30 Nov 2011

Hoy

Escrito por: cronopioslamm el 30 Nov 2011 - URL Permanente

Avanzar. Dejar el pasado atrás

Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír, me dijiste la última vez que nos vimos.

Llegué a la estación repitiéndome esas palabras. No del todo convencido, si he de ser sincero.

El andén se encontraba vacío. No había ningún pasajero ni ningún tren.

Del bolsillo interior de mi chaqueta, comprobé la fecha y la hora; si bien había llegado con un buen tiempo de anticipación (faltaba media hora para la salida), no era normal tanta soledad.

Tomé tres pastillas de menta que mastiqué mientras iba y venía por el andén. A los diez minutos intenté calmarme sentándome en la maleta. A pesar de la fría noche y el vaho que exhalaba, un ligero sudor bajó por mi nuca. El pecho lo sentí un tanto húmedo. Revisé de nuevo el ticket.

Justo cuando faltaban diez minutos para partir y yo dudaba si buscar el módulo de información, una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Me tapé los oídos por el chirriante freno y al detenerse, el humo que emergió de las vías fue el único movimiento en todo el lugar.

Seguía sin haber nadie.

Las puertas se abrieron. Ya no me sorprendió el no ver a ningún pasajero bajarse. Andén 01. Busqué mi vagón, el 11, y mi asiento. El 30.

Coloqué en el portaequipaje del techo la maleta. Las luces de dentro eran un tanto más ámbar que las de la estación, por lo que desde ahí, ésta se veía más desolada.

Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír. Mi reflejo en el cristal cumplió esto último y calenté mis manos con aliento. De un bolsillo lateral de la chaqueta, tomé el libro de poemas de Mario.

Las puertas se cerraron. Miré hacia atrás y al frente. El tren comenzó a avanzar. Dejamos atrás la estación, el campo apenas se distinguía, sombras negras en lo bajo del azul negro del cielo. El bamboleo del tren me sumió en una somnolencia dulce; las luces del vagón se apagaron, sólo entraban esporádicamente destellos ámbar de los postes de luz en el exterior. El libro se cerró y resbaló un poco, quedando en precario equilibrio sobre mis rodillas.

Avanzar.

En las ventanas se sucedieron las imágenes. Donde antes hubo una noche de campo, ahora se presentaba un perro jugando con una botella, afuera de un parque de diversiones; ahora estaba una heladería con más de cien años de antigüedad; un huerto con diminutas zanahorias; un molino rojo; una banca en un parque; un anillo de oro blanco y un anillo que guarda el infinito; una cesta sobre un mantel a cuadros junto al lago; un boleto del primer cine; un ángel para el amor…

El libro cayó, despertándome. La estación seguía vacía. Una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Las puertas se abrieron.

Revisé mi boleto: asiento 30, vagón 11, andén 11.

Avanzar y sonreír.

Me acomodé en el asiento y abrí el libro donde los acordes cotidianos. Miré tu foto que utilizo como separador, sonriendo, tú en la imagen, yo aquí, en este tren que ya avanza, hacia allá, donde tú me esperas.

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25 Nov 2011

Su nombre sin esperanzas

Escrito por: cronopioslamm el 25 Nov 2011 - URL Permanente

Un rasguño de su mejilla soltó una gota de sangre. El caballero la limpió distraídamente mientras con la otra mano quitaba una rama y trataba de no peder el equilibrio. El terreno era una ligera pendiente, y el descenso tenía que ser con cuidado, asegurando que las botas estuvieran firmes sobre las rocas húmedas cubiertas de musgo. Aún goteaba lluvia de las copas de los árboles. Atardecía, pero bajo las ramas la luz era difícil y parecía casi de noche.

Algunas nubes en el horizonte eran aún grises, quizá seguían lloviendo allá, tras aquellas colinas verdes. Profundas.

El caballero se reclinó contra un árbol. Estaba cansado, días caminando entre el bosque no impidieron que su mano disfrutara la corteza pálida. Giró y su espalda dejó caer su peso. Jadeaba, pero se sabía ya cerca de su destino. Alzó la cara. Abrió la boca para refrescarla con dos o tres gotas que se evaporaron en su lengua. Otras dos escurrieron por las mejillas. Las ropas húmedas, el cabello echado hacia atrás dejaba ver un golpe de sangre seco y negro. Se miró las manos callosas, ásperas, las pensó desnudas sin una espada con la que apenas hace tan poco mataba enemigos. El día acaeciendo parecía haberse detenido tras la lluvia. Le pareció interminable el tiempo que la luz se había mantenido así: gris, oscura, blanca en el horizonte, negra en sus antípodas.

Se sintió sin hambre a pesar de los magros conejos que había logrado cazar; sin sed a pesar de los tenues ríos que había cruzado. Cansado. Sin sueño.

Hacía leguas que el peligro había cesado pero fue ahora cuando se percató de ello y trabajosamente se quitó la cota de malla. Su pecho se alivió y decidió quedarse apenas con su franela ahora roída, de manga larga, pantalones de cuero gastados. Sus botas.

Quiso recostarse y la tierra fría fue alivio para sus sienes. Empujó con el aliento minúsculas porciones de tierra que giraron fuera de él. Abrió los ojos hasta que la respiración se tranquilizó. En una gota que dilató su hinchar para pesar y caer, se reflejó ahí tirado a ras de tierra. Con un ojo abierto fijo en una hormiga y mientras la gota no pudo más y cayó, en ella se vio soplando hacia el bicho. Y éste, sin saber la procedencia de la ráfaga, aferrándose a la hoja que cargaba. La gota impactó en el suelo, que se volvió imperceptiblemente más oscuro y más húmedo. Dudó si quitarle la hoja o no. Alzó el brazo, acercó la mano, una sombra sobre la hormiga que siguió su caminar y se retiró. No lo hizo. Se recargó en ambos brazos y se puso en pie. Limpió el rasguño de la mejilla.

Siguió avanzando. El aún día no. Quitó arbustos, ramas, cayó tres veces. Y por fin cuando sintió que no podía tener menos hambre, salió a un claro, y al fondo, el castillo.

De pronto casi oscureció. Al momento en que el castillo se irguió ante su mirada, el día decidió avanzar.

Ya el sol había desparecido, aunque su luz seguía reptando la circunferencia de la tierra para iluminar de un gris oscuro el panorama, para hacer negro el gris roca del castillo.

