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TIEMPOS DE INQUISICIÓN
LUIS M. ALONSO Umberto Eco, el gran escritor y semiólogo de Bolonia, es otro autor a punto de ser quemado en la hoguera. No se salva nadie de la inquisición, que en la actualidad tiene más de una cara. Por un lado, está la liga de la corrección política, con sus extensas ramificaciones de colectivos militantes y, por otro, las religiones monoteístas, que no están dispuestas a leer otra cosa que no sea el Libro. Malos tiempos nos esperan con tanto fanático incendiario de la razón suelto.
A Eco lo acusan la comunidad judía y el Vaticano de antisemita por su último libro, una novela que lleva por título «Il cimitero di Praga» («El cementerio de Praga»). Por lo que he leído, el antisemita no es él, entre otras cosas porque nunca lo ha sido, sino el protagonista de su ficción, que es, por otra parte, el único personaje inventado de la historia. Los detractores del profesor le atribuyen ambigüedad por no oponer el bien al mal, como si en algún lugar estuviera escrito que en cualquier relato donde hay malos tiene que haber también necesariamente buenos, para guardar un pretendido equilibrio.
No le perdonan, en cualquier caso, a Eco que haya querido denunciar el antisemitismo poniéndose en la piel del antisemita, más exactamente retratando a uno de ellos de una forma particularmente descarnada. Una historiadora ha escrito en «L'Osservatore Romano» que ese mecanismo de denuncia no funciona ante los lectores. Lo dice ella, una auténtica majadera, con la seguridad que otorga saber lo que piensan todos y cada uno de los lectores.
No sé, porque no he tenido la oportunidad aún de leer la novela de Eco, si hay ambigüedad o no en su mensaje. La literatura de ficción no está, en cualquier caso, para ofrecer mensajes nítidos, sino arte en la mayor medida posible. Incluso cuando se trata de fundir historia y novela, como es el caso que nos ocupa. Y por último, además, es un insulto a la civilización que un escritor no pueda expresarse libremente en la verdad y en la mentira de sus ficciones sin que le corrijan el estilo o lo condenen los inquisidores: los de siempre y los nuevos. http://www.lne.es/opinion/2010/11/13/tiempos-inquisicion/993934.html
Resumen
http://www.servetus.org/es/michael-servetus/biography/index.htm
http://www.servetus.org/es/michael-servetus/biography/bio1.htm
http://www.portalplanetasedna.com.ar/servet.htm
Miguel Servet es en muchos aspectos uno de los hombres más notables del siglo dieciséis; mientras que la trágica muerte que sufrió le convirtió en el primer y más insigne mártir para una fe cuya trayectoria estamos recorriendo. Los documentos sobre la vida de Servet son escasos e inconsistentes y las lagunas que contienen se han completado con toda una serie de conjeturas que, tal y como se ha demostrado posteriormente, han resultado ser erróneas.
Miguel Servet (1511-1553), médico y teólogo español, fue ejecutado por el gobierno calvinista de Ginebra a causa de sus creencias. Nacido en Villanueva de Sijena, provincia de Huesca, estudió derecho en la universidad de Toulouse, medicina en las universidades de París y Montpellier y teología en Leuven. A partir de 1540, practicó la medicina en Vienne, Francia, donde también ejerció como médico personal del arzobispo. Alrededor de 1540 empezó a mantener correspondencia con el teólogo protestante francés Calvino.
A pesar de que seguía considerándose católico, aunque sólo fuera de nombre, describió su herética oposición al concepto de la Trinidad y solicitó permiso para visitar la teocrática ciudad de Ginebra. Una vez allí fue arrestado, acusado de herejía y blasfemia contra el cristianismo, y quemado en la hoguera el 27 de octubre de 1553.
Los pensamientos teológicos de Serveto fueron duramente mucho tiempo criticados por los católicos y protestantes de su época. En 1531, repudió, en su De Trinitatis Erroribus (De los errores sobre la Trinidad), la personalidad tripartita de Dios, así como el ritual del bautismo, y en 1532 escribió Dialogorum de Trinitate Libri Duo (Segundo libro de diálogos sobre la Trinidad).
