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30 Nov 2011

Hoy

Escrito por: cronopioslamm el 30 Nov 2011 - URL Permanente

Avanzar. Dejar el pasado atrás

Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír, me dijiste la última vez que nos vimos.

Llegué a la estación repitiéndome esas palabras. No del todo convencido, si he de ser sincero.

El andén se encontraba vacío. No había ningún pasajero ni ningún tren.

Del bolsillo interior de mi chaqueta, comprobé la fecha y la hora; si bien había llegado con un buen tiempo de anticipación (faltaba media hora para la salida), no era normal tanta soledad.

Tomé tres pastillas de menta que mastiqué mientras iba y venía por el andén. A los diez minutos intenté calmarme sentándome en la maleta. A pesar de la fría noche y el vaho que exhalaba, un ligero sudor bajó por mi nuca. El pecho lo sentí un tanto húmedo. Revisé de nuevo el ticket.

Justo cuando faltaban diez minutos para partir y yo dudaba si buscar el módulo de información, una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Me tapé los oídos por el chirriante freno y al detenerse, el humo que emergió de las vías fue el único movimiento en todo el lugar.

Seguía sin haber nadie.

Las puertas se abrieron. Ya no me sorprendió el no ver a ningún pasajero bajarse. Andén 01. Busqué mi vagón, el 11, y mi asiento. El 30.

Coloqué en el portaequipaje del techo la maleta. Las luces de dentro eran un tanto más ámbar que las de la estación, por lo que desde ahí, ésta se veía más desolada.

Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír. Mi reflejo en el cristal cumplió esto último y calenté mis manos con aliento. De un bolsillo lateral de la chaqueta, tomé el libro de poemas de Mario.

Las puertas se cerraron. Miré hacia atrás y al frente. El tren comenzó a avanzar. Dejamos atrás la estación, el campo apenas se distinguía, sombras negras en lo bajo del azul negro del cielo. El bamboleo del tren me sumió en una somnolencia dulce; las luces del vagón se apagaron, sólo entraban esporádicamente destellos ámbar de los postes de luz en el exterior. El libro se cerró y resbaló un poco, quedando en precario equilibrio sobre mis rodillas.

Avanzar.

En las ventanas se sucedieron las imágenes. Donde antes hubo una noche de campo, ahora se presentaba un perro jugando con una botella, afuera de un parque de diversiones; ahora estaba una heladería con más de cien años de antigüedad; un huerto con diminutas zanahorias; un molino rojo; una banca en un parque; un anillo de oro blanco y un anillo que guarda el infinito; una cesta sobre un mantel a cuadros junto al lago; un boleto del primer cine; un ángel para el amor…

El libro cayó, despertándome. La estación seguía vacía. Una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Las puertas se abrieron.

Revisé mi boleto: asiento 30, vagón 11, andén 11.

Avanzar y sonreír.

Me acomodé en el asiento y abrí el libro donde los acordes cotidianos. Miré tu foto que utilizo como separador, sonriendo, tú en la imagen, yo aquí, en este tren que ya avanza, hacia allá, donde tú me esperas.

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02 Jul 2008

Siempre es de Noche

Escrito por: cronopioslamm el 02 Jul 2008 - URL Permanente

Cuéntame, cómo va cayendo el sol, mientras hablas pensaré, Qué guapa estás que suerte ser…

Él sale cada atardecer, de bastón y lentes oscuros al balcón. Ella se molestaba, se preocupaba por él, le pedía que la esperase; después entendió que él necesitaba oler y escuchar al astro en su declive diario, resecar sus labios con la brisa que llegaba a esas alturas del edificio, donde nada estorbaba, donde él podía extender el brazo, casi sentir…

La mitad del cuento de un atardecer, conservo al escucharte, porque mis ojos son tu voz…

Ella cierra la puerta de vidrio, los aísla en ese balcón; se pone a su lado, toma su mano libre, su libre mano, toma aire, toma sus ojos y toma las palabras para contarle como siempre, sobre el atardecer…

Acércate y cuando estemos piel con piel, mis manos te dibujarán, tu aroma me dirá tu edad…

El sol en su más pequeña parte, esa última pepita de oro que se veía tras las montañas, desciende. Un beso en la mejilla, otro en los labios, tímido. Él reconoce su forma conforme la recorre con sus manos, se enreda en sus cabellos, ella, paciente, con una sonrisa lo mira…

