01 Dic 2011
En defensa de la escuela pública
La educación es un servicio peculiar. Un entorno de formación y no solo de
aprendizaje, donde nuestros hijos se socializan mientras aprenden, donde
descubren qué es vivir entre otros y con otros mientras descifran los misterios
de las matemáticas, donde cultivan las virtudes de la empatía y el apoyo mutuo
al tiempo que estudian la maravilla del medio natural y la historia, o las
lenguas con las que podrán y habrán de comunicar sus ideas, sus amores y también
necesidades.
La educación debería quedar libre de los sacrificios a que nos están obligando
los sacrosantos mercados. Y ello porque aun cuando no pueda afirmarse que exista
una relación directa entre fracaso escolar y conducta delictiva, sí es posible
constatar la relación de ambas realidades con la exclusión social y la
frustración que esta produce en quienes la padecen.
La conducta desadaptada, y con ella la delictiva, se explica muy frecuentemente
por la conjunción de la carencia de factores sociales positivos que permitan al
individuo desarrollar correctamente su potencialidad y una desafortunada
combinación de características individuales, que hacen de cada persona un ser
único para la creación artística, la investigación científica, la expresión de
los sentimientos, la práctica deportiva pero también, inevitablemente, para el
desempeño delictivo.
Mientras se garantizan los mínimos recursos necesarios para una efectiva
cobertura social y laa prestaciones que garanticen la dignidad y la equidad de
los ciudadanos, la delincuencia se comporta como un fenómeno anticíclico. Buena
prueba de ello es la actual contención de las cifras de delincuencia en un
contexto de profunda depresión económica en que la cifra de desempleados ronda
ya los cinco millones de personas. Pero por el contrario cuando el entorno
social reduce las oportunidades de desarrollo prosocial satisfactorio para
individuos que propenden al uso de la violencia como método de resolución de
conflictos, al desprecio por el riesgo propio y ajeno, a la falta de solidaridad
y de empatía con los demás, cuando la escuela más allá de su labor puramente
formativa se ve comprometida en la función educativa, como gran agente de
socialización e integración que es y debe ser, estamos olvidando que el
mantenimiento de las tasas de criminalidad pasa, en muy buena medida, por el
desarrollo de competencias personales socialmente positivas que inhiban aquellas
otras que van en contra de la convivencia y favorecen el conflicto, la exclusión
y la frustración.
La educación es, tal y como ha puesto de manifiesto un reciente informe de la
Fundació Bofill, uno de los más útiles métodos de ascenso social. Reduciendo las
oportunidades que una escuela pública y de calidad ofrece, ahondando las
diferencias entre quienes cuentan con esas oportunidades por su origen y quienes
dependen de su esfuerzo y valía para aprovechar las que esta les ofrece.
Una sociedad peor formada no solo es una sociedad menos igualitaria, más injusta
y menos democrática, es también una sociedad menos segura.
22 Dic 2010
El dedo señaló la luna
A lo largo de los últimos días, y con motivo de los terribles crímenes cometidos por un excéntrico albañil en la malograda población de Olot, se han venido sucediendo los pronunciamientos y las más o menos encendidas soflamas, que pretendían relacionar tan tristes hechos con la omnipresente crisis económica. Tertulianos de todo pelo, articulistas, columnistas y políticos, creadores de opinión e informadores se han dedicado una y otra vez a insistir machaconamente en que el asesino actuó movido por la venganza contra aquellos que le estaban llevando a la ruina económica. Todo ello convenientemente aderezado con los siguientes ingredientes: empresa constructora morosa con su esforzado y humilde empleado y entidad bancaria sin sensibilidad alguna que reclama deudas onerosas e incluso amenaza con ejecutar una supuesta hipoteca sobre la vivienda en que convalece su anciano padre.

A nadie puede sorprender que quien se dedica a opinar y está acostumbrado a lanzar sus ideas como piedras, tengan o no éstas fundamento, se agarre a unos primeros datos poco o nada contrastados y construya un discurso con mucho de aparente doctrina y muy poco de información veraz. Algo más sorprenderá que quien desinforme sea un profesional no de la opinión sino de la información, un periodista que en principio debería expresarse con algo más de fundamento y bastante más objetividad. Si quien se permite la opinión apresurada y tan rotunda como equivocada es un político la sorpresa seguramente menguará o sencillamente no existirá en absoluto, sus opiniones estarán normalmente mediatizadas por la ideología que defiende y por los intereses del partido al que representa.
El problema llega cuando esto afecta a otros. Cuando las opiniones y las presuntas informaciones provocan daño y dolor a los familiares que han visto como sus muertos no solo han sido asesinados, sino que además resulta que tuvieron la culpa y provocaron la ira del raro pero tranquilo y pacífico albañil, quien en represalia la emprendió a tiros con ellos. Desproporcionado, injusto, pero sin embargo comprensible. El problema se acrecienta cuando quien opina y pretende informar contribuye a generar un clima de inseguridad y temor que afecta a toda la población, cuando el ciudadano que encaja la opinión y admite la información, ve como el mundo que hasta ahora conocía se derrumba, como la crisis le está llevando no solo a la inseguridad económica, acabando con los empleos y ahorros de familiares, amigos y vecinos, o incluso los suyos propios, sino que además le aboca a la inseguridad física, porque “como todo el mundo sabe” cada vez hay más robos, más atracos, más tirones, y eso es por la crisis. Y por si fuera poco, ahora además también más muertos que la crisis se lleva por delante, al situar a los probos y esforzados trabajadores entre la espada y la pared, ante situaciones tan insostenibles en que no pueden hacer otra cosa más que tirar por la calle de en medio y arrasar con todo, emprendiéndola contra los culpables de sus males, los de todos.
