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03 May 2012

Escrito por: cronopioslamm el 03 May 2012 - URL Permanente

Por las noches la marea rebosa una cuenca tras las primeras dunas. Ahí se forma una laguna de no más de tres metros de diámetro, de no más que mis tobillos de profundidad. Al caer la tarde ya no existe; el aire caliente o la arena la han absorbido (una gota cruzó la Tierra, cayó hacia el universo y se convirtió en estrella). A la noche siguiente, se vuelve a llenar; los días de luna alcanza mis pantorrillas. En la mañanas me despierto muy temprano, cuando aún todo es morado y blanco, y salgo con mi bote: un caracol pequeño. Entro en él y navego sin poder divisar los horizontes. Al salir, la mar es el doble de infinita.

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30 Nov 2011

Hoy

Escrito por: cronopioslamm el 30 Nov 2011 - URL Permanente

Avanzar. Dejar el pasado atrás

Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír, me dijiste la última vez que nos vimos.

Llegué a la estación repitiéndome esas palabras. No del todo convencido, si he de ser sincero.

El andén se encontraba vacío. No había ningún pasajero ni ningún tren.

Del bolsillo interior de mi chaqueta, comprobé la fecha y la hora; si bien había llegado con un buen tiempo de anticipación (faltaba media hora para la salida), no era normal tanta soledad.

Tomé tres pastillas de menta que mastiqué mientras iba y venía por el andén. A los diez minutos intenté calmarme sentándome en la maleta. A pesar de la fría noche y el vaho que exhalaba, un ligero sudor bajó por mi nuca. El pecho lo sentí un tanto húmedo. Revisé de nuevo el ticket.

Justo cuando faltaban diez minutos para partir y yo dudaba si buscar el módulo de información, una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Me tapé los oídos por el chirriante freno y al detenerse, el humo que emergió de las vías fue el único movimiento en todo el lugar.

Seguía sin haber nadie.

Las puertas se abrieron. Ya no me sorprendió el no ver a ningún pasajero bajarse. Andén 01. Busqué mi vagón, el 11, y mi asiento. El 30.

Coloqué en el portaequipaje del techo la maleta. Las luces de dentro eran un tanto más ámbar que las de la estación, por lo que desde ahí, ésta se veía más desolada.

Avanzar. Dejar el pasado atrás y rescatar lo bueno, sonreír. Mi reflejo en el cristal cumplió esto último y calenté mis manos con aliento. De un bolsillo lateral de la chaqueta, tomé el libro de poemas de Mario.

Las puertas se cerraron. Miré hacia atrás y al frente. El tren comenzó a avanzar. Dejamos atrás la estación, el campo apenas se distinguía, sombras negras en lo bajo del azul negro del cielo. El bamboleo del tren me sumió en una somnolencia dulce; las luces del vagón se apagaron, sólo entraban esporádicamente destellos ámbar de los postes de luz en el exterior. El libro se cerró y resbaló un poco, quedando en precario equilibrio sobre mis rodillas.

Avanzar.

En las ventanas se sucedieron las imágenes. Donde antes hubo una noche de campo, ahora se presentaba un perro jugando con una botella, afuera de un parque de diversiones; ahora estaba una heladería con más de cien años de antigüedad; un huerto con diminutas zanahorias; un molino rojo; una banca en un parque; un anillo de oro blanco y un anillo que guarda el infinito; una cesta sobre un mantel a cuadros junto al lago; un boleto del primer cine; un ángel para el amor…

El libro cayó, despertándome. La estación seguía vacía. Una luz a lo lejos fue creciendo junto al sonido del tren que llegaba. Las puertas se abrieron.

Revisé mi boleto: asiento 30, vagón 11, andén 11.

Avanzar y sonreír.

Me acomodé en el asiento y abrí el libro donde los acordes cotidianos. Miré tu foto que utilizo como separador, sonriendo, tú en la imagen, yo aquí, en este tren que ya avanza, hacia allá, donde tú me esperas.

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25 Nov 2011

Su nombre sin esperanzas

Escrito por: cronopioslamm el 25 Nov 2011 - URL Permanente

Un rasguño de su mejilla soltó una gota de sangre. El caballero la limpió distraídamente mientras con la otra mano quitaba una rama y trataba de no peder el equilibrio. El terreno era una ligera pendiente, y el descenso tenía que ser con cuidado, asegurando que las botas estuvieran firmes sobre las rocas húmedas cubiertas de musgo. Aún goteaba lluvia de las copas de los árboles. Atardecía, pero bajo las ramas la luz era difícil y parecía casi de noche.

Algunas nubes en el horizonte eran aún grises, quizá seguían lloviendo allá, tras aquellas colinas verdes. Profundas.

El caballero se reclinó contra un árbol. Estaba cansado, días caminando entre el bosque no impidieron que su mano disfrutara la corteza pálida. Giró y su espalda dejó caer su peso. Jadeaba, pero se sabía ya cerca de su destino. Alzó la cara. Abrió la boca para refrescarla con dos o tres gotas que se evaporaron en su lengua. Otras dos escurrieron por las mejillas. Las ropas húmedas, el cabello echado hacia atrás dejaba ver un golpe de sangre seco y negro. Se miró las manos callosas, ásperas, las pensó desnudas sin una espada con la que apenas hace tan poco mataba enemigos. El día acaeciendo parecía haberse detenido tras la lluvia. Le pareció interminable el tiempo que la luz se había mantenido así: gris, oscura, blanca en el horizonte, negra en sus antípodas.

Se sintió sin hambre a pesar de los magros conejos que había logrado cazar; sin sed a pesar de los tenues ríos que había cruzado. Cansado. Sin sueño.

Hacía leguas que el peligro había cesado pero fue ahora cuando se percató de ello y trabajosamente se quitó la cota de malla. Su pecho se alivió y decidió quedarse apenas con su franela ahora roída, de manga larga, pantalones de cuero gastados. Sus botas.