Junto a ti, unidos sin saber porqué, seguramente se me note, el resplandor de una ilusión, porque a tu lado puedo olvidar…

Él llora, le da rabia no poder verla, baja su cabeza con la resignación y aceptación de algo que nunca sucederá. Se borra su lágrima, la toma de las manos, ella lo ve con ternura y le susurra una palabra, quizá dos, ciega el momento para disfrutar éste que saluda a una luna que ya comienza a brillar, él olvida sus ojos…

Que para mí siempre es de noche, pero esta noche es como un atardecer, si logras que a la vida me asome, tus ojos sean los que brillen y la luna que la borren…

Aún recuerda cuando veía; sabe que no se ha ido el sol del todo: allá de frente, los tonos violetas existen. Aquí a su lado, los ojos de ella reflejan el brillo de la luna que redonda, transparente, empieza su recorrido…

Que en mi eterna oscuridad, el cielo tiene nombre, tu nombre, que no daría yo por contemplarte, aunque fuera un solo instante…

Él señala un punto encima del horizonte, donde se funden día y noche, dibuja un nombre en el cielo, lo dice en voz alta. Toma una nube imaginaria, la atrapa, abre su mano y sopla hacia el rostro de ella, como cada día, con la esperanza de verla una sola vez…

Hace frío, es tarde y tienes que volver, que hay alguien que te espera, seguro, una vez más el tiempo se nos fue…

Ella lo besa en la frente, lo abraza, lo guía hacia la puerta de cristal que abre. La cena está cocinada. Se oye música dulce para un apartamento oscuro. Se despide con otro beso en la frente y uno más en los labios, menos tímido, más caluroso, un roce de manos…

Volverás, dime si mañana volverás, como lo has hecho cada tarde, para contarme cómo muere el día…

Habla, él sonríe, asiente con la cabeza. Ella aún no cierra la puerta, lo mira. Él comienza su espera que terminará mañana cuando ella regrese. Huele, recuerda dos besos, sus cabellos, la belleza imaginada con las manos, una promesa de un nuevo anochecer que será narrado mañana, diferente, nuevo, nuevo…

Se marchó ella se alejó de él, pero como en las cartas, los puntos, posdata, se me olvidaba no me presenté, sólo fui testigo por casualidad…

Ella cierra la puerta. Él se levanta y abre la de cristal. Sale al balcón, respira, agita su mano en dirección a mi edificio, no es tanta la distancia, nos separa una calle de unos pocos carriles, se aventura a llamarme, quizá esté yo en casa, Vecino, grita, platicamos un poco…

Hasta que de pronto él me pregunto: Era bella ¿no es verdad? Más que la luna, dije yo, y el sonrió…

Yo también. Cierra su ventana. Su silueta se ve avanzando a la cocina, al cuarto, cada paso metódicamente recorrido. Apaga la luz de la sala principal, prende la del cuarto por costumbre, recorre los cajones, la silueta se desnuda, se viste, entra en cama, enciende su radio y oyendo hacia el techo, se dispone a dormir…

Nunca más se hará reproches, por intentar amanecer, no volverá a perderse en la noche, porque su alma hoy brilla con más fuerza que un millón de soles…

Sueña que es de día. Como cualquier otro suena su despertador y se levanta a oscuras, corre las cortinas y ve la tenue luz de un amanecer. Espera ahí, de pie, hasta que el sol irrumpe y lo ciega. Gira. En un espejo ve su rostro, al fondo ella duerme aún, con medio cuerpo desnudo en las sábanas, él la cubre, hace frío, la besa, sonríen…

Pero en su eterna oscuridad, a veces se le oye a voces, que no daría yo por contemplarte, aunque fuera un solo instante…

Grita el nombre de ella escrito en el cielo. Se sienta al borde de la cama, los codos en las piernas, cubriéndose sus ojos, rogando que al abrirlos no sea oscuridad lo que vea. Que ella esté ahí, frente a él, sonriendo, contándole cómo es la noche, cómo es su rostro, cómo son sus cuerpos entrelazados, cómo son sus sentimientos compartidos, cómo era su oscuridad, cómo es ahora poder verla…