Pero resulta que no, que la delincuencia no aumenta tanto como esperaban y anunciaron algunos. Más bien sus cifras se mantienen en un ligero aunque sostenido aumento desde hace ya bastantes años y, si bien sorprendentemente no es posible aún contar con estadísticas fiables en nuestro país, sí podemos afirmar con contundencia que la crisis no está provocando un aumento ni mucho menos grave de la delincuencia, que en una sociedad con suficiente cobertura social, con estructuras de apoyo familiar, con principios educativos efectivos que fomenten la solidaridad y modelos de ciudadanía ajustados a la convivencia social, el desfavorecido, aquel que pierde su empleo, incluso su vivienda, no suele recurrir a la delincuencia y prácticamente nunca a la violencia.
Pero ese mensaje no llega. Tampoco el mensaje del albañil que alimentó el odio y el resentimiento porque se reían y burlaban de él, algo que no podía olvidar y siempre tuvo presente, sospechando que le criticaban a sus espaldas, que confabulaban en su contra y querían perjudicarle, que se refugió desde hace años en la soledad y el ostracismo, probablemente en la frustración, que paseaba por las noches vestido de sheriff con sombrero de cowboy, estrella y pistola de plástico. El mensaje que llega es que Pere Puig Puntí debió actuar por un móvil económico, nunca porque su mente paranoide reaccionara contra unas personas inocentes a las que percibía como amenazadoras y peligrosas, nunca como consecuencia de un resentimiento infundado y cuyas últimas razones solo él conoce.
La cifra de parados ha aumentado en algo más de dos millones de personas en los últimos tres años, buena parte de ellos en sectores productivos relacionados con la construcción, sin embargo los índices de delincuencia a los que tenemos acceso quienes como los criminólogos nos ocupamos de intentar conocer la delincuencia para prevenirla y reducir sus consecuencias, no reflejan un aumento destacado en ningún tipo delictivo, tampoco desde luego en los homicidios y asesinatos.
Pere Puig Puntí mató a cuatro personas el miércoles 15 de diciembre, quiso matar a dos más porque le miraban mal y le criticaban, pero no logró encontrarlas. Pere Puig no asesinó a cuatro personas a causa de sus deudas ni de unos sueldos no satisfechos, no lo hizo a causa de la crisis económica que nos atenaza, muy probablemente lo hizo porque ese carácter raro que describen sus vecinos era algo más que eso. Pere Puig deberá responder por sus crímenes y esa personalidad singular, algo más que rara, quizá atenúe la sentencia de culpabilidad que a buen seguro recaerá sobre él, o quizá no, eso es algo que deberá decidir la justicia, pero a quien con toda seguridad nadie va a pedir cuentas es a todos aquellos que con gran irresponsabilidad han pulsado la tecla de la inseguridad y nos han empujado a mirar el dedo de la crisis cuando este señalaba la luna de la más que probable locura.

19 Abr 2008
Opiniones violentas
A lo largo de la pasada semana se han oído algunos sonoros rebuznos que, al valorar la elección por parte del presidente Zapatero de nueve ministras en un gabinete de diecisiete miembros, incurren en intolerables actitudes machistas de desprecio y pretendida superioridad masculina sobre la mujer, utilizando para ello expresiones que alimentan chascarrillos procaces e infaustas bromas de barra de bar y sobremesa en tonos sepia. Escenas que casi todos querríamos olvidadas pero que, lamentablemente, unos pocos mantienen muy vivas.
El exceso verbal de contenido machista, la supremacía de la fuerza frente a la razón de la igualdad de género, son en buena medida consecuencia de estructuras de pensamiento y usos culturales que sitúan a la mujer en posición subordinada bajo el hombre, normalmente más fuerte en lo físico y casi nunca en lo emocional e intelectual. La violencia de género bebe de esas fuentes. El abusador, el violento, el irracional, defiende su pretendida superioridad con el puño unas veces y otras golpea con la palabra, incluso utilizando como arma la critica a la ministra de turno, a la jueza, a la periodista o a la ama de casa, no por sus posibles deméritos profesionales o por su falta de actitudes, sino por su condición de mujer, por no ser hombre en definitiva, dando por sentado con ello que su condición sexual la limita e incluso la incapacita profesionalmente.
En todas estas ocasiones el violento hiere, pero cuando el arma es la palabra escrita, o dicha en un debate radiofónico o televisivo, el mensaje que envía refuerza a otros violentos, y aún peor, a aquellos otros que contando en su haber algunos factores de riesgo para actuar de igual forma, se les brinda el armazón argumental que ayudará a desinhibir sus actos y las razones para justificarse ante sí mismo y ante otros una vez haya actuado.
El tertuliano y el articulista que así actúan pueden pensar, y seguramente gritar, para que su postura quede bien clara, que esto es en realidad una barbaridad, cómo van sus palabras a motivar y justificar a un delincuente, y debe respondérseles que lamentablemente así es. La conducta violenta de la mayor parte de los maltratadotes, y aún de aquellos que llegan al asesinato como maltrato extremo, se sustenta por lo general en varios factores de riesgo (falta de empatía, consumo de alcohol y drogas, alta impulsividad, baja inteligencia, estresares psico-sociales…) y prácticamente siempre en un acentuado resentimiento y odio hacia lo femenino, que encuentran justificación y refuerzo en pronunciamientos como los vertidos en artículos y tertulias como las que estos días sufrimos, en programas de televisión que degradan y cosifican a la mujer, en aquellos chascarrillos y bromas que los jalean y celebran y también en las conductas de los adultos que el niño adquiere como modelo y contribuyen a configurar su personalidad y repertorio de conductas.
