02 Oct 2008
El club de los jueves. Despedida en Garamendi
Una vez muerta su primera mujer, Amador no volvió a pisar una sala de proyección. No le gustaba el cine. Pero en vida de su consorte no dejó de acompañarla a la segunda sesión de los sábados. Aunque tenía una película de su preferencia. La gran comilona. El gusto por la gastronomía había sido un placer compartido en una nueva unión marital. Pero el fallecimiento de su segunda esposa, destruyó este deleite. Tuvo un tercer matrimonio que duró breve tiempo, y se saldó sin huella notable en su memoria. Y desde entonces la misantropía era su compañera más codiciada.
Ahora, sus seres cercanos en este mundo eran su hija y su nieto. Apenas los veía.
Quiso reunirse con ellos, y pensó que los días previos a la navidad eran la excusa perfecta. No deseaba llamar la atención con una invitación fuera de lugar.
Alejado de las novedades, el restaurante elegido era un clásico. Fiel a su extinguida devoción gastronómica, Amador lo eligió descartando otros más de moda, olvidando nuevas cocinas y dejando de lado espumas y tortillas desestructuradas.
El Garamendi pertenecía a esa reducida congregación donde no te permiten entrar sin corbata. Una formalidad desfasada, a pesar de la cual mantenía intacta su excelente categoría.
Amador colocó la corbata alrededor de su cuello, pero una sensación desagradable le hizo cambiar de opinión. Retiró el complemento. A su modo, rebasó la exigencia del restaurante: se puso pajarita, la ocasión requería toda clase de afanes.
Fue el primero en llegar. Sin demora, y precedido por un impecable camarero, ocupó la mesa reservada semanas atrás. Se sentó de espaldas a la luz, la luz natural que entraba por el inmenso ventanal que ocupaba gran parte de la pared que, una vez sentado, quedaba detrás de él, una luz tamizada por unas cortinas de un tenue color garbanzo. Mientras esperaba a su familia pidió un Dry Martini, afición rescatada para la ocasión, de entre los gustos de su juventud.
La llegada de su hija y su nieto, acompañados por su yerno, coincidieron con el camarero que traía un bloody Mary, en lugar del Dry Martini solicitado. El color rojo del zumo de tomate en el vaso alto y transparente le nubló la vista. No soportaba ese color. Pero no lo devolvió.
A su derecha se sentó su hija, a su izquierda su yerno y de frente, entre sus progenitores, su nieto. Sin perder de vista al pequeño, revisó el mobiliario para cerciorarse de que nada había cambiado desde la última vez, hacía bastantes años.
Las recias sillas de madera oscura tenían la misma pigmentación de los ataúdes donde vio por última vez a sus esposas. El centro floral, compuesto con flores secas de tonalidades malvas, le llevó de inmediato a los lazos que pendían de las coronas mortuorias, Nunca te olvidaré, idénticos epitafios acompañaron a las difuntas. Los almidonados y blancos manteles que cubrían las amplias y redondas mesas, le sugerían el último vestido de sus tres mujeres desaparecidas.
Apartó momentáneamente estos pensamientos. Algo distraído, leyó la carta. Mientras, y sin darse cuenta, agarró el cuchillo y comenzó a dar golpecitos encima de la servilleta, sin saber porqué giró los ojos hacia la derecha, los centró en el filo del cuchillo que sostenía con la mano diestra. De inmediato desechó la idea, la sangre le producía náuseas. Concentró su atención en la carta. El oscuro ribete que encuadraba los nombres de deliciosos platos que evocaban no menos exquisitos sabores, le condujo a Ruegan una oración por su alma, Funeral de cuerpo presente...
Sustituyó la oración por la gallina en pepitoria, para empezar. Continuaría con un rabo de toro estofado, en lugar del funeral. Ante el gesto desaprobatorio de su hija, abandonó la idea de pedir un tercer plato. Al levantar la cabeza y dirigirse al camarero, se fijó en los tonos dorados y plateados de unas piñas pequeñas, situadas alrededor de las flores moradas en el centro de la mesa.
La pintura es tóxica. El láudano es lento y el arsénico rápido. Pero dejan un rastro. La gente no se envenena a sí misma. Los venenos son más apropiados para un homicidio.
