03 Oct 2008
Lalibélula
Bajar a la alberca. No está fría. Templar, templar, templar el cuerpo. Una, dos, tres, cuatro brazadas. Cuatro. Respiro. Cuatro. Respiro. Arriba, abajo las piernas. Cuatro. Respiro.
Nadar
Metros, metros, cientos metros. Arriba, abajo. Luz de sol. Luz que aparece. Luz que ciega. Luz que sube. Arriba, arriba. El inicio.
Antípodas de estrella.
Descansar, brazadas, descansar, brazadas.
Dolor, una, dolor, dos, tres, cuatro, dolor. Flotar. Descansar.
Metros, cientos metros.
El pánico, gritos. Una, dos, descansar, ver un cuerpo flotar. La libélula fría, la luz de sol. Una nadadora inerte, boca abajo, no respirar.
Girar el cuerpo (no respirar), sacar de la alberca (no respirar), arriba gritos, abajo pánico. Gente, dolor.
Antípodas de inicio.
La libélula, fría. La nadadora, respirar. Luz de sol que aparece.
Templar, templar, templar su cuerpo; respirar. Descansar.
Salir de la alberca. Antípodas del inicio.
Frío en el cuerpo.
La libélula.
Laranjinha
21 Jul 2008
Noche y luz
Puedo ver colores encendidos, sus hermosas figuras con movimientos gráciles, como jaguares fosforescentes. Mi cuerpo se siente ligero entre las sombras que los objetos luminosos enmarcan; y todo, incluyéndome, parece girar en círculos lentos o espirales acompasados. No sé cuánto tiempo se escurrió entre las agujas intermitentes, pero las formas comenzaron a opacarse y se difuminaron sus contornos hasta permitir que me asfixiara por completo la oscuridad, esta misma oscuridad opresiva en la que vivo desde que mis ojos dejaron de trabajar por el maldito accidente.
La cabeza me palpita como las manecillas del reloj que se han caído desde que inhalé la hierba por primera vez, Alguien me alcanza la pipa. Puedo sentir la madera caliente en contacto con mis dedos, acerco el encendedor a la boca llena de verde e inhalo, en un desesperado intento por recuperar las estrellas felinas.
02 Jul 2008
Siempre es de Noche
Cuéntame, cómo va cayendo el sol, mientras hablas pensaré, Qué guapa estás que suerte ser…
Él sale cada atardecer, de bastón y lentes oscuros al balcón. Ella se molestaba, se preocupaba por él, le pedía que la esperase; después entendió que él necesitaba oler y escuchar al astro en su declive diario, resecar sus labios con la brisa que llegaba a esas alturas del edificio, donde nada estorbaba, donde él podía extender el brazo, casi sentir…
La mitad del cuento de un atardecer, conservo al escucharte, porque mis ojos son tu voz…
Ella cierra la puerta de vidrio, los aísla en ese balcón; se pone a su lado, toma su mano libre, su libre mano, toma aire, toma sus ojos y toma las palabras para contarle como siempre, sobre el atardecer…
Acércate y cuando estemos piel con piel, mis manos te dibujarán, tu aroma me dirá tu edad…
El sol en su más pequeña parte, esa última pepita de oro que se veía tras las montañas, desciende. Un beso en la mejilla, otro en los labios, tímido. Él reconoce su forma conforme la recorre con sus manos, se enreda en sus cabellos, ella, paciente, con una sonrisa lo mira…
Junto a ti, unidos sin saber porqué, seguramente se me note, el resplandor de una ilusión, porque a tu lado puedo olvidar…
Él llora, le da rabia no poder verla, baja su cabeza con la resignación y aceptación de algo que nunca sucederá. Se borra su lágrima, la toma de las manos, ella lo ve con ternura y le susurra una palabra, quizá dos, ciega el momento para disfrutar éste que saluda a una luna que ya comienza a brillar, él olvida sus ojos…
Que para mí siempre es de noche, pero esta noche es como un atardecer, si logras que a la vida me asome, tus ojos sean los que brillen y la luna que la borren…