Sus contribuciones científicas fueron asimismo notables, pues fue el primero en describir la circulación pulmonar en Christianismi Restitutio (Restitución del Cristianismo), publicado poco antes de su muerte en 1553
En 1546 envió a Calvino una copia de su trabajo más importante, Christianismi Restitutio, de carácter fundamentalmente teológico pero que pasó a la posteridad por contener en su Libro V la primera exposición de la circulación pulmonar o menor. Tras leer dicha obra, Calvino denunció a Servet ante la Inquisición de Lyon, lo que provocó la huida apresurada de éste.
En una fatal etapa en Ginebra, camino de Italia, Servet fue reconocido y, tras ser detenido y juzgado, fue condenado a morir en la hoguera. Su muerte suscitó una fuerte polémica en el frente protestante sobre la aplicación de la pena capital por razones de supuesta herejía
Por William Osler http://www.miguelservet.org/noticias/imagenes/docs/w_osler.pdf
El comienzo de sus problemas fue la “terrible herejía” que publicó en un pequeño libro titulado De Trinitatis Erroribus, Libri Septem (Siete libros de los errores acerca de la Trinidad). Al Al año siguiente, 1532, aparecieron dos diálogos, el explicativo y el conciliador, en un pequeño libro11 que no hizo más que agravar la afrenta y, al ver que los ánimos de los protestantes estaban demasiado caldeados, Servet fue a París. Dejando a un lado el nombre por el que se le había conocido y cerrando este breve pero tempestuoso período, durante los veintiún años siguientes seguimos la pista a Michel Villeneuve o Michael Villanovanus a lo largo de una profusa carrera como estudiante, profesor, médico, autor y editor, que todavía albergaba la indomable esperanza de que el mundo se reformaría si él pudiese restablecer la primitiva doctrina de la Iglesia..
Es posible que Servet y [François] Rabelais coincidieran en Lyon, pero no hay nada en sus escritos que indique que sus caminos se hayan cruzado. El hombre que detentó mayor influencia sobre él en esa ciudad fue Sinforiano Champier15, uno de los médicos humanistas más interesantes y distinguidos del siglo XVI. Servet le ayudó a elaborar la farmacopea francesa y el pastor Tollin. Ferviente partidario de Galeno, historiador y fundador del hospital y de la escuela de medicina, Champier sentía la habitual predilección de los estudiosos de la época por la astrología. Es probable que Servet recibiera de él su formación sobre este tema. En todo caso, cuando el distinguido profesor de medicina de Tubinga, Fuchs17, atacó a Champier por sus extravagancias astrológicas, Servet empuñó su pluma y salió en su defensa con un panfleto titulado: In Leonhardum Fuchsium Apologia. Defensio pro Symphoriano Campeggio (Apología contra Leonardo Fuchs. En defensa de Sinforiano Champier), una obra extremadamente rara. Indudablemente estimulado por el ejemplo y las enseñanzas de Champier, Servet volvió a París para estudiar medicina. Se sabe que trabó amistad con tres hombres: Johann Günther (Winther) von Andernach, Jacques Dubois [conocido como Jacobo Silvio] y Vesalio. Silvio y von Andernach debieron ser personas semejantes a él, estudiosos dispuestos, ardientes galenistas y aplicados anatomistas. La defensa de la astrología jurídica le trajo problemas pero en 1539, tras casi diez años de vida errante, un hogar tranquilo en la selecta ciudad del Imperio Romano, con su alta sociedad, y bajo la protección del primado de toda Francia, Servet pasó los catorce años siguientes ejerciendo como médico.
Son pocos los detalles que se conocen de su vida: siguió estando asociado a los Trechsel, los impresores, quienes habían establecido una sucursal en Viena del Delfinado y en 1541 publicó una nueva edición de Ptolomeo, con una dedicatoria al arzobispo. Desde el prólogo vislumbramos un agradable grupo de compañeros, todos ellos interesados en los nuevos estudios. Algunas cuestiones críticas de la edición de 1535 desaparecen en la de 1541, como las chanzas acerca de Palestina y, al hacer referencia al toque real, en lugar de afirmar: “He visto al rey tocar a muchos con esa enfermedad (es decir, la escrófula) pero no he visto que se curasen”, dice: “He oído que muchos se curaron”. Tal vez ello le pareciera impropio en un miembro del círculo eclesiástico y, al vivir bajo los auspicios del arzobispo, le resultase indecoroso decir algo ofensivo.