Quiso recostarse y la tierra fría fue alivio para sus sienes. Empujó con el aliento minúsculas porciones de tierra que giraron fuera de él. Abrió los ojos hasta que la respiración se tranquilizó. En una gota que dilató su hinchar para pesar y caer, se reflejó ahí tirado a ras de tierra. Con un ojo abierto fijo en una hormiga y mientras la gota no pudo más y cayó, en ella se vio soplando hacia el bicho. Y éste, sin saber la procedencia de la ráfaga, aferrándose a la hoja que cargaba. La gota impactó en el suelo, que se volvió imperceptiblemente más oscuro y más húmedo. Dudó si quitarle la hoja o no. Alzó el brazo, acercó la mano, una sombra sobre la hormiga que siguió su caminar y se retiró. No lo hizo. Se recargó en ambos brazos y se puso en pie. Limpió el rasguño de la mejilla.

Siguió avanzando. El aún día no. Quitó arbustos, ramas, cayó tres veces. Y por fin cuando sintió que no podía tener menos hambre, salió a un claro, y al fondo, el castillo.

De pronto casi oscureció. Al momento en que el castillo se irguió ante su mirada, el día decidió avanzar.

Ya el sol había desparecido, aunque su luz seguía reptando la circunferencia de la tierra para iluminar de un gris oscuro el panorama, para hacer negro el gris roca del castillo.

Hacía años que había partido. Aquélla vez salió al amanecer en una mañana muy fresca con el rocío en las hojas. Se despidió de Ella con un beso en la mano y una ligera reverencia, mano al pecho, otra reverencia y giró al encuentro de su segundo, quien le esperaba con su caballo. Ella los vio alejarse a galope con un sol rojo sangre que intentó olvidar al momento. Ya no hubo un sol así. Los demás fueron blancos, lo que logró sosegar su alma. Mas no olvidó el rojo…

El caballero caminó más rápido a pesar del cansancio. Los únicos sonidos venían de los insectos nocturnos que ya comenzaban a salir a la par de la luna. Llena. Ese día la luna fue llena.

A medio camino dentro del claro sintió el frío. Casi era primavera y en la noche el ambiente refrescaba mucho en la noche. Las ropas húmedas no hacían sino acentuar el descenso de la temperatura. Caminó mas lento a la par que se frotaba los brazos.

El día se extinguió y la luna asomó tras los árboles del suroeste.

Cruzó el puente de madera sobre el riachuelo y se detuvo, a admirar el castillo, abrazado a sí mismo. La bandera en lo alto, otrora grana y oro, se ondeaba roída y sin color en una torre. Algunas ranas croaron desconcertadas. Terminó de cruzar el pequeño puente recordando la mañana de la despedida cuando se retrasó unos pasos y giró justo al salir del claro, entrando en los árboles y el bosque, y logró verla a lo lejos, ahí en ese puente donde le recuerda; la mirada de Ella tratando de tener un último y mínimo atisbo de su caballero, y como él mandó un beso invisible. Tampoco él logró olvidar, en todo este tiempo, el sol rojo sangre de aquella mañana.

Fue evidente que la servidumbre no se encontraba dentro. ¿Y Ella? ¿Qué había pasado? Quiso gritar su nombre pero mejor caminó a la izquierda de la gran puerta levadiza. Se guió con la luz intensa de la luna. La luz de piedra de la luna. El frío creció y encontró alivio con la pequeña puerta falsa en una esquina, casi al girar al lateral del castillo. Era de madera lisa, sin ningún cerrojo, sólo un hueco del tamaño de dos puños por el que se veía una inmensa oscuridad.

El caballero volvió a la zona del riachuelo en busca de una piedra que cupiera por el hueco y fuese lo suficientemente pesada. Ahuyentó a un grillo y los ruidos de los insectos fueron advertidos por él. Tuvo que meter las manos al agua que se clavó helada hasta su sangre. Aún así aprovechó para pasar un poco del líquido sobre la herida de la mejilla.

Regresó con la roca a la falsa puerta y la introdujo en el hueco. Él no podía verla por dentro, pero sabía que su peso había caído sobre una viga que ahora con los kilos había cedido, levantándose en diagonal, permitiendo al caballero empujar la puerta y entrar al castillo.

La oscuridad total le hizo tantear las paredes, oliendo el rancio y la humedad acumulada. Unas patas pequeñas y un chillido huyeron sin que él les diera mayor atención. Por fin encontró empotrado en la pared el metal que sujetaba un leño podrido. Buscó otro y lo halló en las mismas condiciones. Llegó viendo con sus manos a una pequeña chimenea en un instante. La memoria no lo traicionó y al buscar en el estante más bajo, encontró madera en increíbles buenas condiciones. De dos maderos muy pequeños y unas hojas secas logró hacer fuego en relativamente poco tiempo. Con él prendió los maderos grandes, humedeció un trapo que amarró a su mano y se internó al castillo. La sala principal.

Su primer tarea fue colocar la luz en distintos lugares e iluminar la estancia. El aire provocado por sus lentos movimientos hacía levantar grandes cantidades de polvo acumulado en el suelo, candelabros, sillones, sillas… Llegó a la chimenea y ahí estuvo viendo el fuego crecer hasta sentirse seco y repuesto.

Aún no quiso nombrarla. ¿Dónde estaban todos?

Fue a la cocina. Lo sorprendió ni siquiera encontrar animales, roedores, ahí dentro. Ya no había nada que devorar. Sólo algunos insectos muertos y los huesos de una rata en una esquina. El hambre arreció con el aroma a pan que tantas veces había olido saliendo de aquí, de esta mesa, al lado de un cerdo bien cocido y uvas. Vino. ¡Vino! Sí, ahí seguían sus barricas. Probó una y escupió el rancio líquido. Otra y fue lo mismo. Hasta la tercera barrica probo un caldo mínimamente decente que acabó en segundos. Se recostó sentado sobre la mesa. Durmió.