Que no daría yo por contemplarte, aunque fuera un solo instante…

Cuéntame como va cayendo el sol
Mientras hablas pensare.
Que guapa estas, que suerte ser
La mitad del cuento de un atardecer
Que observo al escucharte,
Porque mis ojos son tu voz.
Acércate, que cuando estamos piel con piel,
Mis manos te dibujaran,
Tu aroma me dirá tu edad.
Junto a ti, unidos sin saber porque,
Seguramente se me note
El resplandor de una ilusión,
Porque a tu lado puedo olvidar
Que para mí siempre es de noche,
Pero esta noche es como un atardecer,
Si logras que a la vida se asome,
Tus ojos sean los que brillen.
Y la luna que la borren,
Que en mi eterna oscuridad
El cielo tiene nombre: tu nombre.
Que no daría yo por contemplarte
Aunque fuera un solo instante.
Hace frío es tarde y tienes que volver,
Que hay alguien que te espera, seguro.
Una vez mas el tiempo se nos fue.
volverás? , dime si mañana volverás
Como lo has hecho cada tarde,
Para contarme como muere el día.
Y se marcho, ella se alejo de él.
Pero, como en las cartas...: dos puntos, posdata,
Se me olvidaba, no me presente.
Solo fui testigo por casualidad,
Hasta que de pronto, él me pregunto:
Era bella, ¿no es verdad?
"mas que la luna" - dije yo -, y el sonrío.
Nunca más se hará reproches
Por intentar amanecer.
No volverá a perderse en la noche,
Porque su alma hoy brilla con mas fuerza
Que un millón de soles.
Pero, en su eterna oscuridad,
A veces se le oye a voces;
Que no daría yo por contemplarte,
Aunque fuera un solo instante.
... por intentar amanecer,
No volverá a perderse en la noche,
Porque su alma hoy brilla con mas fuerza
Que un millón de soles.
Pero, en su eterna oscuridad,
A veces se le oye a veces.
Que no daría yo por contemplarte,
Aunque fuera un solo instante.
Que no daría yo por contemplarte,
Aunque fuera un solo instante.


Laranjinha/Alejandro Sanz

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20 Ene 2008

Rembrandt

Escrito por: cronopioslamm el 20 Ene 2008 - URL Permanente

Siguiendo con las malas repeticiones de mi vida, la otra tarde volví a visitar La montaña de piedra imán; una librería en donde esperaba encontrar el Paraíso Perdido de John Milton. De momento no pude evitar compadecerme por mi persona. La librería había obtenido su nombre por un texto de Scheherazada en sus 1001 Noches, descubrimiento que hasta hacía muy poco ignoraba, y que había logrado sumar a mi lista interminable de conocimientos inútiles gracias a una conversación casual con unos amigos. Pensando en mi propia historia y en la forma en que ella y yo nos habíamos conocido, durante años pensé que el nombre de la librería, de algún modo curioso, hacía honor a las propiedades magnéticas de un imán, y no a un cuento de origen persa.

Luego de reflexionar de manera absurda en torno a esa cuestión, me dispuse a mirar unos libros de John Stewart Mill en un aparador, cuando inesperadamente escuché su voz. Era ella. Al principio no pude ubicarla con exactitud y definir a quién pertenecía, pensé que era una confusión, pero de todas formas me decidí a echar un vistazo. Era Milenka. Hablaba por teléfono acalorádamente, podía notarse un dejo de molestia en sus palabras y eso me hizo sonreír un poco. No pensé en acercarme a saludarla, hacía más de siete años que no la veía y con seguridad apenas y podría recordarme; aunque yo no había sido capaz de olvidarla. Siempre reía cuando le aseguraba que ella era una persona imposible de olvidar; sus palabras siempre terminaban irritándome, pero nunca por mucho tiempo. Ella era la única persona que podía controlarme así: bastaba sólo una sonrisa suya para sepultar todo lo malo que pudiera haberme hecho. En aquellos días la amaba intensamente; pero a decir verdad eso no ha cambiado mucho desde la última vez que estuvimos juntos.