Aún recuerda cuando veía; sabe que no se ha ido el sol del todo: allá de frente, los tonos violetas existen. Aquí a su lado, los ojos de ella reflejan el brillo de la luna que redonda, transparente, empieza su recorrido…
Que en mi eterna oscuridad, el cielo tiene nombre, tu nombre, que no daría yo por contemplarte, aunque fuera un solo instante…
Él señala un punto encima del horizonte, donde se funden día y noche, dibuja un nombre en el cielo, lo dice en voz alta. Toma una nube imaginaria, la atrapa, abre su mano y sopla hacia el rostro de ella, como cada día, con la esperanza de verla una sola vez…
Hace frío, es tarde y tienes que volver, que hay alguien que te espera, seguro, una vez más el tiempo se nos fue…
Ella lo besa en la frente, lo abraza, lo guía hacia la puerta de cristal que abre. La cena está cocinada. Se oye música dulce para un apartamento oscuro. Se despide con otro beso en la frente y uno más en los labios, menos tímido, más caluroso, un roce de manos…
Volverás, dime si mañana volverás, como lo has hecho cada tarde, para contarme cómo muere el día…
Habla, él sonríe, asiente con la cabeza. Ella aún no cierra la puerta, lo mira. Él comienza su espera que terminará mañana cuando ella regrese. Huele, recuerda dos besos, sus cabellos, la belleza imaginada con las manos, una promesa de un nuevo anochecer que será narrado mañana, diferente, nuevo, nuevo…
Se marchó ella se alejó de él, pero como en las cartas, los puntos, posdata, se me olvidaba no me presenté, sólo fui testigo por casualidad…
Ella cierra la puerta. Él se levanta y abre la de cristal. Sale al balcón, respira, agita su mano en dirección a mi edificio, no es tanta la distancia, nos separa una calle de unos pocos carriles, se aventura a llamarme, quizá esté yo en casa, Vecino, grita, platicamos un poco…
Hasta que de pronto él me pregunto: Era bella ¿no es verdad? Más que la luna, dije yo, y el sonrió…
Yo también. Cierra su ventana. Su silueta se ve avanzando a la cocina, al cuarto, cada paso metódicamente recorrido. Apaga la luz de la sala principal, prende la del cuarto por costumbre, recorre los cajones, la silueta se desnuda, se viste, entra en cama, enciende su radio y oyendo hacia el techo, se dispone a dormir…
Nunca más se hará reproches, por intentar amanecer, no volverá a perderse en la noche, porque su alma hoy brilla con más fuerza que un millón de soles…
Sueña que es de día. Como cualquier otro suena su despertador y se levanta a oscuras, corre las cortinas y ve la tenue luz de un amanecer. Espera ahí, de pie, hasta que el sol irrumpe y lo ciega. Gira. En un espejo ve su rostro, al fondo ella duerme aún, con medio cuerpo desnudo en las sábanas, él la cubre, hace frío, la besa, sonríen…
Pero en su eterna oscuridad, a veces se le oye a voces, que no daría yo por contemplarte, aunque fuera un solo instante…
Grita el nombre de ella escrito en el cielo. Se sienta al borde de la cama, los codos en las piernas, cubriéndose sus ojos, rogando que al abrirlos no sea oscuridad lo que vea. Que ella esté ahí, frente a él, sonriendo, contándole cómo es la noche, cómo es su rostro, cómo son sus cuerpos entrelazados, cómo son sus sentimientos compartidos, cómo era su oscuridad, cómo es ahora poder verla…
Que no daría yo por contemplarte, aunque fuera un solo instante…
Mientras hablas pensare.
Que guapa estas, que suerte ser
La mitad del cuento de un atardecer
Que observo al escucharte,
Porque mis ojos son tu voz.
Acércate, que cuando estamos piel con piel,
Mis manos te dibujaran,
Tu aroma me dirá tu edad.
Junto a ti, unidos sin saber porque,
Seguramente se me note
El resplandor de una ilusión,
Porque a tu lado puedo olvidar
Que para mí siempre es de noche,
Pero esta noche es como un atardecer,
Si logras que a la vida se asome,
Tus ojos sean los que brillen.