No supo si lo despertó el frío o el hambre. Todavía era de noche, la luz de la sala principal se había ido y parecía que nada hubiese sucedido. Como si él no vistiera. ¿Cuánto tiempo había pasado?

El caballero olió el polvo acumulado por todo el castillo. Atisbó la noche por una de las ventanas con un vidrio entre incoloro y rojo.

Buscó la luna para darse una idea del tiempo que faltaba para el amanecer. ¿Y si había dormido un día entero? Estaba tan cansado. Cómo saberlo. No, aún sentía el cuerpo molido y el hambre no le hubiese dejado un día de tregua. No, no habían pasado más que unas cuantas horas, lo sabía.

Fue hacia una de las paredes de la sala principal y quitó la espada y el escudo empotrados en la roca. Habían sido un regalo de su padre el día de la boda. En el escudo se encontraban los blasones de las familias, algo raro, ya que se sabe que la predominante era la del varón; para esa ocasión el trabajo había sido magnífico, fusionando ambas familias, ambos blasones, en un solo y original escudo.

La espada tenía la empuñadura bañada en oro blanco con incrustaciones de jade. Sobre el acero mismo, muy cerca del mango, se había mandado labrar Fuego en el Fuego, con todas las letras unidas, como si hubiesen sido escritas sin despegar el cincel, de un tirón, una tras otra, sin dejar que ese fuego se extinguiese.

El caballero comprobó el nulo filo que la espada tenía. Miró con un ojo cerrado oteando si seguía aún derecha y no como esas abominables, árabes, hechas en curva. Sí, la rectitud aún la conservaba.

Les sopló y miles de motas de polvo salieron volando. Tosió invariablemente y se ajustó tanto el escudo como la espada cual si fuese a entrar en combate. La blandió izquierda y derecha, provocando más polvo y más tos.

Demasiada hambre. Sed.

Demasiada fatiga. Mental. Física.

Espiritual.

Regresó a la cocina en busca de algo que beber aunque sin muchas esperanza. Salió por la puerta lateral y caminó hasta el riachuelo cargando un cuenco que tardó en llenar debido a la poca corriente que bajaba desde el Río Grande, unas leguas más arriba.

Mientras llenaba el cuenco, buscó por el lugar a algún animal que pudiese cazar y cocinar, pero no tuvo fortuna. Sólo el sonido de alguna lechuza escondida en la copa de esos árboles que formaban, ahí, el bosque impenetrable, negro, sosegado, melancólico bosque.

Buscó la luna y la encontró yéndose, en una posición que no dejaba dudas de que ya no faltaba mucho para el amanecer.

Miró de nuevo hacia el castillo y lo encontró casi igual al bosque, con la excepción de que a éste lo sentía intranquilo, estáticamente intranquilo.

Le dio la vuelta a toda la fortificación. No parecía haber sufrido ningún ataque en estos años. Era difícil, pero si llegaron informes a su campamento de algunas pequeñas escuadras de avanzada que el enemigo había logrado infiltrar en este territorio con el único fin de provocar unos pocos desmanes aquí y allá para aterrorizar a la población.

Se terminó la cuenca y tuvo que volver al río. Esperó y al estar llena la acabó en pocos segundos, de nuevo la llenó y regresó a paso muy lento al castillo, con el olor de pasto y la incertidumbre, los sonidos del poco viento y sus pisadas, y la lechuza, su ulular y el aleteo, la vio volar, alejarse y perderse dentro del bosque.

Regresó a la sala principal y colocó en su lugar el escudo y la espada. En la cocina puso al fuego el cuenco con agua y ya cuando burbujeaba, le echó algunas especias que se disolvieron dando al líquido un sabor relajante.

Hacía tantos, tantos años desde la última vez que había tenido ese sabor en la lengua. Tantos que la vio ahí, a su lado, sentada en una de las sillas ahora desparramadas por la habitación. Una, dos, tres, tantas noches igual a ésta, ahí los dos a la luz de una vela, riendo por lo bajo y hablando en susurros para no despertar y alarmar a la servidumbre; sus rostros enmarcados en el fuego de la vela, su cara, la de Ella, blanca, lunares, cabello oscuro, ojos grandes color roble. Tantos años, tan diferente a esta soledad a la que vuelve.

Terminó su te. Miró al techo, hacia las habitaciones superiores. Ya era momento de subir.

Subió los primeros peldaños de piedra. Retumbó el leve sonido de su peso por los escalones por todo el castillo, magnificados por el vacío y el silencio.

Cuando llegó al segundo piso, un largo pasillo se extendía a ambos lados y de manera circular rodeando el vestíbulo principal conectando a varias habitaciones. Se metió a una del lado izquierdo a medio camino. La habitación se encontraba vacía. Casi. Sólo un escritorio con una pluma y un tintero seco de paredes negras.

Se asomó por una estrecha ventana. Apenas pudo sacar su torso y apreciar mejor la luz del día que se alcanzaba a ver a lo lejos por el este. Sin embargo la noche dominaba y el viento le heló los labios, secó sus ojos lo suficiente para que no pudiera contener una lágrima en cada ojo.

Regresó y del lado opuesto de las escaleras, una puerta pequeña. El caballero la abrió y al separarla regó polvo en cascada y, al girarla aún más, cedió y cayó; el caballero se quitó y lo que antes era la puerta, ahora eran tres pedazos de madera que exhalaban volutas que descendían para asentarse en el suelo.

Tosió. Entrecerró la mirada y prendió ahí otro madero ya que su mano se acercaba peligrosamente a ser chamuscada. Intentó iluminar en lo alto la habitación superior, ahí estaba Ella, sin duda, pero la luz del fuego no lograba más que dar su amarillo naranja a unos cuantos escalones de frente. Miró hacia atrás a un levísimo resplandor en el segundo piso derramándose hacia le vestíbulo. Faltaba muy poco para que el sol saliera y el caballero comenzó a subir al gran espacio de la habitación principal, donde Ella.

