01 Nov 2011

Noviembre...

Escrito por: cronopioslamm el 01 Nov 2011 - URL Permanente

Ya es Noviembre.

La hoja se queda en blanco, porque todo es posible...

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06 Sep 2011

Tus Manos

Escrito por: cronopioslamm el 06 Sep 2011 - URL Permanente

La primera vez que las sintió no fue muy consciente de ellas; estaban totalmente apretadas, aferradas a algo, no sabe a qué, buscando qué sujetar, quizá a sí misma, mientras lloraba. Posteriormente la pusieron en el pecho de su madre y se calmó un poco. Incluso llegó a abrirlas. Luego sería experimentar con cualquier objeto que se pusiera enfrente. Se quemó un par de ocasiones y aprendió que si se veía rojo, quemaba. Por ello tardó tanto en tomar confianza y jugar con una pelota de ese color.

Creció y fueron cosas más complicadas como saber peinarse, abrochar sus zapatos azul marino ¾como se los pedían en la escuela¾ o amarrarse las agujetas de los tenis cada martes y jueves que tenía educación física. De la primera vez que tomó de la mano a un niño, ni hablar, eso fue en el kinder; luego a los 8 años, no, las niñas no nos llevamos con los niños, así que a hacer de cuenta como que eso nunca sucedió. Lo que no pudo ocultar fue tiempo después cuando Roberto la tomó de sorpresa y le dio un beso, entonces sus manos fueron las encargadas de darle un empujón al atrevido, aunque en el fondo le había gustado y logró que se posaran fugazmente entre panza y pecho para aventarlo, pero eso sólo se lo confesó a Karla, mientras movía los dedos sin parar.

Con sus manos tomó de las suyas al chico que le gustaba en secundaria, lo abrazó, y con ellas también pasó muchos exámenes, aunque reprobó matemáticas en el último año y en parte fue culpa de la mano, porque la diferencia entre un 6 y un 5 fue esa última operación donde era un signo de más, no menos.

Sus manos tomaron las de Margarita cuando lloró porque su madre había muerto. Sus manos desnudaron tímidamente a Marco. Sus manos recibieron el título universitario y estrecharon durante tres segundos, de arriba a abajo, las del rector. Sus manos le dieron una cachetada a Marco por su infidelidad luego de tantos años juntos y se juntaron en una oración pidiendo poder ya superarlo.

El dorso poco a poco se fue tiñendo de azul, de verde, conforme fue creciendo y ellas eran testigos de las experiencias que su dueña iba acumulando. Claro, como todas la manos, se cortó alguna vez al picar verduras; o disfrutaba tocando la seda traída desde los dominios de Hara Kei, o al meter la mano en un costal lleno de lentejas.

Aferró sus manos a las del esposo. En los buenos momentos, sí, también en los malos. A veces seguían saliendo a la calle tomados uno del otro, pocas, pero seguían haciéndolo. Él nunca aprendió a bailar, así que seguía utilizándolas junto con los pies para guiarlo en los salones de baile.

No le gustaba el sentir de los libros nuevos, por ello prefería ir a los de viejo; mientras pasaba por las estantería revisando los títulos, los dedos recorrían los lomos y en realidad se guiaba más por ese sentir, que por el autor, título o la portada para decidirse por uno.

Con esos dedos se secó lágrimas: de los ojos, de las mejillas, del vestido. Con esos dedos se veía al espejo y se retocaba el maquillaje para salir de la soledad de la habitación y aparentar que nada había sucedido. Pero los dedos seguían ligeramente húmedos.

Con sus manos rompió platos por la impotencia. Con sus manos bordó bufandas por ternura. Con sus manos escribió cartas por recuerdo.

Se llenaron de lunares, se volvieron huesudas, las venas aún más a la vista. Un día, en casa, bajando la escalera principal, la izquierda se sostuvo del barandal, la otra fue al pecho; luego ambas a sujetarse de su esposo, a sujetarse a si misma y a su vida que se le iba en el hospital. Y si ya era irremediable, mejor decir con la boca, y también con las manos, que no, no moriría ahí, moriría en casa, sintiendo sus propias sábanas, los abrazos de la familia que preocupada la cuidó en su última enfermedad. Ella entrelazó los dedos con los de él, mientras la sangre dejaba ya las arterias de sus manos, primero de la izquierda, luego de la derecha. Expiraron cerrándose, aferrada a no sabe qué, quizá a sí misma, como aquella primera vez.

Laranjinha

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17 May 2011

Poetas y Poesía

Escrito por: cronopioslamm el 17 May 2011 - URL Permanente


Hoy hace dos años murió Mario Benedetti. Ésta fue la entrada de José Saramgo en su blog, dos días después de la muerte del poeta uruguayo...

