporada, de tal manera que ya jamás habrá partidos que se solapen entre sí (hay que ver, qué vulgaridad, en vez de apretarlos todos juntitos, a nuestra manera). Se jugarán (presuntamente) los sábados a las 14:00, 16:00, 18:00 y 20:00, los domingos a las 12:00, 14:00, 16:00, 18:00 y 20:00 y los lunes a las 21:00, este último en abierto. Es decir, que si nuestra Liga Acebé tuviera la ingenua pretensión de no coincidir con el fútbol digamos que lo tendría crudo, sólo quedarían libres las diez de la noche, las diez de la mañana y la madrugada, punto. En tales circunstancias parece ser que la idea del nuevo operador (que de nuevo va a tener lo que yo de obispo, poco más o menos) es recuperar para el partido de la jornada aquel legendario horario de los domingos a las doce o doce y pico, ese que aún disfrutan las autonómicas, ese que hubo un tiempo ya legendario en que entrabas a un bar (a cualquier bar) a tomarte el aperitivo y allí estaba puntual el baloncesto en la pantalla del televisor. Algo que hoy resulta sencillamente impensable, por la competencia masiva del fútbol, sí, pero también por nuestra manifiesta incapacidad para sacar la patita de debajo de la mesa, decir aquí estamos, somos el baloncesto, por favor, mírennos. El primer paso para vender un producto es que el que lo vende confíe en su producto, si se avergüenza de él adiós muy buenas. Durante años nos hemos llenado la boca diciendo que teníamos la segunda mejor liga de baloncesto del mundo pero se ve que lo decíamos con la boca pequeña, no estaría de más que además de decirlo también nos lo creyéramos. En cambio estamos en el proceso contrario, disimular no vaya a ser que nos vean, si nos ven que sea poco no vaya a ser que se cansen. Ocultándonos, penalizándonos a nosotros mismos, froilanizándonos, continuando imparables nuestro camino hacia la definitiva froilanización.

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21 May 2012

el agujero

Escrito por: -zaid- el 21 May 2012 - URL Permanente

Es posible que esto que escribo dentro de unas horas no tenga ya sentido. O aún peor, es muy probable que dentro de unas horas esto que escribo tenga ya todo el sentido del mundo. Dentro de unas horas, a eso de las tantas de la madrugada hora de aquí, los Lakers rendirán visita a Oklahoma City para disputar el quinto partido de una serie que marcha 3-1 a favor de los Thunder. Dentro de unas horas, si el destino no lo remedia (y si lo remedia no tardará mucho en volverlo a desremediar) asistiremos muy probablemente al último partido vestido de amarillo y morado (más morado que amarillo, en este caso) de Pau Gasol.

Aunque quizás sea mejor así, quizás hasta sería mejor que esto hubiera sucedido hace ya mucho tiempo. No nos engañemos, el matrimonio Lakers-Gasol se rompió hace ya un año, se rompió con su aparatosa eliminación en aquellos playoffs de 2011 tras pésima actuación (entre otros) del propio Pau. Y cuando un matrimonio se rompe lo que no tiene ningún sentido es prolongar la agonía, vamos a darnos un tiempo, lo hacemos por los niños, cosas así. Cuando un matrimonio se rompe lo mejor para todos (niños incluidos) es cortar por lo sano, borrón y cuenta nueva y cada uno por su lado, fue bello mientras duró. Es bien sabido que a la vuelta del lockout los Lakers intentaron traspasarlo, que de hecho le traspasaron a Houston, ¡¡¡a Houston!!!, aquí todo dios se echó las manos a la cabeza como si hubieran cometido un nefando crimen, por dios qué va a ser ahora del pobre Pau allí en mitad de Texas a la sombra de la NASA, llanto y crujir de dientes hasta que a la propia NBA (juez y parte, dado que también estaban por medio los Hornets) le dio vergüenza regalar a Chris Paul y echó para atrás la operación más que nada por aquello del qué dirán. Y aquí todos respiramos aliviados sin querer darnos cuenta de que cualquier destino lejos de Los Ángeles habría sido mejor para Pau, los Rockets y hasta si me apuran los Bobcats (quizás estoy exagerando), cualquiera. Cualquier cosa menos mantener esa relación enquistada que a la postre sólo serviría para que el quiste se fuera haciendo más y más grande según fueran pasando los meses.

Claro que a lo largo del verano pasaron más y más cosas en la franquicia angelina, cosas aún peores que lo de Pau. Phil Jackson como estaba previsto decidió jubilarse, lo cual les dejó allí en medio un agujero absolutamente imposible de llenar. Pero claro, puestos a ponerle un parche quizás lo más sensato habría sido rellenar el agujero con el material más parecido posible, llámese Brian Shaw que tras tantos años al lado de Jackson parecía la opción más fácil y más idónea (y la preferida por casi todo dios empezando por Kobe, también). Pues no. Ningunearon a Brian Shaw, ahí anda hoy el hombre ganándose sus buenos dólares a la vera de Vogel en los pujantes y emergentes Pacers de Indiana, y en su lugar optaron por contratar al ex técnico de Cleveland Mike Brown. O dicho de otra manera, pudieron rellenar el agujero con un material bastante parecido al de Jackson, si acaso más joven y tierno pero similar al fin y al cabo, y en lugar de eso prefirieron rellenarlo de agua o hasta si me apuran de aire, poco más o menos que nada, y aún así pretendieron ingenuamente que luego el suelo no se hundiera bajo sus pies. Brown será muy buen entrenador, no digo yo que no porque no soy quién para decirlo, sólo digo que si lo es se esfuerza muy concienzudamente en disimularlo. Que no es de ahora, que ya lo disimuló a conciencia durante varios años en aquellos Cavs con los resultados que todos conocemos pero qué quieren, a la familia Buss y al señor Kupchak se ve que les gustaba. Para gustos los colores solía decir mi abuela, que tenía refranes para cada ocasión (tanto daba que fueran contradictorios entre sí) por lo que también decía que hay gustos que merecen palos; no diré yo tanto porque no soy partidario de la violencia, pero tal vez no estaría de más que alguien (menos irascible que Bynum, a ser posible) les demandara alguna explicación.

Y por si esa jubilación de Jackson supusiera poco agujero, aún se las apañaron para agrandarlo abriendo la puerta a Lamar Odom. Visto de lejos podría parecer que no era para tanto, un veterano cuarto hombre (por detrás de Kobe, Pau o Bynum) al que demasiado a menudo se utilizaba como sexto hombre, a ver qué habría de importar. Pero visto más de cerca (con haber visto a los Lakers unas cuantas veces durante todos estos años sería más que suficiente) todos sabíamos que en realidad Lamar Odom era el generador de juego, el verdadero base encubierto de un equipo sin base (Derek Fisher nunca lo fue, aunque lo pareciera), algo así (salvando las inmensas distancias) como el equivalente en los Lakers de Jackson a aquel Pippen de los Bulls de Jackson; no en términos de anotación, obviamente, pero sí en términos de dirección en la sombra, de ejercer de point forward como suelen decir por allí. Los Lakers entraron en la temporada 2011/2012 como pollos sin cabeza, descabezados así en el banquillo como en la cancha, cuando vieron la magnitud del desastre intentaron solucionar lo de la cancha fichando a Sessions y fue un buen parche, qué duda cabe, más que suficiente para acabar decentemente la Regular y ser terceros del Oeste; pero parche al fin y al cabo, al menos por ahora, al menos en lo que respecta a estos playoffs.

Y en esas estamos: aquellos Nuggets disminuidos y al borde del KO técnico acabaron forzándoles el séptimo encuentro, estos muy superiores Thunder les tienen contra las cuerdas entre otras cosas porque a donde no llegan ellos llegan los propios Lakers y su capacidad autodestructiva, ese incomparable talento froilanesco para pegarse tiros en los pies. Lo demás ya lo saben, Kobe echando pestes de Pau, la afición angelina echando pestes de Pau, la afición española echando pestes de Kobe (tampoco toda, que aquí no tenemos término medio, que están los que culpan al empedrao cuando lo hace mal pero también están los que le linchan aunque lo haga bien). Qué duda cabe, a Kobe le falta un puntito de autocrítica, no es algo de ahora sino de toda su carrera pero en las actuales circunstancias se le nota un poco más: quizás debería empezar a entender que ya no es el mismo, que los años no pasan en balde (aunque sé de unos cuantos con bastante más edad que aún andan jugando que te cagas en estos playoffs), que tirársela cienes y cienes de veces por partido podía estar (relativamente) justificado cuando era el rey del mambo (o de la mamba) pero difícilmente podría estarlo ahora que ya no las mete, o que las mete menos aunque aún nos regale canastones de cuando en vez...

Ahora bien, puestos a hacer autocrítica hagámosla también nosotros mismos, al menos en lo que al tema Gasol se refiere. Si Pau no tira en todo un último cuarto puede ser (suele ser) porque no le lleguen balones, o puede ser porque le lleguen y decida pasarlos. Y si decide pasarlos puede ser a su vez por dos razones, porque considere que hay otro compañero situado en mejor posición o porque no se atreva a tirársela él. Pau acostumbra a ser irreprochable en este aspecto (y en tantos otros), cuánto mejor no le iría al baloncesto (a cualquier baloncesto) si hubiera más pívots con ese mismo criterio solidario y esas mismas cualidades para hacérsela llegar en condiciones al compañero mejor situado. Pero todo tiene un límite: Pau no tiró en todo el último cuarto del cuarto partido, y no tiró porque le llegaron pocos balones (cierto) y porque los que le llegaron prefirió pasarlos, lo cual estuvo plenamente justificado en muchas ocasiones... y fue injustificable en otras. En los dos últimos minutos, en pleno proceso de hundimiento angelino, Pau recibió tres balones en tres jugadas diferentes, en ninguna de las cuales estaba sobremarcado ni excesivamente defendido. En dos de ellas prefirió pasárselo al Jugador Antes Conocido Como Artest aún a pesar de que éste se encontraba bastante más lejos del aro y de que sus habilidades para tirar de tres vienen a ser como las mías para acertar la primitiva poco más o menos: que te puede tocar alguna que otra vez, que hasta te puede caer algún reintegro dos o tres veces seguidas, pero que lo normal es que no te toque. Y la tercera fue aún peor: último minuto, aún casi solo, y en vez de mirar al aro para tirársela de cuatro metros prefirió echarla hacia atrás, buscar a Kobe al otro lado del campo sin reparar en que por allí andaban Durant y Harden cortando ansiosos la línea de pase. Apenas unos segundos más tarde Durant clavaba el triple que culminaba la remontada, tres a uno, fin de la historia (de esa historia, al menos) con todos los ojos apuntando hacia el tipo aquél larguirucho, blanco y peludo que les acababa de regalar el balón...

