30 Nov 2011
Hoy
Avanzar. Dejar el pasado atrás
Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír, me dijiste la última vez que nos vimos.
Llegué a la estación repitiéndome esas palabras. No del todo convencido, si he de ser sincero.
El andén se encontraba vacío. No había ningún pasajero ni ningún tren.
Del bolsillo interior de mi chaqueta, comprobé la fecha y la hora; si bien había llegado con un buen tiempo de anticipación (faltaba media hora para la salida), no era normal tanta soledad.
Tomé tres pastillas de menta que mastiqué mientras iba y venía por el andén. A los diez minutos intenté calmarme sentándome en la maleta. A pesar de la fría noche y el vaho que exhalaba, un ligero sudor bajó por mi nuca. El pecho lo sentí un tanto húmedo. Revisé de nuevo el ticket.
Justo cuando faltaban diez minutos para partir y yo dudaba si buscar el módulo de información, una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Me tapé los oídos por el chirriante freno y al detenerse, el humo que emergió de las vías fue el único movimiento en todo el lugar.
Seguía sin haber nadie.
Las puertas se abrieron. Ya no me sorprendió el no ver a ningún pasajero bajarse. Andén 01. Busqué mi vagón, el 11, y mi asiento. El 30.
Coloqué en el portaequipaje del techo la maleta. Las luces de dentro eran un tanto más ámbar que las de la estación, por lo que desde ahí, ésta se veía más desolada.
Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír. Mi reflejo en el cristal cumplió esto último y calenté mis manos con aliento. De un bolsillo lateral de la chaqueta, tomé el libro de poemas de Mario.
Las puertas se cerraron. Miré hacia atrás y al frente. El tren comenzó a avanzar. Dejamos atrás la estación, el campo apenas se distinguía, sombras negras en lo bajo del azul negro del cielo. El bamboleo del tren me sumió en una somnolencia dulce; las luces del vagón se apagaron, sólo entraban esporádicamente destellos ámbar de los postes de luz en el exterior. El libro se cerró y resbaló un poco, quedando en precario equilibrio sobre mis rodillas.
Avanzar.
En las ventanas se sucedieron las imágenes. Donde antes hubo una noche de campo, ahora se presentaba un perro jugando con una botella, afuera de un parque de diversiones; ahora estaba una heladería con más de cien años de antigüedad; un huerto con diminutas zanahorias; un molino rojo; una banca en un parque; un anillo de oro blanco y un anillo que guarda el infinito; una cesta sobre un mantel a cuadros junto al lago; un boleto del primer cine; un ángel para el amor…
El libro cayó, despertándome. La estación seguía vacía. Una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Las puertas se abrieron.
Revisé mi boleto: asiento 30, vagón 11, andén 11.
Avanzar y sonreír.
Me acomodé en el asiento y abrí el libro donde los acordes cotidianos. Miré tu foto que utilizo como separador, sonriendo, tú en la imagen, yo aquí, en este tren que ya avanza, hacia allá, donde tú me esperas.
25 Nov 2011
Su nombre sin esperanzas
Un rasguño de su mejilla soltó una gota de sangre. El caballero la limpió distraídamente mientras con la otra mano quitaba una rama y trataba de no peder el equilibrio. El terreno era una ligera pendiente, y el descenso tenía que ser con cuidado, asegurando que las botas estuvieran firmes sobre las rocas húmedas cubiertas de musgo. Aún goteaba lluvia de las copas de los árboles. Atardecía, pero bajo las ramas la luz era difícil y parecía casi de noche.
Algunas nubes en el horizonte eran aún grises, quizá seguían lloviendo allá, tras aquellas colinas verdes. Profundas.
El caballero se reclinó contra un árbol. Estaba cansado, días caminando entre el bosque no impidieron que su mano disfrutara la corteza pálida. Giró y su espalda dejó caer su peso. Jadeaba, pero se sabía ya cerca de su destino. Alzó la cara. Abrió la boca para refrescarla con dos o tres gotas que se evaporaron en su lengua. Otras dos escurrieron por las mejillas. Las ropas húmedas, el cabello echado hacia atrás dejaba ver un golpe de sangre seco y negro. Se miró las manos callosas, ásperas, las pensó desnudas sin una espada con la que apenas hace tan poco mataba enemigos. El día acaeciendo parecía haberse detenido tras la lluvia. Le pareció interminable el tiempo que la luz se había mantenido así: gris, oscura, blanca en el horizonte, negra en sus antípodas.
Se sintió sin hambre a pesar de los magros conejos que había logrado cazar; sin sed a pesar de los tenues ríos que había cruzado. Cansado. Sin sueño.