Hacía años que había partido. Aquélla vez salió al amanecer en una mañana muy fresca con el rocío en las hojas. Se despidió de Ella con un beso en la mano y una ligera reverencia, mano al pecho, otra reverencia y giró al encuentro de su segundo, quien le esperaba con su caballo. Ella los vio alejarse a galope con un sol rojo sangre que intentó olvidar al momento. Ya no hubo un sol así. Los demás fueron blancos, lo que logró sosegar su alma. Mas no olvidó el rojo…

El caballero caminó más rápido a pesar del cansancio. Los únicos sonidos venían de los insectos nocturnos que ya comenzaban a salir a la par de la luna. Llena. Ese día la luna fue llena.

A medio camino dentro del claro sintió el frío. Casi era primavera y en la noche el ambiente refrescaba mucho en la noche. Las ropas húmedas no hacían sino acentuar el descenso de la temperatura. Caminó mas lento a la par que se frotaba los brazos.

El día se extinguió y la luna asomó tras los árboles del suroeste.

Cruzó el puente de madera sobre el riachuelo y se detuvo, a admirar el castillo, abrazado a sí mismo. La bandera en lo alto, otrora grana y oro, se ondeaba roída y sin color en una torre. Algunas ranas croaron desconcertadas. Terminó de cruzar el pequeño puente recordando la mañana de la despedida cuando se retrasó unos pasos y giró justo al salir del claro, entrando en los árboles y el bosque, y logró verla a lo lejos, ahí en ese puente donde le recuerda; la mirada de Ella tratando de tener un último y mínimo atisbo de su caballero, y como él mandó un beso invisible. Tampoco él logró olvidar, en todo este tiempo, el sol rojo sangre de aquella mañana.

Fue evidente que la servidumbre no se encontraba dentro. ¿Y Ella? ¿Qué había pasado? Quiso gritar su nombre pero mejor caminó a la izquierda de la gran puerta levadiza. Se guió con la luz intensa de la luna. La luz de piedra de la luna. El frío creció y encontró alivio con la pequeña puerta falsa en una esquina, casi al girar al lateral del castillo. Era de madera lisa, sin ningún cerrojo, sólo un hueco del tamaño de dos puños por el que se veía una inmensa oscuridad.

El caballero volvió a la zona del riachuelo en busca de una piedra que cupiera por el hueco y fuese lo suficientemente pesada. Ahuyentó a un grillo y los ruidos de los insectos fueron advertidos por él. Tuvo que meter las manos al agua que se clavó helada hasta su sangre. Aún así aprovechó para pasar un poco del líquido sobre la herida de la mejilla.

Regresó con la roca a la falsa puerta y la introdujo en el hueco. Él no podía verla por dentro, pero sabía que su peso había caído sobre una viga que ahora con los kilos había cedido, levantándose en diagonal, permitiendo al caballero empujar la puerta y entrar al castillo.

La oscuridad total le hizo tantear las paredes, oliendo el rancio y la humedad acumulada. Unas patas pequeñas y un chillido huyeron sin que él les diera mayor atención. Por fin encontró empotrado en la pared el metal que sujetaba un leño podrido. Buscó otro y lo halló en las mismas condiciones. Llegó viendo con sus manos a una pequeña chimenea en un instante. La memoria no lo traicionó y al buscar en el estante más bajo, encontró madera en increíbles buenas condiciones. De dos maderos muy pequeños y unas hojas secas logró hacer fuego en relativamente poco tiempo. Con él prendió los maderos grandes, humedeció un trapo que amarró a su mano y se internó al castillo. La sala principal.

Su primer tarea fue colocar la luz en distintos lugares e iluminar la estancia. El aire provocado por sus lentos movimientos hacía levantar grandes cantidades de polvo acumulado en el suelo, candelabros, sillones, sillas… Llegó a la chimenea y ahí estuvo viendo el fuego crecer hasta sentirse seco y repuesto.

Aún no quiso nombrarla. ¿Dónde estaban todos?

Fue a la cocina. Lo sorprendió ni siquiera encontrar animales, roedores, ahí dentro. Ya no había nada que devorar. Sólo algunos insectos muertos y los huesos de una rata en una esquina. El hambre arreció con el aroma a pan que tantas veces había olido saliendo de aquí, de esta mesa, al lado de un cerdo bien cocido y uvas. Vino. ¡Vino! Sí, ahí seguían sus barricas. Probó una y escupió el rancio líquido. Otra y fue lo mismo. Hasta la tercera barrica probo un caldo mínimamente decente que acabó en segundos. Se recostó sentado sobre la mesa. Durmió.

No supo si lo despertó el frío o el hambre. Todavía era de noche, la luz de la sala principal se había ido y parecía que nada hubiese sucedido. Como si él no vistiera. ¿Cuánto tiempo había pasado?

El caballero olió el polvo acumulado por todo el castillo. Atisbó la noche por una de las ventanas con un vidrio entre incoloro y rojo.

Buscó la luna para darse una idea del tiempo que faltaba para el amanecer. ¿Y si había dormido un día entero? Estaba tan cansado. Cómo saberlo. No, aún sentía el cuerpo molido y el hambre no le hubiese dejado un día de tregua. No, no habían pasado más que unas cuantas horas, lo sabía.

Fue hacia una de las paredes de la sala principal y quitó la espada y el escudo empotrados en la roca. Habían sido un regalo de su padre el día de la boda. En el escudo se encontraban los blasones de las familias, algo raro, ya que se sabe que la predominante era la del varón; para esa ocasión el trabajo había sido magnífico, fusionando ambas familias, ambos blasones, en un solo y original escudo.

La espada tenía la empuñadura bañada en oro blanco con incrustaciones de jade. Sobre el acero mismo, muy cerca del mango, se había mandado labrar Fuego en el Fuego, con todas las letras unidas, como si hubiesen sido escritas sin despegar el cincel, de un tirón, una tras otra, sin dejar que ese fuego se extinguiese.

El caballero comprobó el nulo filo que la espada tenía. Miró con un ojo cerrado oteando si seguía aún derecha y no como esas abominables, árabes, hechas en curva. Sí, la rectitud aún la conservaba.

Les sopló y miles de motas de polvo salieron volando. Tosió invariablemente y se ajustó tanto el escudo como la espada cual si fuese a entrar en combate. La blandió izquierda y derecha, provocando más polvo y más tos.

Demasiada hambre. Sed.

Demasiada fatiga. Mental. Física.

Espiritual.