Poetas y poesía

Por José Saramago

No será con todos ni será siempre, pero a veces ocurre lo que estamos viendo estos días: que, porque ha muerto un poeta, aparecen en todo el mundo lectores de poesía que se declaran devotos de Mario Benedetti, que necesitan un poema que exprese su desconsuelo y tal vez también para recordar un pasado en que la poesía tuvo un lugar permanente, cuando hoy es la economía la que nos impide dormir. Así, vemos que de repente se establece un tráfico de poesía que habrá dejado perplejos los medidores oficiales, porque de un continente a otro saltan mensajes extraños, de factura original, líneas cortas que parecen decir más de lo que a primera vista se cree. Los descifradores de códigos no dan abasto, demasiadas enigmas para descodificar, demasiados abrazos y demasiada música acompañando sentimientos que son demasiados: el mundo no podría soportar muchos días de esta intensidad emocional, pero tampoco, sin la poesía que hoy se expresa, seríamos enteramente humanos. Y esto, en pocas líneas, es lo que está sucediendo: murió Mario Benedetti en Montevideo y el planeta se hizo pequeño para albergar la emoción de las personas. De súbito los libros se abrieron y comenzaron a expandirse en versos, versos de despedida, versos de militancia, versos de amor, las constantes de la vida de Benedetti, junto a su patria, sus amigos, el fútbol y algunos boliches de trago largo y noches todavía más largas.

Murió Benedetti, ese poeta que supo hacernos revivir nuestros momentos más íntimos y nuestras rabias menos ocultas. Si con sus poemas salimos a la calle – codo a codo somos mucho más que dos -, si leyendo “Geografías”, por ejemplo, aprendimos a amar un país pequeño y un continente grande, ahora, según las cartas que llegan a la Fundación, se recuperan momentos de amor que dieron sentido a tiempos pasados, y quién sabe si presentes. Eso también se lo debemos a Benedetti, el poeta que al morir hizo de nosotros herederos del bagaje de una vida fuera de lo común.

Tania y Mario: la libertad*

No es verdad que el mundo está todo descubierto. El mundo no es sólo la geografía con sus valles y montañas, sus ríos y sus lagos, sus planicies, los grandes mares, las ciudades y las calles, los desiertos que ven pasar el tiempo, el tiempo que nos ve pasar a todos. El mundo es también las voces humanas, ese milagro de la palabra que se repite todos los días, como un corona de sonidos viajando en el espacio. Muchas de esas voces cantan, algunas cantan verdaderamente. La primera vez que oí cantar a Tania Libertad tuve la revelación de las alturas de la emoción a que puede llevarnos una voz desnuda, sola delante del mundo, sin ningún instrumento que la acompañara. Tania cantaba a capella “La paloma” de Rafael Alberti, y cada nota acariciaba una cuerda de mi sensibilidad hasta el deslumbramiento.

Ahora Tania Libertad canta a Mario Benedetti, ese gran poeta a quien tan bien le sentaría el nombre de Mario Libertad…

Son dos voces humanas, profundamente humanas, que la música de la poesía y la poesía de la música han reunido. De él la palabras, de ella la voz.

Oyéndolas estamos más cerca del mundo, más cerca de la libertad, más cerca de nosotros mismos.

http://youtu.be/tgVAhZSMet4 PAPEL MOJADO - Tania Libertad y Joan Manuel Serrat. Del disco La Vida Ese Paréntesis con poemas musicalizados de Mario Benedetti

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15 Abr 2011

Un veintitantos de marzo de 2002...

Escrito por: cronopioslamm el 15 Abr 2011 - URL Permanente

Dijo Platón, en el libro duodécimo del Civitas Dei, que al cabo de los siglos, todas las cosas volverán a su estado anterio.