Hacía leguas que el peligro había cesado pero fue ahora cuando se percató de ello y trabajosamente se quitó la cota de malla. Su pecho se alivió y decidió quedarse apenas con su franela ahora roída, de manga larga, pantalones de cuero gastados. Sus botas.
Quiso recostarse y la tierra fría fue alivio para sus sienes. Empujó con el aliento minúsculas porciones de tierra que giraron fuera de él. Abrió los ojos hasta que la respiración se tranquilizó. En una gota que dilató su hinchar para pesar y caer, se reflejó ahí tirado a ras de tierra. Con un ojo abierto fijo en una hormiga y mientras la gota no pudo más y cayó, en ella se vio soplando hacia el bicho. Y éste, sin saber la procedencia de la ráfaga, aferrándose a la hoja que cargaba. La gota impactó en el suelo, que se volvió imperceptiblemente más oscuro y más húmedo. Dudó si quitarle la hoja o no. Alzó el brazo, acercó la mano, una sombra sobre la hormiga que siguió su caminar y se retiró. No lo hizo. Se recargó en ambos brazos y se puso en pie. Limpió el rasguño de la mejilla.
Siguió avanzando. El aún día no. Quitó arbustos, ramas, cayó tres veces. Y por fin cuando sintió que no podía tener menos hambre, salió a un claro, y al fondo, el castillo.
De pronto casi oscureció. Al momento en que el castillo se irguió ante su mirada, el día decidió avanzar.
Ya el sol había desparecido, aunque su luz seguía reptando la circunferencia de la tierra para iluminar de un gris oscuro el panorama, para hacer negro el gris roca del castillo.
Hacía años que había partido. Aquélla vez salió al amanecer en una mañana muy fresca con el rocío en las hojas. Se despidió de Ella con un beso en la mano y una ligera reverencia, mano al pecho, otra reverencia y giró al encuentro de su segundo, quien le esperaba con su caballo. Ella los vio alejarse a galope con un sol rojo sangre que intentó olvidar al momento. Ya no hubo un sol así. Los demás fueron blancos, lo que logró sosegar su alma. Mas no olvidó el rojo…
El caballero caminó más rápido a pesar del cansancio. Los únicos sonidos venían de los insectos nocturnos que ya comenzaban a salir a la par de la luna. Llena. Ese día la luna fue llena.
A medio camino dentro del claro sintió el frío. Casi era primavera y en la noche el ambiente refrescaba mucho en la noche. Las ropas húmedas no hacían sino acentuar el descenso de la temperatura. Caminó mas lento a la par que se frotaba los brazos.
El día se extinguió y la luna asomó tras los árboles del suroeste.
Cruzó el puente de madera sobre el riachuelo y se detuvo, a admirar el castillo, abrazado a sí mismo. La bandera en lo alto, otrora grana y oro, se ondeaba roída y sin color en una torre. Algunas ranas croaron desconcertadas. Terminó de cruzar el pequeño puente recordando la mañana de la despedida cuando se retrasó unos pasos y giró justo al salir del claro, entrando en los árboles y el bosque, y logró verla a lo lejos, ahí en ese puente donde le recuerda; la mirada de Ella tratando de tener un último y mínimo atisbo de su caballero, y como él mandó un beso invisible. Tampoco él logró olvidar, en todo este tiempo, el sol rojo sangre de aquella mañana.
Fue evidente que la servidumbre no se encontraba dentro. ¿Y Ella? ¿Qué había pasado? Quiso gritar su nombre pero mejor caminó a la izquierda de la gran puerta levadiza. Se guió con la luz intensa de la luna. La luz de piedra de la luna. El frío creció y encontró alivio con la pequeña puerta falsa en una esquina, casi al girar al lateral del castillo. Era de madera lisa, sin ningún cerrojo, sólo un hueco del tamaño de dos puños por el que se veía una inmensa oscuridad.
El caballero volvió a la zona del riachuelo en busca de una piedra que cupiera por el hueco y fuese lo suficientemente pesada. Ahuyentó a un grillo y los ruidos de los insectos fueron advertidos por él. Tuvo que meter las manos al agua que se clavó helada hasta su sangre. Aún así aprovechó para pasar un poco del líquido sobre la herida de la mejilla.
Regresó con la roca a la falsa puerta y la introdujo en el hueco. Él no podía verla por dentro, pero sabía que su peso había caído sobre una viga que ahora con los kilos había cedido, levantándose en diagonal, permitiendo al caballero empujar la puerta y entrar al castillo.