Allá fue. Pisada a pisada. Toc, toc, toc. Paredes de piedra frías. Toc, toc, toc. Alcanzó a iluminar la puerta de metal negra. Toc…toc…toc…

Subía.

Llegó.

Una llave en la cerradura girando. La puerta crujió y cedió…

La habitación era circular y estaba casi vacía. Una luz, venida no se sabe de dónde, iluminaba una cama de sábanas blancas. Los hierros verdes y oxidados se elevaban lo suficiente para quedar en penumbras, ligeramente destellados por el púrpura rojizo del amanecer que ahora parecía haberse detenido para sólo enviar estas poca luz a las paredes también verdes, verdes profundas, que no lograban ser iluminadas en su totalidad, así que lo negro contrastaba con el resplandor blanco de la cama.

El caballero lo entendió todo cuando la vio a Ella ahí. No quiso acercársele con los harapos que vestía. Se desnudó y poco a poco se fue acercando a la luz, sintiendo en cada pisada, el frío de las piedras y el poco calor de este poco nuevo día estático.

Se detuvo a media distancia. Volvió la vista hacia la entrada, que ahora veía como una salida, como un cerrar los ojos ante lo inevitable, lo ausente. Irguió su espalda, tomó una gran bocanada de la mañana y siguió avanzando.

Ahí estaba Ella. Vestida como en su recuerdo de aquél último día en que la vio cuando tuvo que partir. Yacía como dormida, quizá respiraba, las manos cruzadas en su vientre, el rostro sereno, de una tranquilidad infinita, que se iba más allá de la ventana y de los campos, una tranquilidad que quizá no iba en busca del sol porque ya lo había encontrado.

Se acercó junto a Ella, la miró de pies a cabeza, puso su mano sobre la frente, no fría, cálida, dijo su nombre sin esperanzas. Entendía todo. Ella ya no lo esperaba, Ella lo había dejado atrás y no era más que un recuerdo dentro de su dormir.

La lágrimas empezaron a escurrirle. Cascadas de sal que brotaban por sus ojos, descendiendo por las mejillas y algunas iban a parar a sus labios. Lágrimas y voz repetían el nombre: Ella, Ella. Se acercó; tan, tan cerca sus rostros, como hacía tanto, tanto tiempo. No dejaba de decir su nombre. Otra vez. Lo repetía, lo repetía.

Hundió su cabeza en sus cabellos suaves. Los mojó con lágrimas, con saliva que salía de él al decir su nombre, su nombre. No se dio cuenta, pero Ella también comenzó a llorar. Lágrimas salían de sus ojos cerrados. Lágrimas desde su profunda tranquilidad, lágrimas desde sus recuerdos.

No más.

Sólo recuerdos…

Te extraño tanto, tanto.

Me haces tanta, tanta falta.

¿Por qué no puedo parar de llorar?

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25 Nov 2011

Su nombre sin esperanzas

Escrito por: cronopioslamm el 25 Nov 2011 - URL Permanente

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01 Nov 2011

Noviembre...

Escrito por: cronopioslamm el 01 Nov 2011 - URL Permanente

Ya es Noviembre.

La hoja se queda en blanco, porque todo es posible...

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06 Sep 2011

Tus Manos

Escrito por: cronopioslamm el 06 Sep 2011 - URL Permanente

La primera vez que las sintió no fue muy consciente de ellas; estaban totalmente apretadas, aferradas a algo, no sabe a qué, buscando qué sujetar, quizá a sí misma, mientras lloraba. Posteriormente la pusieron en el pecho de su madre y se calmó un poco. Incluso llegó a abrirlas. Luego sería experimentar con cualquier objeto que se pusiera enfrente. Se quemó un par de ocasiones y aprendió que si se veía rojo, quemaba. Por ello tardó tanto en tomar confianza y jugar con una pelota de ese color.

Creció y fueron cosas más complicadas como saber peinarse, abrochar sus zapatos azul marino ¾como se los pedían en la escuela¾ o amarrarse las agujetas de los tenis cada martes y jueves que tenía educación física. De la primera vez que tomó de la mano a un niño, ni hablar, eso fue en el kinder; luego a los 8 años, no, las niñas no nos llevamos con los niños, así que a hacer de cuenta como que eso nunca sucedió. Lo que no pudo ocultar fue tiempo después cuando Roberto la tomó de sorpresa y le dio un beso, entonces sus manos fueron las encargadas de darle un empujón al atrevido, aunque en el fondo le había gustado y logró que se posaran fugazmente entre panza y pecho para aventarlo, pero eso sólo se lo confesó a Karla, mientras movía los dedos sin parar.

Con sus manos tomó de las suyas al chico que le gustaba en secundaria, lo abrazó, y con ellas también pasó muchos exámenes, aunque reprobó matemáticas en el último año y en parte fue culpa de la mano, porque la diferencia entre un 6 y un 5 fue esa última operación donde era un signo de más, no menos.

Sus manos tomaron las de Margarita cuando lloró porque su madre había muerto. Sus manos desnudaron tímidamente a Marco. Sus manos recibieron el título universitario y estrecharon durante tres segundos, de arriba a abajo, las del rector. Sus manos le dieron una cachetada a Marco por su infidelidad luego de tantos años juntos y se juntaron en una oración pidiendo poder ya superarlo.

El dorso poco a poco se fue tiñendo de azul, de verde, conforme fue creciendo y ellas eran testigos de las experiencias que su dueña iba acumulando. Claro, como todas la manos, se cortó alguna vez al picar verduras; o disfrutaba tocando la seda traída desde los dominios de Hara Kei, o al meter la mano en un costal lleno de lentejas.

Aferró sus manos a las del esposo. En los buenos momentos, sí, también en los malos. A veces seguían saliendo a la calle tomados uno del otro, pocas, pero seguían haciéndolo. Él nunca aprendió a bailar, así que seguía utilizándolas junto con los pies para guiarlo en los salones de baile.