Y la luna que la borren,
Que en mi eterna oscuridad
El cielo tiene nombre: tu nombre.
Que no daría yo por contemplarte
Aunque fuera un solo instante.
Hace frío es tarde y tienes que volver,
Que hay alguien que te espera, seguro.
Una vez mas el tiempo se nos fue.
volverás? , dime si mañana volverás
Como lo has hecho cada tarde,
Para contarme como muere el día.
Y se marcho, ella se alejo de él.
Pero, como en las cartas...: dos puntos, posdata,
Se me olvidaba, no me presente.
Solo fui testigo por casualidad,
Hasta que de pronto, él me pregunto:
Era bella, ¿no es verdad?
"mas que la luna" - dije yo -, y el sonrío.
Nunca más se hará reproches
Por intentar amanecer.
No volverá a perderse en la noche,
Porque su alma hoy brilla con mas fuerza
Que un millón de soles.
Pero, en su eterna oscuridad,
A veces se le oye a voces;
Que no daría yo por contemplarte,
Aunque fuera un solo instante.
... por intentar amanecer,
No volverá a perderse en la noche,
Porque su alma hoy brilla con mas fuerza
Que un millón de soles.
Pero, en su eterna oscuridad,
A veces se le oye a veces.
Que no daría yo por contemplarte,
Aunque fuera un solo instante.
Que no daría yo por contemplarte,
Aunque fuera un solo instante.
25 May 2008
Flotar (Sobre la belleza VIII)
Sientes el estruendo que sacude todo el edificio. Antes de asomarte para averiguar qué sucede, el humo absorbe el panorama.
Tú y otros tratan de usar las escaleras de emergencia; el fuego lo impide.
Corren al otro extremo de la planta y abres la ventana agitando tu camisa en señal de auxilio. Pasan los minutos.
Los equipos de emergencia no hallan la manera de llegar a los pisos superiores.
Un hueco en el estómago te hace pensar que no volverías a ver a tu familia. Sudas de desesperación y por el calor que llega desde más abajo, No hay manera de que salga, o tal vez sí, por la ventana, sólo es una caída de unos cuantos cientos de metros, piensas.
Arrojas la camisa viéndola flotar y descender suavemente, admirando la belleza de su navegar. Así que decidido, te avientas.
Caigo. Miro hacia arriba. La camisa, tardará varios minutos en llegar al suelo.
28 Abr 2008
De Da Vinci y la Mona Lisa... (O sobre la Belleza VII)
Confesión hecha por la paleta de Enzo Ciccio
Yo trabajaba para Enzo Ciccio, pintor de 47 años, oriundo de esta ciudad de Florencia.
Él tenía este taller. Venían chicos y no tanto de muy diversos lugares a aprender de él. Era un genio: podía instruirlos acerca de arquitectura, pintura, escultura, ingeniería e incluso los conminaba a hacer sus propias invenciones.
Uno de esos no tan chicos era Da Vinci, Leonardo de nombre, con poco más de 50 años cuando sucedió aquello. Ya era bien conocido en el taller, por los discípulos y por Enzo, quien no dejaba de apoyarlo a fin de que puliera sus limitados conocimientos en las diversas disciplinas que Ciccio enseñaba. Incluso en innumerables ocasiones se quedaban ellos dos, y yo por supuesto ayudándolos, a mejorar sus técnicas de pintar. Con infinita paciencia, mi jefe corregía los detalles que aparecían en todos los cuadros de Leonardo, quien en esos momentos bajaba la vista, exhalaba un suspiro desesperado y me veía como si yo tuviese la culpa de un trazado de más o una errónea mezcla de colores. Me limpiaba con despecho, pero me colocaba en el estante ya más tranquilo; y así durante muchas noches.
Yo creo que le dolía ver el breve futuro que le quedaba. No era alentador.
Francesco Bartolomeo del Giocondo, era otro asiduo al taller, aunque por diversas y duales razones: para ver qué había de nuevo, tal vez comprar alguna pintura o escultura, y para supervisar los avances de su hijo, sumamente interesado en la arquitectura aunque con más talento para la pintura.