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué Pau, que no tiene ningún problema para tirársela de cuatro, cinco o seis metros a lo largo del primer cuarto, va encogiendo paulatinamente su muñeca hasta hacerla casi desaparecer llegado el último cuarto? Buena pregunta (que es lo que se suele decir cuando no se tiene una respuesta). Yo creo que hay una pérdida evidente de confianza en sí mismo por parte de Pau. Y una creciente indefinición en su rol, también. Pau llegó a la Liga siendo un cuatro al que las evidentes necesidades interiores de los Grizzlies (y algún capricho puntual de sus entrenadores, también) acabaron reconvirtiendo en cinco. Poco a poco Pau se nos fue quedando en cinco y dejando de ser cuatro, y en éstas llegó a Lakers y pareció que volvería a ser cuatro pero las constantes lesiones de Andrew Bynum le obligaron a seguir fajándose una y otra vez (con mejor o peor fortuna) en el centro de la zona. ¿Recuerdan la Final de 2009 contra Orlando, acaso la que vio al mejor Pau que hubo y habrá nunca en la NBA? Pau empezaba pasándolo mal contra Rashard Lewis o incluso Ryan Anderson, pero era irse Bynum por dos faltas (cosa que solía suceder bastante pronto) y ver Pau el cielo abierto al tenerse que ir al centro de la zona. Lo que para cualquier otro hubiera representado un marrón de considerables proporciones, emparejarse a Dwight Howard, para Pau era poco menos que una liberación: anuló al presunto supermán en defensa y le hizo muchísimo daño en ataque, mucho más de lo que el más optimista de entre nosotros se hubiera atrevido a imaginar. Pau, que no es precisamente un fajador ni lo ha sido ni lo será ya nunca, se siente más a gusto atacando el aro de espaldas que de frente, tanto mejor cuanto más cerca esté... lo cual es un problema cuando eres nominalmente un cuatro y tienes a tu lado a un cinco de manual (un muy buen cinco, además) llamado Andrew Bynum. Cuestión de (falta de) confianza, de pura y dura inseguridad: si en el primer cuarto te la tiras de fuera y la fallas no pasa nada (y quizá por eso no suele fallarla) pero si te la dan en el último la cosa cambia, te entra la flojera, piensas de inmediato que cualquier otro (así esté bajo el aro o en la otra punta, así se llame Andrew, Kobe o Metta, tanto da) tiene más posibilidades de meterla que tú...

Dentro de unas horas (o a lo sumo de unos días, pero no creo que dé para tanto) se acabará la historia de estos Lakers 2011/2012, que es tanto como decir que en apenas unas horas se acabará la historia de Pau en los Lakers. Podrá suceder mañana o dentro de una semana o en la noche del draft o en agosto u octubre, qué sé yo, pero estoy convencido de que Pau no volverá a vestir de amarillo y morado ni a ponerse tampoco ese blanco y radiante traje de los domingos. Tanto mejor. Me da igual dónde vaya, no sé si en su nuevo destino aspirará al anillo o a meterse en playoffs o simplemente a mejorar los resultados de la franquicia y hacer una temporada digna, no lo sé ni me importa, sólo sé que su relación actual está muerta, que la ruptura se ha consumado y que cuanto antes se digan adiós será mejor para todos, menos daño se harán los unos a los otros. Y empezar de cero, en una ciudad nueva, en un lugar donde no necesariamente sus virtudes pesen siempre menos que sus defectos, donde poder recuperar la confianza y hasta las ganas de jugar una noche tras otra al baloncesto. Y en cuanto a los Lakers, pues ellos mismos: aunque por fuera den palmas con las orejas, en su fuero interno deberían preocuparse (y lo harán, seguro) por la marcha del último generador de juego (aún desde el puesto de pívot) que les quedaba; que sí, que tendrá sus defectos y será todo lo soft que ustedes quieran pero que sin él no habrían ganado sus dos últimos anillos, sin él no estarán haciendo otra cosa que agrandar (aún más si cabe) el agujero. Tendrán ahora todo un verano para taparlo, ustedes sabrán (o no) lo que hacen.

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14 May 2012

el Entrenador de Todos los Años

Escrito por: -zaid- el 14 May 2012 - URL Permanente

El proceso de elección de Entrenador del Año en nuestra Liga ACB responde a un mecanismo ciertamente muy complejo, en el que inciden un sinfín de variables que resultaría sumamente prolijo explicar aquí, en el corto espacio de unas breves líneas. Pese a ello, y dada mi natural vocación de síntesis, haré un ímprobo esfuerzo para resumirles de la mejor manera posible los pasos que por lo general conducen a la concesión del susodicho galardón:

Paso 1: se espera a que termine la temporada regular.
Paso 2: una vez finalizada la temporada regular se obtiene la clasificación.
Paso 3: se mira dicha clasificación para comprobar qué equipo ocupó el primer puesto.
Paso 4: se comprueba quién es el entrenador de dicho equipo.
Paso 5: se otorga a dicho técnico el premio al Entrenador del Año. Sin más.

O dicho de otra manera: en la temporada 2009/2010 el Barça acabó primero la temporada regular, y el premio al Entrenador del Año le fue otorgado a Xavi Pascual. En la temporada 2010/2011 el Barça acabó primero la temporada regular, y el premio al Entrenador del Año le fue otorgado igualmente a Xavi Pascual. Y en ésta recién concluida 2011/2012 el Barça ha acabado primero la temporada regular, y el premio al Entrenador del Año le ha sido concedido a... (terminen ustedes la frase, háganme el favor, que es que a mí me da la risa). Xavi Pascual es el Entrenador del Año de Todos los Años, si aún siguiera veinte campañas más en el puesto y de ellas ganara la Regular en diecisiete no les quepa la menor duda de que se haría acreedor a otros diecisiete galardones de entrenador del año. Pero vamos, que tampoco es una cosa exclusiva de Xavi Pascual ni del Barça, que otros hubo en años anteriores que recibieron el premio en similares circunstancias, exactamente por la misma razón. Si se diera el improbable caso de que uno de los dieciocho equipos ACB decidiera funcionar sin técnico en régimen de autogestión, y si se diera el caso aún más improbable de que ese mismo equipo ganara la Regular, no les quepa la menor duda de que la ACB declararía el premio desierto. Y si a ese mismo equipo no le fuera permitida la autogestión y se viera obligado a nombrar a un técnico meramente simbólico, qué sé yo, pongamos Paquirrín, Belén Esteban, Pocholo, Chiquito de la Calzada... pues ya saben a quién iría a parar el galardón para pasmo y regocijo de nuestros programas del hígado, digo del corazón. Quién sabe, lo mismo de esta manera remontarían las audiencias...

Yo, dada mi natural ingenuidad para estas (y otras) cosas, sigo pensando que Entrenador del Año debería ser el que haga más con menos, el que mejor optimice sus recursos. ¿Por ejemplo? Una vez que se me cayó por su propio peso la candidatura de Porfirio Fisac tras su nefasta segunda vuelta, el número uno pasó a ser por méritos propios Sito Alonso, que no hará falta que les recuerde el temporadón que ha hecho su tradicionalmente modesto GBC con no más ni mejores mimbres (al menos en apariencia) que tantos otros. Sito es mi particular Entrenador del Año, y si no lo fuera él lo sería Vidorreta, y si él tampoco lo sería Ponsarnau o incluso si me apuran Joan Plaza (aunque este último sí tenía más mimbres). Como lo habría sido Porfi desde Valladolid en las dos campañas anteriores, como tantas veces podría haberlo sido Pedro Martínez desde su Gran Canaria y tampoco lo fue... Xavi Pascual tiene la plantilla con más posibles de la ACB, por lo que que el resultado lógico es que acabe primero la temporada regular de la ACB. Si hubiese hecho una campaña arrolladora, si hubiese alcanzado un inigualable nivel de excelencia, si sus resultados hubiesen superado con creces las mejores expectativas entonces sí, entonces tal vez podríamos pensar que habría optimizado aún más si cabe las inmensas posibilidades de su exuberante elenco. Pero no parece que sea ése el caso: el Barça ha cumplido con lo que cabía esperar, ni más ni menos; ni ha decepcionado (lo cual le honra) ni ha epatado tampoco. ¿Y sólo con eso ya es bastante como para que a su técnico le sea adjudicado el coach of the year casi en propiedad, cual si de un premio vitalicio se tratara? Ustedes mismos...

Claro, lo mismo me dirán que en la NBA también pasa, que los mejores fueron los Spurs y el premio se lo han dado a Popovich. Pues vale, pero ahí, exactamente ahí, se acaban las semejanzas. Para empezar Popovich no tiene ni de lejos la mejor plantilla (en mi opinión), sí tiene una gran plantilla en la que se da la particularidad de que sus tres principales estrellas andan metidísimas en años, particularidad que complica mucho las cosas en temporadas como ésta con abundantes periodos de tres partidos en tres días, o de cuatro partidos en cinco noches consecutivas. Popovich ha hecho auténtico encaje de bolillos con los minutos y los descansos durante toda la temporada, no ya para que Duncan, Ginóbili y Parker le llegasen vivos y frescos (en la medida de lo posible) a estas alturas sino para que incluso lo hicieran como el mejor equipo pasando por encima de Bulls, Heat, Thunder y demás. Eso sí que es optimizar recursos, y sin dejar por ello de jugar un magnífico baloncesto. Pero es que, además, el que haya sucedido este año no significa que algo así suceda todos los años, más bien al contrario. Los Bulls de Jordan ganaron la Regular unas cuantas veces y no por ello le dieron a Phil Jackson el Coach of the Year todas esas veces: se lo dieron cuando el nivel de excelencia se fue por las nubes, cuando aquel equipo para la historia alcanzó 72 victorias sobre 82 posibles en 1995/1996. Créanme, yo hasta he visto en NBA algo que aquí sería sencillamente impensable: que entrando dieciséis equipos al año en playoffs le dieran el premio a un técnico que no se metió en playoffs. Y si quieren nombre y apellido se lo pongo, Glenn Doc Rivers, en su primera temporada como head coach, aún no en Boston sino en Orlando, obteniendo un número de victorias insospechado para una plantilla que literalmente no había por dónde cogerla. Recuerdo puntualmente ese caso pero no me extrañaría que hubiera más. Es decir, optimizar recursos, hacer más con menos, por encima de cualquier otra consideración.

Y habrá también quien piense que aprovecho la ocasión para hacer leña del árbol caído, apenas tres días después de su dolorosa derrota en semifinales de la Euroliga. Nada más lejos de la realidad. Quien me lea desde hace siglos sabe que más de una vez y más de dos he elogiado a Xavi Pascual, nada que no mereciera por otra parte. No es su baloncesto el más alegre ni el más atractivo del mundo, estaremos de acuerdo (y el frenazo en la progresión de Ricky algo pudo tener que ver con todo ello), pero lo que hace lo suele (o solía) hacer muy bien: su defensa en estas pasadas temporadas fue modélica, espectacular en sí misma (al menos para aquellos que sostenemos que una buena defensa también puede ser un gran espectáculo). Este año ya no, véase el chorro de puntos que en recientes compromisos les endosaron Baskonia y Madrid en su propio feudo del Blaugrana. Este año, además, se les ha acentuado esa extraña incapacidad para cambiar el paso, que acaso ya existiera en temporadas precedentes pero que acaso no se notara porque tampoco la necesitaban, porque les bastaba y les sobraba con lo que hacían bien. Es este Barça equipo de una sola velocidad, lleva años siéndolo pero ahora se le nota más; algo que le resultó especialmente dramático la otra noche ante Olympiacos.