Regresó a la cocina en busca de algo que beber aunque sin muchas esperanza. Salió por la puerta lateral y caminó hasta el riachuelo cargando un cuenco que tardó en llenar debido a la poca corriente que bajaba desde el Río Grande, unas leguas más arriba.

Mientras llenaba el cuenco, buscó por el lugar a algún animal que pudiese cazar y cocinar, pero no tuvo fortuna. Sólo el sonido de alguna lechuza escondida en la copa de esos árboles que formaban, ahí, el bosque impenetrable, negro, sosegado, melancólico bosque.

Buscó la luna y la encontró yéndose, en una posición que no dejaba dudas de que ya no faltaba mucho para el amanecer.

Miró de nuevo hacia el castillo y lo encontró casi igual al bosque, con la excepción de que a éste lo sentía intranquilo, estáticamente intranquilo.

Le dio la vuelta a toda la fortificación. No parecía haber sufrido ningún ataque en estos años. Era difícil, pero si llegaron informes a su campamento de algunas pequeñas escuadras de avanzada que el enemigo había logrado infiltrar en este territorio con el único fin de provocar unos pocos desmanes aquí y allá para aterrorizar a la población.

Se terminó la cuenca y tuvo que volver al río. Esperó y al estar llena la acabó en pocos segundos, de nuevo la llenó y regresó a paso muy lento al castillo, con el olor de pasto y la incertidumbre, los sonidos del poco viento y sus pisadas, y la lechuza, su ulular y el aleteo, la vio volar, alejarse y perderse dentro del bosque.

Regresó a la sala principal y colocó en su lugar el escudo y la espada. En la cocina puso al fuego el cuenco con agua y ya cuando burbujeaba, le echó algunas especias que se disolvieron dando al líquido un sabor relajante.

Hacía tantos, tantos años desde la última vez que había tenido ese sabor en la lengua. Tantos que la vio ahí, a su lado, sentada en una de las sillas ahora desparramadas por la habitación. Una, dos, tres, tantas noches igual a ésta, ahí los dos a la luz de una vela, riendo por lo bajo y hablando en susurros para no despertar y alarmar a la servidumbre; sus rostros enmarcados en el fuego de la vela, su cara, la de Ella, blanca, lunares, cabello oscuro, ojos grandes color roble. Tantos años, tan diferente a esta soledad a la que vuelve.

Terminó su te. Miró al techo, hacia las habitaciones superiores. Ya era momento de subir.

Subió los primeros peldaños de piedra. Retumbó el leve sonido de su peso por los escalones por todo el castillo, magnificados por el vacío y el silencio.

Cuando llegó al segundo piso, un largo pasillo se extendía a ambos lados y de manera circular rodeando el vestíbulo principal conectando a varias habitaciones. Se metió a una del lado izquierdo a medio camino. La habitación se encontraba vacía. Casi. Sólo un escritorio con una pluma y un tintero seco de paredes negras.

Se asomó por una estrecha ventana. Apenas pudo sacar su torso y apreciar mejor la luz del día que se alcanzaba a ver a lo lejos por el este. Sin embargo la noche dominaba y el viento le heló los labios, secó sus ojos lo suficiente para que no pudiera contener una lágrima en cada ojo.

Regresó y del lado opuesto de las escaleras, una puerta pequeña. El caballero la abrió y al separarla regó polvo en cascada y, al girarla aún más, cedió y cayó; el caballero se quitó y lo que antes era la puerta, ahora eran tres pedazos de madera que exhalaban volutas que descendían para asentarse en el suelo.

Tosió. Entrecerró la mirada y prendió ahí otro madero ya que su mano se acercaba peligrosamente a ser chamuscada. Intentó iluminar en lo alto la habitación superior, ahí estaba Ella, sin duda, pero la luz del fuego no lograba más que dar su amarillo naranja a unos cuantos escalones de frente. Miró hacia atrás a un levísimo resplandor en el segundo piso derramándose hacia le vestíbulo. Faltaba muy poco para que el sol saliera y el caballero comenzó a subir al gran espacio de la habitación principal, donde Ella.

Allá fue. Pisada a pisada. Toc, toc, toc. Paredes de piedra frías. Toc, toc, toc. Alcanzó a iluminar la puerta de metal negra. Toc…toc…toc…

Subía.

Llegó.

Una llave en la cerradura girando. La puerta crujió y cedió…

La habitación era circular y estaba casi vacía. Una luz, venida no se sabe de dónde, iluminaba una cama de sábanas blancas. Los hierros verdes y oxidados se elevaban lo suficiente para quedar en penumbras, ligeramente destellados por el púrpura rojizo del amanecer que ahora parecía haberse detenido para sólo enviar estas poca luz a las paredes también verdes, verdes profundas, que no lograban ser iluminadas en su totalidad, así que lo negro contrastaba con el resplandor blanco de la cama.

El caballero lo entendió todo cuando la vio a Ella ahí. No quiso acercársele con los harapos que vestía. Se desnudó y poco a poco se fue acercando a la luz, sintiendo en cada pisada, el frío de las piedras y el poco calor de este poco nuevo día estático.

Se detuvo a media distancia. Volvió la vista hacia la entrada, que ahora veía como una salida, como un cerrar los ojos ante lo inevitable, lo ausente. Irguió su espalda, tomó una gran bocanada de la mañana y siguió avanzando.

Ahí estaba Ella. Vestida como en su recuerdo de aquél último día en que la vio cuando tuvo que partir. Yacía como dormida, quizá respiraba, las manos cruzadas en su vientre, el rostro sereno, de una tranquilidad infinita, que se iba más allá de la ventana y de los campos, una tranquilidad que quizá no iba en busca del sol porque ya lo había encontrado.

Se acercó junto a Ella, la miró de pies a cabeza, puso su mano sobre la frente, no fría, cálida, dijo su nombre sin esperanzas. Entendía todo. Ella ya no lo esperaba, Ella lo había dejado atrás y no era más que un recuerdo dentro de su dormir.

La lágrimas empezaron a escurrirle. Cascadas de sal que brotaban por sus ojos, descendiendo por las mejillas y algunas iban a parar a sus labios. Lágrimas y voz repetían el nombre: Ella, Ella. Se acercó; tan, tan cerca sus rostros, como hacía tanto, tanto tiempo. No dejaba de decir su nombre. Otra vez. Lo repetía, lo repetía.

Hundió su cabeza en sus cabellos suaves. Los mojó con lágrimas, con saliva que salía de él al decir su nombre, su nombre. No se dio cuenta, pero Ella también comenzó a llorar. Lágrimas salían de sus ojos cerrados. Lágrimas desde su profunda tranquilidad, lágrimas desde sus recuerdos.