Me da mucho miedo que lo que ha pasado en los últimos días pueda ser definitivo. Supongo que por ello me aferro a lo que PLatón dice. Sólo es cuestión (si las cosas, o la vida en sí, no resultan como espero) de aguardar al fin de los siglos para que todo vuelva a su estado anterior, a lo que yo entiendo como "estado original"; lo que me lleva a pensar, invariablemente, en tí y en mí juntos.
Últimamente he pensado en aquél día de marzo (con eso de que recuerdo muy bien las fechas -¡y sin ver la agenda, eh!- me aventuraré a decir que fue un veintitantos de marzo de 2002) cuando estuvimos platicando afuera de tu casa en avenida Veracruz, sobre la posibilidad de vivir en Madrid. Tengo la noción de que ese día vestías una blusa blanca y yo una camisa roja (y si no es así, creo que así será de ahora en adelante porque al yo escribir esto, es una manera de fotografiarlo en la memoria, hasta que un día leas, lea esto, y entonces ya no haya duda de que tú vestías de blanco y yo de rojo, aunque no haya sido así... Pero confiemos en mi memoria, no recuerdo tan bien los colores -soy hombre, después de todo- como los números de los días y los sucesos, pero creo que sí vestíamos de aquella forma...), nos recostamos en los asientos de Cornelio. Eran creo, las cinco de la tarde, nos habíamos visto un poco antes de lo habitual (que si recuerdas, generalmente era a las cuatro o cuatro y media de la tarde) porque tenías que llegar antes a casa (eso sí no recuerdo por qué...aunque tampoco recuerdo qué fue lo que habíamos hecho...y no, no lo veré en la agenda - que según yo sí está marcado como el día que hablamos sobre Madrid- ya que éste es un ejercicio de la memoria. Supongo que hicimos algo por ahí cerca, caminamos por los Condesa o por el Parque España, o fuimos a Roxy).
No pusimos música (aunque está la duda, así que será como con la manera en que estábamos vestidos, se quedará como si fuese una verdad absoluta) aunque el radio estaba prendido con es aluz verde que tenía el original estéreo de Cornelio. Platicábamos de cualquier cosa y una llevó a la otra, es decir, jóvenes como éramos, a hablar sobre el futuro.
Empezamos con los pronósticos sobre cómo nos veíamos en unos años, y muy pronto decidimos que en algún momento, tendríamos que vivir en Madrid. Era un veintitantos de marzo de 2002 y ese anhelo se veía posible, aunque siendo realistas, aún lejano. Para dentro de muchos, muchos años.
(Ahora me asalta la duda: ¿qué tal que era un diecialgo de marzo? De todos modos el margen de error es una o dos semanas a lo mucho).
Recuerdo mi vista con el asiento reclinado, diría que acostado; me pediste que te hablara de Madrid (había ido apenas un año antes). Y mientras por el quemacocos descorrido (que no abierto) veía las hojas negras del árbol encima de nosotros que no lograba tapar un cielo totalmente blanco, te hablé de lo muy muy poco que vi de Madrid en aquella ocasión.
Recuerdo tu sonrisa y tu emoción a a par de mi descripción de Sol, Gran Vía, la Plaza de España, Cibeles y El Prado. Dieron las cinco y media (quizá hasta dieron las seis) y te tuviste que ir. Para cuando bajaste del coche, teníamos ya seguro que en algún momento de nuestras vidas, viviríamos juntos en Madrid.
Como tantas veces en aquellos primeros meses, te despedí viendo tu silueta alejarse por el vidrio garigoleado de la entrada, luego de decirnos adiós con la mano, tú en la puerta, yo en Cornelio, motor encendido y un avance de unos cuantos centímetros, tú que sonríes y vuelves a despedirte y vuelves a sonreír y cierras el vidrio, la entrada, la puerta, y tu silueta detrás, se aleja, lo justo para yo dejar de verla y arrancar, mientras tú te quedas ahí, a unos pasos solamente, antes de girar para ver los faros rojos irse definitivamente y ahora sí tú enfilar a las escaleras, las perras y la casa, mientras yo ahora sí el radio, escuchar cualquier cosa (eran los días en que yo escuchaba más radio musical que otra cosa, eran los días en que yo usaba lentes de colores) y manejar a casa.
Nos dormimos ese diecialgo, o ese veintitantos de marzo de 2002, con una ilusión nueva y firme.
Cuando después de que los siglos acaben, todo regrese a su estado anterior, a mí me gustaría que ése fuera uno de los días a los cuales vuelva. Son tantos...
(Sólo hemos cumplido parcialmente. Aún falta...)

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01 Abr 2011

Roma Norte

Escrito por: cronopioslamm el 01 Abr 2011 - URL Permanente

Hay una señora que todas las tardes, a las tres, va al parque que está en Río de Janeiro a alimentar a las aves. Es una señora que tendrá unos sesenta y cinco, setenta años. Llega con una blusa de color deslavado; chaleco de lana marrón; falda larga, lisa, dejando sin cubrir una mínima vista, arriba de los tobillos, de las medias crema resistentes de todo un año, quizá dos o tres; zapatos gastados negros, ya sin suela; cabello oscuro, o pintado para parecer más cercana a los sesenta y cinco, más lejana de los setenta. Carga una bolsa de plástico que cambia dependiendo el color que le hayan dado en el mercado: amarilla, azul casi fosforecente, gris, blanca…

Se va al fondo sur del parque, donde una pequeña explanada está dividida por una carril de arbustos. Del lado derecho, esparce granos en un diámetro de unos cuantos pasos, por aquí por allá. Los pajarillos, esos marrón chiquitos que dan saltos y saltos, se acercan, expectantes, pero sin invadir. Algunos se quedan en el límite del círculo de comida, apenas sometiendo al instinto que les exige devorar esas semillas. Otros, los más experimentados y antiguos del parque, esperan en los árboles.

La señora saca otra bolsa, una de pan de caja, donde tiene migajón que avienta en pedazos pequeños sobre los granos, o un tanto afuera. Las palomas repiten el comportamiento de los pajarillos, algunas abajo, la mayoría en los árboles. La señora acaba de esparcir la comida, se aleja, y aquello se vuelve un festín glotón donde decenas de pajarillos arrasan con las semillas y unas cuantas palomas acaban con los trozos de migajón.

Ella no ha terminado. Rodea la fila de arbustos y repite los mismos pasos, el esparcir, y las pacientes aves, de este lado del parque, que van llegando y no han visto la farra a unos metros, o saben que acá les va a tocar más comida porque son menos.

La señora se va, dobla las bolsas completamente vacías y da una mirada al suelo limpio de un lado, casi igual del otro. Se pierde entre le gente que a diario cruza este parque, gente común, como ella, que acaso no ha reparado en su gesto, cada quien lo suyo, estudiantes, oficinistas, parejas, vendedores, ancianos, bebés en sus carreolas, David en la fuente al centro que mira hacia el norte y tampoco se entera (nunca lo hará) de la señora que dedica una parte de su día a conseguir las semillas, a guardar el migajón, a caminar una cuadra, quizá dos o tres, y regresar a casa, día tras día, sin que nadie se lo pida. Algunos adoptan perros callejeros, otros se detienen y enderezan un arbolito torcido, o le quitan la basura a la jardinera a una lado de la parada de autobús. Anónimos, con detalles mínimos. Sin esperar o pedir nada a cambio… Y aquélla es la señora encargada de alimentar a los pajarillos y a las palomas del parque donde está el departamento. Es ella y nadie más.