Cuando le sirvieron la gallina recordó una navidad remota, el pavo caminando sin cabeza por la cocina, su tía Araceli le rebanó el pescuezo, y el animal caminó como borracho y sin dirección durante unos instantes que parecieron horas.
Quiso apartar esa visión de su cabeza. Miró hacia la mesa de al lado. Una mujer hundía la mano en su bolso, recuperando un pastillero un poco más grande de lo habitual, en la tapa, dos ángeles con gesto severo dirigían su mirada hacia el cielo, circunspectos ambos. La señora levantó la tapa y sacó una pastilla pequeña de color crudo. Se la tomó con un poco de agua.
Amador jugó con la idea de las pastillas. Un método limpio. Indoloro. Muy juicioso. Somníferos. El óbito inesperado de su tercera esposa le había convertido en un habitual de los narcóticos en sus noches insomnes.
Llegó el rabo de toro, y junto a la melosa salsa que acompañaba el estofado, se topó con pensamientos ensangrentados, se imaginó al animal bufando en una plaza, con la sangre goteando sobre el lomo, con las banderillas saltando sobre él. Amador se mareaba. No quería sangre. No quería ningún dolor.
El elenco de posibilidades se ampliaba. Además, la gallina y el toro estaban cocinados al fuego. Gas y electricidad. Eran otras alternativas que consideró.
Durante la comida mantuvo dos conversaciones paralelas: al tiempo que atendía las demandas de cháchara de su nieto, la charla de su hija y los monosílabos de su yerno, sostuvo un monólogo consigo mismo. Se afianzaba en la idea que le había llevado al restaurante. Su firme propósito le mantenía alerta, vigorizado. Renovado ante la idea del final. Se sentía liberado.
La nata que envolvía el postre, dejando al descubierto un trocito de tarta caramelizada, le devolvió la imagen de sí mismo, la nata parecía su propia mortaja y el caramelo su rostro. Así se veía él, como en un espejo, un recuerdo no sucedido todavía, un recuerdo que no podría tener nunca. Estaba viéndose a sí mismo amortajado.
Cuando salió del restaurante ya tenía una idea clara de cómo lo llevaría a cabo. Las pastillas fueron su elección.
Antes de levantarse de la mesa metió la mano en el bolsillo de su americana y tocó el papel dónde estaba escrito su propio epitafio.
Silenciosamente se despidió de los tres, ni siquiera puso más intensidad en los besos de despedida a la salida del Garamendi.
Amador, aburrido e innecesario R.I.P.
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Epitafio, ese es el tema de esta semana, elegido por Danny.
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25 Sep 2008
El club de los jueves. La calle de Manuel
Cuando Manuel se despertó ―sin necesidad de oír el despertador, ese trasto inútil que ya no existía en su vida―, aún era noche cerrada. Había soñado con su calle, esa calle que siempre quiso tener, soñaba con su nombre escrito en una placa: Calle de Manuel Quintanilla Pérez, en su sueño un transeúnte ―el mismo Manuel― preguntaba a un municipal, oiga, ¿la calle Manuel Quintanilla Pérez? ¡Pero hombre de Dios!, ¿no la conoce? La conoce todo el mundo, es la mejor calle de la ciudad, siga recto, sin desviarse, todo seguido, llegará a una rotonda con una fuente, bordee la rotonda y a continuación encontrará la calle que busca. Al principio le parecerá una calle estrecha, hasta sosa, pero siga, siga caminando y ya verá como se ensancha hasta convertirse en un gran bulevar, camine por el centro del bulevar, entre los frondosos árboles, y disfrute de la calle.
En su sueño Manuel siguió las instrucciones del municipal, bordeó la fuente mientras el agua le salpicaba, llegó al bulevar lleno de frondosos árboles, una banda de música tocaba, a la derecha vio una soleada vivienda, en el patio delantero jugaba un niño, más adelante, una casa antigua, de cuyo portal salían dos jóvenes sonrientes cargados con libros, después vio un moderno edificio de apartamentos, más allá un sobrio chalet con jardín y piscina. De pronto se encontró con una curva muy cerrada, la calle se escondía a la izquierda, siguió caminando, después de la curva, el bulevar desaparecía.