No más.

Sólo recuerdos…

Te extraño tanto, tanto.

Me haces tanta, tanta falta.

¿Por qué no puedo parar de llorar?

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25 Nov 2011

Su nombre sin esperanzas

Escrito por: cronopioslamm el 25 Nov 2011 - URL Permanente

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06 Sep 2011

Tus Manos

Escrito por: cronopioslamm el 06 Sep 2011 - URL Permanente

La primera vez que las sintió no fue muy consciente de ellas; estaban totalmente apretadas, aferradas a algo, no sabe a qué, buscando qué sujetar, quizá a sí misma, mientras lloraba. Posteriormente la pusieron en el pecho de su madre y se calmó un poco. Incluso llegó a abrirlas. Luego sería experimentar con cualquier objeto que se pusiera enfrente. Se quemó un par de ocasiones y aprendió que si se veía rojo, quemaba. Por ello tardó tanto en tomar confianza y jugar con una pelota de ese color.

Creció y fueron cosas más complicadas como saber peinarse, abrochar sus zapatos azul marino ¾como se los pedían en la escuela¾ o amarrarse las agujetas de los tenis cada martes y jueves que tenía educación física. De la primera vez que tomó de la mano a un niño, ni hablar, eso fue en el kinder; luego a los 8 años, no, las niñas no nos llevamos con los niños, así que a hacer de cuenta como que eso nunca sucedió. Lo que no pudo ocultar fue tiempo después cuando Roberto la tomó de sorpresa y le dio un beso, entonces sus manos fueron las encargadas de darle un empujón al atrevido, aunque en el fondo le había gustado y logró que se posaran fugazmente entre panza y pecho para aventarlo, pero eso sólo se lo confesó a Karla, mientras movía los dedos sin parar.

Con sus manos tomó de las suyas al chico que le gustaba en secundaria, lo abrazó, y con ellas también pasó muchos exámenes, aunque reprobó matemáticas en el último año y en parte fue culpa de la mano, porque la diferencia entre un 6 y un 5 fue esa última operación donde era un signo de más, no menos.

Sus manos tomaron las de Margarita cuando lloró porque su madre había muerto. Sus manos desnudaron tímidamente a Marco. Sus manos recibieron el título universitario y estrecharon durante tres segundos, de arriba a abajo, las del rector. Sus manos le dieron una cachetada a Marco por su infidelidad luego de tantos años juntos y se juntaron en una oración pidiendo poder ya superarlo.

El dorso poco a poco se fue tiñendo de azul, de verde, conforme fue creciendo y ellas eran testigos de las experiencias que su dueña iba acumulando. Claro, como todas la manos, se cortó alguna vez al picar verduras; o disfrutaba tocando la seda traída desde los dominios de Hara Kei, o al meter la mano en un costal lleno de lentejas.

Aferró sus manos a las del esposo. En los buenos momentos, sí, también en los malos. A veces seguían saliendo a la calle tomados uno del otro, pocas, pero seguían haciéndolo. Él nunca aprendió a bailar, así que seguía utilizándolas junto con los pies para guiarlo en los salones de baile.

No le gustaba el sentir de los libros nuevos, por ello prefería ir a los de viejo; mientras pasaba por las estantería revisando los títulos, los dedos recorrían los lomos y en realidad se guiaba más por ese sentir, que por el autor, título o la portada para decidirse por uno.

Con esos dedos se secó lágrimas: de los ojos, de las mejillas, del vestido. Con esos dedos se veía al espejo y se retocaba el maquillaje para salir de la soledad de la habitación y aparentar que nada había sucedido. Pero los dedos seguían ligeramente húmedos.

Con sus manos rompió platos por la impotencia. Con sus manos bordó bufandas por ternura. Con sus manos escribió cartas por recuerdo.

Se llenaron de lunares, se volvieron huesudas, las venas aún más a la vista. Un día, en casa, bajando la escalera principal, la izquierda se sostuvo del barandal, la otra fue al pecho; luego ambas a sujetarse de su esposo, a sujetarse a si misma y a su vida que se le iba en el hospital. Y si ya era irremediable, mejor decir con la boca, y también con las manos, que no, no moriría ahí, moriría en casa, sintiendo sus propias sábanas, los abrazos de la familia que preocupada la cuidó en su última enfermedad. Ella entrelazó los dedos con los de él, mientras la sangre dejaba ya las arterias de sus manos, primero de la izquierda, luego de la derecha. Expiraron cerrándose, aferrada a no sabe qué, quizá a sí misma, como aquella primera vez.

Laranjinha

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15 Abr 2011

Un veintitantos de marzo de 2002...

Escrito por: cronopioslamm el 15 Abr 2011 - URL Permanente

Dijo Platón, en el libro duodécimo del Civitas Dei, que al cabo de los siglos, todas las cosas volverán a su estado anterio.