Pascual tiene un defecto, yo me limito a ponerlo en cursiva pero ustedes pónganle todas las comillas que quieran a la palabra defecto: Pascual es entrenador-jefe en el mismo equipo en el que antes fue entrenador-asistente, y eso casi nunca suele funcionar, tanto más tratándose de un grande. Aunque los resultados acompañen nunca dejará de ser mirado con lupa, como si fueran no gracias a él sino a pesar de él. Y el día que dejen de acompañar que se prepare que de inmediato le echarán el mundo encima, véase la muestra. Plaza necesitó bajarse a Sevilla para que reconocieran su valía, qué decir de Sito que hoy triunfa por todo lo alto en tierras donostiarras tras haber estado permanentemente bajo sospecha en Badalona. Quién sabe, quizá más pronto que tarde Pascual sea defenestrado en Can Barça, se vaya a entrenar a Murcia por poner un ejemplo, haga un temporadón, quede quinto o sexto y aquí nos veamos unos cuantos demandando que le den el premio al entrenador del año. Acaso entonces reconocerá que para te den este premio no basta con merecerlo, de hecho eso parece ser lo menos importante. Para que te den este premio lo único que hace falta es que tu club se gaste una pasta, que te compre los mejores jugadores, justo aquellos que te permitan ganar por encima de cualquier otro equipo y por encima de cualquier otra consideración. Apenas nada más.

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10 May 2012

(ex) príncipe azul

Escrito por: -zaid- el 10 May 2012 - URL Permanente

Hace ahora seis años y medio, más concretamente allá por octubre de 2005, escribí un cuento. Un cuento de nunca acabar, además. Un cuento de reglamento, con sus bandos irreconciliables, sus luchas intestinas, sus buenos que a otros parecían malos y sus malos que a otros parecían buenos, su príncipe azul. Sobre todo su príncipe azul, un príncipe azul que a esas alturas ya ni sabía de qué color era y que aún menos podía imaginar de qué color acabaría siendo apenas nueve meses después...

Me encantaría ponerles el enlace pero por desgracia se ha muerto, como todo lo que publiqué antes de septiembre de 2007 en aquella legendaria Plataforma SEDENA. Es decir, se ha muerto el enlace, no el cuento, el cuento lo conservo como (casi) todo aquello que escribí, tuve la precaución de recopilarlo por si acababa sucediendo lo que efectivamente acabó por suceder. Así que no me queda otra que hacer un copiapega y ponérselo aquí por si acaso les apeteciera leerlo. Eso sí, ya se lo advierto, es un poco largo, en aquel entonces escribía aún más largo que ahora (incluso) así que si huyen despavoridos no se preocupen que no se lo tendré en cuenta. Y si se quedan pues nada, aquí lo tienen, les dejo con ello y luego a la vuelta ya les explico.

*****

Había una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos

y había también
un príncipe malo
una bruja hermosa
y un pirata honrado

todas estas cosas
había una vez
cuando yo soñaba
un mundo al revés


Y había una vez un extraño reino en el que todo el mundo estaba siempre enfadado, todos siempre peleando, enfrentados, discutiendo unos con otros. Aquel reino tenía una capital aún más extraña, un lugar agobiante e inhóspito en el que la mayoría de sus ciudadanos consumían interminables horas atrapados en el interior de unos ruidosos y humeantes vehículos; una ciudad horadada y taladrada por todas partes, tal vez en busca de ese tesoro del que nadie había oído hablar pero que sin duda tendría que existir, porque sólo eso explicaría tal frenesí agujereador. Un sitio en el que a pesar de todo la gente, por increíble que parezca, seguía viviendo; o tal vez sólo seguía sobreviviendo en medio de aquel montón de escombros.

Y por supuesto, allí había también dos bandos. Bueno, en realidad había muchos más, había bandos de todas clases y para todos los órdenes de la vida, todos los bandos necesarios para producir la enorme cuota de inútiles conflictos que a la larga sólo servían para alimentar a aquella ciudad monstruosa. Pero para lo que a nosotros nos ocupa, el juego aquel que básicamente consistía en introducir (cuantas más veces mejor) una esfera por el interior de un diminuto orificio, había simplemente dos bandos: el bando blanco y el bando azul. No es que fueran dos bandos irreconciliables, era mucho peor que eso: ambos bandos directamente se odiaban.

En los cuentos infantiles normales las cosas son muy fáciles, desde el primer renglón se sabe quiénes son los buenos y quiénes son los malos malísimos. Pero es que éste no se puede contar como un cuento normal. Aquí nunca se sabe quiénes son corderos ni quiénes son lobos, ni siquiera se sabe quién se come a quién. Los del bando azul siempre te contarán atrocidades interminables presuntamente cometidas por los blancos, pero si preguntas a estos te referirán todo tipo de crueldades y humillaciones llevadas a cabo por el bando azul. Los lobos se podían convertir en corderos y los corderos en lobos, sólo dependiendo del lado desde el que se les mirase.

Y en este cuento, cómo no, también había un príncipe. Un príncipe azul, además. Probablemente jamás cuento alguno conoció un príncipe como éste. Los príncipes suelen ser buenos, por definición, pero es que éste además de serlo lo parecía, seguramente tenía la mejor cara de buena persona que nadie conoció jamás. Nunca hubo príncipe más bondadoso, más luchador, más discreto, más humilde, más fiel, más entregado a su causa. Nunca hubo príncipe más querido por su pueblo, más admirado por su gente. Y sin embargo...

De repente, una mañana cualquiera, aquel príncipe anunció a los cuatro vientos que había decidido dejar de ser azul. Nunca nadie supo bien por qué, pero todo el mundo creyó saberlo. Unos dijeron que simplemente se cansó de su color, otros dijeron que su intención era conocer nuevos horizontes, algunos hablaron en voz baja de que él ya no se sentía a gusto con los nuevos monarcas azules, incluso hubo quien insinuó que éstos habrían decidido comerciar con él para recaudar fondos con los que recomponer sus menguadas arcas...

Fuera como fuera, nada extraño habría pasado si nuestro príncipe hubiese decidido pasar a formar parte de otros bandos lejanos, ajenos a aquella ciudad terrible. Si hubiese decidido unirse al bando rojo del norte, o al bando verde del sur, aquellas gentes azules que tanto le habían aclamado simplemente habrían llorado su partida, y meses después le habrían rendido un merecido homenaje al volver con un nuevo uniforme para la disputa de su enfrentamiento anual. Pero hete aquí que aquel príncipe renunció a conocer las cálidas tierras del sur, rechazó los cantos de sirena que le llegaban del frío y húmedo norte y, en un momento terrible, tomo la espantosa decisión que todas las gentes azules siempre habían estado temiendo: decidió ser...¡¡¡blanco!!!

Y entonces, lo que iba a ser triste despedida se convirtió en cólera feroz, crujir de dientes, sed de venganza... Quien antes fue considerado bondadoso y humilde pasó a ser visto como malvado y abyecto. Antes amado y respetado, y de repente se convirtió en el ser más odiado sobre la faz de la tierra. ¿Cómo era posible una traición así? ¿Qué encantamiento extraño, qué hechizo terrible le había sido hecho para nublar así su entendimiento, para hacerle llevar a cabo tan nefando crimen? ¿Quién se había cruzado en su camino? Tal vez brujas que algunos veían hermosas, tal vez piratas que según otros eran honrados... A lo largo de todo aquel verano extraños personajes, tal vez hadas madrinas, tal vez malvadas madrastras, revolotearon alrededor de nuestro príncipe, desde uno y otro bando, sumiéndole en la más absoluta confusión.

Porque además entre aquellos dos bandos existía una diferencia sustancial: el poder. A lo largo de todos estos años desde el bando azul habían contemplado, mitad con temor, mitad con envidia, mitad con desprecio (tres mitades parecen demasiadas, pero en los cuentos a veces ocurren cosas así) el impresionante despliegue de poder que se ejercía desde las filas del bando blanco: un poder omnímodo, un poder que se ejercía ante todo y contra todos, un poder casi omnipotente ante el que prácticamente nada podía oponerse ni nadie podía resistirse. ¿Qué era lo que otorgaba a los blancos tan inmenso poder? ¿Acaso era el dinero, ése que parecían derrochar a manos llenas, como si ellos mismos pudieran fabricarlo? ¿Acaso la fama, la resonancia que habían adquirido a lo largo de todo el orbe planetario merced a sus gloriosos triunfos en aquel otro juego mucho más popular, ése que se disputaba en inmensas praderas y que consistía en introducir (cuantas más veces mejor, pero normalmente con una o dos ya era más que suficiente) otra esfera por el interior de un enorme rectángulo?

Y nadie representaba mejor ese poder que la máxima autoridad del temible bando blanco, un ser cuya sola presencia removía los más profundos cimientos, la mera mención de su nombre hacía que se tambalearan las más sólidas estructuras. Tal era su poder que algunos de sus más destacados súbditos no dudaban en calificarle como “un ser superior”. Nadie, jamás, se resistía a su llamada. Y él siempre llamaba a los mejores, él siempre se dirigía a los más grandes príncipes y guerreros de todo el orbe, y lo hacía sin respetar jamás aquel viejo pacto entre caballeros según el cual era siempre preciso hablar primero con los máximos mandatarios de un bando antes de hacerlo con el guerrero al que se pretendía. Él no, él, amparado en su enorme poder, los seducía con su hechizo y los atraía para sí mediante malas artes, indisponiéndolos al mismo tiempo con su bando de origen y provocando todo tipo de enfrentamientos que siempre desembocaban en el mismo desenlace: el guerrero finalmente caía en las redes blancas y abandonaba su bando de origen, que acababa claudicando simplemente a cambio de unas cuantas monedas que a duras penas alcanzaban a mitigar su pérdida. De este modo, a lo largo de los tiempos numerosos príncipes de lejanas tierras habían caído en sus redes, habían resultado atrapados por tanto oro como se derramaba sobre ellos y por los inmensos sueños de gloria que les despertaba aquella impresionante leyenda blanca.

Por estas y otras razones, el gran jefe blanco raras veces contaba con el aprecio de las autoridades de los otros bandos. Él era a menudo respetado, siempre temido, jamás apreciado. Sus malas artes ya eran conocidas en todo el orbe, e incluso en el juego de la pradera y el rectángulo ya casi eran vistas como algo normal. Sin embargo en ese otro juego, el del diminuto orificio, estas prácticas resultaban mucho menos corrientes, por lo que de inmediato provocaron el total rechazo de sus más altas autoridades. Y especialmente de las del bando azul, que decidió no quedarse quieto y luchar con todas sus armas para impedir aquello que consideraron un ultraje.

