20 Ene 2008

Rembrandt

Escrito por: cronopioslamm el 20 Ene 2008 - URL Permanente

Siguiendo con las malas repeticiones de mi vida, la otra tarde volví a visitar La montaña de piedra imán; una librería en donde esperaba encontrar el Paraíso Perdido de John Milton. De momento no pude evitar compadecerme por mi persona. La librería había obtenido su nombre por un texto de Scheherazada en sus 1001 Noches, descubrimiento que hasta hacía muy poco ignoraba, y que había logrado sumar a mi lista interminable de conocimientos inútiles gracias a una conversación casual con unos amigos. Pensando en mi propia historia y en la forma en que ella y yo nos habíamos conocido, durante años pensé que el nombre de la librería, de algún modo curioso, hacía honor a las propiedades magnéticas de un imán, y no a un cuento de origen persa.

Luego de reflexionar de manera absurda en torno a esa cuestión, me dispuse a mirar unos libros de John Stewart Mill en un aparador, cuando inesperadamente escuché su voz. Era ella. Al principio no pude ubicarla con exactitud y definir a quién pertenecía, pensé que era una confusión, pero de todas formas me decidí a echar un vistazo. Era Milenka. Hablaba por teléfono acalorádamente, podía notarse un dejo de molestia en sus palabras y eso me hizo sonreír un poco. No pensé en acercarme a saludarla, hacía más de siete años que no la veía y con seguridad apenas y podría recordarme; aunque yo no había sido capaz de olvidarla. Siempre reía cuando le aseguraba que ella era una persona imposible de olvidar; sus palabras siempre terminaban irritándome, pero nunca por mucho tiempo. Ella era la única persona que podía controlarme así: bastaba sólo una sonrisa suya para sepultar todo lo malo que pudiera haberme hecho. En aquellos días la amaba intensamente; pero a decir verdad eso no ha cambiado mucho desde la última vez que estuvimos juntos.



La miré iniciar su caminata y un impulso extraño me llevó a seguirla; aún conservaba esa soltura en los pasos, tanta seguridad impresa en sus movimientos me maravillaban, tan ajena a este mundo, tan indiferente. Hace diez años que nos conocimos y nunca podré olvidar ese momento. Fue una tarde de septiembre en que visité por primera vez La montaña de piedra imán. Por curiosidad contemplé un tomo de Hobbes: Leviatán, cuando de pronto, alguien me preguntó si me interesaba la filosofía. Aparté la vista del libro para encontrarme con los ojos del azul más profundo que había visto en mi vida, y para contemplar un largo y hermoso cabello que caía en capas sobre su rostro. Me miraba con una fijeza muy extraña, y yo apenas alcancé a responder que sí, que sí me sentía interés por la filosofía, pero no sobremanera. Soltó su primer carcajada, tan espontánea y convulsionando todo su cuerpo. Tienes una risa muy chusca le dije cuando nos conocimos mejor. Me tendió la mano y me dijo su nombre, tan fuera de tono como todo lo que ella era o hacía. Después de ese encuentro me ví envuelto con la persona que más influencia haya ejercido en mi vida; me marcó, me dejó errado como un animal. Nunca me había interesado así por ninguna mujer; la mayoría de ellas no me producían gran emoción; las veía como seres caprichosos que pretendían manipularte, y hasta ese día había preferido llevar el control de las emociones ajenas, sea esto, manipular a otros. El hastío que me producía el ritual del enamoramiento, toda esa parafernalia de cortejos y salidas, de clics insatisfechos eran algo que me causaba repulsión. Pero Milenka me rompió muchos esquemas. Me llevó a decir cosas que había olvidado o que me negaba a decir. Siempre tuvo una avidez por conocer mi pasado, aunque al mismo tiempo mantuviera gran reserva acerca de sí misma. Hoy no recuerdo con precisión por qué nos separamos… no, es mentira, sí lo recuerdo pero todavía me es difícil aceptarlo. Lentamente, cada día fuí desgastándola, a pesar de que siempre supe cuanto amaba su libertad y cuanto despreciaba los compromisos. No podía evitarlo, necesitaba saber que ella estaba conmigo; fue el gran amor de mi vida y la peor de todas las mujeres. También fue la mejor. Me entendía. Hizo todo cuanto pudo por salvarnos, y yo también. Pero nunca conseguimos eliminar esa cosa masculina. Bastaba con que ella mostrara atención a otro hombre para que yo me pusiera malo de rabia. Se me notaba en la cara y en la voz. A ella le parecía demasiada falsedad el no atenderles aunque estuviesra yo presente. Su honradez y su sinceridad me hacían despreciarla, mas nunca conseguí alejarme… lo intenté muchas veces, engañarme y engañar al corazón. Pero con Milenka eso no era posible me conocía mejor que yo mismo; siempre estaba un paso adelante.