La solución al problema de los delitos machistas no es fácil ni puede ser total, sabemos desde hace tiempo que el riesgo cero es una meta imposible en el ámbito de la delincuencia, tampoco es una solución unívoca. Es necesario recurrir a la suma de esfuerzos y al trabajo intenso, certero y coordinado de muchos profesionales para reducir, en la medida en que ello sea posible, la frecuencia y la gravedad de estos hechos. Pero también sabemos con igual certeza que los avances que puedan lograrse servirán de bien poco si el clima social se ve contaminado por ideas como las que aparecen estos días. La labor más efectiva es la más inconcreta, ya que las leyes y las medidas excepcionales ayudan pero difícilmente solucionan los problemas, a todos nos toca ejercer la prevención, que consiste básicamente en educarnos mutuamente en el respeto, en la igualdad, en el equilibrio y en la justicia.
25 Oct 2007
Agresión visible, ética invisible
Lo que hace singular la agresión sufrida por una menor ecuatoriana en un convoy de tren en Santa Coloma de Cervellò, muy cerca de Barcelona, no ha sido la brutalidad del agresor o la gratuidad de su acción, tampoco la inhibición del otro pasajero, quien atemorizado más bien parece esconderse para evitar su propia victimización. Todo esto es, si no común por lo menos tampoco infrecuente. Lo que hace más singular este triste suceso es la consecuencia de la existencia de las imágenes y no la propia acción.
Por un lado tenemos a unos responsables políticos y una Justicia que han cambiado, en poco más de 48 horas, de considerar satisfactoria la respuesta jurídica inicial a tildar de inaceptable la actuación tanto del juzgado como de la fiscalía, exigiendo a golpe de titular de prensa, detenciones inmediatas y encarcelamientos ejemplarizantes. Lo ajustado a Derecho no tiene porqué ser necesariamente lo más conveniente y tanto la Ley como la sensibilidad son maleables e interpretables. Tanto como al parecer lo son las relaciones internacionales que parecen haberse movido en este caso con una celeridad inusitada en el caso de la ministra de asuntos exteriores de Ecuador, a quien le ha faltado tiempo para agenciarse el protagonismo en esta triste y rocambolesca historia. ¿Están en período preelectoral allí o su cuota de popularidad ha caído tanto como la autoestima de la pobre niña apaleada?
Por otra parte tenemos a los medios, esos portavoces de la indignación pública, esos voceros de la justicia ciudadana que han dado a conocer una acción inasumible que merece una justa respuesta. Esos medios, especialmente la televisión, han ofrecido a un sujeto despreciable, a un sociópata según algunos, a un marginado resentido que retorna a la sociedad todo aquello que ésta le ha dado en su corta vida según otros, algo más que esos cinco minutos de gloria de los habló Andy Warhol, ofreciéndole la proyección y la ignominiosa fama que otros delincuentes disfrutaron en su día. Afortunadamente Sergi Xavier Martín, que así se llama el individuo, no parece haber sabido aprovechar esta dudosa oportunidad y se ha comportado como el joven parasitario, agresivo, falto de autocontrol, impulsivo y con nulas habilidades sociales que es.
La corrección, si se logra, la reeducación si se quiere, la prevención que evite que este sujeto vuelva a cometer nuevos delitos como este, debe pasar por la inmediatez de la sanción, que ésta sea justa y entendida por el individuo sancionado, y finalmente que asuma su responsabilidad y lo inaceptable de su proceder. De qué modo podemos hacer llegar este mensaje a Sergi Xavier cuando no sólo la Justicia actúa de forma errática sino cuando además los periodistas, que le han dado tratamiento de estrella de cine, o de político en vísperas de elecciones, le jalean para que suelte todo su desparpajo, le pagan para lograr entrevistas en exclusiva en su propia casa y le dan pábulo para que argumente todas sus explicaciones, por cierto, ninguna excusa y ningún arrepentimiento entre sus palabras. Más aún, ¿qué mensaje estamos lanzando al resto de potenciales Sergi Xaviers? Agrede, delinque, insulta, amenaza, maltrata... que algo queda, y con un poco de suerte lo que quede sea el pago por la exclusiva, lograrás tus cinco minutos de fama y algo de dinero para invitar a los colegas a cervezas mientras te jactas de tu miserable heroicidad y brindas a la salud de todos aquellos que ahora te siguen con la cámara y el micrófono en ristre.
Una profunda reflexión debería imponerse en una profesión que tira por tierra y pisotea de esta manera tan deshonrosa sus códigos deontológicos.
23 Sep 2007
El enigma del juez Vidal
Con motivo de la liberación de
Dice el juez Vidal, y dice bien, que la jurisdicción civil puede declarar incapaces a determinadas personas y decretar su ingreso en un centro psiquiátrico en régimen cerrado hasta que el riesgo desaparezca. Estas medidas excepcionales se suelen adoptar ante personas que, padeciendo enfermedades o deficiencias persistentes de carácter físico o psíquico, no puedan gobernarse por sí mismas, lo que naturalmente incluye la posibilidad de que el sujeto represente un riesgo para sí mismo o para otras personas, no obstante en este caso el fundamento de la medida radica en una inequívoca peligrosidad criminal puesta de manifiesto por los técnicos penitenciarios que han tratado al interno durante los últimos dieciséis años.