La miré iniciar su caminata y un impulso extraño me llevó a seguirla; aún conservaba esa soltura en los pasos, tanta seguridad impresa en sus movimientos me maravillaban, tan ajena a este mundo, tan indiferente. Hace diez años que nos conocimos y nunca podré olvidar ese momento. Fue una tarde de septiembre en que visité por primera vez La montaña de piedra imán. Por curiosidad contemplé un tomo de Hobbes: Leviatán, cuando de pronto, alguien me preguntó si me interesaba la filosofía. Aparté la vista del libro para encontrarme con los ojos del azul más profundo que había visto en mi vida, y para contemplar un largo y hermoso cabello que caía en capas sobre su rostro. Me miraba con una fijeza muy extraña, y yo apenas alcancé a responder que sí, que sí me sentía interés por la filosofía, pero no sobremanera. Soltó su primer carcajada, tan espontánea y convulsionando todo su cuerpo. Tienes una risa muy chusca le dije cuando nos conocimos mejor. Me tendió la mano y me dijo su nombre, tan fuera de tono como todo lo que ella era o hacía. Después de ese encuentro me ví envuelto con la persona que más influencia haya ejercido en mi vida; me marcó, me dejó errado como un animal. Nunca me había interesado así por ninguna mujer; la mayoría de ellas no me producían gran emoción; las veía como seres caprichosos que pretendían manipularte, y hasta ese día había preferido llevar el control de las emociones ajenas, sea esto, manipular a otros. El hastío que me producía el ritual del enamoramiento, toda esa parafernalia de cortejos y salidas, de clics insatisfechos eran algo que me causaba repulsión. Pero Milenka me rompió muchos esquemas. Me llevó a decir cosas que había olvidado o que me negaba a decir. Siempre tuvo una avidez por conocer mi pasado, aunque al mismo tiempo mantuviera gran reserva acerca de sí misma. Hoy no recuerdo con precisión por qué nos separamos… no, es mentira, sí lo recuerdo pero todavía me es difícil aceptarlo. Lentamente, cada día fuí desgastándola, a pesar de que siempre supe cuanto amaba su libertad y cuanto despreciaba los compromisos. No podía evitarlo, necesitaba saber que ella estaba conmigo; fue el gran amor de mi vida y la peor de todas las mujeres. También fue la mejor. Me entendía. Hizo todo cuanto pudo por salvarnos, y yo también. Pero nunca conseguimos eliminar esa cosa masculina. Bastaba con que ella mostrara atención a otro hombre para que yo me pusiera malo de rabia. Se me notaba en la cara y en la voz. A ella le parecía demasiada falsedad el no atenderles aunque estuviesra yo presente. Su honradez y su sinceridad me hacían despreciarla, mas nunca conseguí alejarme… lo intenté muchas veces, engañarme y engañar al corazón. Pero con Milenka eso no era posible me conocía mejor que yo mismo; siempre estaba un paso adelante.

Después de salir de la librería, todavía vociferando en el teléfono, Milenka se detuvo y tomó asiento en un café al aire libre. Me senté también, alejado de ella y a sus espaldas. Aun así conseguí escuchar lo que solicitaba al mesero: un café express. Ordené una gaseosa mientras la miraba encender un cigarrillo. El humo deformaba su imagen cuando de pronto apareció un tipo que se sentó en su mesa. Se besaron y de inmediato entendí la relación; el sujeto tenías rasgos árabes, algo que para ella era irresistible. Recuerdo bien aquella cena; después de una discusión acerca del mejor lugar para tener sexo, terminó llevándome a un restaurante de comida italiana. Nos atendió presto un mesero con tipo de árabe, y tras ordenar, comenté qué menuda era la combinación: un árabe sirviendo comida italiana. Me pidió dejar esa actitud pueril. Durante toda la cena ellos se dirigieron miradas, parecían ignorar que yo me encontraba ahí. Cuando nos llevaron la cuenta, mantuvo un momento en sus manos la mano del chico. No dije absolutamente nada, y después de pagar salí de aquel sitio. Me alcanzó presurosa para abrazarme por la espalda y preguntame: ¿Me amas? Fue con tanta gracia y naturalidad, que me olvidé por completo de lo ocurrido momentos atrás. Ahí mismo le pedí que viviera conmigo. Al día siguiente nos encontrábamos en la búsqueda de aquel apartamento que le agradara lo suficiente. Visitamos más de veinte durante la siguiente semana, hasta que encontramos uno con balcón. En cuanto lo vió, exclamó emocionada que no necesitabamos más, que era el lugar perfecto. Obviamente se debía al balcón, pero hizo otro de sus comentarios raros de toque mordaz: Es por el balcón, cariño... quizás algún día te canses de mí y deseés arrojarte por él.

