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30 Nov 2011

Hoy

Escrito por: cronopioslamm el 30 Nov 2011 - URL Permanente

Avanzar. Dejar el pasado atrás

Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír, me dijiste la última vez que nos vimos.

Llegué a la estación repitiéndome esas palabras. No del todo convencido, si he de ser sincero.

El andén se encontraba vacío. No había ningún pasajero ni ningún tren.

Del bolsillo interior de mi chaqueta, comprobé la fecha y la hora; si bien había llegado con un buen tiempo de anticipación (faltaba media hora para la salida), no era normal tanta soledad.

Tomé tres pastillas de menta que mastiqué mientras iba y venía por el andén. A los diez minutos intenté calmarme sentándome en la maleta. A pesar de la fría noche y el vaho que exhalaba, un ligero sudor bajó por mi nuca. El pecho lo sentí un tanto húmedo. Revisé de nuevo el ticket.

Justo cuando faltaban diez minutos para partir y yo dudaba si buscar el módulo de información, una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Me tapé los oídos por el chirriante freno y al detenerse, el humo que emergió de las vías fue el único movimiento en todo el lugar.

Seguía sin haber nadie.

Las puertas se abrieron. Ya no me sorprendió el no ver a ningún pasajero bajarse. Andén 01. Busqué mi vagón, el 11, y mi asiento. El 30.

Coloqué en el portaequipaje del techo la maleta. Las luces de dentro eran un tanto más ámbar que las de la estación, por lo que desde ahí, ésta se veía más desolada.

Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír. Mi reflejo en el cristal cumplió esto último y calenté mis manos con aliento. De un bolsillo lateral de la chaqueta, tomé el libro de poemas de Mario.

Las puertas se cerraron. Miré hacia atrás y al frente. El tren comenzó a avanzar. Dejamos atrás la estación, el campo apenas se distinguía, sombras negras en lo bajo del azul negro del cielo. El bamboleo del tren me sumió en una somnolencia dulce; las luces del vagón se apagaron, sólo entraban esporádicamente destellos ámbar de los postes de luz en el exterior. El libro se cerró y resbaló un poco, quedando en precario equilibrio sobre mis rodillas.

Avanzar.

En las ventanas se sucedieron las imágenes. Donde antes hubo una noche de campo, ahora se presentaba un perro jugando con una botella, afuera de un parque de diversiones; ahora estaba una heladería con más de cien años de antigüedad; un huerto con diminutas zanahorias; un molino rojo; una banca en un parque; un anillo de oro blanco y un anillo que guarda el infinito; una cesta sobre un mantel a cuadros junto al lago; un boleto del primer cine; un ángel para el amor…

El libro cayó, despertándome. La estación seguía vacía. Una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Las puertas se abrieron.

Revisé mi boleto: asiento 30, vagón 11, andén 11.

Avanzar y sonreír.

Me acomodé en el asiento y abrí el libro donde los acordes cotidianos. Miré tu foto que utilizo como separador, sonriendo, tú en la imagen, yo aquí, en este tren que ya avanza, hacia allá, donde tú me esperas.

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25 Nov 2011

Su nombre sin esperanzas

Escrito por: cronopioslamm el 25 Nov 2011 - URL Permanente

Un rasguño de su mejilla soltó una gota de sangre. El caballero la limpió distraídamente mientras con la otra mano quitaba una rama y trataba de no peder el equilibrio. El terreno era una ligera pendiente, y el descenso tenía que ser con cuidado, asegurando que las botas estuvieran firmes sobre las rocas húmedas cubiertas de musgo. Aún goteaba lluvia de las copas de los árboles. Atardecía, pero bajo las ramas la luz era difícil y parecía casi de noche.

Algunas nubes en el horizonte eran aún grises, quizá seguían lloviendo allá, tras aquellas colinas verdes. Profundas.