Para proponer la aplicación esta medida legal el autor se apoya en la consideración de enfermos mentales que atribuye a los psicópatas, equiparándolos con esquizofrénicos paranoides agresivos. Lamentablemente, en contra de lo que el juez Vidal afirma, los psicópatas no son enfermos mentales por lo que ningún juez podría ordenar su ingreso en un centro psiquiátrico solucionando de esta forma nuestro actual problema, aunque también es cierto que esa condición de enfermos valdría a sus abogados para aducir eximentes y atenuantes a su responsabilidad reduciendo o incluso impidiendo las sanciones penales al ser considerados los psicópatas inimputables. Como decía no se trata de enfermos, muchos especialistas ni siquiera consideran la psicopatía un trastorno sino que más bien la describen como una conformación singular de la personalidad en la que el sujeto, y en esto sí se ponen de acuerdo la mayor parte de criminólogos, psicólogos y psiquiatras especializados en conducta criminal, desprecia los derechos de sus semejantes, buscando siempre y en todo caso el propio beneficio y empleando para ello el encanto personal, la manipulación, la intimidación y la violencia, destacan su falta de empatía y remordimientos así como la alta impulsividad y la irresponsabilidad de su conducta. Estos sujetos tienen, si no están afectados por alguna enfermedad que se lo impida, plena conciencia de la trascendencia de sus actos y saben discernir lo que está bien de lo que está mal, sencillamente no les importa en absoluto el daño causado ni el sufrimiento de sus víctimas si por el camino ellos obtienen alguna satisfacción.
Tampoco es posible sostener que todos los violadores y asesinos en serie son psicópatas, algo que no sólo afirma el juez Vidal sino que está muy presente en el imaginario colectivo gracias a la influencia de películas y series televisivas que han tratado este tema con tanta frecuencia como superficialidad, algo lógico por otra parte ya que no se trata de obras científicas sino de entretenimiento. Si bien es cierto que a menudo los responsables de algunos de estos delitos presentan personalidades psicopáticas no es menos cierto que muchos otros no tienen nada en común con el psicópata en cuanto a la configuración de su personalidad se refiere y que en algunos casos incluso se puede tratar, ahora sí, de enfermos mentales, quizá de esquizofrénicos paranoides agresivos, algo no muy frecuente.
La sociedad tiene derecho a plantear dudas acerca de las soluciones adoptadas por las leyes en el caso de sujetos sumamente peligrosos que, una vez finalizadas sus condenas, representan una amenaza latente, en algunos países se ha optado por soluciones poco efectivas, incluso contraproducentes, como es el caso de la elaboración de listados públicos de ex convictos o la ya apuntada castración química, en otros se han decantado por aplicar internamientos preventivos en centros especializados. Muchas opciones pueden ser tenidas en cuenta y pese a que en los medios de comunicación se deben tratar todos los temas que susciten interés para los ciudadanos resulta poco edificante comprobar cómo cuestiones tan importantes como ésta se despachan sin la más mínima seriedad, con la superficialidad propia de un gran éxito de taquilla o de la serie policíaca de moda.
24 Ago 2007
Castración química o diletantes demagogos
Es comprensible que en estas fechas los tertulianos de los diversos programas radiofónicos y los columnistas de muchos periódicos no sean los de primera línea, los titulares acostumbrados a moverse en las procelosas aguas de la actualidad, evitando los temas más cenagosos y logrando mantener su ropa seca en todo momento. También hay que entender que cuando el pulso de las noticias afloja conviene subirse al carro de cualquier tema, incluso cuando ello suponga hacer propia una polémica ajena. Así viene sucediendo estos días al tratar el tema de la castración química para casos de pederastas irredentos que reincidan.
Conviene dejar algunas cosas claras ya que la escasa práctica, y las muchas ganas de dejar en buen lugar los colores que cada uno representa, les han hecho meterse en unos terrenos resbaladizos en los que han pegado más de un contundente resbalón.
A saber, no todos los condenados por delitos contra la libertad sexual reinciden, más aún, ni siquiera la mayoría, de hecho aquellos que han seguido, y finalizado con éxito, un programa de tratamiento especializado en prisión tienen unos índices de reincidencia cercanos al 5%, mientras que el resto se sitúa en torno al 20% en los cinco años siguientes a su excarcelación. Algo que fácilmente se puede constatar mediante los diversos estudios que han llevado a cabo tanto técnicos penitenciarios, por ejemplo en Cataluña, como profesionales externos a la ejecución penal.
Los delincuentes sexuales no son enfermos mentales en su inmensa mayoría, de hecho la prevalencia de enfermedades mentales entre este colectivo no es significativamente superior al que podemos encontrar en cualquier otro ámbito de la delincuencia.
Lamentablemente no podemos refugiar nuestras quebradizas sensibilidades personales en la manida frase ‘quien haya hecho esto debe estar loco...’, la realidad es mucho más cruel, se trata en su inmensa mayoría de personas cuerdas y que actúan siguiendo lo que jurídicamente se denomina libre albedrío. Ello no significa que no haya una notable incidencia de trastornos mentales, que no de enfermedades, en este colectivo delictivo, pero insisto eso no significa necesariamente que sean enfermos, se trata fundamentalmente de personas tan normales como lo pueda ser cualquier otra. Para precisar algo más esto último, un trastorno depresivo es un trastorno de la personalidad y pese a que a nadie se le ocurriría decir que alguien afectado de ese trastorno está totalmente bien, en términos psicológicos, tampoco podemos decir que esté enfermo, en términos psiquiátricos.