Me da mucho miedo que lo que ha pasado en los últimos días pueda ser definitivo. Supongo que por ello me aferro a lo que PLatón dice. Sólo es cuestión (si las cosas, o la vida en sí, no resultan como espero) de aguardar al fin de los siglos para que todo vuelva a su estado anterior, a lo que yo entiendo como "estado original"; lo que me lleva a pensar, invariablemente, en tí y en mí juntos.
Últimamente he pensado en aquél día de marzo (con eso de que recuerdo muy bien las fechas -¡y sin ver la agenda, eh!- me aventuraré a decir que fue un veintitantos de marzo de 2002) cuando estuvimos platicando afuera de tu casa en avenida Veracruz, sobre la posibilidad de vivir en Madrid. Tengo la noción de que ese día vestías una blusa blanca y yo una camisa roja (y si no es así, creo que así será de ahora en adelante porque al yo escribir esto, es una manera de fotografiarlo en la memoria, hasta que un día leas, lea esto, y entonces ya no haya duda de que tú vestías de blanco y yo de rojo, aunque no haya sido así... Pero confiemos en mi memoria, no recuerdo tan bien los colores -soy hombre, después de todo- como los números de los días y los sucesos, pero creo que sí vestíamos de aquella forma...), nos recostamos en los asientos de Cornelio. Eran creo, las cinco de la tarde, nos habíamos visto un poco antes de lo habitual (que si recuerdas, generalmente era a las cuatro o cuatro y media de la tarde) porque tenías que llegar antes a casa (eso sí no recuerdo por qué...aunque tampoco recuerdo qué fue lo que habíamos hecho...y no, no lo veré en la agenda - que según yo sí está marcado como el día que hablamos sobre Madrid- ya que éste es un ejercicio de la memoria. Supongo que hicimos algo por ahí cerca, caminamos por los Condesa o por el Parque España, o fuimos a Roxy).
No pusimos música (aunque está la duda, así que será como con la manera en que estábamos vestidos, se quedará como si fuese una verdad absoluta) aunque el radio estaba prendido con es aluz verde que tenía el original estéreo de Cornelio. Platicábamos de cualquier cosa y una llevó a la otra, es decir, jóvenes como éramos, a hablar sobre el futuro.
Empezamos con los pronósticos sobre cómo nos veíamos en unos años, y muy pronto decidimos que en algún momento, tendríamos que vivir en Madrid. Era un veintitantos de marzo de 2002 y ese anhelo se veía posible, aunque siendo realistas, aún lejano. Para dentro de muchos, muchos años.
(Ahora me asalta la duda: ¿qué tal que era un diecialgo de marzo? De todos modos el margen de error es una o dos semanas a lo mucho).
Recuerdo mi vista con el asiento reclinado, diría que acostado; me pediste que te hablara de Madrid (había ido apenas un año antes). Y mientras por el quemacocos descorrido (que no abierto) veía las hojas negras del árbol encima de nosotros que no lograba tapar un cielo totalmente blanco, te hablé de lo muy muy poco que vi de Madrid en aquella ocasión.
Recuerdo tu sonrisa y tu emoción a a par de mi descripción de Sol, Gran Vía, la Plaza de España, Cibeles y El Prado. Dieron las cinco y media (quizá hasta dieron las seis) y te tuviste que ir. Para cuando bajaste del coche, teníamos ya seguro que en algún momento de nuestras vidas, viviríamos juntos en Madrid.
Como tantas veces en aquellos primeros meses, te despedí viendo tu silueta alejarse por el vidrio garigoleado de la entrada, luego de decirnos adiós con la mano, tú en la puerta, yo en Cornelio, motor encendido y un avance de unos cuantos centímetros, tú que sonríes y vuelves a despedirte y vuelves a sonreír y cierras el vidrio, la entrada, la puerta, y tu silueta detrás, se aleja, lo justo para yo dejar de verla y arrancar, mientras tú te quedas ahí, a unos pasos solamente, antes de girar para ver los faros rojos irse definitivamente y ahora sí tú enfilar a las escaleras, las perras y la casa, mientras yo ahora sí el radio, escuchar cualquier cosa (eran los días en que yo escuchaba más radio musical que otra cosa, eran los días en que yo usaba lentes de colores) y manejar a casa.
Nos dormimos ese diecialgo, o ese veintitantos de marzo de 2002, con una ilusión nueva y firme.
Cuando después de que los siglos acaben, todo regrese a su estado anterior, a mí me gustaría que ése fuera uno de los días a los cuales vuelva. Son tantos...
(Sólo hemos cumplido parcialmente. Aún falta...)

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01 Abr 2011

Roma Norte

Escrito por: cronopioslamm el 01 Abr 2011 - URL Permanente

Hay una señora que todas las tardes, a las tres, va al parque que está en Río de Janeiro a alimentar a las aves. Es una señora que tendrá unos sesenta y cinco, setenta años. Llega con una blusa de color deslavado; chaleco de lana marrón; falda larga, lisa, dejando sin cubrir una mínima vista, arriba de los tobillos, de las medias crema resistentes de todo un año, quizá dos o tres; zapatos gastados negros, ya sin suela; cabello oscuro, o pintado para parecer más cercana a los sesenta y cinco, más lejana de los setenta. Carga una bolsa de plástico que cambia dependiendo el color que le hayan dado en el mercado: amarilla, azul casi fosforecente, gris, blanca…

Se va al fondo sur del parque, donde una pequeña explanada está dividida por una carril de arbustos. Del lado derecho, esparce granos en un diámetro de unos cuantos pasos, por aquí por allá. Los pajarillos, esos marrón chiquitos que dan saltos y saltos, se acercan, expectantes, pero sin invadir. Algunos se quedan en el límite del círculo de comida, apenas sometiendo al instinto que les exige devorar esas semillas. Otros, los más experimentados y antiguos del parque, esperan en los árboles.

La señora saca otra bolsa, una de pan de caja, donde tiene migajón que avienta en pedazos pequeños sobre los granos, o un tanto afuera. Las palomas repiten el comportamiento de los pajarillos, algunas abajo, la mayoría en los árboles. La señora acaba de esparcir la comida, se aleja, y aquello se vuelve un festín glotón donde decenas de pajarillos arrasan con las semillas y unas cuantas palomas acaban con los trozos de migajón.

Ella no ha terminado. Rodea la fila de arbustos y repite los mismos pasos, el esparcir, y las pacientes aves, de este lado del parque, que van llegando y no han visto la farra a unos metros, o saben que acá les va a tocar más comida porque son menos.

La señora se va, dobla las bolsas completamente vacías y da una mirada al suelo limpio de un lado, casi igual del otro. Se pierde entre le gente que a diario cruza este parque, gente común, como ella, que acaso no ha reparado en su gesto, cada quien lo suyo, estudiantes, oficinistas, parejas, vendedores, ancianos, bebés en sus carreolas, David en la fuente al centro que mira hacia el norte y tampoco se entera (nunca lo hará) de la señora que dedica una parte de su día a conseguir las semillas, a guardar el migajón, a caminar una cuadra, quizá dos o tres, y regresar a casa, día tras día, sin que nadie se lo pida. Algunos adoptan perros callejeros, otros se detienen y enderezan un arbolito torcido, o le quitan la basura a la jardinera a una lado de la parada de autobús. Anónimos, con detalles mínimos. Sin esperar o pedir nada a cambio… Y aquélla es la señora encargada de alimentar a los pajarillos y a las palomas del parque donde está el departamento. Es ella y nadie más.

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06 Mar 2011

Ahí, tú...

Escrito por: cronopioslamm el 06 Mar 2011 - URL Permanente

Me imagino encontrarte, cómo va a ser; dónde. Qué ropa vistes. Cuáles yo. Caminando por la calle levanto la mirada y justo en ese momento sales a un balcón y extiendes la sábana para colgarla del hilo precariamente sujeto. Apareces detrás de la ola blanca, la ola de algodón y de reojo me ves y sonríes. Tus ojos se vuelven más chicos porque tus mejillas suben, igual que tu mano izquierda; la derecha, aún sujeta a la sábana. Y no decimos nada, solo el gusto sonriso de vernos.