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06 Mar 2011

Ahí, tú...

Escrito por: cronopioslamm el 06 Mar 2011 - URL Permanente

Me imagino encontrarte, cómo va a ser; dónde. Qué ropa vistes. Cuáles yo. Caminando por la calle levanto la mirada y justo en ese momento sales a un balcón y extiendes la sábana para colgarla del hilo precariamente sujeto. Apareces detrás de la ola blanca, la ola de algodón y de reojo me ves y sonríes. Tus ojos se vuelven más chicos porque tus mejillas suben, igual que tu mano izquierda; la derecha, aún sujeta a la sábana. Y no decimos nada, solo el gusto sonriso de vernos.

Otras veces te imagino a contracalle, al mismo paso que yo, mirando de frente, moviendo hacia un lado el fleco rebelde que rebota y apenas alcanza tus ojos otra vez. Y otra vez tu mano, porque tu paso siempre ha sido rápido. Te veo brillante hasta que giras a la derecha y te pierdes de vista y no me atrevo a cruzar e utilizo la excusa del semáforo y los autos para convencerme de que es mejor así.

Otras veces camino por una de las laterales; temeroso, doy rápidas ojeadas al camellón porque sé que hoy es domingo y estarás ahí ayudando a tu madre, detrás de alguno de los puestos, con las artesanías… me tiembla el respirar ante la aparición de ella, contestando algo a una pareja que ronda los cincuenta años, mientras otra que andará en sus treinta, se acerca; también otra señora, la más anciana de todos. Tu madre se pregunta dónde estarás porque son cinco personas, mientras yo me pregunto lo mismo porque son mis ojos, mis labios y manos, mi corazón que atender…pero no estás, tal vez me equivoqué y no es domingo, es sábado y es uno de esos quincenales que no libras en el trabajo; tal vez cuando yo comience a caminar por esta cuadra, sales corriendo, a buscar fraccionar un billete y regresarás cuando llegue a la esquina y sea demasiado tarde para mis ojos, mis labios y manos, mis cabellos y piernas, mi corazón…

Otras veces es súbito. Tú o yo, alguno sale de un local y casi choca con el otro, que justo pasaba por ahí. Lo violento de la aparición nos da unos segundos estupefactos para luego reírnos de nuestro asombro, y ahora sí el beso y platicar cómo hemos estado, sin lograr salir del todo de la sorpresa.

Pero mi favorito es cuando cruzo la calle, con el frío de finales de noviembre, y me acerco al Café París en la esquina. Yo doblo a la derecha, es de noche y dentro estás tú, sola, en uno de los asientos plásticos verdes, con un capuchino o un chocolate en la mesa, los cubiertos aún encima de la servilleta, esperando la cena que acaba de escribir la mesera y que ya entrega en la cocina. Tu mirada lejana hacia la ventana, no te permite verme cuando yo me detengo fuera, frente a ti; tu mirada está más allá, quizá imaginando un encuentro conmigo, o eso me gusta pensar. Es la misma mesa de nuestro último día. Pero ahora cambiará el significado de esa mesa porque ya reaccionas que hay alguien ahí, afuera, y te das cuenta de que soy yo. Me sonríes, la mano izquierda también me saluda y me dice, me invita a entrar mientras yo sonrío con los labios más sinceros y honestos que he tenido.

Hoy caminé por el camellón. Tomaba de mi mochila un libro del que leía un fragmento, marcado a lápiz. Hoy, una chica de falda larga y florida pasaba en dirección contraria, olí su fragancia, levanté la vista del libro, giré… Ahí, tú.

Laranjinha

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24 Ene 2011

Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo...

Escrito por: cronopioslamm el 24 Ene 2011 - URL Permanente

Puede ser que haya… otros universos, y que esos universos coexistan con el nuestro, interconectados o no.

F. Pessoa

“Muerto Fernando Pessoa Stop Salgo para Glasgow Stop Álvaro de Campos, cuando recibí este telegrama decidí regresar, me pareció como un deber…” En septiembre de 1887, Ricardo Reis nacía en Porto. Médico, exiliado en Río de Janeiro por voluntad propia cuando triunfa la República en 1910, vuelve a Portugal, a Lisboa, al enterarse por el telegrama de Álvaro de Campos, de la muerte de la persona más cercana a él: Fernando Pessoa.

José Saramago lleva la metaficción un paso más allá de lo que hizo en su momento el poeta portugués bajo el amparo del modernismo. Si éste incluso les creó una carta astral a sus heterónimos, no tuvo tiempo de pensar en la muerte de ellos (salvo la de Alberto Caeiro, quien “muere” prematuramente en 1915), entonces ¿qué sucede con Ricardo Reis, con Álvaro de Campos, con Bernardo Soares, después de la muerte de su creador? Saramago se ocupa en la novela de 506 páginas, de relatarnos lo que sucede entre las dos personalidades, durante los nueve meses (“…son nueve meses, los mismos que pasamos en la barriga de nuestras madres, creo que es por una cuestión de equilibrio…”), que dice Pessoa, deambulará en la tierra antes de partir, a dónde, no se sabe.