Milenka terminó su cigarro, y de forma enconada comenzó a discutir con el tipo que la acompañaba en el café; no me sentí sorprendido, de hecho me parecía extraña tanta armonía; era demasiada la perfección considerando que ella adoraba discutir, enzarzarse en buenos combates verbales. Era algo que yo también adoraba a mi modo, pero que de manera palutina fue abriendo un abismo entre los dos. Pedía que se le amara tal como era, con todas sus contradictorias actitudes y carácter dominante; pretendía ser mi dueña sin atarse, siendo libre de cualquier yugo que la uniera a mí. Tras una riña, le pregunté la razón de su carácter tan incongruente, pero selló el debate con una frase aplastante: Lo que se contradice no siempre es mentira, sólo es más complicado. No hubo más. Siempre fuí débil para con ella, llevaba el control de nuestra relación, aunque ilusamente yo tratara de dejar en claro que eso no era así. Ella, a sabiendas del poder que poseía sobre mí, no me negaba ese pequeño aliento a mi ego. Pero ambos sabíamos cuál era la realidad. En algún otro momento dijo que amar era una declaración abierta de debilidad, y que por eso ella nunca amaría profundamente. En más de una ocasión le confesé que la amaba, pero me sorprendió al decir que lo sabía, que lo supo desde la tarde en que nos besamos por primera vez. Una noche nos fuimos a la cama, pero por la madrugada desperté y me senté en un sillón que había dentro de nuestra habitación. La contemplé mientras dormía. Cuando amaneció, se incorporó sobre su almohada para preguntarme qué hacía yo ahí, observando, a lo que contesté: Mirando tu único momento de debilidad.

Pensándolo bien, no fue el imán de la librería lo que me atrajo a ese lugar hace tantos años, no… fue ella, fue la propia Milenka quien me llamó, invadiendo mis pulmones con el sabor de la eternidad; la eternidad del amor, que por supuesto, es muy breve y dolorosa.

Luego de la discutir con el árabe, Milenka olvidó que eran amantes y lo golpeó con una sonora bofetada, dejándolo plantado en el asiento, alejándose de él y del lugar, sin darle mayores explicaciones. Desde mi prudente distancia, pude ver al tipo confundido, sin saber cómo reaccionar con respecto a ella; si optar por seguirla o mejor quedarse ahí, sentado y sin hacer nada. Sin duda este sujeto conocía el carácter explosivo de Milenka, pensamiento que me llevó a recordar aquel día en que se fue de mi lado. Una tarde regresé a nuestro apartamento para encontrarme con una nota. Escribió que dejaba la copia de sus llaves y también me pedía que alimentara a nuestro gato. Ni una sola frase de despedida o motivos de su partida. Yo los conocía bien. No tuve necesidad de buscar en los cajones, porque estaba seguro de que no había dejado rastro de su presencia, todo lo que me quedaba era su aroma flotando en el ambiente y un apartamento lleno de recuerdos. Busqué en nuestro armario y encontré una botella de whisky. Desde que estábamos juntos había dejado de beber con la frecuencia de antaño, pero las reglas cambiaron en el instante en que se marchó sin decir adiós, así que decidí castigar a mi hígado una vez más. Me senté durante un momento en la cama para beber directo de la botella, cuando Rembrandt brincó sobre la mesa; olisqueaba el aire, creo que también se había dado cuenta de que ella se había marchado, que no regresaría, y que lo único que nos quedaba era el perfume de su piel. Traté de acariciar al maldito gato, pero éste se escapó rápidamente y apenas conseguí rozar su pelaje negro. Pensé: “Eres igual que tu dueña”. La soledad sacudió las cuatro paredes de mi habitación, y el eco me devolvió la fuerza de su silencio.