¿Qué hacer? Encontraron un antiguo acuerdo, firmado con su príncipe en aquellos ya lejanos días de felicidad. En aquel viejo papel el príncipe se comprometía a recompensar al bando azul con 36 monedas de oro si acaso alguna vez osaba abandonarlo. Era algo meramente simbólico, todos sabían que el príncipe jamás podría abonar esa cantidad, todos también sabían que aquel príncipe jamás les traicionaría... Sin embargo ahora las fuerzas azules se agarraban a aquel papel como su única tabla de salvación, si se llevan a nuestro príncipe al menos podremos obtener una gran compensación, una lluvia de monedas de oro con las que poder afrontar dignamente nuestro futuro...

Y así lo hicieron, pero con una salvedad: el príncipe azul sólo tendría que abonar esas 36 monedas si se convertía en blanco. En cambio, si accedía a ser verde, o rojo tal vez, no tendría que abonar tamaña cantidad; con la mitad, o incluso menos, sería más que suficiente. Claro está que semejante decisión fue recibida con tremenda indignación en las filas blancas: “¡Cómo es posible! ¿Acaso alguna vez se vio tamaña felonía? ¿Desde cuándo un mismo producto tiene un precio distinto en función de quién sea el comprador? Es como si voy al mercado, pido una lechuga y el vendedor me dice que para mí, por ser viejo y feo, la lechuga cuesta el abusivo precio de 36 reales, pero que si acaso se la pidiera aquella hermosa doncella que pasa por la otra acera, a ella gustosamente se la vendería por 18, tal vez menos, ¡y encima la lechuga proclamando a los cuatro vientos que no quiere saber nada de hermosas doncellas, que su mayor deseo es venirse conmigo!” (las lechugas habitualmente no hablan, pero en los cuentos a veces ocurren cosas así).

Naturalmente todos tenían razón. Lo que equivale a decir que nadie tenía toda la razón. Las cosas normalmente son grises, tal vez más claras o más oscuras pero grises, no suelen ser ni blancas ni negras (o, en este caso, ni blancas ni azules). Pero las masas, enardecidas defendiendo su causa, no estaban para matices ni tonalidades: unos ojos lo veían todo blanco, negando todo lo azul. Los otros todo azul, ciegos para todo lo blanco. Y así, con la ceguera y la cerrazón de unos y de otros, el tema se fue pudriendo, y al final la podredumbre contaminó a casi todos los que por allí pasaron, guerreros ajenos al conflicto que de repente decidieron implicarse en él, protagonizando terribles enfrentamientos que a su vez sólo sirvieron para alimentar aún más el odio, el cual generó aún más enfrentamientos que a su vez... Y así hasta el infinito.

Y mientras tanto nuestro príncipe había dejado de ser el mismo. Se había convertido en un ser ausente, titubeante, estaba como sumido en una nube. Toda aquella decisión, entereza, gallardía, había desaparecido, tal vez para siempre. ¿Qué estaba pasando por su cabeza? Él, tradicionalmente callado, discreto, en esta ocasión decidió explicarse ante sus fieles, y lo único que consiguió fue enredar aún más las cosas. Les habló de que si seguía a su lado su entrega ya no sería la que había sido antes, y a cambio recibió toda clase de insultos. Incluso habló tímidamente de su princesa, aquella con la que meses atrás había contraído matrimonio, de cómo ella no quería aventurarse a conocer lejanas tierras y prefería permanecer en su lóbrega ciudad, al lado de los suyos. Y esto aún fue peor, “¡cómo es posible, cuándo se ha visto que un príncipe como es debido no sea capaz de imponer su voluntad ni siquiera en su propia casa, desde cuándo un príncipe tiene que claudicar ante la voluntad de su dama...!”, los insultos subieron aún más de tono, se hicieron irreproducibles. Ya nadie jamás recordó lo que él había hecho por ellos durante todos esos años. Aquello ya sólo fue de mal en peor. Y sin embargo al mismo tiempo todo seguía igual, todo lo que ya parecía estar podrido aún seguía pudriéndose más y más...

Este cuento no tiene un final feliz. De hecho ni siquiera tiene un final. Tal vez todos piensen que han ganado, pero eso sólo demostrará que todos han perdido. El bando azul no obtuvo sus 36 monedas de oro, ésas con las que esperaba aliviar su pobreza. El bando blanco aún espera ver llegar algún día a su deseado príncipe (y si ello no ocurre todos temen la terrible venganza de su ser supremo, aquel que nunca perdió en nada y que jamás recibió un no por respuesta). Y el príncipe por el momento siguió siendo azul, pero ya nada quedaba de aquel príncipe que habíamos conocido en otros tiempos. Ya era sólo un extraño ser, triste y mustio, que a veces vagaba por el campo de batalla como ánima en pena. En realidad ya ni siquiera era un príncipe. Se había convertido en rana.

Y colorín colorado, este cuento NO se ha acabado. No tiene final porque ni siquiera tiene principio, de hecho nadie sabe cuándo comenzó. Los más viejos del lugar cuentan que esta historia ya se dio desde mucho tiempo antes, con príncipes que se llamaron Ramos, Martín, Antúnez, Herreros, Reyes (ya es curioso que haya príncipes que se llamen Reyes, pero así era). Y cuentan que así seguirá sucediendo en el futuro, con príncipes que se llamarán Rodríguez, Suárez o cualquier otro nombre que ahora ni siquiera somos capaces de imaginar. Y es que éste, ya lo decíamos al principio, no es un cuento cualquiera. Éste en realidad es el cuento de nunca acabar. La verdadera historia interminable.


*****


A estas alturas no hará falta ya que les cuente cómo acabó el cuento (o mejor dicho, ese capítulo del cuento, que un cuento de nunca acabar nunca se acaba, por definición). Saben de sobra que aquel príncipe azul nunca llegó a ser blanco (o acaso sí lo fuera pero a efectos prácticos nunca llegó a vestirse de blanco), saben que casi un año después se convirtió en verde (quién nos lo iba a decir) no sin antes vestirse también de rojo y capitanear a aquellas intrépidas huestes que se bañaron de oro en las lejanas tierras de oriente. Y saben, cómo no lo van a saber, que tras su largo y fructífero periodo verde aquel príncipe eligió volver a ser azul siquiera fuera un año tan solo, ese último año tras el cual, harto de guerrear, se retiraría ya por fin, tras más de mil batallas, contento y en paz a sus cuarteles de invierno...

Llegados a este punto se estarán preguntando (si aún siguen ahí, cosa que dudo) a santo de qué viene ahora todo esto. Pues es bien sencillo, viene a que demasiadas veces, durante todos estos años, he pensado que en aquella temporada 2005/2006 fuimos todos muy injustos con Carlos Jiménez (lo mismo a estas alturas ya habrían adivinado que él era el protagonista del cuento). Sí, en primera persona del plural, fuimos: azules y blancos, aficionados y periodistas, dirigentes y ciudadanos de a pie... Todos. Le tratamos como si fuera una mercancía, uno de esos trapos que dos señoras agarran frenéticamente el primer día de rebajas (discúlpeseme el evidente machismo del símil), que yo lo vi primero, que yo ya lo había visto antes, que lo sueltes te digo, que te he dicho que es mío, así hasta que de tanto estirar de un lado y del otro al final acaban rompiendo el trapo y ya no es para ninguna de las dos... A punto estuvimos de romper para siempre a Carlos Jiménez, de hecho si no lo rompimos sí al menos lo desgarramos lo suficiente como para que costara luego más de un año recomponer los pedazos. Entre sus aspiraciones de mejora profesional, entre su fidelidad a unos colores (pero no necesariamente a quienes dirigían esos colores), entre el empeño de los unos en ficharlo para (a la par que se reforzaban) dar en las narices al de enfrente, entre el empeño de los otros en venderlo a cualquiera menos al de enfrente, entre (incluso) el legítimo deseo de su señora esposa de permanecer en Madrid para poder así continuar su actividad profesional, entre tantos tiras y aflojas casi acabamos olvidando que en medio de todo ello aún había un ser humano, los deportistas de élite también lo son aunque no siempre lo parezcan, de hecho algunos son más humanos que otros, a muchos se la suda todo ampliamente pero a otros estas cosas les afectan, vaya si les afectan. Si de algo pecó Carlos Jiménez fue de demasiado humano en aquellos días: pecó y pagó con creces las consecuencias.

Sí, fuimos entonces demasiado injustos con un tipo al que ni antes ni después (ni durante) se le conoció jamás ni un solo problema extradeportivo ni disciplinario ni de ninguna otra índole; un tipo con cara de no haber roto nunca un plato (probablemente porque nunca jamás haya roto un plato) y sin embargo perfectamente capaz de pelear cada balón como si en ello le fuera el partido, la victoria, la vida entera; un tipo que se dejaba la piel sobre la cancha a veces hasta literalmente, como aquella vez hace años contra las vallas de publicidad; un tipo al que en tiempos más o menos lejanos se le dedicaron cientos de veces aquellos extraños versos de dudosa rima, Carlos Jiménez, menudos huevos tienes. Pero también un tipo al que muchos aficionados jamás supieron ver y mucho menos entender, todos aquellos que sólo valoran a un jugador en base a los puntos que mete (tanto mejor si son de tres en tres), que todo lo demás les chupa un pie; todos aquellos que no entienden de intendencia ni de intangibles, que por no entender ni siquiera entienden que lo que verdaderamente importa es que gane tu equipo, no que ganes tú. Dijo una vez Scariolo (y dijo bien) que Carlos tiene mucha mejor mano de lo que la gente piensa; es más, Carlos tiene mucha mejor mano de lo que él mismo piensa... Durante años nos hartamos de decir que Jiménez no tenía tiro, tanto lo dijimos que acabamos convirtiéndolo en un lugar común, pero no era cierto, no por repetir mil veces una mentira ésta se convierte en verdad, por más que los propagandistas de turno intenten a menudo demostrarnos lo contrario: Jiménez nunca fue un tirador, pero nunca tuvo peor tiro que tantos otros que acostumbran a tirársela quince o veinte veces por partido. La única diferencia es que Jiménez nunca jamás se tiró un tiro que no procediera; más bien al contrario, demasiadas veces prefirió pasarla a tirarla, aunque procediera.

Nadie debería irse jamás así, nadie merece retirarse a la vez que desciende su equipo, aún menos que nadie lo merece Carlos Jiménez. Aquel lejano día que pasó de azul a verde (tras todo un año con la mente en blanco) empezó tal vez el declive definitivo de Estudiantes. No fue una excepción: tiempo más tarde dejó también el rojo y a la selección le costó dios y ayuda recuperarse, hace un año dejó el verde y ni les cuento cómo anda Unicaja (dirán en Málaga que ésa no fue la causa; es cierto, no fue la única causa pero sí una de las causas, otra más). Ahora deja no ya el azul (que también), verde o rojo sino todos los colores juntos, ahora se nos va (opinión acaso arriesgada) el mejor tres que este país haya conocido jamás. Estará por ver que pueda superarlo nuestro baloncesto.