El caballero se reclinó contra un árbol. Estaba cansado, días caminando entre el bosque no impidieron que su mano disfrutara la corteza pálida. Giró y su espalda dejó caer su peso. Jadeaba, pero se sabía ya cerca de su destino. Alzó la cara. Abrió la boca para refrescarla con dos o tres gotas que se evaporaron en su lengua. Otras dos escurrieron por las mejillas. Las ropas húmedas, el cabello echado hacia atrás dejaba ver un golpe de sangre seco y negro. Se miró las manos callosas, ásperas, las pensó desnudas sin una espada con la que apenas hace tan poco mataba enemigos. El día acaeciendo parecía haberse detenido tras la lluvia. Le pareció interminable el tiempo que la luz se había mantenido así: gris, oscura, blanca en el horizonte, negra en sus antípodas.

Se sintió sin hambre a pesar de los magros conejos que había logrado cazar; sin sed a pesar de los tenues ríos que había cruzado. Cansado. Sin sueño.

Hacía leguas que el peligro había cesado pero fue ahora cuando se percató de ello y trabajosamente se quitó la cota de malla. Su pecho se alivió y decidió quedarse apenas con su franela ahora roída, de manga larga, pantalones de cuero gastados. Sus botas.

Quiso recostarse y la tierra fría fue alivio para sus sienes. Empujó con el aliento minúsculas porciones de tierra que giraron fuera de él. Abrió los ojos hasta que la respiración se tranquilizó. En una gota que dilató su hinchar para pesar y caer, se reflejó ahí tirado a ras de tierra. Con un ojo abierto fijo en una hormiga y mientras la gota no pudo más y cayó, en ella se vio soplando hacia el bicho. Y éste, sin saber la procedencia de la ráfaga, aferrándose a la hoja que cargaba. La gota impactó en el suelo, que se volvió imperceptiblemente más oscuro y más húmedo. Dudó si quitarle la hoja o no. Alzó el brazo, acercó la mano, una sombra sobre la hormiga que siguió su caminar y se retiró. No lo hizo. Se recargó en ambos brazos y se puso en pie. Limpió el rasguño de la mejilla.

Siguió avanzando. El aún día no. Quitó arbustos, ramas, cayó tres veces. Y por fin cuando sintió que no podía tener menos hambre, salió a un claro, y al fondo, el castillo.

De pronto casi oscureció. Al momento en que el castillo se irguió ante su mirada, el día decidió avanzar.

Ya el sol había desparecido, aunque su luz seguía reptando la circunferencia de la tierra para iluminar de un gris oscuro el panorama, para hacer negro el gris roca del castillo.

Hacía años que había partido. Aquélla vez salió al amanecer en una mañana muy fresca con el rocío en las hojas. Se despidió de Ella con un beso en la mano y una ligera reverencia, mano al pecho, otra reverencia y giró al encuentro de su segundo, quien le esperaba con su caballo. Ella los vio alejarse a galope con un sol rojo sangre que intentó olvidar al momento. Ya no hubo un sol así. Los demás fueron blancos, lo que logró sosegar su alma. Mas no olvidó el rojo…

El caballero caminó más rápido a pesar del cansancio. Los únicos sonidos venían de los insectos nocturnos que ya comenzaban a salir a la par de la luna. Llena. Ese día la luna fue llena.

A medio camino dentro del claro sintió el frío. Casi era primavera y en la noche el ambiente refrescaba mucho en la noche. Las ropas húmedas no hacían sino acentuar el descenso de la temperatura. Caminó mas lento a la par que se frotaba los brazos.

El día se extinguió y la luna asomó tras los árboles del suroeste.

Cruzó el puente de madera sobre el riachuelo y se detuvo, a admirar el castillo, abrazado a sí mismo. La bandera en lo alto, otrora grana y oro, se ondeaba roída y sin color en una torre. Algunas ranas croaron desconcertadas. Terminó de cruzar el pequeño puente recordando la mañana de la despedida cuando se retrasó unos pasos y giró justo al salir del claro, entrando en los árboles y el bosque, y logró verla a lo lejos, ahí en ese puente donde le recuerda; la mirada de Ella tratando de tener un último y mínimo atisbo de su caballero, y como él mandó un beso invisible. Tampoco él logró olvidar, en todo este tiempo, el sol rojo sangre de aquella mañana.