Se nota el interés del autor por seguir hilando cuestiones históricas con ficción. Lo había hecho en su libro anterior, Memorial del Convento, y lo volvió a hacer unos años después, ahora de manera un poco más teórica-filosófica, en Historia del Cerco de Lisboa. En El Evangelio según Jesucristo que cada quien decida si la biblia es cuestión de fe o de verdad histórica.

El título nos remarca la importancia que tiene el año: si Fernando Pessoa muere en noviembre del ´35, la mayor parte de este libro sucederá en 1936 con todas las implicaciones históricas que esto conlleva; la más importante, sin duda, la ascención al poder de la derecha en buena parte de Europa.

Si fuese un monárquico convencido, Reis estaría encantado, sin embargo no es así. El autor nos lleva por las calles de Lisboa viendo el deterioro mental, físico y principalmente emocional que va sufriendo el personaje, la desesperación por no encontrar su sitio ahora que su mentor ha muerto, la desesperanza que lo va invadiendo gradualmente al ir percatándose de que no encontrará ese sitio, y que en sí, no tiene mucho sentido seguir viviendo si al final nos olvidarán de todos modos. “…antes de nacer, aún no nos pueden ver, pero todos los días piensan en nosotros, después de morirnos, ya no nos pueden ver y cada día que pasa nos van olvidando un poco más…” Ni siquiera sirve el que se encuentra con dos de sus musas: Lidia –Vem, sentar-te comigo Lídia à beira do rio- y Marcenda –E colho a rosa porque a sorte manda./ Marcenda, guardo-a–, aquélla, recamarera del hotel donde se hospeda, y ésta, joven que va a Lisboa debido a que su mano izquierda está paralizada (acorde con los tiempos politicos que corrían en aquellos años).

La metaficción no se limita a Pessoa, el autor también hace referencias a Borges, a Dante, a Camoens y a sí mismo al nombrar a un personaje y un pasaje, de otra novela suya. No es recomendable este libro para alguien que no haya leído anteriormente a Saramago, es muy denso y abruma la cantidad de situaciones por las que pasa Reis; es mejor acostumbrarse al ritmo de otras novelas de él, antes de embarcarse a leer ésta, aunque no por ello deja de ser divertido, ameno. Si ya se ha leído a Saramago, seguro que este libro quedará dentro de los favoritos. Por otro lado, ayuda conocer algunos datos básicos acerca del poeta, sus heterónimos y lo que sucedía especialmente en Europa en 1936, así quien lo lea quedará cautivado por la cantidad de referencias y guiños que surgen página tras página en un despliegue de inteligencia y conocimientos por parte de Saramago. Sin embargo, esto mismo es lo que puede alejar del libro: la distancia que existe entre nuestro lugar y tiempo, y la Lisboa de los años treinta.

La traducción en la edición de Alfaguara-Punto de Lectura está a cargo de Basilio Losada, –quien ganó el Premio Nacional de Traducción otorgado por el Ministerio de Cultura en España en 1991, precisamente gracias a una obra de Saramago, el ya mencionado Memorial del convento lo cual es un buen síntoma de que se respeta en la medida de lo posible, no sólo la fidelidad de lo que transmite el autor, sino también el evitar el fácil juego que dan el español y el portugués por su proximidad, que podría llevar a caer en imprecisiones de lenguaje al traductor; también se respeta el ritmo tan característico de las obras de Saramago, es decir, un texto donde el relato fluye sin grandes pausas salvo las que suceden en cada capítulo. Los diálogos, claro, son entre dos personajes a la vez, separados por una coma e indicando el intercambio de ideas a través de una mayúscula; tímido regreso –¿posmoderno?– a unos doscientos años atrás cuando se instauraron en Portugal las reglas de puntuación diacrítica.

No falta en la novela una parte de penitencia: Reis va con la Virgen de Fátima debido a deslices que ocurren entre él y Marcenda. Es quizá la parte más incómoda de todo el texto debido a que contrasta con la imagen que se nos da de la Lisboa lluviosa, fría y solitaria, paralela a la situación del personaje. “Habré vivido alguna vez”, se pregunta de una manera patética, y es a partir de aquí que el declive es inminente, no está Marcenda ni física ni emocionalmente, no está Lídia, no emocionalmente, a Pessoa le queda cada vez menos tiempo en la tierra, ¿qué destino le espera a Ricardo Reis? Quizá ninguno, ni siquiera a pesar de las palabras vertidas por Marcenda páginas atrás “…se llega a un punto en que no hay nada más que la esperanza, entonces descubrimos que aún lo tenemos todo…”, ya no, menos después de escuchar las palabras de las Mocedades portuguesas y las Juventudes Hitlerianas: “No somos nada”, entonces mejor es despedirse de la escultura de Adamastor, aquél demonio del océano que impedía la navegación de Vasco da Gama y partir. ¿A dónde?, no se sabe; que el lector lo descubra en este muy recomendable libro, y lo decida.


Laranjinha

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04 Ene 2011

04 Enero de 2005

Escrito por: cronopioslamm el 04 Ene 2011 - URL Permanente

Hace cuatro meses y dos días, dentro de un avión de Iberia, Ro y yo dormíamos la madrugada sobre el Atlántico. Yo traía mi reproductor portátil de cd´s. Una canción que se repitió y se repitió durante unas tres horas, fue la de Viento, de Caifanes. Tiempo, deténte muchos años, decía varias veces dentro de cada una de las canciones que medio escuché en ese lapso. Sí, ahora cuatro meses y dos días después, lo repito, vamos a regresar, pero tiempo, no lo olvides, deténte muchos años en estos meses, los mejores de nuestras vidas...