La castración química es una posible solución para casos minoritarios, muy minoritarios, y en ningún caso puede equipararse ésta con la castración física, como así han hecho muchos opinadores profesionales a raíz de la propuesta del presidente francés, una propuesta que por cierto obedece a un populismo escasamente eficaz y nulamente contrastado con aquellos que sí pueden ofrecer respuestas, los profesionales, los científicos (psicólogos, criminólogos, psiquiatras, juristas, técnicos penitenciarios…)
Este y otros muchos temas de los que se tratan en los foros públicos tienen la importancia suficientes como para merecer un tratamiento algo más riguroso; pensemos por ejemplo en las consecuencias que para las víctimas de estos delitos pueden tener algunas de las opiniones sin fundamento a las que lamentablemente nos tienen acostumbrados la pléyade de tertulianos profesionales, y creo que sería conveniente que antes de verter semejantes tonterías como si de verdades incontestables se tratara buscaran el asesoramiento de expertos que pudieran ofrecer el contrapunto científico a los diletantes.
Muchos de aquellos que ahora salen a la palestra haciendo oír su voz son políticos de profesión y si ese es el rigor con que ejercen sus funciones profesionales espero que estén tan ocupados participando en las tertulias que no tengan tiempo de ejercerlas, por el bien de toda la sociedad.
13 Jun 2007
Asesinos en serie
Hace unos meses una profesora de instituto nos hizo llegar una carta en la que solicitaba que alguien con formación en Criminología contestara esta entrevista. Las preguntas las había redactado una alumna de Bachillerato que estaba haciendo un trabajo sobre asesinos en serie. A continuación la reproducimos.
1-¿Como definiría usted el asesino en serie?
En palabras de Robert K. Ressler, investigador del FBI que utilizó por primera vez este término el 1986, serían aquellas personas que han producido tres muertes en intervalos separados de tiempo. En la gran mayoría de los casos de homicidio y asesinato, la policía puede identificar al autor sin grandes problemas, debido en gran parte a la implicación emocional y acercamiento que muy a menudo hay entre víctima y agresor; no obstante en el caso de los asesinos en serie estos matan mayoritariamente a desconocidos y lo hacen marcando una total desvinculación entre sus actas y unos hipotéticos objetivos, es decir, no hay un móvil claro, facilitando su impunidad inicial y dificultando enormemente el trabajo de la policía.

Robert K. Ressler
2-¿Cree en la posibilidad de incluir un grupo mixto entre los organizados y los desorganizados?
Esta distinción, establecida por la Unidad de Ciencias de la Conducta del FBI a comienzos de los años 80, se basa en una muestra demasiado pequeña de sujetos, no cuenta con una base teórica suficientemente contrastada científicamente y da una gran relevancia a la intuición y experiencia del investigador.
Creo que la distinción entre asesinos organizados y desorganizados, que parte de la disposición de la escena del crimen, separa los criminales en dos grupos a partir a su vez de dos tipo de motivaciones psicológicas, pero solo puede ser considerada una primera aproximación a la investigación del hecho ya que aunque aceptásemos que esta distinción efectivamente nos podría dar un primero e intuitivo perfil del agresor aún nos quedaría por aclarar cuál ha sido la intervención de la víctima y en cuál medida su actuación y los condicionantes espaciales y ambientales han influido en el resultado final de la escena del crimen. Por ejemplo, un asesino metódico, frío, que ha planificado su acción y ha previsto una disposición planificada del elementos del crimen, puede encontrarse que la víctima a la que ha seleccionado ofrezca una resistencia que él no había previsto, o bien puede ser un asesino sumamente previsor pero escasamente habilidoso... en ambos casos la escena del crimen, que inicialmente debería haber estado organizada como fiel reflejo de su personalidad resultará desorganizada, por este motivo se debe intentar reconstruir para intuir qué pasó en realidad y cuál grado de participación tuvo la víctima en el resultado final.
La distinción entre asesino organizado y asesino desorganizado no es definitiva, solo es un método posible de inicio de la investigación y una herramienta de trabajo excesivamente simplificadora aunque, al ningún y la fin, muy práctica. Los modelos europeos de perfilado criminal, el más importante de los cuales es el psicólogo británico David Canter, no utilizan mayoritariamente esta distinción y se basan en modelos de análisis estadístico mucho más complejos.
3-¿Existe la posibilidad de dejar de matar con tratamiento?
No es posible hablar de una única motivación y de unas únicas razones para matar, la complejidad del comportamiento humano no es posible reducirla a una sola explicación. Los asesinos, al igual que pasa con el resto de delincuentes, solo están unidos por la categoría penal que los engloba pero no sería posible, en términos criminológicos, decir que es igual un sujeto que ha muerto una persona por encargo y a cambio de un precio que aquella otra que actúa movido por un impulso irrefrenable, o aquel otro que la ha ha en un momento de ira y bajo control de los impulsos con respecto a aquella otra que actúa con toda frialdad y planificación, con saña hacia la víctima y llevándose un trofeo como recuerdo de su acción (p.e. sería este último el caso de Volker Eckert, el camionero alemán detenido por la policía su país a instancia del Mossos d'Esquadra por la muerte de varias prostitutas en sus trayectos a lo largo de Europa). Todos ellos tendrán una misma consideración, serán homicidas, según los casos incluso pueden ser considerados asesinos, pero el hipotético pronóstico rehabilitador será muy diferente.