Otras veces te imagino a contracalle, al mismo paso que yo, mirando de frente, moviendo hacia un lado el fleco rebelde que rebota y apenas alcanza tus ojos otra vez. Y otra vez tu mano, porque tu paso siempre ha sido rápido. Te veo brillante hasta que giras a la derecha y te pierdes de vista y no me atrevo a cruzar e utilizo la excusa del semáforo y los autos para convencerme de que es mejor así.

Otras veces camino por una de las laterales; temeroso, doy rápidas ojeadas al camellón porque sé que hoy es domingo y estarás ahí ayudando a tu madre, detrás de alguno de los puestos, con las artesanías… me tiembla el respirar ante la aparición de ella, contestando algo a una pareja que ronda los cincuenta años, mientras otra que andará en sus treinta, se acerca; también otra señora, la más anciana de todos. Tu madre se pregunta dónde estarás porque son cinco personas, mientras yo me pregunto lo mismo porque son mis ojos, mis labios y manos, mi corazón que atender…pero no estás, tal vez me equivoqué y no es domingo, es sábado y es uno de esos quincenales que no libras en el trabajo; tal vez cuando yo comience a caminar por esta cuadra, sales corriendo, a buscar fraccionar un billete y regresarás cuando llegue a la esquina y sea demasiado tarde para mis ojos, mis labios y manos, mis cabellos y piernas, mi corazón…

Otras veces es súbito. Tú o yo, alguno sale de un local y casi choca con el otro, que justo pasaba por ahí. Lo violento de la aparición nos da unos segundos estupefactos para luego reírnos de nuestro asombro, y ahora sí el beso y platicar cómo hemos estado, sin lograr salir del todo de la sorpresa.

Pero mi favorito es cuando cruzo la calle, con el frío de finales de noviembre, y me acerco al Café París en la esquina. Yo doblo a la derecha, es de noche y dentro estás tú, sola, en uno de los asientos plásticos verdes, con un capuchino o un chocolate en la mesa, los cubiertos aún encima de la servilleta, esperando la cena que acaba de escribir la mesera y que ya entrega en la cocina. Tu mirada lejana hacia la ventana, no te permite verme cuando yo me detengo fuera, frente a ti; tu mirada está más allá, quizá imaginando un encuentro conmigo, o eso me gusta pensar. Es la misma mesa de nuestro último día. Pero ahora cambiará el significado de esa mesa porque ya reaccionas que hay alguien ahí, afuera, y te das cuenta de que soy yo. Me sonríes, la mano izquierda también me saluda y me dice, me invita a entrar mientras yo sonrío con los labios más sinceros y honestos que he tenido.

Hoy caminé por el camellón. Tomaba de mi mochila un libro del que leía un fragmento, marcado a lápiz. Hoy, una chica de falda larga y florida pasaba en dirección contraria, olí su fragancia, levanté la vista del libro, giré… Ahí, tú.

Laranjinha

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04 Ene 2011

04 Enero de 2005

Escrito por: cronopioslamm el 04 Ene 2011 - URL Permanente

Hace cuatro meses y dos días, dentro de un avión de Iberia, Ro y yo dormíamos la madrugada sobre el Atlántico. Yo traía mi reproductor portátil de cd´s. Una canción que se repitió y se repitió durante unas tres horas, fue la de Viento, de Caifanes. Tiempo, deténte muchos años, decía varias veces dentro de cada una de las canciones que medio escuché en ese lapso. Sí, ahora cuatro meses y dos días después, lo repito, vamos a regresar, pero tiempo, no lo olvides, deténte muchos años en estos meses, los mejores de nuestras vidas...

El día empezó con una gran lata para poder llevar las maletas. Ángel, Clau y Gabo nos ayudaron a llevarlas y también a mi madre, que regresó, igual hoy. Fuimos al aeropuerto, ya no hubo tiempo de nada más. Recuerdo que puse un pie fuera, la maleta de la mano, con sus rueditas tras de mí. Giré y puse un pie fuera de la casa, de casita. Creo que ahí para mí terminó el viaje. De todos modos, contaré que la terminal ya a punto de abordar el avión era amarilla, o es que había mucho sol. Que sí, un poco contento por regresar a México, pero muy triste por dejar Madrid. Me eché en todo el vuelo, el libro de Hay Algo Que No Es Como Me Dicen, el caso de Nevenka Fernández, concejal de Ponferrada, que acusó a su jefe, el alcalde, de acoso sexual y todas las injusticias que sufrió. Me gustó el libro y no vi la película tras película que pasaron en el avión.
Ro se mareó en el vuelo, y fue la última de todo el jumbo avión, en terminar de comer.
Nos tocaron los dos semáforos en verde y no tuvimos que abrir ninguna de las maletotas que traíamos. Ahí estaban los familiares. Hasta los papás de Gabo.
Casi no recuerdo este día. Me estoy dando cuenta que lo tengo bastante borrado de mi cabeza, supongo que eso pasa con experiencias no del todo buenas, y salir de Madrid, nunca puede ser bueno.
Gracias, sinceras, a mis amigos, con los que compartí este viaje.
Gracias, sobre todo a Ro, a Ella, por haber compartido, los hasta ahora, mejores momentos y meses de mi vida. El viaje no hubiese sido lo mismo sin ella, vamos ni siquiera hubiera habido viaje. Gracias, de todo corazón, sé que te lo he dicho varias veces, pero siempre podré decirlo una vez más: Gracias por estar ahí, literalmente día y noche, compartiendo conmigo, juntos de la mano, cada pisada y cada viento, el verano, el otoño y el invierno madrileño, gracias por hacer feliz, inmensamente feliz, el tiempo allá. Gracias por tu amor, tu amor a mí y tu amor a Madrid. Cada sonrisa y cada lágrima cuando recordamos esos meses, son un homenaje a nosotros, a la ciudad, a los momentos. La promesa de la Plaza de España, está hecha. El Puente de la Esperanza espera...
¿Qué he aprendido del viaje? Creo que aún no lo sé. De alguna manera tenía la esperanza de que al hacer este diario de viaje, pudiera entender algo, pero no, no lo sé, ya estoy más cerca de poder empezar a entender, pero no, aún no lo sé. Sé que me cambió, que me hizo madurar, pero aún no sé cómo o cuánto, aunque sé que es mucho, muchísimo. Algún día lo sabré...
Con qué momento quedarme. Tantos... la banca del parque de San Isidro; Ro y yo en el Prado, junto a Velázquez viendo a los perros en una agradable tarde de verano en septiembre; Saramago; el Tajo que es el Mar en Lisboa, el otoño en el Retiro; el desierto sobre un camello al atardecer; Van Gogh y su cuarto; y hasta ahí que si no reescribo todo el viaje y no, será tal vez el próximo septiembre, o dentro de diez, veinte años, cuando quizá ya sepa qué tanto aprendí, cuando el cristal me haga ver las cosas ya desde otra óptica.
Me faltó hablar de cuando hicieron Gabo y Ro la representación de Matrix, con Nea y el Agente Pérez, ya será cuando el próximo septiembre, o dentro de diez o veinte años, reescriba este diario de viaje. Alguna que otra situación, alguno que otro momento me habrá faltado.
Lo especial es que realmente cada día tuvo lo suyo, aún aquellos en que nos levantamos tardísimo y ni nos bañamos y despeinados sólo limpiamos la casa. Aún así todo era diferente y todo era especial, porque éramos nosotros dos ahí, viviendo un sueño del que habíamos platicado apenas dos años atrás.
La primera imagen de México: la cara, feliz, emocionada, alzando el cuello sobre las cabezas de desconocidos para poder vernos, de la mamá de Ro...