Después de salir de la librería, todavía vociferando en el teléfono, Milenka se detuvo y tomó asiento en un café al aire libre. Me senté también, alejado de ella y a sus espaldas. Aun así conseguí escuchar lo que solicitaba al mesero: un café express. Ordené una gaseosa mientras la miraba encender un cigarrillo. El humo deformaba su imagen cuando de pronto apareció un tipo que se sentó en su mesa. Se besaron y de inmediato entendí la relación; el sujeto tenías rasgos árabes, algo que para ella era irresistible. Recuerdo bien aquella cena; después de una discusión acerca del mejor lugar para tener sexo, terminó llevándome a un restaurante de comida italiana. Nos atendió presto un mesero con tipo de árabe, y tras ordenar, comenté qué menuda era la combinación: un árabe sirviendo comida italiana. Me pidió dejar esa actitud pueril. Durante toda la cena ellos se dirigieron miradas, parecían ignorar que yo me encontraba ahí. Cuando nos llevaron la cuenta, mantuvo un momento en sus manos la mano del chico. No dije absolutamente nada, y después de pagar salí de aquel sitio. Me alcanzó presurosa para abrazarme por la espalda y preguntame: ¿Me amas? Fue con tanta gracia y naturalidad, que me olvidé por completo de lo ocurrido momentos atrás. Ahí mismo le pedí que viviera conmigo. Al día siguiente nos encontrábamos en la búsqueda de aquel apartamento que le agradara lo suficiente. Visitamos más de veinte durante la siguiente semana, hasta que encontramos uno con balcón. En cuanto lo vió, exclamó emocionada que no necesitabamos más, que era el lugar perfecto. Obviamente se debía al balcón, pero hizo otro de sus comentarios raros de toque mordaz: Es por el balcón, cariño... quizás algún día te canses de mí y deseés arrojarte por él.

Milenka terminó su cigarro, y de forma enconada comenzó a discutir con el tipo que la acompañaba en el café; no me sentí sorprendido, de hecho me parecía extraña tanta armonía; era demasiada la perfección considerando que ella adoraba discutir, enzarzarse en buenos combates verbales. Era algo que yo también adoraba a mi modo, pero que de manera palutina fue abriendo un abismo entre los dos. Pedía que se le amara tal como era, con todas sus contradictorias actitudes y carácter dominante; pretendía ser mi dueña sin atarse, siendo libre de cualquier yugo que la uniera a mí. Tras una riña, le pregunté la razón de su carácter tan incongruente, pero selló el debate con una frase aplastante: Lo que se contradice no siempre es mentira, sólo es más complicado. No hubo más. Siempre fuí débil para con ella, llevaba el control de nuestra relación, aunque ilusamente yo tratara de dejar en claro que eso no era así. Ella, a sabiendas del poder que poseía sobre mí, no me negaba ese pequeño aliento a mi ego. Pero ambos sabíamos cuál era la realidad. En algún otro momento dijo que amar era una declaración abierta de debilidad, y que por eso ella nunca amaría profundamente. En más de una ocasión le confesé que la amaba, pero me sorprendió al decir que lo sabía, que lo supo desde la tarde en que nos besamos por primera vez. Una noche nos fuimos a la cama, pero por la madrugada desperté y me senté en un sillón que había dentro de nuestra habitación. La contemplé mientras dormía. Cuando amaneció, se incorporó sobre su almohada para preguntarme qué hacía yo ahí, observando, a lo que contesté: Mirando tu único momento de debilidad.

Pensándolo bien, no fue el imán de la librería lo que me atrajo a ese lugar hace tantos años, no… fue ella, fue la propia Milenka quien me llamó, invadiendo mis pulmones con el sabor de la eternidad; la eternidad del amor, que por supuesto, es muy breve y dolorosa.