La oscuridad total le hizo tantear las paredes, oliendo el rancio y la humedad acumulada. Unas patas pequeñas y un chillido huyeron sin que él les diera mayor atención. Por fin encontró empotrado en la pared el metal que sujetaba un leño podrido. Buscó otro y lo halló en las mismas condiciones. Llegó viendo con sus manos a una pequeña chimenea en un instante. La memoria no lo traicionó y al buscar en el estante más bajo, encontró madera en increíbles buenas condiciones. De dos maderos muy pequeños y unas hojas secas logró hacer fuego en relativamente poco tiempo. Con él prendió los maderos grandes, humedeció un trapo que amarró a su mano y se internó al castillo. La sala principal.
Su primer tarea fue colocar la luz en distintos lugares e iluminar la estancia. El aire provocado por sus lentos movimientos hacía levantar grandes cantidades de polvo acumulado en el suelo, candelabros, sillones, sillas… Llegó a la chimenea y ahí estuvo viendo el fuego crecer hasta sentirse seco y repuesto.
Aún no quiso nombrarla. ¿Dónde estaban todos?
Fue a la cocina. Lo sorprendió ni siquiera encontrar animales, roedores, ahí dentro. Ya no había nada que devorar. Sólo algunos insectos muertos y los huesos de una rata en una esquina. El hambre arreció con el aroma a pan que tantas veces había olido saliendo de aquí, de esta mesa, al lado de un cerdo bien cocido y uvas. Vino. ¡Vino! Sí, ahí seguían sus barricas. Probó una y escupió el rancio líquido. Otra y fue lo mismo. Hasta la tercera barrica probo un caldo mínimamente decente que acabó en segundos. Se recostó sentado sobre la mesa. Durmió.
No supo si lo despertó el frío o el hambre. Todavía era de noche, la luz de la sala principal se había ido y parecía que nada hubiese sucedido. Como si él no vistiera. ¿Cuánto tiempo había pasado?
El caballero olió el polvo acumulado por todo el castillo. Atisbó la noche por una de las ventanas con un vidrio entre incoloro y rojo.
Buscó la luna para darse una idea del tiempo que faltaba para el amanecer. ¿Y si había dormido un día entero? Estaba tan cansado. Cómo saberlo. No, aún sentía el cuerpo molido y el hambre no le hubiese dejado un día de tregua. No, no habían pasado más que unas cuantas horas, lo sabía.
Fue hacia una de las paredes de la sala principal y quitó la espada y el escudo empotrados en la roca. Habían sido un regalo de su padre el día de la boda. En el escudo se encontraban los blasones de las familias, algo raro, ya que se sabe que la predominante era la del varón; para esa ocasión el trabajo había sido magnífico, fusionando ambas familias, ambos blasones, en un solo y original escudo.
La espada tenía la empuñadura bañada en oro blanco con incrustaciones de jade. Sobre el acero mismo, muy cerca del mango, se había mandado labrar Fuego en el Fuego, con todas las letras unidas, como si hubiesen sido escritas sin despegar el cincel, de un tirón, una tras otra, sin dejar que ese fuego se extinguiese.
El caballero comprobó el nulo filo que la espada tenía. Miró con un ojo cerrado oteando si seguía aún derecha y no como esas abominables, árabes, hechas en curva. Sí, la rectitud aún la conservaba.
Les sopló y miles de motas de polvo salieron volando. Tosió invariablemente y se ajustó tanto el escudo como la espada cual si fuese a entrar en combate. La blandió izquierda y derecha, provocando más polvo y más tos.
Demasiada hambre. Sed.
Demasiada fatiga. Mental. Física.
Espiritual.
Regresó a la cocina en busca de algo que beber aunque sin muchas esperanza. Salió por la puerta lateral y caminó hasta el riachuelo cargando un cuenco que tardó en llenar debido a la poca corriente que bajaba desde el Río Grande, unas leguas más arriba.
Mientras llenaba el cuenco, buscó por el lugar a algún animal que pudiese cazar y cocinar, pero no tuvo fortuna. Sólo el sonido de alguna lechuza escondida en la copa de esos árboles que formaban, ahí, el bosque impenetrable, negro, sosegado, melancólico bosque.
Buscó la luna y la encontró yéndose, en una posición que no dejaba dudas de que ya no faltaba mucho para el amanecer.
Miró de nuevo hacia el castillo y lo encontró casi igual al bosque, con la excepción de que a éste lo sentía intranquilo, estáticamente intranquilo.
Le dio la vuelta a toda la fortificación. No parecía haber sufrido ningún ataque en estos años. Era difícil, pero si llegaron informes a su campamento de algunas pequeñas escuadras de avanzada que el enemigo había logrado infiltrar en este territorio con el único fin de provocar unos pocos desmanes aquí y allá para aterrorizar a la población.