Aún cuestionándome qué clase de cosa pudo haber hecho el tipo árabe para enfadar tanto Milenka, pagué la cuenta de mi soda y me levanté de mi asiento para regresar a las calles. Durante mi caminata volví para ambos lados, pero no pude ver a Milenka por ninguna parte; sin duda abordaría un taxi o tal vez iba por ahí caminando, riéndose por haber dejado a su compañero como un idiota en aquel café. Metí la mano a mi bolsillo y saqué un cigarro, otro hábito nefasto que Milenka me había dejado con su influencia. Intenté encenderlo, pero caí en cuenta de que había olvidado mi encendedor en la mesa del café. Al no sentir deseos de regresar, arrojé el cigarro a un charco de agua formado en la acera. Alcancé a ver como el cigarró formaba ondas en él, y también sonreí por eso. Lo sé, había sido un día con demasiadas sonrisas. Todavía inmerso en los círculos concéntricos de agua alrededor del cigarro, me ví distraído por el pasó de un auto a gran velocidad. Arrancado de mi nube de contemplación, alcancé a ver al conductor: era ella. El semáforo anunció un alto inminente, y fue entonces cuando Milenka y yo cruzamos miradas después de tantos años. Ella alcanzo a esbozar una sonrisa con exquisita ligereza. Me miró detenidamente, sin apartar su dulce rostro del encuentro. En segundos pasó por mi mente todo lo que viví a su lado, desde la felicidad, hasta los dolorosos momentos que con brutalidad me proporcionó. Pude ver sus fulgurantes ojos azules con fijeza, perdiéndome en el insondable abismo de su cruel belleza. El tiempo se detuvo, y no me quedó más opción que transportarme a aquella noche en que, después del amor, la abracé por la espalda cuando ella hizo la pregunta irrevocable: ¿Cuánto tiempo crees que podrás amarme? a lo que yo respondí: Toda la vida.

St. Patrick

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27 Dic 2007

Primer Amor

Escrito por: cronopioslamm el 27 Dic 2007 - URL Permanente

Mi tía Lupita me contó que yo de chico quería mucho a una niña.

Cuando de noche llegando a casa volteaba hacia arriba a veces la veía, a veces no. De todos modos lo que hacía era escabullirme por mi ventana al balcón donde estaba la escalera y de ahí a la azotea; yo la esperaba, aunque sabía que cada mes no se aparecía por unas noches, pero al regresar, yo le platicaba mucho. Ella sólo me oía y me oía, a veces triste, con sus labios caídos, a veces sorprendida abriendo bien redonda su boca, y otras veces reía con unos dientes tan blancos como su mascota, un conejo. Una vez no quise verla porque se me apareció amarilla, y a mí no me había dado hepatitis.

Se movía de un lado a otro durante la noche. De vez en cuando nos daba por jugar a las escondidas, tanto, que a veces ya no se volvía a aparecer y yo me regresaba a mi cuarto ofendido, pero espiaba por las ventanas a ver si salía.

Había noches, porque yo sólo podía verla en la noche, que no venía a platicar conmigo, aunque una vez me vino a ver en pleno día, como nunca, me dijo que eso era algo muy muy especial y ahí me di cuenta de lo enamorada que estaba de mí, porque hizo que anocheciera sólo unos minutos a pesar de que era la una de la tarde.

Traté de besarla aquel día en la azotea, pero me dio a entender que no, que me veía como amigo, que nunca la podría tener y se hizo de día otra vez.

Ya no subí nunca más a la azotea, crecí y me mudé de casa, pero sigo viéndola muy seguido, sigue enamorada, me sigue cada noche a donde quiera que vaya. Yo, discretamente, le mando un beso. Ya hemos empezado a platicar de nuevo y a veces, todavía me deja ver a su conejo.

Laranjinha

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30 Nov 2007

La Notte Sembra Perfetta…. (Para leerse escuchando Fuego en el Fuego, de Eros Ramazzotti)

Escrito por: cronopioslamm el 30 Nov 2007 - URL Permanente

Recuerdo una vez en que te ví en Italia, allá por el año 1206, en la Edad Media. La historia es esta: andaba yo de artesano, haciendo cuadros, pintando para gente rica, gente adinerada, cuando llegó un mozo que me ayudaba con los encargos diciendo que me requerían para una vez más retratar a una de las muchas hijas del rey, una que cumplió 20 años y de acuerdo a las normas de la época, era ya hora de inmortalizarla.

Llegaste con tus damas de compañía, en una noche casi perfecta, te sentaste frente de mí, y para romper el hielo un poco, tomando en cuenta las horas que estaríamos frente a frente te pregunté si te gustaba cierta trovadora que estaba de moda, me dijiste que sí, de manera cálida, como si no existieran las barreras de clases sociales entre nosotros.