Al año siguiente publicó una edición de la Biblia de Pagnini en folio selecto. Su principal interés para nosotros es el testimonio de que Servet todavía estaba inmerso en los estudios teológicos porque los comentarios en la obra le colocan entre los primeros y más atrevidos de los mayores críticos. Los salmos proféticos y las numerosas profecías de Isaías y de Daniel son interpretados a la luz de los sucesos contemporáneos pero, tal y como Willis señala: “Estas numerosas interpretaciones, hechas con un excesivo grado de libertad y heterodoxia, parecen no haber hecho que Villeneuve fuese contemplado en Viena del Delfinado bajo una luz desfavorable, aunque tampo-
co favorable”.
Para otro editor de Lyon, Frelon, editó varias obras educativas, y gracias a él el médico de Viena del Delfinado puedo establecer correspondencia con el reformador de Ginebra. Al ser un soñador, un entusiasta, un místico, Servet estaba poseído por la idea de que, si tan solo se pudieran reformar las doctrinas de la Iglesia, podría convertirse el mundo a un cristianismo primitivo, simple. Ya hemos visto su intento de hacer que los reformadores suizos adoptasen lo que él consideraba que eran los puntos de vista correctos acerca de la Trinidad. En ese momento comenzó un intercambio de correspondencia con Calvino sobre este tema y acerca de la cuestión de los sacramentos. El tono y contenido de las cartas, que aún existen, conmocionó y disgustó a Calvino hasta tal punto que, en una comunicación a Farel, fechada en febrero de 1546 y tras afirmar que Servet se había ofrecido a ir a Ginebra, añade: “No comprometeré mi fe con él, porque si viniese teniendo yo alguna autoridad, nunca le permitiría salir de aquí con vida”.
Durante años, Servet estuvo preparando la obra con la que acariciaba la ilusión de restaurar el cristianismo primitivo. Envió parte del manuscrito a Calvino y, habiendo intentado en vano que fuese publicado, decidió imprimirlo de forma privada en Viena del Delfinado, estableciendo acuerdos con un impresor local, quien instaló una prensa aparte en una pequeña casa y se imprimieron 1.000 copias en algunos meses. La portada de su Christianismi Restitutio está fechada en 1553 y en la última página se encuentran las iniciales de su nombre, M. S. V. [Michael Servetus Villanovanus].
Tuvo que haber sabido que la obra probablemente iba a ocasionar un gran revuelo en la Iglesia, pero albergaba la esperanza de que no se llegase a conocer la identidad del autor y que alguien tan poco sospechoso como el médico de Viena del Delfinado, Michel Villeneuve, fuera la del Miguel Servet de la herética de Trinitatis Erroribus.
Destinada a ser distribuida en Alemania, Suiza e Italia, la obra se empaquetó en fardos de 100 copias para su distribución comercial, siendo probable que Calvino recibiese un par de copias de su mutuo amigo Frelon. La historia que generalmente se cuenta es la de que, por medio de un tal Guillaume de Trye, Calvino denunció a Villeneuve a la inquisición en Viena del Delfinado. Este era el punto de vista del propio Servet y es apoyado por Willis, Tollin y otros, pero los defensores de Calvino siguen negando que existan indicios suficientes de su participación activa en este estadio.
Por esta época se encontraba en Lyon el conocido inquisidor Orry, quien diez años antes había llevado a Étienne Dolet a la hoguera; en cuanto dio con la pista del asunto se hizo cargo de la acusación con su celo habitual y Servet fue arrestado. Sobre todo tiene interés el juicio preliminar en Viena del Delfinado debido a los detalles autobiográficos que proporciona Servet. Las pruebas contra él eran tan aplastantes que fue enviado a prisión. Rodeado por sus amigos, a quienes tiene que haberles resultado espantoso y muy doloroso ver a su médico favorito en una situación tan grave, abundantemente provisto de dinero y, siendo la disciplina de la prisión muy relajada porque el carcelero era amigo suyo, no resulta sorprendente que escapase al día siguiente de su arresto, sin duda para alivio del arzobispo y de las autoridades.
El inquisidor tuvo que contentarse con quemar una efigie del hereje junto con 500 copias de su trabajo. Después del 7 de abril, Servet desaparece y luego aparece en Ginebra. (Habiendo llegado allí en la mañana del 13 de agosto, fue reconocido esa misma tarde e, inmediatamente, arrestado.)