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03 Ene 2011

03 Enero de 2005

Escrito por: cronopioslamm el 03 Ene 2011 - URL Permanente

Hoy es nuestro último día en Madrid. Mañana regresamos a México.

–No me veas! –gritó Ro cuando regresé. Aunque lo único que vi fue la puerta del baño mientras se cerraba. No quería que la viera aún en pijama, a pesar de que ya era algo avanzado el día.
En la mañana, muy temprano, yo había ido a República de Argentina, a la Fundación Tomillo por última vez, para despedirme de Ángela. Fui y ella salió de la recepción, atendió luego una llamada y ya nos dimos abrazos de despedida y de buenos deseos y que quedaba pendiente un café para tomarnos y que le platicara de México. La promesa está hecha.
A lo largo del recorrido y en especial el hecho a pie, traté de distraerme de una punzada en el estómago queme acompañó durante todo el día. Siendo sincero, así ha sido desde hace dos días. El hecho de que ya sea Enero y ya sea otro año fue un golpe que mi hizo reaccionar de que el viaje ya estaba en sus últimos días, pero hoy ya es muy difícil hacer como que nada sucede, como que nada pasa y yo puedo regresar mañana. No, vine a despedirme de una buena persona que me ayudó a sentirme más integrado a esta ciudad. La angustia que gritaba desde dentro se hizo un poco más grande cuando salí y regresé calle arriba hacia el metro. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que pueda regresar? ¿En qué condiciones lo haré?
Quería ir a subirme a todas las estaciones. Hoy fui a la única que me faltaba. La 11. La de Plaza Elíptica hasta Pan Bendito. Sólo tres estaciones había en aquel año en esa ruta. Fui y cumplí: en el viaje, me subí a todas las líneas del metro.
Fue lo misma urgencia en el estómago, subiendo a los pulmones al salir de Urgel y subir por Rascón. No puedo evitar pensar en cosas como que va a ser la última vez de mi vida (a menos que haya circunstancias extraordinarias) en que a esta hora voy a subir por esta calle para regresar a mi casa, ya que mañana a esa hora estaríamos ya en el aeropuerto, o apenas saliendo, pero no de regreso a casa. Y cuando regrese a Madrid, quizá esta ya no será mi casa. Ya no, nunca más. No gano nada pensando esto, pero no puedo evitarlo, así también trato de disfrutar la subida, rampa por rampa, escalón por escalón, porque es la última vez que subiré de veintidós años por aquí para ver a Ro y salir con ella de la mano. Lo disfruto, sí, pero a la vez duele, y mucho. Realmente me gusta mi vida aquí con Ro...
Ella corrió a meterse al baño para bañarse y que yo no me diera cuenta que seguía en pijama.
Salimos y dimos un paseo por el parque. Exprimiendo cada paso por la gravilla, por la tierra arenosa, el pasto en este lugar que sí hemos considerado nuestro. Última visita a la fuente, estaba apagada y nos sentamos en la banca. En nuestra banca. Aquella que quedará, puedo decirlo para siempre en mi memoria como nuestra banca en Madrid y en la cual pienso con frecuencia si un día regresaremos a sentarnos en ella, con más años, la fuente apagada y de pronto que se prende, mientras recordamos aquel 2004, 2005, cuando aquí nos sentamos a disfrutar el invierno.
Caminamos hacia el cementerio que está detrás. Nunca habíamos ido. Vimos una tumba que literalmente, parece una iglesia. El lugar está tranquilo y es el cementerio que más paz me ha transmitido. Me serené un poco del desasosiego. Caminamos entre las tumbas y regresamos al parque. Vimos la cabeza monumental de Goya y una última ojeada a la banca. La fuente seguía apagada. Paso y paso, salimos. Que lindos recuerdos se quedan en este parque, que lindos recuerdos nos llevamos de este parque.
Subimos a pie una estación, a Oporto. Para decir que fuimos, no sólo a Lisboa. Nos bajamos en Callao y vimos a mi madre para comer. El elegido fue un restaurante de mariscos sobre Gran Vía, algo caro, pero delicioso, donde fue un espectáculo el ver cómo el camarero servía la paella. Comimos sopa, naranjadas, plato fuerte, postres. Fue mucha comida y muy, muy rica. Hasta nos felicitaron por habernos acabado todo.
Nos fuimos Ro y yo a pasear por la zona. A la Calle de Cucho, la de la Luna. Hay un póster ahí de una película que no vimos: Antes del Atardecer.
El día ya declinaba. No te vayas, día, no te acabes, que nos e termine el viaje. Recuerda que mañana ya no hay tiempo para pasear. Sólo ir al aeropuerto y listo, de regreso a México. Así que no te vayas, día, no te vayas... El tiempo se acababa y había tantos lugares por visitar una última vez: El Retiro, la estatua de Velázquez con los perros en el Prado, la placita frente al Reina Sofía, el restaurante italiano de la cena de aniversario, una última visita a Argüelles, la Plaza Mayor, Ópera, el Puente de la Esperanza, la chocolatería, la Puerta de Toledo y el otro abrigo que quizá siga ahí... No te vayas, día, no te vayas, tenemos tanto por hacer antes del atardecer, antes del amanecer...
Tomamos fotos de la Calle de la Luna. Nos metimos por unas callecitas con tiendas de chinos y lugares para revelar fotos, con taxis Audi y Mercedes Benz estacionados en las aceras.
Bajamos por Preciados hasta Sol con la escultura del oso y su madroño. Regresamos viendo las rebajas que ya comienzan y el mar de gente que las aprovecha. En gran Vía, nos metimos a un Starbucks y pedimos un café caliente. Bajamos calentándonos las manos a nuestro último lugar para visitar en este viaje: la Plaza de España.
Sentados frente al Quijote y la fuente, con la Jirafa a la derecha. Nos tomamos lentamente el café hablando y tratando de que no se nos quebrara la voz al pensar en qué momento fue el más emotivo y darnos cuenta de que es difícil elegir uno. Ya será el tiempo quien acomode todo y podamos decir, éste y éste, aunque también éste y éste, y éste, y éste, éste, y éste, son tantos...
Más fotos de la fuente con la noche de fondo y la luz que sale del agua. Promesa de que regresaremos, quién sabe cuándo, pero regresaremos a vivir aquí definitivamente. Algún día será. Esta promesa también está hecha...
Ya es tarde. Ya es hora de regresar a casita. A disfrutar el último regreso a nuestra casa en Madrid, a nuestra última noche juntos. Respiramos el aire frío, hasta nos gustó, a mí más que Ro, seguro, pero lo disfrutamos. Qué rápido se fue el día.
Jugamos chinazo con los demás. Las maletas ya están hechas. Quién sabe quién ganó. Nos alocamos todos al final. También es nuestra última noche aquí todos juntos. Ángel regresará en dos días, Gabo y Clau al final de la semana. Noche loca y divertida.
Luego a dormir, nosotros dos, juntos en Madrid. La promesa de la Plaza de España, está hecha...