La providencia dictó la manera en que debían suceder los hechos. El niño tenía listo ya el lienzo donde retrataba a su madre, Lisa Gherardini, para ser expuesto en la feria de la ciudad ¿cómo hizo para derramar la pintura sobre el cuadro? Aún hoy no me lo explico. Al día siguiente, el padre estaba ya a primera hora cerrando el encargo urgente con Enzo para que él repintase a su señora que ahora era una mancha multicolor. Convinieron que se presentase ella a las primeras horas de la tarde. Para trabajar con más celeridad y cuidado, Ciccio decidió cerrar temprano ese día la academia, solo dejó quedarse a Da Vinci debido a que le faltaban algunos toques para terminar una modesta escultura, con la advertencia de que no podría ayudarlo en esta ocasión.
Lisa Gherardini llegó al taller cuando mi jefe daba los últimos retoques a un lienzo casi olvidado, que usaría de base, pintado hace tiempo con montañas, río y lago; hizo también un esbozo de los contornos de la modelo.
La señora saludó a Leonardo, quien le devolvió el saludo distraídamente. Con cada retoque que intentaba a su escultura, la empeoraba aún más.
Enzo le indicó que se sentase, que se quitase el velo si así se sentía más cómoda, pero se negó aduciendo que quería verse pintada con él. Ciccio decidió que lo mejor para que no se notase la diferencia de tiempos de pintura entre el cuadro y la modelo, sería aplicar una técnica nueva, el sfumatto, abrazando los colores en una neblina incierta donde los contornos y uniones de pintura fuesen difusos, permitiendo al espectador sentirse inmerso, navegando dentro de ella.
Fueron horas de arduo trabajo. Tan envolvente que Da Vinci se quedó maravillado observando la evolución del lienzo. Tan envolvente que mi jefe no se dio cuenta de las altas horas la madrugada que eran. Tan envolvente que no supe cuántas combinaciones de colores soporté. Tan envolvente que la modelo nunca se quejó de su postura incómoda con espalda recta y manos entrelazadas.
Lo único que denotaba cuánto tiempo había transcurrido era el gesto de ella dentro del cuadro. En un principio, una sonrisa muy marcada, que se fue apagando por el cansancio hasta quedar en una seriedad fatigada. Me gustó especialmente el resultado final: una breve sonrisa enigmática. El toque de genio que remataba el lienzo.
Cuando Ciccio terminó y ella se acercó a ver el resultado, la señora Gherardini olvidó el cansancio y no cabía de emoción. Mi jefe le indicó que era todo, que sólo le daría unos retoques y quedaría listo. Ella insistió en quedarse a ver el resultado final… ¡si supiese el error que cometía! Leonardo no decía palabra alguna, examinaba la pintura de una manera que infundía miedo. Como obsesionado por encontrar un error, el más mínimo que fuese, sólo uno.
Faltando ya poco tiempo para el amanecer, Enzo Ciccio veía terminada la que sería su última obra.
Lisa Gherardini aplaudió el resultado. Leonardo a pesar de que el maestro le pidió su opinión, no dijo nada. Se mantuvo en la parte poco iluminada del taller. Ambos lo ignoraron y se dieron vuelta admirando el lienzo una vez más.
Maestro, le llamó Da Vinci.
Al girar su cabeza, el discípulo le mató instantáneamente con la pintura roja que descansaba sobre mí. La modelo en el cuadro seguía sonriendo. La real, horrorizada, no alcanzó a gritar y murió de pintura negra.
Con un éxtasis de sangre, furia y envidia, Leonardo tomó ése y varios otros lienzos, una virgen en las rocas, un San Juan Bautista; planos de inventos, bocetos de esculturas y construcciones…
Abatida, ví cómo la pintura se alejó bajo su brazo, despidiéndome con la belleza de esa enigmática sonrisa….
Laranjinha
06 Abr 2008
Cauce
El río vuela sobre las rocas. Acaricia las plantas. Baila con los peces.