En esa parte de la calle las casas eran de ladrillo rojo, el suelo estaba lleno de escombros, la basura se amontonaba por todas partes y los perros caminaban con el rabo entre las piernas. Manuel reconoció su casa, entró en el portal, diminuto y cochambroso, bajó las escaleras hasta el sótano, era ahí dónde vivía él, puerta O, la empujó, sólo estaba entornada. Manuel entró, y se encontró en una pieza pequeña con una ventana a la altura de la calle, se quedó quieto en el centro de la habitación, por la ventana vio cómo unas piernas de mujer, que terminaban dentro de unos magníficos zapatos de tacón, se alejaban, al tiempo que se oían unas risas infantiles, enseguida aparecieron las deportivas de los niños, corrían. Detrás pasaba la banda de música, la que tocaba en el bulevar, Manuel seguía parado en el centro de la minúscula habitación de paredes desportilladas, escuchando la música, embelesado…
Entonces Manuel se levantó de la cama. Estaba vestido. Puso los pies en el suelo y tropezó con una botella de coca cola, la apartó de un puntapié, su pie izquierdo no corrió la misma suerte, se le quedó pegado en la mugre que impregnaba el piso. No se inmutó. Arrastró los pies descalzos hasta el baño. Volvió a la habitación, con torpeza abrió el primer cajón de la mesilla, la pata trasera izquierda por fin cedió, la mesilla se inclinó hacia atrás. Manuel no se alteró. Abrió el primer cajón. Sacó el carné de identidad, la tarjeta azul de la Seguridad Social, dos tarjetas bancarias, la libreta de ahorros, el pasaporte. Excepto en la tarjeta sanitaria, en el resto de los documentos la fecha de validez había expirado. Rebuscó dentro del cajón de la mesilla, papeles arrugados, envases vacíos de pastillas, colillas, mecheros, un reloj de pulsera detenido en un pasado lejano. Y una foto. Pasó los dedos por encima en un intento de limpiar un polvo invisible que la hacía borrosa. Se la guardó en el bolsillo.
Llevó los documentos a la cocina, sobre la mesa, la sentencia de desahucio. Puso todos los papeles dentro de la pila, prendió una cerilla, impasible miró como su filiación desaparecía, visto y no visto.
Todavía crepitaba su identidad dentro de la pila cuando salió de casa. Cerró con llave. Subió los dos tramos de escalera que le separaban de la calle, no sin dificultad, la pierna izquierda volvía a molestarle, el invierno estaba encima. Pensó que al final había conseguido tener una calle. Salió al exterior, al pasar por delante de su ventana, se agachó y miró por última vez dentro de su casa, una sonrisa amarga se dibujó en su rostro, viejo y cansado. Tiró las llaves a una alcantarilla y siguió caminando.
Era casi el alba. Hundido en la más completa desesperación, miró al cielo y rompió a llorar.
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El tema lo ha elegido Cástor: “Si te dedicaran a ti una calle”. Bueno…yo no imagino esa situación, pero Manuel sí.
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18 Sep 2008
El club de los jueves. Una noche diferente
Llaman a mi puerta con dos golpecitos breves. Es Alex, son inconfundibles sus nudillos en mi puerta, ya me tiene acostumbrada, los sábados suele quedarse sin sal o sin azúcar, los lunes suele ser arroz o café. Pero hoy es domingo, todos están celebrando la gran victoria. Ha ganado España, la gente está en la calle, toda la ciudad está de fiesta. Con este pensamiento abro la puerta.
―Hola, perdona la hora, pero como he visto luz he pensado que estabas despierta.
―¡Alex! ¿Quién puede dormir esta noche?
―¿Tienes copas de cava? ―me lo suelta a bocajarro, con la misma naturalidad que cuando me pide sal.
―¿Tienes invitados, vais a celebrarlo? ―le pregunto con ironía, sé que no hay nadie más en su casa.
―No, no, sólo quiero una, es para mí, ¿tienes?
―¿Vas a celebrar la victoria tú solo? ―pienso en las banderas que ondean en la calle, y no se me ocurre de dónde las han sacado, esta noche se permite todo.
―Es lo único que hay en mi nevera, hace calor, no creas que es por el partido, me alegro que haya ganado España, pero no había pensado en eso.
―Bueno…voy a buscar tu copa, anda pasa ―le digo, al tiempo que le indico con un movimiento de cabeza la entrada del salón.