No le gustaba el sentir de los libros nuevos, por ello prefería ir a los de viejo; mientras pasaba por las estantería revisando los títulos, los dedos recorrían los lomos y en realidad se guiaba más por ese sentir, que por el autor, título o la portada para decidirse por uno.

Con esos dedos se secó lágrimas: de los ojos, de las mejillas, del vestido. Con esos dedos se veía al espejo y se retocaba el maquillaje para salir de la soledad de la habitación y aparentar que nada había sucedido. Pero los dedos seguían ligeramente húmedos.

Con sus manos rompió platos por la impotencia. Con sus manos bordó bufandas por ternura. Con sus manos escribió cartas por recuerdo.

Se llenaron de lunares, se volvieron huesudas, las venas aún más a la vista. Un día, en casa, bajando la escalera principal, la izquierda se sostuvo del barandal, la otra fue al pecho; luego ambas a sujetarse de su esposo, a sujetarse a si misma y a su vida que se le iba en el hospital. Y si ya era irremediable, mejor decir con la boca, y también con las manos, que no, no moriría ahí, moriría en casa, sintiendo sus propias sábanas, los abrazos de la familia que preocupada la cuidó en su última enfermedad. Ella entrelazó los dedos con los de él, mientras la sangre dejaba ya las arterias de sus manos, primero de la izquierda, luego de la derecha. Expiraron cerrándose, aferrada a no sabe qué, quizá a sí misma, como aquella primera vez.

Laranjinha

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24 Jul 2011

Acabó el Tour! Cuento ciclista

Escrito por: cronopioslamm el 24 Jul 2011 - URL Permanente

Acabó el Tour y aquí va un cuento ciclista:

La mirada, pendiente, París, con todo decidido



Fue la primera vez que ví la locura en los ojos de alguien. No una locura demente, no, fue una locura racional, meditada, un chispazo consciente de lo irracional del acto, saber que no hay vuelta atrás y no sólo quemar las naves, también quemar la tierra, los árboles, el viento, la pendiente, la gente, la motocicleta de la televisión, la carrera, la vida, uno mismo. Esa locura estaba en los ojos de Javi cuando arrancó a tres kilómetros de la meta, ya con todo decidido.

La discusión de la estrategia a seguir es breve: atacar, reventar, quitar al primer lugar. Luego acabo con el desayuno de pan, mucha pasta, muchas patatas, huevo, café, medio jugo y agua.

En mi habitación repaso la hoja de ruta: 187 kilómetros; dos puertos, uno de primera y el último fuera de categoría con 15 kilómetros y 10% de pendiente media, meta en alto, 20ava y última etapa de verdad; mañana París sin poder hacer cambios en la general, mera etapa para esprinters, homenaje al ganador.

Llaman a la puerta: son mi esposa y mi hija. Juan Antonio, mi compañero de cuarto en estas tres semanas, nos deja. Ellas llegaron ayer. Juego con Elena haciéndola reír mucho, aún no habla, pero ya pronto. Platico con Ana de París, la cena con todo el equipo y los días que nos quedaremos a vacacionar… Sin saber del ataque a tres kilómetros de la meta, la mirada y la locura, con todo, la etapa, la general y las vacaciones, ya decidido.

En el autocar que nos lleva a la salida, veo distraídamente los periódicos con la clasificación: Javi en primer lugar con 73 horas, 45 minutos, 11 segundos; luego mi nombre en segundo, a dos minutos y 37 segundos; en tercero, el chico holandés de apellido impronunciable a seis minutos y 38 segundos, es decir, a cuatro minutos de mi segundo puesto. Atacar, reventar, quitar. Estrategia en breve.

Antes del control de firmas, me entrevistan en francés, inglés y español, ninguno en catalán: ¡Jordi, Jordi! ¿Quién va a ganar la etapa? ¡Jordi! ¿Atacarás? ¿Crees poder ganar la general? ¡Jordi, Jordi! ¿Temes que el chico te arrebate el segundo lugar? Contesté con sinceridad. No sé, espero que yo. Espero tener fuerzas. Sí, aunque Javi ha estado muy fuerte todo el Tour. No, pero no me confío, tengo que andar con cuidado.

En la salida, 170 sobrevivientes miramos al líder amarillo y sus fotos: solo, otra conmigo y el holandés, otra con el líder de montaña, el de los jóvenes y el de los esprinters. Tras sus lentes coloridos, una mirada confiada, alegre, sin saber la transformación que sufrirá a tres mil metros de la meta. Me despido de Ana y Elena a la distancia en la tribuna; nos veremos en París, con todo terminado.

Diez kilómetros y una fuga: 20 ilusos se van tratando de lograr la hazaña de coronar la escapada. En el pelotón tratamos de reservar fuerzas para la carnicería del último puerto. La distancia se comienza a agrandar mientras acá todos llevamos un ritmo soportable, a veces platicando, bromas, chistes, mañana acabamos, ¿quién no lo logrará hoy, a un día del final? ¿Quién quedará eliminado hoy, penúltima etapa? ¿Me vestiré de amarillo? En el audífono, el director del equipo con su voz carrasposa me repite la lista de fugados: uno nuestro y ninguno que pelea por la general, por eso nos sacan siete minutos: escapada consentida. Ya los alcanzaremos y mi compañero me ayudará. Es inhumano lo que pretenden. Nadie aguanta una etapa así a ese ritmo. Dementes. Como todos nosotros, ciclistas.