Es pequeño, aún lento, ve el paisaje. Sabe que allá a lo lejos, está su madre,
Es de noche y el viento le ayuda a correr. Se le unen hermanos que lo hacen aumentar de tamaño. Es optimista, a este paso llegará en menos tiempo.
Amanece con retraso debido a las nubes que descargan su sudor sobre él. Miles de gotas se hunden en su espalda. Es veloz, ya no es un niño. A veces logra ver a su madre entre el verde y entre las montañas.
Un rayo cae en el bosque: tira varios árboles; sus troncos se impactan en
el recorrido, le estorban, pasa goteando entre ellos. Desespera. La lluvia sigue cayendo,
No hay sol, ya no hay lluvia. Siente un escalofrío.
Cae la segunda noche, mañana llegará a su destino.
El viento, ayer aliado, lo detiene en esta oscuridad. Lo empuja. El río llora al sentir la traición. Se aferra, no acepta esta contrariedad, sin embargo son pocas sus fuerzas, lleva ya muchas horas de camino. Llora aún más.
El cielo derrama lágrimas con él. Eso le ayuda a aumentar un poco su velocidad. Pero el aire y la luna blanca le dicen que no, que no llegará.
Siente su cuerpo entumecerse, tiene frío, ya no son gotas las que caen sino extraños lunares que nunca antes había visto. Mira las orillas poblarse de blanco lentamente.
Sus extremidades se detienen, se vuelven rígidas. Logra ver a su madre, más cerca, aún lejos. Ya no quiere llorar pero no puede evitarlo. Se detiene. Se congela.
Nunca llegará.
20 Mar 2008
La marcha y el retorno

La arena se desliza entre los dedos de mis pies. Je t'adore, escribí con la torpeza que otorga la falta de costumbre. Miro tus ojos y el lunar, bajo el derecho, me sonríe como las gaviotas; tu cabello de abedul, largo y rizado, se columpia sobre la brisa de sal, mientras tu arete redondo parpadea en la parte superior de tu oreja, incitado por el sol del estío.
Sudor. Tanto andar en bicicleta, la húmedad del ambiente y los nervios han activado nuestras glándulas hasta volverlas locas. Decidimos entrar a la pequeña alberca del hospedaje; no refresca pero aquieta las mariposas. La pelota amarilla brinca de tus manos a mis yemas con un gesto alborozado.
En el estéreo baila la letra: Perdiendo imagen a tu lado estoy mi vida, mañana será un nuevo punto de partida, mientras secamos el cloro en nuestros cuerpos con toallas fraccionadas en blanco y azul. Unas nubes anaranjadas de atardecer se corretean para encontrar la noche, y el plop de una botella de vino le hace los coros a la música.
Usas la reina de espadas negras en un intento de embrigarme y, cuando la última gota etílica se termina, emprendemos la caminata oscura: hora y media de pasos vacilantes nos conducen a la tienda más cercana. Un taxi nos regresa al par de camastros que quedaron fríos. El juego de ademanes espera.
La bola blanca entra, pese a tus esfuerzos, la bebida en tus venas se ha puesto de mi lado y, sin embargo, la negra se esconde en una butaca y pierdo, el juego, la coordinación y la poca resistencia que yo había mantenido entre nosotros, como si la marea de la tarde, con el chocar de sus olas, hubiera influenciado a mi inconsciente.
Explosiones de saliva recorren nuestras venas a segundos. Risas, dedos, guiños, fotos y algo más. El último suspiro de la noche nos entrega al vocablo de las aves.
Camión, asientos, carretera y ciudad. Volvemos a nuestras casas y, con el simple abrir de las maletas, descubrimos la monotonía de nuestras vidas.
Exilios
Torturado
¿No sientes asco? ¿Alguna vez te ha remordido la conciencia? ¿O ni siquiera lo piensas? Ya sé, me vas a decir, para tranquilizar tu conciencia, que en eso no puedes pensar, que si no, no podrías dormir, no jodas.