El día empezó con una gran lata para poder llevar las maletas. Ángel, Clau y Gabo nos ayudaron a llevarlas y también a mi madre, que regresó, igual hoy. Fuimos al aeropuerto, ya no hubo tiempo de nada más. Recuerdo que puse un pie fuera, la maleta de la mano, con sus rueditas tras de mí. Giré y puse un pie fuera de la casa, de casita. Creo que ahí para mí terminó el viaje. De todos modos, contaré que la terminal ya a punto de abordar el avión era amarilla, o es que había mucho sol. Que sí, un poco contento por regresar a México, pero muy triste por dejar Madrid. Me eché en todo el vuelo, el libro de Hay Algo Que No Es Como Me Dicen, el caso de Nevenka Fernández, concejal de Ponferrada, que acusó a su jefe, el alcalde, de acoso sexual y todas las injusticias que sufrió. Me gustó el libro y no vi la película tras película que pasaron en el avión.
Ro se mareó en el vuelo, y fue la última de todo el jumbo avión, en terminar de comer.
Nos tocaron los dos semáforos en verde y no tuvimos que abrir ninguna de las maletotas que traíamos. Ahí estaban los familiares. Hasta los papás de Gabo.
Casi no recuerdo este día. Me estoy dando cuenta que lo tengo bastante borrado de mi cabeza, supongo que eso pasa con experiencias no del todo buenas, y salir de Madrid, nunca puede ser bueno.
Gracias, sinceras, a mis amigos, con los que compartí este viaje.
Gracias, sobre todo a Ro, a Ella, por haber compartido, los hasta ahora, mejores momentos y meses de mi vida. El viaje no hubiese sido lo mismo sin ella, vamos ni siquiera hubiera habido viaje. Gracias, de todo corazón, sé que te lo he dicho varias veces, pero siempre podré decirlo una vez más: Gracias por estar ahí, literalmente día y noche, compartiendo conmigo, juntos de la mano, cada pisada y cada viento, el verano, el otoño y el invierno madrileño, gracias por hacer feliz, inmensamente feliz, el tiempo allá. Gracias por tu amor, tu amor a mí y tu amor a Madrid. Cada sonrisa y cada lágrima cuando recordamos esos meses, son un homenaje a nosotros, a la ciudad, a los momentos. La promesa de la Plaza de España, está hecha. El Puente de la Esperanza espera...
¿Qué he aprendido del viaje? Creo que aún no lo sé. De alguna manera tenía la esperanza de que al hacer este diario de viaje, pudiera entender algo, pero no, no lo sé, ya estoy más cerca de poder empezar a entender, pero no, aún no lo sé. Sé que me cambió, que me hizo madurar, pero aún no sé cómo o cuánto, aunque sé que es mucho, muchísimo. Algún día lo sabré...
Con qué momento quedarme. Tantos... la banca del parque de San Isidro; Ro y yo en el Prado, junto a Velázquez viendo a los perros en una agradable tarde de verano en septiembre; Saramago; el Tajo que es el Mar en Lisboa, el otoño en el Retiro; el desierto sobre un camello al atardecer; Van Gogh y su cuarto; y hasta ahí que si no reescribo todo el viaje y no, será tal vez el próximo septiembre, o dentro de diez, veinte años, cuando quizá ya sepa qué tanto aprendí, cuando el cristal me haga ver las cosas ya desde otra óptica.
Me faltó hablar de cuando hicieron Gabo y Ro la representación de Matrix, con Nea y el Agente Pérez, ya será cuando el próximo septiembre, o dentro de diez o veinte años, reescriba este diario de viaje. Alguna que otra situación, alguno que otro momento me habrá faltado.
Lo especial es que realmente cada día tuvo lo suyo, aún aquellos en que nos levantamos tardísimo y ni nos bañamos y despeinados sólo limpiamos la casa. Aún así todo era diferente y todo era especial, porque éramos nosotros dos ahí, viviendo un sueño del que habíamos platicado apenas dos años atrás.
La primera imagen de México: la cara, feliz, emocionada, alzando el cuello sobre las cabezas de desconocidos para poder vernos, de la mamá de Ro...

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03 Ene 2011

03 Enero de 2005

Escrito por: cronopioslamm el 03 Ene 2011 - URL Permanente

Hoy es nuestro último día en Madrid. Mañana regresamos a México.