―Nunca había estado en tu salón, siempre me llevas a la cocina.
―Alex, la sal, el azúcar, el café y el arroz los tengo en la cocina. Sería extraño que te invitara a sentarte en mi sofá mientras busco la sal. Las copas están en el aparador.
―¿Estás sola? ¿Y tu marido?
―Hoy es el gran día, a estas horas andará dando saltos como un poseso.
―Ya…oye Ana, ¿y si traigo la botella y lo celebramos juntos?
―Pero si no nos gusta el fútbol a ninguno de los dos ―de golpe, tomo conciencia de mi aspecto.
―¿Y eso qué importa?
―Pues no sé, no mucho, me gusta que haya ganado España, claro. Pero celebrarlo con cava…
―Igualmente abriré la botella…
―Estoy en bata…
―Ponte un vestido si te sientes más cómoda.
―Vale. Ve a buscar la botella y vuelve dentro de cinco minutos.
Abro mi armario, a la derecha, colgado en la última percha hay un vestido con la etiqueta puesta, es un vestido corto, veraniego, sin mangas, escote en uve. Corto la etiqueta, me quito la bata y me lo pongo. Me miro al espejo, las zapatillas…corro a buscar unas sandalias, me las pongo, no las recuerdo.
Me quito la goma del pelo y lo cepillo, rápido, desde la nuca hacia delante, lo termino de componer con los dedos. Me pinto los labios y me miro las uñas, cierro los puños. No hay tiempo. Vuelvo al espejo. Dudo.
En ese momento suenan dos golpecitos breves. Abro la puerta de par en par y sonrío.
―¡Estás estupenda!, ¿cómo lo has hecho? No, no…no me lo digas.
Mientras Alex abre la botella, Saco las copas y las coloco encima de la mesa.
Alex sirve el cava, sube la espuma, se derrama el líquido sobre la mesa. Nos reímos y brindamos, nos sentamos. Y sólo entonces escuchamos la música.
―Son buenos…no sabía que te gustaba la música.
―Yo tampoco sabía que te gustaba el cava.
―¿Bailas? ―Bebemos un sorbo más de cava, Alex se levanta.
―Alex, ¿hoy no tienes prisa? Siempre llevas prisa… ―Alex me coge las manos y tira de mí hasta que me levanto del sofá.
―Hoy estás sola ―dice Alex cogiéndome por la cintura.
―Alex, siempre estoy sola. La gente siempre tiene prisa, nunca tienen tiempo para charlar un rato.
―¿Qué gente Ana?
―La gente, en general. Nadie te mira a los ojos cuando te preguntan cómo estás. Tú contestas, bien, muy bien. Y escuchas como respiran aliviados.
―¿Y tú Ana, les miras a los ojos para saber como están? ¿O haces como todos?
―Yo dejé de mirar los ojos de la gente hace tiempo ―contesto mientras me pierdo en el verde agua de sus ojos.
―Desalentador, ¿no te parece? ―contesta Alex mientras sus manos se deslizan por mi espalda.
―Si, mucho…
―Pero me estás mirando a los ojos ―Alex me habla al oído, muy bajito.
―¿Si? Pues no me he dado cuenta…se ve que estoy rompiendo muchas reglas esta noche.
―When will you Make my phone ring And tell me I can't give you anything Anything at all now ―canta Alex dentro de mi pelo.
―¿Por qué has tardado tanto Alex…?
Alex con sus dedos acaricia la cremallera de mi vestido, arriba y abajo. Despacio comienza a bajarla.
En ese momento un ruido metálico se introduce en la música.
La puerta se abre. Y entonces se produce la tragedia.
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Deacon Blue "when will you make my phone ring"
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11 Sep 2008
El club de los jueves. Hasta el infinito y más allá.
Estoy sentado delante del ventanal, desde aquí no la veré llegar. Pero sé que vendrá. Llevo toda la tarde pensando en ella. Sebas y Pedro han venido a buscarme para la partida de cartas, pero quiero reservar todas mis energías para nuestro encuentro. Me gusta imaginar qué hace mientras la espero.