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08 May 2012

el segundo de casi todos

Escrito por: -zaid- el 08 May 2012 - URL Permanente

Recuerdo aquella frase como si fuera ayer, me he acordado muchísimas veces de ella, tanto más en estos días: el primer equipo de muchos, el segundo de casi todos. La escribió el director de Gigantes Paco Torres hace ya unos cuantos años, más o menos cuando empezaron las penurias económicas y/o deportivas y/o institucionales de Estudiantes, digamos que para ilustrar (en el marco de un pequeño artículo) con qué clase de sentimientos se estaba jugando. El primer equipo de muchos, el segundo de casi todos, de tal manera que hoy muchos nos sentimos un poco (o un mucho) más tristes, de tal manera que hoy casi todos (los aficionados al baloncesto, entiéndase) tienen un motivo para sentirse algo menos felices, algo menos a gusto con la vida.

Podrá parecer exagerado ese casi todos, no digo yo que no, pero creo que refleja perfectamente las simpatías que acostumbra a despertar esta entidad. Simpatías incluso entre las filas del eterno rival, aunque algunos grupúsculos minoritarios (que no dejarán de serlo por mucho ruido que hagan) intenten demostrarnos lo contrario. El madridismo mayoritario, ese que vive su pasión más con la razón que con las vísceras (ese al que algunos iluminados tienden a llamar ahora pseudomadridismo) no tiene hacia Estudiantes la misma animadversión que pudiera sentir hacia el Atlético pongamos por caso. No la tiene o al menos yo no se la veo, será que no la quiero ver. Sí veo madridistas que sienten los colores de Estudiantes casi tanto como los propios, que quieren que gane siempre excepto cuando juega contra ellos, que incluso llegan al extremo de no importarles sacrificar la victoria en un derby si su Madrid no se juega apenas nada y el Estu en cambio se juega la vida (no me pongan cara rara, algún caso conocí hace algunas semanas). Claro, luego está la otra parte, la que se complacen en mostrarnos los medios de comunicación, la que lleva semanas frotándose las manos, cantando Estu a la LEB, sois el primer equipo de la LEB y lindezas semejantes, acaso porque ni ellos mismos sean conscientes (dada su corta edad, o su corta memoria o su cortas entendederas, o todo ello a la vez) de que ese equipo al que querrían ver muerto es el mismo que les crió a algunos de sus principales jugadores. Esos mismos jugadores que (dicho sea de paso) anteayer no dejaron solo al Estu, que acudieron a territorio hostil a riesgo de que su gesto no fuera entendido en ninguna de las dos orillas de la Castellana, acaso porque ellos sí sean conscientes de que más allá del presente tienen o tuvieron un pasado, acaso porque aún le estén sumamente agradecidos a ese pasado después de todo...

Descender es morir un poco, si me permiten la exageración. Baja tu equipo y te parece que se acaba el mundo, que de repente se abriera la tierra bajo tus pies. Te invade una tristeza infinita, como si no hubiera un mañana pero luego resulta que sí, que hay un mañana y luego otro y otro y otro más, que tu vida continúa más o menos de la misma manera, con las mismas alegrías o tristezas de costumbre. Sigue tu vida y sigue la vida de tu equipo, él también tendrá un mañana aunque no lo parezca. Salvo excepciones, claro. Descender es morir un poco, suele ser así la mayoría de las veces, sólo algunas otras veces (sobre todo en estos tiempos que corren) descender es morir del todo, morir definitivamente y para siempre. No debería ser así en el caso de Estudiantes. Suele decirse que es bueno dar un paso atrás para luego dar dos adelante, frase que como tantas otras encierra una trampa: a veces das ese paso y justo detrás está el precipicio. Hasta hace algunos meses estaba plenamente convencido de que ese era el destino que le esperaría a Estudiantes en caso de bajar; hoy que ya ha bajado me gustaría pensar que las cosas puedan ser de otra manera, que ese precipicio haya quedado cegado y que ese paso atrás, ya que hay que darlo, se sustente sobre un suelo suficientemente firme. Todo sustento es bueno tratándose de un club que lleva demasiados años viéndolas y viviéndolas de todos los colores en materia deportiva, en materia económica y en materia institucional. En ese sentido, la declaración que hizo Asefa semanas atrás de que aún bajando a la LEB continuaría con el patrocinio resulta ser en estos momentos un auténtico balón de oxígeno. Si no se echan para atrás (que no deberían, tanto más teniendo en cuenta que la LEB se televisará -parece- la temporada próxima) aún nos quedará el rayito de esperanza de que toda esta compleja estructura estudiantil pudiera, si no mantenerse (no pidamos imposibles), sí al menos sostenerse de algún modo. Ojalá.

Ahora bien, puestos a morir (siquiera un poco) qué menos que morir con dignidad. Qué duda cabe, muchos esperarían ver una escena. Ya saben, el típico numerito, hordas desaforadas lanzando a los jugadores toda clase de improperios y objetos arrojadizos, llamándoles mercenarios, cosas así. Muchos esperarían ver una escena y de hecho la vieron... aunque no fuera aquella la escena que esperaban ver. Este es un club diferente, siempre lo fue, a ver por qué demonios habría de dejar de serlo ahora. Ya lo decía aquella pancarta, ir con los que ganan es muy fácil, lo difícil es esto, lo verdaderamente difícil es separar el grano de la paja, que no paguen justos por pecadores, no someter al linchamiento justo a aquellos que menos culpa tienen. Qué culpa tendrá Carlos, dejándose la piel hasta el último segundo del último minuto del último partido de su carrera, de su vida; qué culpa tendrá Jayson tras el temporadón que ha hecho (sí, temporadón, aunque no faltarán quienes prefieran quedarse con sus -pocos- momentos malos y olvidarse de los -muchísimos- buenos); qué culpa tendrá Germán, si hasta cabría reivindicar (una vez más) su presencia en la selección, siquiera fuera como quinto pívot; qué culpa tendrá Rodrigo si ni su cuerpo ni su mente van ya tan deprisa como fueron antes; qué culpa tendrá Dani si fue a más (por fin) justo cuando todo a su alrededor iba a menos; qué culpa tendrán Jaime, Yannick o Bebe, qué culpa tendrán todos aquellos que llegaron cuando ya todo iba del revés... Buscar culpables es un ejercicio inútil, pedir responsabilidades puede resultar bastante más saludable, pero esas responsabilidades habrá que buscarlas en otra dirección.

Claro que puestos a hacer escenas tampoco estuvo mal la que hicieron, a lo largo de varias semanas, todos aquellos que se llenaron la boca diciendo que Estudiantes no podía descender, ya haría algo la ACB para impedirlo por lo civil o por lo criminal. Estudiantes no puede descender, ya lo escuché unas cuantas veces hace cuatro años; qué casualidad, entonces Estudiantes no bajó y eso les vino de perlas, si ya lo decían ellos, si estaba claro, si al Estu no le iban a dejar descender. Es lo bueno que tienen las teorías conspirativas, que de una forma u otra siempre acabas teniendo razón: si sucede lo que tú dices, pues porque ya lo decías tú; y si sucede exactamente lo contrario, pues porque gracias a decirlo tú al final no se atrevieron. Los que siempre tienen razón siguen empeñados en que acabarán teniéndola, ya lo dije antes, por lo civil o por lo criminal. Existe la extendida teoría de que lo que el Estu perdió en la cancha lo ganará en los despachos, teoría que me toca particularmente los cojones, disculpen la vulgaridad. Es decir, me los toca no ya la teoría en sí misma sino la posibilidad de que ésta pudiera hacerse realidad. Probablemente soy muy ingenuo, o muy romántico (otros dirían que muy gilipollas), pero si el Estu ha bajado a la LEB yo quiero que juegue en LEB. Punto. No quiero que juegue en ACB porque no lo merece, no quiero que juegue en ACB porque no quiero tener que escuchar durante un año entero que a Estudiantes le regalaron la plaza en ACB. Quiero que en ACB juegue Iberostar Canarias como querré que juegue el otro que ascienda, y si alguno de ellos no cumpliera los requisitos (que tampoco entiendo, dadas mis evidentes limitaciones, por qué demonios Canarias tiene que aflojar un canon cuando es el resultado de una fusión y al menos una de sus dos mitades ya lo aflojó en su día; que será así, no lo niego, pero que no sé yo si en todas las circunstancias se mantendría ese mismo nivel de exigencia, no sé si me explico), créanme, prefiero cienmil veces una Liga ACB 2012/2013 de dieciséis o diecisiete equipos a una Liga ACB que incluya el Estu entre sus miembros. Y que el Estu juegue en LEB y que si un día vuelve a ACB sea porque se lo gane, así tarde un año o dos o diez o la vida entera si es preciso, no sé si ha quedado suficientemente claro. Ingenuidad o romanticismo si así lo quieren, pero no creo ser el único que piensa así.

En cualquier caso no era mi intención hacer un drama, en absoluto. Me daría muchísimo pudor que me dijeran (con razón) que parece que Estu fuera el único que desciende, como si fuera el primer club en la historia en verse en semejante trance, como si no hubiera cientos de equipos de cualquier deporte que están más que hartos de pasar por este trago, y alguno de ellos en circunstancias bastante peores además. Destrascendentalicemos (joder qué palabro) todo esto, Estudiantes no es sino otro equipo más que ha bajado de categoría, ni más ni menos, ni mejor ni peor. Como Blancos de Rueda Valladolid, como el Racing de Santander, como tantos otros. Es así a pesar de ese componente sentimental, es así aunque Estudiantes (al igual que Joventut, por cierto) siga(n) siendo ese segundo equipo de casi todos. Estu, Penya, muchos dirán que meros vestigios de un pasado finalmente devorado por las implacables leyes del mercado, disculpen el ripio. Ya lo dijo aquél, malos tiempos para la lírica, sin duda. Soñemos (es lo único que nos queda) con que esa lírica pueda volver alguna vez.

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03 May 2012

Bronco Miller

Escrito por: -zaid- el 03 May 2012 - URL Permanente

Mi abuela, adicta a los refranes, solía decir (al menos tres veces al año) que tres jueves hay en el año que relucen más que el sol, Jueves santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión (y se quedaba tan ancha, la pobre mujer). Parafraseando a mi abuela (que nunca supo lo que era la NBA, ni falta que le hacía), cabría también decir que tres Miller hay en la Liga que relucen más que el sol. Que habrá más Miller, no digo yo que no, pero que (retirado años ha Reggie) quedan tres emblemáticos, tres tipos, base, alero y pívot, que llevan casi tanto como llevamos de siglo (y más incluso) engrandeciendo el baloncesto cada uno a su manera, tres molineros (en traducción literal de su apellido) que andan ya al borde mismo de sobrepasar (si no lo han hecho ya) su fecha de caducidad. El base se llama Andre, particular debilidad para toda la vida desde que le vi por vez primera con aquella camiseta de los Utes de Utah (Universidad de) en el Torneo de 1998; el alero se llama Mike, las lesiones han hecho que llevemos años viéndole casi como un ex jugador pero cuando menos se le espera aún reaparece metiendo triples (o intentándolo al menos), véase sin ir más lejos estos días en Miami. Y el pívot se llama Brad, y si siguen mínimamente la actualidad de la Liga probablemente ya habrán adivinado que él es el principal culpable de que les esté soltando hoy todo este rollo.