Me vas a torturar, tú y tu superior, seguramente moriré, y otros seguirán aquí, para tu deleite. Mira a tu alrededor cuántos somos. Pero no será para siempre, y eso es algo que no les interesa, sólo ven en el efecto inmediato, no se dan cuenta de lo que están haciendo ¿Realmente estamos confrontados? ¿Alguien gana? Ahora me cortarán, me quitarán capas de mi tronco listas para usarse en infinidad de productos y ganar dinero. Me van a dar una muerte indigna, ni siquiera es por un ideal, es sólo para hacer más ricos a unos cuantos, y de paso acabar con nosotros. No te preocupes, el mundo se irá a la mierda en más años de los que tú puedas vivir, no quedará en tu conciencia, quedará en la de generaciones más allá; tal vez no sea esto lo que joda todo, sino primero venga la falta de agua, entonces tú con más razón te podrás lavar las manos, aunque una cosa lleva a la otra ¿Que sólo eres un instrumento? ¿Que sólo sigues órdenes?, pues aún peor, no sólo matas, sino que lo haces mecánicamente sin el menor atisbo de voluntad, venga, cuanto más rápido mejor, empieza ya lo que viniste a hacer. Estoy listo.
Es injusto tu trato. Yo no pedí encontrarme en medio de esta guerra. Ni te imaginas lo que me sucedería si me niego a cumplir órdenes. Además no sabría cómo hacerlo. Así nos hicieron. Estamos programados para obedecer.
Yo no deseo hacerte esto. Ya llegará mi capitán, y me tomará, empezaré a girar mis navajas y entraré en tu cuerpo. Soy lo más bajo de este escalafón. Es inútil, ilusorio, pensar que esas grandes empresas se preocupan por esta mínima charla que tú y yo tenemos. Ante todo, está el dinero. En lo más bajo, cumpliendo las órdenes, estoy yo; haciendo el trabajo sucio, para que todo esto, todo nuestro alrededor, se ennegrezca más y nadie se ensucie las manos. Al menos no los de hasta arriba. No necesitas recordarme que no tengo voluntad. Porque sí la tengo. Y es peor. La tengo y no puedo usarla, no puedo hacer nada al respecto. Yo no quiero tirarte. Pero sólo sigo órdenes. No espero que me entiendas. Espero que alguna vez me perdones. Sólo somos el instrumento.
Ahora sí, a hacer el trabajo, hoy te toca a ti, pero no te preocupes, en realidad tú no me interesas en lo más mínimo, te cortaré y ya después te venderemos, no te preocupes, tengo demasiada experiencia, mira detrás de ti, simplemente el día de hoy, eres el número 50 que voy a cortar, es rápido, casi diría sin dolor. Además ¿ustedes no sienten, verdad? No me malentiendas, sé que eso de cortarlos pues no hace muy bien pero qué quieres, es mi trabajo y lo voy a hacer, todavía hay demasiados de tu clase regados por todos lados ¿Qué diferencia hay si te corto a ti también?, ni siquiera podrías pedir clemencia, no hay nidos en tu cabeza, solo eres tú, lo cual lo hace más fácil. ¿Qué pasa? Se ha trabado el serrucho, estúpido instrumento de mierda, inútil, hasta parece que no quieres cortar a éste. Será mañana. Por hoy, querido roble te has salvado, y tú, al deshuesadero, que ya no me sirves para nada, conseguiré otro.
Laranjinha
03 Mar 2008
Mero Trámite
Se sienta tranquilamente. Sonríe. Un análisis más cercano deja ver un ligero temblor en los labios, seguido de un casi imperceptible hueco en el estómago, en el momento en que ve todo el panorama.
Charla un poco con su amigo mientras señala a una guapa chica unas filas más abajo. Piden cervezas y palomitas. Falta media hora todavía.
Lo recorren escalofríos cuando sale su equipo, aplaude, grita algo, mira los papeles que vuelan. Continúa con la misma confianza al salir el equipo contrario. Se jacta de la superioridad local, sólo un gol y listo, a la final. Mero trámite.