Recuerdo aquella tarde de sábado como si fuera ahora mismo. Fuimos al cine, no recuerdo el título de la película. A mí no me apetecía verla, nunca me gustaron las películas que le gustaban a ella. Entramos en la sala, apagaron las luces, estaba tan entusiasmada que no se dio cuenta de que a mí se me cerraban los ojos, al poco los abría, miraba la pantalla como si estuviera siguiendo el hilo de la película, después la miraba de reojo a ella, se comía la pantalla mientras masticaba palomitas. Entonces yo volvía a cerrar los ojos.
A la salida del cine se colgó de mi cuello y me dijo: Te quiero. Yo le pregunté, ¿y hasta dónde me quieres? Hasta el infinito y más allá ―me contestó―y se desternillaba de la risa. ¿De dónde sacaría esa frase? Siempre me lo pregunté. Pero me gustó, me gustó tanto que siempre he recordado aquella tarde como muy especial, muchas veces me decía que me quería, pero sólo aquel día mencionó hasta dónde. Y yo la creí. Un día dejó de decírmelo, me seguía queriendo, pero ya no me lo decía.
Me gustaba acompañarla a la pista de patinaje dos veces por semana, y mirarla dentro de sus mallas negras, separaba las puntas de los pies, el cuerpo erguido, los brazos hacia fuera, doblaba las rodillas y comenzaba a caminar sobre el hielo y enseguida la danza. Daba gusto mirarla, en la pista parecía más estilizada y más mayor. Se movía con movimientos certeros, nunca dejó de patinar. Un día a comienzos de septiembre, dejé de acompañarla. Ya no le gustaba que lo hiciera.
Me miro las manos y en mis dedos siento su pelo suave que tanto me gustaba acariciar, tanto como mirarla cuando dormía.
Poco a poco fue separándose de mí. Fue en verano, un día de verano se fue de casa. Durante un tiempo almorzábamos juntos cada quince días, pero siempre estaba muy ocupada. Después vinieron sus viajes. Y nuestros encuentros se espaciaron mucho, se fue a vivir al extranjero, llegó un momento que sólo la tenía por Navidad y algunos días en verano. Siempre ha sido una buena chica y aunque no me lo diga, sé que me quiere.
Apenas ha comenzado el otoño, pero tengo mucho frío, será que aún no han puesto la calefacción, estoy quedándome helado, quizá es el miedo a que no venga. Pero yo sé que vendrá.
Sigo sentado delante del ventanal, de espaldas a la puerta, oigo ruidos en el pasillo, la puerta se abre…
―Bernabé, ¿estás despierto? Mira quién está aquí, tu hija ha venido a verte, es tu hija Bernabé, Sandra.
Sandra se acerca hasta colocarse delante de él. Le sonríe.
―Papá, ¿cómo estás? Le besa en la frente mientras coge sus manos.
―Bueno Bernabé, os dejo solos ―Sandra estaré ahí mismo.
―Qué bonita habitación, y qué ventana tan grande.
Bernabé levanta la cabeza y dice: ―¿Me quieres Sandra?
―Claro que te quiero papá, y tú, ¿me quieres?
―Hasta el infinito y más allá.
Bernabé supo que Sandra no recordaba aquellas palabras. Lo vio en sus ojos.
. . Esta semana el tema lo ha elegido Carlos (Crariza). En el relato debía aparecer una parte o frase de una canción de alguna película de Walt Disney. Otras canciones en casa de:
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03 Sep 2008
A Clea por Abdel Qadêr. (Autor: Eduardo)
Hola Clea:
El pasado 7 de Agosto estuve en Assilah y conocí a Abdel-el-Qadêr. Si fuera el mismo del que tú hablas, sábete que se ha hecho mayor. Tiene una tienda diminuta en la medina, junto a la puerta Bab Elbahr, en la muralla. Se ha casado con Rashida, una bereber de labios sensuales y mirada astuta. Suele pasar horas sentado a la puerta de su comercio en una pequeña banqueta. Sobre él, expuesta, la aglomeración inverosímil de chilabas, caftanes, blusas, bolsos y babuchas, colgados de un entramado de cuerdas y toldos que protegen del sol.
Abdel-el-Qadêr se ha hecho tan mayor que el brillo de sus ojos negros ha borrado la antigua sumisión de su mirada. Ahora ve acercarse a los turistas con gesto silencioso y un destello perspicaz en sus pupilas. Su sonrisa suave envuelve la curiosidad incauta del comprador posible. Como las arenas deslizantes del desierto, acaba atrapándolo en una ensoñación fascinante y también inútil.