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02 Ene 2011

02 Enero de 2005

Escrito por: cronopioslamm el 02 Ene 2011 - URL Permanente

En la mañana pasamos por mi mamá, y fue otro día de compras.

Pasamos al Calderón y corrijo, ahora síme compré mi playera del equipo. La del Centenario. Eso pasó hoy y no en 204, como había escrito. De ahí nos fuimos al Rastro. Ro se compró unos patines hermosos, viejitos, y que son un arma contra cualquiera por el peso que tienen…pero están preciosos! Y que yo recuerde fueron algo baratos. Son una reliquia ya en este mundo de patines en línea y con diseños aerodinámicos! Estos son de esos que tenían las ruedas de dos en dos. Mi madre dice que con unos como esos, aprendió a patinar hace ya varios ayeres…

Ah! Antes habíamos desayunado casi enfrente del hostal, en un cafeteria a contraesquina de donde está le restaurante italiano. Fue un desayuno de los de aquí: breve, con café y pan, sin huevos ni jugo ni nada de eso que yo generalmente desayuno.

Nos encontramos con Angelito después de comer, después de lo del Ratsro (siento que estoy haciendo un caos cronológico, sera el nuevo año que no deja organizar mi cabeza…¿sera presagio? Mal presagio. Buen presagio. ¿?) y anduvimos paseando con él y con las mamas un poco. Regresamos con ellas al hostal y ahora sí, ahora sí voy a platicar del Alaska que vive ahí:

Es un Alaska de unos cinco años, según su dueña. El hostal está en un piso de un edificio típico de la zona de Callao en Madrid. Lo más fácil es subir or las escaleras, ya que el lugar está en el Segundo piso, así que no es mucho. Se gira a la derecha y ahí está la entrada. Primero la recepción. A la derecha ya hay cuartos y a la izquierda hay una salita con dos sillones y una television eternamente prendida la centro. Hay folletos de lugares de interés y la luz prendida, también eternamente. Más allá, ya están las habitaciones. Hay caudros impresionistas, en especial uno de un paisaje de mar que me gusta, y que para variar, ya olvidé el nombre y el autor y todo por no apuntarlo al momento, siempre pensando que podia hacerlo otro día que anduviese por aquí. Los cuartos son chicos, dos camas, una mesa de noche, un escritorio, una silla, dos, un silloncito, el baño, calefactor… Nada del otro mundo pero que sirve para el propósito de pasar aquí poco tiempo ya que lo importante es visitar a la ciudad.

Atrás de la recepción, se asoma un perro Alaska. Macho o hembra, no sé, no recuerdo. Se asoma y huele un poco, sale, va a la salita de la tele y se regresa y ve fijamente a su dueña. Recibe caricias y se nota que está más que acostumbrado a ver ir y venir personas. Pero lo mejor, de lo que realmente yo quería hablar, escribir de este perro, es de su ladrido.

Semejante perro seguro tiene un ladrido imponente, fuerte, sonoro no sólo para los de este piso, sino para los de todo el edificio, en especial con cómo están los edificios construidos. Se hace mucho eco. Al parecer, ya le ha costado varios regaños a este Alaska la situación de su ladrido, así que ahora ya sólo lanza uno acorde al lugar donde se encuentra, uno que no moleste a los huéspedes porque ya le dijeron que huéspedes molestos equivale a menos dinero, y en el caso de él, eso equivale a menos corquetas y uno que otro juguete menos. Así que cuidado con los ladridos, que tu estómago o tu diversion se puede ver perjudicada.

Algo oyó, algo olió. Dio unos pasos fuera de mostrados. Se planto en sus cuatro patas. Tomó aire, y ahí va la cabeza hacia arriba y un poco hacia atrás… Pero cuando uno se esperaba un aullido conforme a su tamaño…no. Fue apenas un susurro de aullido, que sólo fue audible para los que estábamos ahí, quizá apenas para un señor en la sala. Quedamos maravillados con este perro que sabía acerca de la comodidad de los huéspedes, sabía que tal vez alguno dormía y pore so lanzaba estos aullidos totalmente medidos para causar el menor ruido posible. Qué educado perro que respetaba la tranquilidad del hostal! ¿Qué estará haciendo ahora ese perro? Ya más viejito, seguirá aullando muy bajo, pero con la comida y la diversion asegurados. Y esa es la historia del Alaska del hostal que casi no emitía ruido cuando ladraba y no olvidaremos…

Pasamos ya de noche los tres a por donas a Dunkin´. Cenamos eso sin chocolate del local, pero sí con Cola Cao con grumos imposibles…

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Cronopios!

Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

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