En la medida en que fui completando tu pintura, fui aprendiendo tu rostro, milímetro por milímetro, tus pequeñas arrugas alrededor de tu boca por lo mucho que ríes, tus lunares, tu profundo color de ojos… a todo esto tú también me veías insistentemente, me percaté de ello; son tus ojos dentro de mí, te veo y se que entiendo todo de ti. Fantaseé como sería una vida a tu lado.

Semanas después, en una noche casi perfecta, mientras daba los últimos retoques a tu cuadro, de improviso, llegó una de tus damas de compañía, solicitando de urgencia que nos viéramos a la media noche a escondidas a una milla del palacio cerca de una fuente. A medida que la hora se acercaba, los nervios en mi cabeza te preguntaban “¿qué es lo quieres tu de mí? ¿qué es lo que buscas tu en mí?” dejas tu huella en mi corazón, y me sabía plenamente enamorado.

Al llegar, te encontrabas sentada, la cara cubierta por tus cabellos, te quitaste la capa al escucharme llegar y pude confirmar mi memoria de tu rostro. Sin mediar palabra, nos besamos, sellamos así nuestros sentimientos.

Los encuentros se sucedieron una y otra vez, siempre a escondidas, un plebeyo y una princesa, nadie lo entendería.

Una noche casi perfecta, renovando nuestros votos de amor, la guardia real llegó confirmando sus sospechas de las extrañas ausencias de su hija. La situación pudo más que el Rey, le fue insoportable, y los demás herederos a la Corona envenenaron su mente; me acusaron de hechicero, y a ti, de una joven con la mente envenenada por mis conjuros. Ninguno tenía solución, la sentencia capital fue confirmada.

En la Plaza Mayor de la ciudad, los leños comenzaban su incendio, el pueblo entero se reunió para las ejecuciones, nos quitaron las túnicas negras, subimos para ser amarrados, ahí donde tu instinto se une al mío, encontrarnos allí, las almas se unirán.

La noche es casi perfecta, disfrutaremos la vida los dos, nos tomamos de las manos, nos buscamos amor, el Rey no espera, nos sentimos por última vez, es la emoción más directa que hay, mas no será infinita porque, somos fuego en el fuego y ya, estamos quemándonos…. y ardimos.

Laranjinha

Fuego en el Fuego – Eros Ramazzotti

Fuego en el fuego son tus ojos dentro de mí
cuando te veo sé que entiendo todo de ti
¿qué es lo que quieres tu de mí?
¿qué es lo que buscas tú de mí?
dejas tu huella en mi corazón,
yo te siento así.
Quiero morirme, en tus brazos desfallecer,
quiero sentirte cuando tu pecho se va a encender
como dos pequeños volcanes,
quiero sentirlos en mis manos;
donde tu instinto se una al mío, encontrarnos allí...
y las almas se unirán.
La noche es casi perfecta, disfrutaremos la vida los dos
porque estamos buscando amor y el no espera.
Es la emoción más directa que hay
mas, no será infinita porque
somos fuego en el fuego y ya
estamos quemándonos.
Fuego en el fuego, esta pasión, la tuya y la mia;
es casi un juego ya, mezcla de música y fantasía.
Hace subir las emociones, todas las sensaciones;
sube hasta el Sol y, que por tu piel, lo más dulce que hay
y las almas se unirán.
La noche...
Abrazado a ti llenaré mi piel de tu calor latino,
yo te sentiré, así te sentiré.
La historia es esta. La noche es casi...
somos fuego en el fuego hoy,
somos fuego en el fuego hoy.

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25 Nov 2007

Ensueño

Escrito por: cronopioslamm el 25 Nov 2007 - URL Permanente

El día comenzaba a desvanecerse. La noche, con su plétora de rumores y aromas frescos, se cernía sobre mí con lentitud. Un viento viejo, perdido y desaforado, se obstinaba en empujarme. Al borde del paroxismo, la mujer del vestido blanco huye, corre a toda prisa. Sostengo el cuchillo en una mano y corro detrás de ella gritando su nombre. Agotada, se detiene en el pasto y me espera. Titubeo tan sólo un instante pero, sabiéndola acorralada, me acerco a ella, parsimonioso, pero firme. Llego y me agito. La beso. Muerde mi boca con salvajismo. Me agito. Se agita también. Corto la tela despacio, haciendo tiras de lo que fuera su vestido.