Una cosa parece clara: mientras que al principio las acusaciones tenían que ver en su mayor parte con los puntos de vista heréticos de Servet, posteriormente el fiscal puso más peso en el aspecto político del caso, acusándole de conspiración con los libertinos. El proceso dividió a Ginebra en bandos hostiles y, en ocasiones, parecía que Calvino estaba siendo enjuiciado tanto como Servet. Con el fin de estrechar lazos, el partido clerical hizo un llamamiento a las iglesias suizas. La respuesta fue suficientemente clara en su condena de la herejía y la blasfemia, si bien se abstuvo de especificar el castigo.
Acostumbrado en Francia a escuchar que se tildase a los reformadores suizos como herejes de la peor clase, Servet no parece haber llegado a comprender por qué no había sido recibido con los brazos abiertos por parte de los protestantes, cuyo deseo era idéntico al suyo propio: el restablecimiento de la fe y el culto primitivos. Luchó valientemente y aportó importantes recriminaciones contra Calvino, a quien acusó específicamente de haber sido la causa de su arresto en Viena del Delfinado. Se ofreció a discutir públicamente las cuestiones que estaban siendo tratadas, oferta que Calvino hubiese aceptado si los síndicos lo hubieran permitido. Toda la ciudad estaba en estado de agitación y, domingo tras domingo, Calvino y los otros pastores vociferaban desde sus púlpitos contra las blasfemias del español. Tras agotar su paciencia a lo largo de casi dos meses, la gente comenzó a alinearse claramente con Calvino y el 26 de octubre el consejo decidió por mayoría que, teniendo en cuenta sus errores y blasfemias, el prisionero debía ser quemado vivo.
La súplica de Servet de una muerte más clemente fue en vano (hay que decir, en honor de Calvino, que éste también intercedió por ello). En seguida se formó la procesión hasta el lugar de la ejecución.Puede decirse que nada en su vida le enalteció tanto como despedirse de ella.
Ante la tozudez de Servet,la iglesia cristiana recordó que mucho tiempo atrás había asegurado cómo hacerle frente. Desde finales del siglo IV, cuando dicha forma comenzó a llevarse a la práctica, hasta llegar a su clímax en la festividad de San Bartolomé30, era
universalmente admitido que tan solo los herejes muertos dejaban de causar problemas. La historia proporciona amplios indicios de la eficacia de las medidas represoras, que con frecuencia eran llevadas a cabo a gran escala. Francia es católica debido a la política de acabar con la raíz y con las ramas, y el protestantismo inglés es un testimonio perdurable de la meticulosidad con la que Enrique VIII implantó sus medidas. Tal y como afirma De Foe [Daniel Defoe] en su famoso panfleto Shortest way with dissenters (“El medio más eficaz contra los disidentes”), si un hombre es obstinado y se empeña en mantener su propia opinión, contraria a la de la mayor parte de sus congéneres, y si la opinión es perniciosa y pone en peligro su salvación eterna, resulta más seguro hacerle arder en la hoguera que permitir que sus doctrinas se difundan. Durante 1200 años esta política mantuvo la herejía dentro de estrechos límites hasta la gran irrupción de la misma. Los hombres más notables de la época aceptaban la muerte de los herejes.