–No me veas! –gritó Ro cuando regresé. Aunque lo único que vi fue la puerta del baño mientras se cerraba. No quería que la viera aún en pijama, a pesar de que ya era algo avanzado el día.
En la mañana, muy temprano, yo había ido a República de Argentina, a la Fundación Tomillo por última vez, para despedirme de Ángela. Fui y ella salió de la recepción, atendió luego una llamada y ya nos dimos abrazos de despedida y de buenos deseos y que quedaba pendiente un café para tomarnos y que le platicara de México. La promesa está hecha.
A lo largo del recorrido y en especial el hecho a pie, traté de distraerme de una punzada en el estómago queme acompañó durante todo el día. Siendo sincero, así ha sido desde hace dos días. El hecho de que ya sea Enero y ya sea otro año fue un golpe que mi hizo reaccionar de que el viaje ya estaba en sus últimos días, pero hoy ya es muy difícil hacer como que nada sucede, como que nada pasa y yo puedo regresar mañana. No, vine a despedirme de una buena persona que me ayudó a sentirme más integrado a esta ciudad. La angustia que gritaba desde dentro se hizo un poco más grande cuando salí y regresé calle arriba hacia el metro. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que pueda regresar? ¿En qué condiciones lo haré?
Quería ir a subirme a todas las estaciones. Hoy fui a la única que me faltaba. La 11. La de Plaza Elíptica hasta Pan Bendito. Sólo tres estaciones había en aquel año en esa ruta. Fui y cumplí: en el viaje, me subí a todas las líneas del metro.
Fue lo misma urgencia en el estómago, subiendo a los pulmones al salir de Urgel y subir por Rascón. No puedo evitar pensar en cosas como que va a ser la última vez de mi vida (a menos que haya circunstancias extraordinarias) en que a esta hora voy a subir por esta calle para regresar a mi casa, ya que mañana a esa hora estaríamos ya en el aeropuerto, o apenas saliendo, pero no de regreso a casa. Y cuando regrese a Madrid, quizá esta ya no será mi casa. Ya no, nunca más. No gano nada pensando esto, pero no puedo evitarlo, así también trato de disfrutar la subida, rampa por rampa, escalón por escalón, porque es la última vez que subiré de veintidós años por aquí para ver a Ro y salir con ella de la mano. Lo disfruto, sí, pero a la vez duele, y mucho. Realmente me gusta mi vida aquí con Ro...
Ella corrió a meterse al baño para bañarse y que yo no me diera cuenta que seguía en pijama.
Salimos y dimos un paseo por el parque. Exprimiendo cada paso por la gravilla, por la tierra arenosa, el pasto en este lugar que sí hemos considerado nuestro. Última visita a la fuente, estaba apagada y nos sentamos en la banca. En nuestra banca. Aquella que quedará, puedo decirlo para siempre en mi memoria como nuestra banca en Madrid y en la cual pienso con frecuencia si un día regresaremos a sentarnos en ella, con más años, la fuente apagada y de pronto que se prende, mientras recordamos aquel 2004, 2005, cuando aquí nos sentamos a disfrutar el invierno.
Caminamos hacia el cementerio que está detrás. Nunca habíamos ido. Vimos una tumba que literalmente, parece una iglesia. El lugar está tranquilo y es el cementerio que más paz me ha transmitido. Me serené un poco del desasosiego. Caminamos entre las tumbas y regresamos al parque. Vimos la cabeza monumental de Goya y una última ojeada a la banca. La fuente seguía apagada. Paso y paso, salimos. Que lindos recuerdos se quedan en este parque, que lindos recuerdos nos llevamos de este parque.
Subimos a pie una estación, a Oporto. Para decir que fuimos, no sólo a Lisboa. Nos bajamos en Callao y vimos a mi madre para comer. El elegido fue un restaurante de mariscos sobre Gran Vía, algo caro, pero delicioso, donde fue un espectáculo el ver cómo el camarero servía la paella. Comimos sopa, naranjadas, plato fuerte, postres. Fue mucha comida y muy, muy rica. Hasta nos felicitaron por habernos acabado todo.
Nos fuimos Ro y yo a pasear por la zona. A la Calle de Cucho, la de la Luna. Hay un póster ahí de una película que no vimos: Antes del Atardecer.
El día ya declinaba. No te vayas, día, no te acabes, que nos e termine el viaje. Recuerda que mañana ya no hay tiempo para pasear. Sólo ir al aeropuerto y listo, de regreso a México. Así que no te vayas, día, no te vayas... El tiempo se acababa y había tantos lugares por visitar una última vez: El Retiro, la estatua de Velázquez con los perros en el Prado, la placita frente al Reina Sofía, el restaurante italiano de la cena de aniversario, una última visita a Argüelles, la Plaza Mayor, Ópera, el Puente de la Esperanza, la chocolatería, la Puerta de Toledo y el otro abrigo que quizá siga ahí... No te vayas, día, no te vayas, tenemos tanto por hacer antes del atardecer, antes del amanecer...
Tomamos fotos de la Calle de la Luna. Nos metimos por unas callecitas con tiendas de chinos y lugares para revelar fotos, con taxis Audi y Mercedes Benz estacionados en las aceras.
Bajamos por Preciados hasta Sol con la escultura del oso y su madroño. Regresamos viendo las rebajas que ya comienzan y el mar de gente que las aprovecha. En gran Vía, nos metimos a un Starbucks y pedimos un café caliente. Bajamos calentándonos las manos a nuestro último lugar para visitar en este viaje: la Plaza de España.
Sentados frente al Quijote y la fuente, con la Jirafa a la derecha. Nos tomamos lentamente el café hablando y tratando de que no se nos quebrara la voz al pensar en qué momento fue el más emotivo y darnos cuenta de que es difícil elegir uno. Ya será el tiempo quien acomode todo y podamos decir, éste y éste, aunque también éste y éste, y éste, y éste, éste, y éste, son tantos...
Más fotos de la fuente con la noche de fondo y la luz que sale del agua. Promesa de que regresaremos, quién sabe cuándo, pero regresaremos a vivir aquí definitivamente. Algún día será. Esta promesa también está hecha...
Ya es tarde. Ya es hora de regresar a casita. A disfrutar el último regreso a nuestra casa en Madrid, a nuestra última noche juntos. Respiramos el aire frío, hasta nos gustó, a mí más que Ro, seguro, pero lo disfrutamos. Qué rápido se fue el día.
Jugamos chinazo con los demás. Las maletas ya están hechas. Quién sabe quién ganó. Nos alocamos todos al final. También es nuestra última noche aquí todos juntos. Ángel regresará en dos días, Gabo y Clau al final de la semana. Noche loca y divertida.
Luego a dormir, nosotros dos, juntos en Madrid. La promesa de la Plaza de España, está hecha...

