08 Ene 2009
Olvido y Encuentro
Mi abuelo me contó en una ocasión que durante la guerra estuvo movilizado en Lérida. Tenía diecinueve años cuando empezó aquello. A pesar de eso, quizás gracias a su perfecto dominio de la escritura y a su bella caligrafía, consiguió ascender rápido.
También me contó que cuando tuvieron que abandonar aquel pueblo en el que estaban destinados dejó algo de gran valor en el hostal donde se alojaba. Mi abuelo murió hace ahora siete años, cómo pasa el tiempo.
Cuando leí aquella novela ambientada en la guerra civil hubo un pasaje que me llamó la atención: “Horacio Silva dejó olvidado su objeto más preciado un en un hostal de aquel pueblo en la provincia de Lérida…”
Leí la novela de un tirón pero no descubrí ninguna otra referencia a Horacio Silva. Quizás éste es el momento de indicar que mi abuelo se llamaba Horacio Silva. Leí la novela hasta cuatro veces tratando de clarificar o descifrar qué podría haber de ficción y qué de realidad. No encontré mucho más, por lo que decidí moverme. Esta vez sí le presté atención, la referencia era demasiado evidente como para no hacerle caso.
Tardé un tiempo en poder contactar con el autor. La editorial no fue muy proactiva y no quisieron o no supieron decirme cuándo volvería. Me dieron un teléfono fijo de Madrid al que llamé una y otra vez durante semanas. Por lo que supe después, al parecer el escritor estaba de viaje en una estancia en el extranjero. No pude obtener su correo electrónico, como quizás hubiera sido lo más rápido y aséptico por ambas partes. No me suele gustar establecer los primeros contactos por teléfono, prefiero lanzar la carga de profundidad con toda la información por email, para después simplemente llamar y hacer una referencia al mensaje ya enviado y supuestamente ya leído. Normalmente prefiero romper el hielo así.
Por fin llegó el día en el que hablé por teléfono con el escritor. Para ganar cierta atención o receptividad por su parte, como suponía que todo artista tiene un ego más grande que la media de los mortales, empecé contándole lo mucho que me había gustado su novela. Le conté que mi abuelo se llamaba Horacio Silva. En ese momento se hizo lo que yo interpreté como un silencio, aunque por teléfono uno nunca sabe bien cuándo hay un silencio o cuándo el interlocutor se limita a escuchar y a reflexionar. La siguiente frase que oí fue: “Café Comercial de Bilbao el sábado a las diez de la mañana ¿le viene bien?”
Aunque lo que oí en aquel café me impresionó no lo hizo el escritor en sí, ni su presencia y ni su forma de contar. Tras aquella conversación confieso que compré el siguiente libro de aquel escritor, pero ni siquiera llegué a terminarlo.
Aquel escritor encontró por casualidad un cuaderno lleno de anotaciones en una tienda de libros de segunda mano. Descubrió que se trataba del diario de un soldado durante la guerra civil y que terminaba sus entradas cuando su regimiento debía partir casi corriendo de aquel pueblo de Lérida. Supongo que alguien encontraría aquel documento olvidado en un armario o cajón de aquel hostal y pasaría de mano en mano hasta llegar a aquella tienda de segunda mano.
El escritor me ofreció el cuaderno al final de aquella conversación. Lo hizo con cierta vergüenza, diciendo no sé qué de que no era un plagio sino una interpretación, pero yo no le presté tampoco mucha atención, deseaba empezar a leerlo cuanto antes.
Después de leerlo descubrí que el cuaderno de mi abuelo era un calco de la novela del propio escritor. Yo no me había percatado de las similitudes con la persona de mi abuelo. Quizás porque mi abuela, a la que tanto quiso, no hubiera soportado saber lo que allí pasó, cuando estaba solo y lejos de su hogar. Y quizás si lo hubiera leído hoy no estaría aquí contándolo.
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crarizaEn un mundo en cambio continuo nos afanamos en encontrar nuestro centro de gravedad permanente. Pero nada es permanente (nunca lo fue y hoy menos). Describir el cambio es contar nuestra adaptación a las buenas y malas realidades personales y globales. Frente a la homogeneidad hacia la que nos lleva ese cambio (el consumismo, la superficialidad, la competitividad despiadada); hay realidades que desde lo personal a lo colectivo merece la pena arriesgarse a cambiar, como los procesos de injusticia económica, social y medioambiental. Y otras realidades no han de cambiar, han de continuar y enriquecerse mutuamente, como la diversidad personal, ideológica, cultural, social y medioambiental. Para ello es necesario (no suficiente claro está) un proceso en red (como este blog), de participación, de ideas, de intercambios, de abajo a arriba, de lo local a lo global.
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5 comentarios · Escribe aquí tu comentario
un-espanol-mas dijo
Vueltas que da la vida. Un buen tributo del nieto hacia su abuelo, al fin y al cabo hasta pudiera que no hubiera nacido. Muchas veces el olvidar hace que la vida sea mas llevadera, pero sólo a veces... Buen regreso compañero, un abrazo.
elefantefor dijo
Es redondo este cuento-crónica en el que se atisban muchas vidas que darían para otros tantos cuentos: la del nieto, la del abuelo, la de la abuela, la del escritor, las de los personajes que se intuye que aparecen en el cuaderno del abuelo...
Gracias y un abrazo.
karmen-jt dijo
Me ha gustado mucho. Me encantaría encontrarme el diario de un abuelo, o bisabuelo, saber de su vida desde la mirada de un lector, con la sinceridad con la que se cuentan las cosas cuando crees que nadie más las va a leer. Y sobre todo, si hay partes de esa historia, de su vida, que sólo él llego a conocer porqué no las contó cuando volvió a su hogar. Debe haber tantas historias perdidas como la tuya.
Muy buena. Un beso.
Daniel MacGill dijo
No sé si es realidad o ficción. Pero sí sé que es un espléndido relato y que, si es real y tienes a bien decírmelo, me compraré la novela y la leeré, porque me he quedado con ganas de conocer el mundo a través de los ojos de tu abuelo.
Un abrazo.
GLHORIA dijo
PRECIOSO RELATO EL DE TU ABUELO.
UN ABRAZO Y FELIZ AÑO.
GLORIA
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