Fue evidente que la servidumbre no se encontraba dentro. ¿Y Ella? ¿Qué había pasado? Quiso gritar su nombre pero mejor caminó a la izquierda de la gran puerta levadiza. Se guió con la luz intensa de la luna. La luz de piedra de la luna. El frío creció y encontró alivio con la pequeña puerta falsa en una esquina, casi al girar al lateral del castillo. Era de madera lisa, sin ningún cerrojo, sólo un hueco del tamaño de dos puños por el que se veía una inmensa oscuridad.

El caballero volvió a la zona del riachuelo en busca de una piedra que cupiera por el hueco y fuese lo suficientemente pesada. Ahuyentó a un grillo y los ruidos de los insectos fueron advertidos por él. Tuvo que meter las manos al agua que se clavó helada hasta su sangre. Aún así aprovechó para pasar un poco del líquido sobre la herida de la mejilla.

Regresó con la roca a la falsa puerta y la introdujo en el hueco. Él no podía verla por dentro, pero sabía que su peso había caído sobre una viga que ahora con los kilos había cedido, levantándose en diagonal, permitiendo al caballero empujar la puerta y entrar al castillo.

La oscuridad total le hizo tantear las paredes, oliendo el rancio y la humedad acumulada. Unas patas pequeñas y un chillido huyeron sin que él les diera mayor atención. Por fin encontró empotrado en la pared el metal que sujetaba un leño podrido. Buscó otro y lo halló en las mismas condiciones. Llegó viendo con sus manos a una pequeña chimenea en un instante. La memoria no lo traicionó y al buscar en el estante más bajo, encontró madera en increíbles buenas condiciones. De dos maderos muy pequeños y unas hojas secas logró hacer fuego en relativamente poco tiempo. Con él prendió los maderos grandes, humedeció un trapo que amarró a su mano y se internó al castillo. La sala principal.

Su primer tarea fue colocar la luz en distintos lugares e iluminar la estancia. El aire provocado por sus lentos movimientos hacía levantar grandes cantidades de polvo acumulado en el suelo, candelabros, sillones, sillas… Llegó a la chimenea y ahí estuvo viendo el fuego crecer hasta sentirse seco y repuesto.

Aún no quiso nombrarla. ¿Dónde estaban todos?

Fue a la cocina. Lo sorprendió ni siquiera encontrar animales, roedores, ahí dentro. Ya no había nada que devorar. Sólo algunos insectos muertos y los huesos de una rata en una esquina. El hambre arreció con el aroma a pan que tantas veces había olido saliendo de aquí, de esta mesa, al lado de un cerdo bien cocido y uvas. Vino. ¡Vino! Sí, ahí seguían sus barricas. Probó una y escupió el rancio líquido. Otra y fue lo mismo. Hasta la tercera barrica probo un caldo mínimamente decente que acabó en segundos. Se recostó sentado sobre la mesa. Durmió.

No supo si lo despertó el frío o el hambre. Todavía era de noche, la luz de la sala principal se había ido y parecía que nada hubiese sucedido. Como si él no vistiera. ¿Cuánto tiempo había pasado?

El caballero olió el polvo acumulado por todo el castillo. Atisbó la noche por una de las ventanas con un vidrio entre incoloro y rojo.

Buscó la luna para darse una idea del tiempo que faltaba para el amanecer. ¿Y si había dormido un día entero? Estaba tan cansado. Cómo saberlo. No, aún sentía el cuerpo molido y el hambre no le hubiese dejado un día de tregua. No, no habían pasado más que unas cuantas horas, lo sabía.

Fue hacia una de las paredes de la sala principal y quitó la espada y el escudo empotrados en la roca. Habían sido un regalo de su padre el día de la boda. En el escudo se encontraban los blasones de las familias, algo raro, ya que se sabe que la predominante era la del varón; para esa ocasión el trabajo había sido magnífico, fusionando ambas familias, ambos blasones, en un solo y original escudo.