Quince minutos y partido tenso, que es otra manera de decir aburrido. Se cambia varias veces de posición en su asiento, está serio. Ve la tribuna y a la chica de abajo. En el campo no sucede nada.
Media hora de juego y los locales apenas han tenido una oportunidad. Se lleva la mano a la boca, todavía no se empieza a morder las uñas, pero pronto será una posibilidad. Pide otra cerveza, le da un largo trago que se le atraganta cuando los visitantes logran un gol. Trata de calmarse, hace un comentario y mira el reloj. Hay tiempo, pero ahora son dos goles.
Termina el primer tiempo. Ya con el ceño fruncido, tensa el cuello y grita hacia el entrenador que baja al vestuario. Pensar que lo escuchó lo hace calmarse, No pasa nada, no pasa nada, los goles siempre han venido en el segundo tiempo, somos locales, tenemos mejor equipo, no pasa nada, no pasa nada, piensa. Termina su cerveza; va al baño a tirar los nervios.
Comienza el segundo tiempo. A los diez minutos ya tiene dos uñas menos.
Contragolpe veloz, abre los ojos, estruja la bolsa de palomitas; entrada del delantero en el área, se levanta ligeramente del asiento, las endorfinas inundan su cerebro, viene el disparo, se levanta totalmente, brinca de alegría cuando la red recibe el balón y el árbitro señala el centro del campo, se abraza con su compañero, trata de ver a la chica pero las banderas que ondean en su sección y en todo el estadio le hacen olvidarla, cierra el puño victoriosamente y retoma la confianza que ya empezaba a menguar hacia los 55 minutos de partido. Vamos, sólo es otro gol, queda tiempo.
La ira lo invade segundos después cuando el árbitro amonesta por segunda vez al delantero centro por haberse quitado la camisa. Hace una rabieta, le grita al de negro algo sobre su madre y avienta la bolsa con pocas palomitas tratando de que llegue al campo. Por un instante siente miedo al estar a punto de pegarle a la chica, pero ríe ruidosamente al ver que el blanco fue aquél vendedor de pizzas que tiene ahora granos de maíz en el pelo. Le aplaude ceremoniosamente al autor del gol en su camino a los vestidores. Tranquilo, hay tiempo, le grita.
Euforia. Al minuto 75, penalti a favor de los locales. Ni siente las ganas de volver al baño, se abraza con su amigo. Platica con el señor de junto sobre lo justo que es el árbitro, Fue un penal clarísimo, salud.
Se mantiene en pie. Seca un sudor inexistente en frente y boca. Se raspa la barba. El hueco de angustia en el estómago vuelve, tan cerca de la gloria, tan cerca del pase a la final. Los nervios: en sus pies anclados y en sus piernas bailando.
Se le acaba la voz al gritar gol. Ve el reloj. Pide otra cerveza para festejar. Trata de establecer contacto visual para brindar con la chica. En la celebración, lo empujan al beber. Se ensucia su jersey. Perdona inmediatamente al culpable con un apretón de manos lleno de confianza en el triunfo. Ríe, grita, la adrenalina lo recorre.
Minuto 90. Se repondrán dos minutos de juego. Canta y grita al unísono todo el estadio.
Siente un golpe en la cara, el pecho, las piernas. Gol del equipo visitante. Mira incrédulo al árbitro que corre al centro del campo; niega que esté pasando lo que sus ojos ven, pero no registran. Mira su reloj, queda un minuto, un último minuto. La angustia regresa, ha perdido el estómago, ahora sólo existe un hoyo.
En 60 segundos, acaba con las uñas, le grita al árbitro, al entrenador, avienta su vaso vacío de cerveza que le pega ahora sí a la chica. Logran el contacto visual, ve que ella le grita algo y a cambio él le hace una mentada de madre.
Se cubre nariz y labios con las manos, pero sigue viendo al árbitro cuando pita el final. Se da cuenta que el tan escuchado silencio sepulcral sí existe; existe en el estadio y dentro de sí mismo.
