28 Abr 2008
De Da Vinci y la Mona Lisa... (O sobre la Belleza VII)
Confesión hecha por la paleta de Enzo Ciccio
Yo trabajaba para Enzo Ciccio, pintor de 47 años, oriundo de esta ciudad de Florencia.
Él tenía este taller. Venían chicos y no tanto de muy diversos lugares a aprender de él. Era un genio: podía instruirlos acerca de arquitectura, pintura, escultura, ingeniería e incluso los conminaba a hacer sus propias invenciones.
Uno de esos no tan chicos era Da Vinci, Leonardo de nombre, con poco más de 50 años cuando sucedió aquello. Ya era bien conocido en el taller, por los discípulos y por Enzo, quien no dejaba de apoyarlo a fin de que puliera sus limitados conocimientos en las diversas disciplinas que Ciccio enseñaba. Incluso en innumerables ocasiones se quedaban ellos dos, y yo por supuesto ayudándolos, a mejorar sus técnicas de pintar. Con infinita paciencia, mi jefe corregía los detalles que aparecían en todos los cuadros de Leonardo, quien en esos momentos bajaba la vista, exhalaba un suspiro desesperado y me veía como si yo tuviese la culpa de un trazado de más o una errónea mezcla de colores. Me limpiaba con despecho, pero me colocaba en el estante ya más tranquilo; y así durante muchas noches.
Yo creo que le dolía ver el breve futuro que le quedaba. No era alentador.
Francesco Bartolomeo del Giocondo, era otro asiduo al taller, aunque por diversas y duales razones: para ver qué había de nuevo, tal vez comprar alguna pintura o escultura, y para supervisar los avances de su hijo, sumamente interesado en la arquitectura aunque con más talento para la pintura.
La providencia dictó la manera en que debían suceder los hechos. El niño tenía listo ya el lienzo donde retrataba a su madre, Lisa Gherardini, para ser expuesto en la feria de la ciudad ¿cómo hizo para derramar la pintura sobre el cuadro? Aún hoy no me lo explico. Al día siguiente, el padre estaba ya a primera hora cerrando el encargo urgente con Enzo para que él repintase a su señora que ahora era una mancha multicolor. Convinieron que se presentase ella a las primeras horas de la tarde. Para trabajar con más celeridad y cuidado, Ciccio decidió cerrar temprano ese día la academia, solo dejó quedarse a Da Vinci debido a que le faltaban algunos toques para terminar una modesta escultura, con la advertencia de que no podría ayudarlo en esta ocasión.
Lisa Gherardini llegó al taller cuando mi jefe daba los últimos retoques a un lienzo casi olvidado, que usaría de base, pintado hace tiempo con montañas, río y lago; hizo también un esbozo de los contornos de la modelo.
La señora saludó a Leonardo, quien le devolvió el saludo distraídamente. Con cada retoque que intentaba a su escultura, la empeoraba aún más.
Enzo le indicó que se sentase, que se quitase el velo si así se sentía más cómoda, pero se negó aduciendo que quería verse pintada con él. Ciccio decidió que lo mejor para que no se notase la diferencia de tiempos de pintura entre el cuadro y la modelo, sería aplicar una técnica nueva, el sfumatto, abrazando los colores en una neblina incierta donde los contornos y uniones de pintura fuesen difusos, permitiendo al espectador sentirse inmerso, navegando dentro de ella.
Fueron horas de arduo trabajo. Tan envolvente que Da Vinci se quedó maravillado observando la evolución del lienzo. Tan envolvente que mi jefe no se dio cuenta de las altas horas la madrugada que eran. Tan envolvente que no supe cuántas combinaciones de colores soporté. Tan envolvente que la modelo nunca se quejó de su postura incómoda con espalda recta y manos entrelazadas.
Lo único que denotaba cuánto tiempo había transcurrido era el gesto de ella dentro del cuadro. En un principio, una sonrisa muy marcada, que se fue apagando por el cansancio hasta quedar en una seriedad fatigada. Me gustó especialmente el resultado final: una breve sonrisa enigmática. El toque de genio que remataba el lienzo.
Cuando Ciccio terminó y ella se acercó a ver el resultado, la señora Gherardini olvidó el cansancio y no cabía de emoción. Mi jefe le indicó que era todo, que sólo le daría unos retoques y quedaría listo. Ella insistió en quedarse a ver el resultado final… ¡si supiese el error que cometía! Leonardo no decía palabra alguna, examinaba la pintura de una manera que infundía miedo. Como obsesionado por encontrar un error, el más mínimo que fuese, sólo uno.
Faltando ya poco tiempo para el amanecer, Enzo Ciccio veía terminada la que sería su última obra.
Lisa Gherardini aplaudió el resultado. Leonardo a pesar de que el maestro le pidió su opinión, no dijo nada. Se mantuvo en la parte poco iluminada del taller. Ambos lo ignoraron y se dieron vuelta admirando el lienzo una vez más.
Maestro, le llamó Da Vinci.
Al girar su cabeza, el discípulo le mató instantáneamente con la pintura roja que descansaba sobre mí. La modelo en el cuadro seguía sonriendo. La real, horrorizada, no alcanzó a gritar y murió de pintura negra.
Con un éxtasis de sangre, furia y envidia, Leonardo tomó ése y varios otros lienzos, una virgen en las rocas, un San Juan Bautista; planos de inventos, bocetos de esculturas y construcciones…
Abatida, ví cómo la pintura se alejó bajo su brazo, despidiéndome con la belleza de esa enigmática sonrisa….
Laranjinha
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Cronopios!
cronopioslammSomos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.
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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Hada Urbana dijo
Éste, el de Ana y el de Cibeles son mi top 3!!! En fin, prometo subir algo pronto, tendrá que ser poesía! Este semestre estoy atorada con mi narrativa... no sé por qué! A lo mejor se me fracturó el aliento para eso y no la vida, como en el poema XD
Saludos chamaco!
. dijo
... a casi un año de que zarparon en un barco de letras y sueños, lleno de alegrías y deseos; rumbo al país de la expresión; 4 tripulantes acompañados sólo de ellas: Soledad y Paz.
Salieron un día en busca de la imaginación, armados de plumas y escudos de papel, surcaron el mar del conocimiento hasta llegar a la isla abandonada del pensamiento y de emoción. Se toparon con tormentas de apatía, aburrimiento y mala ortografía; pero las colonizaron apoyados en sus aliadas y en alguno que otro libro-salvavidas; y así formaron su comunidad en donde algunos los visitan con frecuencia y otros nunca regresan. Sospechando que pronto volveremos a tener noticias de ellos seguimos esperando en el puerto alguna señal de vida.
Así su historia y la de sus aventureras tal vez algún día sean leyenda.
Anónimo dijo
Gracias por el comentario!!! está increíble!!!
Laranjinha
cronopioslamm dijo
Greta? has vuelto?
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