Recuerdo que la primera vez que vi a Brad Miller fue en aquel mismo Torneo universitario de 1998 en que me enamoré de su tocayo de apellido Andre. Recuerdo que defendía Brad los colores de los Boilermakers de Purdue, recuerdo como si fuera ayer que nada más acabar aquel partido me fui a la lista del draft para averiguar en qué puesto habría sido escogido aquella criatura (no me pongan cara rara, en aquel entonces Internet estaba aún en pañales, la única manera de ver estas cosas era en los diferidos veraniegos del Plus, que se grababan antes pero se emitían después del draft). Me repasé de arriba a abajo las dos rondas, los sesenta nombres (o aún cincuenta y ocho por aquel entonces) sin encontrar ni rastro de un sujeto llamado Brad Miller, de Purdue. ¿Acaso no fuera sénior y estuviera yo confundido? ¿Acaso habría una errata en las listas? ¿Acaso la Liga entera se habría olvidado de él? Así era, por increíble que ahora nos resulte: pese a la evidente escasez de hombres altos con un mínimo de calidad, ni una sola franquicia había contemplado siquiera la posibilidad de enrolarlo en sus filas.

Y sin embargo Brad Miller se volvería a aparecer ante nuestros ojos apenas unos pocos días después, y esta vez no con la camiseta de Purdue ni de ninguna franquicia NBA sino con la mismísima camiseta de la selección USA que participó en el Mundobasket de Grecia 1998. Sucedió que aquel verano hubo lockout, sucedió que aquella circunstancia dejó fuera de la lista a cualquier jugador que estuviera bajo el paraguas NBA (incluyendo también a todos aquellos que hubieran sido drafteados aquel mismo verano), sucedió que USA Basketball (que venía apostando ya abiertamente por el profesionalismo desde 1992) no quiso ni plantearse siquiera llevar a una selección de universitarios por buenos que éstos fueran, prefirió seguir contando con jugadores profesionales aunque (excluida la NBA) no supiera demasiado bien de dónde sacarlos... El resultado de todo ello fue un equipo que hizo exclamar a los periodistas especializados (a la par que desmemoriados) de USA, ¿pero quiénes son estos tíos? Una amplia mayoría de jugadores norteamericanos en ligas europeas (allí estaban por ejemplo viejos conocidos como Wendell Alexis, Jimmy Oliver o cómo no, David Wood, legendario fajador que se había tirado ya unos cuantos años batiéndose el cobre en nuestra liga ACB), y una muy reducida minoría de jugadores que o bien aún eran universitarios (Trajan Langdon) o bien acababan de terminar su formación pero no habían sido escogidos en el draft. Entre éstos estaba Brad Miller (como ya habrán imaginado, porque si así no fuera no tendría sentido que les estuviera contando esta película), que empezó el torneo como el (casi) más desconocido de los doce y lo acabó como el más destacado del equipo. Un equipo que dicho sea de paso compitió muy dignamente, mucho más dignamente que algún otro de mucho más empaque y tronío que habría de sucederle pocos años después: alcanzó las semifinales, sólo aquella canasta del ruso Panov sobre la mismísima bocina les privó de meterse en la final.

El éxito de Brad Miller sorprendió a la propia empresa, sorprendió a propios y extraños, sorprendió a todo dios aunque a aquellos que habíamos visto su desempeño (siquiera una vez) en Purdue lo que verdaderamente nos sorprendió fue que sorprendiera, no sé si me explico. No había sido drafteado, pero al menos este Mundial (o lo que fuera) sirvió para que el 1 de febrero de 1999 Brad Miller empezara la minitemporada NBA con un contrato garantizado en los Hornets, para que empezara a ganarse fama de tipo duro, puro fajador, estopa mix, primero da y después pregunta; fama que no hizo sino acrecentar en sus restantes destinos, primero Chicago (inolvidable aquel tumulto crepuscular con Shaquille O'Neal), Indiana después. Ya era Brad Bronco Miller pero algunos sospechábamos (quizá porque lo habíamos visto antes) que había algo más, mucho más detrás de esa fama de típico matón de saloon de película del oeste que se estaba creando. Sólo le hizo falta llegar a su siguiente parada para que pudiéramos por fin comprobar que estábamos en lo cierto.

Su siguiente parada fue Sacramento, es decir, el caldo de cultivo perfecto para sacar a relucir todo ese baloncesto que escondía bajo su áspera cáscara de tipo duro. Le vimos tirar triples, nunca como norma (como hacen tantos otros que huyen sistemáticamente de la pintura no vaya a ser que se manchen, él no, él jamás fue de esos) sino como recurso meramente puntual; le vimos, sobre todo, pasar, repartir asistencias casi con la misma facilidad con la que antes (y durante, y después) había hincado puños en los costillares o codos en el esternón. El pase (aún por encima de la velocidad en el juego) era la verdadera imagen de marca de aquellos Kings inolvidables: allí pasaban bien todos del primero al último, algo que resultaba particularmente extraordinario en sus jugadores interiores: Chris Webber, Vlade Divac y ahora también Brad Miller (corrigiendo y aumentando la huella de su antecesor, aquel insólito Scott Cumbres Borrascosas Pollard) garantizaban un exquisito trato a la bola, garantizaban que nunca devolverían sandías, garantizaban que si estaban sobremarcados siempre encontrarían la manera de hacérsela llegar en buenas condiciones a cualquier otro. Siempre habrán de soportar el estigma de que no ganaron nada, siempre perdurarán en nuestra memoria mucho más que tantos otros que acabaron ganándolo todo.

Todo lo bueno se acaba, claro. Aquel equipo se nos fue disolviendo poco a poco, de hecho hoy hasta parece estar disolviéndose la propia supervivencia de la franquicia en aquella ciudad (pero esa es otra historia, que habrá de ser contada en otra ocasión). Cuando Brad Miller fue empaquetado de vuelta a Chicago en febrero de 2009 ya apenas quedaba ni la sombra de aquel tipo que sin haber sido drafteado había logrado ser dos veces all star. De Chicago a Minnesota, del ocaso a entender finalmente que ya no tenía ningún sentido prolongar la agonía. Sucedió hace apenas una semana, coincidiendo con el final de la temporada regular: un tiarrón como Brad Miller llora como un bebé... tituló algún iluminado por aquí, como si a un fornido mocetón de siete pies le estuviera prohibido mostrar en público sus emociones. Brad Miller pudo ser un tipo duro donde los haya pero amaba este juego, lo vimos en su manera de interpretarlo durante tantos años, lo vimos finalmente en su manera de despedirse de él. Un día ya lejano nos contaron que en su tiempo de ocio tampoco respondía para nada al típico perfil de jugador NBA, que respondía más bien a ese otro perfil también típicamente norteamericano, llamémosle country, la camisa de cuadros, la barca en mitad de un lago en cualquier estado de la América profunda, la caña de pescar. Echará de menos su deporte, qué duda cabe, pero al menos tendrá ahora (casi) todo el tiempo del mundo para hacer lo que le dé la gana con sus aficiones, sus montañas, su vida. Disfrútelo, amigo Brad, que bien que se lo ha ganado.

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26 Abr 2012

el psicópata

Escrito por: -zaid- el 26 Abr 2012 - URL Permanente

Les interesará saber (por aquello de que el saber no ocupa lugar y además, en este caso concreto, es gratis) que el diccionario de nuestra Real Academia Española de la Lengua define psicópata como persona que padece psicopatía (no, ahí no se esforzaron mucho), y define psicopatía como anomalía psíquica por obra de la cual, a pesar de la integridad de las funciones perceptivas y mentales, se halla patológicamente alterada la conducta social del individuo que la padece. No es que yo se lo cuente para que se vayan esta noche a la cama sabiendo una cosa más (aunque si así fuera lo doy por bien empleado) sino porque me resulta imprescindible para ilustrar lo que viene a continuación. Es decir, ya que voy a llamar a alguien psicópata (tampoco es que sea la primera vez que se lo llamo) no estará de más que previamente lo justifique para que no se entienda como un insulto sino como un hecho objetivo, dado que se trata de alguien que mantiene la integridad de sus funciones perceptivas y mentales (si así no fuera difícilmente podría desempeñar su actividad profesional) pero que tiene patológicamente alterada su conducta social. Que le cuesta discernir entre lo que está bien y lo que está mal, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo que la sociedad permite y lo que no consiente de ninguna manera. La mayoría de nosotros vamos por la vida sabiendo (o creyendo saber) que existe una (más o menos delgada) línea roja que no debemos traspasar, no tanto porque la ley lo prohiba como porque nos lo prohibe nuestra conciencia, nuestro sentido común (o lo que quede de él). En cambio otros seres (presuntamente) humanos no acaban de tener del todo clara esa separación.

Acaso ya habrán imaginado que me estoy refiriendo (una vez más) a El Jugador Antes Conocido Como Ron Artest, EJACCRA si lo pusiéramos en siglas. No, no teman, no les voy a poner la cabeza mala con todas aquellas barrabasadas de sus años de Indiana, aquellos tiempos en los que nos sentábamos a ver los partidos de los Pacers esperando a ver la que lía hoy este tío. Vale, sí, todos recordamos la más gorda, aquella monstruosa bronca de Detroit, aquel subirse fuera de sí a las gradas a aporrear a cuantos aficionados le fueron saliendo por el camino (mal estuvo que uno de ellos le tirara antes un vaso... lo cual muy probablemente tampoco habría sucedido de no haberse acostado él previamente sobre la mesa de anotadores tras su roce con Ben Wallace), pero hubo muchas más, sin ir más lejos yo recuerdo especialmente una de tantas, aquel Pacers-Celtics en el que logró convertirse en el expulsado más precoz de la historia: salto inicial, balón para los Celtics, la bola llegó a Pierce, éste se dispuso a dejar una sencilla bandeja que bien habría podido taponarse o impedirse acaso con una simple falta y en éstas que el amigo Artest, renunciando por completo al balón, le soltó un impresionante hachazo al cuello que por poco le mata. No fue una acción defensiva sino una salvaje agresión en toda regla, que le supuso su descalificación inmediata cuando apenas se llevaban diez o quince segundos de partido. Pudimos pensar entonces que acaso tuviera cuentas pendientes con Paul Pierce; hoy más bien creo que no, que se lo soltó como se lo podría haber soltado a cualquier otro simplemente porque pasaba por allí, porque era quien iba a meter la canasta. Fue la acción típica de un sujeto incapaz de medir las consecuencias de sus actos, incapaz de apreciar la diferencia entre una falta normal y un linchamiento, incapaz de distinguir un comportamiento aceptado socialmente de otro que no lo sea en absoluto.