La espada tenía la empuñadura bañada en oro blanco con incrustaciones de jade. Sobre el acero mismo, muy cerca del mango, se había mandado labrar Fuego en el Fuego, con todas las letras unidas, como si hubiesen sido escritas sin despegar el cincel, de un tirón, una tras otra, sin dejar que ese fuego se extinguiese.

El caballero comprobó el nulo filo que la espada tenía. Miró con un ojo cerrado oteando si seguía aún derecha y no como esas abominables, árabes, hechas en curva. Sí, la rectitud aún la conservaba.

Les sopló y miles de motas de polvo salieron volando. Tosió invariablemente y se ajustó tanto el escudo como la espada cual si fuese a entrar en combate. La blandió izquierda y derecha, provocando más polvo y más tos.

Demasiada hambre. Sed.

Demasiada fatiga. Mental. Física.

Espiritual.

Regresó a la cocina en busca de algo que beber aunque sin muchas esperanza. Salió por la puerta lateral y caminó hasta el riachuelo cargando un cuenco que tardó en llenar debido a la poca corriente que bajaba desde el Río Grande, unas leguas más arriba.

Mientras llenaba el cuenco, buscó por el lugar a algún animal que pudiese cazar y cocinar, pero no tuvo fortuna. Sólo el sonido de alguna lechuza escondida en la copa de esos árboles que formaban, ahí, el bosque impenetrable, negro, sosegado, melancólico bosque.

Buscó la luna y la encontró yéndose, en una posición que no dejaba dudas de que ya no faltaba mucho para el amanecer.

Miró de nuevo hacia el castillo y lo encontró casi igual al bosque, con la excepción de que a éste lo sentía intranquilo, estáticamente intranquilo.

Le dio la vuelta a toda la fortificación. No parecía haber sufrido ningún ataque en estos años. Era difícil, pero si llegaron informes a su campamento de algunas pequeñas escuadras de avanzada que el enemigo había logrado infiltrar en este territorio con el único fin de provocar unos pocos desmanes aquí y allá para aterrorizar a la población.

Se terminó la cuenca y tuvo que volver al río. Esperó y al estar llena la acabó en pocos segundos, de nuevo la llenó y regresó a paso muy lento al castillo, con el olor de pasto y la incertidumbre, los sonidos del poco viento y sus pisadas, y la lechuza, su ulular y el aleteo, la vio volar, alejarse y perderse dentro del bosque.

Regresó a la sala principal y colocó en su lugar el escudo y la espada. En la cocina puso al fuego el cuenco con agua y ya cuando burbujeaba, le echó algunas especias que se disolvieron dando al líquido un sabor relajante.

Hacía tantos, tantos años desde la última vez que había tenido ese sabor en la lengua. Tantos que la vio ahí, a su lado, sentada en una de las sillas ahora desparramadas por la habitación. Una, dos, tres, tantas noches igual a ésta, ahí los dos a la luz de una vela, riendo por lo bajo y hablando en susurros para no despertar y alarmar a la servidumbre; sus rostros enmarcados en el fuego de la vela, su cara, la de Ella, blanca, lunares, cabello oscuro, ojos grandes color roble. Tantos años, tan diferente a esta soledad a la que vuelve.

Terminó su te. Miró al techo, hacia las habitaciones superiores. Ya era momento de subir.

Subió los primeros peldaños de piedra. Retumbó el leve sonido de su peso por los escalones por todo el castillo, magnificados por el vacío y el silencio.

Cuando llegó al segundo piso, un largo pasillo se extendía a ambos lados y de manera circular rodeando el vestíbulo principal conectando a varias habitaciones. Se metió a una del lado izquierdo a medio camino. La habitación se encontraba vacía. Casi. Sólo un escritorio con una pluma y un tintero seco de paredes negras.

Se asomó por una estrecha ventana. Apenas pudo sacar su torso y apreciar mejor la luz del día que se alcanzaba a ver a lo lejos por el este. Sin embargo la noche dominaba y el viento le heló los labios, secó sus ojos lo suficiente para que no pudiera contener una lágrima en cada ojo.