Abdel-el-Qadêr ya no gana unos céntimos: guarda sus dirhams en una bolsa bordada con doradas azoras coránicas, ya no viste una camisa demasiado grande sino un caftán blanco. Al fondo de su tienda, en la penumbra de un rincón, medio oculta por rosas secas del desierto y algunos collares antiguos, se vislumbra el perfil de una vieja regadera.
Eduardo
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31 Ago 2008
Belleza inquietante
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“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son a la vez más borrosas y penetrantes que las del hombre sociable, y sus pensamientos más graves, extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza”.
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“La soledad hace madurar lo original, lo audaz e inquietantemente bello, el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.
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“Para que una obra espiritual relevante pueda tener sin demora una incidencia amplia y profunda, ha de existir una secreta afinidad, cierta armonía, incluso, entre el destino personal de su autor y el destino universal de su generación. Los hombres no saben por qué consagran una obra de arte. Pese a no ser ni mucho menos, conocedores, creen descubrir en ella cientos de cualidades para justificar tanta aceptación; pero la verdadera razón de sus favores es un imponderable: es simpatía”.
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LA MUERTE EN VENECIA. THOMAS MANN.
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En la novela de Thomas Mann, la belleza angelical de Tadzio y la ciudad de Venecia, azotada por una epidemia de cólera, son para Gustav Aschenbach, famoso escritor, un espejo de su propia soledad y decadencia.
La película de Luchino Visconti está inspirada en la novela de Thomas Mann.
En esta ocasión el Cine y la Literatura no tienen nada que envidiarse.
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28 Ago 2008
El club de los jueves. MELISA
“Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes”. El Cuarteto de Alejandría. Lawrence Durrell
...
“(…) Buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio". Las ciudades invisibles. Italo Calvino.
…
Clareaba el día. Melisa se despertó flotando en el limbo. Se giró hacia el lado vacío de la cama y hundió la cara en la almohada, se impregnó del olor de su amante, escondió el rostro entre las sábanas, todavía calientes, y besó el espacio vacío. Hacía rato que él se había marchado. La noche anterior él no había conseguido arrancarle a Melisa si una pizca de pasión.
Sin terminar de abrir los ojos y a tientas, mientras imaginaba un mundo con zumo de naranja recién exprimido, pan candeal y humeante café, llegó a la cocina. El deseo se le perdió por el pasillo.
Salió a la calle con la mirada baja, sus ojos se encontraron con papeles sucios, colillas mal apagadas, regueros de agua inmunda y bolsas de basura.
Movió la cabeza ligeramente hacia la izquierda, como recordando un olvido. Volvió sobre sus pasos, subió las escaleras saltándose los escalones, a grandes zancadas. Recogió el deseo abandonado en el pasillo y de nuevo salió a la calle.
Esta vez Melisa elevó los ojos, el día era soleado, las nubes jugaban al escondite. El sol siempre ganaba. Y se dejó teñir de calor y de ilusión.
La mañana se le escurría, perezosa. Decidió no ir a trabajar. No quería perderse una ciudad desconocida hasta ahora. Infatigable, la recorrió. Descubrió aspectos y matices en los que nunca se había fijado. Parques llenos de flores y de árboles, plazas, puentes que llevaban al otro lado, edificios altísimos, casas bajas rodeadas de jardines, tiendas, gente yendo y viniendo, calles empinadas, bulevares, cafés, restaurantes de todo tipo, anuncios luminosos, músicos en las esquinas, bullicio. Sorprendida, Melisa se preguntaba dónde había vivido todo este tiempo.
Por la tarde el sopor la envolvió y Melisa seducida por el sabor intenso de la ciudad, se perdió entre las callejuelas de un último barrio. En un rincón, donde el ojo rara vez se detiene, leyó: “El Paraíso. Café”. Entró y mientras bebía su té, se vio reflejada en un gran espejo situado enfrente de ella. No se reconoció.
Al final del día Melisa empapada de la ciudad, volvió a casa. Aquella noche su amante la amó como nunca nadie la había amado.
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24 Ago 2008
Lo que se aprende...