Se terminó la cuenca y tuvo que volver al río. Esperó y al estar llena la acabó en pocos segundos, de nuevo la llenó y regresó a paso muy lento al castillo, con el olor de pasto y la incertidumbre, los sonidos del poco viento y sus pisadas, y la lechuza, su ulular y el aleteo, la vio volar, alejarse y perderse dentro del bosque.
Regresó a la sala principal y colocó en su lugar el escudo y la espada. En la cocina puso al fuego el cuenco con agua y ya cuando burbujeaba, le echó algunas especias que se disolvieron dando al líquido un sabor relajante.
Hacía tantos, tantos años desde la última vez que había tenido ese sabor en la lengua. Tantos que la vio ahí, a su lado, sentada en una de las sillas ahora desparramadas por la habitación. Una, dos, tres, tantas noches igual a ésta, ahí los dos a la luz de una vela, riendo por lo bajo y hablando en susurros para no despertar y alarmar a la servidumbre; sus rostros enmarcados en el fuego de la vela, su cara, la de Ella, blanca, lunares, cabello oscuro, ojos grandes color roble. Tantos años, tan diferente a esta soledad a la que vuelve.
Terminó su te. Miró al techo, hacia las habitaciones superiores. Ya era momento de subir.
Subió los primeros peldaños de piedra. Retumbó el leve sonido de su peso por los escalones por todo el castillo, magnificados por el vacío y el silencio.
Cuando llegó al segundo piso, un largo pasillo se extendía a ambos lados y de manera circular rodeando el vestíbulo principal conectando a varias habitaciones. Se metió a una del lado izquierdo a medio camino. La habitación se encontraba vacía. Casi. Sólo un escritorio con una pluma y un tintero seco de paredes negras.
Se asomó por una estrecha ventana. Apenas pudo sacar su torso y apreciar mejor la luz del día que se alcanzaba a ver a lo lejos por el este. Sin embargo la noche dominaba y el viento le heló los labios, secó sus ojos lo suficiente para que no pudiera contener una lágrima en cada ojo.
Regresó y del lado opuesto de las escaleras, una puerta pequeña. El caballero la abrió y al separarla regó polvo en cascada y, al girarla aún más, cedió y cayó; el caballero se quitó y lo que antes era la puerta, ahora eran tres pedazos de madera que exhalaban volutas que descendían para asentarse en el suelo.
Tosió. Entrecerró la mirada y prendió ahí otro madero ya que su mano se acercaba peligrosamente a ser chamuscada. Intentó iluminar en lo alto la habitación superior, ahí estaba Ella, sin duda, pero la luz del fuego no lograba más que dar su amarillo naranja a unos cuantos escalones de frente. Miró hacia atrás a un levísimo resplandor en el segundo piso derramándose hacia le vestíbulo. Faltaba muy poco para que el sol saliera y el caballero comenzó a subir al gran espacio de la habitación principal, donde Ella.
Allá fue. Pisada a pisada. Toc, toc, toc. Paredes de piedra frías. Toc, toc, toc. Alcanzó a iluminar la puerta de metal negra. Toc…toc…toc…
Subía.
Llegó.
Una llave en la cerradura girando. La puerta crujió y cedió…
La habitación era circular y estaba casi vacía. Una luz, venida no se sabe de dónde, iluminaba una cama de sábanas blancas. Los hierros verdes y oxidados se elevaban lo suficiente para quedar en penumbras, ligeramente destellados por el púrpura rojizo del amanecer que ahora parecía haberse detenido para sólo enviar estas poca luz a las paredes también verdes, verdes profundas, que no lograban ser iluminadas en su totalidad, así que lo negro contrastaba con el resplandor blanco de la cama.
El caballero lo entendió todo cuando la vio a Ella ahí. No quiso acercársele con los harapos que vestía. Se desnudó y poco a poco se fue acercando a la luz, sintiendo en cada pisada, el frío de las piedras y el poco calor de este poco nuevo día estático.
Se detuvo a media distancia. Volvió la vista hacia la entrada, que ahora veía como una salida, como un cerrar los ojos ante lo inevitable, lo ausente. Irguió su espalda, tomó una gran bocanada de la mañana y siguió avanzando.
Ahí estaba Ella. Vestida como en su recuerdo de aquél último día en que la vio cuando tuvo que partir. Yacía como dormida, quizá respiraba, las manos cruzadas en su vientre, el rostro sereno, de una tranquilidad infinita, que se iba más allá de la ventana y de los campos, una tranquilidad que quizá no iba en busca del sol porque ya lo había encontrado.
Se acercó junto a Ella, la miró de pies a cabeza, puso su mano sobre la frente, no fría, cálida, dijo su nombre sin esperanzas. Entendía todo. Ella ya no lo esperaba, Ella lo había dejado atrás y no era más que un recuerdo dentro de su dormir.