Por otra parte como médico, Servet escribió un pequeño libro de medicina que no tenía ningún mérito especial. Las obras que editó, que le supusieron más dinero que fama, son indicativas de un espíritu independiente y crítico. Viena del Delfinado era una pequeña ciudad en la que no podemos creer que hubiera estímulos científicos, si bien se encontraba en una región conocida por su actividad intelectual. Siendo conocedor de un dato fisiológico de importancia capital, lo describe con claridad y exactitud extraordinarias. Pero tiene su hallazgo en tan poca estima, o le parece que reviste tan poca importancia en comparación con la enorme tarea que tiene entre manos de restablecer el cristianismo, que únicamente lo utilizó como ilustración al tratar la naturaleza del Espíritu Santo en su obra Christianismi Restitutio. El descubrimiento era nada menos que el del paso de la sangre del lado derecho al lado izquierdo del corazón a través de los pulmones, lo que se conoce como circulación pulmonar o circulación menor. La nueva descripción de Servet de la circulación se encuentra en el quinto libro de la Christianismi Restitutio, donde discute la naturaleza del Espíritu Santo. Tras hacer mención del triple espíritu del organismo humano: natural, vital y animal, trata el espíritu vital y describe la circulación pulmonar en unos pocos párrafos:
“Para entender todo esto hay que entender primero cómo se produce la generación sustancial del propio espíritu vital, el cual está constituido y alimentado por el aire inspirado aspirado y por una sangre muy sutil. El espíritu vital tiene su origen en el ventrículo izquierdo del corazón, y a su producción contribuyen principalmente los pulmones. Es un espíritu tenue, elaborado por la fuerza del calor, de un color rojizo, de tan fogosa potencia que es como una especie de vapor claro de la más pura sangre, que contiene en su sustancia agua, aire y fuego. Se produce en los pulmones al combinarse el aire inspirado con la sangre sutil elaborada que el ventrículo derecho del corazón
transmite al izquierdo. Pero este transvase no se realiza a través del tabique medio del corazón, como corrientemente se cree, sino que, por un procedimiento muy ingenioso, la sangre sutil es impulsada desde el ventrículo derecho del corazón por un largo circuito a través de los pulmones. En los pulmones es elaborada y se torna rojiza, y es transvasada desde la arteria pulmonar a las venas pulmonares. Luego, en la misma vena pulmonar se mezcla con el aire aspirado, [y] por espiración se vuelve a purificar del hollín, y así, finalmente, la mezcla total, material apto para convertirse en espíritu
vital, es atraída por la diástole desde el ventrículo izquierdo del corazón. Ahora bien, que se realice [de este modo] a través de los pulmones esa comunicación y elaboración, lo demuestra la variada conexión y comunicación de la arteria pulmonar con la vena pulmonar en los pulmones, y lo confirma el notable tamaño de la arteria pulmonar, ya que ella no hubiera sido hecha tan grande, ni enviaría tal cantidad de la sangre más pura desde el corazón a los pulmones, ni tampoco el corazón suministraría sangre a los pulmones, simplemente para alimentarlos, ni de esta suerte podría ser útil el corazón a los pulmones. Sobre todo, si se tiene en cuenta que, anteriormente, en el embrión
los pulmones se nutrían de otra fuente, a causa de que esas membranillas o válvulas del corazón no se abren hasta el momento del nacimiento, como enseña Galeno. Es, pues, evidente que tiene otra función el que la sangre se vierta tan copiosamente del corazón a los pulmones, precisamente en el momento de nacer.
Lo mismo prueba el hecho de que los pulmones no envían al corazón, a través de las venas pulmonares, aire solo, sino aire mezclado con sangre. Luego tal mezcla tiene lugar en los pulmones: los pulmones dan a la sangre espirituosa ese color rojizo, no el corazón [el cual más bien se lo daría negro]. En el ventrículo izquierdo del corazón no hay suficiente espacio para tan gran y copiosa mezcla, ni actividad capaz de darle ese color rojizo. Por último, dicho tabique intermedio, al carecer de vasos y mecanismos, no resulta idóneo para semejante comunicación y elaboración, por más que pueda resudar algo. Por el mismo procedimiento por el que se realiza en el hígado una transfusión
sanguínea de la vena porta a la cava, se realiza también en los pulmones una transfusión de espíritu de la arteria pulmonar a la vena pulmonar”.
La historia de la circulación está erizada de controversias y existen opiniones ampliamente divergentes en relación a los méritos de distintos estudiosos. El hecho
de que Servet fuese el primero en dar un paso más allá de donde había llegado
Galeno, y que Colombo y Cisalpino llegaran independientemente a la misma conclusión, al admitir los tres la existencia de la circulación menor, es casi tan cierto como que ello permitió a Harvey iniciar un capítulo completamente nuevo de la fisiología, e introducir modernos métodos experimentales gracias a los cuales quedó claramente demostrada por primera vez la circulación general de la sangre
Epílogo
La construcción del monumento conmemorativo del cuarto centenario en Viena del Delfinado en 2008 completa el reconocimiento de los méritos de una de las figuras más extrañas de todas las que representan el siglo XVI. El estudiante español errante, el proceloso discutidor, el disector anatomista, el soñador místico del restablecimiento del cristianismo, el descubridor de uno de los hechos fundamentales de la fisiología, finalmente logra aquello de lo que es merecedor. Sé que hay quien piensa que quizás se haya hecho más que justicia, pero en una época trágica Servet jugó un papel excepcionalmente trágico y el patetismo de su destino aparece con toda su fuerza.