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02 Ene 2011

02 Enero de 2005

Escrito por: cronopioslamm el 02 Ene 2011 - URL Permanente

En la mañana pasamos por mi mamá, y fue otro día de compras.

Pasamos al Calderón y corrijo, ahora síme compré mi playera del equipo. La del Centenario. Eso pasó hoy y no en 204, como había escrito. De ahí nos fuimos al Rastro. Ro se compró unos patines hermosos, viejitos, y que son un arma contra cualquiera por el peso que tienen…pero están preciosos! Y que yo recuerde fueron algo baratos. Son una reliquia ya en este mundo de patines en línea y con diseños aerodinámicos! Estos son de esos que tenían las ruedas de dos en dos. Mi madre dice que con unos como esos, aprendió a patinar hace ya varios ayeres…

Ah! Antes habíamos desayunado casi enfrente del hostal, en un cafeteria a contraesquina de donde está le restaurante italiano. Fue un desayuno de los de aquí: breve, con café y pan, sin huevos ni jugo ni nada de eso que yo generalmente desayuno.

Nos encontramos con Angelito después de comer, después de lo del Ratsro (siento que estoy haciendo un caos cronológico, sera el nuevo año que no deja organizar mi cabeza…¿sera presagio? Mal presagio. Buen presagio. ¿?) y anduvimos paseando con él y con las mamas un poco. Regresamos con ellas al hostal y ahora sí, ahora sí voy a platicar del Alaska que vive ahí:

Es un Alaska de unos cinco años, según su dueña. El hostal está en un piso de un edificio típico de la zona de Callao en Madrid. Lo más fácil es subir or las escaleras, ya que el lugar está en el Segundo piso, así que no es mucho. Se gira a la derecha y ahí está la entrada. Primero la recepción. A la derecha ya hay cuartos y a la izquierda hay una salita con dos sillones y una television eternamente prendida la centro. Hay folletos de lugares de interés y la luz prendida, también eternamente. Más allá, ya están las habitaciones. Hay caudros impresionistas, en especial uno de un paisaje de mar que me gusta, y que para variar, ya olvidé el nombre y el autor y todo por no apuntarlo al momento, siempre pensando que podia hacerlo otro día que anduviese por aquí. Los cuartos son chicos, dos camas, una mesa de noche, un escritorio, una silla, dos, un silloncito, el baño, calefactor… Nada del otro mundo pero que sirve para el propósito de pasar aquí poco tiempo ya que lo importante es visitar a la ciudad.

Atrás de la recepción, se asoma un perro Alaska. Macho o hembra, no sé, no recuerdo. Se asoma y huele un poco, sale, va a la salita de la tele y se regresa y ve fijamente a su dueña. Recibe caricias y se nota que está más que acostumbrado a ver ir y venir personas. Pero lo mejor, de lo que realmente yo quería hablar, escribir de este perro, es de su ladrido.

Semejante perro seguro tiene un ladrido imponente, fuerte, sonoro no sólo para los de este piso, sino para los de todo el edificio, en especial con cómo están los edificios construidos. Se hace mucho eco. Al parecer, ya le ha costado varios regaños a este Alaska la situación de su ladrido, así que ahora ya sólo lanza uno acorde al lugar donde se encuentra, uno que no moleste a los huéspedes porque ya le dijeron que huéspedes molestos equivale a menos dinero, y en el caso de él, eso equivale a menos corquetas y uno que otro juguete menos. Así que cuidado con los ladridos, que tu estómago o tu diversion se puede ver perjudicada.

Algo oyó, algo olió. Dio unos pasos fuera de mostrados. Se planto en sus cuatro patas. Tomó aire, y ahí va la cabeza hacia arriba y un poco hacia atrás… Pero cuando uno se esperaba un aullido conforme a su tamaño…no. Fue apenas un susurro de aullido, que sólo fue audible para los que estábamos ahí, quizá apenas para un señor en la sala. Quedamos maravillados con este perro que sabía acerca de la comodidad de los huéspedes, sabía que tal vez alguno dormía y pore so lanzaba estos aullidos totalmente medidos para causar el menor ruido posible. Qué educado perro que respetaba la tranquilidad del hostal! ¿Qué estará haciendo ahora ese perro? Ya más viejito, seguirá aullando muy bajo, pero con la comida y la diversion asegurados. Y esa es la historia del Alaska del hostal que casi no emitía ruido cuando ladraba y no olvidaremos…

Pasamos ya de noche los tres a por donas a Dunkin´. Cenamos eso sin chocolate del local, pero sí con Cola Cao con grumos imposibles…

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Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

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