La lágrimas empezaron a escurrirle. Cascadas de sal que brotaban por sus ojos, descendiendo por las mejillas y algunas iban a parar a sus labios. Lágrimas y voz repetían el nombre: Ella, Ella. Se acercó; tan, tan cerca sus rostros, como hacía tanto, tanto tiempo. No dejaba de decir su nombre. Otra vez. Lo repetía, lo repetía.
Hundió su cabeza en sus cabellos suaves. Los mojó con lágrimas, con saliva que salía de él al decir su nombre, su nombre. No se dio cuenta, pero Ella también comenzó a llorar. Lágrimas salían de sus ojos cerrados. Lágrimas desde su profunda tranquilidad, lágrimas desde sus recuerdos.
No más.
Sólo recuerdos…
Te extraño tanto, tanto.
Me haces tanta, tanta falta.
¿Por qué no puedo parar de llorar?
25 Nov 2011
06 Sep 2011
Tus Manos
La primera vez que las sintió no fue muy consciente de ellas; estaban totalmente apretadas, aferradas a algo, no sabe a qué, buscando qué sujetar, quizá a sí misma, mientras lloraba. Posteriormente la pusieron en el pecho de su madre y se calmó un poco. Incluso llegó a abrirlas. Luego sería experimentar con cualquier objeto que se pusiera enfrente. Se quemó un par de ocasiones y aprendió que si se veía rojo, quemaba. Por ello tardó tanto en tomar confianza y jugar con una pelota de ese color.
Creció y fueron cosas más complicadas como saber peinarse, abrochar sus zapatos azul marino ¾como se los pedían en la escuela¾ o amarrarse las agujetas de los tenis cada martes y jueves que tenía educación física. De la primera vez que tomó de la mano a un niño, ni hablar, eso fue en el kinder; luego a los 8 años, no, las niñas no nos llevamos con los niños, así que a hacer de cuenta como que eso nunca sucedió. Lo que no pudo ocultar fue tiempo después cuando Roberto la tomó de sorpresa y le dio un beso, entonces sus manos fueron las encargadas de darle un empujón al atrevido, aunque en el fondo le había gustado y logró que se posaran fugazmente entre panza y pecho para aventarlo, pero eso sólo se lo confesó a Karla, mientras movía los dedos sin parar.
Con sus manos tomó de las suyas al chico que le gustaba en secundaria, lo abrazó, y con ellas también pasó muchos exámenes, aunque reprobó matemáticas en el último año y en parte fue culpa de la mano, porque la diferencia entre un 6 y un 5 fue esa última operación donde era un signo de más, no menos.
Sus manos tomaron las de Margarita cuando lloró porque su madre había muerto. Sus manos desnudaron tímidamente a Marco. Sus manos recibieron el título universitario y estrecharon durante tres segundos, de arriba a abajo, las del rector. Sus manos le dieron una cachetada a Marco por su infidelidad luego de tantos años juntos y se juntaron en una oración pidiendo poder ya superarlo.
El dorso poco a poco se fue tiñendo de azul, de verde, conforme fue creciendo y ellas eran testigos de las experiencias que su dueña iba acumulando. Claro, como todas la manos, se cortó alguna vez al picar verduras; o disfrutaba tocando la seda traída desde los dominios de Hara Kei, o al meter la mano en un costal lleno de lentejas.
Aferró sus manos a las del esposo. En los buenos momentos, sí, también en los malos. A veces seguían saliendo a la calle tomados uno del otro, pocas, pero seguían haciéndolo. Él nunca aprendió a bailar, así que seguía utilizándolas junto con los pies para guiarlo en los salones de baile.
No le gustaba el sentir de los libros nuevos, por ello prefería ir a los de viejo; mientras pasaba por las estantería revisando los títulos, los dedos recorrían los lomos y en realidad se guiaba más por ese sentir, que por el autor, título o la portada para decidirse por uno.
Con esos dedos se secó lágrimas: de los ojos, de las mejillas, del vestido. Con esos dedos se veía al espejo y se retocaba el maquillaje para salir de la soledad de la habitación y aparentar que nada había sucedido. Pero los dedos seguían ligeramente húmedos.
Con sus manos rompió platos por la impotencia. Con sus manos bordó bufandas por ternura. Con sus manos escribió cartas por recuerdo.