Volker Eckert
Por centrar la respuesta un poco más, hay sujetos que son recuperables para la sociedad todo y haber cometido actas tanto graves y reprobables como un asesinato, y otros con los que actualmente no tenemos ninguna posibilidad de obtener éxito. En particular podríamos hablar de los sujetos violentos que sufren algún tipo de enfermedad mental que, mediante medicación y terapia, podría estabilizarse, en este caso no se podría descartar su rehabilitación; también podemos hacer referencia a otro tipo de sujetos violentos, por ejemplo los psicópatas, que no son enfermos mentales, que tienen llena conciencia del que hacen y que actúan con voluntariedad llena, en este caso ni hay necesidad ni posibilidad de tratamiento farmacológico ni tampoco está indicado el tratamiento terapéutico, su pronóstico tendrá mucho que ver con el grado de ”afectación” de la psicopatía y del entorno en el que se pueda desarrollar la vida del sujeto, se a decir, si este entorno le ofrece oportunidades de delinquir o por contra no le ofrece.
4-¿Cuáles cree que son las causas principales del acto de matar: las psicológicas, las biológicas o las sociológicas?
Nuevamente la respuesta no es fácil, es imposible reducir a una única categoría a todos los sujetos y en consecuencia tampoco es posible decir cuál es la motivación principal, que no la única en todos los casos, en la mayor parte de los casos interactúan varios factores precursores y desencadenantes del acto violento. De todas maneras sí podemos afirmar que las características temperamentales y de personalidad son determinantes en la mayor parte de los asesinos y homicidas, así por ejemplo en el caso de los psicópatas. Otra cuestión es llegar a diferenciar cuál peso tienen cuyos tres factores, hablas en tu pregunta, en la conformación de temperamento y personalidad, es decir, hasta cuál punto los tiros de la personalidad de todos nosotros venden determinados biológicamente o bien se conforman a partir de la experiencia vital y de las influencias sociales.
Buena parte de los sujetos que actúan como asesinos en serie presentan algún tipo de trastorno mental, un grado de afectación mental que no es propiamente una enfermedad sino la acentuación hasta niveles patológicos de algún o algunos rasgos de la personalidad, y en estos casos la explicación psicológica tiene una clara preeminencia.
Un caso aparte es el que presentan los sujetos afectados por una enfermedad mental, en estos casos no cabe duda de que la psiquiatría, y también en parte la psicología, deben podernos dar una respuesta satisfactoria con respecto a las causas principales de su conducta.
Resumiendo, la psicología nos dará mucha información con respecto a las razones últimas de los comportamientos humanos, y también por supuesto de los más violentos.
5-¿Cree que la organización actual del Estado influye con importancia en los impulsos que llevan el asesino a actuar?
Hay no pocos autores que hablan de una sociedad psicopática que fomenta la consecución del beneficio inmediato, el nulo valor del esfuerzo como medio de consecución de las propias aspiraciones y necesidades, la devaluación de los valores de cohesión social como la empatía o la solidaridad, atribuyendo a este nuevo modelo de convivencia social una grande responsabilidad en el aumento de
Desafortunadamente podemos encontrar ejemplos actuales de sociedades sumamente enfermas y de sujetos que dentro de estas sociedades delinquen mucho gravemente, encontrando una explicación a su conducta en la desestructuración social y en las pésimas condiciones de vida, por ejemplo, pero afortunadamente estas sociedades no son la nuestra y estamos mucho y mucho junio de ser una de ellas. Los índice de delincuencia al nuestro país son realmente razonables, estamos por debajo de la media de los países del Europa occidental en índice de victimización y en tasas de delincuencia, y mucho especialmente en delitos graves como por ejemplo los homicidios en los que podemos presentar porcentajes bajísimos de comisión y muy altos en efectividad policial.
6-¿Deberíamos sentir compasión por aquellos que matan si tienen una base de maltrato durante su infancia?
En términos científicos no se plantea la compasión, en todo caso se plantea la curiosidad por saber en cuál medida estos malos tratos hayan podido influir en la conducta criminal. En cualquier caso sí se puede marcar una diferencia entre los sujetos que han estado expuestos a factores de riesgo, y los malos tratos en la infanta lo son, y aquellos otros que no los han padecido.
También se debe precisar que no todos los niños maltratados desarrollan conductas de maltrato o homicidio al llegar a
En última instancia, en el caso de sujetos sanos psíquicamente, que son la mayoría, siempre queda la capacidad de decisión por optar por un camino o por otro.
7-¿Es el asesino completamente culpable y consciente de sus actas?
Torno a hacer mención de la complejidad de cualquier fenómeno, el delincuencial entre ellos, y de la gran variabilidad de posibilidades que la realidad nos ofrece. El Derecho ha desarrollado un concepto por determinar la voluntariedad de las acciones humanas, es el dolo: muy llanamente, un sujeto actuará con dolo cuando actúe con conocimiento de las consecuencias y con voluntad de ocasionar este resultado lesivo, en cambio si se desconocen las consecuencias o bien no se desean el sujeto actuará con imprudencia. Los asesinos, por definición, actúan con dolo y por lo tanto son siempre culpables y conscientes de sus actas, en caso contrario hablaríamos de homicidas o, en los casos más extremos, de personas inimputables a las que no es posible exigirles responsabilidad ni tampoco atribuirles culpabilidad.
Me remito a la respuesta a la pregunta 5 para completar esta.
8-¿Opina que es cierta la teoría que la mayoría de los asesinos en serie acostumbran a pasar desapercibidos en la sociedad en la que conviven?