Mitad de la etapa, descenso de la primera montaña a 100 kms/hr. Es ridículo ver fugazmente señalamientos de velocidad máxima a 60. Todos en fila, pequeñísimos grupos si acaso, apretando dientes, manos apenas frenando en curvas, espalda, cuello, piernas en tensión; una duda y paf, con suerte quedas ahí detenido por unas ramas, si no, ¿de cuánto es la caída? ¿Para qué ir tan rápido? Curva, inclinar el cuerpo a la derecha, subir la misma pierna, recta, soltar los frenos, cuerpo aerodinámico, curva, cuerpo a la izquierda, misma pierna, atento al de enfrente, puede ser temerario y casi no frenar, puede tener miedo, o cansancio, frenar de más y adiós línea de recorrido, arcén, adiós, ¿para qué arriesgar carrera, músculos, huesos? Los ojos sin parpadear, mirada fija, el viento, a pesar de los lentes, en el iris ya seco, el frío, curva, curva, recta, velocímetro a 105, freno, curva, recta, así por 20 kilómetros, sí, la mirada fija, no parpadees, ahí está el arcén y mañana tu familia, que viaja ahora mismo a París, espera; curva, recta. París, allá, todo recto. Ataca, revienta con la mirada.

Llegamos al avituallamiento y comemos, en dos ruedas: barritas, frutos secos, gel de carbohidratos; sin bajar, orinamos en una botella y seguimos. La distancia con los fugados ya sólo es de cinco minutos.

Una hora después, a las cuatro de haber comenzado, está a lo lejos, el último puerto. Las piernas ven los 15 kilómetros y se preparan para el dolor, las miles de agujas clavándose en muslos y pantorrillas, falta de oxígeno, el líder a 2 minutos y 37 segundos. Dos minutos y treinta y siete segundos. Nada. La diferencia entre ser recordado para siempre y un semi-olvido. Tomo un poco de agua. El equipo del líder, el mío y el del chico se ponen en cabeza del pelotón para imprimir cada uno el ritmo que ayudará a su líder a explotar a los otros. Los fugados son cuatro. Uno invaluable nuestro sigue ahí. Dos minutos de ventaja, ellos ya suben. Nuestra mirada en la cima, la mía en los piñones, de reojo en el maillot amarillo. ¿Atacará?

Se rompe el pelotón a los cien metros de ascenso. Quedamos en cabeza dos míos, tres del holandés y sólo uno del líder. Otros intentan pegarse pero van cayendo conforme avanzamos. Gente en los laterales con banderas, gritos, agua, algunos corren peligrosamente a nuestro lado.

1, 2, 3, 4, 5 kilómetros en ascenso, alcanzamos a los fugados. El nuestro se queda con nosotros en el grupo reorganizado de dos míos, dos del chico y el líder, solo. Diez kilómetros más, 157 segundos su ventaja. Aquí los frenos no existen, para eso está, en cada pedaleada, el muro de pendiente y gravedad contra muslos y pantorilla. Subimos, siete kilómetros a meta, altitud y el oxígeno falla. La gente grita, apoya y ve disgregarse a otros de nuestro grupo cabeza de carrera, que se queda en el líder, luego yo, y el con un compañero suyo que desfallece a pesar de los ánimos. Nos mantenemos primero, segundo y tercer lugar. Pendiente máxima, el ácido inunda músculos, hueso, cerebro y mirada. Cambio de corona que no aligera la carga de siete kilos de bicicleta, un poco de agua, maillot, casco, guantes, nada más, yo no existo, sólo sigo; Ana y Elena viajan y no nos ven a cinco kilómetros de meta cuando el chico se despega, se rezaga más y más, uno, dos metros que se vuelven cien en un instante. La mirada triste, esperanza rota de ganar, un joven holandés que se queda anclado mientras un barco amarillo y otro blanco, parten; dos trenes lejanos, inalcanzables. Tranquilo, aguanta a tu paso y el tercer lugar es tuyo.

Ataco. El angosto carril que dejan los aficionados y la moto de televisión me estorban. Nadie lo esperaba. Tampoco Javi, que tarda en bajar la cadena y arranca por mí, no tan explosivo, pero a los 300 metros ya lo tengo de nuevo a rueda mía. Faltan cuatro kilómetros y dos minutos y 37 segundos de distancia para ganar. Mañana es trámite. Hoy atacar, reventar, eliminar a Javi del primer puesto, mi nombre ahí, yo de amarillo. Mi mano en el cambio y la mirada en el piñón. Otro ataque. Nada. Aquí sigue.

Otra vez, uno último: ataco. Luego ya no habrá distancia para hacer diferencias. Clic en la mano derecha, la cadena avanza y en un momento ya está una corona más abajo. Los dedos sujetos del manillar, aprieto los dientes, me levanto sobre los pedales, allá voy.

La gente se abre. La moto de transmisión de tv suena el claxon para avisar del cambio de velocidad. El comisario de carrera, que nos ve salido del techo del auto rojo, usa su silbato hacia la gente para que se quite, pero el ruido se pierde con los gritos. La mirada de Javi en mi espalda, me alejo, me permite soñar con que puedo quitarle dos minutos y 37 segundos, puedo llegar de líder, de amarillo a París y ganar el Tour, allá con Elena y Ana y su mirada orgullosa, gane o no, aunque no será lo mismo y yo no las veré desde el centro alto del podio, sólo aguantar el ácido inundando mis piernas, no dejar el ritmo, no desfallecer a pesar de que ahí viene Javi, con sus lentes coloridos, ahí viene, más gritos, las agujas en mis piernas y ya casi me alcanza, ¿por qué no es más suave la pendiente?, una bicicleta de distancia nada más, se quita los lentes y miro al frente; un último esfuerzo, pero no, aquí está, a mi lado, yo sin fuerzas, él ganará.

--No voy más ¾le aviso.

Javi no hace caso. Giro esperando en él la sonrisa de saberse ganador; he claudicado, yo, el único que ponía en peligro su primer lugar. 3200 metros a la meta, quizá me deje ganar la etapa, Elena y Ana orgullosas, aunque Elena no entienda nada, no tengo energías ya para atacar, menos para reventar el primer lugar.

Pero no veo nada de eso. Javi sigue a mi lado con la mirada perdida al frente, absorto al calor, a la gente, a los gritos, a sus pies que suben y bajan, mira más allá de la moto. Nada existe, únicamente la carretera por delante, no más, tres kilómetros a meta, todo decidido y la locura aparece.