La recuesto sobre el pasto helado y percibo como su carne se eriza con el frío. La cubro con mi cuerpo contra su voluntad, intento besarla, pero ella me aparta. El desnudo metal se calienta, arde. Acaricio su piel con mis labios y ella me besa. La miro fijamente, me recuesto en sus senos y la calma nos abandona junto con los últimos jirones de tela. En su cabello y manos, olisqueo su odio. Divago cerca de su vientre, suelto el cuchillo y espero que huya; pero no lo hace, se sienta frente a mí, me dibuja con el filo de su mirada. Me acerco a ella y arranco hojas de pasto; se las arrojo. Me río y me empuja. De manera intempestiva se levanta y sale corriendo nuevamente, loca por vivir.

Cuchillo en mano la persigo, y ella, cansada de correr, se esconde detrás de un arbusto. Entusiasmado, voy a su encuentro. La tomo de los brazos y la arrojo con fuerza al suelo; le caigo encima, la envuelvo con mis labios y oigo como de su cuerpo brota todo su desprecio. Se resiste, me pega en las costillas y yo casi ni lo siento. Luchamos de nuevo, marca mi cara con las uñas, damos vueltas sobre el pasto, y al final quedo debajo de ella. Me aprisiona con sus piernas y toma mi cabeza con las manos. Me besa ávidamente, me asfixio. Pega un alarido y se ríe a carcajadas. La giro y queda boca abajo. Advierto la morbidez límpida de su espalda, apoyo sobre ella mis dientes enloquecidos, procurando no hundirlos en su carne. Vuelve el cuerpo, me saca la lengua y le sonrío.

La sorprendo con mi lengua y le hago cosquillas en el cuello, muchas cosquillas. Le confieso que la amo, y casi muerta, me bisbisea que también me ama. Todo es perfecto. Me recuesto a su lado y me canta. Miro el cuchillo a un costado mío, humedecido por la sangre de su vientre. Sus párpados lucen cada vez más pesados y se duerme; ahora soy yo quien le canta. Me digo basta, la beso en la frente y guardo sepulcral silencio. Despierta por última vez, toma mi mano ensangrentada, me maldice con una sonrisa interminable y el cielo nos cubre con sus copos grisáceos de alegría. La amo, y como una flor que se marchita, retengo su fragancia para siempre.

St. Patrick

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08 Nov 2007

Instantes de satín

Escrito por: cronopioslamm el 08 Nov 2007 - URL Permanente

La sangre que escurre por su frente inunda sus ojos. El aturdimiento le impide oir los alaridos de la ambulancia y las preces de algunas mujeres morbosas que acudían para ver el accidente.

El calor humedece sus mejillas, y una sensación desoladora baja por su espalda, escurriéndose como un témpano a través de su espina. Bruno lo siente en cada hueco entre sus músculos, en todos los huesos rotos y en las vísceras que empapan su entrepierna. Aunque no puede ver ni escuchar a los paramédicos discutir sobre su estado, el hedor de sus entrañas impregnando el asfalto le revela que pronto morirá.

Tembloroso, Bruno desea irse con una sonrisa e intenta recordar a Amanda. Incapaz de volver a verla o de escucharla, hace un último esfuerzo por trasladarse en el tiempo, recorriendo a tientas el único trayecto que podía llevarlo a ella. Sin acceder a su rostro o a su voz, puede volver a sentir, humectando su carne, el sudor del cuerpo de Amanda; el cabello enmarañado entre sus dedos, y la saliva tibia que invade su cuello y su boca. La textura de algodón de sus muslos y la fina vellosidad de Amanda se detienen sobre los labios resecos de Bruno, erizándole la piel. Sus manos se posan por un instante en su cuerpo desnudo, y su barba irrita por última vez las suaves mejillas de ella con cada roce.



Las intermitentes punzadas en sus costados y pecho se detienen. Estremecido por el dolor y el placer, el corazón de Bruno se colapsa, dejándolo exánime y con una sonrisa sin dientes en el rostro.


St. Patrick

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Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

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