Los rasgos característicos de los asesinos en serie, si no son sujetos con una marcada alteración psicológica o psiquiátrica, no son en apariencia de tanta importancia que los hagan destacar del resto. De hecho que sean capaces de mantener, en algunos casos, una actividad delictiva prolongada con múltiples víctimas durante grandes períodos de tiempo nos pueden hacer pensar que efectivamente pueden pasar desapercibidos con relativa facilidad. De todas maneras no es necesario alarmarse por este hecho ya que su incidencia es ciertamente escasa, son pocos los asesinos y menos aún los que actúan en serie, y no representan un problema de seguridad grave, más acullá de la alarma social que pugin ocasionar en momentos puntuales y de la lógica afectación del en torno a las víctimas y lógicamente de la muerte de estas. A título anecdótico te diría que aproximadamente 200.000 catalanes pueden ser considerados, con mayor o menor grado de afectación, psicópatas, y eso no nos impide relacionarnos a diario con ellos ni los fa destacar especialmente, afortunadamente tampoco los fa delinquir. Psicópata no quiere decir necesariamente delincuente ni mucho menos asesino.
9-¿Cree que el fenómeno "asesino en serie" irá aumentando con el tiempo? ¿Por qué?
No hay ningún dato, que yo conozca, que me pueda hacer pensar eso.
10-¿Cree que la prisión o el psiquiatra es la mejor solución por combatir sus actos?
La respuesta de la sociedad debe ser la adecuada en cada caso: si el asesino es un enfermo mental el tratamiento psiquiátrico será el mejor para él, en caso de que el sujeto no tuve este tipo de afectación la sociedad debe tener la posibilidad de defenderse, que no de vengarse, y hasta el momento la mejor solución es el encarcelamiento.
11-¿Cuál es el caso más peculiar con que se ha encontrado?
Afortunadamente, vuelvo a insistir, este es un fenómeno muy poco frecuente, y además es muy difícil tener un acceso profesional a los sujetos en cuestión, pero sí he podido tratar mínimamente a la renombrada “asesina de ancianas”, Remedios Sánchez.

Su caso es singular, en gran parte por tratarse de una mujer y por las aparentes motivaciones por las que actuaba, en apariencia parece ser que inicialmente con la voluntad de obtener un dinero rápido para financiar su adicción al juego, aunque muy probablemente una vez cometió la primera de las muertes, quizá sin haberlo previsto, descubrió que este sistema no solo le resultaba más seguro que un mero robo, impidiendo el testimonio de la víctima y que esta en el futuro pudiera reconocerla, si no que además le reportaba algún tipo de satisfacción personal al sentirse poderosa e impune. El sistema de acceso a las víctimas, que consistía en acercarse a las ancianas con cualquier excusa y ganarse su confianza rápidamente para acceder a continuación a la vivienda y agredirlas allí, sin ningún molesto testigo, aprovechando su debilidad y soledad, así como la muy común necesidad de relación que estas mujeres suelen presentar como consecuencia de frecuentes cuadros depresivos, no resulta tan interesante dado que es muy frecuente encontrarse con actuaciones muy similares en casos de estafa, robos, abusos sexuales, etc. en que la víctima sea una mujer de avanzada edad que viva sola.
11 Jun 2007
¿La locura del asesino?
Nos resulta mucho más fácil, cuando nos enfrentamos a los hechos más detestables, a aquellos actos más terribles de entre los que protagonizan los hombres, refugiarnos en la complacencia de
Yo no soy así, los míos no son así y por lo tanto estoy a salvo, parece que queramos decirnos. El terrorista es un psicópata, el asesino un alienado, el trastorno los mueve y no actúan como yo lo haría, porque yo no estoy perturbado.
En ocasiones los hechos vienen a darnos la razón, nuestra confianza en un mundo ordenado en el que quien mata obedece las leyes de la demencia y no las de los hombres “normales” se ve confirmada. Nuestra seguridad se reafirma en la paradoja ya que si ha sido el loco quien ha matado con esa muerte ratifica nuestra doble certeza, a un tiempo sabemos que no mataremos y que nadie de nuestro entorno nos causará la muerte, ésta no nos rondará ya que en nuestro alrededor no hay espacio para la locura.
Lamentablemente la realidad no entiende de estas razones lógicas. El asesino, el terrorista, el supuesto demente son en su mayor parte hombres, ya que en más de un 90% de los casos el delincuente es de género masculino, que no padecen ni enfermedad mental ni trastorno de la personalidad ni pueden ser diferenciados del resto de sus congéneres en términos psicológicos ni psiquiátricos, y si presentan algún trastorno éste no puede explicar en muchos casos su conducta, o incluso, cuando lo hace tampoco podemos diferenciarle por ello de otros sujetos con quienes convivimos o de nosotros mismos. Sólo un dato, aproximadamente un 3% de la población masculina y un 1% de la femenina presentan características propias de una personalidad psicopática, pero ello no explica la conducta de buena parte de los terroristas, tal y como ha explicado muy bien José Sanmartín en su libro El terrorista: Cómo es, cómo se hace ni tampoco de los asesinos u homicidas.
El caso del ejecutivo español que hace unos días mató en su lujoso apartamento de Londres a su hija de dos años de edad, en presencia de la atónita madre y esposa, quien al parece trató de impedirlo y que desde entonces parece estar bajo los efectos de un estrés postraumático, es posiblemente uno de esos sucesos en que se acrecienta la necesidad de encontrar una explicación psiquiátrica.