Escucho el cambio, la cadena baja, su cuerpo con el tronco adelantado, los músculos en los brazos listos para recibir el peso sobre el manillar, las piernas elevándose, la mirada al frente al vacío, ¿qué hace? Ya ganó, esto es trámite, ¿qué hace? No necesita siquiera ganar esta etapa, ¿por qué lo hace? Se adelanta una rueda, su pupila mínima, su locura racional, conciente, quiere acelerar, comerse la carretera vacía que tiene por delante, si va a ganar será al límite, desfalleciendo, ¿qué más da mañana y París y el centro alto del podio? La carrera y su vida, su vida profesional, o quizá su vida así, sin más, se decide aquí, con su mirada a tres mil metros de la meta, 184 kilómetros recorridos, 10% de pendiente, yo sin fuerzas, no voy más y todo decidido.

En un instante ya le veo el número en la espalda, algunos aficionados me dan palmadas y ánimos para que le siga. Mi director es menos asertivo y me grita, me exige que vaya tras él. Que intente siquiera ganar la etapa (y durante unos segundos resuena el “siquiera”. El primer lugar olvidado, el consuelo triste del segundo lugar general y el semi-olvido, llegar a París no con el maillot de líder, el amarillo, no, llegar con el de hoy, el de ayer, el del inicio, segundo lugar después de todo).

Le sigo; apenas y alcanzo a pegarme a su rueda. Otro esfuerzo para llegar a su altura. Javi, Javi, no logro decir más. No me escucha, se arranca de nuevo, violentísimo, se aleja, dos kilómetros a meta, una curva, dejo de verle. Me levanto sobre los pedales, siquiera ganar la etapa, él frena un poco, la mirada también está cansada, le alcanzo, ¡Javi! Javi ni gira, un aficionado le avienta agua a la cara que escurre en cortina frente a sus ojos, mitad agua, mitad sudor. Intento ponerme al frente para ser yo quien marque el ritmo, uno más cómodo, más ligero, me deja durante 600 metros, siento sus pupilas en mi nuca, su llanta mordiendo la mía, apurándola, la vida se va hoy, aquí, no en París, aquí, más de cinco horas pedaleando, un kilómetro a meta, arranca.

Curva, larga, dejo de verle nuevamente. Otra curva, sin rastro de él. 500 metros… Y ahí está. La motocicleta de tv se ha detenido junto a él, la toma sobre su cara, su mirada al frente, la línea de final, ve los 187 kilómetros cumplidos allá. Él está con un pie abajo. No sé qué hacer. Aminoro la marcha y me acerco. Aquí los aficionados ya son divididos con vallas, así que sólo somos el coche del comisario, Javi, yo, y los miles por televisión, sobre la carretera. Freno a su lado.

--¿Javi?

Sigue con los ojos al frente. El gesto de esfuerzo no se ha ido. Tampoco el calor, ni los gritos desde las vallas, ni el cansancio, pero parece apenas darse cuenta de todo ello.

--No puedo más, Jordi ¾dice, no sé si refiriéndose a la carrera o a su vida.

--Venga, ya llegamos ¾le respondo, animándole a subirse a la bicicleta.

Hacemos esos metros sin que él haga una pedaleada, yo empujándolo durante ese breve recorrido, voces aisladas en el público. Su última fuerza la utiliza para aventarme al llegar a la línea y soy yo quien gana la etapa. Siquiera. No es poca cosa.

Nos encontramos descansando en el control antidopaje. Con la mirada repuesta, el brillo del sudor ido y las espaldas contra la pared, sentados.

--Tenías la mirada perdida, loca, cuando atacaste, dabas miedo ¾le comenté.

--No…

--Parecías no ver nada.

--No, no. Casi. No había nadie más que tú a mi rueda. Quería probar si me seguirías. Ir al límite. Sólo tú y yo. Al final, tú me reventaste a mí… Ya sabía que me seguirías. Entonces ¿quién es el de la mirada y la locura? Eso sí da miedo.

El médico pregunta si alguno está listo. Contesto afirmativamente y entro al cubículo a orinar. Al salir, Javi no está. Nos vemos al día siguiente, sobre nuestras bicicletas, fotos en la salida, camino a París. París, meta, podio, todo terminado. Elena y Ana. Mirada limpia.

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10 Jul 2011

Cuatro años...

Escrito por: cronopioslamm el 10 Jul 2011 - URL Permanente

El blog hoy cumple cuatro años y Laranjinha lo celebra, en la más infinita soledá, con un cuento... =D

(Tengo dudas sobre la última última línea, pero ahí va...)

¿Te cuento?


Román tiene un perro y hay dos cuestiones esenciales en su vida: a las tres de la tarde, siempre se queda dormido; la otra, es que está enamorado de Romina.

Siempre ha sido así desde que de muy niño, su madre lo arrullaba luego de darle de comer. Una hora dormía entonces, y actualmente, tantos años después, tampoco Román puede evitar dormir de tres a cuatro de la tarde.

Siempre había sido así desde que de muy niño, salió con su madre al mercado y vio a la vecina con su muy niña, Romina. La soñaba entonces, y actualmente, tantos años después, tampoco Román puede evitar seguir enamorado de ella.

(Muy poco se han hablado, Román es tímido y siente que no tiene nada qué platicar).

A la hora de la siesta, se refugia en casa y cómodo en el sillón, cierra los ojos. Sueña con muchas cosas acerca de Romina. Al despertar sonríe y luego pregunta más bien con duda: ¿qué sucede en el mundo a esa hora en que duermo? ¿Alguna vez llegaré a saberlo?

Un día el viento sopla muy fuerte; eso provoca que el sol de verano llegue al pueblo con más facilidad. Y todo es rojo. El prodigio sucede a las tres en punto. Román ya duerme.