Fue una de tantas, el pan de cada día en aquellos tiempos hasta el punto de que Antoni Daimiel fundó el club anti-Artest, club meramente virtual al que nos apuntamos muchos, igualmente de manera virtual. Y sin embargo el sujeto en cuestión tenía sus adeptos, muchos más de los que por aquí hubiéramos podido imaginar. Había sido ídolo en St. John's, la universidad neoyorquina por antonomasia (en unos años particularmente oscuros de los Red Storm), lo cual le granjeó una simpatía y admiración sin límites por parte de la prensa de aquella ciudad y, por extensión, de un amplio sector de la afición susceptible de verse influenciado por dicha prensa. En aquellos tiempos (por ejemplo) era casi imposible encontrar un número de Slam en el que no le dedicaran un artículo, un breve, un suelto, lo que fuera, a menudo preguntándose por qué no le habrían escogido los Knicks en lugar de a (por ejemplo) Frederic Weis (que vale, tampoco es que fuera una elección muy afortunada que digamos). Artest se estaba ganando ya en la Liga una desmedida fama de extraordinario defensor, cosa más que discutible porque a mí particularmente su defensa siempre me pareció mucho más efectista que efectiva. Pero ellos ponderaban sus virtudes y minimizaban sus defectos, sus evidentes carencias de fundamentos que se apreciaban (aún hoy se aprecian) simplemente viéndole botar el balón, o su tiro sospechoso que se sumaba además a una ausencia total de criterio a la hora de decidir cuándo y cómo tirar, pudiendo apedrear el aro (o el tablero, o el rostro de un espectador de la tercera fila) hasta quince o veinte veces con total impunidad sin que le importara lo más mínimo que su técnico o sus compañeros le pusieran mala cara, tanto le daba, él seguía tirando. A veces las metía, claro, a veces pillaba rachas tan asombrosas como incomprensibles, y fueron esas rachas esporádicas, junto con su fama de (presunto) buen defensor y su aureola de rebeldía (que no era tal, sino meros problemas conductuales), las que le convirtieron en referencia para un sector muy concreto que jamás paró de lamentarse por no tenerle en su equipo y por que no se le otorgara la consideración de estrella que (según ellos) merecía.

La bronca del Palace de Auburn Hills evidentemente marcó un antes y un después. Dentro de lo deplorable que fue todo aquello aún hubo unos cuantos que, si no respaldaron, sí comprendieron y hasta justificaron su comportamiento, y denostaron a la NBA por la enorme sanción impuesta, y hasta montaron campañas e imprimieron camisetas con el lema liberad a Artest. De algo sirvió, sin embargo. El Artest que volvió de la sanción no diré que era un hombre nuevo pero sí que parecía algo más equilibrado, algo más reinsertado en la sociedad. Luego fichó por los Lakers y nos calló la boca a todos aquellos que pensamos que sería contraproducente, que sería como meter una caja de bombas en ese vestuario. Aportó (a su peculiar e inimitable manera, pero aportó), ganó un anillo, se lo dedicó a sus psicólogos, parecía haber vencido por fin a su enemigo interior. Uno en su fuero interno (sí, creo que tengo de eso) siempre creyó que además de sus psicólogos (que sospecho que se llevarían una pasta, dado que el caso lo merecía) algo tendría que ver también un afamado domador de fieras llamado Phil Jackson, ese mismo que década y pico antes había conseguido sacar de un espíritu libre y salvaje como Dennis Rodman mucho más rendimiento del que cualquiera hubiera podido imaginar. No es que Rodman y Artest se parezcan en nada, se trata de caracteres e inteligencias muy diferentes pero de alguna manera ambos son chicos malos, chicos a los que hay que saber llevar. Jackson, maestro del palo y zanahoria (y de otras muchas cosas), consiguió exprimir su talento mucho más de lo que otro cualquiera hubiera podido lograr.

Pero llegó el verano de 2011 y empezaron a pasar cosas, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya. Phil Jackson se retiró a su rancho de Montana (supongo) y en su lugar llegó todo lo contrario, es decir Mike Brown; que probablemente sea un gran entrenador y un tipo de personalidad arrolladora y arrebatadora, no digo yo que no, pero que así de lejos transmite la sensación de tener menos sustancia que mi cuñado el pescadero (que ya es decir, se lo aseguro). ¿Será casualidad que bajo sus (presuntas) órdenes el amigo Artest haya vuelto a las andadas? Claro que el amigo Artest ya no se llama Artest (aunque se parezca bastante al que así se llamaba), se llama Metta World Peace (no será nunca MVP pero al menos es MWP), algo que en su momento nos pudo parecer (aparte de otra excentricidad más del colega) quizá la consecuencia de haber alcanzado por fin la paz interior y querer transmitir esa paz al resto del planeta; algo que hoy nos parece una broma pesada, y de muy mal gusto además. No hará falta que se lo cuente, los juegos de palabras con el dichoso nombrecito están a la orden del día, de Metta World War a Metta War Please por citar sólo los dos primeros que se me vienen a la cabeza, los hay a cientos. Lo de la paz en el mundo es bastante discutible pero eso sí, lo de Metta lo lleva a rajatabla, véase la que le mette el pasado domingo a Harden para más información.

La que le mete a Harden no es ya ni la primera ni la segunda que hace este año, sí la peor, por supuesto. Dijo que fue sin querer y yo le creo, fue sin querer matarle, le bastaba con herirle de gravedad. Una vez más la manifiesta irresponsabilidad, una vez más la manifiesta incapacidad de distinguir entre lo socialmente aceptado y lo que no. Clava un mate y le sobreviene tal subidón de adrenalina que tiene que soltarlo de manera indiscriminada, llevarse por delante todo lo que pille así esto sea una canasta, una farola, un perro o un ser humano, tanto da. Con el puño derecho se golpea el pecho con todas sus fuerzas, con el codo izquierdo casi revienta con todas sus fuerzas el tímpano de Harden. Con todas sus fuerzas, tanta fuerza le quiere dar que el movimiento de partida es llevarse el codo izquierdo todo lo posible hacia su costado derecho para que el recorrido sea más largo, para tomar impulso desde más lejos, para que el impacto sea aún mayor. Y porque sí, porque el otro simplemente pasaba por allí, una vez más, porque para él ambas acciones son lo mismo, los golpes de pecho con la derecha, el zurriagazo a Harden con la izquierda, todo lo mismo, todo una mera válvula de escape para esa sobreexcitación que le ha sobrevenido y que de algún modo se la tiene que sacar...

Claro, sí, luego al día siguiente pidió perdón, lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir (¿o ése fue otro?), lo cual no le ha evitado que le cascaran siete partidos de suspensión (que hasta me parecen pocos) que le harán perderse casi toda la primera ronda de playoffs. Y estará por ver que haya una segunda, y si la hay (como parece probable) estará por ver cómo se comporta de ahora en adelante este sujeto. La intensidad que se gastan en los playoffs NBA es como diez veces superior a la de la temporada regular (aunque precisamente ese Lakers-Thunder resultó bastante intenso), miedo me da este tío con su adrenalina desbocada en situaciones de exigencia extrema, de máxima tensión. Creímos que había madurado, pensamos que era otro hombre, supusimos que toda aquella psicopatía había quedado definitivamente atrás pero hoy sabemos que no, hoy sabemos que bajo ese monísimo envoltorio llamado Metta World Peace se escondía aún el único, el incomparable, el (afortunadamente) inimitable Ron Artest. Que no nos pase nada.

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19 Abr 2012

chocotajas

Escrito por: -zaid- el 19 Abr 2012 - URL Permanente

Aunque me dé vergüenza, habré de empezar reconociéndoles mi absoluta ignorancia. Ya sé que no está de moda reconocer ignorancias, que lo suyo es aparentar que se sabe de todo aunque no se sepa casi de nada pero qué quieren, lo mío es la vulgaridad. Lo confieso, después de tantos años todavía no he conseguido entender cómo demonios se reparten las plazas ACB en la Euroliga, será que soy corto de entendederas. Es decir, sé que hay una serie de equipos que llevan ya de serie su participación año tras año por los derechos adquiridos desde tiempo inmemorial, hasta ahí llego, al igual que sé que hay otros que se lo tienen que intentar ganar temporada tras temporada y ni aún así lo tienen seguro. Ahora bien, cuáles son los criterios, cómo se puntúan, cuánto duran, desde cuándo se arrastran esos derechos de los equipos que llamamos de categoría A, todo eso lamentablemente se me escapa, será que soy de letras o que soy torpe, sin más. Sé muy bien que si usted hiciera una encuesta en cualquier pabellón acebé el noventa y nueve coma nueve por ciento de los mortales allí ubicados le respondería con pelos y señales, cójase el número total de victorias de los equis últimos años y añádase el coeficiente de participaciones en la Euroliga sumado a la raíz cuadrada del coseno de alfa multiplicado por pi y elevado al cubo, no me cabe la menor duda. Pero a mí no me sale, será que no doy más de sí.

Claro que en estas circunstancias también reconforta saber (mal de muchos...) que ni siquiera los propios protagonistas de la historia acaban de tenerlo del todo claro. Hace unos días el jefe supremo de la competición, don Jordi Bertomeu, afirmó que si Unicaja quedara por detrás del noveno puesto perdería de inmediato sus derechos adquiridos en la Euroliga y dejaría de ser equipo A (qué bonito, equipo A), a lo que Unicaja raudo y veloz contestó que no, que de eso nada, que se lo mire bien, que la parte contratante de la primera parte no afecta a la segunda parte contratante de la primera parte contratante, la cual a su vez dejaría sin efecto la tercera parte contratante de la segunda parte... O algo así. No sé cómo quedará Unicaja (buena pinta no tiene) pero a día de hoy está undécimo, nada menos; como acabe así (o mismamente décimo, ya puestos) témome que tendremos lío. Al tiempo.

Y justo en éstas estábamos cuando don Fotis Katsikaris, ingenuo como es de natural, tuvo la insospechada ocurrencia de decir lo que pensaba, ya ve usted, como si aún se pudiera decir lo que se piensa en estos tiempos que corren. Pues que si los del Valencia Basket ganan la Eurocup (¿se seguirá llamando así?) los del Bilbao Basket ya podemos dar por acabada nuestra temporada, más o menos. Parecía fácil de entender para cualquiera que quisiera entenderlo, pues que si Valencia entra en la Euroliga por esa vía ya no quedarán más vías para que entre otro, vamos que es que ni aún ganando la ACB siquiera, esa podría haber sido la traducción en el supuesto de que sus palabras hubieran necesitado traducción. Pero es bien sabido que las sensibilidades están a flor de piel, a algunos valencianos ese socorrido gen de la susceptibilidad se les activó de inmediato, hay que ver, nosotros que le acogimos en nuestro seno, nosotros que le quisimos como a un hijo (y luego le repudiamos como a un mal hijo, también) y ahora quiere que perdamos, ¡¡¡que perdamos!!! cómo es posible tanta maldad, en qué cabeza cabe tamaña aberración... Valencia perdió, no porque quisiera Fotis sino porque no les quedó más remedio, deberían ya volver las aguas a su cauce (tanto más tras haberlo explicado el susodicho por activa y por pasiva, una y otra vez) pero hete aquí que el calendario es caprichoso (o tocapelotas, según) y este domingo se enfrentarán Valencia y Bilbao en la Fonteta, también es casualidad, no descarten que aún quede por allí algún ultramontano pensando en tirar a Katsikaris al pilón o en su defecto al Turia o al Mediterráneo o a l'Oceanografic, lo primero que pillen. Todo lo cual nos lo podríamos haber ahorrado muy fácilmente si las cosas fueran de cualquier otra manera.