Regresó y del lado opuesto de las escaleras, una puerta pequeña. El caballero la abrió y al separarla regó polvo en cascada y, al girarla aún más, cedió y cayó; el caballero se quitó y lo que antes era la puerta, ahora eran tres pedazos de madera que exhalaban volutas que descendían para asentarse en el suelo.

Tosió. Entrecerró la mirada y prendió ahí otro madero ya que su mano se acercaba peligrosamente a ser chamuscada. Intentó iluminar en lo alto la habitación superior, ahí estaba Ella, sin duda, pero la luz del fuego no lograba más que dar su amarillo naranja a unos cuantos escalones de frente. Miró hacia atrás a un levísimo resplandor en el segundo piso derramándose hacia le vestíbulo. Faltaba muy poco para que el sol saliera y el caballero comenzó a subir al gran espacio de la habitación principal, donde Ella.

Allá fue. Pisada a pisada. Toc, toc, toc. Paredes de piedra frías. Toc, toc, toc. Alcanzó a iluminar la puerta de metal negra. Toc…toc…toc…

Subía.

Llegó.

Una llave en la cerradura girando. La puerta crujió y cedió…

La habitación era circular y estaba casi vacía. Una luz, venida no se sabe de dónde, iluminaba una cama de sábanas blancas. Los hierros verdes y oxidados se elevaban lo suficiente para quedar en penumbras, ligeramente destellados por el púrpura rojizo del amanecer que ahora parecía haberse detenido para sólo enviar estas poca luz a las paredes también verdes, verdes profundas, que no lograban ser iluminadas en su totalidad, así que lo negro contrastaba con el resplandor blanco de la cama.

El caballero lo entendió todo cuando la vio a Ella ahí. No quiso acercársele con los harapos que vestía. Se desnudó y poco a poco se fue acercando a la luz, sintiendo en cada pisada, el frío de las piedras y el poco calor de este poco nuevo día estático.

Se detuvo a media distancia. Volvió la vista hacia la entrada, que ahora veía como una salida, como un cerrar los ojos ante lo inevitable, lo ausente. Irguió su espalda, tomó una gran bocanada de la mañana y siguió avanzando.

Ahí estaba Ella. Vestida como en su recuerdo de aquél último día en que la vio cuando tuvo que partir. Yacía como dormida, quizá respiraba, las manos cruzadas en su vientre, el rostro sereno, de una tranquilidad infinita, que se iba más allá de la ventana y de los campos, una tranquilidad que quizá no iba en busca del sol porque ya lo había encontrado.

Se acercó junto a Ella, la miró de pies a cabeza, puso su mano sobre la frente, no fría, cálida, dijo su nombre sin esperanzas. Entendía todo. Ella ya no lo esperaba, Ella lo había dejado atrás y no era más que un recuerdo dentro de su dormir.

La lágrimas empezaron a escurrirle. Cascadas de sal que brotaban por sus ojos, descendiendo por las mejillas y algunas iban a parar a sus labios. Lágrimas y voz repetían el nombre: Ella, Ella. Se acercó; tan, tan cerca sus rostros, como hacía tanto, tanto tiempo. No dejaba de decir su nombre. Otra vez. Lo repetía, lo repetía.

Hundió su cabeza en sus cabellos suaves. Los mojó con lágrimas, con saliva que salía de él al decir su nombre, su nombre. No se dio cuenta, pero Ella también comenzó a llorar. Lágrimas salían de sus ojos cerrados. Lágrimas desde su profunda tranquilidad, lágrimas desde sus recuerdos.

No más.

Sólo recuerdos…

Te extraño tanto, tanto.

Me haces tanta, tanta falta.

¿Por qué no puedo parar de llorar?