Será el calor repentino: una gota se va a la espalda, otra moja sus labios, alguna se asoma a sus ojos ligeramente abiertos, una última le hace cosquillas mientras baja por el pecho. Fue ella quien le hace rascarse. Despierta y ve la hora: las tres y diez de la tarde. Corre hacia la ventana, hacia ese día rojo, pero lo que más le sorprende es que él está ahí afuera repetido tantas veces: en el banco del parque con las manzanas colgando del árbol como gotas de lluvia; paseando a Ramiro el perro que canta mientras los pájaros silban; con Romina en un coche blanco y suave; con Romina comiendo sopa de tomate en una cuchara de madera; con Romina en una casa sin tejado para siempre dormir de luna… Un avión vuela mientras él se continúa observando en tan distintas situaciones, quizá es todo lo que se ha perdido mientras la siesta, quizá será su vida a partir de ahora. Dan las cuatro, el calor se va. El día vuelve al azul y ahí va un perro y allá un coche.

A las tres de la tarde del día siguiente, el timbre suena en casa de Romina.

--Hola Román --dice Romina extrañada y con rubor en las mejillas.

--Hola Romina --dice Román pensando en rojo. --¿Te cuento? Ayer…

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18 Jun 2011

Un año sin Saramago...

Escrito por: cronopioslamm el 18 Jun 2011 - URL Permanente

Hoy hace un año murió José de Sousa Saramago. Recordémoslo hoy con su discurso de aceptación del premio Nobel. Un abrazo, el más agradecido, José...

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.
Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama.
Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.
Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado.
Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera.
Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.
Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba.
Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?".
Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.
Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.
Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza".
Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.
Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.
Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.
Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir.
La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día.
Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de Africa, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?".
Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido.
Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central.
También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos.
En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.
Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía.
De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada "Manual de pintura y caligrafía", que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces.
Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.
Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime.
Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de "Alzado del suelo" y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos.
No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.
¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las "Rimas" y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de "Os Lusíadas", que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Super-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos.
Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de "Sobolos rios". Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada "Que farei con este livro?" ("¿Qué haré con este libro?"), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: "¿Qué haréis con este libro?".
Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.
Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. El se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra.
Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Sontres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío.
Los sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del "Memorial del convento", un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: "Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo". Que así sea.
De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre.
Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde "El año de la muerte de Ricardo Reis" comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista - "Atena" era el título - en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis.
No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis ("Para ser grande sê inteiro/Põe quanto és no mínimo que fazes"), pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: "Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo". Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las "Odas" algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: "He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría".
"El año de la muerte de Ricardo Reis" terminaba con unas palabras elancólicas: "Aquí donde el mar acabó y la tierra espera". Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro.
Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí - "La balsa de piedra" - separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, "masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales", camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes.
Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir Europa finalmente como ética. Los personajes de "La balsa de piedra" - dos mujeres, tres hombres y un perro - viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta. Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en "La balsa de piedra" hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría "História do Cerco de Lisboa", en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un "sí" un "no", subvirtiendo la autoridad de las "verdades históricas".
Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: "Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura.
La historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otramanera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era.
Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas.
Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree, profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí.
Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor". Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora.
Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir "El Evangelio según Jesucristo". Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del "Nuevo Testamento" a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones.
Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia.
Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo.
"El Evangelio" del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo", refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en es última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró.
Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba".
Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1.200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló "In Nomine Dei". Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar.
Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en El creían.
La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo. Ciegos.El aprendiz pensó "Estamos ciegos", y se sentó a escribir el "Ensayo sobre la ceguera" para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante.
Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama "Todos los nombres". No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.
Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdonadme si os pareció poco esto que para mí es todo.

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17 May 2011

Para recordar a Mario Benedetti, tres poemas...

Escrito por: cronopioslamm el 17 May 2011 - URL Permanente

¿QUÉ LES QUEDA A LOS JÓVENES?

¿Que les queda por probar a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco?
¿Sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?
les queda respirar/ abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos
y con el sentimiento y con la muerte
esa loca de atar y desatar
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
también les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe
tender manos que ayudan/ abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente.


IRSE
Cada vez que te vayas de vos misma
no olvides que te espero
en tres o cuatro puntos cardinales

siempre habrá un sitio dondequiera
con un montón de bienvenidas
todas te reconocen desde lejos
y aprontan una fiesta tan discreta
sin cantos sin fulgor sin tamboriles
que sólo vos sabrás que es para vos

cada vez que te vayas de vos misma
procurá que tu vida no se rompa
y tu otro vos no sufra el abandono
y por favor no olvides que te espero
con este corazón recién comprado
en la feria mejor de los domingos

cada vez que te vayas de vos misma
no destruyas la vía de regreso
volver es una forma de encontrarse
y así verás que allí también te espero

¿POR QUÉ SERÁ?
¿Por qué será que uno fabrica sus recuerdos
y luego los olvida?
¿por qué será que uno procede de algún dios
para volverse ateo?
¿por qué será que la luna tiene
una barriga blanca?
¿por qué será que cuando abro el ropero
las mangas me saludan?
¿y que tu boca dice ternuras
tan sólo cuando calla?
¿por qué será que un cuerpo virgen
tiene pezones de burdel?
¿por qué será que si decido
morir nadie me cree?
¿por qué será que los pájaros cantan
después de los entierros memorables?
¿por qué será que si beso tu beso
me siento renovado?
¿por qué será que me haces tanta falta?

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Somos cuatro estudiantes de la carrera "Literatura y creación literaria", impartida en la cultural Casa Lamm. Nos esforzamos en nuestros textos, no sólo con la esperanza de convertirnos en escritores, sino porque las palabras significan una pasión para nosotros.
Esperamos que les guste lo que lean aquí. Los comentarios siempre serán bien recibidos (mientras no le falten al respeto a nadie).
Hemos decidido publicar bajo seudónimo para poder participar en concursos de literatura sin tener problemas por la difusión virtual de los mismos.

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