Se llenaron de lunares, se volvieron huesudas, las venas aún más a la vista. Un día, en casa, bajando la escalera principal, la izquierda se sostuvo del barandal, la otra fue al pecho; luego ambas a sujetarse de su esposo, a sujetarse a si misma y a su vida que se le iba en el hospital. Y si ya era irremediable, mejor decir con la boca, y también con las manos, que no, no moriría ahí, moriría en casa, sintiendo sus propias sábanas, los abrazos de la familia que preocupada la cuidó en su última enfermedad. Ella entrelazó los dedos con los de él, mientras la sangre dejaba ya las arterias de sus manos, primero de la izquierda, luego de la derecha. Expiraron cerrándose, aferrada a no sabe qué, quizá a sí misma, como aquella primera vez.
Laranjinha
15 Abr 2011
Un veintitantos de marzo de 2002...
Dijo Platón, en el libro duodécimo del Civitas Dei, que al cabo de los siglos, todas las cosas volverán a su estado anterio.
01 Abr 2011
Roma Norte
Hay una señora que todas las tardes, a las tres, va al parque que está en Río de Janeiro a alimentar a las aves. Es una señora que tendrá unos sesenta y cinco, setenta años. Llega con una blusa de color deslavado; chaleco de lana marrón; falda larga, lisa, dejando sin cubrir una mínima vista, arriba de los tobillos, de las medias crema resistentes de todo un año, quizá dos o tres; zapatos gastados negros, ya sin suela; cabello oscuro, o pintado para parecer más cercana a los sesenta y cinco, más lejana de los setenta. Carga una bolsa de plástico que cambia dependiendo el color que le hayan dado en el mercado: amarilla, azul casi fosforecente, gris, blanca…
Se va al fondo sur del parque, donde una pequeña explanada está dividida por una carril de arbustos. Del lado derecho, esparce granos en un diámetro de unos cuantos pasos, por aquí por allá. Los pajarillos, esos marrón chiquitos que dan saltos y saltos, se acercan, expectantes, pero sin invadir. Algunos se quedan en el límite del círculo de comida, apenas sometiendo al instinto que les exige devorar esas semillas. Otros, los más experimentados y antiguos del parque, esperan en los árboles.
La señora saca otra bolsa, una de pan de caja, donde tiene migajón que avienta en pedazos pequeños sobre los granos, o un tanto afuera. Las palomas repiten el comportamiento de los pajarillos, algunas abajo, la mayoría en los árboles. La señora acaba de esparcir la comida, se aleja, y aquello se vuelve un festín glotón donde decenas de pajarillos arrasan con las semillas y unas cuantas palomas acaban con los trozos de migajón.
Ella no ha terminado. Rodea la fila de arbustos y repite los mismos pasos, el esparcir, y las pacientes aves, de este lado del parque, que van llegando y no han visto la farra a unos metros, o saben que acá les va a tocar más comida porque son menos.
La señora se va, dobla las bolsas completamente vacías y da una mirada al suelo limpio de un lado, casi igual del otro. Se pierde entre le gente que a diario cruza este parque, gente común, como ella, que acaso no ha reparado en su gesto, cada quien lo suyo, estudiantes, oficinistas, parejas, vendedores, ancianos, bebés en sus carreolas, David en la fuente al centro que mira hacia el norte y tampoco se entera (nunca lo hará) de la señora que dedica una parte de su día a conseguir las semillas, a guardar el migajón, a caminar una cuadra, quizá dos o tres, y regresar a casa, día tras día, sin que nadie se lo pida. Algunos adoptan perros callejeros, otros se detienen y enderezan un arbolito torcido, o le quitan la basura a la jardinera a una lado de la parada de autobús. Anónimos, con detalles mínimos. Sin esperar o pedir nada a cambio… Y aquélla es la señora encargada de alimentar a los pajarillos y a las palomas del parque donde está el departamento. Es ella y nadie más.
06 Mar 2011
Ahí, tú...
Me imagino encontrarte, cómo va a ser; dónde. Qué ropa vistes. Cuáles yo. Caminando por la calle levanto la mirada y justo en ese momento sales a un balcón y extiendes la sábana para colgarla del hilo precariamente sujeto. Apareces detrás de la ola blanca, la ola de algodón y de reojo me ves y sonríes. Tus ojos se vuelven más chicos porque tus mejillas suben, igual que tu mano izquierda; la derecha, aún sujeta a la sábana. Y no decimos nada, solo el gusto sonriso de vernos.
Otras veces te imagino a contracalle, al mismo paso que yo, mirando de frente, moviendo hacia un lado el fleco rebelde que rebota y apenas alcanza tus ojos otra vez. Y otra vez tu mano, porque tu paso siempre ha sido rápido. Te veo brillante hasta que giras a la derecha y te pierdes de vista y no me atrevo a cruzar e utilizo la excusa del semáforo y los autos para convencerme de que es mejor así.