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25 Nov 2011

Su nombre sin esperanzas

Escrito por: cronopioslamm el 25 Nov 2011 - URL Permanente

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23 Oct 2007

Remozamiento

Escrito por: cronopioslamm el 23 Oct 2007 - URL Permanente

Por años traté de entender qué me pasaba, por qué había tanta animadversión de mi parte hacia los demás, o mejor dicho, hacia la vida. Mucho tiempo creí que haberme convertido en un esclavo de la universidad, en esclavo de mi trabajo y de las responsabilidades familiares y económicas, era lo que me había perturbado tanto. Pero sólo había dado con el primer escalón en descenso. La existencia misma, con su carga de soledad y vacío, me lo había arrebatado todo; sólo me quedaba una habitación parecida a un cementerio, cubierta de sombras, con el suelo alfombrado por una pátina de miseria y con los olores frescos de mi propia putrefacción. Perdí las ganas de sentir; de pronto dejó de importarme el deseo de realizarme como escritor y como ser humano; dejé de buscar el amor y de soñar con la posibilidad de conocer a una mujer que no me humillase a cambio de su tiempo y de sus besos. Mis días se transformaron en un disco rayado, angustioso y perenne, cuyo único escape residía en un lapso de paliativos inadmisibles, de conductas ilícitas que poco a poco iban perdiendo intensidad.

Sentía terror ante la inercia de mi tiempo, ante la escalada de mi amargura y al pensar que la vida había transmutado en una flor gris cuyos pétalos servían de tumba para cada uno de mis días y de mis anhelos echados a perder. Ante esa situación, sólo me restaba frenar el cosquilleo en mi garganta que antecedía al llanto, subyugar la pesadilla de mi largo insomnio, y darle cuerda al tiempo en espera de que algo sucediera: en espera de que algo pudiera sacarme del abismo donde me encontraba inmerso. Pero de nada servía ese placebo. Luego de ocho, nueve o más horas de sueño, al despertar, allí se encontraba mi patética realidad: la ventana cuadrada, el cielo monótonamente gris, la misma cama en el mismo cuarto, los libros semiabiertos sobre el piso, el sabor reseco de mi boca…

Sin embargo, esta mañana algo cambió. No sé qué fue con exactitud, pero fue una revelación transformadora, casi divina; aunque yo no creo en esas cosas. Decidí salir de mi cuarto oloroso a muerte, vestirme, echarme agua en la cara y salir a la calle. Lo primero que tocó mi rostro fue un rayo solar que me golpeó con gentileza, sin quemar demasiado, sólo dando calor a mis mejillas pálidas y resecas. Por un momento levanté los ojos y contemplé extasiado la enormidad que se posaba sobre mí, aun cuando ésta me hiciera sentir más pequeño que de costumbre.

El cielo azul, las nubes de nieve y el sol me hicieron sentir pleno, como nunca antes. Ignorando los bocinazos, los alaridos y a todas esas personas que desfilaban robóticamente unos atrás de los otros a causa del “progreso”, deambulé por las calles, acompañado por del ligero estribillo que entonaban las ramas de los árboles, y llevado del brazo por un viento fresco que daba una sensación de descanso a mis axilas. Me sorprendió una mañana radiante. Era extraño, pero la sola frescura del día y el torrente de luz que sudaba la oscura ciudad, habían desahogado mi corazón.

Fue tal mi estremecimiento, que por instantes caí en esas viejas ideas irrisorias y un tanto fatigosas de querer construir una casa, comprarme un apartamento o un auto. Incluso pensé en intentar un par de relaciones sentimentales, en tratar de ser funcional, de encajar… pensé en ser alguien o algo.

Confundido por una vibración extraordinaria en el vaivén de mi sangre, detuve mi caminata frente a una tienda departamental. Miré en la vitrina mi reflejo retorcido, pero no por las cicatrices de mi cara, sino por aquéllas que nadie podía ver ni sentir más que yo. Supe que había sido un tonto.

Un nubarrón se alejó impulsado por el aire y el sol volvió a acariciar mi espalda, iluminando mi rostro cuando su luz llegó hasta el cristal. La autocompasión había desaparecido. Una brisa de remozamiento se apoderó de mi espíritu, y con la sonrisa perfectamente amarilla, me sentí capaz de dominar la tristeza.

St. Patrick

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Cronopios!

Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

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