“Lo que se aprende en la madurez no son cosas sencillas, como adquirir habilidades e información. Se aprende a no incurrir en conductas autodestructivas, a no dilapidar energía por causa de ansiedad. Se descubre cómo dominar las tensiones, y que el resentimiento y la autocompasión se encuentran entre las drogas más tóxicas. Se aprende que el mundo adora el talento, pero recompensa el carácter. Se comprende que la mayoría de la gente no está ni a favor ni en contra nuestro, sino que está absorta en sí misma. Se aprende, en fin, que por grande que sea nuestro empeño en agradar a los demás siempre habrá personas que no nos quieran. Esto es una dura lección al principio pero al final resulta tranquilizadora”.
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JOHN GARDNER
21 Ago 2008
El Club de los jueves. Abdel Qadêr o Le Toilette
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Esta fotografía está incluida en la entrada a las 0.57 es de GUENDY, casualidades.... La primera es mía, el lugar es el mismo.
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La libertad no deja de ser un espejismo.
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ABDEL QADÊR O LE TOILETTE
Abdel Qadêr(1) vivía en una jaima situada en la parte de atrás del puesto donde su padre y sus hermanos vendían rosas del desierto y collares para los turistas y transeúntes.
Abdel Qadêr era un chico perspicaz y de mirada sumisa. Tenía una camisa de manga larga, demasiado grande para que pudiera usarla ninguno de sus hermanos, por este motivo él trabajaba entre la arena y el sol. Quizá por eso sus ojos negros brillaban tanto. Tenía 11 años.
Estaba sentado en el suelo, con la mirada perdida cuando vio a lo lejos una motita negra que se acercaba por la carretera. Se puso sus sandalias y fue a buscar su regadera, junto al pozo, la llenó de agua y se situó donde pudiera ser visto por los que llegaban dentro de la motita, cada vez más grande y más cercana.
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El conductor echó el freno y detuvo el todoterreno en medio del desierto. Le seguían otros cuatro coches, todos aparcaron en fila india, al borde de la angosta carretera. Los turistas salieron de los coches.
Una mujer comentó en voz alta:
―Menos mal que no hay camellos, no soporto el mal olor que despiden.
―Yo lo que llevo fatal es el calor, no sé como lo aguantan ―le contestó un hombre.
―¡Mira! Qué curioso, parece una alucinación ―continuó la mujer.
Delante de ellos había un cuchitril de madera plantado en la arena, parecía un decorado, con cinco puertas que parecían dibujadas en verde y amarillo y unas letras rojas escritas a mano que decían: Confort: Toilettes: Normale.
El guía les sugirió que usaran el W.C. Aún quedaban varias horas de viaje. Con cierto reparo la mayoría se acercó al supuesto decorado de madera pintado de colores.
Y allí estaba Abdel Qadêr con su regadera en la mano, su mirada sumisa y su gesto perspicaz. Dispuesto a hacer su trabajo.
La mujer que no soportaba los malos olores entró la primera en el váter. No encontró cisterna alguna, ni cadena de la que tirar.
Al poco salió. Y entonces Abdel Qadêr entró con su regadera y realizó su trabajo. Enseguida entró otra de las mujeres que hacían cola delante de les toilettes. .Y otra, y otra. Hasta veinte personas pasaron por allí.
Después se marcharon, llevando con ellos algunas rosas del desierto y algunos collares.
A Abdel Qadêr, el sirviente, le quedaron unos pocos céntimos. Pero ningún rostro, ninguna palabra. Le habían enseñado a no mirar de frente, para no incomodar a los turistas.
Sólo al final del día levantaba la miraba: sentía pasión por la dureza maleable de las arenas del desierto, siempre en suave vaivén.
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Abdel Qadêr(1) Sirviente del poderoso
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A Clea por Abdel Qadêr (Autor: Eduardo)
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El tema de esta semana lo ha elegido Rosa, la niña guerrera, Majicor. Y ha dicho: Tema libre.
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14 Ago 2008
El club de los jueves. Café solo.
Carlos intuía el amor a partir de las 18.00, hora en que terminaba su jornada laboral. Su segunda juventud había pasado de largo, y ahora estaba atrapado en un tiempo elástico, donde podía tener cualquier edad. Cada mañana se cubría con el uniforme de ciudadano de pro, anudándolo a su cuello con una chalina. Y entraba en el mundo adulto, al que pertenecía por derecho. Aunque él no lo sabía. Sin gozo se dedicaba a ensanchar las filas de los socialmente útiles. Aunque solitario y soñador en su tiempo inútil.