Otras veces camino por una de las laterales; temeroso, doy rápidas ojeadas al camellón porque sé que hoy es domingo y estarás ahí ayudando a tu madre, detrás de alguno de los puestos, con las artesanías… me tiembla el respirar ante la aparición de ella, contestando algo a una pareja que ronda los cincuenta años, mientras otra que andará en sus treinta, se acerca; también otra señora, la más anciana de todos. Tu madre se pregunta dónde estarás porque son cinco personas, mientras yo me pregunto lo mismo porque son mis ojos, mis labios y manos, mi corazón que atender…pero no estás, tal vez me equivoqué y no es domingo, es sábado y es uno de esos quincenales que no libras en el trabajo; tal vez cuando yo comience a caminar por esta cuadra, sales corriendo, a buscar fraccionar un billete y regresarás cuando llegue a la esquina y sea demasiado tarde para mis ojos, mis labios y manos, mis cabellos y piernas, mi corazón…
Otras veces es súbito. Tú o yo, alguno sale de un local y casi choca con el otro, que justo pasaba por ahí. Lo violento de la aparición nos da unos segundos estupefactos para luego reírnos de nuestro asombro, y ahora sí el beso y platicar cómo hemos estado, sin lograr salir del todo de la sorpresa.
Pero mi favorito es cuando cruzo la calle, con el frío de finales de noviembre, y me acerco al Café París en la esquina. Yo doblo a la derecha, es de noche y dentro estás tú, sola, en uno de los asientos plásticos verdes, con un capuchino o un chocolate en la mesa, los cubiertos aún encima de la servilleta, esperando la cena que acaba de escribir la mesera y que ya entrega en la cocina. Tu mirada lejana hacia la ventana, no te permite verme cuando yo me detengo fuera, frente a ti; tu mirada está más allá, quizá imaginando un encuentro conmigo, o eso me gusta pensar. Es la misma mesa de nuestro último día. Pero ahora cambiará el significado de esa mesa porque ya reaccionas que hay alguien ahí, afuera, y te das cuenta de que soy yo. Me sonríes, la mano izquierda también me saluda y me dice, me invita a entrar mientras yo sonrío con los labios más sinceros y honestos que he tenido.
Hoy caminé por el camellón. Tomaba de mi mochila un libro del que leía un fragmento, marcado a lápiz. Hoy, una chica de falda larga y florida pasaba en dirección contraria, olí su fragancia, levanté la vista del libro, giré… Ahí, tú.
Laranjinha
04 Ene 2011
04 Enero de 2005
Hace cuatro meses y dos días, dentro de un avión de Iberia, Ro y yo dormíamos la madrugada sobre el Atlántico. Yo traía mi reproductor portátil de cd´s. Una canción que se repitió y se repitió durante unas tres horas, fue la de Viento, de Caifanes. Tiempo, deténte muchos años, decía varias veces dentro de cada una de las canciones que medio escuché en ese lapso. Sí, ahora cuatro meses y dos días después, lo repito, vamos a regresar, pero tiempo, no lo olvides, deténte muchos años en estos meses, los mejores de nuestras vidas...
03 Ene 2011
03 Enero de 2005
Hoy es nuestro último día en Madrid. Mañana regresamos a México.
02 Ene 2011
02 Enero de 2005
En la mañana pasamos por mi mamá, y fue otro día de compras.
Pasamos al Calderón y corrijo, ahora síme compré mi playera del equipo. La del Centenario. Eso pasó hoy y no en 204, como había escrito. De ahí nos fuimos al Rastro. Ro se compró unos patines hermosos, viejitos, y que son un arma contra cualquiera por el peso que tienen…pero están preciosos! Y que yo recuerde fueron algo baratos. Son una reliquia ya en este mundo de patines en línea y con diseños aerodinámicos! Estos son de esos que tenían las ruedas de dos en dos. Mi madre dice que con unos como esos, aprendió a patinar hace ya varios ayeres…
Ah! Antes habíamos desayunado casi enfrente del hostal, en un cafeteria a contraesquina de donde está le restaurante italiano. Fue un desayuno de los de aquí: breve, con café y pan, sin huevos ni jugo ni nada de eso que yo generalmente desayuno.