Brevemente, Alberto Izaga, ejecutivo de gran éxito en el sector de las empresas de seguros, a sus escasos 36 años dirigía el ámbito de Vida y salud de una gran multinacional aseguradora europea en la que ocupaba además un puesto en su consejo de administración. Residía en Londres, tal y como ya se ha dicho, en compañía de su mujer, natural de Cabo Verde, y de su hija de dos años. El éxito profesional y personal parecían sonreír a este joven talento empresarial nacido en Bilbao.
El día 3 de junio, de madrugada, los vecinos de
Qué puede pasar por la mente de un hombre para llevar a cabo semejante atrocidad, aparentemente podríamos aventurar que está loco, o cuando menos que se ha trastornado. Lo cierto es que según nos informa la prensa sus amigos y compañeros afirman que se trata de una persona normal, feliz y satisfecho que, eso sí, sufría un fuerte estrés debido a las presiones de su exigente trabajo.
Sin aventurarnos a hacer diagnóstico alguno sí podemos asegurar que la Criminología y la Psicología criminal nos han ilustrado sobre las consecuencias de este frecuente compañero del hombre postmoderno, el estrés. Su presencia ha sido constatada en muchos de los crímenes más terribles, en violaciones y abusos sexuales, cuando el delincuente ha encontrado en el sexo, o mejor aún en el sometimiento y control de las víctimas, en su humillación también, un buen sistema para combatirlo y huir a su vez de la frustración de una vida vacía o decepcionante, ha sido percibido también en sujetos con pobre control de sus impulsos que bajo la presión del estrés actúan de manera impulsiva, irreflexiva y en no pocas ocasiones violenta, matando o hiriendo gravemente.
No pretendemos afirmar, nada más lejos de nuestra intención, que el estrés convierta a probos ciudadanos en terribles asesinos, o que insignes delincuentes puedan encontrar en él una justificación para sus actos, en absoluto. Lo que sí es posible es confirmar que existen varios factores de riesgo asociados a la conducta violenta y entre ellos, de manera cualificada, podemos encontrar algunos tremendamente comunes y a los que, como en el caso del estrés, incluimos en nuestras vidas incorporándolos a la normalidad e incluso llegando a valorarlos positivamente.
Las autoridades británicas han aplicado a Alberto Izada la Ley de Salud Mental, todavía tardaremos algún tiempo en conocer alguno de los pormenores de este caso y por lo tanto resulta aventurado afirmar que nada, salvo el estrés, sirve para explicar la conducta de este hombre. No sólo resulta aventurada, también temerario, a buen seguro será posible encontrar algún otro elemento en su personalidad, incluso algún trastorno aunque más difícilmente una enfermedad, pero lo que sí podemos afirmar con rotundidad es que hasta el día en que dejó de serlo Alberto Izada era un hombre tan normal como cualquier otro, quizá sólo destacado por su éxito profesional y seguramente por la fruición con que muchos de los que le conocían ansiaban emular su vida.
09 Jun 2007
El supuesto escándalo de los Mossos
Varias semanas de continuas noticias sobre supuestas palizas, actuaciones improcedentes, conductas impropias cuando no ilegales, muertes, kubotanes y malos tratos en comisaría...

Este podría ser el parte de una guerra pero sin embargo es sencillamente la consecuencia de la más pura demagogia y charlatanería, espoleada por la decisión del Departament d’Interior de poner en conocimiento de los medios de comunicación el inicio de unas investigaciones de carácter interno y de su correspondiente denuncia ante los tribunales, una decisión publicitaria que ha sido calificada más tarde, “a toro pasado”, como poco acertada, valoración ésta aún más importante si tenemos en cuenta que fue hecha por el propio Joan Delort, Secretari de Seguretat Pública del Departament d’Interior, en vista de la trascendencia que habían adquirido los hechos y de su repercusión pública.
Resulta aún más abultado e injustificado este “parte de guerra” al comprobar cómo las imágenes de uno de estos hechos llevan ocupando la portada de la edición digital de este diario, en la sección de Catalunya, desde hace más de una semana. Un tratamiento de privilegio que no reciben otras noticias de profunda trascendencia económica, social y política como por ejemplo la ruptura del pacto tripartito en el Ayuntamiento de Barcelona, la amenaza del presidente ruso de dirigir sus misiles hacia Europa o, pongamos por caso, el cambio en la cúpula de La Caixa.
Pero también parece paradójico comprobar cómo el asesinato de una niña de dos años a manos de su padre, un alto ejecutivo español residente en Londres, es tratado por el redactor con términos más propios de un relato de descargo, excusando incluso la acción del agresor y justificando su acción con un hipotético ataque de ira, fruto de las muchas presiones a las que estaba sometido a consecuencia de su estresante y exigente trabajo.

Aún más incomprensible es comprobar cómo ante la imagen de un Mosso d’esquadra, postrado en el suelo, semiinconsciente y sangrando, tras la tremenda agresión de un manifestante, agresión que por cierto fue recogida por las omnipresentes cámaras de televisión y de la que por lo tanto también se dispone de imágenes reproducibles en este medio de comunicación, fue completamente obviada al fijar los medios de comunicación su atención en un pequeño objeto, de poco más de doce centímetros, punta roma y confeccionado con plástico semirígido conocido como “kubotán”, al que se le atribuyó inmediatamente la categoría de arma y punzón ilegal. Como digo, incomprensible.
Por paradójico que resulte los medios de comunicación, este diario incluido, deberían actuar con algo más de información, evitando la intoxicación y la manipulación, señalando los errores, que evidentemente se producen, incidiendo en las malas actuaciones, que desgraciadamente también existen, pero no haciendo escarnio y amarillismo de un servicio público en el que trabajan personas a las que no es necesario criminalizar injustamente.
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