Una expresión incrédula, de boca abierta y ojos vidriosos le hacen sentarse. Casi ni mira a la chica cuando ella pasa junto a él camino a la salida. Con los brazos recargados en las piernas, cabeza hundida, las lágrimas empiezan a salir. Siente el pecho ahogado.
Su compañero hace un comentario sarcástico que le indigna, siente de manera precisa cómo la furia recorre su cerebro, inyecta los ojos, va hacia cuello, hombros, brazos, a su mano, ahora un puño que se estrella contra la cara del traidor.
Paga sus cervezas, sale del estadio. Un escalofrío lo recorre. Se ajusta la chamarra y camina a casa.
Laranjinha
28 Feb 2008
Aún no es medianoche
Ésta es una historia que se ha contado mil veces: una princesa que pierde su zapatilla, el príncipe que busca con desesperación a la dueña, una zapatilla que encaja sólo en el pie correcto, y todo reunido en el final feliz de un cuento de hadas. Con el tiempo han surgido variantes, ésta es sólo una de ellas.
Una princesa con las uñas pintadas de rojo está sentada bajo un farol; su vestido es rosa, desgarrado y sucio; usa una sola zapatilla en el pie izquierdo, hunde su cara entre las piernas recogidas que sus brazos rodean. Quizá llore, pues tiembla, mas no se percibe el sonido del llanto, tal vez sólo sea frío.
Las personas pasan sin notarla, también transcurre el tiempo y, aún con la cara escondida, baja una mano; con ella parece limpiarse el maquillaje corrido. Más movimiento y ella al fin descubre su rostro. Con un estilo lento, cotidiano, lleva el cigarro a sus labios partidos. Lo enciende. Mira arriba, al silencio, mientras aspira los primeros hálitos de aire tóxico, y la punta del tubo que se lo otorga brilla en un naranja de fuego. Su peinado cedió hace horas y no usa tiara.
Aún mirando las estrellas, su boca pierde una vez más el humo y ahora exhala, Cuántas zapatillas me quedan, dime cuántas malditas ampollas tienen que soportar mis pies antes que ellos decidan que, al final, la estúpida zapatilla no era más que un simple zapato. Baja la cabeza, remueve el calzado incompleto y se levanta poco a poco. Camina dejando pequeños puntos rojos en la acera, y en su cara se ilumina un esbozo de sonrisa dolorida. Tararea una canción melancólica. Arranca una flor del macetero de la esquina y arroja la colilla hacia la calle. Los coches zumban; aún no es medianoche. Deja el zapato donde la flor vivía hace unos instantes, camina hasta el siguiente farol y espera. Un hombre que se ha acercado le dedica unas palabras, ella sonríe, le ofrece la flor y ambos caminan hasta un coche blanco.
Él sale de un edificio, sube al carro y, mientras arranca, deja caer la rosa por la ventana. Arriba, en el cuarto piso, una figura apoya su mano contra el cristal y usa ropa que parece haber sido rosa, Cuántos finales felices se necesitan para encontrar mi zapatilla, pregunta la princesa sin tiara que ahora abre una botella de whiskey y bebe sin respirar; unas gotas escurren por su barbilla hasta perderse en los harapos que le cubren el cuerpo, al fin separa aquel cuello de sus labios partidos, No hay tal zapatilla, yo debería arrancarme la idea de que alguna vez la hubo. La garganta de vidrio regresa a sus labios. En la mesa de noche hay un jarrón con rosas rojas que ansían terminar de morir. La princesa llora. Esta vez se escucha su dolor.
El vestido rosa tiene una flor en la mano y esperan bajo un farol, recargados en la pared. Un hombre se acerca y, sonriendo, la mujer le entrega la rosa. Ambos caminan hasta un coche blanco.
Él sale del edificio con anuncios de luces neón mientras una figura apoya su mano contra el cristal. Cuántos zapatos sin zapatillas ha usado esta princesa, Cuántos zapatos más antes de la medianoche, pregunta una flor entre el maquillaje escurrido.
Sobre este blog
Cronopios!
cronopioslammSomos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.
Saludos!
Acuarela, Laranjinha, St. Patrick y Hada Urbana.
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