Luego de la discutir con el árabe, Milenka olvidó que eran amantes y lo golpeó con una sonora bofetada, dejándolo plantado en el asiento, alejándose de él y del lugar, sin darle mayores explicaciones. Desde mi prudente distancia, pude ver al tipo confundido, sin saber cómo reaccionar con respecto a ella; si optar por seguirla o mejor quedarse ahí, sentado y sin hacer nada. Sin duda este sujeto conocía el carácter explosivo de Milenka, pensamiento que me llevó a recordar aquel día en que se fue de mi lado. Una tarde regresé a nuestro apartamento para encontrarme con una nota. Escribió que dejaba la copia de sus llaves y también me pedía que alimentara a nuestro gato. Ni una sola frase de despedida o motivos de su partida. Yo los conocía bien. No tuve necesidad de buscar en los cajones, porque estaba seguro de que no había dejado rastro de su presencia, todo lo que me quedaba era su aroma flotando en el ambiente y un apartamento lleno de recuerdos. Busqué en nuestro armario y encontré una botella de whisky. Desde que estábamos juntos había dejado de beber con la frecuencia de antaño, pero las reglas cambiaron en el instante en que se marchó sin decir adiós, así que decidí castigar a mi hígado una vez más. Me senté durante un momento en la cama para beber directo de la botella, cuando Rembrandt brincó sobre la mesa; olisqueaba el aire, creo que también se había dado cuenta de que ella se había marchado, que no regresaría, y que lo único que nos quedaba era el perfume de su piel. Traté de acariciar al maldito gato, pero éste se escapó rápidamente y apenas conseguí rozar su pelaje negro. Pensé: “Eres igual que tu dueña”. La soledad sacudió las cuatro paredes de mi habitación, y el eco me devolvió la fuerza de su silencio.

Aún cuestionándome qué clase de cosa pudo haber hecho el tipo árabe para enfadar tanto Milenka, pagué la cuenta de mi soda y me levanté de mi asiento para regresar a las calles. Durante mi caminata volví para ambos lados, pero no pude ver a Milenka por ninguna parte; sin duda abordaría un taxi o tal vez iba por ahí caminando, riéndose por haber dejado a su compañero como un idiota en aquel café. Metí la mano a mi bolsillo y saqué un cigarro, otro hábito nefasto que Milenka me había dejado con su influencia. Intenté encenderlo, pero caí en cuenta de que había olvidado mi encendedor en la mesa del café. Al no sentir deseos de regresar, arrojé el cigarro a un charco de agua formado en la acera. Alcancé a ver como el cigarró formaba ondas en él, y también sonreí por eso. Lo sé, había sido un día con demasiadas sonrisas. Todavía inmerso en los círculos concéntricos de agua alrededor del cigarro, me ví distraído por el pasó de un auto a gran velocidad. Arrancado de mi nube de contemplación, alcancé a ver al conductor: era ella. El semáforo anunció un alto inminente, y fue entonces cuando Milenka y yo cruzamos miradas después de tantos años. Ella alcanzo a esbozar una sonrisa con exquisita ligereza. Me miró detenidamente, sin apartar su dulce rostro del encuentro. En segundos pasó por mi mente todo lo que viví a su lado, desde la felicidad, hasta los dolorosos momentos que con brutalidad me proporcionó. Pude ver sus fulgurantes ojos azules con fijeza, perdiéndome en el insondable abismo de su cruel belleza. El tiempo se detuvo, y no me quedó más opción que transportarme a aquella noche en que, después del amor, la abracé por la espalda cuando ella hizo la pregunta irrevocable: ¿Cuánto tiempo crees que podrás amarme? a lo que yo respondí: Toda la vida.

St. Patrick

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4 comentarios Escribe tu comentario

Greta Garbo

Greta Garbo dijo

Me hizo evocar buenos recuerdos. Una historia con una descripción perfecta; tu última imagen del chico arrojando el cigarro a un charco me recordó, a una imagen de James Dean.
Que increíble narración, que buen ritmo, me atrapaste de nuevo. Felicidades.

St. Patrick

St. Patrick dijo

¡Hey!

Muchas gracias por el comentario, Greta. Me alegra mucho que te haya gustado.

Por cierto, si no tienes inconveniente alguno, me gustaría que pudieramos charlar un día de estos. Te paso mi correo, si puedes agregame a tu messenger (y claro, quien quiera contactarme, es más que bienvenido. siempre y cuando me pase virus, spam o cosas así) y ojalá no pase mucho para que podamos coincidir y platicar un rato.

dark_hagen@hotmail.com

¡Saludos!

St. Patrick

cronopioslamm dijo

Patricio!!! Está bueno!! Éste no lo había leído!!! ^^

Oye, no es por presionar, pero recuerda lo que necesitamos mandarle a Pitibuchi! Yo le envié lo mío ayer, Laranjihna tmb ya lo mando y Pitibuchi ha hecho lo suyo, sólo faltás vos!!

Un saludo!!

Greta Garbo

Greta Garbo dijo

Disculpa por no contestar temprano, a tu propuesta pero salí de viaje y no revisaba los comentarios ya pasados. Disculpame.
Te agregaré en este momento a mis contactos solo que con eso se romperá el encanto del seudónimo. y ya sabrás quien soy...

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Cronopios!

Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

Saludos!

Acuarela, Laranjinha, St. Patrick y Hada Urbana.

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