Nos encontramos con Angelito después de comer, después de lo del Ratsro (siento que estoy haciendo un caos cronológico, sera el nuevo año que no deja organizar mi cabeza…¿sera presagio? Mal presagio. Buen presagio. ¿?) y anduvimos paseando con él y con las mamas un poco. Regresamos con ellas al hostal y ahora sí, ahora sí voy a platicar del Alaska que vive ahí:
Es un Alaska de unos cinco años, según su dueña. El hostal está en un piso de un edificio típico de la zona de Callao en Madrid. Lo más fácil es subir or las escaleras, ya que el lugar está en el Segundo piso, así que no es mucho. Se gira a la derecha y ahí está la entrada. Primero la recepción. A la derecha ya hay cuartos y a la izquierda hay una salita con dos sillones y una television eternamente prendida la centro. Hay folletos de lugares de interés y la luz prendida, también eternamente. Más allá, ya están las habitaciones. Hay caudros impresionistas, en especial uno de un paisaje de mar que me gusta, y que para variar, ya olvidé el nombre y el autor y todo por no apuntarlo al momento, siempre pensando que podia hacerlo otro día que anduviese por aquí. Los cuartos son chicos, dos camas, una mesa de noche, un escritorio, una silla, dos, un silloncito, el baño, calefactor… Nada del otro mundo pero que sirve para el propósito de pasar aquí poco tiempo ya que lo importante es visitar a la ciudad.
Atrás de la recepción, se asoma un perro Alaska. Macho o hembra, no sé, no recuerdo. Se asoma y huele un poco, sale, va a la salita de la tele y se regresa y ve fijamente a su dueña. Recibe caricias y se nota que está más que acostumbrado a ver ir y venir personas. Pero lo mejor, de lo que realmente yo quería hablar, escribir de este perro, es de su ladrido.
Semejante perro seguro tiene un ladrido imponente, fuerte, sonoro no sólo para los de este piso, sino para los de todo el edificio, en especial con cómo están los edificios construidos. Se hace mucho eco. Al parecer, ya le ha costado varios regaños a este Alaska la situación de su ladrido, así que ahora ya sólo lanza uno acorde al lugar donde se encuentra, uno que no moleste a los huéspedes porque ya le dijeron que huéspedes molestos equivale a menos dinero, y en el caso de él, eso equivale a menos corquetas y uno que otro juguete menos. Así que cuidado con los ladridos, que tu estómago o tu diversion se puede ver perjudicada.
Algo oyó, algo olió. Dio unos pasos fuera de mostrados. Se planto en sus cuatro patas. Tomó aire, y ahí va la cabeza hacia arriba y un poco hacia atrás… Pero cuando uno se esperaba un aullido conforme a su tamaño…no. Fue apenas un susurro de aullido, que sólo fue audible para los que estábamos ahí, quizá apenas para un señor en la sala. Quedamos maravillados con este perro que sabía acerca de la comodidad de los huéspedes, sabía que tal vez alguno dormía y pore so lanzaba estos aullidos totalmente medidos para causar el menor ruido posible. Qué educado perro que respetaba la tranquilidad del hostal! ¿Qué estará haciendo ahora ese perro? Ya más viejito, seguirá aullando muy bajo, pero con la comida y la diversion asegurados. Y esa es la historia del Alaska del hostal que casi no emitía ruido cuando ladraba y no olvidaremos…
Pasamos ya de noche los tres a por donas a Dunkin´. Cenamos eso sin chocolate del local, pero sí con Cola Cao con grumos imposibles…
Sobre este blog
Cronopios!
cronopioslamm
Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.
Saludos!
Acuarela, Laranjinha, St. Patrick y Hada Urbana.
Tags
Categorías
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
Archivos
- Junio 2013
- Mayo 2013
- Abril 2013
- Marzo 2013
- Febrero 2013
- Enero 2013
- Diciembre 2012
- Noviembre 2012
- Octubre 2012
- Septiembre 2012
- Agosto 2012
- Julio 2012
- Junio 2012
- Mayo 2012
- Abril 2012
- Marzo 2012
- Febrero 2012
- Enero 2012
- Diciembre 2011
- Noviembre 2011
- Octubre 2011
- Septiembre 2011
- Agosto 2011
- Julio 2011
- Junio 2011
- Mayo 2011
- Abril 2011
- Marzo 2011
- Febrero 2011
- Enero 2011
- Diciembre 2010
- Noviembre 2010
- Octubre 2010
- Septiembre 2010
- Agosto 2010
- Julio 2010
- Junio 2010
- Mayo 2010
- Abril 2010
- Marzo 2010
- Febrero 2010
- Enero 2010
- Diciembre 2009
- Noviembre 2009
- Octubre 2009
- Septiembre 2009
- Agosto 2009
- Julio 2009
- Junio 2009
- Mayo 2009
- Abril 2009
- Marzo 2009
- Febrero 2009
- Enero 2009
- Diciembre 2008
- Noviembre 2008
- Octubre 2008
- Septiembre 2008
- Agosto 2008
- Julio 2008
- Junio 2008
- Mayo 2008
- Abril 2008
- Marzo 2008
- Febrero 2008
- Enero 2008
- Diciembre 2007
- Noviembre 2007
- Octubre 2007
- Septiembre 2007
- Agosto 2007
- Julio 2007