Qué quieren que les diga, yo creo que la Euroliga debería decidir si quiere ser carne o pescado (por ejemplo). Es decir, u optas de una vez por todas por una liga a la americana, cerrada, los dieciséis (o los que fueran) equipos más potentes del continente cogidos de la manita, jugando consigo mismos un año sí y otro también (y el resto que se busquen la vida como buenamente puedan para participar en las restantes competiciones continentales, llámense éstas como se llamen); u optas por volver a una liga a la europea, abierta, en la que el único criterio para participar en las competiciones internacionales fuera el de los méritos contraídos el año anterior en las competiciones nacionales, como sucedía antaño en todas las copas de Europa de toda la vida de dios. O una cosa o la otra pero no este querer ser una cosa sin dejar de ser la otra. Tú lo quieres es chocotajas, me decía mi padre siendo niño (siendo niño yo, no mi padre) cuando me daba a escoger entre dos cosas y yo me empeñaba en que quería las dos. Chocotajas, en su particular idioma, debía de ser lo que toda la vida se ha dicho estar al plato y a las tajadas, que es como parece estar la Euroliga desde hace ya unos cuantos años con esta especie de híbrido que no acaba de ser ni chicha ni limoná (discúlpeseme el arrebato folclórico) y que queriendo contentar a todos acaba por no contentar absolutamente a nadie. O cierras o abres, pero esto de casi cerrar sin acabar de cerrar dejando la puerta entornada, si acaso con una pequeña rendija por la que tal vez pueda caber alguno más (pero sólo uno, dos ya no que dos son multitud, tanto da que ambos dos se lo merezcan por igual) pues como que no acaba de tener sentido. O acaso sí lo tenga pero lamentablemente yo no se lo encuentro, qué le vamos a hacer.

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17 Abr 2012

orgullo y satisfacción

Escrito por: -zaid- el 17 Abr 2012 - URL Permanente

Reconozcámoslo, resulta difícil no caer en la tentación, resulta difícil no establecer (odiosas) comparaciones entre este Torneo de Mannheim y aquel otro de catorce años atrás, aquella otra selección que no contenta con ganar allí ganó también pocos meses más tarde el Europeo de la categoría en Varna, que aún no contenta tampoco con ganar allí ganó también al año siguiente aquel histórico Mundial Júnior de Lisboa. Cómo no recordar cómo vivimos aquella semifinal y aquella final, en mi caso muy malamente en aquel apartamento playero, aquel minúsculo e infame televisor casi en el techo, rebosante de interferencias y hasta en blanco y negro todavía, casi tan malamente como he visto esta otra semifinal y esta otra final gracias a uno de esos inventos del demonio, esa extraña cosa llamada estrimin (o sea, streaming) que consiste en que vas a parar a una web en la que crees que te ponen el partido cuando en realidad te ponen de los nervios, la imagen oscilando y vibrando así el viernes como el sábado cual si el operador de cámara padeciera un parkinson en fase terminal, o al menos así era en mi ordenador, no me pregunten ustedes por qué. Me dejé los ojos hace trece años mirando hacia Lisboa, me los volví a dejar hace tres días mirando hacia Mannheim, entonces y ahora lo di por muy bien empleado (mi oftalmólogo no sería de la misma opinión), entonces y ahora tuve la maravillosa sensación de estar asistiendo a algo muy especial, casi mágico, irrepetible por más que podamos tener la sensación de que se haya repetido apenas trece años después...

Sí, resulta muy difícil no caer en la tentación, no caer en los evidentes pararelismos entre aquella generación de Lisboa y esta otra de Mannheim, sólo de Mannheim por ahora, también tendrán su Europeo en pocos meses (si es que la FEB encuentra quien les entrene), su Mundial en año y pico, que los ganen o no ya será otro cantar. Generaciones paralelas si así lo quieren, pero dos líneas paralelas no tienen por qué tener la misma longitud. Lo peor que les puede pasar es que les midamos por el rasero de aquellos otros como si ya estuvieran obligados (condenados, más bien) a repetir su historia. No, estos chavales tendrán que tener su propia historia, de hecho algunos ya empezaron a escribirla hace un verano, ya tuvieron su oro europeo nueve meses antes de este otro oro de Mannheim, quizá no les recuerden, eran los compañeros más o menos anónimos de Alex Abrines, Jaime Fernández, Dani Díez o Jorge Sanz, aunque no lo parezca por allí andaban también los Willy Hernangómez o Josep Pérez, los aún sub17 de aquella selección sub18. Hernangómez que es talento en estado puro por dentro, Pérez que es talento en estado puro por fuera, se nos cae la baba viéndolos como se nos cae con el derroche de clase de Albert Homs (qué tercer cuarto se marcó en la Final la criatura), con las infinitas posibilidades que te proporciona Javi Marín (todo un descubrimiento), con el inmenso despliegue físico y técnico de Juan Sebas Saiz, con el derroche de facultades de Edgar Vicedo (cuántas veces vi jugar a su padre en aquella ya lejana selección de voleibol), con el insospechado saber estar de Alberto Díaz o (cómo no) con ese pedazo de diamante aún sin pulir, ese árbol tierno de interminables ramas llamado Ilimane Diop. Se nos cae la baba o bien, si prefieren que lo exprese un poco más elegantemente (a la manera de aquél que se complace en matar elefantes con cargo al erario público), casi mejor les diré que nos llenan de orgullo y satisfacción: orgullo por lo que son, satisfacción por lo que son y por lo que (pensamos que) serán. Éstos, los que ya pasaron del 93, los que aún nos quedan del 95, tres quintas portentosas, toda una impagable generación. Saboreémosla, disfrutémosla con calma, no les pidamos aún la luna sobre todo si queremos que algún día nos la traigan. No estemos cada lunes y cada martes llamándoles los nuevos júniors de oro, no les metamos más presión de la que necesitan (la necesitarán en todo caso sus clubes o sus técnicos pero no ellos, no todavía), no nos pasemos con las eternas comparaciones con gasoles y navarros no vaya a ser que al final la acabemos de cagar. Dejémosles que crezcan, nada más (y nada menos) que eso, todo lo demás vendrá ya por añadidura.

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13 Abr 2012

chocolate & churros

Escrito por: -zaid- el 13 Abr 2012 - URL Permanente

No les descubro nada nuevo si les cuento que los jugadores americanos (los de USA, me refiero) por lo general se dividen en dos grupos, los que se integran y los que no, siendo éstos últimos la inmensa mayoría por desgracia. No es que sea tampoco una cosa exclusiva del personal yanqui, no nos engañemos, por aquí también hemos tenido a algún virtuoso futbolista que se marchó a Londres cobrando un pastizal y apenas un par de semanas después ya estaba pidiendo a grito pelado volverse a su Sevilla del alma. Pero sí es bien cierto que en los norteamericanos se acentúa más esa tendencia, como si para ellos el mundo se restringiera a su territorio y al otro lado de sus fronteras ya empezara el tercer mundo (o aún peor, el fin del mundo, como dijo aquél refiriéndose a Huesca). Llegan, se encierran en su burbuja, sólo salen para ir a jugar o entrenar (y porque no les queda más remedio) y sólo se relacionan con sus allegados (si los hubiere) y sus pantallas de videoconsola y/o ordenador. Hay excepciones claro está, los Arlauckas, Pinone, Middleton, tantos otros que están en la mente de todos pero reconozcamos que no suelen ser moneda frecuente, razón por la cual cuando de repente descubrimos a un americano (de USA) plenamente integrado en nuestras costumbres tras apenas unos meses por aquí, pues como que se nos empañan las lágrimas de la misma emoción...

Viene todo este rollo a cuento de algo que ayer mismo tuiteó (escalofriante verbo) Kyle Singler: 2 of my new favorite things, chocolate & churros! Y para que no quedaran dudas adjuntaba la típica foto, tipo chocolatería Valor o similar, mesitas de mármol, un par de tazones bien espesos, churros alargados, azucarero, servilletero y otra cámara para inmortalizar el momento (sí, despertó mis jugos gástricos y aún ahora lo sigue haciendo, a qué negarlo). Vale, pensarán que todo esto no pasa de ser una mera anécdota episódica, como esos otros tuits anteriores en los que comentaba lo que había disfrutado viendo ganar a su Madrid contra el Atleti o ponderaba las virtudes futbolísticas de Cristiano Ronaldo por encima incluso de las de Messi (cuestión de gustos, me temo); detalles sin importancia si así lo quieren, pero que no solemos encontrarlos en tantos otros paisanos suyos que simplemente pasan por aquí. Él no sólo pasa por aquí, él está aquí, vive aquí, se esfuerza por adaptarse a las costumbres de aquí (y en algún caso hasta las disfruta, véase la muestra). Nada que no supusiéramos conociendo su pasado, nada que no imagináramos viniendo de Duke. Pero pequeños detalles como éstos no hacen sino confirmárnoslo, y está muy bien que así sea.

Anda raro el madridismo con Singler, como no acabando de saber si es lo que necesitan o no, si quieren que se quede o no. Digamos que por un lado está el sector que considera que un americano por el mero hecho de serlo tiene que meter veintitantos puntos y clavar seis o siete triples por partido, otra cosa sería tirar el dinero; y por otro lado está otro sector, más iniciado como si dijéramos, que es capaz de valorar a un jugador sin atender necesariamente a su partida de nacimiento ni a su estadística de anotación. Se ve que algunos pensaron que como Singler era poco menos que el go to guy en Alicante (o en Duke) pues igualmente habría de serlo en el Madrid, sin reparar en el pequeño detalle de que son niveles distintos, plantillas distintas, realidades completamente distintas; la misma disyuntiva entre el Singler solista y el Singler corista que tan magníficamente explicaban el otro día en la web de Piratas del Basket. No es fácil encontrar un jugador que pueda adaptarse igualmente bien a ambos papeles, no es fácil que un jugador acostumbrado a ser corista pueda ejercer de solista si no tiene la calidad para ello, pero no menos difícil es que un jugador acostumbrado a ser solista logre aparcar su ego y aceptar el papel de corista sin que su vanidad se resienta. Singler lo ha hecho sin despeinarse: ha asumido su pérdida de minutos, ha asumido su merma de protagonismo, no han disminuido un ápice sus aportaciones y su calidad, se ha convertido de la noche a la mañana en un jugador de equipo (que en realidad siempre lo fue, aunque fuera también el jugador alrededor del cual giraba el equipo; ahora ya no). Un jugador de equipo, nada más y nada menos, todo un lujo en estos tiempos que corren, tanto da que haya nacido en Cuenca o en Oregon. Y plenamente integrado en la vida madrileña, además. El Madrid sabrá lo que hace pero vamos, que yo que ellos me abalanzaría a hacerle una oferta de renovación no vaya a ser que el día menos pensado llame otra vez el tío Dumars desde Detroit y se queden a verlas venir. Por lo que pueda pasar.

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