Transcurrían sus días en un limbo indoloro donde nada ha sucedido todavía, pero donde, aún, algo puede acontecer. Carlos no tenía ningún signo externo que lo poseyera de brío. Pero sus ojos inquietos brillaban con la luz de las noches oscuras y transparentes.
Aquella tarde, como muchas otras, se dejó caer por el café donde solía parar. Y llevado por la costumbre se sentó a la mesa de siempre, con el respaldo de la silla apoyado en la pared. En ese momento pensó en ella. Carlos rastreó el local, buscándola ansioso. Ella estaba sentada justo enfrente, leyendo su eterno libro, como muchas otras tardes, alejada de él, pero al alcance de sus sueños. La chica de Carlos era un tajo de ilusión entre la media tarde y el crepúsculo.
El camarero se acercó a la mesa de Carlos, y éste, sin dejar de mirarla, dijo ―café solo, por favor.
Cuando Carlos la miraba, haciéndose el distraído, como si algo interesante estuviera ocurriendo en la pared que la chica tenía detrás, fantaseaba con la idea de una sirena emergiendo del agua. Agua donde el arco iris se disolvía en meandros de colores.
La muchacha nunca miraba a Carlos, y éste casi lo prefería porque así podía acariciarla a su antojo, sin la preocupación de encontrarse con su mirada y no saber como desenredarse de ella.
Distraídamente rasgó el sobre de azúcar y lo vació en el café. Mientras miraba a la chica, metió la cucharilla en la taza. O eso creyó hacer, porque cuando intentó asirla para remover el azúcar la cucharilla no estaba. La buscó en el platito y exploró la mesa. No la encontró. Llamó al camarero y le pidió otra. El camarero le llevó otra enseguida. Carlos volvió a introducirla en el café. Al tiempo que daba vueltas y se disolvía el azúcar, la cucharilla se escurrió entre los dedos de Carlos y desapareció dentro del café. Se restregó los ojos con las palmas de las manos y después miró por todos lados, se le habría caído. Se agachó y miró debajo y por los alrededores de la mesa. Ni rastro. Como al descuido miró al camarero. Estaba ocupado. Miró a la chica. Seguía leyendo su libro. Llamó de nuevo al camarero y éste, previsor, le trajo tres cucharillas más.
Introdujo una tercera cucharilla en el café. Y sin perderla de vista y sin rozarla, esperó. Lentamente, la cucharilla comenzó a desaparecer dentro del café. Miró a la derecha y también a la izquierda, nerviosamente, buscando la razón de aquella desaparición. Nada anormal sucedía. Levantó la taza y palpó debajo. La cucharilla se había marchado. Atónito, introdujo otra cucharilla dentro del café. La cucharilla desapareció de nuevo. Miró a la chica y vio como una cucharilla ascendía, poco a poco, desde dentro de la taza de café de ella.
La chica, sin dejar su lectura, sacó la cucharilla de la taza y la colocó a su diestra, junto a las otras. Excitado, Carlos metió el dedo en el café, miró a hurtadillas en derredor suyo. Ninguno estaba atento. Después metió la mano entera. Luego el brazo. Entonces vio como la chica acercaba la taza a sus labios. Con premura, Carlos introdujo la cabeza en la taza. Y desapareció en los meandros de la negrura del café.
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Esta semana el tema es Le voyeur y lo ha elegido Xarbet (f-menorca).
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Sobre este blog
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crguarddonSoy madrileña, y aunque me siento a gusto en todas partes, tengo una debilidad: Cataluña en general y el Ampurdan en particular. Quizá porque amamos lo que conocemos un poco más. Mis hijos dejaron de ser niños hace tiempo y en mi trabajo tengo una flexibilidad más que razonable. Un día me dije, por qué no, voy a intentarlo. Y me puse a escribir. De haber podido elegir eso es lo que habría hecho siempre. En mi blog encontraréis realidad y ficción, historias y reflexiones, música y fotografías, ciudades y Literatura. El ciberespacio tiene muchos misterios para mí, y soy lenta en desentrañarlos.
Carmen
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